El misterio del cuento secreto de la biblioteca. El gato sin botas

LAURA DEL VAL CAMACHO

El misterio del cuento secreto de la biblioteca

El gato sin botas

Hace mucho tiempo, requetemucho tiempo, vivía un pequeñísimo gato en una biblioteca que un día descubrió un libro mágico que se titulaba El misterio del cuento secreto de la biblioteca. Este tenía tanta magia que… ¡el libro le llevó a un país fantástico!

Allí se encontró a una sirena que cantaba dulcemente una canción maravillosa:

“Érase el dulce amor entre las olas, y tú fuiste un gran rey con una caracola en la corona…” .

Y también se encontró un unicornio con un magnífico cuerno y dos alas. Y vio un diamante gigante. Dentro de aquel mundo había muchos más personajes. Blancanieves estaba junto a su príncipe, llamado Felipe. Peter Pan junto a Campanilla luchaba con un pirata llamado Garfio. Aurora estaba con sus queridísimas hadas… Y de pronto, el gato se metió en un lío:

¿¿¿¿Queréis que os cuente qué pasó????

Resulta que el libro mágico pasó una hoja mágica y allí el unicornio pinchó con su cuerno a Peter Pan. Cuando vio eso el gato, dijo: “Un momento, ¿el malo no era Garfio?” Y todos contestaron: “¡Sí!”

-Entonces ¿por qué ellos dos se están peleando?

-No, señor gato, ellos no se están peleando. Es Garfio que está manejando al unicornio.

-¡Para de manejarlo, Garfio! O, si no, te las verás conmigo –ordenó el gato, que tenía tanto frío en las patas que decidió calzarse unas botas del 43 que alguien había abandonado allí.

-Bahhhh –se burló Garfio-. Me las voy a ver contigo, a ver qué pasa.

Pero como el libro le había dado magia al gato, el gato venció a Garfio.

-¡Vale, vale! Tú has ganado, ya he aprendido la lección, tengo que ser bueno con todos vosotros –admitió Garfio.

Y tras mandarle a reflexionar, los demás pensaron cómo firmar la paz. Celebraron una fiesta de amistad a la que lo invitaron. En este caso el que debería comerse la tarta de pisos entera sin compartirla, según las normas de las fiestas de reconciliación, era Garfio. Pero no le dolió la barriga porque era muy pequeñita.

¿Queréis que os cuente qué cosas había en la fiesta y quiénes asistieron?

Fueron todos los de ese país y el gato, que sólo era un visitante. Había globos, piñatas, éstas sí las compartió, serpentinas, confeti, guirnaldas, silbatos, etcétera. Se lo pasaron muy bien, sobre todo con Garfio, porque a pesar de haber sido tan malo, resultó ser muy divertido en las distancias cortas y, ¿sabéis qué?, contaba chistes, hacía bromas y muchas cosas más. ¿Os cuento uno de sus chistes?

-¿Sabéis cuál es el chiste más corto del mundo????

-…

-Pan… No tiene mucha gracia, pero ¡tiene mucha miga!

Al terminar la juerga, aquellos maravillosos personajes, incluido Garfio, salieron del libro con el gato hasta la realidad, en donde desde entonces todos ellos viven juntos. Si estáis muy calladitos, cuando veáis a un gato maullar, os contará que los descendientes de todos estos personajes son ahora parte de su familia.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y colorín colorete por la chimenea sale un cohete. Y colorín coloreta te esperamos en la biblioteca.

Desierto helado

LEIRE MAULEÓN

Desierto helado

1

– Nunca debimos venir a este planeta.

Aliya miró a Reck con reprobación. Un segundo de abordo nunca dice eso al capitán delante de la tripulación. Pero lo cierto es que ella misma había experimentado esa sensación desde que pisaron ese planeta. No se podía explicar, pero ahí estaba.

Un inmenso desierto se extendía a su alrededor: una superficie helada salpicada de montañas de cristal.

– Segundo, comience los preparativos, que la nave esté dispuesta cuando antes. No estoy dispuesta a perder un minuto más del necesario.

– Sí capitana – sonrió Reck.

Aliya prefirió hacer caso omiso del sarcasmo. Desde que accedió al mando, su segundo no le había puesto las cosas fáciles. Pero era un buen soldado, de modo que se alejó con calma.

A pesar de la seguridad con la que había dado la orden de aterrizar, no sabía dónde estaban. Los sistemas de navegación estaban dañados y se habían alejado demasiado de la base. Vagar por el espacio sin sistemas de navegación era casi tan peligroso como aterrizar en un planeta desconocido. Y ella tenía que tomar esas decisiones.

Reck miró a su capitana de mal humor. Sólo a una novata se le ocurría aterrizar en un planeta desconocido. Los sistemas de navegación podían haberse arreglado en travesía, pero ella prefería no arriesgarse. Cierto que hasta ese momento les había mantenido con vida, pero tomar sin tierra sin conocer dónde… De todos modos era su capitana y hasta que no demostrase negligencia o incapacidad, él no desafiaría su autoridad. Observó que se detenía junto a una grieta y se acercó para comunicarle que las reparaciones tardarían y pasarían allí la noche. “Y no me gusta”, se decía, “hay algo en este planeta que no me gusta, hubiera preferido arriesgarnos con el espacio”.

– Capitana, los sistemas han sufrido fallos internos. Si esperamos a una reparación completa tendremos que hacer noche. Pero podríamos iniciar el vuelo una vez solventados los problemas estructurales. La programación puede reconfigurarse en vuelo.- Reck se dio cuenta de que Aliya no había atendido a sus palabras.- Capitana, ¿me ha escuchado?

 

Aliya seguía absorta y Reck tenía poca paciencia. Se encaró con ella, que le miró con recelo. Después volvió a clavar la vista en el fondo de la grieta. La oquedad no era muy profunda y en el fondo Reck creyó percibir un bulto.

– Eso parece un cuerpo.

– Eso ES un cuerpo- respondió la capitana.

– Hay que avisar a los hombres- Reck se dio la vuelta y Aliya le detuvo.

– No se comunicará nada a la tripulación. Descenderemos, comprobaremos lo sucedido y evaluaremos la situación. Después, veremos.

– Capitana, está loca.

Aliya, por segunda vez, fingió no haber oído a su segundo e inició la bajada. Las paredes eran bastante verticales y el hielo complicaba los movimientos. “Bajar será fácil”, pensó Reck observando a su capitana, “veremos cómo sube después”. Ella pareció haber escuchado su pensamiento y se detuvo.

– He dicho descenderemos. Eso incluye a alguien más. Y usted es el único que está por aquí.

Tras varios resbalones e imprecaciones del segundo de abordo, llegaron al fondo. Aliya le ordenó quedarse a su espalda mientras ella examinaba el cuerpo.

– Capitana, eso es…

– Sí, eso parece.- Aliya se giró hacia su segundo y murmuró- bienvenido al Sistema Solar

2

Aliya recordó. Siglos atrás, la degradación del planeta Tierra aceleró la investigación espacial. Marte fue la primera conquista, donde crearon un hábitat similar al terrestre. Pero la próxima muerte del Sol les obligó a investigar planetas más lejanos. La expansión de la estrella amenazaba la vida de Marte y los humanos se lanzaron a unas colonias experimentales que aún no estaban asentadas ni preparadas para todas las posibles contingencias. Los planetas más cercanos fueron engullidos por la gigante roja. Las previsiones de los humanos se quedaron cortas y sólo se salvaron los tres planetas más lejanos. Ninguna colonia asentada en Urano sobrevivió más allá del tiempo que tardaron en consumirse sus reservas de oxígeno. Su atmósfera de hidrógeno, helio y metano impedía cualquier vida. En Neptuno ni siquiera probaron suerte, la superficie del planeta era una manta de gases calientes. La única posibilidad se la ofrecía el pequeño Plutón, cubierto de nitrógeno, metano y monóxido de carbono helados. Pero el calor derritió el hielo y ellos consiguieron sintetizar agua y oxígeno. A pesar de los problemas, la colonia salió adelante.

Mucho después, el Sol avanzó a su siguiente paso: comprimirse hasta convertirse en una enana blanca que se fue enfriando sin remedio. La carencia de luz suficiente y el descenso brusco de las temperaturas redujeron a Plutón a lo que había sido: un desierto helado.

Por lo que Aliya sabía, algunos humanos habían sobrevivido, los últimos de su especie. Siempre se preguntó, si era cierto que aún existían, cómo podían sobrevivir en un planeta desierto.

– Ha muerto devorado- murmuró con asco

Reck la observó, conteniendo a duras penas la idea que la propia capitana expresó.

– Vámonos. Lo que falte, que se termine en vuelo. No sabemos su número ni su equipación. Y el hambre es un acicate poderoso. Somos un bocado perfecto.

Su segundo asintió y comenzaron el ascenso. Tardaron más de lo que hubieran deseado y Aliya no dejaba de mirar atrás. Lo que no había dicho es que la sangre aún estaba caliente. Se dirigieron a la nave con calma, siempre vigilando el entorno.

– No quiero explicaciones a los hombres. Que recojan y se dispongan a partir inmediatamente. De las razones me encargaré yo cuando lo considere oportuno, ¿entendido?

– Perfectamente capitana.

Aliya observó que había perdido el tono irónico. “Será que la posibilidad de convertirse en comida de una especia primitiva no le hace gracia. Desde el momento en que descubrimos el cuerpo, dejó de ser el segundo de abordo impertinente para convertirse en el soldado”.

Cuando embarcaron y despegaron, Aliya se encerró en su camarote para redactar el informe, mientras Reck supervisaba las reparaciones. Mientras, entre las montañas de hielo, unos solitarios ojos observaban con envidia y desesperación el alejamiento de la nave.

Borrados

ROSA Mª GUIJARRO PAREDES

Borrados

R. se despierta este mediodía con una resaca espesa. Enciende la  televisión en la cocina en un acto reflejo. No le hace mucho caso pero al menos tiene la sensación de no estar solo. En la televisión están emitiendo el telediario que tan poco le interesa. Piensa que no debería haber bebido tanto la noche anterior. Como viene siendo costumbre últimamente ha salido con M. y K. Fueron al “Belle” a escuchar buena música y a bailar. Empieza a estar cansado de realizar el mismo ritual los últimos meses. Desde que A. desapareció parece que es lo único que es capaz de hacer: salir, beber, salir, beber. Todo en un bucle de eterno retorno para no volver a pensar en ella. Pero por más que lo intenta todo parece recordársela. Debería haberse mudado de piso. De esta manera por más que hubiera realizado cambios en la casa, las cosas no le devolverían a A. a cada instante. Había cambiado la cama de sitio. Los muebles de la habitación estaban ahora orientados al sur en lugar de al norte. Se había exprimido los sesos en un esfuerzo por eliminar todo su rastro: las fotografías, su ropa, los libros, todo. Pero aun así no había manera de olvidarla. A. persistía en quedarse en el apartamento. Cinco años son muchos para borrarlos así como así y proporcionalmente R. pensaba que necesitaría el mismo número de años para olvidarla que los años que habían pasado juntos.

Lo peor de todo es que no hubo ningún motivo, simplemente se acabó porque sí. Pero eso no es suficiente para que R. deje de pensar en ello. Además las circunstancias en las que sucedió todo fueron muy extrañas. No hubo un porqué y como colofón, A. desapareció del mapa en el sentido literal del término. Se desvaneció un poco cada día hasta finalmente desaparecer.

Empezó todo con el silencio. A. dejó de hablar paulatinamente hasta dejar de emitir ni una sola palabra. Primero fue como una ligera afonía para luego comenzar a negarse a hablar por las mañanas, al mediodía y finalmente por las noches. El apartamento se sumió en un sepulcral silencio que casi consigue enloquecer a R. Por más que insistía en hablar con ella, A. no se dignaba a contestar. Era como si la desgana se hubiera apoderado de ella. Todo continuó de manera progresiva. Un día A. dejó de levantarse por las mañanas para ir a trabajar. En el trabajo la despidieron y empezó a vagar por la casa como alma errante, arrastrando los pies y perdiendo poco a poco el brillo en su mirada. Ni los libros, que siempre habían sido su refugio, parecían llamar ya su atención. R. insistió en que acudiera a un médico pero A. se negó mediante su silencio e indiferencia.

Por las mañanas comenzó abandonando el desayuno. Luego le llegó el turno a los almuerzos limitándose a beber un simple tazón de caldo. Las cenas se fueron convirtiendo cada vez más en inexistentes. Parecía que A. si se fuera apagando cada día un poco más. La delgadez era evidente, las ojeras se hicieron cada vez más oscuras y su tez se fue tornando cada vez más blanca.

A R. le hubiera gustado continuar insistiendo en que A. fuera al médico, pero algo se lo impedía. Era como si él también se fuera dejando vencer por aquella dejadez. Se fue acostumbrando a ver la imagen de  un fantasma en lugar de a su pareja.

