Memorias de Tarll

JAVIER LÓPEZ SÁNCHEZ

Memorias de Tarll

El mundo, tal y como lo conocía Yell, cambió radicalmente cuando descubrió un ápice de luz en un planeta oscuro. Eran los únicos, en millones y millones de hentares (un hentar equivale a un millón de años luz), que poblaban los planetas del eterno universo. Yell trabajaba en La Estrada, el centro de comunicación, desarrollo e investigación de su planeta, llamado Tarll. Durante lentares (un lentar equivale a mil años) los habitantes de Tarll se desvivían por buscar la fuente de su salvación. El planeta estaba a punto de extinguirse; la energía que lo hacía funcionar se estaba apagando, desvaneciéndose como la llama de una vela. Llevaba tiempo parado, inmóvil. Ninguna gran estrella o satélite podía iluminar la esperanza de los tarllianos, que llevaban dos lentares bajo la penumbra del firmamento.

La función de Yell conllevaba una gran responsabilidad, pero desde que el cosmos dio vida a sus partículas y convirtió la nada en energía, supo que debía prolongar la existencia de los tarllianos. Su trabajo consistía en la investigación y la indagación en las galaxias y planetas cercanos, bajo la supervisión de los Awill, los primeros tarllianos, aquellos que surgieron de la nulidad, transformando la ausencia en vida.

Los tarllianos no se reproducían ni tampoco se alimentaban; no tenían cuerpo, no había nada material que sustentase sus vidas. Eran energía. No morían ni se destruían, aunque podían permanecer inertes lentares si su brío desaparecía. Y es que la fuerza que alimentaba ese brío era Tarll. La madre de todos y cada uno de ellos. El único elemento que no conocían ni podían controlar. Pero el planeta sucumbiría: la energía de su interior, por causas tan desconocidas como el universo, estaba a punto de terminar, y con ella los tarllianos, pues nada podría sustentar su supervivencia. Vagarían inertes surcando los abismos del espacio, esperando el momento de renacer. Pero, ¿cuándo llegaría? ¿Y si no lo hacía nunca?

Medio lentar llevaba Yell buscando un planeta o estrella con características similares a Tarll; sin embargo, su esfuerzo hasta entonces había sido en vano. Desde el nacimiento de los Awill, en ningún viaje a través de los albores del universo se había encontrado un solo ápice de vida. La mayoría de los planetas solo eran vestigios de lo que un día fueron; y solo unas pocas estrellas brillaban con fuerza, pues muchas de ellas se habían transformado en enormes agujeros oscuros y gravitatorios.

-Mira esto-dijo Urbis a Yell. Ambos se unieron y se transfirieron la memoria.

-Increíble-exclamó Yell, anonadado. Los tarllianos no podían ver las cosas, solo sentirlas y percibirlas; eran capaces de transformar la información captada en imágenes, y almacenarlas en sus infinitas memorias-. Ese planeta irradia energía pura.

-Son ocho planetas que giran alrededor de una pequeña estrella-advirtió Urbis, emocionado-. Se encuentran dentro de la Galaxia Espiral.

-¿Y por qué no habíamos dado con él hasta ahora?-Yell se movía alrededor de los planetas como si estuviese allí, surcando los recuerdos del viajero Urbis-. Los planetas se mueven al son de la estrella. Están vivos. Todos lo están.

-Es un astro joven y pequeño, Yell-afirmó Urbis-. Tarll es cien veces más grande. Al principio pensamos que era un descubrimiento sin importancia. Sin embargo, nos sentimos enormemente atraídos por la fuerza de un minúsculo planeta, uno azul.

-Agua…-pensó Yell. Urbis no pudo percibir su pensamiento, aunque así era como se comunicaban entre ellos. No tenían idioma, ni palabras ni diccionario. Se relacionaban a través de los pensamientos, de la memoria y la energía. Transmitían tristeza, desesperación, alegría, enfado, amistad y cualquier sentimiento o expresión imaginable-. Nuestro planeta tenía agua antes. Ahora las rocas, el fuego y el humo conquistan nuestro mundo.

-Creemos que puede haber vida, Yell-Urbis indagó en sus recuerdos y condujo a Yell hacia ellos-. ¿Lo ves? Es energía pura.

