Treinta y un galac

S. H. LÓPEZ-PASTOR

Treinta y un galac

Paciente 31.

– Lo sé, y es que cada vez lo tengo más claro. Aunque no lo parezca vamos en la dirección correcta. La unión. Es la unión lo que nos hace conscientes. Muy conscientes, tanto quizá que nuestras imaginaciones aún son incapaces de llegarse hasta siquiera el límite más lejano del centro neurálgico. Con cada minuto que va pasando, lo veo más claro.

– Suponemos que será una buena teoría, pero al fin y al cabo no es más que eso, teoría. Pura teoría. Quimeras en las que te recreas pero sin llegar siquiera a un atisbo de solución. No vemos nada de lo que dices. Sí, todo eso de la unión, de la globalización de la consciencia de la humanidad sobre su función en el planeta, sistema solar, galaxia y en definitiva el cosmos. Ni siquiera hay una consciencia común hacia ese exterior del que tanto nos hablas. Cómo va a surgir semejante idea, disparatada a todas luces…

– Pero, ¿acaso no se dan cuenta ustedes de que seguimos un patrón? La naturaleza siempre se toma su tiempo. Es más, como este es relativo, no es cuestión de hacerlo ahora o más tarde, de ir rápido o más despacio. No, no se trata de eso. Tengo la certeza firme de que vamos en la buena dirección. Es más, no podemos hacer nada. Simplemente sucede y lo que va a ocurrir, créanme, ya ha ocurrido en otras partes.

Astrid se despertó perezosa de su letargo. Un breve tono en su tablet le indicaba que alguien le había enviado un mensaje. Estiró lo más que pudo su brazo con la firme intención de acceder al dispositivo que descansaba a varios centímetros del rincón del sofá que le acogía en esos momentos. No fue suficiente. Es más, se incorporó un poco. La distancia se acortó de nuevo para percatarse que por poco no logró asir su aparato. En su cabeza una creciente duda le impedía ser eficaz en sus propósitos. Al fin, desistió en sus intentos para dejarse llevar por el remoloneo de la siesta y olvidar un retozo esquivo y enemigo de su desidia.

Acaso sí pasaron dos minutos cuando un nuevo tono en su tablet volvió a reincidir. Lo obvió de nuevo. Entonces gimió satisfecha intentando recomponer sus sueños deshechos. Otro tono.

– Cansos… así no hay quién coño duerma la siesta- su cuerpo importunado se irguió al completo para acercarse al aparato. Lo cogió para comprobar quién era el artífice de tales incordios tecnológicos- otra vez – dijo- qué pesado que es.

Que sí que ya me acuerdo– escribió en la pantalla- en una hora estoy lista y en el sitio acordado- pulsó enviar.

Un tono volvió a sonar.

No esperaba menos 😉

Una sonrisa se dibujó en su cara.

Tras desperezarse de sus sueño vespertino, se deleitó con una buena ducha, se vistió con un pantalón de chándal, un niqui y un fino jersey de color añil. Entonces salió de casa sin apenas ofrecer un suspiro más.

A la hora y en el sitio convenido, Astrid divisó a Dani y se apeó de su pequeña motocicleta. Éste le sonrió complaciente.

– Creí que ya no venías.

– Claro que sí, tonto. Cómo me lo iba yo a perder.

Eran las once y cuarto de una calurosa noche de verano. El acantilado que se adivinaba en la oscuridad ofrecía negrura. Un lejano murmullo de las olas del mar, incitaba a pensar que éste lamía los pies del litoral. Lo hacía de manera calmosa. Astrid y Dani miraron el oscuro firmamento. En él, lejos, a varios kilómetros de la luminosidad que ofrece el alumbrado de la urbe más cercana, se atisbaban los innumerables puntos lucientes que clamaban por hacerse ver y tomar protagonismo. Antes siquiera de colocar las toallas sobre la hierba, con la intención de tumbarse en ellas y observar el amplio firmamento, Dani gritó:

– ¡¿La has visto?! ¡Yo ya he visto una!

– Por dónde…, donde ha sido- dijo la muchacha añadiendo pasión a las, ya de por sí, apasionadas impresiones del joven.