Él comenzó a ausentarse cada vez más en un intento por evitar lo que parecía no tener remedio: ella se estaba comenzando a evaporar. Una mañana en la cama, al ir a abrazarla se dio cuenta de que estaba más lívida. Era como si fuera un poco transparente. Al acogerla entre sus brazos tuvo la sensación de que la podía atravesar como si fuera un holograma. R. pensó que era producto del sueño, pero al mirarla pudo comprobar que era cierto. A. estaba un poco traslúcida. Podía ver a través de ella la luz de la lamparita en la mesita. A pesar de lo asombroso que empezaba a ser todo aquello, tampoco se asustó. Fueron pasando los días y lo que había comenzado como una transparencia sutil parecía que empeoraba cada día un poco más. Cada vez era menos A. , como si estuviera en un proceso de borrado. Como los dibujos a lápiz cuando el paso del tiempo los desdibuja tenuemente. Luego le llegó el turno a los órganos: un lunes desaparecieron sus manos; el martes los brazos; el miércoles una oreja; el jueves su nariz. En dos semanas, A. fue prescindiendo poco a poco de todo su cuerpo. Se había borrado completamente de esa casa, de esa ciudad y de este mundo.

R. no explicó la verdad de lo sucedido a nadie. ¿Quién le hubiera creído?. Prefirió ofrecer la versión habitual: no éramos compatibles; nuestras vidas habían tomado caminos distintos; demasiado jóvenes cuando nos enamoramos y un largo etcétera de tópicos. Su familia y amigos se lo tragaron por completo. M. y K se volcaron en él como es habitual en estos casos. R. No soportaba que le tuvieran lástima y además, que sabían los demás sobre lo que había sucedido realmente. Pensó en acudir a un psicólogo, pero tenía miedo de que lo tomaran por loco. Así que guardó su secreto a la espera de encontrar alguien en quien confiar y poder desahogarse. Abandonó el trabajo, éste ya no le interesaba. Nada parecía tener sentido y solamente existía una cosa en su mente, entender lo sucedido.  Intentó encontrar respuesta en todas las fuentes que fue capaz de encontrar. Durante los primeros meses después del borrado de A. se convirtió en asiduo de las bibliotecas, intentando hallar alguna explicación en los libros o internet. La respuesta fue: Nada.

Había pasado un año desde la desaparición y R. no había encontrado todavía consuelo. La espiral de salir, beber, bailar, tampoco le convencía. Nadie le podía entender, nunca podría explicárselo a ninguna a persona y lo peor de todo es que parecía que tampoco encontraría ninguna respuesta. Así que esta mañana de resaca lo único que ronda en su cabeza es prepararse un delicioso batido. Prende la batidora e introduce los trozos de fruta que cortó ayer y que tiene en la nevera. Un poco de mango, unas rodajas de plátano, gajos de mandarinas, un poco de naranja, trocitos de melocotón, piña, un yogurt, hielo, mucho azúcar y todo el blíster de Orfidal. Ya que tiene que bajarse del barco que sea dulce piensa.

La batidora comienza a girar sus aspas creando un ruido ensordecedor en la cocina. Demasiada variedad de fruta piensa R. En la televisión siguen emitiendo el telediario, pero el ruido es tan estridente que R. no puede escuchar. Se oye la voz del presentador que está retransmitiendo una noticia de última hora: “Científicos del Instituto de Medicina genética de la Peking University han encontrado una extraña alteración de virus en la provincia de Hubei en China. La mutación que proviene de una especie de mariposa tropical rara en el país, parece que se está encontrando en otros animales base de la alimentación ordinaria en los humanos. Vacas, gallinas y otros animales de granja se están viendo infectados. Las consecuencias son nefastas para estos animales. Los síntomas iniciales son la pérdida de la función de las cuerdas vocales. Después van perdiendo fuerza progresivamente y dejan de comer poco a poco. Lo siguiente es el desinterés lógico por todo cuanto les rodea. Poco a poco van tornándose lívidos y transparentes para finalmente ir perdiendo poco a poco las extremidades y el resto de órganos. El final es la desaparición completa de los animales sin dejar rastro. Los científicos no encuentran respuesta ante este fenómeno en toda la historia de la humanidad. Temen que empiecen a aparecer mutaciones en humanos… “

El locutor continúa hablando a través del televisor cuando R. apaga la batidora. Observa un instante la pantalla y ve al presentador que tanta rabia le da en esa cadena. Apaga el televisor. Coge la jarra de cristal y vierte el delicioso batido en el vaso. Bebe hasta la última gota y se relame. Sonríe con una mueca de afirmación, sabe que está haciendo lo correcto, no hay otra salida.

El sexto invitado

DAVID SANZ REQUENA

El sexto invitado

En aquella ocasión éramos seis las personas sentadas alrededor de la mesa. Nunca habíamos sido más de cinco, número de contertulios ideal, según mi amigo, para disfrutar de una buena sobremesa sin que nadie perdiera detalle de la conversación por formarse corrillos que se desviasen del tema.

Mi amigo tenía la costumbre una vez al mes, de organizar una gran comida en su casa de campo. A ésta asistíamos siempre el mismo grupo de amigos, aunque yo, aparte del anfitrión, los consideraba más como conocidos que como amigos. Realmente sólo los veía en estas comidas, y nunca había tenido ningún tipo de relación con ninguno de ellos fuera del ambiente de estas reuniones. Podríamos decir que mi amigo era el nexo de unión entre yo y los demás invitados, y me atrevería a decir que lo mismo sucedía con ellos.

Siempre he sabido, y creo que todos los demás también, que el verdadero sentido de juntarnos, aparte del hecho de disfrutar de una gran comilona, era el debate que se generaba a continuación. En el intervalo de tiempo que transcurría desde los postres hasta bien entrada la noche, los temas de conversación más cotidianos acababan desembocando en auténticos debates filosóficos sobre la existencia humana. Podíamos empezar charlando amigablemente sobre lo que acabábamos de comer, pasarnos a los deportes, la economía, la política y acabar intentado arreglar el mundo. Era un auténtico repaso a la actualidad, todo lo que había acontecido desde la anterior reunión daba para debatir un buen rato.

Nuestro anfitrión tenía una gran habilidad para enlazar unos temas con otros y no hacer que decayera el ritmo de la conversación, aunque también contábamos con la inestimable ayuda del alcohol, a las copas de vino de la comida les seguían incontables copas de licor que íbamos consumiendo durante la charla, haciéndola más fluida y también más acalorado el debate.

Había pasado más tiempo del habitual entre esta comida y la última que celebramos, y aunque yo no había perdido el contacto con mi amigo llegué a sospechar que algo le ocurría. Cuando me dispuse a llamarle para hablar sobre el tema me llegó su invitación por correo, su forma habitual para llamarnos, ni emails ni mensajes.

Como he comentado antes, ese día íbamos a disfrutar de la compañía de un sexto invitado. Llegué el primero a la casa y como era costumbre estaba la puerta abierta, entré sin llamar y me dirigí directamente al comedor, allí vi la misma mesa de siempre donde nos sentábamos a comer pero dispuesta para seis comensales. Me quedé un poco sorprendido, dudando si nuestro amigo se habría confundido o si por el contrario esta vez íbamos a tener nueva compañía. Al poco fueron llegando los demás invitados y también sorprendidos lo íbamos comentando entre nosotros, nadie sabía nada sobre el asunto. Cuando al fin apareció nuestro anfitrión lo hizo acompañado del misterioso nuevo invitado. Era un hombre bastante normal, aparentemente de nuestra misma edad, sin ningún rasgo peculiar que destacara por encima de los demás. Me pareció que podría pasar desapercibido en cualquier sitio, por su vestimenta, por sus gestos, todo muy normal, desconcertantemente normal.

Tras los saludos y las presentaciones nos sentamos a la mesa. Por lo poco que pude ver y saber de nuestro nuevo conocido, percibí que no participaría mucho en el debate de hoy, no parecía muy hablador ni interesado en ningún tema en particular. A lo mejor está mal decirlo, pero por mi parte lo prefería así, cuando te acostumbras a un mismo grupo de gente, a veces es molesto cuando entra alguien nuevo, sobre todo si interviene demasiado. Pero era posible que me equivocara y sucediera lo contrario, contaríamos entonces con un buen grupo de discusión. Pronto lo descubriríamos.

Empezamos a comer. La conversación era la habitual, sobre cómo nos había ido a cada uno desde la última vez que nos vimos, el tiempo, lo que estábamos comiendo y ese tipo de cosas. He de reconocer que nuestro colega tenía una excelente mano para la cocina, siempre acertaba con los platos y también con el vino y los postres, y nos parecía que cada vez se superaba más. Lo peculiar del asunto era que ninguno de nosotros nunca lo había visto cocinar, siempre se comentaban los platos durante y después de la comida pero él nunca hablaba de cómo los había preparado, ni habíamos visto nunca a ningún cocinero entrar o salir de la cocina. Siempre había estado todo perfectamente preparado para ser engullido. Entre nosotros bromeábamos sobre si tendría algún chef secuestrado y que sólo utilizaba para cocinar en estas ocasiones.

Una vez terminada la comida y con el cinturón del pantalón un poco más flojo pasamos a los licores. La conversación, aunque con temas bastantes triviales, había estado muy animada, y continuaba a buen ritmo. Esto confirmó mis sospechas sobre el sexto invitado, prácticamente no había hablado durante toda la comida, solamente cuando se le preguntaba directamente y con respuestas bastante escuetas por su parte, eso sí, de forma muy educada. A pesar de no haber abierto la boca había estado atento a todo cuanto se comentó, parecía por su forma de observar estar interesado en cualquier tema del que se estuviera hablando. También observé en él un voraz apetito, pues dio buena cuenta de todos los platos y de innumerables copas de vino, pues cuando no estaba masticando estaba bebiendo. Igual por eso no hablaba mucho, su boca no disponía del suficiente tiempo libre entre comer y beber para soltar palabra, pensé con un poco de ironía.

La mesa se llenó con multitud de licores, vasos, copas y hielo, y el ambiente con humo de habanos y cigarrillos. Si estas reuniones fueran más a menudo nuestra salud se vería seriamente perjudicada. Continuamos con nuestra charla, un tema dio paso a otro y otro a otro, como era habitual. Lo único distinto y ya comentado era nuestro nuevo colega, el cual y aunque parezca sorprendente, estaba completamente integrado, no ya en la conversación, pues continuó sin soltar palabra, sino en el ambiente mismo, era como si ese fuera su sitio y allí debiera estar. Y allí estuvo, asintiendo o negando según fuera el caso, y sin soltar la copa de su mano. Perdí la cuenta de las copas que se bebió, como también perdí la cuenta de la mías, pero la pasión por la bebida de este personaje parecía no tener fin, probó todos los licores y parece ser que al fin se decantó por el vodka, pues acabó con la botella. Y no teniendo suficiente arremetió también con las demás. Suerte de mi amigo que posee una buena bodega. Pero lo curioso del caso es que todo este alcohol no parecía estar causándole ningún efecto, al contrario que a los demás, pues su rostro y su pose permanecían igual de serenos e inmutables que antes de la primera copa.

Fuera estaba oscureciendo y se acercaba ya la hora de la cena, mi amigo comentó que tenía preparados unos bocadillos y canapés, para aguantar un rato más. Pero en el calor del debate no nos dimos cuenta de su comentario. En ese momento estábamos hablando sobre la vida extraterrestre. El tema había surgido a partir de la política, es curioso sí, pero como una cosa lleva a otra, la política lleva a los presupuestos, en que se gastan, en esto o en aquello, es imprescindible invertir en investigación, qué se debe investigar, se deberían enviar cohetes al espacio, buscar nuevos mundos, pero si estamos destruyendo el nuestro. ¿Es que hay otros mundos? ¿Y si los hay tendrán vida? ¿Serán inteligentes o como nosotros? Bueno, pues más o menos así se llegó al tema. El caso, y pese a mi disminuida habilidad para prestar atención a los detalles fuera de la conversación, es que me di cuenta de que algo le había ocurrido a nuestro sexto invitado. Cuando divagando ya en nuestra charla, llegamos a la parte de la posible vida en otros mundos, noté que empezó a moverse más de lo habitual en su silla, como si se sintiera inquieto o un poco incómodo, prestando todavía más atención a lo que se decía. Parecía por un instante que iba a intervenir haciendo la intención de hablar, como incorporándose para decir algo, pero al momento se arrepentía y volvía atrás.