El planeta se había vuelto transparente. En el centro, una enorme bola de color rojo intenso emitía enormes frecuencias de energía pura, tal y como lo hacía Tarll. En el universo existían tres tipos de energía: la energía de explosión (la que irradiaban los planetas y estrellas vivas), la energía de sumisión (emitida por las estrellas muertas que se habían convertido en voluminosos agujeros oscuros) y, por último, la energía pura, que hasta entonces solo era emanada por Tarll.

-¿Por qué no entrasteis?-preguntó Yell, confundido a la par que cautivado por el descubrimiento del planeta.

-Era peligroso.-Urbis abandonó sus recuerdos y volvieron de nuevo a la superficie rocosa y llena de cráteres de Tarll-. No podíamos permitirnos el lujo de atravesar su atmósfera. Si de verdad hay vida en ese planeta, trastocar uno de sus elementos, como el agua o el fuego, podría enviar a sus habitantes a la nada.

-Debemos comunicárselo a los Awill.-Yell se deslizó sobre la arena, pasando a formar parte de ella, adoptando su forma, su capacidad y sus características.

De repente, al cabo de unos segundos, se produjo un gran estruendo. La superficie se levantó cual violento terremoto. Yell chocó contra el muro de piedra y no pudo avanzar.

-Es demasiado pronto, Yell-dijo Urbis, quien había levantado la pared de roca-. Miles de Awill han abandonado Tarll, contagiados y desesperados por la inmensa oscuridad, consumidos por la locura. Llevan millones de lentares embriagados por la energía de nuestro planeta; no les ofrezcamos falsas esperanzas.

La penumbra que envolvía Tarll había provocado el abandono masivo de tarllianos hacia otros lugares del universo, en busca de otros planetas con luz o energía, en busca de la salvación o en busca de volver a ser materia inerte vagando por el cosmos, con la esperanza de renacer de nuevo.

-¿Qué propones, Urbis?-exclamó Yell, contrariado-. ¡Tú mismo lo has dicho! Indagar en el planeta podría ser peligroso; informar a los Awill, imprudente. No se me ocurre que hacer, compañero. Estamos a punto de convertirnos en la misma sombra que oculta Tarll.

-Paciencia, solo pido eso.

-Siempre me he caracterizado por ser paciente.-Los pensamientos de Yell cada vez escondían más curiosidad y temeridad-. Conocemos la esencia de los elementos, Urbis. Podemos formar parte de ellos sin alterar su contenido. Sabemos ser agua y también sabemos ser hielo.

-Y también podemos transformar el agua en hielo, igual que podría levantar una montaña en este mismo suelo.-La energía de los tarllianos les permitía interactuar con casi todos los elementos del universo, en mayor o menor grado, dependiendo del nivel de brío de cada ser-. Si los nativos del Planeta Azul viven de esa agua o de esa atmósfera, cualquier cambio, por mínimo que fuese, podría condenarlos a la nada. No somos malvados, Yell.

-Y nunca lo hemos sido…-Yell no quiso que Urbis sintiera aquel pensamiento.

-¿Alguna vez has vivido la historia de la Estrella de Fuego?-Urbis introdujo a Yell en sus recuerdos-.Deon, un buen camarada que huyó para no volver, lo vivió todo, y quedó grabado en su memoria. Él me lo pasó a mí, y yo te lo pasaré a ti, para que jamás se pierda, pues los artífices de aquello abandonaron Tarll y ninguno ha regresado hasta la fecha…y ya han pasado tres lentares.

Una enorme estrella de un color blanco azulado y resplandeciente se alzaba imponente sobre el cosmos. A su alrededor se hallaban cientos de pequeños planetas, girando alrededor de su órbita, consumiendo de la luz y de la energía de explosión. En la superficie del astro parecía haber millones de detonaciones por segundo; bombas de gases desconocidos que desencadenaban una serie de rayos y hondas de color blanco. El blanco más puro y precioso del universo.

La gravedad de la estrella empujaba a incontables meteoritos a impactar sobre su superficie, fenómeno que acrecentaba la fuerza y la energía de las explosiones. Yell percibió que en cada estallido se liberaba un ápice de energía pura. Al igual que él, lo percibieron los viajeros tarllianos. Sin embargo, era muy arriesgado pasar a formar parte de la estrella; los gases que la cubrían eran desconocidos para ellos, y sería muy complicado que pudiesen controlarlos.

