Señal extraterrestre

NÉSTOR QUADRI

Señal extraterrestre

Si bien trabajaba como modesto empleado haciendo guardia durante las noches en el observatorio, realmente era un experto en informática, que había decidido pasar su vida en soledad, gozando en silencio de la contemplación del universo. Sin embargo, en el fondo de su alma, tenía la ilusión de ser el primer hombre del mundo que lograra descubrir el misterio de la existencia de vida en otros mundos. Esa loca esperanza lo mantenía ansioso y expectante, aunque todos sus esfuerzos siempre habían sido en vano.

Mientras ascendía al observatorio de rastreo espacial, ese día no había podido dormir bien y atacado de un bajón anímico se preguntaba: “¿Y si a pesar de todos esos esfuerzos que está haciendo la humanidad, realmente no había civilizaciones extraterrestres?” Todo era posible, por lo que debía aceptar lo peor y suponer que podían terminar finalmente por no obtener ninguna señal reconocible.

Sin embargo, al acercarse al radiotelescopio óptico fue recuperando algo de ánimo, mientras pensaba si realmente se habría desperdiciado tanto dinero, porque era seguro que más se gastaba en fabricar inútilmente armamentos cada vez más sofisticados, que generaban odio y destrucción. Además, se estaba aumentando constantemente las probabilidades de que las naciones de la tierra se aniquilaran entre sí y tal vez, destruyeran a toda la humanidad.

Al llegar a su lugar de trabajo, reemplazó a su antecesor y se instaló en el centro de control, para la rutinaria vigía de todas las noches. Al iniciar su tarea se quedó durante unos minutos dedicado a la observación del universo, delante de los complejos sistemas de seguimiento del radiotelescopio óptico. En un tiempo físicamente incalculable su angustia se disipó por completo, embargándolo el éxtasis de la belleza del eterno cielo, génesis de toda grandeza, que ahora escudriñaba muy atento, para que apareciera en él alguna señal o imagen de vida.

Sabía que era un ser solitario e insignificante encadenado a este mundo, pero percibía en la paz que lo rodeaba, el inmenso placer de buscar en ese universo majestuoso, algún indicio de vida inteligente.

Si bien esa soledad de su vida alcanzaba durante el día su punto extremo, por las noches, el observatorio era el gran alivio para su desasosiego, mientras era testigo del espectáculo impresionante del esplendor de las constelaciones. Cuando observaba como las estrellas se abrían y cerraban, se agrandaban y achicaban, saltaban y se sumergían como pequeñas luces brillantes sosteniendo el cielo oscuro, sentía que tanta grandeza le conmovía el alma.

El observatorio donde trabajaba, representaba uno de los proyectos de desarrollo pacífico más ambiciosos jamás realizados por la humanidad. Era un radiotelescopio óptico coordinado entre sí, dedicado exclusivamente a la búsqueda de vida extraterrestre. Apuntaba al cielo con una antena de radio y un espejo gigante, hurgando sistemáticamente señales de radio y luz de una civilización alienígena. Era apoyado por una supercomputadora inteligente, superior a todas las concebidas hasta ese momento en el mundo.

El radiotelescopio óptico lo acercaba a nuestra galaxia, con supernovas, púlsar, nebulosas y podía divisar objetos muy lejanos que se encontraban incluso más allá. Podía obtener datos de las galaxias externas como Andrómeda y también los quásares que constituían los misteriosos núcleos en los confines del Universo. En una escala extragaláctica, incluso lo llevaba atrás en el tiempo, hacia el resplandor de fondo del big-bang inicial.

Todo el universo estaba en orden y cada movimiento de los astros tenía un tiempo y un espacio, pero a él en esa sala de control le parecían cuerpos esbeltos que se encendían y apagaban danzando intermitentemente. Eran ya las tres de la madrugada y al ritmo del pequeño zumbido del reloj en la pared, se quedó pensando en el tiempo como dimensión extragaláctica, mientras observaba como el segundero giraba y giraba, sin prisa y sin pausa.

Fue allí, cuando de pronto, durante una vuelta completa del segundero, mágicamente vislumbró que el destino de su vida cambiaría, porque el radiotelescopio óptico captó y grabó durante un minuto, una extraña señal de luz láser.

