En la sala

AINHOA ESCARTI

En la sala

Hacía tiempo que ir al cine le hacía suspirar. Allí sentado en mitad de la sala con la amistad de la penumbra, miraba a las parejas. Carlos no era del todo consciente de su nuevo instinto voyeur. Algunas veces miraba tanto a los espectadores que siquiera se daba cuenta de qué director era la película. Cosa realmente rara para un joven que en plena adolescencia aprendió francés solamente para poder disfrutar de “Cahiers du Cinéma”. Él que siempre había defendido el cine de calidad, ese que era arte. Pero desde hacía unos meses la cinefilia de Carlos se estaba viendo turbada. Iba al cine de forma ritual, pero había cambiado los rituales. Antaño iba por el cine puro y duro, ahora se dejaba llevar por un extraño instinto. Todo empezó por una especie de clic que sintió justo detrás de la oreja derecha, al seguir ese clic distinguió una pareja que se cogía de la mano. Se quedó un rato mirándoles, ante la posibilidad de ser descubierto rápidamente dejo de mirarles. De forma sigilosa y paulatina, acabó por no enterarse ni quién era el director. Ya no iba al cine para mirar a la pantalla, su mirada se quedaba fija en las butacas ocupadas.

Una noche al acabar la película, salía tan campante cuando se cruzó con un amigo que se estaba viendo arrastrado por la novia a entrar en la misma sala de cine en la que había estado él. Carlos se quedó extrañado, conocía perfectamente los gustos (o más bien disgustos) cinéfilos de Luz. Extrañado, pensó que quizás ella estaba educando su paladar. Y se fue a casa.

Meses pasaron en los que pagó entrada por mirarles, sin saber que lo hacía. En una de sus charlas mensuales de cine acabó de darse cuenta que algo extraño pasaba. Todos hablaban de la última película del director iraní que a él tanto le fascinaba. No entendía cómo no lograba recordarla, él había ido al cine. Tras pasar una tarde-noche de plena vergüenza en su grupo de cinéfilos, fue directamente a la sesión golfa. Tenía que ver la película. Al acabar y encenderse las luces, despertó de una especie de hipnosis voyeur. No recordaba nada de la película pero sí a cada pareja de la sala. Al traspasar la puerta de salida, se sintió dubitativo. Echó la mirada atrás y vio el cartel. Al verlo casi se cae al suelo, no era la película iraní. Sin darse cuenta había estado en una sala pagando por todo lo que él no consideraba cine.

No sabía cómo había llegado a eso, pero tenía que cambiar. Dejo de ir al cine sólo o al menos lo intentó. Sus amigos casi nunca podían, sus padres siempre estaban liados con mil cosas, los compañeros de trabajo estaban ya en la fase niños. No sabía qué hacer, pero sin cine tenía un vacío dentro. Desde que había tenido uso de razón había visto películas, ya ni sabía cuantos cientos o a saber si miles habían pasado por sus ojos y su memoria. Ahora la relación más duradera y plena de su vida se estaba marchitando.

Pasaron meses y ocurrió algo que jamás había pensado, recurrió a una cita a ciegas para poder ir al cine. A él nunca le habían gustado las citas a ciegas, odiaba que sus amigas constantemente le buscaran novia. Él estaba bien, él era feliz, se sentía pleno. Pero allí se encontraba, esperando a no se sabe quién en la puerta del cine. Ella llegó tarde, a Carlos ni le importaba. Al fin tras meses de abstinencia, volvía a recuperar los lazos debilitados. Todo era perfecto, incluso la película era de esas grandiosas que te marcan el alma. Al apagarse las luces de la sala, él empezó a tener la necesidad de ver las vidas ajenas. Ella le notó extrañó. En un gesto de amabilidad le acarició la mano. Carlos regresó a su asiento, miró a la pantalla, miró a la chica que aún no tenía nombre para él y supo que quería más de esas caricias.

Mendigos y hombres

FRANCISCO BAUTISTA GUTIÉRREZ

Mendigos y hombres

Si yo te contara todo ocurrió rápidamente y sucedió cuando el cielo estaba nublado y hacía frío a causa del viento mientras no tan lejos, el mar, apenas roto por los retazos ennegrecidos de algunas nubes, mecía sus olas con rabia y desesperación.

-Eh…¿Qué haces?- grito con fuerza-

-Y a ti que te importa mendigo.

-Oye tu…-respondo de inmediato al hombre que está a punto de entrar en el agua- lo digo porque vas a coger un catarro de aúpa.

-¡Que más dá¡…

-Y además no quiero que manches el agua.

-Eso tiene gracia…-responde el hombre de color.

-Si te piensas ahogar mejor lo haces en otro sitio, vamos si es que quieres hacer esa estupidez.

El hombre gira sobre si y mira mis andrajos y mi rostro en el que se confunde la suciedad con la barba de varios días.

-No tiene sentido.

Y calla ante aquél silencio de Enero roto solo por el sonido de las monótonas olas.

-La vida siempre tiene sentido.

-Depende para quien y desde luego no para nosotros, en mi pais nos enfrentamos continuamente a la muerte, a la miseria y al dolor.

-Muy bonito.

-Tu no lo entiendes…vives bien….

-¿Tu crees?

-Si, claro que lo creo.

Guardo silencio y miro al hombre de color y pienso en su lucha que es la de todos y siento rabia y me embarga una piedad que acaba confundiéndose con la indignación. Una piedad sin saber debida a que, pero áspera y seca producida por el pudor a sentirme vivo sin que la indignación me impida sonreír, aunque sea una sonrisa sostenida, una mueca cruel que me hace sentir despreciable, anónimo ante el ser que ante mi se siente un desheredado de la tierra.

Me incorporo y miro hacia el interior de la ciudad, dirijo mis ojos al conglomerado de seres que pasan con indiferencia, que miran por el rabillo del ojo a aquellos despojos, miro sin ver al grupo de gente que camina, monjas silenciosas, travestidos impacientes, médicos con aspecto de dioses, punkis y adolescentes en patinete mezclados con un montón de seres de difícil identificación, robots anónimos que pasan por la vida vacíos, sin historias.

-Lo que no entiendo –me dice el hombre- es que tu estés contento.

-¿Lo dices por mi ropa?

-Si, eres un mendigo y un pobre.

-Sabes, la diferencia entre ser un mendigo y un pobre es que yo tengo una historia y un pobre no tiene nada.

-¡Que tontería¡…y yo escuchándote.

-Pues ahógate, pero si tu supieras contar tu vida, si se pudiera escribir una simple nota con tu historia, no tratarías de suicidarte, te agarrarías a ella.

Guardamos silencio cada uno de nosotros encerrados en nuestros pensamientos mientras a nuestro lado susurran los fantasmas del mar, los de los marinos que no llegaron a partir, el sonido de la ciudad en forma de aliento fresco mezclado con olor a rutina, a pescado, a los olores que desprende la gente de la mar.

-Yo no tengo nada …-responde el hombre- abandoné mi país en busca de una vida mejor que aquí no he encontrado, no me queda nada.

-Si tú lo dices.

-Yo he luchado pero mi alma está vacía y mi espíritu cansado, ya no me queda esperanza.

Cuando los ángeles bajan del cielo acaban convertidos en salvajes, como la gente que indiferente pasa por las calles sin preocuparse del hombre sin destino, saboreando una gloria con sabor a soledad, un amargo sabor que no pueden evitar de sus corazones.

-Y tu familia….

-Mis hijos están pasando hambre.

Extraña noche poblada de negras estrellas que bañan a un mendigo y a un hombre de color, que ennegrecen el agua invitando al hombre a que acabe sumergido, tratando de abrazarle.

-No tengo nada que mandarles…no me dan trabajo y yo no se robar..ni tengo dinero para volver a empezar y si me detienen acabo en la cárcel de mi país….en deshonra.

Me incorporo y sujeto el envase de vino que me acompaña tratando de que no se derrame, para caminar todo lo rápido que me permiten mis pies mirando hacia delante, clavando los ojos en los transeúntes que se cruzan conmigo, tratando de alejar la imagen del hombre pero sabiendo que se le aparecerá la muerte, el momento que hasta entonces ha permanecido ajeno a mi vida.

La suerte negra

ROSA DE MENA

La suerte negra

Nos conocimos en el verano de 2012, contemplando un óleo en la galería Artesur de Saõ Paulo. Escuché hablar a la mujer que estaba a mi lado, pero no la entendí. Me ocurría a menudo desde que llegué a Brasil. Mi portugués materno era diferente al que encontré en ese país en el que buscaba nuevas oportunidades.

La mujer me aclaró:

—Es un cuadro con una cuarta dimensión: Dios corrigió el caos con la vida y la belleza… Me llamo Rita Hazuk, soy marchante de arte.

—Mucho gusto, mi nombre es Andreia Duarte, soy artista de la aerografía —respondí animada.

La mujer tendió la mano y me dio su tarjeta.

—Ven a verme el lunes y trae una muestra de tus trabajos.

Observé la pintura a solas. Buscaba esa dimensión que traspasa los cinco sentidos: en primer término una muchacha se peina delante de un tocador y una ventana proyecta un trasluz. Nada fuera de lo normal, excepto porque en el espejo se ve reflejada a la joven y la atmósfera de la habitación es una tiniebla donde se iluminan formas humanas. Leí en la placa: «Luz en la faz del abismo, Génesis 1:3.». No comprendía su significado pero, al sentir la seducción de la pintura, formulé un deseo:

—Me gustaría conseguir ese efecto en mis pinturas.

El lunes siguiente paré a un taxista. Le mostré la tarjeta y él arrugó la cara en un gesto antes de ponerse en marcha.

Dejamos atrás la ciudad bordeando las favelas. Un olor agrio flotaba en aquel laberinto de calles sin nombre. Me pareció otro mundo. Dos niños daban puntapiés a un balón abollado con sus zapatillas atadas con cables. Un hombre hundió su mirada en mí.

Avanzamos rodeando la colina y apareció ante nosotros una mansión. El taxi se detuvo delante, y titubeé antes de salir.

Apenas había cerrado la puerta cuando el coche arrancó. Me quedé de pie, abrazaba el book de mis obras y llegué a oír mis propios latidos.

Golpeé la aldaba e insistí con los nudillos.

La puerta se abrió de par en par. Rita Hazuk estaba al otro lado, vestida con una túnica blanca y sonreía. Nos sentamos en un salón con muebles de roble, tapices y bodegones, donde flotaba un olor a incienso. Me ofreció una copa de cachaza.

—Veamos tus cuadros. —Rita paseó la mirada por las hojas y añadió:

—¿Encontraste la cuarta dimensión?

Sus ojos se clavaron en los míos. Me asomé a ellos como a un precipicio. Sentí vértigo mientras el salón giraba a mi alrededor hasta desintegrarse en una espiral.

En un instante, me vi caminando en un atardecer de verano, me envolvía un aroma a sándalo. Escuché la voz de Rita en la lejanía:

—Encuentra lo que buscas, sígueme.

Caminé hacia un espacio sin límites, donde mis propios cuadros flotaban y se descomponían en miles de partículas. Apareció ante mí el rostro del hombre de los arrabales, moviendo sus labios:

—No estás viendo mi cuerpo, sino mi alma.