A pesar de las dificultades, atraídos por la fuerza y empujados por la desesperación y el desconsuelo, pasaron a formar parte de la estrella, fundiéndose en sus elementos como si se tratase de hidrógeno y helio. Los gases del astro no eran muy diferentes a los anteriores, pero tampoco eran exactamente iguales; de hecho, desprendían mucha más energía.

Cuando ningún tarlliano puedo cambiar las riendas del destino, los gases comenzaron a desestabilizarse, su esencia vital fue trastocada y la estrella fue devorada por el fuego.

Las llamas finalmente consumieron al gran asteroide, después de un número incalculable de combustiones. Los tarllianos permanecieron inmóviles, percibiendo a través del espacio las circunstancias de sus imprudentes actos. A partir de aquel momento, la estrella fue apodada como Estrella de Fuego.

-Como el espacio creador de la vida, ellos cambiaron los elementos que formaban la estrella-argumentó Urbis, indagando en las memorias que dejó su camarada Deon-. Quién sabe si allí, sobre la superficie del astro, había vida. Energía pura, Yell. Energía pura-puntualizó.

-No tiene por qué repetirse la historia.-Yell abandonó los recuerdos de Deon, para volver a la rocosa superficie de Tarll. La oscuridad y la penumbra volvieron a asolarlo como las sombras del pasado-. Para eso estamos aquí-dijo cuándo Urbis apareció-. Para investigar galaxias y desarrollar nuevos poderes. Ni nosotros mismos somos capaces de lo que podemos llegar a crear o controlar.

-No quieras volver a masacrar un mundo con las llamas del abismo.-Urbis se fue alejando, distanciándose de su colega-. Recuerda, Yell: el espacio otorga la vida, y los planetas y estrellas son sus hijos. Nosotros solo somos ápices de energía; partículas de fuerza y memoria bendecidas por el cosmos. ¿A caso deseas tomar las riendas del universo?

“Solo aspiro a salvar nuestro mundo”. Yell alejó a Urbis de sus pensamientos.

Regresó a La Estrada, donde se encontraba su equipo de viajeros. Ellos también habían sido informados del hallazgo del Planeta Azul y todos estaban ilusionados a la par que asustados. ¿Habría vida en aquel planeta? ¿Sería su consuelo después de que la energía de Tarll se extinguiese? Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Yell no había surgido de la nada del universo para vagar por sus infinitos senderos sin dejar huella en el ocaso. Tenía que actuar. ¿Pero cómo? Urbis tenía razón: trastocar los límites del espacio podría suponer la destrucción sistemática de sus elementos. Y si había vida en el planeta, quizá no podrían soportar la energía emanada por los tarllianos. “Pero debía haber algún modo de conseguirlo…”.

-No obligaré a nadie.-Yell transmitió sus pensamientos a tan solo a aquellos que debían escucharlos-. Es una misión peligrosa, casi suicida para el planeta, y sin el permiso y la aprobación de los Awill. Estamos solos, pero ante la prueba de fuego: el momento que todos habíamos esperado. Después de lentares investigando infinitas galaxias, con sus respectivas estrellas y planetas, hemos dado con un mundo similar al nuestro. Vivo, joven y con una gran fuente de energía pura. Si no actuamos, quizá suponga el fin. Si actuamos más tarde, quizá ya no seamos más que energía inerte surcando los senderos del universo. Y, como ya he anunciado con anterioridad, no obligaré a nadie a partir.

De los diez miembros que formaban el equipo particular de Yell, tan solo tres accedieron a completar o, al menos, intentar la misión. Sin esperar ni un segundo más, Random, Plugen, Speed y Yell marcaron como destino el Planeta Azul. No necesitaban aviones o naves espaciales para atravesar el universo. Ni siquiera alta tecnología, eso no existía en Tarll. Si habían estado allí, u otros que habían estado antes y les habían transferido su memoria, tan solo tenían que señalar las coordenadas exactas y fundirse con el espacio. Pasar del punto A al punto B como si doblases dos esquinas de un folio hasta que sus puntas se rozasen.