– Por ahí- exclamó éste deslizando su dedo por el cielo nocturno- pero tenía una estela pequeña- prosiguió con un mohín de tristeza.

Cuando se dispusieron a extender la primera de las toallas, cuatro ojos observaron el resplandor abrumador de la estrella fugaz más reluciente, veloz y asombrosa que hubieran visto en su vida. Sus manos dejaron la prenda caer sobre la mullida alfombra de yerba. Ni siquiera se dijeron nada. El guirigay de los grillos iba colmando los minutos. Sus ojos abiertos como platos y unas bocas impresionadas lo iban describiendo todo. A un lado de todo el escenario reinante, un diminuto gajo lunar les sonreía. Al rato, se miraron. Luego se sonrieron y se abalanzaron cual niños sobre una estera arrebujada. Una vez dispuestos en su jergón, sus cuerpos en posición supina y los ojos escudriñando el espacio exterior, experimentaron la visión de dos asteroides más que rozaban incandescentes la atmósfera del planeta. Tampoco dijeron nada en esa ocasión. Lo que surgió fue algo natural, sincero. Sus manos entrelazadas se estrecharon aún con más intensidad. Dos rostros se conformaban con el albur de unas miradas. Todo ello lo hacían para ser de nuevo partícipes de la visión anteriormente experimentada. Otra gran roca del espacio exterior debía de prenderse con el rozamiento de la entrada en la atmósfera. Estaba claro. Si una vez ocurrió, era probable que ocurriera de nuevo.

Se encontraban solos. A varias decenas de metros sobre la pequeña cala descubierta semanas atrás, gracias a una visita inoportuna.

En aquella ocasión tras detenerse un instante a beber de su botella de agua. Astrid (todavía no era una experta ciclista) tuvo que posar sus pies en el camino para dejar de pedalear, mantener el equilibrio y, una vez segura en su posición, acercar su botellín de agua hasta unos labios sedientos por la fatiga y el cansancio que ofrecen los pocos kilómetros realizados en su salida campestre. Sus ojos vislumbraron en aquel entonces un destello impropio surgido de la maleza en el litoral. Dani avanzaba con cautela por la vereda que se descubría entre los zarzales próximos de dónde concluía la tierra. La muchacha soltó su vehículo y se aproximó al lugar que ofrecía el centelleo intermitente de luz. Pronto comprobó que se trataba de un agujero descubierto en la roca caliza. La maleza, los zarzales y demás flora silvestre, habían tapizado de manera concienzuda y acompañada con el incesante transcurso del tiempo. No obstante, ella, con sus manos desenmarañó el embrollo de hierbajos y descubrió no solamente una porción del vasto mar, sino, en la orilla, unos cuantos metros cuadrados de la arena más límpida jamás vislumbrada por sus bisoños ojos.

– ¡¡¡Dani!!!- gritó con fuerza.

El ciclista había decidido firmemente concluir con la empinada cuesta que se terminaba a unos cien metros de distancia. Estaba dispuesto a conseguir su propósito. Su tarea se le antojó ardua. Jadeaba insistentemente por el esfuerzo ejercido y sus oídos oyeron un grito que le alejaba con perfidia de su peculiar periplo. Al escucharlo, jadeó más. Sus pensamientos se alborotaron. No articuló palabra ninguna, no tenía siquiera hálito alguno para hacerlo. Entre sus elucubraciones exultantes unas palabras predominaban. << Qué querrá ahora>> se dijo.

– ¡¡¡Dani!!! He descubierto algo. Para. Ven. Acércate.

El esfuerzo de las pesadas pedaladas contribuyó a sentir un dolor en sus cuádriceps, los metros restantes no ayudaban en modo alguno y fueron las últimas palabras de la chica las que culminaron en su nunca pensado propósito de detener su fatigoso avance. Boqueaba anhelando sus pulmones un aire a cada instante más y más esquivo. Tuvo que pasar un buen rato para colmarlos y calmarlos a la vez que sus oídos escuchaban los lejanos reclamos de la muchacha. Sus labios aún eran incapaces de escupir palabra alguna. Ni tan siquiera sentía ninguna gana de descender por donde una vez hubo subido y descubrir la “tontería” que hubiera descubierto su pareja.

