Mi viaje

CAROLINA CASTELL

Mi viaje

Mi desaparición fue repentina, sin dejar un solo rastro. La angustia de mis padres demoledora. No tuvieron noticias, no hubo llamadas de algún posible secuestrador, nadie pidió rescate, no existió alguna carta explicando mi partida. Nada. Solo un silencio lacerante.

Con el tiempo, la casa empezó a verse como una funeraria. Las sonrisas se disiparon, las lágrimas estaban prontas en los ojos de los que la habitaban.

La historia comienza desde que era pequeña. Con frecuencia mis padres o las muchachas que ayudaban en la casa me descubrían platicando “sola” y cuando comentaba que mi amigo llegaba a visitarme, lo tomaban como parte de mi imaginación. Siendo hija única pensaban que me había inventado un compañero, aunque nunca me externaron su sentir. Dejaban que mi supuesta fantasía permaneciera.

Papá y mamá afirmaban entre ellos que las cosas hubieran sido distintas si al menos existiera un hermano. Los médicos diagnosticaron que el embarazo de alto riesgo que ocasioné era el único que pudo enfrentar mi madre. Decidieron abstenerse de un nuevo encargo y una operación sencilla marcó mi destino de hija solitaria.

Ellos se esforzaron porque desde pequeña me relacionara con otros niños. Sin embargo, cuando estaba en casa, aparecía aquel pequeño que conversaba conmigo y yo pensaba que todos lo veían, que sabían de su presencia. No me daba cuenta que él se esfumaba cuando llegaba otra persona.

El me enseñó a leer cuando tenía tres años, jugábamos a adivinanzas con temas diversos, interesantes, nuevos para mí. Formó parte de mi desarrollo intelectual. Lo consideraba como el mejor.

La relación con mi gran amigo se prolongó hasta que tuve diez años. Para entonces ya no comentaba sus pláticas, pues percibí que no me tomaban en serio. La despedida fue muy triste para mí. La explicación que me dio no fue muy clara en ese momento. –Tengo otras comisiones que cumplir. Me transportarán muy lejos, pero te aseguro que algún día nos volveremos a ver.

La sensación de su último abrazo quedó tatuada en mi piel y mi abatimiento fue evidente. Mis padres lo adjudicaron a que, probablemente, la adolescencia se me había adelantado.

Me convertí en un ser solitario. Mi relación con otras niñas de mi edad se limitaba a las horas que pasaba en el colegio. Me aburrían, siempre las comparaba con Kay, mi amigo ausente.

Durante los años siguientes mi interés por la astronomía se desarrolló a tal grado que pasaba horas y horas literalmente pegada a un telescopio que solicité de regalo para mis quince años.

Las estrellas y los planetas se transformaron en parte esencial de mi existir.

El misterio que tienen esos astros que titilan sin cesar, los volúmenes inmensos que se sostienen en el espacio sin chocar unos con otros; esa combinación de polvos cósmicos que forman las galaxias; la relación de tiempo y espacio que existe en esa inmensidad; las leyes que los repelen o los atraen; la gravedad; los pequeños átomos que forman todo el universo, me maravillaba.

Una tarde de mil novecientos setenta y cinco, regresaba de una clase, cuando al acercarme a mi automóvil, me percaté que un hombre estaba sentado en el asiento del conductor. En el momento en que me vio, bajó del vehículo y sentí que su mirada azul penetraba hasta el fondo de mi cerebro. Era un hombre alto, rubio, de cabello hasta los hombros y vestía de negro con un sweater de cuello de tortuga. Me sonrió y la sensación que me dejó tuvo todo, menos temor. Tomé mi auto y llegué a la casa. No le pregunté ni me cuestioné cómo había podido entrar si la llave la tenía yo y no existían cerraduras forzadas ni cristales rotos o aletas abiertas.

A la semana, al caminar por el centro de la ciudad, de pronto me dio sed y sin pensarlo, atraída por el lugar, entré a un bar. La luz tenue descubrió un rostro. El desconocido que había encontrado sentado en mi coche, ahora me invitaba a sentar en su mesa, me acerqué a aquel extraño y solicité un refresco.

Empezamos a dialogar y me comentó que él venía de otra galaxia, no muy lejana a la nuestra. Conversamos sobre la situación de la tierra, su gobierno, la política, el clima y él me dijo a grandes rasgos cómo era su planeta. La cajera que escuchaba comentó –Qué buena onda traen-, pensando que el licor había hecho efecto en nuestros cuerpos.

Nos despedimos y prometió que pronto me buscaría. Su nombre era Kiro.

Una noche, mientras examinaba una rara estrella que apareció en el firmamento, como arrastrada por un imán, subí a la azotea. Recargado en la barda estaba el indescifrable personaje con quien sostuve tan agradable charla en días pasados.