Surcaban el cosmos infinitamente más rápido que la energía luminosa. Lo cruzaban sin ni siquiera cruzarlo, porque si formas parte de algo, no necesitas de ayuda para alcanzarlo, porque ya lo has hecho.

Las galaxias se plegaron y los puntos se unieron. El Planeta Azul se alzaba ante ellos. Rápidamente se sintieron atraídos por la gran cantidad de energía pura que emitía aquel extraño planeta de color azul (allí donde parecía haber agua), verde (allí donde podía encontrarse la tierra), y blanco (debido a los gases). Aunque el astro que se encontraba en el centro del sistema radiaba más energía de explosión, no era eso lo que convertía al Planeta Azul en algo especial. Era la energía pura: la energía capaz de otorgar la vida.

-El planeta se encuentra protegido-afirmó Random. Su especialidad era captar los elementos que conformaban las estrellas y los planetas-. Es una densa capa de gases; una atmósfera apta para la pulverización de los meteoros y la defensa ante la fuerte energía de explosión proveniente de la estrella central.

-¿De qué está formada?-Speed se aproximó al satélite que giraba en torno al planeta.

-Nitrógeno en su mayoría-manifestó Random-. Oxígeno, quizá. Argón y dióxido de carbono…-Continuó pensando, concentrado en captar correctamente la información- Helio, hidrógeno y metano. Hay otros gases, pero todos de ellos elementales. Sin embargo, hay uno que no logro descifrar.

-No importa-dijo Plugen convencido-. Seré nitrógeno, seré oxígeno y seré argón. Seré la atmósfera y atravesaré la barrera. No tengo miedo, sé que puedo conseguirlo. No sería la primera vez.

-Pero si puede que la última-dictaminó Random-. Percibo un elemento desconocido. Forma una capa que impide, en gran medida, que la energía de explosión convierta al planeta en un desierto de arena. Si intentas traspasar la atmósfera, chocarás con el manto protector. Si alteras su esencia, pondrías fin a la existencia del planeta.

Yell también percibía aquella capa. Un gas parecido al oxígeno; una barrera protectora. “Un mundo lleno de vida debe tener una buena defensa”. No obstante, también advirtió una brecha en el manto; un agujero lo bastante grande como para atravesarlo.

-Es demasiado arriesgado-Random captó los pensamientos de Yell, pues tenía una gran capacidad para percibir el mundo que le rodeaba-. Podrías alterar los elementos. No hay margen para el error.

-Y no lo habrá-sentenció Plugen, aunque no sabía de qué iba la cosa-. Si alguno lo intenta, yo iré con él. Sabéis que soy el mejor.

-¿Para qué hemos venido aquí?-Speed parecía ofendido-. Era una misión arriesgada y peligrosa, ¿verdad? ¿Y cuánto hemos esperado a este momento? ¿Vamos a retroceder? ¿Es eso?

“No”, pensó Yell, concentrándose para que Random no lo percibiese. “Eso jamás”.

Si lo tarllianos podían controlar todos los elementos del universo, menos la energía pura, ¿por qué no iban a ser capaces de dominar un gas? Solo debía ser cauto; concentrarse, querer ser. Y así hizo. Fue nitrógeno, después fue oxígeno, más tarde argón y poco a poco fue avanzando, hasta toparse con la barrera protectora. Se unió a la energía de explosión que allí se almacenaba y simplemente atravesó la gruesa capa, fundiéndose en ella. Pudo sentir la fuerza; abrazar la protección de un planeta. De pronto, la energía se convirtió en su enemiga. Sin embargo, eso duró menos que una milésima de segundo, pues, como el destello de un rayo, Yell atravesó la atmósfera y se precipitó sobre el agua.

Como la presa percibe el peligro cuando está a punto de ser devorada por el león, Yell percibió la energía pura. Una cantidad de energía mayor que en Tarll; mayor que en cualquier otro lugar del universo. Y lo vio todo: miles y miles de seres vagando por aquel lugar inexplorado y desconocido. La luz, en ese nivel de profundidad, era muy intensa. Bajó más. Bajó hasta límites insospechados. Allí, en la inmensa oscuridad del océano, encontró criaturas de tamaño abismal.