Estuvimos largo rato con este tema de conversación, y varias fueron las veces en las que nuestro callado amigo hizo ademán de intervenir, pero las mismas se quedaron en intentos. Los puntos de vista sobre este tema fueron diversos, los había totalmente escépticos y otros más partidarios de que sin ninguna duda y por pura probabilidad, a la fuerza tendría que existir vida en otros planetas. Por mi parte yo era bastante reacio a creer que pudiera haber vida en otros mundos, todavía no los habíamos detectado con nuestra tecnología y si ellos no nos habían visitado aún era o bien porque no existían o estaban en un estadio de desarrollo muy inferior al nuestro, a lo mejor todavía eran bacterias o estaban en la edad de piedra. ¿Para qué queremos saber de bacterias o trogloditas que están a años luz de nosotros? Uno de nuestros habituales comensales me rebatía argumentando que bien podían encontrarse en un estadio de evolución similar al nuestro y no contar todavía con la tecnología suficiente, al igual que nosotros, para viajar en busca de nuevos mundos habitados.

La discusión continuó acaloradamente pasando del tema tecnológico y práctico, a la parte más filosófica y moral, sobre si esas civilizaciones serían pacíficas u hostiles, si valdría la pena entablar contacto con ellos o sería más conveniente que nunca nos descubrieran. Y en caso contrario, cómo les trataríamos nosotros si en verdad fuésemos superiores a ellos, ¿nos convertiríamos en sus aliados y les aportaríamos conocimientos y saber, o en cambio les colonizaríamos y esclavizaríamos? Buena parte de nuestra historia demuestra que tendemos a comportarnos así con los pueblos inferiores.

Poco a poco el ritmo de la conversación fue decayendo, era bien entrada la noche y el cansancio y el alcohol fueron haciendo mella en todos nosotros. Fue entonces cuando nuestro misterioso sexto compañero se quedó mirando al anfitrión, ambos asintieron ligeramente con miradas de complicidad, mi amigo carraspeó y empezó a hablar:

– Queridos amigos – en su voz se percibía el cansancio, como en todos nosotros, pero había un atisbo de alegría o emoción en ella – me temo que hoy no he sido del todo sincero con vosotros sobre el propósito de esta reunión y sobre nuestro nuevo compañero de mesa.

Todos nos quedamos sorprendidos con su intervención, todos a excepción el mencionado compañero que continuaba tan impasible como siempre, aunque se le podía adivinar una pequeña mueca de aprobación en su cara.

– Veréis, – continuó diciendo – poco después de nuestro último encuentro recibí la visita de este hombre – señaló a nuestro callado amigo con la mano – que hoy nos ha acompañado a la mesa y en nuestra habitual tertulia. Siempre hemos sido cinco pero la ocasión de hoy merecía esta nueva compañía. Antes de continuar quiero que sepáis ante todo que esta ha sido una de las mejores veladas que hemos tenido y con la que posiblemente más he disfrutado, y espero que a vosotros os haya pasado lo mismo que a mí – dijo mirándonos uno a uno, a lo que nosotros fuimos afirmando y asintiendo con la cabeza – y más teniendo en cuenta que ésta ha sido la última comida que vamos a celebrar todos juntos – el tono de su voz cambió.

Entonces nos pusimos a hablar todos a la vez, diciéndole que no dijera esas cosas, que todavía nos quedaban años por delante o que como broma estaba muy bien; continuando un poco con lo que creíamos que era una jugarreta suya para hacernos la puñeta.

– También os preguntaréis – continuó con tono serio, levantando las manos en señal de silencio y no haciendo caso a nuestras replicas – el por qué ha pasado tanto tiempo entre esta reunión y la última que tuvimos. El motivo, como os he dicho antes, fue la aparición un día en mi puerta de mi querido amigo, al que vosotros llamáis el sexto invitado. En verdad estoy seguro de que a él no le importa cómo le llaméis teniendo en cuenta que el nombre con el que se ha presentado tampoco es el suyo, ya que el suyo resulta impronunciable en nuestra lengua.

A mí ya desde el principio me pareció extranjero, por eso no había hablado prácticamente, el pobre no debía entender casi nada de lo que decíamos, aunque parecía lo contrario. Debería habernos advertido. Todo esto empezaba a parecerme bastante raro.

– Y tendréis que perdonarle por no ser más elocuente en la conversación, pues no ha llegado a dominar nuestra habla, aunque lo entiende todo a la perfección – dijo mirando al sexto hombre de la noche que asintió con una pequeña sonrisa. – Pues bien, a lo que íbamos, a su llegada a mi casa nuestro amigo se presentó como un habitante de otro planeta que había venido a visitarnos y quería aprender todo de nosotros – dijo, y lo dijo con total naturalidad.

En ese momento saltamos de nuestras sillas y empezamos a decirle que como broma ya bastaba, que había bebido demasiado, en fin, después de horas de conversaciones serias no podía venirnos con esas tonterías. Pero mi amigo continuó impasible:

– Claro, enseñarle todo sobre la raza humana lleva un tiempo, que le dediqué con gusto, pues a mi edad no hay muchas distracciones, y el hombre, bueno como quiera que se les llame en su planeta, me pareció de lo más curioso e interesante. Es por este motivo que he estado tan ocupado estos últimos meses.

Nosotros no dábamos crédito a la situación, se le había ido completamente la cabeza, había que hacerle entrar en razón, no podía seguir con aquella broma, era demasiado incluso para él, y lo peor es que no tenía pinta de estar bromeando. Entonces intervine yo:

– Parece que estás realmente convencido de lo que nos estás contando, pero resulta bastante inverosímil, – intenté seguirle el juego a ver si podía hacerle ver las tonterías que estaba diciendo – vamos a ver, si dices que no puede hablar en nuestra lengua ¿cómo os comunicasteis?, ¿no te pareció un poco extraño que te diga que viene de otro planeta sin más señas ni datos, y cómo es que se parece tanto a nosotros? y ¿de verdad has perdido todo este tiempo enseñándole cómo somos?

– Mi querido amigo – me contestó con una amplia sonrisa – en primer lugar no le hace falta hablar para comunicarse, me lo contó todo con la mente, el pensamiento, telepatía, llámalo como quieras pero nos entendemos la mar de bien. En segundo lugar viene de un planeta que desde aquí no se puede detectar con nuestros telescopios, a muchos años luz de distancia, y viaja con una tecnología que no entenderíamos por mucho que nos lo explicara. Y lo mejor de todo es que en compensación por el tiempo que le he dedicado me ha prometido llevarme con él de vuelta a su planeta, ¿os dais cuenta? – exclamó eufórico.

– Sí, nos damos cuenta de que estás complemente loco, los dos lo estáis – dije mirándoles a ambos- ¿Y si a ti puede hablarte con la mente, por qué no nos habla a todos nosotros con la mente? ¿Y su aspecto? Para venir de otro planeta se parece bastante a los humanos.

– Parece ser que su mente solamente puede enlazar con la de otra persona y así quedan conectadas, y esa persona sirve de vínculo entre él y el resto, ¿no es así? – dijo mirando al supuesto ser de otro planeta, a lo que este asintió. – En lo referente a su aspecto lo percibimos como él quiere que lo veamos y no como realmente es, ¿no crees que llamaría demasiado la atención si se presentara en su forma original? Además, ¿has visto cómo bebe? ¿Conoces a algún humano capaz de tragar alcohol en esas cantidades? Casi me vacía la bodega, seguramente su cuerpo lo sintetizará de forma diferente al nuestro– dijo en tono divertido.

– Sé que os puede parecer una locura – continuó-. He organizado la comida de hoy para que mi amigo os pudiera conocer y también como despedida. Aunque no sabía si contároslo y despedirme de vosotros o irme sin más. Pero en la conversación de hoy hemos tocado el tema sobre la vida extraterrestre y al oír vuestros puntos de vista, hemos optado por deciros la verdad. Hemos creído que estarías preparados para oírlo.

No sé qué pensarían los demás pero yo empezaba a creer en lo que nos estaba contando, no ya por los hechos en sí, sino más bien por como sonaban las palabras de mi amigo, él estaba completamente convencido de lo que nos estaba contando, y me estaba convenciendo a mí, aunque mi sentido común me decía lo contrario.

– Ahora si me disculpáis un momento – dijo mi amigo levantándose – tengo que hablar un momento a solas con nuestro nuevo invitado – dicho esto salieron los dos por la puerta que daba a la cocina.

En ese momento los demás nos pusimos a hablar como locos de lo sucedido, que barbaridad, no nos lo podíamos creer, no podíamos permitir que ese tipo tan extraño influyera así en nuestro amigo, podría ser peligroso, le estaba haciendo perder la razón. Había que intervenir, ya habíamos tenido suficiente, nos disponíamos a hablar seriamente con él cuando de repente empezamos a escuchar un sonido metálico, como un silbido, entonces callamos todos. Provenía de la cocina y empezó a subir de tono hasta que empezó a ser molesto, nos levantamos corriendo a averiguar qué estaba pasando, pero de repente una explosión y una luz cegadora nos echó a todos al suelo. Durante unos instantes no supimos qué había pasado. Me levanté el primero y tras comprobar que los otros estaban bien me dirigí corriendo a la cocina, los demás me siguieron. Al abrir la puerta no vimos a nadie, no estaban, tampoco había rastro de ninguna explosión. La puerta de la cocina que daba al jardín estaba cerrada por dentro y las ventanas tenían rejas. Buscamos por toda la casa y por todo el jardín durante el resto de la noche y al día siguiente sin encontrar ni rastro de ellos.

Y hasta el día de hoy seguimos sin saber lo que realmente sucedió allí. De vez en cuando nos juntamos y siempre acabamos buscando algún tipo de explicación racional a lo que pudo haber pasado. Yo, sin embargo, a veces prefiero imaginar en cómo será el planeta donde vive ahora mi amigo.

Yocasta, reina a toda costa

LUIS ANTONIO BEAUXIS

Yocasta, reina a toda costa

– ¡Me cago en Sagitario “A”!

Semejante exclamación, completamente impropia en una dama, es una de las dos cosas que Yocasta ha conservado de su conflictiva relación con Wookie Jones, un robusto camionero espacial. La segunda es esa cicatriz de casi quince centímetros que le atraviesa el rostro, ya de por sí poco agraciado, desde la sien izquierda hasta el mentón.

Yocasta regresa a casa luego de convalecer, durante algún tiempo, en el Planeta Esculapio, donde ha sido sometida a una intervención quirúrgica.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – vuelve a exclamar, golpeando furiosa el tablero de mandos.

Los instrumentos demuestran fehacientemente su resistencia a los impactos y no modifican en lo más mínimo las cifras. Ya no puede caber duda alguna: el reactor de la nave se dispone a estallar, de un momento a otro.

Ante la perspectiva de transformarse en un sinfín de partículas ionizadas a ser esparcidas por el espacio sideral, el desolado Planeta Patusán relumbra ante sus ojos como un fresco oasis en medio del desierto de Deneb.

Ahalda, la Reina de las Guerreras de la Estepa, despierta al alba según su costumbre. Con ojos aún soñolientos descubre el cuerpo masculino que reposa a su lado en la chamandra. Está a punto de blandir la espada pero recuerda, justo a tiempo, que la Tribu se encuentra en medio de su período ritual de apareamiento. Ella misma ha capturado a ese cazador y lo ha traído hasta el campamento de la playa, cruzado sobre el lomo de su cameleopardo.

Sonriendo como un draugdûr que ha olfateado su presa, la Reina Ahalda se desliza bajo las pieles que recubren el jergón. Su lengua y labios se afanan hasta arrancar de su letargo al miembro viril del cazador.

La hembra desnuda arroja lejos de sí las pieles y se encarama sobre el compañero yacente, liberando ese mismo grito penetrante que suele lanzar al montar en su cameleopardo.

El cazador, aunque algo adormilado, responde adecuadamente. Por fortuna ha resultado ser un buen amante. “¡Ojalá que también sea fértil!” piensa la Reina mientras alcanza un nuevo orgasmo.

Ahalda se tiende boca arriba, siente crujir la arena bajo su espalda, coloca los puños bajo las caderas, eleva las rodillas y oprime los muslos uno contra otro, buscando retener hasta la última gota del precioso fluido seminal.

– ¡Qué sed tengo! – exclama al cabo de un rato – Dame ese frasco de allá ¡pronto!

El cazador obedece y le alcanza el recipiente de arcilla cocida que ella ha señalado. La Reina retira el zafirlázuli en bruto que hace las veces de tapón y escancia el contenido en una copa fabricada con un cráneo humano. La lleva a sus labios y bebe largamente, sin hesitar.

– Ahora tú – con ademán imperioso, tiende la copa al cazador.

Éste acata la orden real y vacía el resto del líquido, chasquea la lengua y se desmorona. La acción de la Poción Nupcial Regia es fulminante, no hay macho que sobreviva a sus efectos; ni siquiera los embriones, esto garantiza a la Reina que siempre parirá hembras.

