Planeta Babel

ROBE FERRER

Planeta Babel

Apenas hacía unos días que había aterrizado en aquel planeta y ya había conseguido mucho más de lo que esperaba. Mucho más de lo que había encontrado en el mismo tiempo en el último planeta que había visitado.

Salió de su refugio prefabricado y se estiró para desentumecer los músculos. Respiró profundamente y encendió su visor. Aquella lente le había indicado que la concentración de oxígeno y demás gases de la atmósfera era ideal para poder respirar sin necesidad del equipo autónomo que utilizaba en todas las salidas al exterior.

Aquel podía ser un buen planeta para instalarse. Desde el Gran Cataclismo del 2080, la humanidad se esforzaba en encontrar un nuevo planeta en el que residir, ya que la Tierra había sido totalmente destruida por extraños fenómenos climatológicos. Habían pasado diez años desde aquello, y poco después, él se había embarcado en aquella nave espacial en busca de un nuevo hogar para su especie. Había sido el número uno de su promoción de pilotos y ello le había conferido el honor de ser el Primer Buscador. Había habido más, pero de momento ninguno de ellos había tenido éxito.

El último planeta que había explorado, Rathi, no cumplía ni con un uno por ciento de las expectativas que se habían depositado en él. La estrella más cercana estaba demasiado lejos como para mantener unas condiciones de vida óptimas. Nada más pulsar la pantalla del visor, los datos que le habían aparecido le habían alertado. Aún así, estuvo un día entero recogiendo y examinando muestras que confirmaran lo que los datos del visor le decían. Cuando se lo comunicó a la Estación Base en la Tierra, ésta, enseguida, le dio las coordenadas de un nuevo planeta para explorar: Babel.

Sin perder un instante puso rumbo hacia aquel lugar. Desde su posición, y a una velocidad muy próxima a la velocidad de la luz, tardó tres años y medio en llegar a su destino. Se había colocado el visor sobre su ojo derecho y su traje espacial con escafandra. En cuanto puso el pie sobre la superficie de aquel nuevo planeta, el visor le indicó que los niveles de oxígeno eran compatibles para la vida humana. A pesar de eso, decidió hacer las comprobaciones manuales. Era lo que le habían enseñado en la Escuela de Buscadores. Los aparatos podían fallar, por lo tanto tenían que comprobar todas las mediciones dadas por los visores de forma manual.

El segundo día había instalado su refugio. Aquellas pequeñas capsulas contenían todo lo que iba a necesitar en aquel rastreo: un refugio, un vehículo ligero, un vehículo anfibio y un pequeño planeador. Simplemente tenía que sacarla de la caja, apretarlas ligeramente hasta oír un clic y lanzarla a varios metros de su posición. En cuestión de segundos, la cápsula explotaba y se convertía en lo que contenía su interior. Para volver a la forma de cápsula, el propietario tenía que pulsar el botón de retorno y volver a guardarlas.

Babel tenía agua potable y tierra fértil en la que podrían cultivar cereales y frutas como sus antepasados. También había abundantes árboles, pero de un tamaño mucho menor a los que había en la Tierra décadas atrás y ninguno de ellos tenía frutos. Lo que no había encontrado era ningún tipo de ser vivo que no fuera de origen vegetal.

Allí los días duraban treinta horas, de las cuales diecisiete eran de luz y trece de oscuridad. Para todos, aquello sería una novedad, ya que desde 2065 la luz del Sol no llegaba a la superficie de su planeta natal. En la Cuarta Guerra Mundial, se habían detonado varias bombas nucleares y la reacción provocada había sido que la atmósfera se oscureciera y se llenara de un polvo tóxico que impedía el paso de los rayos solares. Lo que llevó a un cambio climático descomunal y a una descompensación del equilibrio terrestre.

Un pitido sonó en su auricular y un mensaje salió en la pantalla de su visor. Estaba recibiendo una llamada desde la Estación Base. A las pocas horas de su llegada había hablado con ellos, para comunicar que el planeta Babel parecía seguro para ser habitado.

––Aquí Estación Base, adelante Primer Buscador.

––Al habla el Primer Buscador.

––Todo está dispuesto para establecer portal de teletransporte entre la Tierra y Babel.

