La caída

CARLOS LÓPEZ RAMÍREZ

La caída

Quendor mostraba sus síntomas cuando no podía aguantar más. Para él no existía el mañana, todo era el ahora, todo se resumía al instante, por lo tanto solo había que pasarlo bien; y él sabía como, disfruta el momento, “Carpe Diem”, al igual que filósofos y griegos antiguos; ¿No?, ellos sí que sabían y no estos infelices y estúpidos que paseaban como almas errantes; ¡Bah!, ¿para qué seguir dándole vueltas a las cosas?

Y sin embargo, aún sentía temor al ver las paredes blancas y grises de su cuarto desnudo, por el agua de tuberías picadas, escondida en finas capas de ladrillo y cal. Siempre se sentía así cada vez que entraba en ese dormitorio, que por supuesto no era el suyo; aquel cubículo despojado de personalidad, siempre en penumbras, con el flexo en la mesilla de noche, junto a la pequeña cama del rincón, aislada; mero colchón y somier, con cuatro cortas patas y una tele, ahora apagada, en el otro extremo de la sala.

Allí sentado, mirando esa pared siempre resquebrajada, esas pequeñas grietas en la pintura, creciendo; horas viendo cómo se extendían, igual a raíces negras, ensanchándose y enseñando ese universo siniestro.

¡Ah!, aun podía acordarse de cuando no tenía limitaciones, ni debilidades, aunque la falta de fronteras y valores, que no de mezquindades, le hizo entregarse a toda clase de placeres. Y descubrió que no era tan fuerte como creía después de todo, y también, que la ecuación de vicios al cuadrado, por dudosas amistades, buscadas con prejuicios, partido entre poca moral, daba como resultado, un virgen nihilismo depurado, que llevaba a la destrucción de la persona.

Pero la verdad era su rendición. Había enseñado sus cartas demasiado pronto y no se había retirado a tiempo. La familia, los amigos, sus novias, meros objetos que debía utilizar. Aunque para Quendor las personas siempre fueron un poco cosas. Y claro, al final, a él también lo terminaron tratando como tal. Los más responsables se apartaron de su camino y los demás lo utilizaron como mejor sirviera a sus fines.

Siempre estaba esperando en la oscuridad, ese golpecito; un pequeño martilleo repetitivo de alguien intentando comunicarse, a su lado, justo bajo su oído. Miedo de alguien rasgando, arañando la negrura de su cuarto, y él mientras aguantando la respiración, para no ser descubierto, para huir, para que acabe. Y después a esperar el siguiente sonido. Allí un poco más lejos, ¿O un poco más cerca?

¡Bah!, ya había superado la etapa de miedo, estaba absorbido por el egoísmo y la codicia. Dentro de su círculo, degradándose, aunque lentamente gracias a su juventud. Él se encontraba bien, salvo, bueno, cuando le faltaba su heroína.

Inyectarse una dosis era algo instintivo, no se daba cuenta cuando lo hacía, era algo soberbio. Después, esa calor que no quema, procedente de dentro, como luz blanca entre un mar de llamas, y crecía, y lo aislaba. Él podía crear todo un mundo nuevo lleno de dicha. Esa calidez tibia aumentando con cada latido, placer imperecedero dentro y fuera de uno, sin existencia corpórea, por la anulación de los sentidos; ni conciencia, ni pensamientos o razón, sólo gozo. Él llegaba a la fuente del gusto, la tocaba, se zambullía y nadaba en ella. Tampoco sabía como salía del trance, solo recordaba su cuarto, un gran cansancio y estar concentrado para dormir.

¡Oh, Dios!, conseguir reducir a lo absurdo todos sus problemas, pero, ¿Qué preocupaciones tenía el Cloti?, ¿Cómo conseguir algo de parné, haciendo un trabajillo sucio aquí o allí? ¿Cómo conseguir más para ella? ¡Minucias!, aunque cuando su amiga no lo abrazaba, notaba la realidad con todo su peso, ese dolor en el pecho, justo en el esternón. Se sentía pequeño y famélico. Pobre Cloti, mote surgido en la evolución de un insulto, por algún desaprensivo. ¿Y qué?; eso a él no le hacía daño, solo la falta de su amante insaciable, de su voraz compañera, desprotegía al Cloti y lo asustaba, volviendo el mundo extraño, desconocido.

El mundo humano era un misterio para él, prefería los contenedores y la basura, donde conseguía algo de alimento, ropa y utensilios para sus miembros oscuros y enflaquecidos. El cuerpo del Cloti era pequeño y delgado, algo moreno, aunque su cara siempre permanecía pálida, con el pelo rasurado y una barba despuntando de hace tres días. La ropa, camisetas y calzonas, ya hiciera calor o frío, lloviera o no, y nunca contraía nada, nunca estaba enfermo, a pesar de que siempre tenía la nariz tapada, llena de mocos.

El Cloti estaba sentado en su astillada silla de madera, se había metido un chute, cuando algo comenzó a ir mal, notaba sudor frío recorriéndole la espalda y una sensación de incomodidad, y frío, mucho frío. Su momento de éxtasis no había llegado. Sentía sus pulmones pequeños y le costaba respirar. Vio una sombra por el rabillo del ojo que se movió a su izquierda, el flexo no alumbraba bien y mantenía muchos ángulos en penumbras, él estaba seguro que algo se movió. Giró con rapidez la cabeza hacia atrás y una mano increíblemente fuerte, se posó en sus ojos arrojándolo al suelo, dejándolo sin sentido.

