Yocasta, reina a toda costa

LUIS ANTONIO BEAUXIS

Yocasta, reina a toda costa

– ¡Me cago en Sagitario “A”!

Semejante exclamación, completamente impropia en una dama, es una de las dos cosas que Yocasta ha conservado de su conflictiva relación con Wookie Jones, un robusto camionero espacial. La segunda es esa cicatriz de casi quince centímetros que le atraviesa el rostro, ya de por sí poco agraciado, desde la sien izquierda hasta el mentón.

Yocasta regresa a casa luego de convalecer, durante algún tiempo, en el Planeta Esculapio, donde ha sido sometida a una intervención quirúrgica.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – vuelve a exclamar, golpeando furiosa el tablero de mandos.

Los instrumentos demuestran fehacientemente su resistencia a los impactos y no modifican en lo más mínimo las cifras. Ya no puede caber duda alguna: el reactor de la nave se dispone a estallar, de un momento a otro.

Ante la perspectiva de transformarse en un sinfín de partículas ionizadas a ser esparcidas por el espacio sideral, el desolado Planeta Patusán relumbra ante sus ojos como un fresco oasis en medio del desierto de Deneb.

Ahalda, la Reina de las Guerreras de la Estepa, despierta al alba según su costumbre. Con ojos aún soñolientos descubre el cuerpo masculino que reposa a su lado en la chamandra. Está a punto de blandir la espada pero recuerda, justo a tiempo, que la Tribu se encuentra en medio de su período ritual de apareamiento. Ella misma ha capturado a ese cazador y lo ha traído hasta el campamento de la playa, cruzado sobre el lomo de su cameleopardo.

Sonriendo como un draugdûr que ha olfateado su presa, la Reina Ahalda se desliza bajo las pieles que recubren el jergón. Su lengua y labios se afanan hasta arrancar de su letargo al miembro viril del cazador.

La hembra desnuda arroja lejos de sí las pieles y se encarama sobre el compañero yacente, liberando ese mismo grito penetrante que suele lanzar al montar en su cameleopardo.

El cazador, aunque algo adormilado, responde adecuadamente. Por fortuna ha resultado ser un buen amante. “¡Ojalá que también sea fértil!” piensa la Reina mientras alcanza un nuevo orgasmo.

Ahalda se tiende boca arriba, siente crujir la arena bajo su espalda, coloca los puños bajo las caderas, eleva las rodillas y oprime los muslos uno contra otro, buscando retener hasta la última gota del precioso fluido seminal.

– ¡Qué sed tengo! – exclama al cabo de un rato – Dame ese frasco de allá ¡pronto!

El cazador obedece y le alcanza el recipiente de arcilla cocida que ella ha señalado. La Reina retira el zafirlázuli en bruto que hace las veces de tapón y escancia el contenido en una copa fabricada con un cráneo humano. La lleva a sus labios y bebe largamente, sin hesitar.

– Ahora tú – con ademán imperioso, tiende la copa al cazador.

Éste acata la orden real y vacía el resto del líquido, chasquea la lengua y se desmorona. La acción de la Poción Nupcial Regia es fulminante, no hay macho que sobreviva a sus efectos; ni siquiera los embriones, esto garantiza a la Reina que siempre parirá hembras.

Ahalda descansa, pronto vendrán sus guardias para deshacerse del cadáver con discreción, arrojándolo al Torbellino con sendas rocas atadas a los pies. Los ocasionales consortes de las demás Guerreras, que serán devueltos a sus respectivos poblados, no deben sospechar la suerte que ha corrido el padrillo real.

Los rayos del rojo sol patusano lamen la rizada superficie del Mar de Vilayet. Un par de musculosas Guerreras acaba de arrojar en el Torbellino el cuerpo del más reciente consorte de la Reina Ahalda. Desde lo alto del acantilado, las mujeres lo ven desaparecer entre las vertiginosas ondas. Cuando se disponen a regresar al campamento de la playa, una parábola de fuego enciende aún más el horizonte.

Los dos pares de ojos, desmesuradamente abiertos, siguen hipnotizados la curva trayectoria hasta que culmina con una explosión enceguecedora contra el Escollo del Dinoceronte.

Aunque aturdida por el violento ingreso en la atmósfera patusana, Yocasta ha conseguido abandonar la nave antes de su estrepitoso final. La frialdad de las aguas la ayuda a despabilarse lo suficiente como para comprender que una especie de remolino está intentando arrastrarla hacia las profundidades, tendrá que apelar a toda su potencia muscular si es que desea derrotar aquella ávida succión para alcanzar la costa salvadora.

Ambas Guerreras, desde el acantilado, son meras espectadoras que solamente pueden lanzar voces de aliento que se pierden en el aire marino sin llegar a los oídos de Yocasta. Cuando comprenden que ésta ha conseguido escapar del Torbellino, descienden corriendo hacia la pedregosa caleta para evitar que la resaca vuelva a arrastrar a la nadadora exhausta mar adentro

La ayudan a incorporarse, la colocan entre ambas y, una vez que todas han recuperado el aliento, emprenden juntas la marcha hacia la playa.

