Sobre los usos y costumbres en Nínive

ANVIER

Sobre los usos y costumbres en Nínive

Estamos en el año 2724 de nuestra era. La carrera espacial ha alcanzado por fin algunas de las metas por las que suspiraba la humanidad hace poco más de siete siglos y que ahora nos resultan risibles bagatelas. Algunos de los rincones de esa negrura indescifrable que llamamos universo han dejado de ser un misterio y nuestras naves se pasean por sus dominios con la asiduidad de los cargueros sobre nuestros mares.

La Unión Astronómica Internacional (UAI) ha conseguido enviar naves tripuladas más allá de nuestra galaxia para explorar el espacio y sus confines con el objetivo de encontrar vida inteligente en otros planetas. A pesar de los numerosos intentos fallidos, motivo por el cual empezaba a cundir el desaliento, finalmente una de nuestras misiones no tripuladas hizo fortuna hace ciento cincuenta años y localizó en la galaxia de Andrómeda (M31) un planeta que reunía ciertas condiciones que los astrobiólogos consideran fundamentales para la vida.

El planeta es ligeramente más pequeño que la Tierra y está casi en su totalidad recubierto por agua. Tan sólo dos grandes porciones de tierra, a modo de continentes, emergen y se extienden cerca de lo que podemos considerar su ecuador. Orbita alrededor de dos estrellas, las cuales giran a su vez la una sobre la otra; esto hace que la traslación del planeta encontrado sufra ciertas variaciones en su trayectoria anual al gravitar alrededor de ellas.

El día de su descubrimiento se encontraba en el puesto de observación un astrofísico del equipo que era tartamudo; informó, muy nervioso y con habla entrecortada, del descubrimiento de un exoplaneta cubierto por una densa bruma a través de la cual no se veía ni torta, razón por la cual dieron en llamarlo Nínive.

Yo formé parte de la tripulación en la última misión enviada al planeta, hace ahora treinta años; soy antropólogo y mi cometido allí era el de realizar una investigación acerca de los usos y costumbres de sus habitantes como parte de un ambicioso proyecto de investigación.

En aquel momento apenas acababa de graduarme y era por tanto muy joven. Sin embargo, la contingencia económica de la nación así como el elevado desempleo – más acusado entre los jóvenes – me forzó a tomar la decisión de embarcarme en ese viaje, empujado al mismo tiempo por uno de mis profesores. El muy granuja vio en aquella misión una oportunidad excelente para realizar mi tesis doctoral, pero más excelente aún para encumbrar su carrera académica publicando con su nombre varios artículos, elaborados a partir de los datos que yo le enviaba diariamente con mis observaciones.

Teniendo en cuenta que el viaje hasta Nínive lleva cerca de doce años y nuestra estancia allí se prolongó por espacio de unos cinco, cuando partí era un joven apuesto y lozano, y en la actualidad – mientras redacto este informe final para la comisión de la UAI – no soy más que un anciano jubilado que ha visto como en este tiempo las canas le han coronado de nieve las cejas y la frente.

Pero al margen de amargas melancolías, debo reconocer que la experiencia en aquellas lejanas tierras me ha producido una tan fuerte impresión, que a mi regreso a la Tierra me he sentido a menudo muy desapegado de todo lo que me rodea y a veces incluso tengo la sensación de estar viviendo fuera de los límites que se supone demarcan la vida. No quiero decir con esto que me haya vencido la nostalgia, ni que hubiera sufrido ningún trauma psíquico por el que me viera en la obligación de tratarme con psicofármacos; es más bien justo lo contrario, la ausencia de lo fascinante y singular lo que tal vez me haya arrastrado a este indescriptible estado de crónica indiferencia.

Puesto que no creo necesario aburrir a mis lectores con la exposición de los interminables y anodinos años de viaje a través del espacio hasta llegar a Nínive, me limitaré a describir aquéllo de que fueron testigos mis ojos durante mi estancia allí, el más lejano lugar del vasto universo en el que jamás haya puesto un pie el ser humano.

Lo primero que llama la atención de Nínive es la densa capa de niebla que lo recubre casi enteramente, como un manto que lo protegiera contra el frío o, en este caso, tal y como afirman los fisiólogos y geólogos, contra las abrasivas radiaciones de los astros alrededor de los cuales orbita el planeta.

A continuación la nave desciende atravesando como una bola ignífuga su atmósfera y a partir de un momento se empieza a escuchar el ruido atronador de los motores. Desde la altura el planeta va perdiendo poco a poco su perfil esférico hasta que se despliega en una llanura que no parece tener límites; extraños animales cuadrúpedos corren por su superficie huyendo del infernal ruido y aun muchos campesinos, que parecen diminutas figuritas, nos saludan desde el recinto de sus granjas.