Algo sucedió, no comprendía cómo se había caído de la silla; sí ya, se había caído muchas veces y no siempre recordaba cómo. Pero esta vez era diferente, era al contrario, recordaba lo ocurrido y ni siquiera le sirvió de nada la droga; “¡camello de mierda!, ¡le había vendío pura chusta!” Miraba el flexo tendido en el suelo con su silla al lado. Una polilla revoloteaba en la luz. El Cloti intentó incorporarse. Observó en la pared la sombra de la polilla, era enorme. Escuchaba un sonido de ondas, como aspas de helicóptero. Al mirar otra vez al insecto, observó cómo sus alas despedían unos polvos que brillaban en la oscuridad y se ennegrecían a la luz. El bicho parecía flotar entre estrellas. Podía ver las venas rojas y moradas, iluminadas por el flexo, que inyectaban sangre a sus alas en cada movimiento. Le impresionó su envergadura porque por un momento le pareció del mismo tamaño que la sombra.

Continuaba mareado, no respiraba con normalidad y empezaba a sentir claustrofobia de su propio cuarto. Fatigado, veía los filos de los objetos de un violeta luminiscente, separados cada uno, por esa luminosidad que pertenecía a ellos y a la vez al exterior.

Mirando asombrado la habitación comenzó a oler especias, sobre todo canela y pimienta, y de repente apareció ante él un personaje imposible.

Fue en este momento cuando tuvo un hecho importante, quizás el más importante de su vida, aunque él no le dio esa importancia, no le dio ninguna.

Observándole con ojos azabache, se perfilaba en la oscuridad una figura atlética, casi felina. Comenzó a sudar de nuevo, sentado con la espalda levemente inclinada hacia atrás, se apoyaba sobre sus manos y sus brazos formaban un triángulo agudo con el tronco. Las extremidades comenzaban a temblarle incontroladamente. El sujeto miraba a Quendor con curiosidad, después se echó a reír estrepitosamente.

Su vestimenta, si se le podía llamar así, era una armadura igual a la de gladiadores. Quendor intentaba concentrar la vista con la poca penumbra que su foco dejaba. Sin duda llevaba una armadura, tenía una coraza y muñequeras hasta los codos y también hasta las rodillas, pero no, no era de gladiador, ¡no!, se parecía más a los indígenas, sí, era parecida a las películas de aventuras y de piratas; cuando los colonizadores del nuevo mundo se encontraban por primera vez con los nativos de América. Pero aquella vestimenta era diferente, no tan pomposa y exagerada, a manera de disfraz de carnaval, sino que se ajustaba perfectamente a la musculatura del cuerpo, se veía robusta pero también flexible.

Quendor había desarrollado una gran capacidad de observación. La tienes que conseguir si quieres encontrar comida en las calles, además había visto muchas películas exóticas, eran las que más le gustaban, de países lejanos y extraños donde quizás él pudiera empezar. Las veía todas, en blanco y negro o en color; las mejores horas eran de madrugada, cuando las ponían en la 2, además, él no dormía demasiado, tenía tiempo de sobra.

Así el indio se cubría con una coraza ceñida al pecho con relieves abstractos de bocas y dientes, de caras gruñendo, todo mezclado con vivos colores; tobilleras y coderas, también con relieves, que le llegaba a las rodillas y a los codos respectivamente; una especie de trapo o falda roja por encima de las rodillas, y un casco o corona, con finas plumas verdes y largas, de la cola de algún desgraciado pájaro, formando una cresta desde la frente a la nuca. De ese extraño gorro le caía un largo pelo negro que le llegaba a la cintura. Y en su mano izquierda, observó luego, sujetaba un bastón, ¡no!, una lanza, también tallada de serpientes e insectos.

Estábamos en que aquel sujeto se reía y no precisamente de alegría, se reía de él, aquel tipejo salido de una película de indios, se descojonaba de risa a costa suya, pero no pudo decir nada, su miedo se lo prohibía.

Quendor no podía creerlo, aquel ser del pasado había aparecido en su cuarto sin más, y se reía de una manera salvaje y sin mesura. Tenía que ser una alucinación, ¡sí!, eso era, una alucinación, un espejismo, algún efecto segundario en su dosis adulterada, una mala respuesta, el golpe en la caída, cualquier cosa. De pronto el rostro del azteca se endureció, clavó sus ojos negros en una mirada punzante.

-¡No seas estúpido! –afirmó-, soy tan real como tú, por poco que tú puedas serlo.

-¿Quieres que te lo demuestre?

Sin esperar una respuesta, lo cogió por el cuello de la camiseta y lo alzó hasta el techo, colocó su cara muy cerca de la suya y sonrió. Para después dejarlo caer otra vez al suelo. Quendor sintió repugnancia y fatiga.

Quendor estaba aturdido, horrorizado, totalmente bloqueado, no sabía cómo reaccionar ante aquello. A punto del desmayo.

Aquel hombre, si se le podía llamar así, comenzó a pasearse por el habitáculo. Lo tenía intimidado y fascinado.

-¿No tienes nada que decir? –afirmó, agachándose frente a él-, cualquiera daría un segundo de su vida por estar un momento con un sabio tolteca y a ti, que me tienes aquí, no se te ocurre nada.

-¿Eres un brujo tolteca? –preguntó Quendor tímidamente.