Otras Guerreras, atraídas por la explosión, han venido a su encuentro y contemplan admiradas a aquella mujer desconocida que camina apoyándose sobre los hombros de sus compañeras. Pese a que éstas son de las más altas de la Tribu (no en vano han sido seleccionadas para integrar la Guardia Real) la recién llegada las supera casi en media cabeza…

Su cuerpo está prácticamente desnudo, las ropas se han deshecho contra el fondo rocoso de la caleta, sólo la correa del bolso hermético (en el que guarda sus efectos personales) le cruza el torso en bandolera realzando unos pechos magníficos. El agua marina escurre aún desde lo más profundo de su sexo, corriendo por sus muslos como columnas. Los bíceps sangrantes, bajo el sol patusano, semejan dos masas de metal bruñido y esa imponente cicatriz, que campea en su faz, pregona a las claras que la desconocida es una mujer de armas tomar ¡digna huésped para la gloriosa Tribu de las heroicas Guerreras de la Estepa!

– Bienvenida – Ahalda se ha ceñido la diadema de oricalco y recibe a la heroína en las afueras del campamento.

Ha avanzado hacia ella todo cuanto su dignidad real le permite, de acuerdo con lo que prescribe el Ritual. Yocasta se hace cargo del honor que se le dispensa y, desprendiéndose de sus acompañantes, se adelanta sola al encuentro de la Reina que la estrecha en un abrazo, ante la algarabía de toda la Tribu, para conducirla luego a la chamandra de la Hechicera, que unge las heridas con bálsamos curativos mientras alguien procura algunas ropas con que cubrir la desnudez de Yocasta. Ésta se viste, recoge su enmarañada cabellera roja con una cinta de igual color que ha extraído del bolso hermético, pero no logra calzarse las sandalias: no hay ningún par lo suficientemente grande. Se encoge de hombros y sonríe, después de su penosa experiencia espacial está segura de que no le molestará sentir la arena suelta bajo sus pies durante una corta temporada.

 

 

Para desazón de Yocasta, que se había propuesto olvidar tantas penurias en una ardiente noche de placer, esa misma tarde parte un destacamento de Guerreras con la misión de conducir cada hombre al pueblo que pertenece.

La época ritual de apareamiento ha finalizado, se aproxima el momento de abandonar la costa y retornar al interior de las purpúreas estepas patusanas. Esto, ciertamente, no se encuentra en los planes de Yocasta. Hábilmente interroga a sus nuevas amigas hasta averiguar que, en algún lugar de la costa, existe un puerto al que arriban vapores de mercaderes para cargar zafirlázulis, oricalco, pieles de draugdûr y cameleopardo, cueros y cuernos de dinoceronte, productos que venderán al otro lado del mar en cierta ciudad conocida como la Capital. Tal vez en ella pueda encontrar un navío estelar que la transporte de regreso a su casa.

– Imposible – responde Ahalda, frunciendo el ceño, cuando Yocasta solicita ser conducida hasta el puerto mercante – Las Guerreras no nos mezclamos con esa gentuza, lo prohíbe el Ritual.

– Pero no es necesario que se mezclen con ellos – insiste la otra – Sería suficiente con que me condujeran hasta algún lugar cercano al puerto desde donde yo pueda alcanzarlo sin extraviarme…

– No puedo darte una escolta. Necesito a todas mis Guerreras conmigo – replica la Reina – Muy pronto volveremos a la Estepa, también lo harán las manadas de dinoceronte. Cada brazo, cada pica, cada cameleopardo deben ser son sagrados a la caza.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – estalla Yocasta, extrayendo de su bolso hermético un puñado de billetes de diez mil centonios – ¡Yo puedo pagarles!

Ahalda sacude su cabeza coronada de oricalco.

– Eso aquí no vale nada, vuelve a guardarlo ¡te lo ordeno! Todo lo que cuenta entre nosotras es el coraje, la fuerza y la destreza; tú has demostrado tenerlos – la Reina sonríe como un draugdûr – ¿Te atreverías a desafiarme, Yocasta?

– ¡Por supuesto!

– Bien – aprueba Ahalda – Si me vences, serás Reina hasta el mismo

día de tu partida, tienes mi palabra.

– Pues… ¡adelante, luchemos! – la desafía Yocasta, poniéndose en guardia.

– No, no – se ríe la Reina – El Ritual no permite que una Guerrera pelee con

otra cuerpo a cuerpo, ambas podrían ocasionarse un gran daño que sería doblemente malo para toda la Tribu. Sígueme, tenemos Cinco Pruebas por delante.

– Las Cinco Pruebas que el Ritual prescribe son: tiro con arco, lanzamiento de la pica, carreras a pie, en cameleopardo y nadando – enumera la Hechicera – La que triunfe por lo menos en tres de ellas será la vencedora.

Para el evento de tiro con arco las Guerreras disponen, en un extremo de la playa, dos gruesos cueros de dinoceronte con otros tantos blancos pintados. Ahalda derrota a Yocasta con suma facilidad, pero ésta se toma cumplido desquite con la pica y pasa al frente en la carrera pedestre, de reñidísimo final.