Ahalda descansa, pronto vendrán sus guardias para deshacerse del cadáver con discreción, arrojándolo al Torbellino con sendas rocas atadas a los pies. Los ocasionales consortes de las demás Guerreras, que serán devueltos a sus respectivos poblados, no deben sospechar la suerte que ha corrido el padrillo real.

Los rayos del rojo sol patusano lamen la rizada superficie del Mar de Vilayet. Un par de musculosas Guerreras acaba de arrojar en el Torbellino el cuerpo del más reciente consorte de la Reina Ahalda. Desde lo alto del acantilado, las mujeres lo ven desaparecer entre las vertiginosas ondas. Cuando se disponen a regresar al campamento de la playa, una parábola de fuego enciende aún más el horizonte.

Los dos pares de ojos, desmesuradamente abiertos, siguen hipnotizados la curva trayectoria hasta que culmina con una explosión enceguecedora contra el Escollo del Dinoceronte.

Aunque aturdida por el violento ingreso en la atmósfera patusana, Yocasta ha conseguido abandonar la nave antes de su estrepitoso final. La frialdad de las aguas la ayuda a despabilarse lo suficiente como para comprender que una especie de remolino está intentando arrastrarla hacia las profundidades, tendrá que apelar a toda su potencia muscular si es que desea derrotar aquella ávida succión para alcanzar la costa salvadora.

Ambas Guerreras, desde el acantilado, son meras espectadoras que solamente pueden lanzar voces de aliento que se pierden en el aire marino sin llegar a los oídos de Yocasta. Cuando comprenden que ésta ha conseguido escapar del Torbellino, descienden corriendo hacia la pedregosa caleta para evitar que la resaca vuelva a arrastrar a la nadadora exhausta mar adentro

La ayudan a incorporarse, la colocan entre ambas y, una vez que todas han recuperado el aliento, emprenden juntas la marcha hacia la playa.

Otras Guerreras, atraídas por la explosión, han venido a su encuentro y contemplan admiradas a aquella mujer desconocida que camina apoyándose sobre los hombros de sus compañeras. Pese a que éstas son de las más altas de la Tribu (no en vano han sido seleccionadas para integrar la Guardia Real) la recién llegada las supera casi en media cabeza…

Su cuerpo está prácticamente desnudo, las ropas se han deshecho contra el fondo rocoso de la caleta, sólo la correa del bolso hermético (en el que guarda sus efectos personales) le cruza el torso en bandolera realzando unos pechos magníficos. El agua marina escurre aún desde lo más profundo de su sexo, corriendo por sus muslos como columnas. Los bíceps sangrantes, bajo el sol patusano, semejan dos masas de metal bruñido y esa imponente cicatriz, que campea en su faz, pregona a las claras que la desconocida es una mujer de armas tomar ¡digna huésped para la gloriosa Tribu de las heroicas Guerreras de la Estepa!

– Bienvenida – Ahalda se ha ceñido la diadema de oricalco y recibe a la heroína en las afueras del campamento.

Ha avanzado hacia ella todo cuanto su dignidad real le permite, de acuerdo con lo que prescribe el Ritual. Yocasta se hace cargo del honor que se le dispensa y, desprendiéndose de sus acompañantes, se adelanta sola al encuentro de la Reina que la estrecha en un abrazo, ante la algarabía de toda la Tribu, para conducirla luego a la chamandra de la Hechicera, que unge las heridas con bálsamos curativos mientras alguien procura algunas ropas con que cubrir la desnudez de Yocasta. Ésta se viste, recoge su enmarañada cabellera roja con una cinta de igual color que ha extraído del bolso hermético, pero no logra calzarse las sandalias: no hay ningún par lo suficientemente grande. Se encoge de hombros y sonríe, después de su penosa experiencia espacial está segura de que no le molestará sentir la arena suelta bajo sus pies durante una corta temporada.

 

 

Para desazón de Yocasta, que se había propuesto olvidar tantas penurias en una ardiente noche de placer, esa misma tarde parte un destacamento de Guerreras con la misión de conducir cada hombre al pueblo que pertenece.

La época ritual de apareamiento ha finalizado, se aproxima el momento de abandonar la costa y retornar al interior de las purpúreas estepas patusanas. Esto, ciertamente, no se encuentra en los planes de Yocasta. Hábilmente interroga a sus nuevas amigas hasta averiguar que, en algún lugar de la costa, existe un puerto al que arriban vapores de mercaderes para cargar zafirlázulis, oricalco, pieles de draugdûr y cameleopardo, cueros y cuernos de dinoceronte, productos que venderán al otro lado del mar en cierta ciudad conocida como la Capital. Tal vez en ella pueda encontrar un navío estelar que la transporte de regreso a su casa.

– Imposible – responde Ahalda, frunciendo el ceño, cuando Yocasta solicita ser conducida hasta el puerto mercante – Las Guerreras no nos mezclamos con esa gentuza, lo prohíbe el Ritual.

– Pero no es necesario que se mezclen con ellos – insiste la otra – Sería suficiente con que me condujeran hasta algún lugar cercano al puerto desde donde yo pueda alcanzarlo sin extraviarme…

– No puedo darte una escolta. Necesito a todas mis Guerreras conmigo – replica la Reina – Muy pronto volveremos a la Estepa, también lo harán las manadas de dinoceronte. Cada brazo, cada pica, cada cameleopardo deben ser son sagrados a la caza.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – estalla Yocasta, extrayendo de su bolso hermético un puñado de billetes de diez mil centonios – ¡Yo puedo pagarles!

Ahalda sacude su cabeza coronada de oricalco.

– Eso aquí no vale nada, vuelve a guardarlo ¡te lo ordeno! Todo lo que cuenta entre nosotras es el coraje, la fuerza y la destreza; tú has demostrado tenerlos – la Reina sonríe como un draugdûr – ¿Te atreverías a desafiarme, Yocasta?

– ¡Por supuesto!

– Bien – aprueba Ahalda – Si me vences, serás Reina hasta el mismo

día de tu partida, tienes mi palabra.

– Pues… ¡adelante, luchemos! – la desafía Yocasta, poniéndose en guardia.

– No, no – se ríe la Reina – El Ritual no permite que una Guerrera pelee con

otra cuerpo a cuerpo, ambas podrían ocasionarse un gran daño que sería doblemente malo para toda la Tribu. Sígueme, tenemos Cinco Pruebas por delante.

– Las Cinco Pruebas que el Ritual prescribe son: tiro con arco, lanzamiento de la pica, carreras a pie, en cameleopardo y nadando – enumera la Hechicera – La que triunfe por lo menos en tres de ellas será la vencedora.

Para el evento de tiro con arco las Guerreras disponen, en un extremo de la playa, dos gruesos cueros de dinoceronte con otros tantos blancos pintados. Ahalda derrota a Yocasta con suma facilidad, pero ésta se toma cumplido desquite con la pica y pasa al frente en la carrera pedestre, de reñidísimo final.

La competencia en cameleopardo permite que la Reina iguale la línea de su retadora (poco familiarizada con semejante cabalgadura) para regocijo de toda la Tribu.

La prueba de natación definirá el desafío.

– Tendrán que nadar hasta el promontorio – explica la Hechicera – La primera que regrese a la playa ganará las Cinco Pruebas y la diadema real.

Una de las guardias hace sonar su cuerno dando la señal de partida.

Yocasta y Ahalda corren por la arena húmeda y se zambullen en el Mar de Vilayet. Las Guerreras, expectantes, contienen la respiración.

En un principio van muy parejas, pero el recorrido es largo. La Reina conoce las corrientes y, poco a poco, va cobrando una ventaja más que apreciable. Es la primera en alcanzar el promontorio.

Al emprender la vuelta se cruza con Yocasta. En ese preciso instante la acomete un feroz calambre en pleno vientre que la obliga a doblarse en dos, lejos de cualquier probable intento de socorro por parte de las guardias que la contemplan impotentes desde la costa.

Yocasta no puede creer tanta buena suerte: ¡la perra se ahoga! ¡La corona ya es suya! Sólo tiene que regresar a la playa y retirarla del trípode sobre el cual ha sido colocada.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – una duda ha germinado en su mente – ¿Y si estas yeguas pretenden que siga siendo su Reina para siempre?

Uniendo la acción al pensamiento, con su brazo izquierdo toma a Ahalda por el cuello y, a duras penas, consigue trasladarla hasta la orilla donde las guardias reales las asisten a ambas.

Todas las Guerreras aclaman a Yocasta. La Hechicera brinda los primeros auxilios a Ahalda y es ésta misma la que, una vez recuperada, se encarga personalmente de ceñir la diadema de oricalco en las sienes de Yocasta Reina.

– ¡Atención! – reclama la nueva soberana – Esta es mi primera orden: tráiganme un hombre, hecho y derecho. ¡Rápido! Lo quiero para esta misma noche.

Las guardias obedecen con presteza, después de todo, la flamante Reina no ha podido disfrutar todavía del ritual de apareamiento. Capturan un fornido cazador en el poblado más cercano y lo conducen, sin tardanza, hasta la chamandra real que Ahalda ha cedido a Yocasta junto con todas sus pertenencias.

La Reina Yocasta se despierta al alba, después de una larga noche de pasión. Estima que tiene tiempo suficiente, para hacer el amor al menos una vez más, antes de que las guardias vengan a llevarse a su compañero, según instituye el Ritual.

– ¡Estúpido ritual! – exclama mientras monta al cazador, sepultándolo bajo su físico imponente.

“A propósito de rituales estúpidos – piensa retirándose, al comprobar que el miembro viril de su compañero ya no es más que un gusano fláccido – todavía tengo que cumplir con ese otro de la Poción Mágica. No sea cosa que, por haber faltado al Ritual, estas bárbaras supersticiosas dejen de obedecerme. ¡Cuánta mierda!”

Toma el recipiente de arcilla cocida que contiene la Poción Nupcial Regia, retira el tapón de zafirlázuli y busca un vaso en medio de la confusión imperante dentro de la chamandra. Sólo encuentra la copa de cráneo humano. Le repugna profundamente tener que beber en ella, lamenta no haber incluido un vaso entre los efectos personales que guarda en su bolso hermético. Escancia apenas la mitad del líquido dentro del cráneo, ella prefiere beber directamente del pote de arcilla.

– ¡Eh, tú, fortachón! – sacude al cazador, que ha tornado a dormir, y le tiende la craneocopa – Toma, brindemos por nuestro futuro.

Chocan los recipientes. La Reina y su compañero trasiegan al unísono la Poción Nupcial Regia, contraviniendo la recomendación de Ahalda:

– Bebe tú primero, para que él no sospeche – había dicho – No temas, la Poción Nupcial Regia no puede causarte ningún daño.

– No está nada mal – comenta Yocasta, chasqueando la lengua aprobatoriamente.

Cuál no habrá sido el estupor de Ahalda y las guardias reales cuando, al acudir en busca del cadáver del cazador para precipitarlo en el Torbellino, encuentran tendido junto a él el cuerpo sin vida de la propia Reina Yocasta.

Sin que sus mentes simples intenten analizar las probables causas de aquel deceso tan deplorable como inesperado, las Guerreras tributan a Yocasta las honras fúnebres que el Ritual establece para la soberana de la Tribu.

Ahalda, reasumida ya su condición de Reina, hereda el bolso hermético que perteneciera a la difunta. Entre los efectos personales de ésta encuentra un par de documentos que, naturalmente, ninguna de las integrantes de la Tribu está en condiciones de leer. Uno de ellos es un Pasaporte de la Comunidad de Estados Unidos e Independientes, cuya foto holografía presenta una muy vaga semejanza con Yocasta, expedido a nombre de John Castorp Palmer (YQ645740334). El segundo es una factura por un millón y medio de centonios, de un prestigioso cirujano del Planeta Esculapio, por concepto de honorarios profesionales en una operación de cambio de sexo.

Al fondo del río

ANDRÉS UGUERUAGA

Al fondo del río

Increíble que hoy día persistan organizaciones secretas obsesionadas en perfeccionar la vida de los ciudadanos, venidas encima de otros mundos. Afirman algunos columnistas de la prensa amarilla, que la idea es perfeccionar y copiar vidas terrestres, exportar seguidillas de vivencias a otros planetas. Se trata de planetas de otras galaxias, desconocidos por los terrícolas. Aquellos extraños seres alienígenos iniciaron un proyecto de mejorar las fuertes tormentas solares, paisajes pedregosos y anaranjados de sus planetas, para cambiarlos por otros más verdes y benévolos, parecidos a los de la Tierra. Los especialistas, a veces osados en sus hipótesis, afirman que estas organizaciones secretas en nuestro planeta son comandadas desde el espacio exterior. Domingo Santos Nilsson aseguró que la orden es enviada desde el espacio exterior, una nave nodriza gira alrededor de la Tierra. La orden es recibida por aliens que viven entre nosotros. Ahora, se preguntaba Santos Nilsson mordiendo la punta de la patilla de sus lentes: ¿cómo hicieron para llegar a ciertas personas, las cuales formaron estas novedosas organizaciones?