Yell se asustó, pues él solo conocía la vida en forma de energía. Pero esos seres parecían estar protegidos por un escudo material. Podía notar el calor que las criaturas emitían en su interior; sentía la energía pura, y los percibía como algo inimaginable. De repente, ansioso y anhelante, salió del mar para unirse al viento. Voló y atravesó las montañas, plagadas de criaturas de todos los tipos y tamaños, y de plantas, de todos los colores y formas. Llegó a las ciudades.

“Montañas de acero, piedra y vidrio”, pensó. Y observó a unos extraños y curiosos seres que parecían controlar máquinas. Podían comunicarse y lo hacían de manera lógica.

“Son inteligentes”.

No puedo soportarlo más, era demasiado. El primer planeta en millones y millones de hentares que poseía vida. Y él había sido el primero en comprobarlo. O eso pensaba entonces…

Abandonó la atmósfera y llegó de nuevo al espacio, donde le esperaba su equipo. Al principio se mostraron un poco molestos, a causa de la escapada, pero se olvidaron de ello cuando surcaron las memorias de Yell. Y, al igual que su camarada, sintieron una gran alegría, a la par que miedo. ¿Podrían ocupar un lugar ya ocupado? ¿Qué pasaría si lo hacían? Debían comunicárselo a los Awill. Sin embargo, ellos les encontraron antes.

En un abrir y cerrar de ojos, el equipo de viajeros de La Estrada se encontraba en Tarll, frente a los Awill. Un muro de fuerza les impedía moverse. Los Awill fueron los primeros en conocer la vida, y ellos controlaban mejor que ningún otro los elementos del universo; sus poderes eran casi infinitos. No atravesarían el muro protector a no ser que recibiesen permiso.

-Habéis cometido una grave infracción-dijo uno de los Awill, llamado Ark-. Una peligrosa misión que podría haber puesto en serio riesgo a un planeta.

Yell fue la voz de la defensa.

-Antes de ser juzgados por traición y, posteriormente, ser desterrados de Tarll, me gustaría alegar que nuestro cometido siempre fue por el bien de nuestro mundo-alegó.

-¿Y para ello ponéis en peligro a otro?-replicó Rehar, otro de los Awill.

Urbis apareció en escena. Yell lo pudo sentir.

-Hice lo que es debido, compañero-dijo-. Sabía que no seguirías mi consejo y que irías al Planeta Azul. Mayor es mi culpa por no razonar mis actos, pues jamás debí transferirte mis recuerdos.

-Tarde o temprano alguien se los habría transferido-le reprochó Speed, quien recibió las evocaciones por parte de otro viajero.

-Ese no es el tema de discusión-sentenció Ark-. Por el bien o el mal de Tarll, eso nunca se podrá corroborar, habéis realizado una misión peligrosa, jugando con el universo y, a su vez, desatando su ira.

-¡Había vida!-exclamó Random-. ¡Energía pura y vida!

-No sois los primeros en descubrirlo-objetó Rehar-. Hace más de un lentar, nosotros, los Awill, nos sentimos enormemente atraídos por la energía pura del Planeta Azul.

Había algo que no le cuadraba a Yell. Si los Awill ya eran conscientes de la existencia del planeta, ¿por qué lo habían mantenido en secreto? ¿Cuál era la razón de esconder la mayor hazaña de la historia reciente de los tarllianos?

-No te precipites, Yell. Todo a su debido tiempo-dijo Rehar.

Ningún pensamiento podía esconderse de los Awill.

-El Planeta Azul es una gran fuente de energía pura-explicó Ark-. Quizá, la más grande de todo el cosmos. No obstante, también emana una cuarta y desconocida energía para nosotros. Hasta la fecha, claro.-Todos quedaron expectantes, incluso Urbis, que tampoco sabía de lo que hablaban los Awill-. La hemos apodado: energía absoluta. Tiene más fuerza, mucha más fuerza que la energía pura, pero es casi imposible de percibir. Es la verdadera ley del universo.

-¿Cómo es posible?-exclamó Yell, sin entender nada.

-Seguimos a las criaturas del Planeta Azul durante medio lentar-admitió Rehar-. El espacio les otorga la vida, pero también se la quita. Son energía pura y energía absoluta. Ellos contemplan la muerte.