Al tratar de observar esa luz grabada en el visor del aparato, al principio le apareció borrosa y que no se distinguía. Sin embargo, cuando fue ajustando los controles, la señal se fue haciendo más nítida y brillante. No lo podía creer: ¡Allí estaba! El inmenso radiotelescopio óptico había captado y grabado una débil pero compacta señal de luz, en una pequeña y oscura zona del espacio. Sin salir todavía de su increíble asombro se preguntaba si sería auténtica.

Muy entusiasmado trató de enfocar todos los sistemas de apoyo del radiotelescopio óptico específicamente hacia esa zona del universo, pero la señal ya no estaba allí. Había permanecido visible durante ese minuto y luego desapareció misteriosamente.

Su ánimo mezclaba intriga y emoción en un estado sublime, porque estaba claro que se encontraba ante uno de los acontecimientos más trascendentes de todos los tiempos y era justamente él, quien lo había descubierto.

“¿Qué lejana galaxia podría acunar aquella señal?” “¿Por qué sería tan corta?”, se preguntaba. Le apasionaba saber que en algún lugar de ese horizonte infinito, alguien nos estaba contemplando para que la humanidad no estuviera tan sola.

Sabía lo que debía hacer, se acomodó junto al panel de control y empezó el operativo ya programado, ante el eventual indicio de algún descubrimiento extraordinario. Comenzó a teclear la clave de la secuencia de alarma de urgencia, que había memorizado cuando empezó sus tareas varios años antes. Ese procedimiento pondría en marcha los dispositivos de alarma del observatorio y por otra parte, avisaría a los domicilios de todo el personal directivo y técnico especializado, para que concurriesen inmediatamente al lugar.

Rápidamente completó la clave, pero aún no se animaba a activarla para poner en marcha el sistema, pensando si sería una decisión acertada. Todos esos funcionarios comandarían la investigación y si bien él tenía muchos conocimientos informáticos, sería dejado de lado como un humilde empleado, como si fuera una endeble pieza de un engranaje. De esa manera, perdería esa ansiada posibilidad de ser reconocido y reverenciado en el mundo por dicho descubrimiento. Le invadieron las dudas y comenzó a replantearse si lo haría.

Sentía una necesidad imperiosa de averiguar por sí mismo, quién estaba tratando de atraer la atención o de decir algo al universo. Después de esos primeros instantes de indecisión, no pudo ya contenerse y tomó la determinación de cancelar la operación de emergencia.

Entonces, introduciendo el código secreto que había copiado subrepticiamente hacía algún tiempo, cargó en la supercomputadora toda la información de este descubrimiento. Luego, le impartió la orden para que estudiara cual era su significado y de donde había partido.

Sabía que esa información representaba un reto difícil de resolver para la supercomputadora. Podía ser que no pudiera interpretar esa señal y no lograra obtener más información que la de su existencia. Quizás nunca podría revelar las características del planeta que la enviaba, las que seguramente serían de gran interés y utilidad para los astrónomos “¿Habría realmente material rescatable en esa señal?”, se preguntaba.

De todos modos, aunque la supercomputadora no llegara a ninguna conclusión respecto a su contenido específico, estaba seguro que se podrían obtener ciertas generalizaciones concernientes a las comunicaciones extraterrestres.

En tanto la supercomputadora se debatía tratando de extraer la información, compilando cada una de las partículas de radiación que componían aquel minúsculo indicio de luz. Para ella, era como si fuera un inmenso rompecabezas que no terminaba nunca de armar. Evidentemente la tarea se le tornaba sumamente dificultosa y eran muchas las suposiciones que debía descartar.

Mientras esperaba impaciente la respuesta, pensaba que aunque se lograra una comprensión detallada del mensaje, quizás no se desentrañara lo suficiente como para deducir si la civilización que lo enviaba era pacífica o no. No tenía forma de predecir lo importante que resultarían esos datos, pero indudablemente no podrían ser de ninguna manera inútiles.

La incertidumbre de la espera le carcomía el alma y le asaltó el temor de lo que le pasaría por haber tomado aquella resolución, tratando de resolver el mensaje por su cuenta. Como había trasgredido todos los procedimientos y reglas de seguridad estipuladas, tenía la impresión de ser perseguido por una infinidad de sensaciones invisibles que incansablemente rondaban, acechaban y perturbaban su cerebro.