Aterrizamos en un descampado a las afueras de una de la más populosas ciudades del continente Este, sobre un vasto campo rodeado de frondosa vegetación. Allí construyó la UAI la estación internacional como centro base para las operaciones de despegue y aterrizaje de las naves y para establecer comunicaciones permanentes con la Tierra.

En el momento de mi llegada todo era insólito para mí y me sentía absolutamente fascinado ante la contemplación de un nuevo mundo que se abría ante mis ojos, como si fuera uno de aquellos marineros de las reumáticas carabelas que cruzaron un día el oceáno para lanzarse a la conquista de nuevos y lejanos continentes.

Sentía unas ansias irrefrenables de verlo todo y, especialmente, de conocer al primero de aquellos extraños habitantes que poblaban el nebuloso planeta. Sin embargo, esto no se produjo inmediatamente, sino que fue necesario esperar cerca de setenta y dos horas, durante las cuales fuimos sometidos a los más severos procedimientos y controles de la estación internacional. Allí fuimos recibidos por algunos de nuestros compatriotas, los cuales nos dieron una calurosa bienvenida, así como largas e intensivas charlas acerca de ciertas precauciones que debíamos tomar durante nuestra estancia en Nínive.

Y por fin, después de las convenidas advertencias, de la ducha esterilizadora para prevenir contaminaciones alienígenas – desde su punto de vista, claro – y pasada la revisión médica, estuvimos listos para proceder a nuestras tareas de exploración, siempre escoltados por un cuerpo militarizado del ejército.

Lo primero que debo decir es que el clima en Nínive es insoportable. Además del intenso calor, con temperaturas que rondan habitualmente los cuarenta grados, la humedad relativa del aire está siempre cercana al cien por cien. Estas condiciones tan extremas hacen que un humano, acostumbrado al templado clima de su planeta, tenga la sensación de estar permanentemente encerrado en una asfixiante sauna.

Los habitantes de Nínive, denominados por nosotros ninivenses, son criaturas cuyo cuerpo tiene una indiscutible forma humana, aunque presenten notables diferencias anatómicas y fisiológicas con respecto al homo sapiens. Para empezar, su piel es azulada y está recubierta como de escamas de pescado. Respiran a través de unas branquias situadas en oblicuas aberturas a la altura del cuello y tanto sus manos como sus pies tienen la consistencia membranosa de los palmípedos.

Son excelentes nadadores y desarrollan una gran parte de su actividad diaria dentro del agua, por lo que habitualmente no llevan ninguna ropa y esto lo hacen con la mayor naturalidad, sin ningún asomo de vergüenza. Existen las relaciones amorosas y las diferencias de sexos; pero al no pertenecer a la clase de los mamíferos, se reproducen mediante la puesta de huevos, los cuales son despositados en receptáculos especiales situados en la costa, con gran ceremonia por parte de los progenitores. Nadie puede garantizar su seguridad, de modo que no siempre las crías están a salvo de la voracidad de los depredadores.

Su civilización se encuentra en el período histórico que correspondería a lo que nosotros denominamos Edad Media, aunque en algunas cosas estén más atrasados; por ello, viven en fortificadas ciudades, regularmente cercanas a la costa, y su sociedad está fuertemente jerarquizada: hay un jefe supremo que gobierna una determinada región, una serie de consejeros que gozan de exclusivos privilegios, ciertos individuos a los que se les atribuyen poderes especiales, como una especie de brujos, y una gran masa de plebeyos que trabajan como artesanos y comerciantes, o bien se dedican a tareas agrícolas y ganaderas. Luego están, por supuesto, los guerreros.

Sólo uno de los dos continentes está poblado por ninivenses. En la región en la que está construida la estación internacional, dos grandes naciones están en guerra desde hace veinte nakis, que viene a ser el tiempo que tarda el planeta en dar la vuelta alrededor de sus dos soles.

Los guerreros ninivenses son fieros y violentos. Combaten completamente desnudos, tal y como afirman que hacían los celtas y los galos nuestros cronistas, y armados únicamente con lanzas muy toscas y algunas piedras. He tenido la oportunidad de entrevistarme con algunos consejeros de la nación con la que hemos establecido algunos contactos, los Fiser; me han informado de niveles de crueldad tan despiadada como la de cualquier humano de nuestro planeta. Sobre el campo de batalla solo se hace valer un lema: vive o muere, sin estados intermedios. He querido averiguar si conocen el concepto de piedad, pero el traductor me ha dicho que, al intentar explicárselo, aquello les sonaba a chino.

En efecto, puede que su lenguaje sea rudimentario y primitivo, pues apenas saben contar hasta tres – y después de esa cantidad, sólo hay muchos – y las palabras carecen de flexiones. Ahora bien, han desarrollado un exquisito y refinado gusto en el arte de las torturas y las ejecuciones.

