Lirio de reactor

ZORRO CHINO

Lirio de reactor

Los pasillos flanqueados por puertas desencajadas se sucedían en las entrañas de la mansión. Patrullar el ala oeste solía ser un paseo tranquilo con la linterna arrancándole sombras dentadas al papel levantado de las paredes. Pero cuando pasábamos por delante de una habitación anegada de escombros y el viento frío me lamía la cara no podía reprimir la necesidad de abrazarme a la cabeza de papá.

–Obstruyes mi campo de visión, Alma.

–¡Tengo miedo, jolín!

Papá giró sobre sí mismo haciendo un barrido perimetral con la linterna. Yo giré con sus hombros, temerosa de la oscuridad que dejábamos atrás.

–No detecto presencias hostiles –aseguró en tono monocorde–. Las estadísticas arrojan que no hay antecedentes de infiltración en este sector.

–Quiero volver –murmuré mohína.

–De acuerdo –zanjó empezando a deshacer lo andado.

No le quité las manos de la cara.

Por aquel entonces yo tenía cuatro años y no me cuestionaba la presencia de esqueletos en la cocina ruinosa en la que papá me servía las verduras de su huerto. Vestida como una princesita trepaba a mi trona y hamacaba los pies mientras observaba al muerto que ocupaba el rincón que tenía enfrente. Si papá no le daba importancia a su presencia, ¿por qué iba a hacerlo yo, que jugaba a embocarle los guisantes en las cuencas vacías del cráneo? Aunque nueve de diez lanzamientos eran interceptados por la mano de papá, que los devolvía a mi cuenco…

Con el tiempo, sin embargo, empecé a formular preguntas que papá rehusaba responder escudándose en un concepto abstracto llamado control parental. Pero mi machacona insistencia surtió efecto y transigió en resolverme dudas siempre y cuando estuviesen ligadas a temas que me afectasen personalmente.

–Vale, esto me afecta –afirmé con cinco años–. ¿Qué son los agujeros chiquitines que tienes en la camisa?

Papá procesó la información y concluyó que se ajustaba al ámbito personal.

–Perforaciones de bala. –Levantó la cabeza–. No todas pertenecen a la misma disputa.

–¿Las balas son esas cosas que se usan en la guerra?

–Según la RAE, la bala es un proyectil de forma esférica o cilíndrico-ojival, generalmente de plomo o hierro. –Me miró detenidamente–. Tiene la capacidad de matar o herir de gravedad dependiendo de la pericia del tirador y la potencia del arma.

–¿Y no te hace pupa?

–No.

–Chachi –dije más tranquila… Sí, papá enriquecía mi lenguaje con cuentos infantiles.

La escasez de agua no resultaba problemática para el consumo, pero a veces los baños se retrasaban semanas. Por ello papá me limpiaba como a un mueble pasándome un trapito apenas húmedo por el cuerpo. Yo levantaba los brazos en el atrio de la mansión imitando a la escalinata que se bifurcaba al llegar a la planta superior y paseaba la vista por los infinitos detalles del lugar: desde los querubines resquebrajados que decoraban las balaustradas hasta la tímida luz velada que nos alumbraba desde la claraboya del techo. Papá descorría la persiana acorazada de aquel acceso únicamente si era necesario. Si bien la mansión era impracticable desde fuera, decía que no había que correr riesgos juzgando a todos los merodeadores como simples vagabundos muertos de hambre.

–Abre más cosas. No pasará nada –añadí anticipándome a su respuesta.

–La mayoría de las ventanas están selladas desde hace tres años. Sus mecanismos están inoperativos. –Me pasó el trapito por el cuello–. El resto están ubicadas en zonas de riesgo, y no es conveniente abrirlas.

–¡Entonces abre la puerta, quiero ver el sol!

–No es posible, Alma.