Sentí terror, había atravesado el umbral de lo cotidiano. Quise huir y, de pronto, me vi en un retroceso hasta salir a través de los ojos de Rita.

—¿Encontraste lo que buscabas? —dijo ella, sonriendo. —Solo si dejas fluir tu interior alcanzarás otros niveles de conocimiento. Pinta lo excepcional, la vida en otros mundos… Pero, sobre todo, déjate llevar por la suerte negra que atrapa a los artistas.

Y apretó mi mano.

FIN

Treinta y un galac

S. H. LÓPEZ-PASTOR

Treinta y un galac

Paciente 31.

– Lo sé, y es que cada vez lo tengo más claro. Aunque no lo parezca vamos en la dirección correcta. La unión. Es la unión lo que nos hace conscientes. Muy conscientes, tanto quizá que nuestras imaginaciones aún son incapaces de llegarse hasta siquiera el límite más lejano del centro neurálgico. Con cada minuto que va pasando, lo veo más claro.

– Suponemos que será una buena teoría, pero al fin y al cabo no es más que eso, teoría. Pura teoría. Quimeras en las que te recreas pero sin llegar siquiera a un atisbo de solución. No vemos nada de lo que dices. Sí, todo eso de la unión, de la globalización de la consciencia de la humanidad sobre su función en el planeta, sistema solar, galaxia y en definitiva el cosmos. Ni siquiera hay una consciencia común hacia ese exterior del que tanto nos hablas. Cómo va a surgir semejante idea, disparatada a todas luces…

– Pero, ¿acaso no se dan cuenta ustedes de que seguimos un patrón? La naturaleza siempre se toma su tiempo. Es más, como este es relativo, no es cuestión de hacerlo ahora o más tarde, de ir rápido o más despacio. No, no se trata de eso. Tengo la certeza firme de que vamos en la buena dirección. Es más, no podemos hacer nada. Simplemente sucede y lo que va a ocurrir, créanme, ya ha ocurrido en otras partes.

Astrid se despertó perezosa de su letargo. Un breve tono en su tablet le indicaba que alguien le había enviado un mensaje. Estiró lo más que pudo su brazo con la firme intención de acceder al dispositivo que descansaba a varios centímetros del rincón del sofá que le acogía en esos momentos. No fue suficiente. Es más, se incorporó un poco. La distancia se acortó de nuevo para percatarse que por poco no logró asir su aparato. En su cabeza una creciente duda le impedía ser eficaz en sus propósitos. Al fin, desistió en sus intentos para dejarse llevar por el remoloneo de la siesta y olvidar un retozo esquivo y enemigo de su desidia.

Acaso sí pasaron dos minutos cuando un nuevo tono en su tablet volvió a reincidir. Lo obvió de nuevo. Entonces gimió satisfecha intentando recomponer sus sueños deshechos. Otro tono.

– Cansos… así no hay quién coño duerma la siesta- su cuerpo importunado se irguió al completo para acercarse al aparato. Lo cogió para comprobar quién era el artífice de tales incordios tecnológicos- otra vez – dijo- qué pesado que es.

Que sí que ya me acuerdo– escribió en la pantalla- en una hora estoy lista y en el sitio acordado- pulsó enviar.

Un tono volvió a sonar.

No esperaba menos 😉

Una sonrisa se dibujó en su cara.

Tras desperezarse de sus sueño vespertino, se deleitó con una buena ducha, se vistió con un pantalón de chándal, un niqui y un fino jersey de color añil. Entonces salió de casa sin apenas ofrecer un suspiro más.

A la hora y en el sitio convenido, Astrid divisó a Dani y se apeó de su pequeña motocicleta. Éste le sonrió complaciente.

– Creí que ya no venías.

– Claro que sí, tonto. Cómo me lo iba yo a perder.

Eran las once y cuarto de una calurosa noche de verano. El acantilado que se adivinaba en la oscuridad ofrecía negrura. Un lejano murmullo de las olas del mar, incitaba a pensar que éste lamía los pies del litoral. Lo hacía de manera calmosa. Astrid y Dani miraron el oscuro firmamento. En él, lejos, a varios kilómetros de la luminosidad que ofrece el alumbrado de la urbe más cercana, se atisbaban los innumerables puntos lucientes que clamaban por hacerse ver y tomar protagonismo. Antes siquiera de colocar las toallas sobre la hierba, con la intención de tumbarse en ellas y observar el amplio firmamento, Dani gritó:

– ¡¿La has visto?! ¡Yo ya he visto una!

– Por dónde…, donde ha sido- dijo la muchacha añadiendo pasión a las, ya de por sí, apasionadas impresiones del joven.

– Por ahí- exclamó éste deslizando su dedo por el cielo nocturno- pero tenía una estela pequeña- prosiguió con un mohín de tristeza.

Cuando se dispusieron a extender la primera de las toallas, cuatro ojos observaron el resplandor abrumador de la estrella fugaz más reluciente, veloz y asombrosa que hubieran visto en su vida. Sus manos dejaron la prenda caer sobre la mullida alfombra de yerba. Ni siquiera se dijeron nada. El guirigay de los grillos iba colmando los minutos. Sus ojos abiertos como platos y unas bocas impresionadas lo iban describiendo todo. A un lado de todo el escenario reinante, un diminuto gajo lunar les sonreía. Al rato, se miraron. Luego se sonrieron y se abalanzaron cual niños sobre una estera arrebujada. Una vez dispuestos en su jergón, sus cuerpos en posición supina y los ojos escudriñando el espacio exterior, experimentaron la visión de dos asteroides más que rozaban incandescentes la atmósfera del planeta. Tampoco dijeron nada en esa ocasión. Lo que surgió fue algo natural, sincero. Sus manos entrelazadas se estrecharon aún con más intensidad. Dos rostros se conformaban con el albur de unas miradas. Todo ello lo hacían para ser de nuevo partícipes de la visión anteriormente experimentada. Otra gran roca del espacio exterior debía de prenderse con el rozamiento de la entrada en la atmósfera. Estaba claro. Si una vez ocurrió, era probable que ocurriera de nuevo.

Se encontraban solos. A varias decenas de metros sobre la pequeña cala descubierta semanas atrás, gracias a una visita inoportuna.

En aquella ocasión tras detenerse un instante a beber de su botella de agua. Astrid (todavía no era una experta ciclista) tuvo que posar sus pies en el camino para dejar de pedalear, mantener el equilibrio y, una vez segura en su posición, acercar su botellín de agua hasta unos labios sedientos por la fatiga y el cansancio que ofrecen los pocos kilómetros realizados en su salida campestre. Sus ojos vislumbraron en aquel entonces un destello impropio surgido de la maleza en el litoral. Dani avanzaba con cautela por la vereda que se descubría entre los zarzales próximos de dónde concluía la tierra. La muchacha soltó su vehículo y se aproximó al lugar que ofrecía el centelleo intermitente de luz. Pronto comprobó que se trataba de un agujero descubierto en la roca caliza. La maleza, los zarzales y demás flora silvestre, habían tapizado de manera concienzuda y acompañada con el incesante transcurso del tiempo. No obstante, ella, con sus manos desenmarañó el embrollo de hierbajos y descubrió no solamente una porción del vasto mar, sino, en la orilla, unos cuantos metros cuadrados de la arena más límpida jamás vislumbrada por sus bisoños ojos.

– ¡¡¡Dani!!!- gritó con fuerza.

El ciclista había decidido firmemente concluir con la empinada cuesta que se terminaba a unos cien metros de distancia. Estaba dispuesto a conseguir su propósito. Su tarea se le antojó ardua. Jadeaba insistentemente por el esfuerzo ejercido y sus oídos oyeron un grito que le alejaba con perfidia de su peculiar periplo. Al escucharlo, jadeó más. Sus pensamientos se alborotaron. No articuló palabra ninguna, no tenía siquiera hálito alguno para hacerlo. Entre sus elucubraciones exultantes unas palabras predominaban. << Qué querrá ahora>> se dijo.

– ¡¡¡Dani!!! He descubierto algo. Para. Ven. Acércate.

El esfuerzo de las pesadas pedaladas contribuyó a sentir un dolor en sus cuádriceps, los metros restantes no ayudaban en modo alguno y fueron las últimas palabras de la chica las que culminaron en su nunca pensado propósito de detener su fatigoso avance. Boqueaba anhelando sus pulmones un aire a cada instante más y más esquivo. Tuvo que pasar un buen rato para colmarlos y calmarlos a la vez que sus oídos escuchaban los lejanos reclamos de la muchacha. Sus labios aún eran incapaces de escupir palabra alguna. Ni tan siquiera sentía ninguna gana de descender por donde una vez hubo subido y descubrir la “tontería” que hubiera descubierto su pareja.

– Sube- logró decir, al fin éste, mientras levantaba su brazo.

– Baja- imploró la muchacha. Mira lo que hay aquí.

Derrotado, el muchacho descendió torpemente por la cerril vereda para colocarse a la vera de la chica. Sudaba a mares; el suave aire del descenso, por suerte, le había aliviado la frente. Estuvo a punto de soltar cualquier barbaridad. Empero, Astrid señaló a un lugar. Lo hizo con tal firmeza que su dedo índice logró acallar un incipiente improperio.

– Mira, aquí hay un agujero y se ve el mar. Además he descubierto un camino que desciende hasta esa playita.

Dani se deshizo de su bicicleta de montaña para aproximarse al lugar. Sus ojos le mostraron un paisaje idílico. Sin dudarlo, ocultaron sus vehículos entre los matojos y descendieron a través de los pedruscos y mampuestos que aún se adherían a la pared de aquella roca de mineral travertino.

La playa era pequeña, apenas veinticinco metros de larga por unos dos o tres de ancha. El agua salada del amplio mar lamía con suavidad aquella arena. Sin pensárselo dos veces, Dani se desprendió de su camiseta y no tardó, Astrid, mucho tiempo en hacer lo mismo.

Otra estrella en la noche sucumbió a través de la negrura haciéndose ver entre los destellos lejanos de las demás estrellas distantes. Astrid observaba el firmamento con la ayuda de unos prismáticos.

La pequeña playa se encontraba a pocos metros más abajo. Esta vez quisieron llegarse hasta lo más alto del acantilado con la finalidad de atisbar con más menudeo la lluvia de asteroides acontecida en aquel mes de agosto.

– Yo llevo catorce- dijo Astrid.

– Y yo diecisiete- puntualizó triunfal Dani- ese cacharro hará que veas mejor el meteorito pero te limita el campo de observación- puntualizó con una sonrisa.

La chica, sacando la lengua a modo de burla, rebuscó en su mochila. Esta vez buscaba la tablet. En ella, tras encender la pantalla descubrió asombrada que tenía varios mensajes no leídos.

– Ahí vaa…- exclamó- treinta y un mensajes.

– Qué es lo que ha pasado- dijo el muchacho- ¿Quién es?

– Pone desconocido.

Galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac.

– ¿Qué demonios quiere decir galac?

– Algún “frikie”- dijo- déjalo. Vamos a continuar con lo que hemos venido a hacer-prosiguió- además te voy ganando por tres.