– Sube- logró decir, al fin éste, mientras levantaba su brazo.

– Baja- imploró la muchacha. Mira lo que hay aquí.

Derrotado, el muchacho descendió torpemente por la cerril vereda para colocarse a la vera de la chica. Sudaba a mares; el suave aire del descenso, por suerte, le había aliviado la frente. Estuvo a punto de soltar cualquier barbaridad. Empero, Astrid señaló a un lugar. Lo hizo con tal firmeza que su dedo índice logró acallar un incipiente improperio.

– Mira, aquí hay un agujero y se ve el mar. Además he descubierto un camino que desciende hasta esa playita.

Dani se deshizo de su bicicleta de montaña para aproximarse al lugar. Sus ojos le mostraron un paisaje idílico. Sin dudarlo, ocultaron sus vehículos entre los matojos y descendieron a través de los pedruscos y mampuestos que aún se adherían a la pared de aquella roca de mineral travertino.

La playa era pequeña, apenas veinticinco metros de larga por unos dos o tres de ancha. El agua salada del amplio mar lamía con suavidad aquella arena. Sin pensárselo dos veces, Dani se desprendió de su camiseta y no tardó, Astrid, mucho tiempo en hacer lo mismo.

Otra estrella en la noche sucumbió a través de la negrura haciéndose ver entre los destellos lejanos de las demás estrellas distantes. Astrid observaba el firmamento con la ayuda de unos prismáticos.

La pequeña playa se encontraba a pocos metros más abajo. Esta vez quisieron llegarse hasta lo más alto del acantilado con la finalidad de atisbar con más menudeo la lluvia de asteroides acontecida en aquel mes de agosto.

– Yo llevo catorce- dijo Astrid.

– Y yo diecisiete- puntualizó triunfal Dani- ese cacharro hará que veas mejor el meteorito pero te limita el campo de observación- puntualizó con una sonrisa.

La chica, sacando la lengua a modo de burla, rebuscó en su mochila. Esta vez buscaba la tablet. En ella, tras encender la pantalla descubrió asombrada que tenía varios mensajes no leídos.

– Ahí vaa…- exclamó- treinta y un mensajes.

– Qué es lo que ha pasado- dijo el muchacho- ¿Quién es?

– Pone desconocido.

Galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac.

– ¿Qué demonios quiere decir galac?

– Algún “frikie”- dijo- déjalo. Vamos a continuar con lo que hemos venido a hacer-prosiguió- además te voy ganando por tres.

Astrid lanzó su tablet a varios centímetros y la obvió para acurrucarse entre los brazos de su pareja. Desde esa posición se dispuso a contemplar el firmamento.

Pasaron varios largos minutos sin que sucediera nada en especial. El silencio de la noche les envolvía.

– Vaya, parece que se ha terminado el espectáculo- exclamó la chica.

En esa ocasión, un tono para nada convencional del dispositivo consiguió que dos cuerpos se alzaran. Cuatro ojos vislumbraron una vibración impetuosa de la tablet y una iluminación inusual en el aparato. Éste se movía convulso, un pitido agudo e ininterrumpido salía de sus altavoces a la vez que una luz se intensificaba como nunca, en la pantalla.

Astrid se acercó al aparato. Por su parte, Dani no podía apartar los ojos. Al tocar los dedos de la muchacha su dispositivo móvil, éstos rehuyeron súbitamente al recibir la mordedura inconfundible de los altísimos grados producidos por una improvista incandescencia. No supo más que alejarse.

– ¡Quema!- gritó.

Dani quiso acercarse pero la luz inminente se transformó en una fuente de calor imprevista. Tan ardiente que tuvieron que alejarse unos metros. El pitido agudo y la imparable vibración aumentaban en intensidad.