-¿Eres un brujo?, ña, ña, ña,.. –remedó el azteca-. ¡Claro que sí!, ¿Cómo he podido llegar hasta aquí?, ¿Qué crees que soy, un extramundo? Soy como tú, mejor dicho, soy la otra cara de lo que tú eres. Somos el doble filo de una daga.

Entonces las facciones del brujo comenzaron a transformarse en las de Quendor, éste vomitó, porque ante él apareció un ser grotesco, ya que era el mismo Quendor pero con tez morena y pelo largo. Horrorizado, gritó y saltó hacia atrás. El azteca inició su risa atronadora, mientras la cara volvía a ser la suya.

-Quendor has cruzado tantas veces el umbral sin tener la preparación adecuada que tu mente comienza a divagar, quizás el que yo haya aparecido aquí complica aun más las cosas, estas haciendo un mal uso de ese poder. Pero todo esto a ti te importa una mierda. ¿Verdad? Bueno, sin duda, creo que no te hago ningún bien. Creo que debo marcharme.

-¿Qué, qué haces aquí?, ¿Por qué has venido? –preguntó Quendor.

-No lo sé. Acaso te sentí a través del espacio y del tiempo, y vine; de todas maneras he pasado un buen rato, ha merecido la pena, espero que tú también te hayas divertido. ¡Hasta nunca!

Y antes de que aquel brujo se marchase, Quendor le preguntó su nombre.

-Me llaman Quetzalcoatl, la serpiente emplumada.

Al decirlo, el Cloti se sumergió en un profundo sueño, con visiones de un pasado remoto, que no tenía orden ni continuidad, solo caía y se adentraba en aquel otro mundo, donde los animales y las personas no se diferenciaban, donde las leyes de los hombres podían distorsionarse, anularse o ser inventadas. Sitios controlados por fuerzas y energías abstractas, de creencias extrañas, de otro espectro diferente al hombre. Quendor lo soñó y despertó, y bajó al contenedor junto al portal, porque tenía hambre. No volvería a meterse esa mierda nunca más. Aunque comenzaba a sudar y a marearse, y sabía qué era aquello.

El comienzo

JANETT URIOL MENDOZA

El comienzo

En un ayer muy lejano, cuando ningún ser vivo habitaba el planeta Electra, la Tierra era considerada la tercera dimensión de otras galaxias. En aquel entonces, sus poblaciones superaba en miles de veces a la actual Via Láctia.

Un día en el planeta Electra de la galaxia E-36, se apagó el Sol, los habitantes ya no recibian sus cálidos rayos y sus cinco Lunas no reflectaba su dulce luz. Todo el Sistema Estelar de la galaxia quedó oscurecido y lo único que veian los habitantes de Electra, en ese mundo congelado y oscuro de allí arriba, eran unos pequeños puntitos destellantes de color blanco, plateado, amarillento…

Poco a poco, el gélido frio se apoderó del planeta y de toda célula viviente, todos los seres vivos fueron muriendo, pero al morir desaparecian, ¿dónde iban? Lo primero que veian era una escalera que descendía hacia la más profunda oscuridad, al pisar el último peldaño, se derrumbaba y te arrojaba a un oscuro avismo en espiral, en el que podías contemplar una ténue luz al final. Girabas y girabas hacia ella, pero nunca llegabas, hasta que la luz venía a ti y te transportaba a gran velocidad, para encontrarte en medio del universo con forma de estrella.

Sí, así es, cuando toda Electra desapareció, dio origen a una gran nebulosa, con tanta matéria concentrada en su interior que acabó en una enorme explosión galáctica y, soreprendentemente como si de un capricho de un hada se tratara, un nuevo mundo nació.

La Tierra, tercera dimensión de Electra, con toda su variedad de seres vivos y colores por fin había comenzado.

Finalista Concurso de Relato Corto Metrobook 2014

UNAI GRACI EIZAGUIRRE

La gota de Thru

Nurona. Palacio real.

Día Básico, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

La pesadumbre se había adueñado de Asfiz, el palacio real de Nurona. El ambiente que se respiraba en los aposentos de la reina era similar al de cuando un Observante informaba a una observada y a su clan de que había contraído la Oscuridad. La tristeza de aquellos días sólo era superada por el temor que sentían los habitantes del planeta después de Venus cuando llegaba un temporal. Y es que la reina de Nurona estaba en las últimas.

La alcoba de Cantderina albergaba con tristeza su lecho de muerte. El cuerpo se recostaba sobre el alféizar de la ventana que daba al patio de muskhas, las flores con las que se había decorado el perímetro que recogía a la casi inerte Cantderina. Los brotes en cambio no ayudaban a animar la estampa, pues su cualidad de empatizar con aquel nurense que se acercara las había marchitado nada más rozaron la grisácea tez de la moribunda.

La reina había sido un personaje muy querido durante su legado. Cumplió sus funciones de protectora del planeta a la perfección: su voz era capaz de amainar las terribles tormentas que tanto asustaban a los habitantes de sus tierras. El mayor pesar de aquel momento debía ser la partida de un ser tan querido, pero la corte se enfrentaba a un problema mayor:

–Mentora, ¿qué vamos a hacer? –preguntó Páspima, una de las consejeras de Cantderina una vez salieron de su rutinaria visita a la reina.

–Sabíamos que este momento llegaría desde que fuimos al observador con la reina, Páspima. Lo importante ahora es que Cantderina vea que estamos unidas, que no dejaremos a Nurona sin un reinado que la suceda.