Astrid lanzó su tablet a varios centímetros y la obvió para acurrucarse entre los brazos de su pareja. Desde esa posición se dispuso a contemplar el firmamento.

Pasaron varios largos minutos sin que sucediera nada en especial. El silencio de la noche les envolvía.

– Vaya, parece que se ha terminado el espectáculo- exclamó la chica.

En esa ocasión, un tono para nada convencional del dispositivo consiguió que dos cuerpos se alzaran. Cuatro ojos vislumbraron una vibración impetuosa de la tablet y una iluminación inusual en el aparato. Éste se movía convulso, un pitido agudo e ininterrumpido salía de sus altavoces a la vez que una luz se intensificaba como nunca, en la pantalla.

Astrid se acercó al aparato. Por su parte, Dani no podía apartar los ojos. Al tocar los dedos de la muchacha su dispositivo móvil, éstos rehuyeron súbitamente al recibir la mordedura inconfundible de los altísimos grados producidos por una improvista incandescencia. No supo más que alejarse.

– ¡Quema!- gritó.

Dani quiso acercarse pero la luz inminente se transformó en una fuente de calor imprevista. Tan ardiente que tuvieron que alejarse unos metros. El pitido agudo y la imparable vibración aumentaban en intensidad.

Tras armarse con una de cualesquiera de las largas estructuras secas de las ramas de coníferas que poblaran el suelo, el chico, con un movimiento circular, golpeó con contundencia el aparato diabólico, para hacerlo llegar lejos, a la base del litoral, al agua mansa de un mar tranquilo. Antes siquiera de caer, la muchacha, enloquecida, gritó:

– Pero ¡¿Qué haces?!

– Iba a explotar, es que no lo ves- se excusó el muchacho sosteniendo aún la vara entre sus manos.

– Me has jodido la tablet, imbe…

De pronto, en el cielo nocturno, algo se iluminó. Eso hizo que las palabras de Astrid sonaran ahogadas y que hasta los oídos del muchacho dirigieran la atención a cientos de kilómetros de distancia, allá en lo alto. Un refulgir intenso se adivinaba en el lugar en dónde hubo caído el dispositivo. En la lejanía, en lo alto, un rayo de luz se formaba. Los muchachos, aterrorizados por las circunstancias, no supieron más que abrazarse arrodillados en sus toallas en la cima del litoral, con la esperanza infinita de que toda esa suerte de incidencias extraordinarias concluyera de una vez.

Ocurrió que la estelar luz lejana y la que emitía el dispositivo abandonado a su suerte, se unieron en un haz de luz que iluminó todo el inconmensurable escenario. Tuvieron que colocar sus antebrazos ante sus ojos, a modo de parasoles, con el objetivo único de no dañar sus pupilas ante tanta intensidad lumínica.

Luego de ello, una estrepitosa sacudida sucedió a varias decenas de metros de donde sus horrorizados cuerpos se estrechaban asidos por una suerte a todas luces demencial.

La súbita claridad, la vibración impetuosa unida al empellón magistral y fortuito, concluyó en la insensatez de sentirse afortunados por el abrazo que les evadía de todo mal. Ese abrazo timorato, finalmente fue desligado a fuerza de los improperios acontecidos.

Habitación 201. Paciente 31.

– Se pondrán en contacto con nosotros. Así. Tan claro y tan sencillo. Tiene que suceder. La unión. Tal y como os lo llevo diciendo desde hace años acaso. No es más que una cuestión de tiempo, de espera. Es por ello que la tecnología punta, apunta maneras. Solo hay que esperar a que la señal nos llegue.

– Y, según tú, ¿cómo va a ser? La unión. ¿Esa unión de que tanto nos hablas?

– Este universo que tanto desconocemos, se comporta como un cerebro. La vida existe, claro que sí. Lo más increíble de todo es que nos creemos el centro. Siempre mirándonos a nuestro ombligo, intentando buscar nuevas formas de vida exteriores. No obstante, desde hace mucho tiempo nos buscan. La unión de planetas es una alegoría a nuestro cerebro. Todo se repite. Lanzarán sus redes para que la tierra se comporte como una neurona. Una vez unida, las sinapsis surgirán con el fin de establecer las comunicaciones. Todo es cuestión de tiempo y sin lugar a dudas nos tienen localizados. Sólo es cuestión de tiempo. Nos utilizan. Quizá no tengamos nada que hacer…

Astrid fue la primera en desligarse de sus sueños. Antes siquiera de abrir los ojos, sus oídos ya escuchaban el ronroneo del mar abalanzándose entre las rocas. En ocasiones oía el sonido inconfundible del agua al pasar con extrema inmediatez del estado líquido al gaseoso. Entre su borrosa visión adivinaba grandes columnas de vapor que provenían de la base del acantilado, desde la línea que formaban los límites del mar y de la tierra.

En el horizonte, el astro rey lanzaba premuroso sus rayos cual látigos que atizaban las sombras reinantes que habían gobernado en las extintas horas nocturnas.

Ninguna estrella más poblaba el cielo. Tras erguirse, comprobar que se encontraba bien y avanzar unos metros por la línea del acantilado, comenzó a buscar a Dani. Este no se hallaba por ningún recoveco de la orografía del promontorio. De pronto vislumbró la procedencia de aquellas nubes. Una roca ardiente, no más grande que un balón descansaba en la fina arena blanca que conformaba la cala descubierta días atrás. El ruido chispeante producido por el agua al tocar la piedra, se intensificaba para inmiscuirse en sus oídos. Ni rastro del muchacho. Al menos no se había despeñado por la pendiente- supuso-. Giró primeramente su cabeza, para luego hacerlo el resto del cuerpo y escudriñó el escenario de matorrales y diversas coníferas que eligieron como mirador para contemplar la lluvia de asteroides, la noche anterior.

Una deportiva que descansaba en la yerba, no vestía ya el pie del muchacho. Astrid se acercó temerosa, hasta ella y la cogió con sus manos. Luego de ello alzó su cabeza y se aproximó hasta unos espinos dispuestos de forma antinatural.

El cuerpo de Dani los había alborotado para acomodarse sobre sus espinas. Astrid comprobó que el muchacho, tras perder la consciencia se había sumido en un profundo sueño del que aún no había despertado. El dolor de las púas al penetrar su piel no hacía mella en él tanto como pudiera hacerlo la condición de su experiencia onírica. Un faquir sobre su aposento, jamás podía haber estado tan imperturbable.

Después de que el chico volviera en sí y tras largo rato de comprobar las magulladuras aparecidas en sus cuerpos, los dos muchachos contemplaron en la línea del litoral, cómo el sol naciente de entre las aguas del vasto mar, surgía a través de las columnas de vapor que todavía con insistencia soltaba la misteriosa piedra caída del firmamento. La hermosa cala de fina arena blanca había sido desestructurada por el fuerte impacto. No obstante, luego de su constante observación se introdujeron por entre la maleza para hacerse llegar hasta los arrabales del meteorito. Desprendía todavía considerable calor. Sus pies descalzos experimentaban paradójicamente el frescor acumulado de la sílice blanquecina por los escasos grados reinantes en la noche anterior.

Fue Dani el primero que se acercó. Utilizó la estaca que usó la para golpear la tablet ardiente hacía ya unas cuantas horas.

El pedrusco ardía. Se encontraba agrietado. No obstante, pudo comprobar que en su interior se hallaban las piezas metálicas que siempre habían formado la estructura del dispositivo móvil de Astrid. Sin lugar a dudas, la piedra estelar había colisionado con el aparato.

– ¡Mira, sale un hilillo!- dijo la chica.

Los ojos de Dani también comprobaron que un fino hilo de luz radiante se alzaba ondulante hacia un cielo cada vez más azul. Aquella hebra de luz tenía kilómetros de distancia y se perdía en las alturas. Ni tan siquiera pensó en tocarla. Aquel fenómeno ofrecía un temor instintivo.

Dani notó, de pronto, una vibración en el bolsillo de su pantalón. Sacó con sus manos su “blackberry” y descubrió treinta y un mensajes de un número desconocido. Lo abrió:

galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac ,galac, galac, galac galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac. galac ,galac, galac, galac ,galac, galac, galac.

– Mira, el mismo mensaje que a ti- dijo asustado. Fue entonces cuando comprendió y, con decisión, depositó su dispositivo a varios metros de donde se encontraban. Con todo, sus ojos no querían perderlo de vista. Se hallaban horrorizados.

– ¡Vamos detrás de esas rocas!- gritó al descubrir la luz esotérica que hacía rilar el aparato. El mismo tono agudo, conocido por sus oídos, volvió a sonar. Tras las rocas pudieron observar que un brillante punto en el cielo se formaba sobre sus cabezas. Se acurrucaron aún más en sus escondrijos y otro impacto volvió a sacudir una cala cada vez menos paradisíaca.

Tras varios minutos y cuando la calma regresó, la pareja se aproximó al lugar donde se originó el segundo impacto. Otro mampuesto ardiente descansaba humeante junto a una piedra que ya se iba enfriando a cada instante. Sin dejar de asombrarse, Astrid y Dani descubrieron un nuevo filamento de luz que, ascendía cual voluta de humo, hacia el mismo punto del que procedía el primero.

El sol avanzaba glorioso alejándose de la línea del horizonte que dibujaban los dos planos azules del mar y del celeste cielo del nuevo día.

– Mira- exclamó la chica- si te fijas bien, hay otro hilo por allí. Y por allí- señaló su dedo índice.

En la lejanía, a varios kilómetros de la costa, diversas hebras incandescentes y casi imperceptibles a simple vista, ascendían hacia la misma zona en el firmamento. Inapreciables a simple vista, pero a todas luces existentes.

– Caen en los barcos- musitó el muchacho- ¡los meteoritos están cayendo hasta en los barcos!

Dani situó su palma en la frente a modo de visera para otear la distancia. Observó que columnas de humo negro surgían también por el destrozo causado en las enormes embarcaciones marítimas que navegaban en alta mar.

Subieron por la pendiente. Cruzaron el agujero que daba acceso a la cala y se acercaron al lugar donde hubieron contemplado la lluvia de estrellas la noche anterior. Tras observar un rato, Dani logró atisbar su mochila. Descansaba sobre la hierba. Deslizó la cremallera, buscó y sacó los prismáticos. Tras situarlos en sus ojos, comenzó a rular la ruedecilla con el objeto de conseguir una perfecta visión.

Estaba claro. Aquellas columnas de humo, pequeñas en la distancia en medio del mar, hablaban por sí mismas, empero, ahora lo veía todo con absoluta certeza. Observó lo que supuso que fuera un enorme trasatlántico bombardeado de manera inmisericorde por cientos de meteoritos similares a los que habían contactado con sus dispositivos móviles. El barco, irremediablemente, se iba a pique. Se hundía. Tras aguzar bien la visión, comprobó a su vez, que cientos de filamentos dorados refulgían con su vaivén hasta llegarse al punto al que accedían los dos que se encontraban en la pequeña cala. Allá en lo alto. Lejos aún del sol. Éste avanzaba como siempre para gobernar con esplendor en un cielo azul carente de algún cúmulo nuboso. Algunos esquifes ya flotaban también a la deriva.