Ahí reside el meollo. Fueron a su auxilio especialistas de otras latitudes del mundo: Arturo Raimonda del Perú, habló de la telepatía; Jurgen Wilko, de Copenhague, habló de raptos de familias en auto, en medio de la ruta (siempre por la noche); desde Yemen, Jovino Al Farik enfatizó en la usurpación de conciencias humanas. “¡Muchas son sus técnicas!” Completó un especialista judío de New York, antes de ubicar un ladrillo más a sus teorías, las cuales la comunidad científica juzgó como endebles. Aunque mayormente intangibles e improbables a la razón humana, la existencia de estos seres extraplanetarios, era de una inteligencia superior a la nuestra, sus modos superaban por lejos nuestro preciado pensamiento científico. Lo cierto es que en los pasillos de aquel recinto –y desde hace tiempo– empleados en mangas de camisa circulan como hormigas ideando paraderos, destinos y hogares para gente que no nació. Ocupaciones, estatus y familia; obstáculos, amistades y enemigos…La labor exige una dedicación integral y detallista.

A las tres de la tarde en una tarde lluviosa de mayo de 1968, el secretario, un joven rubio de patillas y bigotes, fue al despacho del presidente de la organización. Bajó de la cámara de consultas que quedaba en el segundo piso, traía consigo cien legajos que seis profesionales diseñaban. Dio dos golpecitos a la puerta diciendo: “Jefe, aquí traigo los expedientes”. El jefe lo recibió con su mejor sonrisa. Ni bien dejó los papeles al lado de un mapamundi en el escritorio, el joven giró sobre sus pies y se retiró. Tenía mucho trabajo aquel día. Afuera, una multitud llena de pancartas y gritos les arrojaba piedras a soldados con escudos y camiones hidrantes.

Sin mirar al joven y muy contento, el jefe se puso los anteojos y leyó a vuelo de pájaro los cuatro primeros que habían allí: Xiao Chang-Ho, de la China septentrional; Leticia Calinski/Espósito, de Uruguay; Néstor Guevara y Sebastián Orrego, ambos de Argentina.¡Aquel era un día distinto! se sacó los lentes, su índice y su mayor sobrevolaron el plástico del mapamundi y dijo “¡sí!”. ¿Había alguna sorpresa en ello? ¿Saldría de allí algún Napoleón, algún presidente, alguien que inventara el antídoto contra las caries? La idea principal era la libertad para estos ciudadanos. A las siete de la tarde ya estaban aprobados estos cuatro primeros: una firma en la base de las caratulas lo confirmaba –. Apenas una tachadura en el apellido en la carpeta de Leticia, con la posterior aclaración al margen de la hoja.

(A las ocho, y como fue costumbre desde 1880 hasta el 2000, un practicante pasaba a buscarlos por el despacho. Los ordenaba de la A a la Z en una destartalada estantería de caoba, en la planta baja de aquello que parece hoy una casona gris y embrujada, cuyo rasgo distintivo es una cigüeña de bronce que corona el frente de la misma. De allí, aprendices entraban y salían, llevando las carpetas a distintas oficinas y registros civiles del mundo. Es ahí cuando el plan comenzaba con sus puntos y comas.)

Orrego nació el 6 de mayo de 1968 en Santa Fe, en un barrio suburbano de obreros lleno de calles tierra, casas bajas y caballos que pastaban en los baldíos. En el día de su nacimiento, su vecino, un presidente comunal que desapareció misteriosamente, apareció en la página central del diario, comentando sobre extraños círculos en el césped de una cancha de futbol, justo enfrente a la casa de Orrego.

Orrego, como hijo no reconocido, no las tuvo todas a favor pero esto no lo acongojó. Era flacucho, usaba anteojos de mucho aumento debido a una gran miopía que heredó de su padre. En la secundaria jamás se destacó en nada. Se la pasó sin pena ni gloria trabajando como lavacopas, cadete de albañil o conserje de algún motel. Si bien le gustaba juntarse con sus pocos amigos en la plaza, su madre desde muy temprano le inculcó el valor del trabajo, y “a fuerza de sudar la frente” como ella siempre le decía, las cosas una tras otra se le fueron dando.

En 1989, el muchacho vendía telas en su propio bazar que quedaba a quince cuadras de la popular avenida Freyre. A pesar de su juventud, era poseedor de la mitad de una manzana, alguna casona, una verdulería, un quiosco, una pizzería, y un minimercado anexo pescadería. “¡Pero qué suerte que tiene este chico!” decían las señoras del barrio. “Tan joven y con tanto por gastar” Y tenían razón, porque la vida del muchacho era sencillamente increíble. Antes de cumplir los 17, y por consejo de un vecino, jugó la lotería de Navidad sacando el primer premio. Como aquello no era legal para un menor de edad, don Gregorio Piedrabuena, el dueño de la agencia, se presentó como el tutor. Cobró el dinero y se lo dio sin exigirle nada a cambio. Gordos mazos de billetes fueron a parar contantes y sonantes a sus bolsillos, los que guardaba debajo de su colchón ya que desconfiaba de los bancos. Esta gran fortuna fue malgastada en cabarets y cinco Fiat 147 (rojo, azul, blanco, verde y rosado) todos flamantes y prematuramente destrozados, porque Orrego amaba la velocidad pero también el vino tinto bien helado y el ron.

Sucede que una madrugada después de que su Fiat 147 blanco se quedara sin combustible en medio de un descampado y frente a una canchita de futbol, el chico-fortuna caminó distraído por Freyre y Mendoza. Desde un zaguán y a tientas, una mujer alta y gorda, maquillada y de corsette, salió hasta la vereda y lo tomó de los brazos y luego de las muñecas siempre por detrás. Quería seguramente meterlo allí dentro, para violarlo o robarle el dinero que llevaba consigo. Giró su cabeza como pudo y al verla quedó pálido por el tamaño y fuerza de esta mujer. Intentó de todas las formas liberarse de esas manos que le estrujaban las muñecas como dos prensas. Y cuando sus fuerzas ya se agotaban y la mujer estaba a punto de cumplir su cometido, apareció corriendo un linyera, gritando que por favor lo soltara.

La mujer abrió bien grande los ojos y obedeció. Orrego se quedó masajeando atónito las muñecas por un buen rato, testigo de esa rara escena. Le pareció que por el tono en que se hablaban eran conocidos desde hacía tiempo. Antes de terminar la discusión la mujer comenzó a llorar, tanto que el rimel de los ojos se le fue corriendo hasta mezclarse con el rouge de los labios. Conforme comenzaron a caminar, a Orrego el alma le volvió al cuerpo. A la media cuadra el linyera le pasó la mano y despues una botellita de Coca Cola con vino blanco adentro, “Me podés llamar Wiski” le dijo y una vez más estrecharon las manos como verdaderos caballeros. Caminaron 30 cuadras hablando de muchas cosas. A Wiski le gustaba hablar mucho, y mientras éste le decía su perorata como si se tratara de un verdadero favor, Orrego bostezaba dándole a entender que no daba más del sueño. ¡Ya iban más de 15 cuadras y no había parado! Decía en voz baja Orrego. Allá por la cuadra 20, siempre por la avenida Freyre y a la altura del estadio de Club Atlético Unión, el hombre de los harapos le confesó de unas organizaciones secretas. Después de la cuadra 25 Orrego suspiró, lo empujó, le recriminó que olía a lobo podrido, a perro mojado. El vagabundo lo miró ofendido y se alejó gruñendo para perderse en la niebla de la madrugada. Pero aquel mal momento no fue motivo para que el muchacho olvidase sus comentarios; quedaron girando en su cabeza versiones de clanes que cambiaban la vida de la gente sin que nadie lo supiera; de que  “podrías estar frente a una y no verla.” Esto lo llenó de miedos y anhelos. Se preguntaba si aquellas instituciones eran buenas o malas, si eran de Dios o del Diablo. Estos temas se esfumaron pronto, cuando conoció en un casamiento a Marisa, la chica enamorada y dispuesta a todo. Pero cuando ella tomó otro rumbo para perseguir a otro hombre, esta obsesión reapareció.

Al cumplir los 23, su imperio se desparramó como una mancha de tinta en el agua, teniendo la posibilidad de comprar más tiendas de telas y una concesionaria de autos usados y otro quiosco. Y como si fuera poco, a sólo cuadras de su modesta casa natal. Las cosas iban a toda vela para el muchacho. Las mujeres en aquella época se le regalaban y sencillamente no podía con todas. “¿Este chico no descansa!” se quejaba entre preocupada y sonriente su madre, y lo cierto es que ellas admiraban sus brazos delgados, sus hombros algo alzados. Ellas anhelaban su dinero, su estatus en aquel mundillo comercial retirado de las turbulencias del centro. No cabía duda de que el equilibrio de los planetas le hacían favores a Orrego: salud, dinero y amor iban en hilera hacia su persona, igual que las moscas a la miel.

Un detalle importante es que Orrego además practicó boxeo desde muy pequeño, deporte en el que encontraría las primeras semillas de su gloria deportiva. Fue a los 23 cuando logró campeonar como peso pluma con 56 kgs. de fibra y nervio tras vencer al “Relámpago” Arce, el 12 de marzo de 1992. No existía rival que le presentara pelea porque era un ganador en la vida, y arriba del cuadrilátero tenía un excelente manejo de pies. Sus rivales caían uno tras otro, o bien abandonaban la pelea en el quinto o sexto round, rogando que el rincón tirara la toalla.

Los laureles llegaban y una tarde en el gym mientras saltaba la soga, su entrenador Joselo se sacó el escarbadientes de la boca y le comentó de una invitación para participar en las Olimpiadas de Barcelona. Finalmente no viajó. El chico de la suerte pensó que su entrenador mentía, porque esa carta dudosamente nunca llegó a sus manos. Ése fue uno de los pocos incisos pendientes en su vida.

A los 25 llegaron mujeres de mejor nivel y estatus, más dinero, más honores, medallas y viajes, como si Houdini hubiera puesto su toque de gracia. Pero no voy a decir que las tenía todas a favor, porque en un momento se vio en el cruel dilema de abandonar su carrera en los rings, o sus negocios de por sí exitosos, rentables y cómodos. Finalmente no se desprendió de ninguno de los dos. Continuó su vida libertina igual, con enérgicas dosis de trabajo en ambos ámbitos.En aquellos días locos, y por siempre fiel a su estilo, mantuvo su lugar predilecto: el bar “El Chango”, el bar del barrio de Orrego, en donde recibían al campeón con aplausos y palmadas cariñosas. Era común verlo allí pagando rondas de vino y nadie se lo reprochaba.  “El Chango” era propiedad de un chino que se acriolló y tomó todas las mañas. Era el lugar en donde Orrego se formó como persona, según sus propias palabras. Él mismo en una entrevista para un diario lo reconoció como su universidad, su lugar en el mundo. En esa ocasión confesó, como era su costumbre, que su trago favorito seguía siendo el vino tinto de la casa. Es más, después de cada pelea, se daba una ducha, se calzaba su gorra de visera azul que hacía juego con su saco azul Francia, y se metía en “El Chango” para entregarse a la loca fiesta de hombres divorciados y prostitutas venidas a menos.

En aquel ya histórico bar, hay quién aseguró que trabó amistad con el ingeniero civil Eduardo Calinski, esto ocurrió en junio de 1992. Calinski era oriundo de Reconquista y padre de una bella hija llamada Leticia. Se trataba de un hombre espigado, canoso y de “ideas raras”. Se caracterizaba por usar camisas blancas y por una leve renguera en su pierna derecha. Eduardo desde el comienzo se sinceró con Orrego y le dijo que hubiera deseado tener un hijo como él. Desde aquel encuentro la amistad se extendió mediante llamadas telefónicas y con algún que otro encuentro en el campo de Calinski. Al joven boxeador le inquietaba su voz, porque en sus silencios siempre se remozaba alguna expectativa o espera. El paternal y desconocido hombre le proponía mejorar las ganancias con ciertas técnicas de venta y en más de una ocasión le insistió que abandonara sus peleas, y que no se explicaba cómo pudo ser campeón y llevar tan bien sus negocios, sin dejar de divertirse de jueves a domingo. Orrego sonrió, empinó el vaso de vino, los cubitos de hielo sonaron como campanillas. El ingeniero advirtió que el muchacho se ponía colorado de rabia, cambiaba de tema y le hablaba de negocios, venta de lanas, alpaca, telas, hilos, mantelería, remeras de poliéster.