Para agravar su angustia, la supercomputadora se demoraba y como al amanecer terminaría su turno para ser reemplazado, sería descubierto. Por ello, le requirió que le adelantara la información disponible, pero la misma le contestó que necesitaba más tiempo. Era evidente que ella aún no contaba con los datos necesarios como para dar una respuesta adecuada a la consulta.

Si bien la espera se le hacía insoportable, tenía una enorme curiosidad por el resultado y se encontraba impaciente, porque estaba a punto de tener el orgullo de ser el primer hombre del mundo en descubrir la existencia de otras civilizaciones en el Universo.

Repentinamente, la supercomputadora le informó que todo el análisis realizado había llegado a su fin y estupefacto, vio como la máquina iba emitiendo en la pantalla su mensaje escrito de respuesta.Cuando lo leyó quedó petrificado, entre asombrado y decepcionado mientras se preguntaba: “¿Considerará la humanidad peligroso ese mensaje?” “¿La soberbia humana lo aceptará como verdadero?”. Realmente no lo sabía.

Era una señal emitida un minuto antes de haberse autodestruido, desde un planeta similar a la tierra, que giraba alrededor de la estrella 55Cancri emplazada en la constelación de Cáncer en la Vía Láctea, a una distancia de 41 años luz del Sol.

Contenía un mensaje desesperado, tratando de alertar al universo del peligro de la autodestrucción de cualquier civilización inteligente. Decía que ello era el resultado del proceso natural del desarrollo evolutivo, al avanzar más y más, los métodos y técnicas de confrontación.

Con una gran alegría decidió imprimir el informe, cuando notó que en el visor de la supercomputadora desapareció el mensaje y comenzó a emitir una extraña señal luminosa. De pronto, apareció una indicación diciendo que no encontraba el archivo.

Y por más que lo intentó, a pesar de sus conocimientos informáticos, no pudo localizarlo. Era como si se hubiera metido un virus que había borrado para siempre todo aquel informe.

“Y si realmente se hubieran perdido los datos, ¿le creerían a un transgresor como él?” pensaba. En ese momento de perplejidad, el total silencio que lo rodeaba era sólo remarcado por el minúsculo zumbido del reloj de la sala de control. Y mientras perseguía en su memoria la luz del discernimiento, comenzó a inquietarlo el paulatino incremento del zumbido del reloj.

De pronto, estremecido en lo hondo de su espíritu, comenzó a percibir en el subconsciente unos pasos, que al principio le parecieron bastante lejanos. Pero poco a poco, lo que había estado tan lejos, estuvo cada vez más cerca, hasta que sintió que lo tomaban del hombro y le decían: -¡Vamos, vamos!

Y ante la voz de su reemplazante abrió los ojos y al despertarse, vio nuevamente el reloj con el segundero que giraba, indicando que ya eran las seis de la mañana. Levantó la cabeza y como impulsado por un resorte se incorporó tambaleante, dirigiéndose prestamente a abrir una ventana. Buscaba aspirar un poco de aire fresco, como forma de recuperarse de los efectos del sueño que había tenido.

Como tenía la boca reseca y la sensación que le había dejado aquel sueño aún lo perturbaba, se dirigió luego al bebedero. Vertió una generosa cantidad de agua fresca en un vaso plástico y lo bebió casi de un trago.

Después de pasar unos minutos, poco a poco, su ritmo cardíaco comenzó a normalizarse y la conciencia de la realidad lo fue devolviendo al tiempo presente, que no era otro que el solitario escenario de su vida.

Sin embargo, cuando volvía de regreso a su casa, todavía sentía una cierta inquietud en su alma compungida. Resultaba que el texto de ese mensaje postrero dirigido a las vidas inteligentes del universo, en aquél agitado sueño en la noche del observatorio, le seguía pareciendo verdadero. Pensaba que podría constituir alguna forma desesperada de comunicación extrasensorial extraterrestre, alertando a nuestra humanidad del peligro de su autodestrucción.

Entonces, se hizo firme la promesa que desde la noche siguiente en su solitaria vida en el observatorio, con el radiotelescopio óptico se dedicaría con mucho más voluntad todavía, a verificar la aparición de alguna señal extraterrestre. Apuntaría directamente a la zona de los planetas que giraban alrededor de la estrella 55Cancri emplazada en la constelación de Cáncer en la Vía Láctea, a una distancia de 41 años luz del Sol.

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