– Vayámonos de aquí- susurraron sus labios a la vez que las lentes se separaban de sus ojos.

La pareja se introdujo en el automóvil de Dani. Astrid dejó su motocicleta bien aparcada. La recogería otro día.

– Mira, más hilos- La chica señaló tras el cristal.

Dani los veía, no sólo dónde señalaba Astrid sino en más puntos de la amplia orografía que se vislumbraba a medida en que se aproximaban hasta la ciudad por una carretera yerma, sin circulación.

De pronto descubrieron un accidente a varias decenas de metros. Una columna negra de humo se alzaba en el aire. Al acercarse se percataron de que la misteriosa hebra de luz surgía de entre la estructura de un vehículo carbonizado. Sin siquiera quererlo, la pareja entrevió en el interior del coche, un cuerpo que descansaba desmembrado y que se abrasaba gracias a las escasas llamas aún vivientes. Continuaron con su avance y en su trayecto a la ciudad descubrieron más y más vehículos bombardeados e innumerables hilos finos que refulgían con sus ondulantes movimientos ascendentes. Las estructuras de los altos edificios se tambaleaban dolidas, quejumbrosas e importunadas en su cotidianidad. La gente corría despavorida. Descubrieron a una mujer que se desangraba en la acera, al haber quedado amputada de su brazo derecho. Un hombre se aferraba a un cuerpo sin vida. Lloraba de impotencia. Cientos eran las piedras humeantes y ardientes que soltaban hebras finísimas en el aire.

Pitidos agudos de móviles agonizantes se escuchaban en la distancia. Un silbido aterrador se escuchaba al romper, con velocidad, la calma del aire. Luego de ello, un impacto brutal en las alturas de un edificio hacía volar por doquier innumerables cascotes que desde años daban fuerza a la estructura del inmueble. Estos cascotes caían impunemente en el suelo de la ciudad sin tener en cuenta a los transeúntes que gritaban por el temor inequívoco de poder ser alcanzados, no ya por los asteroides malditos sino por la metralla que desprendían de sus impactos colosales. Todo era caos.

Dani decidió salir de la ciudad para ponerse a salvo y atisbar desde sus arrabales, el desastre que se acontecía. El espectáculo luctuoso de la urbe les dejó casi sin palabras.

– Lejos de cualquier dispositivo móvil estaremos a salvo- dijo.

Astrid no supo más que abrazarle y llorar desconsolada.

Hospital siquiátrico. Habitación 201. Paciente 31

– Tienen que hacerme caso. Es inminente. La unión está por concluir. Nos va a tocar. ¿Es que no se dan cuenta? Llevo años diciéndoselo a ustedes, pero ustedes no hacen nada más que preguntas y más preguntas. Entiendo que existe un interés para con mis argumentos, pero para nada son fructíferos estos. Háganme de una vez caso. Os lo suplico. Tienen que hacer algo. A cada minuto están más cerca. ¡Nos van a localizar!

– No alce la voz- el doctor se mostró categórico.

De pronto, uno de los becarios sacó su móvil de uno de sus bolsillos y observó con desgana y disimulo la pantalla.

El paciente se percató al instante y su frente comenzó a perlarse a causa del sudor.

-Ustedes, con sus batas blancas, haciéndome toda clase de preguntas. Sin tenerme en cuenta. Dedíquense a hacer cosas que merezcan la pena. Suéltenme y haré llegar la información a poderes competentes- el paciente se alzó y con ello deslizó tras de sí la silla que había soportado todo su peso cayéndose ésta al pavimento y realizando un desagradable estruendo- suéltenme les digo. ¡Suéltenme! Y aléjenme de esos aparatos- escupió mientras señalaba al becario.

Tras una señal, dos hombres corpulentos entraron a la habitación y vistieron al paciente con la camisa de fuerza que le limitaba en movimientos, no así en alaridos desencadenantes de súplicas alternantes e improperios de toda naturaleza.

El doctor salió de la habitación ladeando la cabeza y los tres becarios le siguieron.

– Lleva así varias décadas ya. El sujeto está afianzado en un discurso insistente que le limita profundamente haciéndole incapaz de desenvolverse en el día a día- se excusó.

Los becarios atendían sus palabras mientras anotaban datos en sus portafolios.

– Les tengo dicho una y mil veces que se olviden de los móviles en horas de trabajo- gruñió tras fulminar con su mirada al becario que había observado su pantalla en la habitación- además, este paciente siente un pánico extraordinario e instintivo hacia estos dispositivos.

– ¿Qué tratamiento sigue?- inquirió una de las becarias con el propósito de cambiar de tercio la dinámica del discurso.

El doctor, con mirada inquisidora contestó de forma condescendiente:

– Tranquilizantes de todo tipo. Cada día que pasa va a peor. No tiene solución. Únicamente se calma cuando se siente escuchado. Y, ya lo habéis visto, si no se le sigue la corriente, salta cual resorte y la demencia se apodera de él. Así cada año durante más de treinta. Es más, sí, aquí lo pone, hoy hacen exactamente treinta y un años que se le dio el ingreso. Tampoco tiene familiares conocidos.

– Y eso de la unión… ¿siempre habla de lo mismo?- quiso saber otro becario.

– Desde décadas. Todas las veces con lo mismo. Sin embargo, en estos últimos meses, su insistencia en el tema va a mayores. Hay mayor intensidad en su discurso. Está al límite. Es capaz de cualquier cosa para ser escuchado. Y, ya lo habéis visto. Siente un temor instintivo hacia los móviles. Se trata de un caso curioso del que por supuesto no hay cura.

– ¿Se han propuesto, alguna vez, a tener en cuenta esa teoría? Una pregunta terció en la conversación.

– Ja, ja, ja, – soltó de pronto el experimentado siquiatra- miren, si tuviéramos en cuenta todos los discursos que oímos entre estas paredes, estaríamos incluso más locos que todos estos internos. Ja, ja, ja…- prosiguió- Ja, ja, ja tómense un descanso. A la tarde nos reuniremos de nuevo. Y, cuídense de traer sus móviles. No voy a ser más claro ante este respecto- espetó

El doctor se alejó del grupo perdiéndose por los pasillos del centro. De pronto notó una vibración en el bolsillo. Asió su móvil y pulsó el botón para descubrir los mensajes no leídos:

Galac ,galac, galac, galac, galac ,galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac.

Planeta Babel

ROBE FERRER

Planeta Babel

Apenas hacía unos días que había aterrizado en aquel planeta y ya había conseguido mucho más de lo que esperaba. Mucho más de lo que había encontrado en el mismo tiempo en el último planeta que había visitado.

Salió de su refugio prefabricado y se estiró para desentumecer los músculos. Respiró profundamente y encendió su visor. Aquella lente le había indicado que la concentración de oxígeno y demás gases de la atmósfera era ideal para poder respirar sin necesidad del equipo autónomo que utilizaba en todas las salidas al exterior.

Aquel podía ser un buen planeta para instalarse. Desde el Gran Cataclismo del 2080, la humanidad se esforzaba en encontrar un nuevo planeta en el que residir, ya que la Tierra había sido totalmente destruida por extraños fenómenos climatológicos. Habían pasado diez años desde aquello, y poco después, él se había embarcado en aquella nave espacial en busca de un nuevo hogar para su especie. Había sido el número uno de su promoción de pilotos y ello le había conferido el honor de ser el Primer Buscador. Había habido más, pero de momento ninguno de ellos había tenido éxito.

El último planeta que había explorado, Rathi, no cumplía ni con un uno por ciento de las expectativas que se habían depositado en él. La estrella más cercana estaba demasiado lejos como para mantener unas condiciones de vida óptimas. Nada más pulsar la pantalla del visor, los datos que le habían aparecido le habían alertado. Aún así, estuvo un día entero recogiendo y examinando muestras que confirmaran lo que los datos del visor le decían. Cuando se lo comunicó a la Estación Base en la Tierra, ésta, enseguida, le dio las coordenadas de un nuevo planeta para explorar: Babel.

Sin perder un instante puso rumbo hacia aquel lugar. Desde su posición, y a una velocidad muy próxima a la velocidad de la luz, tardó tres años y medio en llegar a su destino. Se había colocado el visor sobre su ojo derecho y su traje espacial con escafandra. En cuanto puso el pie sobre la superficie de aquel nuevo planeta, el visor le indicó que los niveles de oxígeno eran compatibles para la vida humana. A pesar de eso, decidió hacer las comprobaciones manuales. Era lo que le habían enseñado en la Escuela de Buscadores. Los aparatos podían fallar, por lo tanto tenían que comprobar todas las mediciones dadas por los visores de forma manual.

El segundo día había instalado su refugio. Aquellas pequeñas capsulas contenían todo lo que iba a necesitar en aquel rastreo: un refugio, un vehículo ligero, un vehículo anfibio y un pequeño planeador. Simplemente tenía que sacarla de la caja, apretarlas ligeramente hasta oír un clic y lanzarla a varios metros de su posición. En cuestión de segundos, la cápsula explotaba y se convertía en lo que contenía su interior. Para volver a la forma de cápsula, el propietario tenía que pulsar el botón de retorno y volver a guardarlas.

Babel tenía agua potable y tierra fértil en la que podrían cultivar cereales y frutas como sus antepasados. También había abundantes árboles, pero de un tamaño mucho menor a los que había en la Tierra décadas atrás y ninguno de ellos tenía frutos. Lo que no había encontrado era ningún tipo de ser vivo que no fuera de origen vegetal.

Allí los días duraban treinta horas, de las cuales diecisiete eran de luz y trece de oscuridad. Para todos, aquello sería una novedad, ya que desde 2065 la luz del Sol no llegaba a la superficie de su planeta natal. En la Cuarta Guerra Mundial, se habían detonado varias bombas nucleares y la reacción provocada había sido que la atmósfera se oscureciera y se llenara de un polvo tóxico que impedía el paso de los rayos solares. Lo que llevó a un cambio climático descomunal y a una descompensación del equilibrio terrestre.

Un pitido sonó en su auricular y un mensaje salió en la pantalla de su visor. Estaba recibiendo una llamada desde la Estación Base. A las pocas horas de su llegada había hablado con ellos, para comunicar que el planeta Babel parecía seguro para ser habitado.

––Aquí Estación Base, adelante Primer Buscador.

––Al habla el Primer Buscador.

––Todo está dispuesto para establecer portal de teletransporte entre la Tierra y Babel.

––Recibido, mañana a primera hora activaré la puerta que voy a instalar ahora mismo.

––Mañana a primera hora reestableceremos la comunicación.

Aquellos breves diálogos informando de su situación o recibiendo órdenes era lo único que lo seguía manteniendo unido al Planeta Azul.

Acudió a su refugio y cogió el instrumental necesario para montar el portal que comunicara los dos planetas. Colocó los dos postes laterales a una distancia de tres metros entre ellos. Posteriormente, con ayuda de una armadura de carga, que reducía los esfuerzos más de la mitad, elevó el travesaño hasta colocarlo en el extremo de los postes. El visor le indicó que todo estaba correcto. Regresó al refugio y sacó un gran generador para darle energía al portal de teletransporte. Lo conectó y lo dejó en modo de carga, así al día siguiente podría ponerlo en marcha sin ningún problema.

