Navidad en la Tierra

FEDERICO ESCUDERO ÁLVAREZ

Navidad en la Tierra

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la terminal del puente aéreo Luna-Tierra, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio a casa de sus abuelos y deseaban que fuera lo más agradable posible.
Quizá porque el niño pertenecía a la primera generación de selenitas, nacidos y criados en la luna, sus padres estaban también obsesionados por la salud de su hijo durante su estancia en la Tierra. Sus músculos no estaban acostumbrados a luchar contra la gravitación terrestre y sus pulmones no habían respirado otro aire que no fuera artificial.
Le habían puesto todas las vacunas preventivas y había pasado el periodo de ejercicios obligatorios para aumentar la masa muscular. Además, los padres le habían llevado a cabinas de respiración para que inhalara un aire semejante al de la Tierra y a unas cuantas sesiones de rayos uva para quitar su aspecto blanquecino.
Pero, a pesar de los posibles inconvenientes, el viaje era necesario. El niño tenía orígenes terrestres y ya había llegado el momento de pasar unas navidades con su familia y conocerla de una manera diferente a una vídeo-conferencia con retraso de cuatro segundos.
De todas maneras, no tenía ganas de ir a ese planeta azul desconocido y al que, sin embargo, llamaban hogar. No concebía una ciudad que no estuviera cubierta por una cúpula protectora ni salir al aire libre sin el traje espacial y odiaba las lecciones de geografía en donde debía retener en su memoria la distribución de los países, océanos y montañas de un mundo que le era por completo ajeno.

***

A pesar de las preocupaciones de los padres, el viaje fue razonablemente bien. El niño solo se asustó un poco cuando, próximos al aterrizaje, la bola azul de la Tierra se fue haciendo cada vez más y más grande.
Al salir de la terminal para vuelos interespaciales, miraba con miedo y asombro a esos familiares terrestres y morenos, de masa muscular marcada, que le abrazaban sin consideración a su frágil cuerpo, le deseaban feliz navidad y le llamaban por su nombre sin que le hubieran visto más que por vídeo llamada.
Cuando entró en la casa de la mano de sus padres, la cena de nochebuena ya estaba preparada.
El niño se quedó contemplando el belén sin comprender ese paisaje extraño en miniatura en el que las montañas eran verdes y no de color ceniza y sobre las que había unos animales blancos y peludos.
Los postres transcurrieron con los mayores en la mesa y los pequeños jugando al escondite y haciendo carreras por el pasillo, pero el niño se encontraba muy cansado de moverse por la atmósfera terrestre y sus primos se burlaban de sus jadeos y de su piel de leche.
-Quiero volver a casa –le dijo el niño a su madre.
-Pero esta también es tu casa.
-No, no lo es.
Y salió corriendo al jardín.

***

La noche era fría y la hierba empezaba a blanquear. Vio la luna, blanca, grande y redonda, en un cielo despejado, rodeada de estrellas. Otras familias de selenitas estarían allí celebrando la navidad, observando ese planeta azul con puntos luminosos.
-¿Qué miras? –le preguntó uno de sus primos dándole un empujón.
-La luna.
-¿Y qué tiene de especial? –le preguntó el otro dándole un puñetazo en el hombro.
-Allí fuera puedes dar un salto de ocho metros casi sin esfuerzo.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-Entonces las canastas de baloncesto serán muy altas.
-Bueno, fuera de la cúpula no podemos jugar al baloncesto. Solo podemos hacer excursiones con la escafandra.
-¿La cúpula?
-¿La escafandra?
Y el niño comenzó a hablarles de las ciudades de la luna, de las cúpulas brillantes, de los paseos espaciales, de los viajes a la cara oculta, de los cráteres, de las noches de menos doscientos grados y de los días de cien.
La abuela se asomó a la puerta.
-Vamos, entrad, fuera hace frío.
Pero el niño seguía hablando mientras señalaba hacia la luna y sus primos no se movían de su lado.

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