Predicción – Adicción

NATALIA GARCÍA

Predicción – Adicción

Comencé por medir la distancia entre sus ojos. No eran ni  3 dedos ni 2 besos de mi boca decolorada. Eran exactamente 4,5 cm. Había mordido demasiadas veces sus mandíbulas. Eran aproximadamente 21,4 cm de superficie maxilar. Y 328 minutos los que yo había pasado observándolas. Por más que lo intento no consigo recordar a qué velocidad el viento atravesaba sus cabellos.

Pensé en pronunciar su nombre. Era claro. Fuerte. Resonante. Julio… La combinación exacta de cinco letras que habían desatado mil mares, mil espinas y mil insomnios en mi leyenda. El sonido disfrazado de la L hacía que latieran mis labios cada vez que lo articulaba: Julllio.

Decidí pronunciar su nombre tantas veces como lo había hecho los últimos 9 años. Durante 8 días no hablé más que su nombre: Julio era el nombre de las calles, Julio el estampado de mis polleras, Julio la manzana y Julio el nene que me sonrió en la verdulería, Julio todos y cada uno de mis vecinos, Julio el sabor insípido del agua, Julio de noche, Julio de día. Se me hizo tarde para analizar las muestras de laboratorio que había dejado reposando en formol…

Entonces decidí desatarlo. Lentamente. Sentí el goce de cada nudo que se liberaba. Él me miraba. Sentía el color de sus ojos sobre mis hombros. Decidí no pedirle perdón por sus propios errores. Para él…  ya era común no ser un hombre libre. En el fondo deseaba seguir así. Atado a nuestros propios pensamientos. Llegó a pedirme que en lugar de desatar las cuerdas,  lama por siempre sus heridas poniendo un poco de tequila en mi boca. Susurraba desesperado que no lo desate, que no necesitaba más que pan y agua para tenerlo conmigo. Yo por mi parte no dejaba de pronunciar su nombre… Julio.

Le dije que no era solo su sabor. Que era su voz solapada de domingo por la tarde, que era el alfajor que sacó una vez de su bolsillo. Lo acompañé a la puerta. Quiso besarme pero le dije que era Síndrome de Estocolmo. Que era tarde. Que quizás en otra vida. Que mejor me llame el viernes. Me dio un poco de asco, sus ropas olían a un amor tan podrido de fracasos.

Entonces lo vi alejarse. Me llamó la atención que se haya ido para el otro lado. Decidí dejar la ciudad. Era tarde para pensar otra estrategia. Entonces encontré unas pinzas. Dicen que tardó dos semanas en volver a su casa. Que sólo recordaba el olor a naftalina de las sogas que yo había atado en sus tobillos, sus dedos, sus labios y sus caderas. Nunca más pude volver a mi casa. No sé si por los años, mis arrugas o sus fantasmas. Mi vecina la peluquera llamó para advertirme que mejor no vuelva. Que a la noche lo escuchaba gritar. Y que la letra L hacía latir los ventanales. Que se tapaba la cabeza con la remera. Que todavía hedía a fracaso.

Pasaron otros nueve años. Conseguí 2 títulos universitarios, 3 maridos y 17 nuevas ciudades. Nunca una simple combinación de 5 letras y una distancia de 4,3 cm me hicieron olvidar la primera vez que desee atar sus tobillos a mi destino.

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