La suerte negra

ROSA DE MENA

La suerte negra

Nos conocimos en el verano de 2012, contemplando un óleo en la galería Artesur de Saõ Paulo. Escuché hablar a la mujer que estaba a mi lado, pero no la entendí. Me ocurría a menudo desde que llegué a Brasil. Mi portugués materno era diferente al que encontré en ese país en el que buscaba nuevas oportunidades.

La mujer me aclaró:

—Es un cuadro con una cuarta dimensión: Dios corrigió el caos con la vida y la belleza… Me llamo Rita Hazuk, soy marchante de arte.

—Mucho gusto, mi nombre es Andreia Duarte, soy artista de la aerografía —respondí animada.

La mujer tendió la mano y me dio su tarjeta.

—Ven a verme el lunes y trae una muestra de tus trabajos.

Observé la pintura a solas. Buscaba esa dimensión que traspasa los cinco sentidos: en primer término una muchacha se peina delante de un tocador y una ventana proyecta un trasluz. Nada fuera de lo normal, excepto porque en el espejo se ve reflejada a la joven y la atmósfera de la habitación es una tiniebla donde se iluminan formas humanas. Leí en la placa: «Luz en la faz del abismo, Génesis 1:3.». No comprendía su significado pero, al sentir la seducción de la pintura, formulé un deseo:

—Me gustaría conseguir ese efecto en mis pinturas.

El lunes siguiente paré a un taxista. Le mostré la tarjeta y él arrugó la cara en un gesto antes de ponerse en marcha.

Dejamos atrás la ciudad bordeando las favelas. Un olor agrio flotaba en aquel laberinto de calles sin nombre. Me pareció otro mundo. Dos niños daban puntapiés a un balón abollado con sus zapatillas atadas con cables. Un hombre hundió su mirada en mí.

Avanzamos rodeando la colina y apareció ante nosotros una mansión. El taxi se detuvo delante, y titubeé antes de salir.

Apenas había cerrado la puerta cuando el coche arrancó. Me quedé de pie, abrazaba el book de mis obras y llegué a oír mis propios latidos.

Golpeé la aldaba e insistí con los nudillos.

La puerta se abrió de par en par. Rita Hazuk estaba al otro lado, vestida con una túnica blanca y sonreía. Nos sentamos en un salón con muebles de roble, tapices y bodegones, donde flotaba un olor a incienso. Me ofreció una copa de cachaza.

—Veamos tus cuadros. —Rita paseó la mirada por las hojas y añadió:

—¿Encontraste la cuarta dimensión?

Sus ojos se clavaron en los míos. Me asomé a ellos como a un precipicio. Sentí vértigo mientras el salón giraba a mi alrededor hasta desintegrarse en una espiral.

En un instante, me vi caminando en un atardecer de verano, me envolvía un aroma a sándalo. Escuché la voz de Rita en la lejanía:

—Encuentra lo que buscas, sígueme.

Caminé hacia un espacio sin límites, donde mis propios cuadros flotaban y se descomponían en miles de partículas. Apareció ante mí el rostro del hombre de los arrabales, moviendo sus labios:

—No estás viendo mi cuerpo, sino mi alma.

Sentí terror, había atravesado el umbral de lo cotidiano. Quise huir y, de pronto, me vi en un retroceso hasta salir a través de los ojos de Rita.

—¿Encontraste lo que buscabas? —dijo ella, sonriendo. —Solo si dejas fluir tu interior alcanzarás otros niveles de conocimiento. Pinta lo excepcional, la vida en otros mundos… Pero, sobre todo, déjate llevar por la suerte negra que atrapa a los artistas.

Y apretó mi mano.

FIN

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