 

Había llegado el momento de retirarse a descansar. La puesta de sol (aunque realmente lo que se ocultaba era la estrella Hamal de la constelación de Aries) estaba a punto de finalizar y no le gustaría estar fuera de su refugio cuando la noche reinara en el planeta. La temperatura bajaba más de treinta grados y se levantaba un ligero viento que daba más sensación de frío.

El visor se iluminó de golpe indicándole que había algo acercándose a él. Se giró rápidamente en la dirección que le indicaba el instrumento pero allí no había nada. La señal del visor desapareció. Seguramente se tratase de un error, les habían dicho en la Escuela de Buscadores que aquellos visores solían fallar. Habían sido fabricados con los restos de los órganos de visión que utilizaban los cyborgs; eran muy buenos pero no infalibles. La señal volvió a activarse, pero frente a él no había nada.

Se quitó el aparato y le dio unos golpes con la mano, para que volviese a funcionar correctamente. Se lo colocó frente a su ojo izquierdo otra vez. El aparato seguía indicando que ante él había algo. Sin embargo, no podía ver nada. Quizá estuviera a más distancia de lo que pensaba.

Decidió adelantarse en busca de algo que no estaba seguro de que se encontrara allí. Cuando llevaba cien metros recorridos decidió que ya había sido suficiente por aquel día. Si no regresaba pronto al refugio se congelaría de frío. Dio dos pasos más antes de caer de bruces. Había tropezado con algo. Pero allí no había nada. Sin embargo, había oído que ese algo con el que había tropezado había emitido una especie de gemido. Se incorporó de nuevo.

Estaba sucediendo algo muy extraño. ¿Era posible que hubiera tropezado consigo mismo? Podría ser, pero estaba seguro de que no había sido así. Miró por su visor, pero el aparato no indicaba nada. Decidió regresar al refugio. Ahora el visor sí indicaba algo. Entre él y el refugio marcaba que había cinco objetos. Se retiró el visor nuevamente y ahora sí pudo ver lo que se interponía entre él y su refugio.

Allí había cinco seres peludos que parecían a lo que en su planeta una vez se conoció como osos. Eran de un tamaño que no sobrepasaba al de un humano, con grandes ojos que los hacían parecer enormes peluches y dos graciosas orejas sobre su cabeza. Levantó la mano en señal de paz. Pero los cinco seres retrocedieron asustados.

Lo que había pensado que eran las orejas se movieron hacia delante y comenzaron a moverse y a emitir un sonido gutural y nasal a la vez. Resultaba que lo que había confundido con orejas realmente eran bocas.

––He venido en son de paz. Esto es una misión de reconocimiento

Evidentemente, no recibió ningún tipo de respuesta.

Tan de repente como habían aparecido, los cinco seres peludos se esfumaron. Corrió hacia el refugio para comunicarse con la Estación Base para informar que en aquel planeta había vida. Pulsó el botón del intercomunicador pero no obtuvo respuesta. Al otro lado no había nadie. Consultó la hora y el monitor le indicaba que en la ciudad en la que se encontraba la Estación Base eran altas horas de la madrugada. Con razón nadie respondía a su llamada. Miró a través de las ventanas, por si veía nuevamente a aquellos seres pero fue en vano. ¿Acaso lo habría imaginado?

Le convenía descansar. Al día siguiente tenía que contactar con la Estación Base e informar de la situación. Después, tendría que esperar órdenes de abrir la puerta de teletransporte o desmontarla y continuar su búsqueda en el siguiente planeta.

 

Cuando se despertó estaba amaneciendo. Según indicaba su monitor, eran las tres de la tarde en el país de la Estación Base. Estarían preocupados ya que había dicho que conectaría el portal a primera hora.

Salió al exterior y activó su visor. El clima era soleado, con una temperatura agradable de veinte grados y una humedad relativa del sesenta por ciento. Se acercó al portal y comprobó que la energía que se había almacenado durante la noche en los acumuladores era la suficiente para la apertura del transportador.

Pulsó el botón de su intercomunicador.

––Adelante Estación Base, aquí el Primer Buscador.

––Primer Buscador, adelante para Estación Base. ¿Todo a punto para la conexión del portal?

––Todo listo. Cuando lo ordene, procederé a la activación.

––Proceda.

El Primer Buscador se acercó al portal y se preparó activar los interruptores que activasen la puerta interplanetaria para la llegada de su gente a aquel planeta.

Entonces sintió un golpe, como un latigazo, en el lateral de su cara y su cuello. No sabía de dónde había venido aquel golpe pero le dolió. Incluso pasados unos segundos seguía escociéndole. Se llevó la mano a la zona dolorida y la puso frente a sus ojos. Estaba manchada de sangre.

Se giró buscando a su posible agresor y allí los vio. Delante de él y a poco más de veinte metros se encontraban los cinco seres peludos que había visto la noche anterior. Su aspecto ahora no era ya tan adorable como la primera vez que los había visto. De lo que había confundido con orejas en un primer instante, le salían una pareja de látigos que se agitaban por delante de los seres. Parecían lenguas furiosas dispuestas a darle un mortal lametazo.

Sacó su arma y disparó contra una de aquellas criaturas. El ser se desparramó por el suelo en mil pedazos recubiertos de una sustancia viscosa de color amarillento.

Otro de los seres lanzó su látigo contra él lacerándole el brazo con el que sujetaba su arma, que cayó al suelo. El humano se arrodilló para recoger su pistola láser sin perder un solo instante. Las lenguas de los habitantes de Babel continuaban agitándose con violencia. Entonces, como un único ente, todos los seres lanzaron sus lenguas-látigo a la vez contra el Primer Buscador. Y repitieron la operación una y otra vez. Las heridas le cubrían casi la totalidad del cuerpo. Seguía con vida pero notaba que ésta se le escapa poco a poco por aquellos cortes que los babelonianos le habían hecho. Se estaba desangrando y no tenía fuerzas para moverse.

Giró su cabeza y, desde aquella posición, vio como los cuatro seres que aún quedaban en pie se acercaban a él. No tenía fuerzas para defenderse. Para su sorpresa pasaron de largo. No se dirigían hacia él si no hacia el portal. Con una de aquellas lenguas, uno de ellos pulsó el botón de encendido del portal intergaláctico. Un arco voltaico saltó entre los dos postes para convertirse a los pocos segundos en una superficie espejada de aspecto acuoso.

Aquellos cuatro habitantes de Babel atravesaron el portal con dirección a la Tierra. Sintió una punzada de nervios al pensar que su planeta iba a ser invadido por una raza extraterrestre por su culpa. Sin embargo, se sintió más aliviado al pensar que los de su raza poseían armas que acabarían en un instante con aquellos seres.

A unos metros de su posición. Los restos de la criatura que había matado de un disparo, comenzaron a crecer hasta constituir cada uno una nueva criatura de aquella especie. Centenares de nuevos babelonianos se encaminaron hacia el portal interplanetario y lo atravesaron dirección a la Tierra. De todas las direcciones, más y más de aquellos seres aparecieron de la nada y se perdieron a través del umbral de la puerta teletransportadora.

La última sensación que tuvo antes de morir desangrado no fue miedo, si no angustia por haber condenado a su planeta. Tras haber recuperado la esperanza de establecerse en un nuevo planeta, ahora la Tierra se vería envuelta en una guerra contra unos seres que lejos de morir, se multiplicaban cuando los hacías saltar en pedazos.

A través del agujero

CHRIS A. LETTERMAN

A través del agujero

Cuando te encuentras ante el descubrimiento más importante de la historia es difícil conciliar el sueño. Hacía rato que había dejado de intentarlo y ahora me encontraba sentada en mi cocina a las cuatro de la madrugada con una tila entre mis manos para intentar calmar los nervios y poder poner mis pensamientos en orden.

Llevaba años trabajando en el acelerador de partículas del CERN y aún no podía creer lo que estaba sucediendo. Aquello echaba por tierra cientos de teorías, abriendo un sinfín de posibilidades y cuestiones que a día de hoy era incapaz de contestar, ¡ni yo ni nadie podría hacerlo joder!

Se había hablado mucho en los medios de comunicación e internet sobre los riesgos que acarreaba la colisión de partículas, pero era todo puro sensacionalismo, teorías de conspiración de chalados que tenían demasiado tiempo libre. Cierto es que una gran parte de los resultados de los experimentos realizados no eran predecibles, pero no era ni mucho menos para tanto.

El sonido del teléfono me hizo saltar de la silla golpeando ligeramente la mesa, derramando parte del contenido de mi taza sobre el mantel de hule amarillo. Me dirigí hacia mi cuarto donde había dejado el móvil. Esperaba esa llamada, pero pensaba que no llegaría hasta la mañana siguiente.

Al coger el móvil vi en la pantalla el número del director del departamento. Él se había quedado allí esa noche y nos había obligado a los demás a que nos fuéramos a descansar a nuestra casa. Al contestar escuché su voz áspera y cansada, pero a la vez presa de una enorme emoción, “Ya había terminado”.

No necesitaba escuchar nada más. Le dije que me dirigía allí de inmediato y colgué.

Me maldije a mí misma por no estar vestida mientras cogía rápidamente la misma ropa que me había quitado no hacía mucho. Normalmente no me preocupaba demasiado por mi aspecto, aquel día iba como siempre: un vaquero desgastado y una camisa de cuadros. Posiblemente la camisa estuviera demasiado arrugada, pero no estaba para pensar en esos detalles. Cogí mis gafas, guardé el móvil y busqué las llaves del coche por la habitación, para luego recordar que aún las tenía en el bolsillo.

Salí de mi casa dando grandes zancadas y bajé corriendo por las escaleras hasta el parking, dos plantas más abajo. No me extrañaría que algún vecino se levantara asustado con todo el ruido que hacía al saltar los escalones de dos en dos pero, sinceramente, me daba todo igual.

Por suerte mi casa se encuentra muy próxima a una de las entradas de la E25, la autovía que rodeaba la ciudad de Ginebra y me permitía llegar a la sede central del CERN en cuestión de minutos. Al incorporarme a ella agradecí que me hubieran llamado a aquella hora, si hubiera sido en horario laboral me habría encontrado con cientos de conductores cabreados por el atasco y con la intención de ser el primero en pasar, lo que provocaba aún más atascos.

Aprovechando que no había muchos coches y que a esa hora la policía no estaría demasiado atenta a posibles infractores me permití el lujo de pisarle un poco más de lo normal al acelerador, no soportaba la idea de retrasarme más. Aun así el camino se me hacía eterno. Las señales pasaban veloces por los laterales de mi Volkswagen pero ninguna indicaba el camino que tomaba a diario.

Por fin, tras varios minutos eternos, veo el cartel indicador de la salida que debo tomar para coger la carretera de Meyrin, llevándome directamente al CERN.

Bruce, con su elegante uniforme azul, estaba en su cabina mirando un televisor que tenía a su izquierda con imágenes de una serie de televisión mientras que a su derecha unos 6 monitores más pequeños mostraban diferentes cámaras de seguridad que controlaban el perímetro. Cuando me acerqué con el coche levantó un poco la vista y me sonrió como siempre. Pulsó el botón para levantar la barrera y me invitó a pasar, indicándome que ya se encontraba el resto del equipo dentro y que debía de ser algo importante para citarnos a todos a esa hora. ¡Y tanto si lo era!