Aquella situación había sobrepasado a Mentora. Sabía que Nurona necesitaba una nueva reina protectora; una que alejase la lluvia con su cantar y así los nurenses no se consumieran en un ataque de pánico. Pero el hecho de que Cantderina contrajera aquella maldita dolencia no hacía más que empeorar las cosas. La Oscuridad era un estado del alma de las nurenses que les impedía incubar una nueva generación. Aquella que se infectara, no vería la luz necesaria para gestar un nuevo habitante del planeta y su descendencia acabaría en ella misma. La reina Cantderina estaba contagiada por la Oscuridad.

Planeta Tierra. Madrid.

Lunes, 26 de abril de 2014.

Alba llegó casi sin aliento al museo. El cielo había se oscurecido notablemente y aquella tarde llovería sin duda. Compró en la taquilla principal su entrada para la nueva exposición, aunque antes echaría un vistazo a la colección permanente, Las estrellas de Madrid. Con ese nombre la exposición podría confundirse con una exhibición de fotografías de conciertos de los cantantes de éxito internacional madrileños. Pero no era el caso. Alba estaba en el Museo Astronómico de la ciudad española. Había visitado aquel lugar decenas de veces, pero daba igual: las estrellas eran su pasión.

Le gustaba mirar por la noche al cielo, con o sin su telescopio, daba igual, e imaginar qué era lo que pasaba allá arriba. A años luz. Aquel mundo, que parecía tan lejano, para la joven de veintitrés años quedaba a la misma distancia que una casa de veraneo. Le gustaba soñar con la vida en otros planetas, si es que la había. Sí, tenía que existir algo más que humanos en la infinidad del universo. ¿Cómo verían ellos la Tierra? ¿Cómo se imaginarían los extraterrestres a los humanos? Alba mentaba seres intergalácticos, que llamaban Planeta Azul a la tierra y que tendrían alguna habilidad como en las películas.

La nueva exposición del museo tenía como reclamo la exposición de la Gota de Thru: un colgante de un extraño material que había sido venerado por un sinfín de civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad. Algunos consideraban que hubiera sido más apropiado exhibir un objeto de tales características en el Museo de Arqueología. Pero el cariz, de una leyenda morbosa justificaba su presencia en aquel lugar. Estaba fabricado de un material desconocido hasta el momento, no humano, y había desatado todo tipo de rumores que afirmaban que aquel collar fue olvidado por una nave espacial proveniente de algún planeta como Marte o Venus en una expedición que los marcianos habían hecho en la Tierra. O Planeta Azul, como hubiera dicho Alba.

–¡Vamos! ¡Acérquense! No olviden encender sus dispositivos y ponérselos en los oídos para no perder detalle de la fascinante historia que les voy a contar –gritaba la mujer que llevaba un micrófono de mano y una carpeta con el logo del museo. Vestía una americana barata de un monótono azul marino y rayas grises, y en un lado llevaba cosida una placa en la que se leía: Joya Fernández-Guía Autorizada.

Alba odiaba las visitas guiadas. Sobre todo si la persona que explicaba los entresijos de las obras expuestas se calificaba como “Guía Autorizada”: normalmente se inventaban la mitad de lo que contaban. A pesar de ello, a la joven le fue imposible ver con claridad la vitrina que guardaba la Gota de Thru. Debía ser el primer día de la guía, porque se dirigía al grupo como si de escolares se tratasen y tapaba el enigmático objeto con el contorno de su cuerpo en un intento de crear suspense. Los abuelos del grupo que conformaba aquella visita empezaban a impacientarse. Alba decidió unirse a la explicación del grupo. Con un personaje como el que estaba viendo, la historia que iba a contar debía de tener el mismo grado de ficción que sus pómulos. Joya comenzó su discurso en la época anterior a Cristo.

Nurona. Prado Seco.

Intermedio, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

Thru estaba sentada en una de las rocas de silicato que había frente a su agujero. Vivía en el hogar que habían construido sus padres, no muy profundo ni grande, pero era uno de los más acogedores de Nurona. No hubo agujero en aquellas tierras que no llorase la partida de la reina. El suceso era muy reciente: Cantderina murió al término del Día Básico. Después empezó el Intermedio y el silencio y la tristeza se apoderaron de Nurona.

Contemplaba de soslayo Asfiz. El palacio real estaba triste, ya no relucía como en los momentos de la reina en vida. Se conocía, además, la situación de la corte y la ausencia de descendencia. Todos lo sabían, pero nadie podía imaginarse cómo iban a solucionar aquel problema. En el Prado Seco, donde estaba el agujero de Thru, empezaron las especulaciones. Su vecino y amigo Laizo, que vivía tres agujeros más hacia el sol que ella revindicaba una Nurona sin reina.

–Lo mejor sería que el reinado acabase con Cantderina. Así no tendrían que preocuparse si su sucesora resulta ser otra infectada por la Oscuridad. ¡O que busquen a un rey! –había dicho cuando se enteraron de la fatídica noticia.

–¡No seas bocazas, Laizo! -le contestó Réndero- ¿Quién iba a protegernos de los temporales sino una reina con una poderosa voz que los amaine?

Réndero vivía frente al agujero de Thru. Era el más sensato del Prado Seco, aunque su impertinencia muchas veces irritaba a los habitantes de aquel lado de Nurona.

–Thru sería una gran reina: su voz es capaz de hacer florecer a un campo de muskhas sin acercarse a ellas… ¡y no teme a la lluvia!– propuso Laizo con sorna.

