La caída

CARLOS LÓPEZ RAMÍREZ

La caída

Quendor mostraba sus síntomas cuando no podía aguantar más. Para él no existía el mañana, todo era el ahora, todo se resumía al instante, por lo tanto solo había que pasarlo bien; y él sabía como, disfruta el momento, “Carpe Diem”, al igual que filósofos y griegos antiguos; ¿No?, ellos sí que sabían y no estos infelices y estúpidos que paseaban como almas errantes; ¡Bah!, ¿para qué seguir dándole vueltas a las cosas?

Y sin embargo, aún sentía temor al ver las paredes blancas y grises de su cuarto desnudo, por el agua de tuberías picadas, escondida en finas capas de ladrillo y cal. Siempre se sentía así cada vez que entraba en ese dormitorio, que por supuesto no era el suyo; aquel cubículo despojado de personalidad, siempre en penumbras, con el flexo en la mesilla de noche, junto a la pequeña cama del rincón, aislada; mero colchón y somier, con cuatro cortas patas y una tele, ahora apagada, en el otro extremo de la sala.

Allí sentado, mirando esa pared siempre resquebrajada, esas pequeñas grietas en la pintura, creciendo; horas viendo cómo se extendían, igual a raíces negras, ensanchándose y enseñando ese universo siniestro.

¡Ah!, aun podía acordarse de cuando no tenía limitaciones, ni debilidades, aunque la falta de fronteras y valores, que no de mezquindades, le hizo entregarse a toda clase de placeres. Y descubrió que no era tan fuerte como creía después de todo, y también, que la ecuación de vicios al cuadrado, por dudosas amistades, buscadas con prejuicios, partido entre poca moral, daba como resultado, un virgen nihilismo depurado, que llevaba a la destrucción de la persona.

Pero la verdad era su rendición. Había enseñado sus cartas demasiado pronto y no se había retirado a tiempo. La familia, los amigos, sus novias, meros objetos que debía utilizar. Aunque para Quendor las personas siempre fueron un poco cosas. Y claro, al final, a él también lo terminaron tratando como tal. Los más responsables se apartaron de su camino y los demás lo utilizaron como mejor sirviera a sus fines.

Siempre estaba esperando en la oscuridad, ese golpecito; un pequeño martilleo repetitivo de alguien intentando comunicarse, a su lado, justo bajo su oído. Miedo de alguien rasgando, arañando la negrura de su cuarto, y él mientras aguantando la respiración, para no ser descubierto, para huir, para que acabe. Y después a esperar el siguiente sonido. Allí un poco más lejos, ¿O un poco más cerca?

¡Bah!, ya había superado la etapa de miedo, estaba absorbido por el egoísmo y la codicia. Dentro de su círculo, degradándose, aunque lentamente gracias a su juventud. Él se encontraba bien, salvo, bueno, cuando le faltaba su heroína.

Inyectarse una dosis era algo instintivo, no se daba cuenta cuando lo hacía, era algo soberbio. Después, esa calor que no quema, procedente de dentro, como luz blanca entre un mar de llamas, y crecía, y lo aislaba. Él podía crear todo un mundo nuevo lleno de dicha. Esa calidez tibia aumentando con cada latido, placer imperecedero dentro y fuera de uno, sin existencia corpórea, por la anulación de los sentidos; ni conciencia, ni pensamientos o razón, sólo gozo. Él llegaba a la fuente del gusto, la tocaba, se zambullía y nadaba en ella. Tampoco sabía como salía del trance, solo recordaba su cuarto, un gran cansancio y estar concentrado para dormir.

¡Oh, Dios!, conseguir reducir a lo absurdo todos sus problemas, pero, ¿Qué preocupaciones tenía el Cloti?, ¿Cómo conseguir algo de parné, haciendo un trabajillo sucio aquí o allí? ¿Cómo conseguir más para ella? ¡Minucias!, aunque cuando su amiga no lo abrazaba, notaba la realidad con todo su peso, ese dolor en el pecho, justo en el esternón. Se sentía pequeño y famélico. Pobre Cloti, mote surgido en la evolución de un insulto, por algún desaprensivo. ¿Y qué?; eso a él no le hacía daño, solo la falta de su amante insaciable, de su voraz compañera, desprotegía al Cloti y lo asustaba, volviendo el mundo extraño, desconocido.