Cogí tal rebote que salté de la palangana y salí disparada hacia mi cuarto a través de un penumbroso pasillo lateral. Con los ojos anegados por lágrimas de enfado, percibí en mis pies descalzos la transición de la madera que papá había pulido a los primeros mechones de césped que brotaban sobre imperceptibles desniveles de tierra. Los helechos me cosquilleaban los muslos, y las pequeñas bioluminiscencias que pendían de filamentos electrónicos se activaban con mi cercanía y descubrían con su tenue fulgor las plantas trepadoras que forraban las paredes y ganaban el techo… Que la zona habitable fuera un jardín salvaje me parecía tan normal como la existencia de restos humanos en las inmediaciones. Sabía que aquella explosión vegetal procedía del huerto, cuyo umbral guardaba sin estorbar un árbol joven que había comenzado a encorvarse bajo el dintel. También sabía que papá realizaba estudios sobre la tolerancia estructural del ala este cada vez que se proponía derribar a puñetazos la pared de una estancia adyacente para agrandar el huerto. Pero desconocía la suerte que tenía al entrar en mi habitación, ¡un sitio seguro!, pisando el pasto revuelto, y arrojarme al rincón de almohadones agitando la hojarasca…

Desconocía lo mucho que luego extrañaría aquella grabación de grillos en bucle.

Esa noche diluvió. Los truenos bramaron desde la lejanía en un aviso de advertencia. Cuesta imaginar el terror que se apoderaría de los vagabundos que de tanto en tanto se aventuraban por los límites de la mansión… Papá me explicó que las tormentas adquirían mayor magnitud año tras años, electrificándolo todo a su paso, y que la desesperación apremiaba a los que veían imposible alcanzar un refugio antes de que las planicies se transformaran en bosques de relámpagos… Luego efectuó una serie de mediciones con las primeras gotas que cayeron por el tubo que recogía la lluvia del tejado.

–No potable. No corrosiva. Proceso afirmativo –concluyó cuando el violáceo del agua en el tubo de ensayo reveló su nivel de pH–. Ve a la bañera, Alma. Aprovecharemos la coyuntura climatológica para finalizar tu higienización.

Recogí mis juguetes –cosas que flotaban– y aguardé desnuda de pie ante la bañera mientras papá calentaba el agua con las manos. Se le enrojecían creando un burbujeo que me hacía reír. La tormenta arreciaba y la mansión crujía como un galeón castigado por las olas. Papá levantó la vista al techo sin desatender su tarea.

–El viento alcanza los 127 kilómetros por hora –sentenció inexpresivo.

–Papá, me pican los pies –repliqué. El alicatado de las paredes se había ido desconchando y el suelo estaba repleto de trocitos de azulejo–. Pica muchísimo.

Papá desactivó el calor de sus manos y me introdujo en el agua cogiéndome por la cintura. La mugre que tenía adherida a las plantas de los pies salió a flote. De pronto una ráfaga de tempestad impactó contra la mansión aullando por todos sus intersticios en la furiosa búsqueda por resolver el conflicto de aquel obstáculo en medio del camino.

La linterna de papá parpadeó en la oscuridad. Yo seguí tirando al suelo los trocitos de azulejo que flotaban en el agua.

–Me llamo Alma –le espeté poco después mientras me secaba con un trozo de tela sobre los almohadones de mi habitación–. Tú eres papá. Pero en los cuentos papá no es un nombre. Los papás tienen más nombres que papá.

Él estaba arrodillado a los pies del lecho. Era su posición de vigía, la que mantendría hasta el amanecer.

–También puedes llamarme padre –dijo tras una breve reflexión.

–Padre y papá son lo mismo –refunfuñé–. Yo además de hija soy Alma. ¿Entiendes?

Se oyeron gritos y disparos frente a la mansión. La intensidad de los alaridos coincidía con la cercanía de los truenos. Papá salió a averiguar lo que ocurría. Yo estaba a punto de dormirme cuando regresó y adoptó la misma postura de antes.

–Tu curiosidad es lícita, Alma –determinó reanudando la conversación–. Soy un Atlus Urbano 42 rango Tau. La única identificación equivalente a un nombre personal es mi número de fabricación.

Se trataba de un código alfanumérico de siete minutos de duración. Empezaba por 42.

–Vale –solté soñolienta.