La competencia en cameleopardo permite que la Reina iguale la línea de su retadora (poco familiarizada con semejante cabalgadura) para regocijo de toda la Tribu.

La prueba de natación definirá el desafío.

– Tendrán que nadar hasta el promontorio – explica la Hechicera – La primera que regrese a la playa ganará las Cinco Pruebas y la diadema real.

Una de las guardias hace sonar su cuerno dando la señal de partida.

Yocasta y Ahalda corren por la arena húmeda y se zambullen en el Mar de Vilayet. Las Guerreras, expectantes, contienen la respiración.

En un principio van muy parejas, pero el recorrido es largo. La Reina conoce las corrientes y, poco a poco, va cobrando una ventaja más que apreciable. Es la primera en alcanzar el promontorio.

Al emprender la vuelta se cruza con Yocasta. En ese preciso instante la acomete un feroz calambre en pleno vientre que la obliga a doblarse en dos, lejos de cualquier probable intento de socorro por parte de las guardias que la contemplan impotentes desde la costa.

Yocasta no puede creer tanta buena suerte: ¡la perra se ahoga! ¡La corona ya es suya! Sólo tiene que regresar a la playa y retirarla del trípode sobre el cual ha sido colocada.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – una duda ha germinado en su mente – ¿Y si estas yeguas pretenden que siga siendo su Reina para siempre?

Uniendo la acción al pensamiento, con su brazo izquierdo toma a Ahalda por el cuello y, a duras penas, consigue trasladarla hasta la orilla donde las guardias reales las asisten a ambas.

Todas las Guerreras aclaman a Yocasta. La Hechicera brinda los primeros auxilios a Ahalda y es ésta misma la que, una vez recuperada, se encarga personalmente de ceñir la diadema de oricalco en las sienes de Yocasta Reina.

– ¡Atención! – reclama la nueva soberana – Esta es mi primera orden: tráiganme un hombre, hecho y derecho. ¡Rápido! Lo quiero para esta misma noche.

Las guardias obedecen con presteza, después de todo, la flamante Reina no ha podido disfrutar todavía del ritual de apareamiento. Capturan un fornido cazador en el poblado más cercano y lo conducen, sin tardanza, hasta la chamandra real que Ahalda ha cedido a Yocasta junto con todas sus pertenencias.

La Reina Yocasta se despierta al alba, después de una larga noche de pasión. Estima que tiene tiempo suficiente, para hacer el amor al menos una vez más, antes de que las guardias vengan a llevarse a su compañero, según instituye el Ritual.

– ¡Estúpido ritual! – exclama mientras monta al cazador, sepultándolo bajo su físico imponente.

“A propósito de rituales estúpidos – piensa retirándose, al comprobar que el miembro viril de su compañero ya no es más que un gusano fláccido – todavía tengo que cumplir con ese otro de la Poción Mágica. No sea cosa que, por haber faltado al Ritual, estas bárbaras supersticiosas dejen de obedecerme. ¡Cuánta mierda!”

Toma el recipiente de arcilla cocida que contiene la Poción Nupcial Regia, retira el tapón de zafirlázuli y busca un vaso en medio de la confusión imperante dentro de la chamandra. Sólo encuentra la copa de cráneo humano. Le repugna profundamente tener que beber en ella, lamenta no haber incluido un vaso entre los efectos personales que guarda en su bolso hermético. Escancia apenas la mitad del líquido dentro del cráneo, ella prefiere beber directamente del pote de arcilla.

– ¡Eh, tú, fortachón! – sacude al cazador, que ha tornado a dormir, y le tiende la craneocopa – Toma, brindemos por nuestro futuro.

Chocan los recipientes. La Reina y su compañero trasiegan al unísono la Poción Nupcial Regia, contraviniendo la recomendación de Ahalda:

– Bebe tú primero, para que él no sospeche – había dicho – No temas, la Poción Nupcial Regia no puede causarte ningún daño.

– No está nada mal – comenta Yocasta, chasqueando la lengua aprobatoriamente.

Cuál no habrá sido el estupor de Ahalda y las guardias reales cuando, al acudir en busca del cadáver del cazador para precipitarlo en el Torbellino, encuentran tendido junto a él el cuerpo sin vida de la propia Reina Yocasta.

Sin que sus mentes simples intenten analizar las probables causas de aquel deceso tan deplorable como inesperado, las Guerreras tributan a Yocasta las honras fúnebres que el Ritual establece para la soberana de la Tribu.

Ahalda, reasumida ya su condición de Reina, hereda el bolso hermético que perteneciera a la difunta. Entre los efectos personales de ésta encuentra un par de documentos que, naturalmente, ninguna de las integrantes de la Tribu está en condiciones de leer. Uno de ellos es un Pasaporte de la Comunidad de Estados Unidos e Independientes, cuya foto holografía presenta una muy vaga semejanza con Yocasta, expedido a nombre de John Castorp Palmer (YQ645740334). El segundo es una factura por un millón y medio de centonios, de un prestigioso cirujano del Planeta Esculapio, por concepto de honorarios profesionales en una operación de cambio de sexo.

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