 

**

 

Una mañana de domingo de enero de 1995, volviendo de un casamiento y con su saco arrugado y pasado de copas, se cruzó a la parada de colectivos en donde estaba una chica llamada Leticia. Orrego se le acercó, le ofreció un cigarrillo y Leticia aceptó. Seguro de sí, le convidó fuego y aprovechó para acariciarle los labios. Ella hizo como si nada, miró a los costados y después directo a los ojos. Aspiró una larga pitada mirando los carteles luminosos de los comercios aún prendidos. Esperando el colectivo, hablaron del clima, de la playa de Paraná, del baile de “Los Palmeras.” Sin saberlo, esta relación cambiaría la vida de los dos.

Leticia vivía en Reconquista, 300 km al norte, igual que el ingeniero Calinski. Ella le contó entre risas que estaba de vacaciones en Santa Fe y que amaba tomar sol, le encantaba las palomas de la plaza del Palomar y la vida al aire libre, y le ofreció su cuello para que Orrego aprecie el perfume que estaba estrenando, un Carolina Herrera importado. Orrego en ese momento sintió el flechazo. Desentendida, insistió en que amaba el río y el Puente Colgante, pero retornaría a su pueblo el lunes. Intercambiaron comentarios frívolos y ella le dio el número telefónico del hotel, él lo anotó en su paquete de Marlboros. Al llamarla al anochecer de aquel domingo, lo atendió la voz impersonal del conserje. Al preguntarle por una tal Leticia, el empleado del hotel hizo un silencio, y dijo: “Si. Leticia Calinsky, habitación 15, ya le paso.” Entonces apretó el botón del conmutador, siguió un sonido puntuado, y de pronto el cielo se abrió: era la voz de Leticia.

Orrego estaba sorprendido y confundido como nunca, pero Leticia era más que hermosa y no quería perder el tiempo: largas piernas, vientre chato, ojos verdes y un largo, largo cabello negro que siempre llevaba en rodete. Aunque era dulce y cálida, la chica desconfiaba a muerte de los hombres. A todos los acusaba de hipócritas y capaces de cualquier cosa con tal de llevarse a la cama a una mujer.

A los 26, Leticia continuaba virgen y era objeto de bromas por parte de sus amigas. Cuando ella les comentó de Orrego, ellas celebraron con dos botellas de champaña helada y le propusieron dar vueltas por el centro. “¡Por fin había algo que la cautivaba!” decían felices. Un no sé qué vivía en este hombre que se le acercó con los ojos rojizos como un tomate: la mirada le hacía recordar a la de su padre (ya por entonces fallecido), sus manos a un compañero de la secundaria que a ella le gustaba.

Revisando la vida de Orrego, algo mágico ocurrió el domingo siguiente a verla en aquella parada de colectivos, porque a las 7 de la mañana, Leticia y Orrego estaban en un hotel cuatro estrellas de Reconquista, en la suntuosa habitación 107. Amanecieron juntos para continuar haciendo el amor sin importarles nada. Extraño, maravilloso, único y notable. Muchas promesas surgieron entre esas 4 paredes lujosamente empapeladas, incluso hubo un humilde vino de la casa de por medio, que el conserje del hotel llevó a las 6:30 hs a pedido de Leticia.

Más besos y arrumacos, Orrego ofreció venir a vivir a Reconquista. Él echó las cartas sobre la mesa y esto hizo sonreír a Leticia, quien aceptó la oferta. Leticia ya no era la misma. Tenía que hacer mucho para llenar ese remolino de vacío que durante las noches  le quitaba el sueño y la paz. Entre más y más arrumacos y besos, adivinó que las luces negras de los viejos días se apagaban para siempre. A pesar de que cada uno continuó viviendo en sus respectivas ciudades, la relación prosperó y complicó los cálculos de la organización que vigilaba la relación a la vera de un famoso boulevard de París.

Ignorante de esto, Orrego continuó defendiendo cada 15 días su titulo como superligero, abultando su increíble record de 38 peleas sin perder, y apenas un empate registrado hacía años atrás. Leticia en cambio siguió su trabajo regenteando su propia rotisería, viviendo con su madre, a pesar de su bienestar económico. Era increíble porque madre e hija compartían una enorme casa de dos pisos con 5 dormitorios en la parte de arriba, dato que fascinaba a su prometido. Las dos se llevaban muy bien y eran muy amigas, al punto de salir los sábados por la noche a las mismas discoteques.

 

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La organización más que preocupada enviaba personas para que Orrego volviera a sus cauces normales. Pero nada ocurrió en vano: un domingo de marzo por la noche, y ante la sorpresa de madre e hija, el prometido pisó la ciudad con un enorme tráiler verde, acoplado a su Peugeot 504 blanco adornado con llamaradas anaranjadas y amarillas, pintadas en sus puertas. Allí lo tenían ante sus ojos azules y perplejos. Se bajó del auto con dos enormes ramos de rosas y abrió los brazos a modo de suplica. Quería vivir con ellas y lo logró en un santiamén. Ana, la madre de Leticia, era una mujer nada convencional. Se sintió agradecida de que un hombre como Orrego llegara a casa. Allí hacía falta un hombre, siempre les decía a sus amigos los domingos por la tarde. Desde el fatídico 12 de marzo de 1994, día en que su marido Eduardo Calinski falleció por causas poco claras) nunca más hubo un hombre en su vida, ni en su casa.

Aquella noche los tres cenaron en el living. Ana sirvió una fuente llena de sándwiches de cordero y salsa tártara, acompañados con enormes vasos de cerveza negra helada. Ella habló brevemente del marido muerto por intoxicación con arsénico, pero el peor veneno era la gente que hablaba, porque eso nunca fue comprobado. Y de repente la viuda se rió y a los segundos sus ojos lagrimearon estropeándole el maquillaje. Era un hecho demasiado reciente y las heridas debían curar, claro. Orrego miró al fondo de aquellas miradas necesitadas de un buen hombre. Ellas no tenían cara de ser asesinas ni malvivientes. Parecían a los ojos de Orrego victimas, mujeres desamparadas, hermosas y solas.

Levantó el vaso diciendo “¡salud!” y dio un trago, las mujeres sonrieron. No tardó en contarle a Ana de sus actividades, de su título de campeón municipal, inflado de orgullo contó que iba a publicitar en las peleas para marcas más o menos reconocidas. No dio mayores detalles al respecto. Lejos y desentendida del deporte de las trompadas, la madre igualmente le guiñó el ojo derecho: “no te preocupes” le dijo, “es un viejo tic,” y los tres nuevamente rieron.

Esa noche y tantas otras, durmió en el dormitorio de la bella Leticia y por vez primera se sintió el hombre más feliz de la Tierra. Desde aquel momento, su vida dio un vuelco, y se volvió más hosco. Le gustaba Reconquista, sus calles y mujeres, el verde y las flores rosadas de los lapachos, pero se le había dado por desconfiar de la gente, de todo lo que la película de la vida le mostraba. Instaló su negocio en el alejado barrio La Loma, en un galpón que había servido de garaje para colectivos de larga distancia. La venta no fue la misma pero al menos le servía para mantenerse ocupado.

Quiroga, su nuevo e irrelevante entrenador en el Club San Manuel, le preparó para junio de 1996 otra defensa. Abril, mayo, junio, la fecha para la pelea llegó rápido. Se vendó en el baño para hombres del club, pensando en el físico del rival. Se calzó su pantalón violeta, ató los cordones de sus viejas Everlast, movió un poco los brazos, piernas, cuello.

Su retador venía de Banderas, Chaco. Orrego vio fotos suyas poco antes de salir: el físico poco nutrido y fuera de estado, la cara de haber recibido bastante, el tabique roto, la boca rota pero sonriente que mostraba dientes amarillentos como los de una hiena carroñera y cruel. En su pantalón blanco en la parte de adelante, estaba bordada una enorme N y una G, y detrás en letras bien grandes, el nombre “Néstor.”

Néstor Guevara ostentaba un record que según Orrego daba lástima y risa: 44 peleas, 26 ganadas, 10 empates y 8 perdidas. Ya casi camino al ring, ya con los guantes calzados y el torso embadurnado de vaselina, el organizador le habló de un boxeador dado al alcohol, algo desordenado y con poca tolerancia a los ganchos al hígado. Su mano más peligrosa era el recto de derecha. Le aconsejó que trabajara a la distancia. “Así que cuidado al largar tu izquierda. Lo mejor es trabajarlo al cuerpo.”

Subieron al ring. El réferi les habló de las reglas, chocaron los guantes y sonó la campana. Pelearon como hermanos, es decir a muerte. Pasó el primer round que no fue sencillamente de estudio, porque en sus miradas y puños había algo más. Orrego murió al instante y en el segundo round, producto de un cross de derecha directo a la quijada. Néstor, el retador, tenía entre las vendas un trozo de yeso igual que un tal Margarito, aquel polémico boxeador mexicano que podría haber matado a alguien.

Cuando la noticia le llegó como pan caliente al gerente de turno de la organización, a la vera de un impecable boulevard parisino, pidió entre resuellos de abortar estos planes de vida, ser tan impredecibles como costosos. Se comenzó a idear otras maneras más sutiles de manipular vidas.

Los restos del boxeador y empresario fueron cremados en los hornos de la morgue de Santa Fe. Leticia extrañamente no fue al último adiós.

Bajo el cielo gris, justo debajo del famoso Puente Colgante, y arriba de una lancha que no paraba de bambolearse, su anciana madre arrojó las cenizas y veinte rosas al agua marrón. El Paraná se mostraba revoltoso y sombrío en aquella neblinosa mañana del 18 de junio de 1996.  A unos doscientos metros, desde un pequeño muelle lleno de veleros blancos, un hombre vestido de negro sacaba fotos y miraba al fulgor tan común que hacen los platos voladores en medio del cielo.

Por descuido, la anciana miró hacia arriba, por casualidad, la urna se fue al fondo del río.

Se alquilan marcianos

GRAFITTI

¿Se alquilan marcianos?

— ¿Quieres ser libre? ¿Deseas pasear con tu novia terrícola sin stress? ¡No lo pienses más! Por solo cien Megayens tu sueño se hará realidad—promociona una y otra vez ¿La Verdad? canal de la PNCM (Policía Nacional Casiunida Marciana). W4000 apaga enojado el televisor y se pregunta: ¿El Estado es mi proxeneta?

 

La puerta del alma

FERNANDO BETANCO

La puerta del alma

Mi maestro me llevo holográficamente al planeta RTW-247, lo que vi allí es algo que me perturbo por mucho tiempo.

Hicimos muchas excursiones, en las selvas que aun quedaban, en el ártico cada vez más reducido, en las ciudades… en una de estas observamos a un humano pidiendo auxilio. Lo hacía de una manera desesperada, angustiosa. Nadie le hizo caso. Al final cometió su propia autodestrucción.

Nunca entendí el porqué la gente actuaba de esa manera hasta que mi maestro me enseño que si bien es cierto hay muchos humanos que hacen daño, la mayoría son buenos. Le pregunte que entonces por qué no le habían ayudado a esta persona. Me contesto que simplemente esa persona no parecía necesitar ayuda. Le conteste que eso era imposible pues su alma estaba más triste que una flor marchita, a lo que él me respondió que los humanos no pueden ver el alma de las personas, no pueden ver más allá de lo material y el dolor de esa persona estaba en el interior. Ellos se engañaron por su aspecto pues creían que era “un respetable y feliz hombre de negocios”.

Concluí que los humanos, sobre todo los que viven en grandes ciudades son como maquinas egoístas, se interesan solo en el caparazón de sus cuerpos. Aunque en esencia sean buenos, esta cualidad es cortada desde pequeños por el anhelo de los bienes materiales.

Desde entonces no visito a los humanos del planeta RTW-247. No creo que las cosas sean diferentes, no creo que pueda sacar algún provecho de esa raza, no ahora que todavía estoy en formación.

Pero quizás en alguna ocasión pueda ir a visitarlos y enseñarles como abrir la puerta del alma.

El insólito sueño del señor Natas

J. DONADÍN ÁLVAREZ

El insólito sueño del señor Natas

El término insólito no es, a mi juicio, valorado en su plena dimensión por la mayoría de los lingüistas. La condensación semántica de este vocablo implica necesariamente la desautomatización de cualquier percepción simplista que de él se tenga. No creo, en absoluto, que exista un sinónimo idóneo para reemplazarlo en su significado con la autoridad que reviste, ningún verbo en capacidad total para animarlo, ni tampoco un adjetivo exacto para describirlo.

Como sé que algunas personas probablemente desconocerán las exigencias básicas de la gramática no intentaré seguir enunciando y denunciando ciertas palabras cuyo significado considero ha sido tergiversado. Por otra parte, evitaré enfatizar algunos detalles que entorpezcan la interpretación psicológica del lector sobre la insólita experiencia extrasomática que vivió una de las pocas personas que mejor le hubiera sido no haber existido nunca.