Me dirigí a mi plaza de aparcamiento y dejé el coche ocupando parte de la plaza de al lado. Me bajé y me dirigí al edificio donde sabía que estarían todos reunidos y esperando. El aire era fresco y en cualquier otra situación seguro que hubiera tenido que abrigarme más, pero en aquellos momentos unas gotas de sudor recorrían mi frente y comenzaba a respirar de forma acelerada, en parte debido a la emoción que me provocaba el hecho de ser una de las primeras personas en ver lo que iba a ocurrir y en parte debido a que estaba atravesando el parking corriendo a toda velocidad.

Atravesé el hall en dos zancadas y salté dentro del ascensor. Pulsé el botón para subir a la quinta planta y me desesperé mientras esperaba a que se cerraran las puertas y comenzara a subir. No podía creer que después de tantos días de espera por fin hubiera llegado el día.

Todo comenzó a partir de una simple coincidencia en el momento y el lugar adecuado mientras trabajaban con el agujero negro. Debíamos investigar sus propiedades y, sobre todo, estar alertas para destruirlo en el momento que viéramos que iba a escapar a nuestro control. Pero para asombro de todos descubrimos que era bastante estable. Aquello podía ser el principio de cientos de nuevas aplicaciones, entre ellas una que sólo existía en la imaginación de ciertos soñadores: los viajes temporales.

Eso era una de las propiedades entre muchas otras que tendríamos que comprobar. Se creía que los agujeros negros absorbían todo lo que pasara cerca de ellos, incluso el tiempo. Por supuesto no contemplábamos ni por un segundo que pudiéramos realizar viajes temporales, pero lo que hallamos nos pilló a todos completamente desprevenidos.

El agujero creado emitía unas señales eléctricas que seguían un patrón definido y constante que se repetían en un intervalo de tiempo bastante amplio. Al principio no lográbamos comprender de qué se trataban, no había ningún fenómeno en la naturaleza que produjera unas señales remotamente parecidas a las que estábamos midiendo allí. Hasta que caímos en la cuenta de que aquellas señales no eran naturales, no podían provenir de una fluctuación aleatoria del entorno, aquello era algo artificial, pero nada de lo que teníamos en laboratorio las estaba produciendo y, como comprobamos más tarde, tampoco provenía del exterior. Provenía del interior del mismo agujero negro. Se trataba sin lugar a dudas de un mensaje cifrado en binario, pero no sabíamos quién lo mandaba.

Por fin llego a la quinta planta, se abren las puertas del ascensor y veo que están todos mis compañeros esperándome.

Me acerco un poco asfixiada y creamos un semicírculo alrededor del ordenador principal mientras el director tecleaba los comandos adecuados. Se toma su tiempo mientras mueve los dedos sobre el teclado de forma ceremoniosa. Antes de pulsar por última vez ENTER para mostrar la información por pantalla hizo una pausa dramática, mirándonos uno a uno a los ojos, haciendo hincapié en la importancia de aquel momento. Cuando por fin pulsó, el silencio dominó la habitación. Nadie respiraba. En la pantalla del ordenador apareció el mensaje que durante días habíamos estado recibiendo.

Ante nosotros teníamos un mensaje de texto, breve, pero que rompía cualquiera de las miles de ideas que habían rondado por las cabezas de todos los allí presentes. Sin embargo, a pesar de su brevedad, había algo en particular que hacía que fuera aún más desconcertante, algo que al principio no le di demasiada importancia pero que poco a poco se me iba grabando a fuego en mi interior. Aquel signo de interrogación que cerraba el mensaje le daba un significado totalmente distinto.

En la pantalla sólo aparecía una palabra en letras blancas mayúsculas con fondo negro, una palabra seguida por un signo de interrogación, un signo que se les clavaría en la memoria y los atormentaría.

HUMANOS?

El comienzo

JANETT URIOL MENDOZA

El comienzo

En un ayer muy lejano, cuando ningún ser vivo habitaba el planeta Electra, la Tierra era considerada la tercera dimensión de otras galaxias. En aquel entonces, sus poblaciones superaba en miles de veces a la actual Via Láctia.

Un día en el planeta Electra de la galaxia E-36, se apagó el Sol, los habitantes ya no recibian sus cálidos rayos y sus cinco Lunas no reflectaba su dulce luz. Todo el Sistema Estelar de la galaxia quedó oscurecido y lo único que veian los habitantes de Electra, en ese mundo congelado y oscuro de allí arriba, eran unos pequeños puntitos destellantes de color blanco, plateado, amarillento…

Poco a poco, el gélido frio se apoderó del planeta y de toda célula viviente, todos los seres vivos fueron muriendo, pero al morir desaparecian, ¿dónde iban? Lo primero que veian era una escalera que descendía hacia la más profunda oscuridad, al pisar el último peldaño, se derrumbaba y te arrojaba a un oscuro avismo en espiral, en el que podías contemplar una ténue luz al final. Girabas y girabas hacia ella, pero nunca llegabas, hasta que la luz venía a ti y te transportaba a gran velocidad, para encontrarte en medio del universo con forma de estrella.

Sí, así es, cuando toda Electra desapareció, dio origen a una gran nebulosa, con tanta matéria concentrada en su interior que acabó en una enorme explosión galáctica y, soreprendentemente como si de un capricho de un hada se tratara, un nuevo mundo nació.

La Tierra, tercera dimensión de Electra, con toda su variedad de seres vivos y colores por fin había comenzado.

De Perseidas, Draconidas y Oriónidas (lluvia de meteoros)

MARÍA CLAUDIA MOLINA

(San José de Guaviare, Colombia)

De Perseidas, Draconidas y Oriónidas (lluvia de meteoros)

Desde la cúpula, Proción buscaba con la esfera armilar un cuásar o una Nova que le diera los indicios de la trayectoria recorrida por su hijo Erídano. Dicen que hace más de tres mil millones de años le vieron unos plutonianos, transportado por un bólido, a través del espacio sideral y que, probablemente, cayó en un agujero negro supermasivo.

El progenitor no ha desfallecido en su búsqueda, motivado por el principio de incertidumbre que lo ha mantenido inmerso en un horizonte de sucesos. Preparó un viaje inter-estelar desde la misma desaparición, cuyo recorrido superaba la distancia de 890 ± 4 años luz en dirección de la asociación estelar de zeta Herculis.

Guiado por la Carta celeste emprendió un itinerario superluminal (más rápido que la luz), a bordo de un bólido adecuado para tal propósito. Comenzó la exploración de diversas galaxias; elípticas, espirales e irregulares y, junto con sus instrumentos de navegación, no se extravió en el espacio cósmico.

Se dirigió hacia la galaxia enana de Aquarius donde debía conseguir suficiente energía del vacío cuya propiedad es disipar agujeros negros. Le fue de ayuda el viento solar que rápidamente lo condujo a la pierna izquierda de la constelación que le serviría de entrada a la galaxia. Por aquellos corredores estelares observó peces de neón y de variados colores que le señalaban el camino para llegar hasta Ganimedes, el custodio de la zona.

Al encontrarlo, el anfitrión le ofreció un cosmic cream que le sentó bastante bien luego de semejante trayecto. Proción le comentó el motivo de su visita, conseguir energía del vacío cuya propiedad es disipar agujeros negros, posiblemente en alguno de ellos se encuentra el hijo extraviado. Pero en esta galaxia se había agotado aquel factor y fue enviado a la Constelación de Virgo.

Retomó el curso a su nuevo destino cruzando el mar de Fermi donde, gracias a una dracónida (tormenta de meteoritos), debió cubrirse con su abrigo septentrional. La tormenta causó un leve daño en el bólido adecuado para realizar el itinerario superluminal, lo que ocasionó en Proción un estado cuasi-histérico, puesto que tal situación podría quitarle minutos luz de su preciado tiempo-espacial. La reparación con un acelerador de partículas fue breve, pero para neutralizar su estado de ánimo tomó un par de píldoras astrales quedando el sujeto cuasi-estable.

Navegaba por la Cabellera de Berenice, entre las más de mil trecientas galaxias que conforman el Cumulo de Virgo; se dirigía hacia el centro del mismo, a la galaxia M87. Debía reducir la velocidad de su bólido adecuado para el itinerario superluminal ya que la forma espiralada del conglomerado estelar, que daba paso a su destino, contenía un campo gravitacional que lo sacudía fuertemente, además de las altas temperaturas generadas por el plasma que conformaba aquel medio intergaláctico.

Al llegar a la galaxia M87 fue recibido por la bella Erígone, hija de Icario, que al escuchar su historia le comentó que divisó a su hijo transportado por el bólido alrededor de tres mil millones de años atrás, encaminarse hacia un universo adyacente. Mientras decía estas palabras le señalaba con su delicado dedo índice la dirección hacia la que debía conducirse, para encontrar el agujero que lo llevaría a aquel universo.

Al marcharse Proción, Erígone le obsequió un par de espigas solares que contenían energía del vacío cuya propiedad es disipar agujeros negros y al brindis de un coctel Bing-Bang Blush, ésta le auguró éxitos en su travesía.

Se dirigió al camino señalado sin mayores contratiempos. Al observar en su carta celeste que se ubicaba cerca de agujeros negros, tomó el radiómetro diferencial de microondas que le indicaría cual era el agujero apropiado que lo conduciría al universo adyacente. Al constatarlo, decidió examinar la radio entrada encontrándose con un guardia de aspecto cuasi-hostil, lo que lo dejó un poco cuasi-preocupado, por lo que se vio en la necesidad de tomar nuevamente sus píldoras astrales.

Siguió husmeando por la ergósfera (límite de los agujeros negros), mientras diseñaba un plan para sobornar al guardia. En su recorrido se encontró con la caída de un Chorro de plasma colimado, aprovechó aquella oportunidad para refrescarse un poco y se sumergió en él, se sorprendió al percibir que aquel chorro tenía el poder de transformar su estado corpóreo en un estado gaseoso, lo que le hacía invisible. Recolectó en un recipiente gran cantidad de la sustancia mágica y, sin ser identificado, logró ingresar por la radio entrada que inmediatamente, y junto con la ayuda de las espigas solares, lo condujeron por el hiperespacio que conectaba con universos paralelos.

Poco a poco se vio sumergido en un ambiente terrenal. A cada creatura con la que se encontraba, fuera humanoide, plutoniano, saturniano, jupiteriano, insectos, animales o plantas, preguntaba por su hijo Erídano; una de esas creaturas a las que preguntó fue a sí mismo, que habitaba en esa dimensión. De esta manera se enteró que el bólido que transportaba a su hijo estalló en mil pedazos convirtiéndose en una Perseidas (lluvia de meteoros).

En medio del ocaso se divisaba Jupiter con sus 63 satélites causándole una fuerte cuasi-nostalgia, al tomar una de sus píldoras astrales percibió muy lejana la voz de su hijo. Se dirigió hacia la fuente del sonido y en unas horas-luz lo encontró. De sus ojos escurrieron unas gotas de líquido orgánico, pero al acercarse a aquella creatura descubrió que se trataba de un espectro de su hijo, quien le señaló el lugar donde se encontraba el verdadero estado corpóreo de Erídano. En la constelación de Orión.

