Jenny y el reflejo mágico

MARÍA PARRA

Jenny y el reflejo mágico

Jenny tenía nueve años, recién cumplidos, y tener nueve años no era nada fácil para ella. Sentía que aunque nadie la escuchaba, ella siempre tenía que atender a los mayores y hacer lo que sus padres pretendían que hiciera. Pasaba el día en el cole y a veces era tan aburrido. Su hermanita Estefanía era demasiado pequeña cómo para jugar con ella. Sí, en el cole tenía amigas pero todas parecían tener ropa más bonita que la suya y ella quería más, quería vestirse  como las chicas de la tele que siempre estaban fabulosas y nunca repetían modelito. Pero sus padres no lo entendían, estaba en sus cosas y ella a veces se sentía muy incomprendida. Y eso no era lo peor, lo peor era que al día siguiente tenía examen de matemáticas, tenía que hacer los deberes y todo esto era demasiado complicado para una niña de nueve años.

­—Cómo quisiera tener todos los vestidos y toda la ropa, que se me diera la gana— suspiró al verse al espejo con los mismos pantalones de siempre.

—Jenny vístete ya, que tenemos que irnos gritó mamá desde fuera.

¡¡Ahhh!! ¿Pero es que no entendía que no tenía nada que ponerse?

Iban a ir al centro comercial a comprar zapatos para Estefanía que comenzaba a caminar. A ver si había suerte y mamá le compraba al menos un chupa chup. ¡Qué fastidio!

Llagaron al centro comercial. A Jenny le encantaban las tiendas.

— Cuando sea mayor me compraré todas esas cosas maravillosas y brillantes que hay en los aparadores –pensó. Mamá en cambio compraba cosas aburridas. Los zapatitos de Estefanía ni siquiera tenían moños, eran marrones y muy feos. Para colmo, mamá tenía que entrar a una tienda de artículos para el hogar, a comprar focos que se habían fundido, para la lámpara de la cocina. A Jenny le aburría mucho estar de pie en la cola de las cajas. Encima de todo no había chupa-chups.

—¿Me puedo sentar? Estoy cansada

—Jen, cariño, aguanta un poco más, que solo voy a pagar y nos vamos.

—Es que estoy muy cansada— protestó Jen, la fila parecía que no se acabaría nunca y le dolían los pies.

—Bueno vete a sentar a la orilla de la fuente— dijo mamá.

En el centro comercial había una fuente y la gente se sentaba en la orilla a tomar helado y a descansar de las compras. De mala gana Jenny se fue a sentar a la orilla.

— “Buff” que aburrido pensó, si tan solo la vida fuera más fácil.

Estaba medio refunfuñando por su mala suerte, cuando de repente vio un castillo hermoso reflejado en la fuente con patios, torres y banderitas de colores arriba de las torres cómo en los libros de cuentos. Se giró para ver de dónde venía la imagen porque no recordaba haberlo visto en el centro comercial. Pero atrás de ella no había nada, era como si estuviera dentro de la fuente. Cómo si fuera parte de la misma, pero al mismo tiempo era un reflejo, no una pintura en el fondo. Jenny miró extrañada y otra vez se giró, porque la imagen tenía que venir de algún lugar. Pero no, no lograba encontrar el castillo que se reflejaba. Alrededor había gente yendo y viniendo y nadie se paraba a mirar la imagen del agua.

—Cómo desearía ser una princesa, vivir en un castillo y tener un armario lleno de ropa nueva, que me quede como a las chicas de la tele. —Pensó Jenny.

Volvió a mirar la fuente y en ese momento apareció la silueta de un niño que se asomaba del otro lado. Jenny estiró su mano, no sabía porque lo hizo, pero todo era tan bonito en el reflejo que metió su mano en el agua y trató de tocar lo que había detrás. El pequeño del otro lado sonrió, tomó su mano y tiró de ella. En un segundo Jenny estaba metida en la fuente empapada. Pero la fuente era más profunda de lo que ella había calculado. Se hundió completamente en el agua cuando hacía unos instantes creía que si se metía el agua le llegaría únicamente a los tobillos. Además el agua estaba revuelta y le costó trabajo encontrar la superficie. Nadó, cómo pudo hacia arriba y por un instante sintió que es ahogaba, pero vio luz y lucho por salir hasta que pudo volver a respirar.