No niego cierta incertidumbre, consciente de que los más devotos a la racionalización pueden desechar la narración que sigue ante la falta de una comprobación formal. Debo admitir que yo también, antes de haber estado al tanto del acontecimiento que hoy me ocupo en relatar, me había dejado dominar por una propensión intelectualista y que siempre había mutilado todo intento de mi mente por acariciar explicaciones sobrenaturales. Para mí, la apropiación del conocimiento de manera racional implicaba la búsqueda de la objetividad, el divorcio de las emociones, la ausencia de todo lo que prive la neutralidad en la interpretación de la realidad. En cambio, la interpretación de los fenómenos derivada de la emotividad, de la subjetividad y todo aquello tendente hacia lo fantasioso, no me significaba más que desidia intelectual, endeblez moral y derroche de ideas nada prometedoras en la ruta hacia el saber. Tarea ímproba, ya que desconocía que cuando la racionalidad es destinada a la errancia perenne por un mundo inhóspito, carente de toda sensibilidad, sus mecanismos para interpretar la realidad resultan incoherentes. Por su parte, ante la privación de buenos resultados,el pensamiento sin apenas visos de raciocinio puede constituirse en una cascada de interpretaciones y resonancias afectivas, que en su disposición para colaborar en el proceso exegético se torna más eficiente.

Aclarado lo anterior, no intentaré, pues, despojarme de mi asombro ante lo insólito. Podrá parecer poco creíble mi relato, pero un fuerte deseo de instruir me impulsa a contarlo a quienes no se niegan el aprendizaje, independientemente de la reputación del que enseña.

Conviene destacar, asimismo, que lo ocurrido al protagonista de esta historia no tendría nada nuevo ni tampoco interesante si toda la trama que protagonizó no hubiese acontecido fuera del sustrato corporal y si yo siguiese desconociendo la causa del fatal desenlace.

En el pueblo era más conocido como el soñador y no como el Señor Natas. Su estatura era de casi dos metros, su pelo muy negro como el carbón, con ojos inquietos y enormes dientes amarillentos que en nada sugerían una correcta higiene bucal. No tenía familia, pero de día siempre estaba acompañado. Los niños le temían debido a su corpulencia y rasgos fenotípicos nada atrayentes. Los adultos, sin embargo, respetaban su retraimiento y lo compadecían por una extraña enfermedad que lo azotaba y que continuamente lo obligaba a sueños prolongados e insólitos. (De ahí su seudónimo). Algunos, disfrutaban pasar las tardes con él pues disfrutaban la imaginación que destilaba en cada uno de los relatos que muy solemnemente les contaba y en los que siempre era el personaje principal. Sin duda, su imaginación era estimulada por los constantes sueños en los que lo hundía su enfermedad y por las no pocas lecturas que formaban parte de su diario vivir.
Como en la región no existía ningún médico, jamás había sido asesorado con respecto a su onirismo. “No es nada de muerte”, aseguraba él, con un aire cuasi-complaciente. El párroco del lugar aseguraba que el pobre existía bajo maldición y que tendría que sobrellevar aquel padecimiento hasta su tumba. Como evidencia de su afirmación se remitía al nombre del Señor Natas. “Natas -decía-, si se lee a la inversa es Satán”.

A pesar de ser una persona completamente normal –exceptuando sus sueños insólitos, desde luego- muchos habían hecho de él una leyenda viviente. El toque sobrenatural que con evidente maestría sabía imprimirle a sus relatos orales le había agenciado una devoción colindante con el fanatismo de parte de los rasos pueblerinos.

Pero las sospechas de algunas personas, de que el Señor Natas estaba condenado a vivir experiencias extrañas por su condición de soñador, no eran del todo injustificadas. Sus vecinos recordaban haberlo encontrado por las mañanas en diversas condiciones; unas veces feliz y amoroso. En otras ocasiones cansado, triste, llorando, sangrando, con moretones…, y en el peor de los casos en estado de inconsciencia. Su estado anímico para cada día acataba órdenes emanadas desde el desenlace onírico de la noche anterior.

Él había leído sobre una teoría que proponía que cuando una persona sueña y sospecha que está soñando ése es el momento en que se despierta inmediatamente. Pero en él, eso no era cierto. Aunque supiera dentro del sueño que tan sólo soñaba su cuerpo siempre seguía aletargado. En consecuencia, había experimentado las más terribles pesadillas y jamás despertaba en el punto álgido, sino hasta que la trama concluía.

Como de costumbre, una noche mientras dormía, se hundió en la profundidad de uno de sus tantos sueños insólitos donde lo que más anhelaba era despertar. En su sueño miraba cómo su cuerpo se elevaba, al mismo tiempo que se veía profundamente dormido en un sofá de seda. Parecía que una parte de su ser se había alzado y la restante quedaba en el otro cuerpo allá abajo. Desconocía si la conciencia con la que experimentaba aquella situación pertenecía al cuerpo flotante o al cuerpo durmiente. Como siempre, todo era tan extraño. En algún momento –siempre dentro del sueño- pensó que su experiencia en esa noche, era el resultado de su inclinación hacia cierta literatura macabra y se prometió abandonar su lectura. Lo tranquilizaba el hecho de estar seguro que únicamente estaba dentro de un sueño y que no estaba loco, aunque tampoco podía preciarse como el más cuerdo de los mortales.

Su cuerpo, como dije antes, se había duplicado. El cuerpo que nadaba en el aire salió de la habitación y la conciencia del Señor Natas se fue con él. En lo que respecta al cuerpo durmiente, éste quedó inerte, marginado de toda actividad. Para su comodidad mental, no hubo nada aterrador en su viaje. Los lugares visitados se ubicaban, aquí mismo, en la Tierra. El recorrido que recuerda lúcidamente es el que realizó por las empedradas calles de su pueblo cuya tradición colonial conservaba. Mientras sobrevolaba saludaba a sus paisanos, pero éstos no parecían contemplarlo. Probablemente el sol se los impedía. Cuando llegó al jardín de su casa, el color de las mariposas, el perfume de las flores y los pececitos azules y plateados del estanque lo hicieron sonreír. Un suspiro se escapó de su pecho cuando quiso abrazar a sus vecinos y se percató que nadie parecía percibir su presencia. Justo en el momento cuando su único amigo de lecturas macabras comenzaba a sentir un aire de invasión extraterrena, el soñador salió de ahí, movido por una fuerza desconocida. Era el momento de regresar al cuerpo que dormía en el sofá.

—ooo—

Me es imposible describir la tortura a la que fue sometido el Señor Natas una vez que el sueño lo devolvió a la realidad. Sucedió que al despertar ya no estaba en el mismo
sitio donde se había dormido. ¡No!, estaba a más de diez kilómetros de distancia.
Y para aumentar su desgracia, encerrado. ¿Qué había ocurrido? ¿Estaba en el manicomio? ¿Alguien lo había declarado demente mientras soñaba? ¡Imposible! Como resultado de su confusión una sensación de intemporalidad lo había poseído. Si bien las circunstancias de su sueño no habían sido del todo normales, el contenido del mismo no representaba ninguna amenaza para su estabilidad neuronal. Los había tenido peores.

El soñador no lograba entender cómo había sucedido todo. ¿Por qué la reclusión? ¿Acaso soñar era un delito? ¿Quién podría explicarle la razón por la que había sido tratado inhumanamente? En su minúsculo espacio todo era obscuridad, sin ventilación, sin derecho a alimentación… Lo que más pesaba sobre su espíritu era la soledad. Quizá por su raraenfermedad siempre había odiado estar solo. La soledad lo enfermaba más que cualquier mala compañía.

Como el encerrado Señor Natas no había cometido nada grave, estaba seguro que pronto recuperaría su libertad. Aunque padecía de extraña enfermedad, la amnesia nunca había sido parte de la sintomatología. Por eso, estaba convencido que era inocente. Tampoco le parecía probable que hubiese sido aislado por estar loco. Ni siquiera podría tratarse de demencia senil pues el elevador de sus años apenas rozaba el cuadragésimo piso.

No obstante, luego de haber deambulado varias horas por su universo interior dedujo con asombrosa suspicacia de que su libertad no estaba dentro de las probabilidades. Tal y como lo había sostenido, nunca había asesinado a nadie, ni estaba en la cárcel. Sin embargo, estaba encerrado. Ahora sí, todo se le había esclarecido pero… ¡demasiado tarde! La conclusión a la que lo llevaron sus deliberes fue el detonante para su desestabilización emocional. Su otrora lúcido monólogo paulatinamente se iba transformando en una sarta de desvaríos hasta que comenzó a convulsionar debido a la exigüidad de oxígeno donde permanecía. Resignado a su funesto destino lanzó un último lamento con las pocas fuerzas que almacenaba.

—ooo—

Amanecía un nuevo día mientras una vida se apagaba. En el pueblo se escucharon las tres campanadas del reloj de la catedral, mientras dos acobardados vigilantes huían despavoridos luego de escuchar los desesperados gritos de un prisionero.

Una precipitada corriente de aire frío me congeló hasta las entrañas cuando al salir el sol me apersoné a la escena de los hechos y se me permitió leer el informe de los médicos forenses, que destacaba los siguientes datos de mi amigo, el Señor Natas.

Edad del procesado: treinta y nueve años.
Centro de reclusión: cementerio.
Tipo de prisión: ataúd.
Delito: catalepsia.

 

Lirio de reactor

ZORRO CHINO

Lirio de reactor

Los pasillos flanqueados por puertas desencajadas se sucedían en las entrañas de la mansión. Patrullar el ala oeste solía ser un paseo tranquilo con la linterna arrancándole sombras dentadas al papel levantado de las paredes. Pero cuando pasábamos por delante de una habitación anegada de escombros y el viento frío me lamía la cara no podía reprimir la necesidad de abrazarme a la cabeza de papá.

–Obstruyes mi campo de visión, Alma.

–¡Tengo miedo, jolín!

Papá giró sobre sí mismo haciendo un barrido perimetral con la linterna. Yo giré con sus hombros, temerosa de la oscuridad que dejábamos atrás.

–No detecto presencias hostiles –aseguró en tono monocorde–. Las estadísticas arrojan que no hay antecedentes de infiltración en este sector.

–Quiero volver –murmuré mohína.

–De acuerdo –zanjó empezando a deshacer lo andado.

No le quité las manos de la cara.

Por aquel entonces yo tenía cuatro años y no me cuestionaba la presencia de esqueletos en la cocina ruinosa en la que papá me servía las verduras de su huerto. Vestida como una princesita trepaba a mi trona y hamacaba los pies mientras observaba al muerto que ocupaba el rincón que tenía enfrente. Si papá no le daba importancia a su presencia, ¿por qué iba a hacerlo yo, que jugaba a embocarle los guisantes en las cuencas vacías del cráneo? Aunque nueve de diez lanzamientos eran interceptados por la mano de papá, que los devolvía a mi cuenco…

Con el tiempo, sin embargo, empecé a formular preguntas que papá rehusaba responder escudándose en un concepto abstracto llamado control parental. Pero mi machacona insistencia surtió efecto y transigió en resolverme dudas siempre y cuando estuviesen ligadas a temas que me afectasen personalmente.

–Vale, esto me afecta –afirmé con cinco años–. ¿Qué son los agujeros chiquitines que tienes en la camisa?

Papá procesó la información y concluyó que se ajustaba al ámbito personal.

–Perforaciones de bala. –Levantó la cabeza–. No todas pertenecen a la misma disputa.

–¿Las balas son esas cosas que se usan en la guerra?

–Según la RAE, la bala es un proyectil de forma esférica o cilíndrico-ojival, generalmente de plomo o hierro. –Me miró detenidamente–. Tiene la capacidad de matar o herir de gravedad dependiendo de la pericia del tirador y la potencia del arma.

–¿Y no te hace pupa?

–No.

–Chachi –dije más tranquila… Sí, papá enriquecía mi lenguaje con cuentos infantiles.

La escasez de agua no resultaba problemática para el consumo, pero a veces los baños se retrasaban semanas. Por ello papá me limpiaba como a un mueble pasándome un trapito apenas húmedo por el cuerpo. Yo levantaba los brazos en el atrio de la mansión imitando a la escalinata que se bifurcaba al llegar a la planta superior y paseaba la vista por los infinitos detalles del lugar: desde los querubines resquebrajados que decoraban las balaustradas hasta la tímida luz velada que nos alumbraba desde la claraboya del techo. Papá descorría la persiana acorazada de aquel acceso únicamente si era necesario. Si bien la mansión era impracticable desde fuera, decía que no había que correr riesgos juzgando a todos los merodeadores como simples vagabundos muertos de hambre.

–Abre más cosas. No pasará nada –añadí anticipándome a su respuesta.