––Recibido, mañana a primera hora activaré la puerta que voy a instalar ahora mismo.

––Mañana a primera hora reestableceremos la comunicación.

Aquellos breves diálogos informando de su situación o recibiendo órdenes era lo único que lo seguía manteniendo unido al Planeta Azul.

Acudió a su refugio y cogió el instrumental necesario para montar el portal que comunicara los dos planetas. Colocó los dos postes laterales a una distancia de tres metros entre ellos. Posteriormente, con ayuda de una armadura de carga, que reducía los esfuerzos más de la mitad, elevó el travesaño hasta colocarlo en el extremo de los postes. El visor le indicó que todo estaba correcto. Regresó al refugio y sacó un gran generador para darle energía al portal de teletransporte. Lo conectó y lo dejó en modo de carga, así al día siguiente podría ponerlo en marcha sin ningún problema.

 

Había llegado el momento de retirarse a descansar. La puesta de sol (aunque realmente lo que se ocultaba era la estrella Hamal de la constelación de Aries) estaba a punto de finalizar y no le gustaría estar fuera de su refugio cuando la noche reinara en el planeta. La temperatura bajaba más de treinta grados y se levantaba un ligero viento que daba más sensación de frío.

El visor se iluminó de golpe indicándole que había algo acercándose a él. Se giró rápidamente en la dirección que le indicaba el instrumento pero allí no había nada. La señal del visor desapareció. Seguramente se tratase de un error, les habían dicho en la Escuela de Buscadores que aquellos visores solían fallar. Habían sido fabricados con los restos de los órganos de visión que utilizaban los cyborgs; eran muy buenos pero no infalibles. La señal volvió a activarse, pero frente a él no había nada.

Se quitó el aparato y le dio unos golpes con la mano, para que volviese a funcionar correctamente. Se lo colocó frente a su ojo izquierdo otra vez. El aparato seguía indicando que ante él había algo. Sin embargo, no podía ver nada. Quizá estuviera a más distancia de lo que pensaba.

Decidió adelantarse en busca de algo que no estaba seguro de que se encontrara allí. Cuando llevaba cien metros recorridos decidió que ya había sido suficiente por aquel día. Si no regresaba pronto al refugio se congelaría de frío. Dio dos pasos más antes de caer de bruces. Había tropezado con algo. Pero allí no había nada. Sin embargo, había oído que ese algo con el que había tropezado había emitido una especie de gemido. Se incorporó de nuevo.

Estaba sucediendo algo muy extraño. ¿Era posible que hubiera tropezado consigo mismo? Podría ser, pero estaba seguro de que no había sido así. Miró por su visor, pero el aparato no indicaba nada. Decidió regresar al refugio. Ahora el visor sí indicaba algo. Entre él y el refugio marcaba que había cinco objetos. Se retiró el visor nuevamente y ahora sí pudo ver lo que se interponía entre él y su refugio.

Allí había cinco seres peludos que parecían a lo que en su planeta una vez se conoció como osos. Eran de un tamaño que no sobrepasaba al de un humano, con grandes ojos que los hacían parecer enormes peluches y dos graciosas orejas sobre su cabeza. Levantó la mano en señal de paz. Pero los cinco seres retrocedieron asustados.

Lo que había pensado que eran las orejas se movieron hacia delante y comenzaron a moverse y a emitir un sonido gutural y nasal a la vez. Resultaba que lo que había confundido con orejas realmente eran bocas.

––He venido en son de paz. Esto es una misión de reconocimiento

Evidentemente, no recibió ningún tipo de respuesta.

Tan de repente como habían aparecido, los cinco seres peludos se esfumaron. Corrió hacia el refugio para comunicarse con la Estación Base para informar que en aquel planeta había vida. Pulsó el botón del intercomunicador pero no obtuvo respuesta. Al otro lado no había nadie. Consultó la hora y el monitor le indicaba que en la ciudad en la que se encontraba la Estación Base eran altas horas de la madrugada. Con razón nadie respondía a su llamada. Miró a través de las ventanas, por si veía nuevamente a aquellos seres pero fue en vano. ¿Acaso lo habría imaginado?