Ni Yell ni ninguno de los presentes, salvo los Awill, entendían aquel concepto.

-La muerte es lo opuesto a la vida-continuó Rehar-. Surgieron como nosotros, pero evolucionaron gracias a la energía absoluta. Al conocer la muerte, fueron forjando estructuras materiales para proteger la vida. Con el paso del tiempo, fueron perdiendo el dominio de los elementos y también sus memorias, pero desarrollaron otras capacidades. Y, por encima de todos los seres, surgieron los seres humanos: los únicos que lograron mantener parte de la esencia perdida.

-¿Y por qué lo mantuvisteis en secreto?-Yell seguía sin entenderlo ni poder asimilarlo. ¿La muerte?

-Porque supuso la marcha masiva de tarllianos al Planeta Azul-advirtió Ark-. Atraídos por una vida limitada y mortal, abandonaron su anterior existencia para unirse a la raza humana. Los placeres que otorga la vida cuando sabes que en cualquier momento puede desaparecer, son realmente inimaginables.

-Los tarllianos también podemos desaparecer-replicó Plugen.

-Pero no para siempre-corroboró Ark-. Podemos permanecer inertes durante lentares, pero renacer de la nada. La muerte no contempla el resurgir. La muerte extingue la vida, como le ocurre a los planetas o estrellas. Se trata de energía absoluta, la que verdaderamente tiene el poder del universo.

“El poder de quitar lo que una vez dio”, pensó Yell.

-Y si Tarll abraza la muerte, ¿el Planeta Azul no sería nuestra salvación?-planteó Random.

-Al contemplar la muerte y los placeres de la vida, los humanos se convierten en seres malvados-confesó Ark. Transfirió sus recuerdos a los presentes.

Yell jamás había visto algo parecido. Eran ellos, los mismos seres inofensivos que había visto de cerca en aquellas grandes ciudades de montañas de acero, peleando y quitándose la vida los unos a los otros. Lo observó desde distintas eras: en unas luchaban con armas de cobre, en otras de acero y en otras con extraños artilugios que disparaban pequeños objetos explosivos.

-La muerte los convierte en seres codiciosos, ambiciosos y materialistas-explicó Rehar-. Son conceptos y sentimientos que en Tarll no se conocen, pero así lo definen ellos. Muchos de nosotros, los Awill, huyeron de su destino para unirse al Planeta Azul. Pero no queremos esa ventura para los tarllianos.

-Al fin y al cabo, también supondría nuestro fin-dijo otro de los Awill, llamado Groer.

-A partir de aquí, solo os pedimos discreción-advirtió Ark-. Si queréis o no formar parte de la vida del Planeta Azul, para así conocer la muerte, no os lo prohibiré, pues el universo os concedió el don de la libertad. Pero una cosa debéis conocer: los seres humanos no conceden tan preciada libertad: la roban, se la adjudican y juegan con ella. Unos viven y otros mueren. Unos cobran y otros pagan. Tarll se extinguirá por razones desconocidas del universo, pero el Planeta Azul se extinguirá cuando los humanos acaben con él.

Había llegado el momento con el que siempre había soñado, pero Yell se encontraba lleno de dudas. ¿Cuáles serían los placeres de la vida cuando sabes que tiene un límite determinado? ¿Amor, amistad, odio? A Yell le encantaría amar hasta la muerte, cosa que en Tarll era imposible, pero no aguantaría odiar hasta el fin: y esa era una de las posibilidades. Tampoco soportaría matar ni dañar al prójimo; acabar con una vida que el universo ha dado. ¡Sería como jugar a ser el cosmos!

De pronto, lo tuvo claro. Lo había tenido desde el primer momento en que sintió la energía dentro de él. Mientras Tarll siguiese viva, aún sumida en la oscuridad, estaría a su lado. Al fin y al cabo era la madre de todos. Y él era su hijo. De repente, conoció la verdad sobre las cosas, después de tanto tiempo. Prefería abrazar el infinito, permanecer inerte durante millones de lentares, a formar parte de una vida ligada a la destrucción, la codicia y la ambición.

“Está es mi casa. Estas son mis memorias”.

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