–La mayoría de las ventanas están selladas desde hace tres años. Sus mecanismos están inoperativos. –Me pasó el trapito por el cuello–. El resto están ubicadas en zonas de riesgo, y no es conveniente abrirlas.

–¡Entonces abre la puerta, quiero ver el sol!

–No es posible, Alma.

Cogí tal rebote que salté de la palangana y salí disparada hacia mi cuarto a través de un penumbroso pasillo lateral. Con los ojos anegados por lágrimas de enfado, percibí en mis pies descalzos la transición de la madera que papá había pulido a los primeros mechones de césped que brotaban sobre imperceptibles desniveles de tierra. Los helechos me cosquilleaban los muslos, y las pequeñas bioluminiscencias que pendían de filamentos electrónicos se activaban con mi cercanía y descubrían con su tenue fulgor las plantas trepadoras que forraban las paredes y ganaban el techo… Que la zona habitable fuera un jardín salvaje me parecía tan normal como la existencia de restos humanos en las inmediaciones. Sabía que aquella explosión vegetal procedía del huerto, cuyo umbral guardaba sin estorbar un árbol joven que había comenzado a encorvarse bajo el dintel. También sabía que papá realizaba estudios sobre la tolerancia estructural del ala este cada vez que se proponía derribar a puñetazos la pared de una estancia adyacente para agrandar el huerto. Pero desconocía la suerte que tenía al entrar en mi habitación, ¡un sitio seguro!, pisando el pasto revuelto, y arrojarme al rincón de almohadones agitando la hojarasca…

Desconocía lo mucho que luego extrañaría aquella grabación de grillos en bucle.

Esa noche diluvió. Los truenos bramaron desde la lejanía en un aviso de advertencia. Cuesta imaginar el terror que se apoderaría de los vagabundos que de tanto en tanto se aventuraban por los límites de la mansión… Papá me explicó que las tormentas adquirían mayor magnitud año tras años, electrificándolo todo a su paso, y que la desesperación apremiaba a los que veían imposible alcanzar un refugio antes de que las planicies se transformaran en bosques de relámpagos… Luego efectuó una serie de mediciones con las primeras gotas que cayeron por el tubo que recogía la lluvia del tejado.

–No potable. No corrosiva. Proceso afirmativo –concluyó cuando el violáceo del agua en el tubo de ensayo reveló su nivel de pH–. Ve a la bañera, Alma. Aprovecharemos la coyuntura climatológica para finalizar tu higienización.

Recogí mis juguetes –cosas que flotaban– y aguardé desnuda de pie ante la bañera mientras papá calentaba el agua con las manos. Se le enrojecían creando un burbujeo que me hacía reír. La tormenta arreciaba y la mansión crujía como un galeón castigado por las olas. Papá levantó la vista al techo sin desatender su tarea.

–El viento alcanza los 127 kilómetros por hora –sentenció inexpresivo.

–Papá, me pican los pies –repliqué. El alicatado de las paredes se había ido desconchando y el suelo estaba repleto de trocitos de azulejo–. Pica muchísimo.

Papá desactivó el calor de sus manos y me introdujo en el agua cogiéndome por la cintura. La mugre que tenía adherida a las plantas de los pies salió a flote. De pronto una ráfaga de tempestad impactó contra la mansión aullando por todos sus intersticios en la furiosa búsqueda por resolver el conflicto de aquel obstáculo en medio del camino.

La linterna de papá parpadeó en la oscuridad. Yo seguí tirando al suelo los trocitos de azulejo que flotaban en el agua.

–Me llamo Alma –le espeté poco después mientras me secaba con un trozo de tela sobre los almohadones de mi habitación–. Tú eres papá. Pero en los cuentos papá no es un nombre. Los papás tienen más nombres que papá.

Él estaba arrodillado a los pies del lecho. Era su posición de vigía, la que mantendría hasta el amanecer.

–También puedes llamarme padre –dijo tras una breve reflexión.

–Padre y papá son lo mismo –refunfuñé–. Yo además de hija soy Alma. ¿Entiendes?

Se oyeron gritos y disparos frente a la mansión. La intensidad de los alaridos coincidía con la cercanía de los truenos. Papá salió a averiguar lo que ocurría. Yo estaba a punto de dormirme cuando regresó y adoptó la misma postura de antes.

–Tu curiosidad es lícita, Alma –determinó reanudando la conversación–. Soy un Atlus Urbano 42 rango Tau. La única identificación equivalente a un nombre personal es mi número de fabricación.

Se trataba de un código alfanumérico de siete minutos de duración. Empezaba por 42.

–Vale –solté soñolienta.

Y que perdiera un ojo en el altercado con los de afuera no era problema. En el subsuelo solía encontrar recambios… Vamos, que esta revelación no supuso un giro en mi vida. Atlus continuaba siendo el mismo papá que utilizaba la mano como una impresora láser cuando jugábamos a dibujar en las paredes. El mismo que me reparaba las muñecas hechas con tablas presionando los clavos con los dedos. El mismo al que le pedía un abrazo tras lastimarme y de su pecho sonaba una canción de cuna. El mismo que reclamaba mi presencia en la cocina a través de los altavoces de la mansión sin necesidad de micrófono cuando yo salía de excursión… El mismo que por fortuna sabía siempre dónde encontrarme, porque en una de esas excursiones hice contacto con el primer extraño.

Al principio oí pasos en una escalera que comunicaba con el subsuelo, punto del ala oeste al que papá me prohibía bajar terminantemente por cuestiones de seguridad. Ajena al peligro, fui a investigar el origen del sonido y el intruso se detuvo frente a mí sin saber cómo reaccionar. Tenía más miedo del que yo pudiera racionalizar.

–Hola –le dije apuntándole con la linterna. Era un anciano. No tenía dientes y respiraba con terrible esfuerzo.

–¡Bajo los pies tenéis el infierno! –exclamó con expresión delirante.

Yo no entendía el concepto de infierno, pero supe que se refería a algo malo. Ladeé la cabeza y observé la escalera, la luz que caía en cascada por los peldaños hasta el portón metálico entreabierto.

–Kilómetros de pasillos, laboratorios, salas y habitaciones… –susurró el viejo abstraído en el recuerdo de su pesadilla–. ¡Ese laberinto está repleto de sombras que se mueven solas!

–Papá dice que las sombras las proyectamos nosotros –aduje con tranquilidad.

–Eres la hija de la bestia, ¿eh? Pues ahí ya no queda nadie que las proyecte… Vagan por los túneles y a veces te atraviesan… No sé lo que quieren, pero he conseguido escapar… Chiquilla, te lo ruego, ¡dame algo de comer!

Posó sus zarpas en mis hombros y empezó a sacudirme sin fuerza. Estaba claro que había perdido cualquier atisbo de lucidez. Papá brotó como un misil de la oscuridad, desacelerando una milésima de segundo antes de cogerlo por la nuca. Lo soltó a buena distancia de mí.

–Su presencia implica una infracción en el protocolo de seguridad –le advirtió–. Márchese inmediatamente o procederé a expulsarlo por la fuerza.

–¡Si tenéis oxígeno de sobra! –gritó en cuanto desapareció el dolor que la mano de papá dejaba al apretar–. ¡Hasta puedo sentir la vibración de los motores purificadores en los tabiques!

–Señor, la utilización de la fuerza no es un recurso negociable. Tiene que irse.

–Incluso puedo… –rompió a llorar–, ¡puedo oler a tierra y humedad! ¡Tenían razón! ¡Ellos tenían razón!

Papá levantó al viejo por las solapas de la gabardina roñosa y, mientras éste se debatía enérgicamente, lo colocó en el primer peldaño de la escalera al subsuelo.

–Sus enfermedades ponen en riesgo el equilibrio ambiental del refugio. Por favor, váyase antes de que me vea forzado a hacerle daño.

–¡Pero si aquí respiro bien! –exclamó lastimosamente. Jamás olvidaré sus estertores sibilantes–. ¡Esto es terapia para mis pulmones!

–El diagnóstico superficial –olfateó su aliento– indica que padece una neumonía química severa. El oxígeno no le sanará. Quizá le cronifique la dolencia. En cualquier caso, deberá marcharse. Aquí no ofrecemos servicios sanitarios.

–No pienso volver allí. ¡Está repleto de ecos!

–Sólo es energía atrapada –explicó forzándolo a bajar con su propio descenso–. Según los sensores de distancia, le aguarda un viaje de tres días hasta el sector colapsado por el que accedió al complejo.

–¡Pero por favor…! –fue lo último que imploró antes de que papá cerrara el portón y luego lo sellase con el calor que irradiaban sus manos. El llanto del viejo se fue alejando a través del acero de medio metro de grosor. Creo que murió ahí mismo, o tal vez avanzase un poco más. En cualquier caso, los sensores de distancia que papá consultaba a menudo no registraron ningún movimiento en meses.

Antes de abandonar aquel escenario sombrío, recogí del suelo una foto manoseada que se le había caído al intruso. En ella se podía ver una pradera que reverdecía bajo un sol que deslumbraba el ángulo superior derecho de la imagen. Con los dedos sucios toqué unas cositas blancas que papá identificó como ovejas. Iban juntas, en “hato de ganado lanar”, recorriendo una llanura que desaparecía abruptamente y volvía en forma de sierra alzándose a un inconcebible cielo azul. Inquieta ante la posibilidad de que papá me quitase la foto por las enfermedades del viejo, se la enseñé pidiéndole que me llevara a ver las ovejas.

Papá se detuvo y la estudió largamente.

–Está bien –sentenció. Yo abrí los ojos de sorpresa y comencé a saltar a su alrededor.

Aquella semana me cosió a exámenes. Para qué negarlo, recibí una formación excepcional. Papá me explicó que los Atlus disponían de una biblioteca interna que abarcaba en mayor o menor medida todas las disciplinas del saber humano. Recuerdo que una vez le pedí que me cuantificase la magnitud de su base de datos y tardó veinte minutos en procesar la petición. Millones de teras repartidos entre archivos de audio, texto y vídeo. Los rango Tau contaban además con la capacidad de jerarquizar su conocimiento en un sistema educacional adaptable a la edad del niño. Con las paredes de pizarra descubrí un mundo que ignoraba. Aprendí lo que eran los gobiernos, los embajadores y los escudos antimisiles, y por qué fallaron la noche que desde la Estación Espacial Internacional vieron la atmósfera de la Tierra llenarse de estelas cruzadas. Sí, fui buena alumna. Por ello, cuando saqué dieces en todos los exámenes, papá se me acercó con una máscara antigás y dijo:

–Será estimulante para tu aprendizaje que te recompense con algo que te prometí.

No cabía en mí de alegría. Sin embargo, la polvorienta máscara antigás no pasó desapercibida.

–¿Y eso para qué es? –pregunté cejijunta.

Tardé años en entender su vacilación. Y aún hoy sigo asombrándome con su humanidad.

–Necesitas protección –respondió–. Es posible que tus pulmones no estén preparados para asimilar el aire nuevo del exterior.

Tras apretarme las correas de la máscara, me cogió de la manita y me llevó hacia el atrio. Extrañada con la intensidad de mi respiración, lo observaba todo como a través del visor de un batiscafo. Y mientras la puerta principal al exterior se abría hacia arriba entre gruñidos metálicos, papá me miró fijamente. Yo le correspondí. Era su forma de sonreír.

Poco a poco una luz que a veces parpadeaba comenzó a subir por mis piernas hasta alcanzarme la cintura. Retuve el impulso de echar un vistazo. Quería que el impacto fuese total; de hecho, la sorpresa no pudo ser mayor. Tardé varios segundos en salir del asombro que suponía descubrir un mundo idéntico al de la foto que guardaba en el bolsillo.

Allí fuera reverdecía la pradera bajo un sol cegador. Bajo un cielo tan azul que dolía. Los árboles custodios solazaban a las ovejas con sus sombras donde la llanura rompía, desaparecía, y luego se alzaba al horizonte en picos de sierra. Era tan maravilloso, tan magnético, que cuando el paisaje entero parpadeó con un bajón energético que produjo chisporroteos en el atrio y el mundo se tornó gris parduzco y la pradera dejó de ser pradera para convertirse en dunas de basura que se extendían inconmensurables a través de un cementerio de aerogeneradores torcidos o vencidos que llegaba hasta donde se perdía la vista en aquel vertedero acribillado de fumarolas, no perdí la esperanza de haberme “equivocado”. Ni siquiera cuando el viento retiró un banco de bruma y en la lejanía comenzó a adivinarse la presencia monstruosa de un panorama urbano de factorías vivientes que rugían fuego al cielo nuclear. Ni siquiera… Porque papá, que había retrocedido sigilosamente al atrio, golpeó con la mano abierta un panel de control instalado en la pared y la foto del viejo regresó en el acto, abrumándome con su verdor.

En ese momento no lo entendí. Me quedaban por delante muchos años de creer que las ovejas aún existían.