–Claro, querido Laizo – empezó a agradecer Thru – Pero tal vez todavía no te hayas percatado de que para ser reina, hay que tener fluido real. ¿Has traído un poco para inyectármelo?

Thru tenía un gran sentido del humor. Su vida en Nurona había sido feliz, pero no fácil. Quizá por eso sabía sacar lo mejor de los peores momentos. Y Laizo tenía razón: ella no temía la lluvia. Se conocía, además, al dedillo la historia de toda la realeza de aquel planeta. Admiraba a todas y cada una de las reinas que con sus voces habían apaciguado lapso tras lapso los temporales que atemorizaban a los nurenses desde los tiempos antes de Venus. Cuando era menor, Thru soñaba con ser reina. Igual que lo hacían todas las de tiempo temprano, sí. Pero no por el mismo motivo. Las demás soñaban con vivir en Asfiz, envueltas en una vida de paredes de cristal, sentadas en el Uter, el trono real, y con la corona de la reina, conocida como Bísmarco, puesta en sus partes más altas. Thru en cambio soñaba con reinar para utilizar su voz en algo de provecho. Deseaba poder proteger a los nurenses con el instrumento que más apreciaba.

Planeta Tierra. Madrid.

Lunes 26 de abril de 2014.

–Como ven, desde los tiempos de Hammurabi hasta los mayas, pasando por los nómadas de américa del sur, y nosotros mismos, varias civilizaciones han venerado esta especie de reliquia sagrada.

Joya había relatado la historia existencial de la Gota de Thru, que ya aparecía en las tablillas de arcilla de la antigua Mesopotamia. Hititas, Hurritas, egipcios e incluso órdenes cristianas habían dejado alguna constancia de haber poseído el collar. El material que conforma la pieza principal del colgante, de forma de gota de agua o de lágrima fosilizada, era de un azul grisáceo muy peculiar. A mi parecer, todavía no se ha dado nombre a este color que combina azul eléctrico con el gris pardo, había dicho la guía al describir el objeto que se exponía en el museo.

–Hay ocasiones en las que la gota cambia de color, resplandece, como si de una luz de esperanza se tratase –puntualizó Joya–. Hubo quien asoció este cambio a la incidencia de la luminosidad del día. Aunque, a decir verdad, puedo asegurarles que el collar tornará en otro color esté dentro de una urna opaca o expuesta directamente al sol.

–De ahí que se especule con si su origen puede ser extraterrestre, ¿verdad?

Una de las señoras que con más atención había seguido las explicaciones de la guía levantaba su cabeza blanca desde una de las filas traseras. El grupo se movió inquieto, expectante e impaciente por escuchar la parte que, al fin y al cabo, todos los visitantes querían oír. ¿Era o no el collar un objeto de otro planeta?

–En realidad no hay nada probado –comenzó Joya–. Verán: mucha gente tiende a darle explicaciones morbosas a aquello que no puede comprender. Es cierto que esta pieza es absolutamente insólita. Se trata de una especie de Mandylion, de Lienzo de Edesa, de Sábana Santa. Desconocemos su origen: civilizaciones anteriores a nosotros, por sus inéditas características materiales, la han venerado como si de un regalo divino se tratase. Y al igual que ocurrió con el sudario santo, que contiene supuestamente el perfil la sangre de Cristo dibujado con su sangre, la Gota de Thru no ha pasado la prueba del carbono-14.

Las primeras gotas de la tormenta que Alba había vaticinado cuando entró en el museo rompieron el silencio que había ocupado la sala en la que se encontraban. Al igual que el resto del grupo, la historia de aquel misterioso objeto la había atrapado a la joven que no despegaba la vista de la joya. La cúpula que iluminaba aquella estancia recibía los impactos del aguacero, que oscureció la tarde y aquel ala del museo. Todos los presentes, Alba incluida, clavaron sus miradas en la vitrina que estaba a la derecha de Joya Fernández. Llovía, por lo que aquel objeto debería cambiar de color de un momento a otro. O tal vez no.

Nurona. Palacio Real.

Día de Resto, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

–Esto es absurdo, Mentora. Llevamos desde el Intermedio descartando candidatas que reemplacen a la buena de Cantderina –se quejó Páspima– No hay ningún pariente lejano que cumpla con lo que necesita ser una reina en Nurona.

La partida de la reina, sin dejar descendencia para su sucesión a causa de la Oscuridad, había convertido Asfiz en un caos existencial. Páspima y Mentora pasaron el Intermedio, el Día Hueco, el Día de Virgo, el Día Áspero, el Estrellicio y aquel principio del Día de Resto analizando los parentescos de la ya fallecida Cantderina. Además de no haber apenas féminas entre sus parientes, ninguna de las posibles candidatas tenía la capacidad vocal como para proteger a los nurenses de la lluvia.

–¿Qué pretendes que hagamos, Páspima? ¿Dejar a Nurona sin una reina? ¿Buscar a la sucesora de Cantderina en el Planeta Azul? –respondió Mentora mientras ojeaba en su mente la tablilla histórica del planeta.

Páspima guardo silencio el tiempo suficiente como para desatar el enfado de Mentora.

–¡Ni lo sueñes! ¿Qué pretendes? No podemos traer a una de las bestias de ese planeta. Sabes de sobra lo que dicen los Observadores: el Planeta Azul tiene los lapsos contados, está condenado a la autodestrucción por culpa de sus habitantes. No podemos permitir que ocurra lo mismo con Nurona. ¡Ninguno de esos seres ocupará estas tierras mientras yo siga aquí!