Una de las más apreciadas por ellos es la que denominan kendo; consiste en atar los pies de un prisionero y suspenderlo con unas poleas en lo alto de un promontorio sobre el mar, donde habita el zouny; el zouny es una espantosa criatura marina, semejante a una orca, capaz de pegar descomunales saltos fuera del agua y que posee una gigantesca boca llena de afilados dientes. En cuanto caen las primeras gotas de sangre al agua, esta se agita cada vez con más fervor hasta que el zouny salta y de un espeluznante mordisco devora al reo, todo ello entre los vítores y aplausos del público que observa entusiasmado el espectáculo.

Sin embargo, aunque las dos grandes naciones del continente Este llevan tantos nakis en guerra, no faltan las tensiones internas dentro de cada uno de ellos. En poco más de lo que nosotros podríamos considerar un mes, ha habido tres jefes distintos; los anteriores han sido todos asesinados, víctimas de diferentes conspiraciones. Por lo visto, también los ninivenses ambicionan el poder, de tal manera que los consejeros y los brujos se reúnen frecuentemente en secretos conciliábulos cuando se les aparta del mando o se les despoja de algún privilegio, con el único objetivo de recuperarlo; y poco importa que para ello haya que asesinar al jefe supremo o bien aliarse temporalmente con el enemigo; en efecto, estas son prácticas que se realizan tan habitualmente que no podría pensarse que fueran excepciones o ajenas a su propia naturaleza.

Al margen de la guerra, existe una fuerte represión sobre la plebe, de tal manera que se aplican las más depravadas medidas para preservar el orden establecido. Cualquier persona que abjure de la religión establecida o denigre con sus comentarios al jefe supremo es inmediatamente apresado – previa denuncia de sus vecinos – y posteriormente confinado a una celda de piedra en la que se deshidrata como si fuera cocinado al vapor. Posteriormente su carne es servida como plato principal en un gran convite público, en el que todos los asistentes tienen derecho a un pedazo; estas prácticas, según los consejeros, son útiles para mantener el orden y hacer visible de vez en cuando la indiscutible autoridad de su gobierno.

Por lo que respecta a los códigos de conducta que rigen la vida de sus habitantes, me he llevado alguna que otra sorpresa; en efecto, me ha desconcertado constatar que los ninivenses son extremadamente envidiosos y continuamente tratan de obstaculizar la prosperidad de sus vecinos a fin de que no sean mejores que ellos. Esto sin duda responde a la extremada necesidad que tienen de satisfacer un incomprensible e insaciable deseo: el de acumular grandes cantidades de un extraño mineral que se utiliza como moneda en el comercio.

Por lo demás, en su gran mayoría resultan individuos altaneros y presumidos, que gustan de adornarse el cuerpo con distintas pinturas, cuentas y collares, y a menudo alardean de haber protagonizado inverosímiles y fantásticas aventuras. Sin embargo, es preciso tener cuidado con esto; lo peor que se puede hacer en una reunión social es desmentir o minusvalorar la historia que está contando en ese momento otro ninivense, pues son extremadamente iracundos y su cólera se despierta con facilidad. Por ello no resulta extraño que sus conversaciones y fiestas terminen en una reyerta.

A pesar de todo, existen algunos ninivenses que deciden voluntariamente apartarse de las ciudades y se retiran a vivir a los vastos descampados que se extienden entre una población y otra. Allí viven de los frutos que les ofrece el campo o bien pescan en los ríos o lagos que se encuentran en los bosques. De vez en cuando se acercan a alguna ciudad cercana y hablan en la plaza pública acerca de la virtud. Al pueblo llano le gusta pararse y escuchar lo que tienen que decir, aunque muchas veces son abucheados, porque dicen cosas que producen más disgusto que placer; a estas personas nosotros las llamaríamos en la Tierra filósofos.

Al entrevistarme con uno de estos predicadores, en seguida me di cuenta de la poca distancia que hay allí entre filosofía y religión. Ellos adoran al Zouny, el dios del mar, de cuyo vientre creo que piensan han nacido. Sin embargo, carecen todavía de un código ético universal y su legislación sólo contempla una ley: la del talión. Por eso, el marido que sorprende en adulterio a su esposa, además de matar al amante, se apropia como harén de todas las hembras de su familia, y esto por lo visto es considerado como una represalia justa y proporcionada. Si alguien sufre hurto, el agraviado tiene derecho a adquirir los bienes del que sospecha es el autor del delito, tenga pruebas o no. Y así con todo. Por eso los predicadores, conscientes de este precario conocimiento de la virtud de la justicia, tratan de golpear las conciencias con sus encendidos y cabales discursos, aunque hasta la fecha con escaso aprovechamiento.