Después de un breve saludo y mientras veía al firmamento, me preguntó si quería dar una vuelta, asentí y me pidió me sujetara de su cinturón. Suavemente nos empezamos a elevar y exactamente arriba de nuestras cabezas, apareció una nave pequeña que abrió una especie de escotilla en la parte inferior, por la cual entramos. Unas veinte personas con rasgos parecidos a los de Kiro nos recibieron.

Un hombre, a quien consideré el capitán de aquel artefacto nos pidió desnudarnos para que entráramos a una cámara de limpieza y evitar cualquier contaminación con gérmenes terrestres. No sentí vergüenza, me pareció lo más natural. Observé el cuerpo de Kiro. Era exactamente igual al de un humano común y corriente, con la diferencia de que no había un solo vello que cubriera su anatomía. Me explicó que ellos eran seres un poco más evolucionados y esa capa que cubría partes de mi cuerpo era una reminiscencia de la época de las cavernas.

Nos entregaron unos trajes blancos ajustados que nos pusimos. La nave pequeña se introdujo en una más grande, donde alrededor de trescientas personas ocupaban puestos en una veintena de mesas donde examinaban mapas astrales o introducían información en computadoras de modelos ajenos para mí.

Nos asomamos por una ventana y empecé a ver cómo nos alejábamos de la tierra hasta verla como un punto azul pequeñito pequeñito.

Me expuso que ellos eran un grupo que pertenecía a una asociación universal que se dedicaba a visitar diferentes planetas en diversas galaxias con el solo objetivo de provocar, dentro de lo posible, la paz intergaláctica para evitar un caos de guerra cósmica.

Viajábamos creo, a la velocidad de la luz, pasamos cerca de asteroides, lunas. El paisaje era alucinante, silencioso y mi emoción enorme.

Era como estar en el vacío, pero a la vez en un espacio lleno de luces de colores, gases que volaban como algodones de dulce que se extendían, intercalados con obscuridad, luego estrellas, meteoritos que se sostenían en la ingravedad.

En determinado momento, observé que mis movimientos y los de los demás parecía que sucedían en cámara lenta. De pronto, la oscuridad total y sentí una enérgica sacudida, mi cuerpo se hizo largo, como de goma, sentía como se estiraban mis pies, mi tórax, mi cuello. Alguien gritó –¡Estamos sobre un hoyo negro! Rápido cambien el rumbo.

La nave dio un giro y mi cuerpo volvió a la normalidad, aunque quedé adolorida.

-Si caemos en un hoyo negro, la desintegración sería total-, señaló el Jefe del grupo.

-Todo está bien, mientras no nos acerquemos demasiado. La atracción es incontrolable a cierta distancia-, dijo Kiro.

De pronto, un rostro me resultó conocido. ¡Era mi amigo Kay! Corrí a abrazarlo.

-Te dije que nos volveríamos a ver. Su voz había cambiado, ya no era un niño.

El viaje continuó por una hora más o menos. Yo maravillada con la aventura no me despegaba de la ventana, disfrutando del paso de la nave donde se veían líneas de colores, cambios de tonalidades, luz, oscuridad; regocijándome con las opiniones que me daban Kay y Kiro.

El viaje terminó. Me despedí y me depositaron en la azotea.

Todavía excitada por la experiencia, al bajar me sorprendió ver la casa. Estaba cambiada, los muebles no eran los mismos. Alumbrada solamente por dos lámparas, la sala lucía sombría. Entré a la recámara de mis padres y los encontré frente al televisor, sin expresión alguna en sus rostros ahora marchitos. Me percaté que sus cabellos lucían canas y me asustó verlos. Hacía aproximadamente dos horas que había salido de mi hogar, dejando a papá y mamá tan distintos de cómo los encontraba. No supe qué pensar.

Una voz asustada apenas perceptible salió de mi garganta –¿Pás?

Los dos voltearon con rapidez al llamado. Sus ojos se llenaron de lágrimas al advertir mi presencia. Mamá se llevó la mano al pecho como para apaciguar un dolor muy grande. Papá la abrazó y volvió a verme. Yo me quedé inmóvil. Por unos instantes nadie hizo nada. Por fin se levantaron y me tocaron –¡Es ella! Se escucho al unísono. Empezaron a sonreír y a llorar al mismo tiempo. Su llanto y sus sonrisas cada vez más fuertes. Les devolví las caricias y me contagiaron su llanto.

-¡Tantos años hija! Tantas lágrimas y por fin regresas, estás viva, estás aquí.

-¿Años? Mamá pero, si solo me ausenté dos horas.

-Ay hija, dijo papá. -Han sido los diez años más tristes de nuestra vida, la angustia, el no saber de ti, la esperanza perdida.

Consternada, escuchando su relato, me acerqué al buró, ahí había un calendario. Con temor, me acerqué y vi la fecha:

Catorce de noviembre de mil novecientos ochenta y cinco… mil novecientos ochenta y cinco.

Bookmark : permalink.

Los comentarios están cerrados.