La irritación había hecho perder la tablilla en su mente. Tendría que volver a concentrarse para continuar con la búsqueda. Si tan sólo Páspima dejara los disparates a un lado…

–No, Mentora. No me refiero a eso. Escúchame: ¿y si buscásemos a la sucesora de Cantderina entre los nurenses? No serán de sangre real pero, al fin y al cabo, conocen este planeta tan bien como cualquier otro miembro del palacio… No tendríamos más que poner las candidatas a prueba: que canten frente a la lluvia. No encontraremos una tan buena como Cantderina pero, por lo menos, tendríamos reina hasta encontrar otra solución.

Mentora siguió concentrada, intentando aparentar que continuaba ojeando la tablilla real. No obstante, meditaba sobre aquello que Páspima acababa de decir. La segunda consejera podría tener razón. Sí, encontrarían una sustituta entre las nurenses y así ella tendría el tiempo suficiente para repasar todas las tablillas reales, buscar en otros planetas (exceptuando el Planeta Azul), o donde fuere, una reina digna para Nurona.

Así pues, esperaron a la llegada del Día Básico para convocar en Asfiz a todas aquellas nurenses que quisieran ocupar el Uter del Palacio Real. Esperaron a los lapsos con lluvia para poner a prueba a las candidatas. Y, para el pesar de Páspima y Mentora, aquella búsqueda resultó ser otro desastre. Las había quienes no sabían cantar y, aquellas que decían saber utilizar su voz, no hacían más que temblar de terror cuando se disponían a enfrentarse al temporal. Las consejeras de la corte entraron en un bucle de desesperación que no hacía más que ir en aumento. No parecía que la solución a su problema estuviese en Nurona, aunque decidieron acabar de probar suerte con las candidatas restantes.

Era entones el turno de aquella del Prado Seco llamada Thru. El encargado del campo real de muskhas, un tal Laizo, había insistido hasta la saciedad a Mentora con aquella candidata. La consejera, después de haber presenciado una catástrofe tras otra, prefirió no ilusionarse con la nurense del Prado Seco. Cumplía el perfil de todas las candidatas que habían llegado hasta el Palacio Real: había soñado con ser reina de Nurona y aseguraba saber cantar. Aunque el encargado de las muskhas insistía en lo magistral de aquella cualidad.

Planeta Tierra. Madrid.

26 de abril de 2014.

La gota del colgante pareció derretirse al aclarar su color hasta tornar en un color similar al amarillo verdoso, pero con un brillo singular. El grupo de jubilados, Joya y Alba no vieron un cambio instantáneo de tonalidad sino que se produjo como un degradado: parecía que a medida que la tormenta oscurecía la tarde en Madrid la Gota de Thru se encendía para dar la luminosidad que las nubes arrebataban al cielo terrestre.

–Ya lo han comprobado: tal y como les acabo de relatar, el colgante ha cambiado de color –explicó Joya observando la Gota de Thru con mirada triunfal– Como ven, la casualidad ha querido que esto ocurra en un día lluvioso.

La Alba más perpleja de la tarde miraba el objeto expuesto. ¡Había cambiado de color! La joven era una apasionada de la astronomía y de la astrología; era, con total seguridad, la persona que más sabía en su clase sobre las cuestiones cuyo límite estaba fuera de la atmósfera terrestre. Pero nunca había imaginado nada parecido. Y si lo había hecho, no se lo habría creído.

Comenzó a rodear la vitrina que contenía la Gota de Thru, intentando buscar alguna luz, un mecanismo humano que hubiera provocado aquel cambio. Pero fue inútil, no había nada sospechoso. Cuando dio un giro de trescientos sesenta grados en torno a la urna de cristal que guardaba el objeto y volvió a su posición inicial, fijó su mirada en el cartel que describía aquella pieza: GOTA DE THRU. Origen desconocido. ¿Por qué a nadie le llamaba la atención el nombre?

–Perdone –Alba se dirigía a la guía especializada–: creo que todavía no nos ha hablado sobre el nombre del collar. ¿Qué o quién es Thru? ¿Quién decidió llamarlo así?

–Buena pregunta –Joya abrió la carpeta con la que había entrado a la sala–. Como les he contado, esta pieza ha pasado por muchas manos antes de ser expuesta como un objeto de museo. Las tablas cuneiformes de la dinastía de Hammurabi hablan de un encuentro con una mujer de tierra lejana. Esta mujer debió ayudar de alguna manera que no está explicada a los habitantes de Mesopotamia de aquella época en sus cosechas, puesto que las escrituras de arcilla hablan de hambre y desgracia antes de su llegada y de momentos de bonanza en los campos tras su partida.

La guía autorizada del museo había sacado una fotocopia en la que aparecía una especie de tabla en forma de hexágono con hileras de símbolos similares a los caracteres de la escritura oriental. Una de las ancianas del grupo, que sólo tenía una mano, había asegurado al hombre de su lado entre susurros que ella había visto unas letras similares a las que Joya mostraba cuando cenó en un restaurante chino con sus amigas.

–En muchos de los restos que han dejado nuestros antepasados se habla de la bonanza que los dioses profesaban a los habitantes que les dedicaban ofrendas y sacrificios–siguió Joya–. En este caso sólo hace referencia a la visita de la mujer, a la lluvia y a la prosperidad de las cosechas. Pero parece ser que no fue un suceso aislado, pues civilizaciones posteriores dejaron constancia de encuentros similares con esta mujer de tierras lejanas.

