Simios radiactivos del espacio

TANDRO QUIJADA

Simios radiactivos del espacio

1

Todos los hombres y mujeres de la nueva generación destacaban en algún ámbito, pero este pobre diablo, que jamás tuvo una madre, no. Ahorraba y ahorraba como sus congéneres pero nunca gastaba.

La mayoría de sus viejos colegas del instituto habían triunfado en carreras disparatadas: uno exploraba los océanos en un submarino de cristal, otro se enriquecía en el mercado de valores sometiéndose a unos dados de rol, otro demolía mansiones con un Sturmtiger… Bebían continuamente asombrosos cócteles, conducían coches de lujo, se casaban con mises y jugaban al pádel. Sus hijos salían con prestigiosas empresarias y sus hijas jugaban en poderosos equipos de fútbol. Eran felices las vidas de cada uno de sus vecinos. Hasta el imbécil del piso de abajo había aprendido a tocar la batería con cuatro latas sucias y los huesos de un perro muerto.

Su mejor amigo, que tenía la dentadura de oro y un Ferrari, le decía:

—Tienes mucha pasta; no seas tonto, córrete una buena juerga. «Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver».

Pero la realidad era que este pobre diablo, a quien todos llamaban El Niño, no quería de ninguna manera menguar sus ahorros en fiestas. Tenía otro propósito. Cada día, al salir de la planta de ingenieros, revisaba el saldo de sus cartillas (¡entraba en cólera si el banco se había cobrado alguna comisión!). Después, entraba en la página web de su propia empresa y contemplaba, durante largas horas, la máquina de criopreservación. Muy pronto podría comprar una para congelar su cuerpo cuando muriese.

2

Apagó el ordenador. Cenó unos palitos de merluza con Cruzcampo. Intentó dormir, pero como no podía, vio un documental en la televisión. ¡Qué rápido había pasado el tiempo! Mañana era el gran día. Mañana cobraría el salario mensual y podría comprarse la máquina de criopreservación.

Tras siglos ahorrando, tener al fin la máquina en casa le parecía un sueño imposible. La colocó en el cuarto de baño, junto al plato de ducha, porque era el único sitio donde cabía. Costó más de $1,000,000,000,000,000. Le sobraron algunos billetes, así que decidió celebrar su adquisición en el bar. Invitó a varias rondas a todo el mundo. El propietario le sirvió un cóctel carísimo y exclusivo como agradecimiento. El Niño aceptó, y además, dijo que cuando el mes siguiente cobrase compraría el bar y un smartphone para cada uno de sus clientes. A partir de ahora podría gastar el dinero en lo que quisiera. Empezaría a vivir la vida.

La orgía culminó con El Niño volando por los aires, aupado y vitoreado por decenas de borrachos a los que siempre había envidiado. Mientras ellos practicaban profesiones y aficiones de lo más interesante, él se había podrido durante años en la nave de ingenieros. Mientras los demás disfrutaban como cigarras, él sufrió como hormiga. Asumió una rutina anodina con la esperanza de, algún día, poder sobrevivir a toda esta gente. Ver el futuro.

Pensaba en esto y en otras miles de cosas. La cabeza le daba vueltas, así que hizo bien en salir a tomar el fresco. De un callejón cercano provenían unos ruidos. Era una pareja joven exhibiéndose más de la cuenta. El Niño pensó en su propia juventud, consumida entre las paredes de la nave de ingenieros. Se sintió muy triste y también un poco asustado. Quería volver a casa y abrazar su máquina de criopreservación hasta tranquilizarse. Había bebido demasiado: estaba tan borracho que cruzó la calle sin mirar, y el Ferrari de su mejor amigo lo atropelló.

Cuando el horrible montón de órganos y huesos alcanzó los -195,79 ºC, no se sabía si El Niño estaba vivo o muerto.

3

Se despertó percibiendo una agradable sensación. El calor emanaba de la profundidad de sus entrañas, dondequiera que estuviera su alma. Tardó varios meses en abrir los ojos. No había prisa. Cuando se decidió, descubrió una sala tenuemente iluminada. A su alrededor, una manada de simios radiactivos del espacio le contemplaba inmóvil. El Niño no estaba seguro de si eran radiactivos, pero estaba convencido de que procedían de otro planeta. No podía ser de otra manera.

Abrió la boca, quería hablar. Le dolía terriblemente la cabeza por la resaca. Los simios se inclinaron hacia delante para escucharle.

—¿Quién me ha descongelado? ¿Quién ha hecho posible esta tecnología?

El Niño derramó unas lágrimas tan frías que sus mejillas se entumecieron. No preguntó dónde se encontraba o dónde estaban los seres humanos. No preguntó cuánto tiempo había permanecido dormido. No se dio un segundo para recapacitar en los extraños sueños que había tenido. Ni siquiera le importaba que cada microscópico fragmento de tejido corporal le infligiera un dolor infinito. Quería saber a quién había que llamar Mamá.

Bookmark : permalink.

Los comentarios están cerrados.