Y que perdiera un ojo en el altercado con los de afuera no era problema. En el subsuelo solía encontrar recambios… Vamos, que esta revelación no supuso un giro en mi vida. Atlus continuaba siendo el mismo papá que utilizaba la mano como una impresora láser cuando jugábamos a dibujar en las paredes. El mismo que me reparaba las muñecas hechas con tablas presionando los clavos con los dedos. El mismo al que le pedía un abrazo tras lastimarme y de su pecho sonaba una canción de cuna. El mismo que reclamaba mi presencia en la cocina a través de los altavoces de la mansión sin necesidad de micrófono cuando yo salía de excursión… El mismo que por fortuna sabía siempre dónde encontrarme, porque en una de esas excursiones hice contacto con el primer extraño.

Al principio oí pasos en una escalera que comunicaba con el subsuelo, punto del ala oeste al que papá me prohibía bajar terminantemente por cuestiones de seguridad. Ajena al peligro, fui a investigar el origen del sonido y el intruso se detuvo frente a mí sin saber cómo reaccionar. Tenía más miedo del que yo pudiera racionalizar.

–Hola –le dije apuntándole con la linterna. Era un anciano. No tenía dientes y respiraba con terrible esfuerzo.

–¡Bajo los pies tenéis el infierno! –exclamó con expresión delirante.

Yo no entendía el concepto de infierno, pero supe que se refería a algo malo. Ladeé la cabeza y observé la escalera, la luz que caía en cascada por los peldaños hasta el portón metálico entreabierto.

–Kilómetros de pasillos, laboratorios, salas y habitaciones… –susurró el viejo abstraído en el recuerdo de su pesadilla–. ¡Ese laberinto está repleto de sombras que se mueven solas!

–Papá dice que las sombras las proyectamos nosotros –aduje con tranquilidad.

–Eres la hija de la bestia, ¿eh? Pues ahí ya no queda nadie que las proyecte… Vagan por los túneles y a veces te atraviesan… No sé lo que quieren, pero he conseguido escapar… Chiquilla, te lo ruego, ¡dame algo de comer!

Posó sus zarpas en mis hombros y empezó a sacudirme sin fuerza. Estaba claro que había perdido cualquier atisbo de lucidez. Papá brotó como un misil de la oscuridad, desacelerando una milésima de segundo antes de cogerlo por la nuca. Lo soltó a buena distancia de mí.

–Su presencia implica una infracción en el protocolo de seguridad –le advirtió–. Márchese inmediatamente o procederé a expulsarlo por la fuerza.

–¡Si tenéis oxígeno de sobra! –gritó en cuanto desapareció el dolor que la mano de papá dejaba al apretar–. ¡Hasta puedo sentir la vibración de los motores purificadores en los tabiques!

–Señor, la utilización de la fuerza no es un recurso negociable. Tiene que irse.

–Incluso puedo… –rompió a llorar–, ¡puedo oler a tierra y humedad! ¡Tenían razón! ¡Ellos tenían razón!

Papá levantó al viejo por las solapas de la gabardina roñosa y, mientras éste se debatía enérgicamente, lo colocó en el primer peldaño de la escalera al subsuelo.

–Sus enfermedades ponen en riesgo el equilibrio ambiental del refugio. Por favor, váyase antes de que me vea forzado a hacerle daño.

–¡Pero si aquí respiro bien! –exclamó lastimosamente. Jamás olvidaré sus estertores sibilantes–. ¡Esto es terapia para mis pulmones!

–El diagnóstico superficial –olfateó su aliento– indica que padece una neumonía química severa. El oxígeno no le sanará. Quizá le cronifique la dolencia. En cualquier caso, deberá marcharse. Aquí no ofrecemos servicios sanitarios.

–No pienso volver allí. ¡Está repleto de ecos!

–Sólo es energía atrapada –explicó forzándolo a bajar con su propio descenso–. Según los sensores de distancia, le aguarda un viaje de tres días hasta el sector colapsado por el que accedió al complejo.

–¡Pero por favor…! –fue lo último que imploró antes de que papá cerrara el portón y luego lo sellase con el calor que irradiaban sus manos. El llanto del viejo se fue alejando a través del acero de medio metro de grosor. Creo que murió ahí mismo, o tal vez avanzase un poco más. En cualquier caso, los sensores de distancia que papá consultaba a menudo no registraron ningún movimiento en meses.