Es en la antigua Grecia, en un pueblo ya extinto de la península del Peloponeso, donde se encontraron pergaminos donde se le ponía el nombre de ‘Thru’ a aquella visitante. Los historiadores pensaron en un principio que se trataría de alguna diosa local, puesto que los habitantes de este pequeño pueblo representaban su agradecimiento a la mujer con pinturas en las que primaba el tema celestial.

–¿Va a intentar decirnos ahora que este collar no es de los marcianos? –preguntó irritado uno de los hombres que posiblemente estarían allí por obligación de sus esposas.

–Lo único que hago es ceñirme la historia, señor –le dijo Joya–: ahora viene la parte que no le va a aburrir tanto, no pierda detalle. Y es que, como decía, los griegos representaron su agradecimiento a la supuesta diosa Thru con pinturas en las que aparecía el cielo de la noche, con unas estrellas resplandecientes y extrañas. Sí, he dicho extrañas. La forma de las estrellas que se encontraron en las vasijas de aquella zona del Peloponeso coincide con la forma de gota que tiene este collar.

»Es más, una orden cristiana pintó en uno de sus frescos la representación de Thru. Y es ahí donde comienza la leyenda extraterrestre: aquella pintura en la que aparecía la mujer de lejanas tierras visitando a los campesinos no tenía forma humana. Se le representó portando una especie de báculo y algo con forma de tentáculos en la parte más alta de su cuerpo que podría ser una corona. Y se le identificó también con el nombre de Thru.

Todos observaban a Joya con mucho interés. La historia de la Gota de Thru había alcanzado el máximo tono de morbosidad al que podía llegar: un extraterrestre había visitado el planeta Tierra.

Alba intentaba procesar toda la información a la mayor velocidad que el relato de Joya Fernández le permitía. Bien: las civilizaciones hablaban de una supuesta diosa que ayudaba en las cosechas a los campesinos. Hasta ahí no había nada fuera de lo común. La historia se repite de milenio en milenio. Pero, ¿por qué? Tal vez era sólo una leyenda que había proliferado por el boca a boca. O tal vez aquella Thru había visitado el Planeta Azul, como a ella le gustaba llamar a la Tierra, en más de una ocasión. El bello de los brazos se le erizó. ¿Cabría la posibilidad de que aquello fuera cierto? Según había indicado la guía del museo, la viajera del espacio no tenía cuerpo humano. Y se le distinguían un báculo y una corona. Era una reina del espacio. ¿Habría monarquías en Marte o Júpiter?

–Espere un momento –cortó la joven a Joya–. ¿Hasta dónde llegan los indicios que se relacionan con este collar? O mejor dicho: ¿cuál es esa relación?

La guía se puso nerviosa. Estaba acostumbrada a las visitas de jubilados aburridos sin mejor quehacer que ir al museo en excursión para escuchar la historia del collar intergaláctico. Pero las preguntas con ese deje sabiondo le superaban.

–Como acabo de relatar, las estrellas de las pinturas son morfológicamente similares a la gota hoy estamos admirando –empezó Joya, no sin antes fulminar a la joven preguntona con la peor de sus miradas–. En el fresco cristiano que acabo de mencionar el cielo se representa de la misma manera. Es más: en este caso, los que lo han visto narran cómo se intenta escenificar una especie de lluvia de estrellas que cae sobre la gente. Y es que en este caso la supuesta Thru aparece en compañía de personas humanas, todas ellas mirando y señalando a lo que parece aproximarse sobre sus cabezas.

» El collar ha pasado por todos estos lugares. O eso, al menos, es lo que han constatado en los textos de los investigadores clásicos que le han seguido la pista. El problema es que la última prueba pictórica es la que acabo de mencionar: después del mural cristiano no se tiene constancia de más arte con las mismas características.

–¿Y qué explicación le da usted a eso?–el público estaba impaciente por saber.

–Podemos especular con dos posibilidades. La primera de ellas es que no se trate más que de una leyenda que ha ido de generación en generación para explicar el origen de esta especie de piedra preciosa y que haya muerto con la orden cristiana que representó a la tal viajera. O bien, si realmente se trata de un viajero intergaláctico… La única explicación que se me ocurre es el fallecimiento: aquella Thru murió y no pudo visitar nuestro planeta nunca más.

Nurona. Palacio Real.

Día de Resto, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

Y entonces, comenzó a llover en Nurona. El nerviosismo era estaba a flor de piel: incluso en la corte real temían la lluvia. Thru subió a uno de los balcones de cristal del palacio, estaba construido con el mismo material. Su inquietud no era resultado de aquel fenómeno meteorológico que tanto pánico provocaba en sus iguales: quería pasar aquella prueba con dignidad.

Las gotas de lluvia parecían haberse solidificado en piedras por la fiereza con la que golpeaban las paredes translucidas de Asfiz, que temblaba al compás de los que allí se habían congregado. Thru cerró los ojos y comenzó a cantar.