Atravesó nuevamente el hiperespacio con su bólido adecuado para el itinerario superluminal y, haciendo uso del chorro de plasma colimado que tenia de reserva y de las espigas solares, salió de aquel agujero negro y rápidamente se dirigió a la constelación de Orión. Cruzó la faja celeste y para acortar distancia tomó un atajo por un agujero gusano el cual se traspasaba por unas cuerdas cósmicas. Allí dentro fue transportado por una espuma cuántica y de este modo llegó al brazo de Orión.

A lo lejos se veía un cúmulo de basura espacial que bordeaba la capa boreal del planeta tierra, cruzó por el mar de Dirac en medio de Oriónidas (lluvia de meteoritos) y el universo, aliándose en su propósito, lo condujo de manera expedita, entre gigantes azules, gigantes rojos, gigantes naranja, enanas amarillas y estrellas amazonas.

Y ahora Proción se encuentra en una cúpula en Mintaka, una de las tres grandes estrellas que conforman el cinturón de Orión. Es consciente de que pronto logrará su cometido, esperará la llegada de Apolo y Artemisa quienes le llevarán al lugar en el cual, unos pocos años luz atrás, conocieron a Erídano.

Recorrieron por un mes luz las nebulosas M40, M42 y M43, Proción en su bólido adecuado para el itinerario superluminal y Apolo y Artemisa en el cometa Halley. Al llegar a la nebulosa Cabeza de Caballo observaron a un anciano solitario llamado Híreo que regaba de rocío de energía blanca unos retoños de estrellas Amazonas.

Apolo y Artemisa le presentaron a Proción a quien el anciano da un fuerte abrazo rodeado de un aura azul, manifestándole que Erídano fue para él como el hijo que nunca tuvo. Híreo los dirige hacia el hijo extraviado. Al llegar a una zona colindante con la constelación de Tauro se detienen ante un río, y el viejo Híreo toma entre sus manos agua de aquel manantial y la riega sobre la cabeza de Proción diciéndole -Aquí tienes a tu hijo, son las aguas del rio Eridanus formado por la lluvia de meteoritos debida a la explosión del bólido que lo transportaba-

Simios radiactivos del espacio

TANDRO QUIJADA

Simios radiactivos del espacio

1

Todos los hombres y mujeres de la nueva generación destacaban en algún ámbito, pero este pobre diablo, que jamás tuvo una madre, no. Ahorraba y ahorraba como sus congéneres pero nunca gastaba.

La mayoría de sus viejos colegas del instituto habían triunfado en carreras disparatadas: uno exploraba los océanos en un submarino de cristal, otro se enriquecía en el mercado de valores sometiéndose a unos dados de rol, otro demolía mansiones con un Sturmtiger… Bebían continuamente asombrosos cócteles, conducían coches de lujo, se casaban con mises y jugaban al pádel. Sus hijos salían con prestigiosas empresarias y sus hijas jugaban en poderosos equipos de fútbol. Eran felices las vidas de cada uno de sus vecinos. Hasta el imbécil del piso de abajo había aprendido a tocar la batería con cuatro latas sucias y los huesos de un perro muerto.

Su mejor amigo, que tenía la dentadura de oro y un Ferrari, le decía:

—Tienes mucha pasta; no seas tonto, córrete una buena juerga. «Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver».

Pero la realidad era que este pobre diablo, a quien todos llamaban El Niño, no quería de ninguna manera menguar sus ahorros en fiestas. Tenía otro propósito. Cada día, al salir de la planta de ingenieros, revisaba el saldo de sus cartillas (¡entraba en cólera si el banco se había cobrado alguna comisión!). Después, entraba en la página web de su propia empresa y contemplaba, durante largas horas, la máquina de criopreservación. Muy pronto podría comprar una para congelar su cuerpo cuando muriese.

2

Apagó el ordenador. Cenó unos palitos de merluza con Cruzcampo. Intentó dormir, pero como no podía, vio un documental en la televisión. ¡Qué rápido había pasado el tiempo! Mañana era el gran día. Mañana cobraría el salario mensual y podría comprarse la máquina de criopreservación.

Tras siglos ahorrando, tener al fin la máquina en casa le parecía un sueño imposible. La colocó en el cuarto de baño, junto al plato de ducha, porque era el único sitio donde cabía. Costó más de $1,000,000,000,000,000. Le sobraron algunos billetes, así que decidió celebrar su adquisición en el bar. Invitó a varias rondas a todo el mundo. El propietario le sirvió un cóctel carísimo y exclusivo como agradecimiento. El Niño aceptó, y además, dijo que cuando el mes siguiente cobrase compraría el bar y un smartphone para cada uno de sus clientes. A partir de ahora podría gastar el dinero en lo que quisiera. Empezaría a vivir la vida.

La orgía culminó con El Niño volando por los aires, aupado y vitoreado por decenas de borrachos a los que siempre había envidiado. Mientras ellos practicaban profesiones y aficiones de lo más interesante, él se había podrido durante años en la nave de ingenieros. Mientras los demás disfrutaban como cigarras, él sufrió como hormiga. Asumió una rutina anodina con la esperanza de, algún día, poder sobrevivir a toda esta gente. Ver el futuro.

Pensaba en esto y en otras miles de cosas. La cabeza le daba vueltas, así que hizo bien en salir a tomar el fresco. De un callejón cercano provenían unos ruidos. Era una pareja joven exhibiéndose más de la cuenta. El Niño pensó en su propia juventud, consumida entre las paredes de la nave de ingenieros. Se sintió muy triste y también un poco asustado. Quería volver a casa y abrazar su máquina de criopreservación hasta tranquilizarse. Había bebido demasiado: estaba tan borracho que cruzó la calle sin mirar, y el Ferrari de su mejor amigo lo atropelló.

Cuando el horrible montón de órganos y huesos alcanzó los -195,79 ºC, no se sabía si El Niño estaba vivo o muerto.

3

Se despertó percibiendo una agradable sensación. El calor emanaba de la profundidad de sus entrañas, dondequiera que estuviera su alma. Tardó varios meses en abrir los ojos. No había prisa. Cuando se decidió, descubrió una sala tenuemente iluminada. A su alrededor, una manada de simios radiactivos del espacio le contemplaba inmóvil. El Niño no estaba seguro de si eran radiactivos, pero estaba convencido de que procedían de otro planeta. No podía ser de otra manera.

Abrió la boca, quería hablar. Le dolía terriblemente la cabeza por la resaca. Los simios se inclinaron hacia delante para escucharle.

—¿Quién me ha descongelado? ¿Quién ha hecho posible esta tecnología?

El Niño derramó unas lágrimas tan frías que sus mejillas se entumecieron. No preguntó dónde se encontraba o dónde estaban los seres humanos. No preguntó cuánto tiempo había permanecido dormido. No se dio un segundo para recapacitar en los extraños sueños que había tenido. Ni siquiera le importaba que cada microscópico fragmento de tejido corporal le infligiera un dolor infinito. Quería saber a quién había que llamar Mamá.

Esclavos del subconsciente

ÁNGELA CÁCERES SEVILLA

Esclavos del subconsciente

Acabo de cumplir catorce años, ¿sabéis que significa eso? Quiere decir que ya estoy listo, que ya puedo trabajar y liberar a mis padres de su carga. Papá y mamá se dividen mi trabajo los primeros catorce años de mi vida para que yo pueda asistir a la escuela y aprender todo lo que tengo que saber en el futuro. Pero mientras hacen mi trabajo, desatienden el suyo y eso ocasiona que tenga menor calidad. Por eso estoy tan contento de haber cumplido ésta edad. El lugar del que yo provengo, es muy diferente al que vosotros conocéis y estáis acostumbrados, estoy totalmente seguro de que a la mayoría les gustaría. Nuestras casas no son todas iguales y nuestras calles no son rectas, nuestros ríos y lagos no se secan, pero tampoco llueve. Vosotros hacéis vuestra vida de día, nosotros actuamos de noche, vosotros ni siquiera imagináis que existimos, nosotros vivimos profundamente ligados a vuestras vivencias, somos vuestros esclavos. Me llamo Phraion y voy a contaros mi historia o, más bien, la de mi mundo.

Todo comienza cuando un somniano nace. Los somnianos son los habitantes del mundo de Somno, mi mundo, y somos tantos que es prácticamente imposible llevar una cuenta. Nosotros no tenemos un censo como vosotros, nuestras preocupaciones son mucho mayores porque no somos dueños de nuestros actos. Es triste decirlo, pero somos esclavos, esclavos que viven por y para otra persona y cuyas acciones no son capaces de manejar como les gustaría. Para mí es mucho más fácil explicaros las cosas si las comparo con otras que entendéis, así sabréis de qué hablo y no tendré que estrujarme el cerebro buscando la manera de que tengáis las cosas claras. Como habéis podido comprobar, soy un poco flojo. Pero ojo, eso no quita que esté deseoso de comenzar con mi trabajo, es más, aunque mis notas no hayan sido las más brillantes, estoy completamente seguro de que lo haré como nadie y no, no es que me esté echando flores y sea un creído insensato… Simplemente es que siempre he escuchado decir a los mayores que para realizar bien el trabajo hay que tener seguridad en uno mismo y creer en lo que se está haciendo, pues me limito a eso… No es malo ¿no? A ver, que me voy por las ramas, como iba diciendo, el comienzo de todo es el nacimiento de un somniano, pero los somnianos no nacen como lo hacen los humanos, sino que nacen a partir de ellos. Me explico: cuando nace un niño en la tierra, nace un niño en Somno que tiene una conexión con el bebé terrícola, lo único que ocurre es que Somno es lo suficientemente inteligente para asignarnos a una familia con la certeza de que sabrá cuidarnos adecuadamente, vamos que no nos reproducimos como vosotros.

Pues bueno, yo nací el mismo día que Nicolás. Nico es un niño inteligente (o eso quiero pensar yo) pero también es un poco gamberro. A veces le gusta molestar a sus compañeros y tiene amigos que les quitan el bocadillo a los demás. Yo sé lo que él piensa y siente porque mis padres me lo cuentan así que creo que no es malo, pero sí un poco cobarde por no ser capaz de decirle a sus amigos que lo que hacen no está bien. Estoy deseando conocerle y conectarme con él, siempre suelo decir que es como mi hermano gemelo, o como mi otra mitad. No entiendo eso que dicen los terrícolas de que tu media naranja es la persona con la que estas destinada a pasar el resto de tu vida, para nosotros nuestras medias naranjas son ellos, nuestra razón de existencia, nuestros hermanos a distancia.

Ahora, y como me gusta jugar a que soy adivino, supongo que te estarás preguntando cuál es exactamente la función de los somnianos en todo éste asunto. Pues bien, nosotros nos encargamos de fabricar los sueños de nuestro terrícola, les dibujamos las historias que han de vivir mientras duermen. Es un trabajo espléndido, en clase nos han enseñado a mezclar colores y a dar forma y realismo a las ilusiones. ¿Cómo? ¿Que de dónde sacamos el material? Tienes razón, debería haber imaginado que vosotros no teníais la menor idea de cómo se fabrica un sueño porque cuando he dicho dibujar, seguro que os habéis imaginado el típico lienzo colocado en un caballete de donde cuelga una paletilla de pintura y sus pinceles. Pues no. No tiene nada que ver con eso, es mucho más complicado.

