Llanto

ENRIQUE BORST

Llanto

El tiempo le pasó indefectiblemente, al final nada se acordaba de lo reciente y poco de lo que había vivido. A veces se pensaba un juglar, un caballero, un campesino, otras veces se creía esclavo de un imperio, un rey del desierto, una odalisca y hasta un pirata.

Él no era nada de eso. Él iba de la cama a la sala, de la sala a la cocina y de vuelta a la cama. Se quejaba de los infinitos dolores físicos. Un día apareció preso en su cama. Una señorita de malos modales le repitió que lo cuidaba. Él ya ni siquiera sabía que tenía hijos y nietos, paradójicamente ellos se habían olvidado de él. Terminó sus años agónicos y delirantes en su cama de toda una vida, con olores feos y sábanas sucias.

Respiró las aguas del paraíso. Sintió una felicidad enorme que se terminó con la queja de su madre. Sintió un dolor agrio al respirar el aire y observó el mundo con desconfianza. Aprendió a caminar y aprendió un idioma. Él todo lo retenía, palabras, imágenes, formas. Todo quedaba registrado. Sonrió. El aire se hizo dulce y excitante. Su madre lo nombró y él nombró a su madre. Se inclinó por la religión y se destacó en sus estudios. Tuvo profesión, se creyó altruista y dio a todos cuanto pudo. Se casó, fue el marido fiel y perfecto, amó a sus hijos. Pregonó el respeto, el amor y el trabajo. Un día de invierno lo lloraron.

Abrió sus ojos y respiró. Amó el tacto y el aroma de su madre. Quiso abrazarla y estar todo el día pegado junto a ella. El calor de su sangre fue un escudo irrompible que terminó el día menos esperado. A él los años y las noches lo encerraron en un torpe pensamiento sobre el vacío. El mundo estaba lleno de enigmas y él era demasiado débil para enfrentarlo. Sin siquiera echar un vistazo se le antojó malo y egoísta. La tragedia marcó su vida y afloró, el día menos esperado llegó de golpe. Él no pudo solo. La angustia horrible lo carcomió, la vida era despreciable. Pensó en la mentira como una peste y se sintió acorralado. Una tarde luego de varias noches sin sueño decidió de irse abruptamente.

Nadó por aguas suaves de algodones, bebió la espesa leche materna y el azar le hizo un guiño. Él era bello y delicado. Leyó todos los poemas y se convirtió en un ser sediento de amor. Conoció princesas de países nórdicos y las amó, tuvo romances en la selva y en el llano. Él las amó a todas pero tanto amor un día colapsó. Sus días le fueron cortados mientras buscaba una musa en las cercanías de un bosque, se dice de una actriz, de una locura, de un amor imposible, de celos y de un disparo certero.

Nadó, volvió diminuto y anémico. Sin fuerzas y llorando sin razón. Fue alto y de contextura fuerte. Tuvo impulsos incontrolables. Se dedicó a la política y a la guerra, la combinación le resultó perfecta. Nada había después de la vida. Aborreció a sus padres y escupió a su mujer. Él despreció al hombre. Lo nombraron tirano, y en silencio algunos lo llamaron héroe. Su apetito nunca tuvo límites, se apropió de corazones, de tierras y tuvo sueños de sangre. Se creyó inmortal. La vejez misteriosa fue la única que pudo con él.

Nadó, respiró fuerte y lloró descontrolado. Es un angelito, dijo la partera y la madre sólo quiso abrazarlo…

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