Especialmente cargan las tintas contra el comercio y los usureros, que también proliferan en Nínive, igual que los hongos. El crédito y los préstamos parecen tener la misma universalidad ontológica y facilidad de transmisión que algunas enfermedades, pues están presentes en todas partes, incluso fuera de nuestro sistema solar. Por eso, también los ninivenses se resfrían, aunque a nosotros no nos puedan contagiar por no sé qué incompatibilidad genómica, de la misma manera que sufren por las deudas y deshaucios como nosotros, aunque su moneda carezca de valor en nuestro contexto monetario, y la nuestra en el suyo.

Apenas han comenzado a escribir sobre tablillas y su alfabeto es muy rudimentario. Aun así, consiguen mantener y transmitir una cultura que se perpetúa generación tras generación. Sólo sabe leer y escribir una pequeña parte de la población; los tiranos se encargan, siguiendo el buen consejo de sus ministros y los brujos, de mantener a su pueblo en la ignoracia, pues de otra manera el sistema se vería muy frecuentemente expuesto a la crítica y correría un severo riesgo de extinguirse. A pesar de todo, el pueblo no parece disgustado con esta forma de gobierno y se conforma con la pitanza de cada día y los espectáculos marítimos que se organizan en la costa; allí compiten los guerreros a lomos de grandes caballitos de mar y se generan grandes demostraciones de fuerza y valor que deleitan a la plebe.

En cuanto a sus conocimientos científicos, estos no son muy amplios, y sus vidas parecen estar regidas por la magia y la superstición. No he tenido tiempo de profundizar en las cuestiones escatológicas, pero tengo la impresión de que por el momento están bastante convencidos de la verdad del animismo y el politeísmo; muchos ninivenses tienen altares en los salones de sus casas en los que adoran a diferentes deidades marinas y con frecuencia se dirigen a los objetos como a seres dotados de un cierto vitalismo. Para ellos el cosmos es vida, y eso incluye también a la materia inerte.

Lo que sí es seguro es que no conciben que su planeta sea redondo, sino que se trata de una gran roca surgida por la voluntad del dios Zouny, en medio de un oceáno infinito, que es todo el cosmos. Por eso, aunque son grandes nadadores y pueden cubrir enormes distancias – también a lomos de los caballitos de mar – no se atreven a sobrepasar una cierta franja, a partir de la cual los brujos aseguran que las aguas se desbordan y caen al abismo y las tinieblas. De esta manera ignoran que pueda existir otro continente hacia el Oeste, y de momento, nadie se ha atrevido a explorar esa región de los mares; es decir, que todavía esperan a su Cristóbal Colón.

Durante los cinco años que he permanecido en Nínive he tenido tiempo de recorrer de punta a punta su continente; en nada difiere de las selvas tropicales que podemos encontrar a lo largo y ancho de nuestra añorada Tierra. No he podido observar tampoco sustanciales diferencias por lo que respecta a sus costumbres en comparación con las nuestras, más allá de las que impone la propia biología. Parece que las leyes físicas y evolutivas que rigen nuestro planeta, son las mismas que gobiernan su mundo, por lo que, contra todo lo que podría esperarse, el hallazgo de vida inteligente fuera de nuestro mundo ha resultado un tanto decepcionante.

Al término de mi investigación y mi aventura, me marcho con cierta tristeza al tener que abandonar el lugar en el que he pasado tantos años, y después de haber compartido mi vida con estos extraños alienígenas. En ellos he podido reconocer, con el paso de los días y una vez sumergido en sus rutinas, un vago aire de familiaridad, como si ya no me resultasen del todo extraños. Esto no puede significar otra cosa más que la evidente prueba de una fuente común universal para toda la vida en el cosmos. Es por esto, sin duda, que cuando me despedía de aquellos con los que había compartido más estrechamente mis días, pude adivinar un asomo de emoción en el vacío de sus ojos opacos.

De vuelta a la Tierra, todo me parecía la continuación de lo mismo, aunque yo fuese treinta años más viejo. Con una pensión vitalicia concedida por el gobierno en agradecimiento por los servicios prestados, me retiré al rural, alejado del caótico ruido de la ciudad y las polémicas académicas. Mi director de tesis saboreaba las mieles del éxito en cada conferencia, presentando los datos que yo había recogido durante tantos años. Mi vida estaba vacía y a mi alrededor sólo veía el futuro de Nínive en un inevitable porvenir: guerras entre naciones, conflictos y disturbios en Marte ante la escasez de oxígeno, crisis económica galáctica, pleitos y litigios, el poder ejerciendo una encubierta represión… Nos habíamos gastado el equivalente a unos 20 000 millones de dólares para financiar la misión de Nínive, con el fin de inverstigar sus usos y costumbres; y ahora que ha terminado y he regresado a la Tierra, me pregunto ¿Qué es lo que hemos descubierto?

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