Tras armarse con una de cualesquiera de las largas estructuras secas de las ramas de coníferas que poblaran el suelo, el chico, con un movimiento circular, golpeó con contundencia el aparato diabólico, para hacerlo llegar lejos, a la base del litoral, al agua mansa de un mar tranquilo. Antes siquiera de caer, la muchacha, enloquecida, gritó:

– Pero ¡¿Qué haces?!

– Iba a explotar, es que no lo ves- se excusó el muchacho sosteniendo aún la vara entre sus manos.

– Me has jodido la tablet, imbe…

De pronto, en el cielo nocturno, algo se iluminó. Eso hizo que las palabras de Astrid sonaran ahogadas y que hasta los oídos del muchacho dirigieran la atención a cientos de kilómetros de distancia, allá en lo alto. Un refulgir intenso se adivinaba en el lugar en dónde hubo caído el dispositivo. En la lejanía, en lo alto, un rayo de luz se formaba. Los muchachos, aterrorizados por las circunstancias, no supieron más que abrazarse arrodillados en sus toallas en la cima del litoral, con la esperanza infinita de que toda esa suerte de incidencias extraordinarias concluyera de una vez.

Ocurrió que la estelar luz lejana y la que emitía el dispositivo abandonado a su suerte, se unieron en un haz de luz que iluminó todo el inconmensurable escenario. Tuvieron que colocar sus antebrazos ante sus ojos, a modo de parasoles, con el objetivo único de no dañar sus pupilas ante tanta intensidad lumínica.

Luego de ello, una estrepitosa sacudida sucedió a varias decenas de metros de donde sus horrorizados cuerpos se estrechaban asidos por una suerte a todas luces demencial.

La súbita claridad, la vibración impetuosa unida al empellón magistral y fortuito, concluyó en la insensatez de sentirse afortunados por el abrazo que les evadía de todo mal. Ese abrazo timorato, finalmente fue desligado a fuerza de los improperios acontecidos.

Habitación 201. Paciente 31.

– Se pondrán en contacto con nosotros. Así. Tan claro y tan sencillo. Tiene que suceder. La unión. Tal y como os lo llevo diciendo desde hace años acaso. No es más que una cuestión de tiempo, de espera. Es por ello que la tecnología punta, apunta maneras. Solo hay que esperar a que la señal nos llegue.

– Y, según tú, ¿cómo va a ser? La unión. ¿Esa unión de que tanto nos hablas?

– Este universo que tanto desconocemos, se comporta como un cerebro. La vida existe, claro que sí. Lo más increíble de todo es que nos creemos el centro. Siempre mirándonos a nuestro ombligo, intentando buscar nuevas formas de vida exteriores. No obstante, desde hace mucho tiempo nos buscan. La unión de planetas es una alegoría a nuestro cerebro. Todo se repite. Lanzarán sus redes para que la tierra se comporte como una neurona. Una vez unida, las sinapsis surgirán con el fin de establecer las comunicaciones. Todo es cuestión de tiempo y sin lugar a dudas nos tienen localizados. Sólo es cuestión de tiempo. Nos utilizan. Quizá no tengamos nada que hacer…

Astrid fue la primera en desligarse de sus sueños. Antes siquiera de abrir los ojos, sus oídos ya escuchaban el ronroneo del mar abalanzándose entre las rocas. En ocasiones oía el sonido inconfundible del agua al pasar con extrema inmediatez del estado líquido al gaseoso. Entre su borrosa visión adivinaba grandes columnas de vapor que provenían de la base del acantilado, desde la línea que formaban los límites del mar y de la tierra.

En el horizonte, el astro rey lanzaba premuroso sus rayos cual látigos que atizaban las sombras reinantes que habían gobernado en las extintas horas nocturnas.

Ninguna estrella más poblaba el cielo. Tras erguirse, comprobar que se encontraba bien y avanzar unos metros por la línea del acantilado, comenzó a buscar a Dani. Este no se hallaba por ningún recoveco de la orografía del promontorio. De pronto vislumbró la procedencia de aquellas nubes. Una roca ardiente, no más grande que un balón descansaba en la fina arena blanca que conformaba la cala descubierta días atrás. El ruido chispeante producido por el agua al tocar la piedra, se intensificaba para inmiscuirse en sus oídos. Ni rastro del muchacho. Al menos no se había despeñado por la pendiente- supuso-. Giró primeramente su cabeza, para luego hacerlo el resto del cuerpo y escudriñó el escenario de matorrales y diversas coníferas que eligieron como mirador para contemplar la lluvia de asteroides, la noche anterior.