Le convenía descansar. Al día siguiente tenía que contactar con la Estación Base e informar de la situación. Después, tendría que esperar órdenes de abrir la puerta de teletransporte o desmontarla y continuar su búsqueda en el siguiente planeta.

 

Cuando se despertó estaba amaneciendo. Según indicaba su monitor, eran las tres de la tarde en el país de la Estación Base. Estarían preocupados ya que había dicho que conectaría el portal a primera hora.

Salió al exterior y activó su visor. El clima era soleado, con una temperatura agradable de veinte grados y una humedad relativa del sesenta por ciento. Se acercó al portal y comprobó que la energía que se había almacenado durante la noche en los acumuladores era la suficiente para la apertura del transportador.

Pulsó el botón de su intercomunicador.

––Adelante Estación Base, aquí el Primer Buscador.

––Primer Buscador, adelante para Estación Base. ¿Todo a punto para la conexión del portal?

––Todo listo. Cuando lo ordene, procederé a la activación.

––Proceda.

El Primer Buscador se acercó al portal y se preparó activar los interruptores que activasen la puerta interplanetaria para la llegada de su gente a aquel planeta.

Entonces sintió un golpe, como un latigazo, en el lateral de su cara y su cuello. No sabía de dónde había venido aquel golpe pero le dolió. Incluso pasados unos segundos seguía escociéndole. Se llevó la mano a la zona dolorida y la puso frente a sus ojos. Estaba manchada de sangre.

Se giró buscando a su posible agresor y allí los vio. Delante de él y a poco más de veinte metros se encontraban los cinco seres peludos que había visto la noche anterior. Su aspecto ahora no era ya tan adorable como la primera vez que los había visto. De lo que había confundido con orejas en un primer instante, le salían una pareja de látigos que se agitaban por delante de los seres. Parecían lenguas furiosas dispuestas a darle un mortal lametazo.

Sacó su arma y disparó contra una de aquellas criaturas. El ser se desparramó por el suelo en mil pedazos recubiertos de una sustancia viscosa de color amarillento.

Otro de los seres lanzó su látigo contra él lacerándole el brazo con el que sujetaba su arma, que cayó al suelo. El humano se arrodilló para recoger su pistola láser sin perder un solo instante. Las lenguas de los habitantes de Babel continuaban agitándose con violencia. Entonces, como un único ente, todos los seres lanzaron sus lenguas-látigo a la vez contra el Primer Buscador. Y repitieron la operación una y otra vez. Las heridas le cubrían casi la totalidad del cuerpo. Seguía con vida pero notaba que ésta se le escapa poco a poco por aquellos cortes que los babelonianos le habían hecho. Se estaba desangrando y no tenía fuerzas para moverse.

Giró su cabeza y, desde aquella posición, vio como los cuatro seres que aún quedaban en pie se acercaban a él. No tenía fuerzas para defenderse. Para su sorpresa pasaron de largo. No se dirigían hacia él si no hacia el portal. Con una de aquellas lenguas, uno de ellos pulsó el botón de encendido del portal intergaláctico. Un arco voltaico saltó entre los dos postes para convertirse a los pocos segundos en una superficie espejada de aspecto acuoso.

Aquellos cuatro habitantes de Babel atravesaron el portal con dirección a la Tierra. Sintió una punzada de nervios al pensar que su planeta iba a ser invadido por una raza extraterrestre por su culpa. Sin embargo, se sintió más aliviado al pensar que los de su raza poseían armas que acabarían en un instante con aquellos seres.

A unos metros de su posición. Los restos de la criatura que había matado de un disparo, comenzaron a crecer hasta constituir cada uno una nueva criatura de aquella especie. Centenares de nuevos babelonianos se encaminaron hacia el portal interplanetario y lo atravesaron dirección a la Tierra. De todas las direcciones, más y más de aquellos seres aparecieron de la nada y se perdieron a través del umbral de la puerta teletransportadora.

La última sensación que tuvo antes de morir desangrado no fue miedo, si no angustia por haber condenado a su planeta. Tras haber recuperado la esperanza de establecerse en un nuevo planeta, ahora la Tierra se vería envuelta en una guerra contra unos seres que lejos de morir, se multiplicaban cuando los hacías saltar en pedazos.

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