El mundo humano era un misterio para él, prefería los contenedores y la basura, donde conseguía algo de alimento, ropa y utensilios para sus miembros oscuros y enflaquecidos. El cuerpo del Cloti era pequeño y delgado, algo moreno, aunque su cara siempre permanecía pálida, con el pelo rasurado y una barba despuntando de hace tres días. La ropa, camisetas y calzonas, ya hiciera calor o frío, lloviera o no, y nunca contraía nada, nunca estaba enfermo, a pesar de que siempre tenía la nariz tapada, llena de mocos.

El Cloti estaba sentado en su astillada silla de madera, se había metido un chute, cuando algo comenzó a ir mal, notaba sudor frío recorriéndole la espalda y una sensación de incomodidad, y frío, mucho frío. Su momento de éxtasis no había llegado. Sentía sus pulmones pequeños y le costaba respirar. Vio una sombra por el rabillo del ojo que se movió a su izquierda, el flexo no alumbraba bien y mantenía muchos ángulos en penumbras, él estaba seguro que algo se movió. Giró con rapidez la cabeza hacia atrás y una mano increíblemente fuerte, se posó en sus ojos arrojándolo al suelo, dejándolo sin sentido.

Algo sucedió, no comprendía cómo se había caído de la silla; sí ya, se había caído muchas veces y no siempre recordaba cómo. Pero esta vez era diferente, era al contrario, recordaba lo ocurrido y ni siquiera le sirvió de nada la droga; “¡camello de mierda!, ¡le había vendío pura chusta!” Miraba el flexo tendido en el suelo con su silla al lado. Una polilla revoloteaba en la luz. El Cloti intentó incorporarse. Observó en la pared la sombra de la polilla, era enorme. Escuchaba un sonido de ondas, como aspas de helicóptero. Al mirar otra vez al insecto, observó cómo sus alas despedían unos polvos que brillaban en la oscuridad y se ennegrecían a la luz. El bicho parecía flotar entre estrellas. Podía ver las venas rojas y moradas, iluminadas por el flexo, que inyectaban sangre a sus alas en cada movimiento. Le impresionó su envergadura porque por un momento le pareció del mismo tamaño que la sombra.

Continuaba mareado, no respiraba con normalidad y empezaba a sentir claustrofobia de su propio cuarto. Fatigado, veía los filos de los objetos de un violeta luminiscente, separados cada uno, por esa luminosidad que pertenecía a ellos y a la vez al exterior.

Mirando asombrado la habitación comenzó a oler especias, sobre todo canela y pimienta, y de repente apareció ante él un personaje imposible.

Fue en este momento cuando tuvo un hecho importante, quizás el más importante de su vida, aunque él no le dio esa importancia, no le dio ninguna.

Observándole con ojos azabache, se perfilaba en la oscuridad una figura atlética, casi felina. Comenzó a sudar de nuevo, sentado con la espalda levemente inclinada hacia atrás, se apoyaba sobre sus manos y sus brazos formaban un triángulo agudo con el tronco. Las extremidades comenzaban a temblarle incontroladamente. El sujeto miraba a Quendor con curiosidad, después se echó a reír estrepitosamente.

Su vestimenta, si se le podía llamar así, era una armadura igual a la de gladiadores. Quendor intentaba concentrar la vista con la poca penumbra que su foco dejaba. Sin duda llevaba una armadura, tenía una coraza y muñequeras hasta los codos y también hasta las rodillas, pero no, no era de gladiador, ¡no!, se parecía más a los indígenas, sí, era parecida a las películas de aventuras y de piratas; cuando los colonizadores del nuevo mundo se encontraban por primera vez con los nativos de América. Pero aquella vestimenta era diferente, no tan pomposa y exagerada, a manera de disfraz de carnaval, sino que se ajustaba perfectamente a la musculatura del cuerpo, se veía robusta pero también flexible.

Quendor había desarrollado una gran capacidad de observación. La tienes que conseguir si quieres encontrar comida en las calles, además había visto muchas películas exóticas, eran las que más le gustaban, de países lejanos y extraños donde quizás él pudiera empezar. Las veía todas, en blanco y negro o en color; las mejores horas eran de madrugada, cuando las ponían en la 2, además, él no dormía demasiado, tenía tiempo de sobra.