Una deportiva que descansaba en la yerba, no vestía ya el pie del muchacho. Astrid se acercó temerosa, hasta ella y la cogió con sus manos. Luego de ello alzó su cabeza y se aproximó hasta unos espinos dispuestos de forma antinatural.

El cuerpo de Dani los había alborotado para acomodarse sobre sus espinas. Astrid comprobó que el muchacho, tras perder la consciencia se había sumido en un profundo sueño del que aún no había despertado. El dolor de las púas al penetrar su piel no hacía mella en él tanto como pudiera hacerlo la condición de su experiencia onírica. Un faquir sobre su aposento, jamás podía haber estado tan imperturbable.

Después de que el chico volviera en sí y tras largo rato de comprobar las magulladuras aparecidas en sus cuerpos, los dos muchachos contemplaron en la línea del litoral, cómo el sol naciente de entre las aguas del vasto mar, surgía a través de las columnas de vapor que todavía con insistencia soltaba la misteriosa piedra caída del firmamento. La hermosa cala de fina arena blanca había sido desestructurada por el fuerte impacto. No obstante, luego de su constante observación se introdujeron por entre la maleza para hacerse llegar hasta los arrabales del meteorito. Desprendía todavía considerable calor. Sus pies descalzos experimentaban paradójicamente el frescor acumulado de la sílice blanquecina por los escasos grados reinantes en la noche anterior.

Fue Dani el primero que se acercó. Utilizó la estaca que usó la para golpear la tablet ardiente hacía ya unas cuantas horas.

El pedrusco ardía. Se encontraba agrietado. No obstante, pudo comprobar que en su interior se hallaban las piezas metálicas que siempre habían formado la estructura del dispositivo móvil de Astrid. Sin lugar a dudas, la piedra estelar había colisionado con el aparato.

– ¡Mira, sale un hilillo!- dijo la chica.

Los ojos de Dani también comprobaron que un fino hilo de luz radiante se alzaba ondulante hacia un cielo cada vez más azul. Aquella hebra de luz tenía kilómetros de distancia y se perdía en las alturas. Ni tan siquiera pensó en tocarla. Aquel fenómeno ofrecía un temor instintivo.

Dani notó, de pronto, una vibración en el bolsillo de su pantalón. Sacó con sus manos su “blackberry” y descubrió treinta y un mensajes de un número desconocido. Lo abrió:

galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac ,galac, galac, galac galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac. galac ,galac, galac, galac ,galac, galac, galac.

– Mira, el mismo mensaje que a ti- dijo asustado. Fue entonces cuando comprendió y, con decisión, depositó su dispositivo a varios metros de donde se encontraban. Con todo, sus ojos no querían perderlo de vista. Se hallaban horrorizados.

– ¡Vamos detrás de esas rocas!- gritó al descubrir la luz esotérica que hacía rilar el aparato. El mismo tono agudo, conocido por sus oídos, volvió a sonar. Tras las rocas pudieron observar que un brillante punto en el cielo se formaba sobre sus cabezas. Se acurrucaron aún más en sus escondrijos y otro impacto volvió a sacudir una cala cada vez menos paradisíaca.

Tras varios minutos y cuando la calma regresó, la pareja se aproximó al lugar donde se originó el segundo impacto. Otro mampuesto ardiente descansaba humeante junto a una piedra que ya se iba enfriando a cada instante. Sin dejar de asombrarse, Astrid y Dani descubrieron un nuevo filamento de luz que, ascendía cual voluta de humo, hacia el mismo punto del que procedía el primero.

El sol avanzaba glorioso alejándose de la línea del horizonte que dibujaban los dos planos azules del mar y del celeste cielo del nuevo día.

– Mira- exclamó la chica- si te fijas bien, hay otro hilo por allí. Y por allí- señaló su dedo índice.