Su voz pareció solidificarse, al igual que la lluvia. La voz de aquella nurense que aspiraba a ser reina empezó a adentrarse por cada recóndito del palacio real. El efecto del cristal traslucido en el que estaba edificado el castillo provocaba un retorno en la dulzura de aquel canto que nadie esperaba. El pavor de la corte pareció desaparecer por un momento. Incluso Mentora y Páspima creyeron ver la luz al pensar que estaban ante la nueva reina de Nurona. Thru cantaba con todas sus fuerzas, intentaba disipar aquel temporal con la dulzura de su voz… Pero su empeño no conseguía paliar aquella lluvia infernal. La candidata a reina intento elevar el tono varias veces, pero no tuvo éxito alguno.

–Necesito salir –Thru no se había rendido–, estar más cerca de la lluvia. Este balcón está demasiado protegido para que surta efecto.

Las consejeras reales se miraron atónitas la una a la otra. Sí, habían entendido bien: quería salir al exterior en mitad del temporal. Constataron que su oído no las había traicionado cuando vieron a Thru adentrarse en el campo de muskhas real. Quizá por instinto de protección o tal vez por mera curiosidad, toda la corte se trasladó al patio que daba al campo de aquellas plantas de Nurona para observar lo que aquella demente quería demostrar. Thru volvió a cantar, con su cántico de paz volvió a envolver a los cortesanos, pero la lluvia no cesó.

Un último intento fallido fue suficiente para que la nurense se rindiera: no podría ser reina. Volvía decepcionada al atrio donde se encontraba su público, que todavía no podía creer lo que estaba viendo: Thru se había adentrado en el temporal, exponiéndose en un campo sin ninguna protección y su único pesar era el de no ser reina. ¡Ni siquiera se alegraba por seguir viva!

–Mentora, ¡no teme a la lluvia! ¡NO TEME A LA LLUVIA! –Páspima y las demás consejeras estaban tan nerviosas como excitadas por lo que acababan de ver.

Mentora fue la primera en percatarse de cómo había cambiado aquel campo de muskhas de su estado normal a un color azul eléctrico con tintes de gris pardo cuando tocaban a Thru. Ésta era observada por la corte como si de un terrestre explorador se tratase; sus rostros iban desde la estupefacción al pánico. Entonces, habló Mentora:

–Todos estamos de acuerdo en lo que acabamos de sentir. Probablemente tu voz no sea tan poderosa como para hacer que un temporal pase, pero nos has enseñado a no temer. Y aún más importante: tu voz nos ha dado paz.

En aquel momento, la lluvia comenzó a cesar y las últimas gotas que cayeron se solidificaron en una especie de piedras de un tono brillante, como esperanzador. La consejera que se dirigía a Thru sonrió.

–Creo que con estas brasmas que han caído alguien nos está enviando una señal de algún lugar en esta galaxia, sea donde sea que vamos los nurenses cuando nuestro propósito en Nurona finaliza. De momento, tú serás nuestra nueva reina.

Nurona. Agujero de La Iconista.

Día de Virgo, Quemazón, Décimo lapso después de Venus.

No había ser más solitario en Nurona que La Iconista. Sus servicios eran siempre por encargo de la corte de Asfiz. No obstante, vivía en un agujero apartado en el Prado Seco. En aquel momento había recibido el encargo más importante de su existencia: la reina necesitaba de sus dotes. A pesar de que su verdadero nombre era Minaida, en Nurona todos la conocían como La Iconista. Era un habitante muy reservado, por eso no se entrometía en sus encargos.

La Iconista era una simbiosis entre un joyero y un herrero de la Tierra. Ella había elaborado el Bismarco y el Uter del palacio real en Asfiz. Y ahora la reina Thru le había encargado una bisutería muy delicada: tenía que realizar unos amuletos protectores con las brasmas de lluvia solidificadas que cayeron en la época del Amanecer, el momento de su ascenso a la corona de Nurona.

Este trabajo le traía de cabeza. La reina Thru quería visitar el Planeta Azul para intentar ponerlo a salvo de la autodestrucción. Y para ello quería exponerse a los terrícolas y repartir aquellos collares entre los seres más poderosos. Qué innecesario, pensó.

–¡Minaida! –cuando se gritaba a sí misma utilizaba el nombre que le puso su madre– Eres La Iconista: tu trabajo no es pensar ni opinar. Sólo crea y construye. Cre-a y cons-tru-ye.

La Iconista era solitaria, sí. Pero en su mundo interior tenía más vida que en todo Marte.

Planeta Tierra. Madrid.

26 de abril de 2014.

Alba lamentó no haber cogido un paraguas. La lluvia había dado una pequeña tregua, pero de nuevo comenzaba a chispear.

La noche empezó a caer cuando la joven caminaba hacia su casa. Miró al cielo y observo cómo aparecieron las primeras estrellas del crepúsculo. Se imaginó que algunas tenían la forma de la Gota de Thru. Incluso soñó con ver alguna del mismo color en el que se había tornado aquel collar cuando comenzó la lluvia en el museo.

¿Qué estará sucediendo allá arriba? Estaba tan lejos y sin embargo lo sentía tan cerca. Quizás aquella Thru estaba en mitad de uno de sus viajes intergalácticos a su Planeta Azul. Pero no podía ser. Alba se había percatado de algo que se le escapó a Joya Fernández: los años luz entre la Tierra y el universo exterior hacían que desde la Tierra se viesen estrellas que ya se había apagado. ¿Era alguna de aquellas que veía en aquella noche el hogar de Thru? ¿Se habría apagado ya su estrella? Estaba convencida de que no.

No sabía por qué, pero quería creer la historia de aquel supuesto colgante extraterrestre. Volvió al mismo pensamiento. Definitivamente, no. Una estrella como Thru nunca podría apagarse.