Antes de abandonar aquel escenario sombrío, recogí del suelo una foto manoseada que se le había caído al intruso. En ella se podía ver una pradera que reverdecía bajo un sol que deslumbraba el ángulo superior derecho de la imagen. Con los dedos sucios toqué unas cositas blancas que papá identificó como ovejas. Iban juntas, en “hato de ganado lanar”, recorriendo una llanura que desaparecía abruptamente y volvía en forma de sierra alzándose a un inconcebible cielo azul. Inquieta ante la posibilidad de que papá me quitase la foto por las enfermedades del viejo, se la enseñé pidiéndole que me llevara a ver las ovejas.

Papá se detuvo y la estudió largamente.

–Está bien –sentenció. Yo abrí los ojos de sorpresa y comencé a saltar a su alrededor.

Aquella semana me cosió a exámenes. Para qué negarlo, recibí una formación excepcional. Papá me explicó que los Atlus disponían de una biblioteca interna que abarcaba en mayor o menor medida todas las disciplinas del saber humano. Recuerdo que una vez le pedí que me cuantificase la magnitud de su base de datos y tardó veinte minutos en procesar la petición. Millones de teras repartidos entre archivos de audio, texto y vídeo. Los rango Tau contaban además con la capacidad de jerarquizar su conocimiento en un sistema educacional adaptable a la edad del niño. Con las paredes de pizarra descubrí un mundo que ignoraba. Aprendí lo que eran los gobiernos, los embajadores y los escudos antimisiles, y por qué fallaron la noche que desde la Estación Espacial Internacional vieron la atmósfera de la Tierra llenarse de estelas cruzadas. Sí, fui buena alumna. Por ello, cuando saqué dieces en todos los exámenes, papá se me acercó con una máscara antigás y dijo:

–Será estimulante para tu aprendizaje que te recompense con algo que te prometí.

No cabía en mí de alegría. Sin embargo, la polvorienta máscara antigás no pasó desapercibida.

–¿Y eso para qué es? –pregunté cejijunta.

Tardé años en entender su vacilación. Y aún hoy sigo asombrándome con su humanidad.

–Necesitas protección –respondió–. Es posible que tus pulmones no estén preparados para asimilar el aire nuevo del exterior.

Tras apretarme las correas de la máscara, me cogió de la manita y me llevó hacia el atrio. Extrañada con la intensidad de mi respiración, lo observaba todo como a través del visor de un batiscafo. Y mientras la puerta principal al exterior se abría hacia arriba entre gruñidos metálicos, papá me miró fijamente. Yo le correspondí. Era su forma de sonreír.

Poco a poco una luz que a veces parpadeaba comenzó a subir por mis piernas hasta alcanzarme la cintura. Retuve el impulso de echar un vistazo. Quería que el impacto fuese total; de hecho, la sorpresa no pudo ser mayor. Tardé varios segundos en salir del asombro que suponía descubrir un mundo idéntico al de la foto que guardaba en el bolsillo.

Allí fuera reverdecía la pradera bajo un sol cegador. Bajo un cielo tan azul que dolía. Los árboles custodios solazaban a las ovejas con sus sombras donde la llanura rompía, desaparecía, y luego se alzaba al horizonte en picos de sierra. Era tan maravilloso, tan magnético, que cuando el paisaje entero parpadeó con un bajón energético que produjo chisporroteos en el atrio y el mundo se tornó gris parduzco y la pradera dejó de ser pradera para convertirse en dunas de basura que se extendían inconmensurables a través de un cementerio de aerogeneradores torcidos o vencidos que llegaba hasta donde se perdía la vista en aquel vertedero acribillado de fumarolas, no perdí la esperanza de haberme “equivocado”. Ni siquiera cuando el viento retiró un banco de bruma y en la lejanía comenzó a adivinarse la presencia monstruosa de un panorama urbano de factorías vivientes que rugían fuego al cielo nuclear. Ni siquiera… Porque papá, que había retrocedido sigilosamente al atrio, golpeó con la mano abierta un panel de control instalado en la pared y la foto del viejo regresó en el acto, abrumándome con su verdor.

En ese momento no lo entendí. Me quedaban por delante muchos años de creer que las ovejas aún existían.

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