En la lejanía, a varios kilómetros de la costa, diversas hebras incandescentes y casi imperceptibles a simple vista, ascendían hacia la misma zona en el firmamento. Inapreciables a simple vista, pero a todas luces existentes.

– Caen en los barcos- musitó el muchacho- ¡los meteoritos están cayendo hasta en los barcos!

Dani situó su palma en la frente a modo de visera para otear la distancia. Observó que columnas de humo negro surgían también por el destrozo causado en las enormes embarcaciones marítimas que navegaban en alta mar.

Subieron por la pendiente. Cruzaron el agujero que daba acceso a la cala y se acercaron al lugar donde hubieron contemplado la lluvia de estrellas la noche anterior. Tras observar un rato, Dani logró atisbar su mochila. Descansaba sobre la hierba. Deslizó la cremallera, buscó y sacó los prismáticos. Tras situarlos en sus ojos, comenzó a rular la ruedecilla con el objeto de conseguir una perfecta visión.

Estaba claro. Aquellas columnas de humo, pequeñas en la distancia en medio del mar, hablaban por sí mismas, empero, ahora lo veía todo con absoluta certeza. Observó lo que supuso que fuera un enorme trasatlántico bombardeado de manera inmisericorde por cientos de meteoritos similares a los que habían contactado con sus dispositivos móviles. El barco, irremediablemente, se iba a pique. Se hundía. Tras aguzar bien la visión, comprobó a su vez, que cientos de filamentos dorados refulgían con su vaivén hasta llegarse al punto al que accedían los dos que se encontraban en la pequeña cala. Allá en lo alto. Lejos aún del sol. Éste avanzaba como siempre para gobernar con esplendor en un cielo azul carente de algún cúmulo nuboso. Algunos esquifes ya flotaban también a la deriva.

– Vayámonos de aquí- susurraron sus labios a la vez que las lentes se separaban de sus ojos.

La pareja se introdujo en el automóvil de Dani. Astrid dejó su motocicleta bien aparcada. La recogería otro día.

– Mira, más hilos- La chica señaló tras el cristal.

Dani los veía, no sólo dónde señalaba Astrid sino en más puntos de la amplia orografía que se vislumbraba a medida en que se aproximaban hasta la ciudad por una carretera yerma, sin circulación.

De pronto descubrieron un accidente a varias decenas de metros. Una columna negra de humo se alzaba en el aire. Al acercarse se percataron de que la misteriosa hebra de luz surgía de entre la estructura de un vehículo carbonizado. Sin siquiera quererlo, la pareja entrevió en el interior del coche, un cuerpo que descansaba desmembrado y que se abrasaba gracias a las escasas llamas aún vivientes. Continuaron con su avance y en su trayecto a la ciudad descubrieron más y más vehículos bombardeados e innumerables hilos finos que refulgían con sus ondulantes movimientos ascendentes. Las estructuras de los altos edificios se tambaleaban dolidas, quejumbrosas e importunadas en su cotidianidad. La gente corría despavorida. Descubrieron a una mujer que se desangraba en la acera, al haber quedado amputada de su brazo derecho. Un hombre se aferraba a un cuerpo sin vida. Lloraba de impotencia. Cientos eran las piedras humeantes y ardientes que soltaban hebras finísimas en el aire.

Pitidos agudos de móviles agonizantes se escuchaban en la distancia. Un silbido aterrador se escuchaba al romper, con velocidad, la calma del aire. Luego de ello, un impacto brutal en las alturas de un edificio hacía volar por doquier innumerables cascotes que desde años daban fuerza a la estructura del inmueble. Estos cascotes caían impunemente en el suelo de la ciudad sin tener en cuenta a los transeúntes que gritaban por el temor inequívoco de poder ser alcanzados, no ya por los asteroides malditos sino por la metralla que desprendían de sus impactos colosales. Todo era caos.

Dani decidió salir de la ciudad para ponerse a salvo y atisbar desde sus arrabales, el desastre que se acontecía. El espectáculo luctuoso de la urbe les dejó casi sin palabras.

– Lejos de cualquier dispositivo móvil estaremos a salvo- dijo.