En Somno hay un lago enorme al que llamamos “Alma”, es el centro de nuestro mundo y es tan grande que nadie sabe exactamente hasta donde llega. Ya sé, de nuevo estaréis sacando conclusiones erróneas e intentando imaginaros aquello que os estoy contando, pero dejadme deciros que Alma es de lo más espectacular que podríais ver jamás. No es azul ni verde, ni tampoco una mezcla. Sino que está formado por muchísimos colores y cuando los mezclamos vamos creando más y más. Reconozco que no me sé todas las posibles mezclas porque copié en ese examen y no me miréis mal, soy totalmente de fiar, es sólo que entre tanto color yo me pierdo. Prefiero que el libro de las mezclas sea mi mejor amigo e ir con él a todas partes y así tendré la certeza de que nunca cometeré un fallo. Es mucho más práctico ¿verdad? Resulta que los somnianos tenemos una sustancia extraña en las manos que se llama “Venma” y que sirve para poder coger el agua colorida y así, como si fuera plastilina, poder moldearla a nuestro antojo y colorearla como nos plazca. Es guay, ¿a qué si? ¿No os morís de envidia? Yo lo haría si estuviera en vuestro pellejo, creedme. Y no porque yo pueda disfrutar de ésta maravilla, que también, pero lo cierto es que no le encuentro el chiste a vuestra forma de vida.

Ah, ahora que lo pienso, esto de haber cumplido los catorce tiene una sola desventaja, al menos para mí. La cosa es que ya no tendré tiempo libre y eso me entristece, lo que más voy a lamentar es dejar de escuchar las historias del abuelo Groy. Él siempre dice qué es lo que pasaba hace mucho tiempo, hace tanto que ni siquiera su tatarabuelo lo ha conocido. Creo que se refiere a cuando nacieron los primeros somnianos, pero de todos modos no importa, yo creo que tan sólo son leyendas. Todos sabéis lo que son los sueños y, por ende, también las pesadillas. Aunque parezca triste y me asuste un poco decirlo, somos nosotros mismos los que las fabricamos. Si, sé lo que estáis pensando, que somos malos y que podríamos dejaros en paz para tener bonitos sueños de esos en los que soléis correr y brincar por las praderas sin que nada ni nadie os impida ser libres y felices. O como cuando deseas que llegue el verano y sueñas con un sol radiante y una playa con muchas olas que rompen y rugen justo delante de ti. ¿No es sensacional? Pues no, no podéis enfadaros con nosotros por fabricar pesadillas, simple y llanamente porque no es nuestra intención. ¿Recordáis que os he dicho antes que somos esclavos? No era una broma, lo somos. Y cuando os cuente la famosa leyenda que mi abuelo relataba, vais a daros cuenta de que todo no es de color rosa.

Él siempre ha dicho que la situación en la que vivimos ahora no siempre ha estado así. Antaño, nuestros antepasados creían en una fuerza mayor, como algunos de vosotros creéis en el Karma. De hecho, creo que la función es prácticamente la misma. Antes, los sueños se fabricaban a partir de las acciones de los terrícolas, si por ejemplo una persona se portaba bien, ella recibía un sueño como regalo. Se hacía un balance y se le regalaba uno equivalente a sus acciones. Si, por el contrario, cometía pecados o abusaba de malas acciones y no se aliaba con la solidaridad y la justicia, las pesadillas eran terribles y convivían con la persona hasta que moría. Como comprenderéis, mantener un vínculo con alguien termina haciendo que le cojas cierto cariño. Imagínate que tienes un hermano que es malo y se pasa la vida quitándote lo que más deseas y lo odias, te da rabia, pero en el fondo le tienes cariño porque al fin y al cabo, es tu hermano y compartís sangre. Terminas resignándote y admitiendo que lo quieres y que harías cualquier cosa por él, aunque sea un (no digo palabrotas porque hay niños delante). ¿Veis? Soy todo un amor, educado, amable y simpático. Un buen partido sin ninguna duda. Va, volvamos a la leyenda. Se dice que los antiguos somnianos, cansados de tener que fabricar pesadillas y de ver sufrir a sus hermanos terrícolas, desafiaron las leyes de la naturaleza y dejaron de crear pesadillas cuando debían hacerlo. Fabricaron siempre buenos sueños y se limitaron a hacer felices a aquellos a los que querían. Sin embargo, toda acción en contra de las reglas de la vida tiene sus repercusiones. La tranquilidad comenzó a disiparse y las fuerzas naturales se cobraron su deuda. La oscuridad llegó a Somno y se apoderó de los somnianos, haciendo que todos ellos, poseídos por aquella extraña neblina negra, crearan pesadillas. A partir de ese día y por culpa de nuestros antepasados, estamos condenados. Atados a la naturaleza que, cuando menos lo esperamos nos visita y nos obliga a fabricar pesadillas. Como es natural y ya podéis haberlo imaginado, aún no me ha ocurrido, pero lo he visto. A papá le pasa muy a menudo, lo que pasa es que pierde la noción del tiempo y cambia por completo. Sabemos lo que le ocurre porque camina arrastrando los pies y sus ojos se vuelven negros y pierden el color, no habla y se encierra en la habitación “Gama” hasta que se le pasa. Confieso que es una de las pocas cosas que me asusta de verdad. Muchos de mis amigos no quieren trabajar porque no les gusta la idea de toparse con la oscuridad, pero una parte de mi me dice que no tiene que ser tan malo, algo en mi interior se siente atraído por ese lado oscuro y quiere averiguar exactamente qué se siente al no ser dueño de tus actos.

¿Qué? ¿Cómo os habéis quedado? ¿Pensabais que erais los únicos que teníais una maldición por culpa de los errores que cometieron los demás en el pasado? Ya sabéis, ese rollo del pecado original, Adán y Eva y la manzanita. No sé, también es interesante pero me asombra el poder que tienen las manzanas, hasta el día que escuché esa historia de boca de mi padre, creía que las manzanas eran una simple fruta y después se ganaron mi total y más sincero respeto. No, no os riais porque no es una broma, lo digo totalmente en serio.

Oh, ahora que lo pienso, he mencionado la sala Gama pero no he explicado lo que es. Vaya despiste el mío… Esa sala es el lugar de trabajo, sería como vuestra oficina o vuestra aula. Es una sala cuyas paredes están recubiertas de grueso papel y siempre está manchada de todos los colores posibles. Es allí donde se fabrican los sueños, donde se hacen y deshacen, donde se da el visto bueno o se comienza de nuevo. Supongo que os preguntaréis cómo son nuestras casas. Veréis, nosotros no tenemos salón ni cocina, no necesitamos entretenernos de ese modo porque nuestro mayor hobbie es dibujar y ensayar para ser un buen creador de sueños. Tampoco necesitamos comer, nosotros vivimos ligados a vosotros y cuando el terrícola que comparte nuestro vínculo muere, nosotros morimos con él, es así de simple. Es por eso una de las razones por las que nos encanta mimaros. Dicen que si eres feliz vives más tiempo… Supongo que en nosotros esa creencia es innata y nos aferramos a ella a la hora de realizar nuestro trabajo. Tengo que aprender a controlar mis desvaríos, porque si no, no acabaré nunca de explicaros cómo es mi mundo. Pues eso, mi casa tiene tres habitaciones Gama, una para mi madre, otra para mi padre y la última para mí. Cada uno tenemos una diferente en la que dar rienda suelta a nuestra imaginación, porque para nosotros el trabajo es sagrado y necesitamos nuestro propio espacio para desarrollarlo. Es cierto que la mía aún está vacía y que no hay ni una sola mancha en las paredes, pero eso se debe a que aún no he fabricado solo mi propio sueño. Aunque, en realidad, no sé de qué me estoy quejando. Las salas Gama suelen estar vacías por lo general salvo por los cubos llenos de agua del lago Alma. No se lo contéis a nadie porque es un secreto pero una de las primeras cosas que haré cuando estrene mi propia sala será pintarla de azul, me gusta mucho ese color. Digo que es un secreto porque si alguien se entera de que malgasto agua de Alma en estúpidas decoraciones, puede caerme una buena bronca en el mejor de los casos o sancionarme evitando que trabaje durante algún tiempo, y entonces Nicolás se quedaría sin sueños y eso no se puede tolerar.

Yo siempre he pensado que los buenos sueños te ayudan a ser más feliz, es cierto que son fantasías pero mientras las vives las disfrutas y creo que después de un buen sueño te levantas de mejor humor y haces cosas buenas. Todo son ventajas, no podéis negarlo.

La otra mitad de mi casa, la componen nuestras habitaciones. Aunque no comamos sí que dormimos y, por extraño que pueda parecer, mi padre y mi madre no duermen juntos. Sé que para vosotros lo natural en un matrimonio es que la pareja comparta una habitación, pero aquí en Somno eso es totalmente impensable aparte de que no dormimos en una cama, dormimos en urnas en las que sólo cabe una persona. Y ahora voy a explicaros el por qué.

Resulta que nuestra habitación no es una habitación normal y corriente de esas que tenéis vosotros. Cuando entramos en ella, no se ven cuadros ni camas y, por supuesto, tampoco se ven doseles. Una pena, siempre he querido saber qué es lo que se siente al desafiar a los padres saltando encima de la cama como si los muelles fueran a ayudarte a llegar hasta el techo. O qué es lo que se siente al tumbarte en el mullido colchón.

Es realmente irónico que nosotros, los fabricantes de sueños también soñemos. Pero claro, nuestros sueños no son invenciones de otro, nosotros soñamos con vuestra vida. Cuando llega la hora en la que vosotros comenzáis a dar cabezadas, a nosotros nos llega una señal y, estemos donde estemos tenemos que correr hasta nuestra habitación para poder acceder a vuestro subconsciente. Sabéis perfectamente lo que es el cine ¿no? Pues nuestros sueños son como ver una película en el cine, la película de la que es protagonista nuestro terrícola. Lo malo es que no tenemos palomitas ni coca cola, pero bueno, como no nos aporta nada el comer ni el beber… Al entrar en la urna, es como si fuésemos teletransportados directamente a la mente de nuestro vínculo y así es como terminamos cogiéndoles cariño. Como acabamos queriéndoles, llorando y riendo con ellos. Como nos apiadamos y les hacemos tener buenos sueños cuando han pasado un mal día, eso sí, siempre que la oscuridad nos lo permita claro. Y eso es todo, no hay mucho más que saber sobe nosotros, sólo que, por triste que parezca, seguiremos viviendo escondidos en vuestra cabeza mientras vosotros sois ajenos a nuestra existencia. Quizá algún día, aparezcamos en algún cuento o en alguna novela pero nunca creeréis que de verdad existimos y, aunque nos da pena que no podáis saber que nunca estáis solos cuando creéis que lo estáis y que os apoyamos incondicionalmente en la distancia, sabemos que es ley de vida y que por más que nos pese seguiremos siendo lo que somos, esclavos de vuestro subconsciente.