Así el indio se cubría con una coraza ceñida al pecho con relieves abstractos de bocas y dientes, de caras gruñendo, todo mezclado con vivos colores; tobilleras y coderas, también con relieves, que le llegaba a las rodillas y a los codos respectivamente; una especie de trapo o falda roja por encima de las rodillas, y un casco o corona, con finas plumas verdes y largas, de la cola de algún desgraciado pájaro, formando una cresta desde la frente a la nuca. De ese extraño gorro le caía un largo pelo negro que le llegaba a la cintura. Y en su mano izquierda, observó luego, sujetaba un bastón, ¡no!, una lanza, también tallada de serpientes e insectos.

Estábamos en que aquel sujeto se reía y no precisamente de alegría, se reía de él, aquel tipejo salido de una película de indios, se descojonaba de risa a costa suya, pero no pudo decir nada, su miedo se lo prohibía.

Quendor no podía creerlo, aquel ser del pasado había aparecido en su cuarto sin más, y se reía de una manera salvaje y sin mesura. Tenía que ser una alucinación, ¡sí!, eso era, una alucinación, un espejismo, algún efecto segundario en su dosis adulterada, una mala respuesta, el golpe en la caída, cualquier cosa. De pronto el rostro del azteca se endureció, clavó sus ojos negros en una mirada punzante.

-¡No seas estúpido! –afirmó-, soy tan real como tú, por poco que tú puedas serlo.

-¿Quieres que te lo demuestre?

Sin esperar una respuesta, lo cogió por el cuello de la camiseta y lo alzó hasta el techo, colocó su cara muy cerca de la suya y sonrió. Para después dejarlo caer otra vez al suelo. Quendor sintió repugnancia y fatiga.

Quendor estaba aturdido, horrorizado, totalmente bloqueado, no sabía cómo reaccionar ante aquello. A punto del desmayo.

Aquel hombre, si se le podía llamar así, comenzó a pasearse por el habitáculo. Lo tenía intimidado y fascinado.

-¿No tienes nada que decir? –afirmó, agachándose frente a él-, cualquiera daría un segundo de su vida por estar un momento con un sabio tolteca y a ti, que me tienes aquí, no se te ocurre nada.

-¿Eres un brujo tolteca? –preguntó Quendor tímidamente.

-¿Eres un brujo?, ña, ña, ña,.. –remedó el azteca-. ¡Claro que sí!, ¿Cómo he podido llegar hasta aquí?, ¿Qué crees que soy, un extramundo? Soy como tú, mejor dicho, soy la otra cara de lo que tú eres. Somos el doble filo de una daga.

Entonces las facciones del brujo comenzaron a transformarse en las de Quendor, éste vomitó, porque ante él apareció un ser grotesco, ya que era el mismo Quendor pero con tez morena y pelo largo. Horrorizado, gritó y saltó hacia atrás. El azteca inició su risa atronadora, mientras la cara volvía a ser la suya.

-Quendor has cruzado tantas veces el umbral sin tener la preparación adecuada que tu mente comienza a divagar, quizás el que yo haya aparecido aquí complica aun más las cosas, estas haciendo un mal uso de ese poder. Pero todo esto a ti te importa una mierda. ¿Verdad? Bueno, sin duda, creo que no te hago ningún bien. Creo que debo marcharme.

-¿Qué, qué haces aquí?, ¿Por qué has venido? –preguntó Quendor.

-No lo sé. Acaso te sentí a través del espacio y del tiempo, y vine; de todas maneras he pasado un buen rato, ha merecido la pena, espero que tú también te hayas divertido. ¡Hasta nunca!

Y antes de que aquel brujo se marchase, Quendor le preguntó su nombre.

-Me llaman Quetzalcoatl, la serpiente emplumada.

Al decirlo, el Cloti se sumergió en un profundo sueño, con visiones de un pasado remoto, que no tenía orden ni continuidad, solo caía y se adentraba en aquel otro mundo, donde los animales y las personas no se diferenciaban, donde las leyes de los hombres podían distorsionarse, anularse o ser inventadas. Sitios controlados por fuerzas y energías abstractas, de creencias extrañas, de otro espectro diferente al hombre. Quendor lo soñó y despertó, y bajó al contenedor junto al portal, porque tenía hambre. No volvería a meterse esa mierda nunca más. Aunque comenzaba a sudar y a marearse, y sabía qué era aquello.

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