Astrid no supo más que abrazarle y llorar desconsolada.

Hospital siquiátrico. Habitación 201. Paciente 31

– Tienen que hacerme caso. Es inminente. La unión está por concluir. Nos va a tocar. ¿Es que no se dan cuenta? Llevo años diciéndoselo a ustedes, pero ustedes no hacen nada más que preguntas y más preguntas. Entiendo que existe un interés para con mis argumentos, pero para nada son fructíferos estos. Háganme de una vez caso. Os lo suplico. Tienen que hacer algo. A cada minuto están más cerca. ¡Nos van a localizar!

– No alce la voz- el doctor se mostró categórico.

De pronto, uno de los becarios sacó su móvil de uno de sus bolsillos y observó con desgana y disimulo la pantalla.

El paciente se percató al instante y su frente comenzó a perlarse a causa del sudor.

-Ustedes, con sus batas blancas, haciéndome toda clase de preguntas. Sin tenerme en cuenta. Dedíquense a hacer cosas que merezcan la pena. Suéltenme y haré llegar la información a poderes competentes- el paciente se alzó y con ello deslizó tras de sí la silla que había soportado todo su peso cayéndose ésta al pavimento y realizando un desagradable estruendo- suéltenme les digo. ¡Suéltenme! Y aléjenme de esos aparatos- escupió mientras señalaba al becario.

Tras una señal, dos hombres corpulentos entraron a la habitación y vistieron al paciente con la camisa de fuerza que le limitaba en movimientos, no así en alaridos desencadenantes de súplicas alternantes e improperios de toda naturaleza.

El doctor salió de la habitación ladeando la cabeza y los tres becarios le siguieron.

– Lleva así varias décadas ya. El sujeto está afianzado en un discurso insistente que le limita profundamente haciéndole incapaz de desenvolverse en el día a día- se excusó.

Los becarios atendían sus palabras mientras anotaban datos en sus portafolios.

– Les tengo dicho una y mil veces que se olviden de los móviles en horas de trabajo- gruñió tras fulminar con su mirada al becario que había observado su pantalla en la habitación- además, este paciente siente un pánico extraordinario e instintivo hacia estos dispositivos.

– ¿Qué tratamiento sigue?- inquirió una de las becarias con el propósito de cambiar de tercio la dinámica del discurso.

El doctor, con mirada inquisidora contestó de forma condescendiente:

– Tranquilizantes de todo tipo. Cada día que pasa va a peor. No tiene solución. Únicamente se calma cuando se siente escuchado. Y, ya lo habéis visto, si no se le sigue la corriente, salta cual resorte y la demencia se apodera de él. Así cada año durante más de treinta. Es más, sí, aquí lo pone, hoy hacen exactamente treinta y un años que se le dio el ingreso. Tampoco tiene familiares conocidos.

– Y eso de la unión… ¿siempre habla de lo mismo?- quiso saber otro becario.

– Desde décadas. Todas las veces con lo mismo. Sin embargo, en estos últimos meses, su insistencia en el tema va a mayores. Hay mayor intensidad en su discurso. Está al límite. Es capaz de cualquier cosa para ser escuchado. Y, ya lo habéis visto. Siente un temor instintivo hacia los móviles. Se trata de un caso curioso del que por supuesto no hay cura.

– ¿Se han propuesto, alguna vez, a tener en cuenta esa teoría? Una pregunta terció en la conversación.

– Ja, ja, ja, – soltó de pronto el experimentado siquiatra- miren, si tuviéramos en cuenta todos los discursos que oímos entre estas paredes, estaríamos incluso más locos que todos estos internos. Ja, ja, ja…- prosiguió- Ja, ja, ja tómense un descanso. A la tarde nos reuniremos de nuevo. Y, cuídense de traer sus móviles. No voy a ser más claro ante este respecto- espetó

El doctor se alejó del grupo perdiéndose por los pasillos del centro. De pronto notó una vibración en el bolsillo. Asió su móvil y pulsó el botón para descubrir los mensajes no leídos:

Galac ,galac, galac, galac, galac ,galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac.

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