Llegó a la orilla de un lago ¿pero dónde se había quedado la fuente? ¿Y el centro comercial? ¿Y su madre? ¿Qué había sucedido? Todo era muy extraño. Entonces echó un vistazo al lago que tenía delante y vio que en él se reflejaba el centro comercial donde estaba hacía solo unos instantes. Del otro lado el pequeño que había tirado de su mano estaba completamente seco y sonriente. Le hizo un gesto de despedida con la mano, le guiñó un ojo y se alejó. Jenny no sabía que pensar. Su madre estaría por salir de la tienda, entonces la buscaría y no le iba a gustar nada que se hubiera mojado. Pensó que si se metía de nuevo en el lago podría salir del otro lado cómo lo había hecho el otro niño. Pero cuando lo intentó el reflejo del centro comercial se desvaneció. Y el agua estaba helada y sucia. En el fondo del lago solo había fango y algunos objetos muy raros. Jenny sacó un cochecito, un osito de peluche todo mojado y hasta un chupete. Pero no logró volver a ver el centro comercial mucho menos salir a la fuente donde había estado sentada minutos antes. Ahora únicamente se veía el inmenso castillo que ahora sí estaba detrás de ella.

Hacía viento y cómo estaba mojada y sucia tenía que encontrar una manera de secarse, porque si no le daría un resfriado terrible.

—¡Ui! lo enfadada que estaría mamá cuando la encontrara. Pensó— tal vez haya alguien en el castillo y me puedan ayudar a secarme y volver a casa —Pero el castillo estaba vacío. Recorrió varios pasillos gritando y pidiendo ayuda, pero únicamente el eco le devolvía las últimas palabras que decía.

Afuera el sol se estaba poniendo, pronto sería de noche y el castillo que antes se presentaba cómo sacado de un cuento de hadas y princesas ahora parecía más bien salido de una historia de terror. Quiero ir a casa pensó Jenny. Toda su ropa seguía mojada y tenía frío.

Recorrió varios pasillos, escaleras y galerías, pero todo era frío y amenazante. Tenía la impresión de que las estatuas la miraban con malas intensiones. Jenny estaba asustada. Llegó hasta una puerta dorada. Le provocaba un poco de miedo, pero estaba mojada y helada por tanto la abrió. Para su sorpresa, dentro encontró la habitación más linda que jamás había visto. La cama era digna de una princesa con cojines de encaje y moños de color rosa. Las ventanas eran arcos con vaporosas cortinas de tul y había flores sobre una pequeña mesita. Olía a nuevo y a limpio.

Lo más bonito de todo era el armario, que estaba pintado con flores muy hermosas. Pero cuando Jenny lo abrió, su interior era aún más lindo. Dentro había toda clase de vestidos y ropa. Además eran todos de su talla. En seguida se quitó la ropa mojada y se puso uno de los vestidos que había en el armario. Le quedaba como guante, era perfecto para ella y al menos ahora estaba seca excepto el cabello, que mamá siempre decía que era lo más importante. Que había que secar el pelo para no enfermarse. Jen se lo secó cómo pudo con alguna toalla que se encontró por allí, pero no era lo mismo, estaba enredado y sucio. Por más que tuviera el vestido más lindo que jamás había tenido, no se veía como una princesa, porque su pelo estaba sucio y enmarañado. Si mamá estuviera allí ella sabría cómo arreglarlo. Pero se había quedado en el centro comercial. En la habitación había todo lo que mamá hubiera utilizado para dejarle el cabello impecable. Había un lavabo, jabón, toallas limpias y frasquitos con colonia. Pero Jenny no tenía porque hacer ese trabajo. Como pudo secó y peinó su cabello. ¡Pero cómo dolía desenredarlo! Mamá siempre solía hacerlo y cuando le tiraba un poco Jenny lloraba y mamá la consolaba. Era muy difícil estar sin ella.

Cuando estuvo más o menos decente, descubrió un hermoso aparato de música. Parecía un tocadiscos antiguo con un cono dorado que a ella le parecía cómo una flor. Sin pensarlo mucho, apretó el botón y fue cómo magia, en un instante se proyectó una imagen en tercera dimensión de música y colores a su alrededor que envolvieron el ambiente. Había imágenes de chicas bailando al son de su canción favorita. Podía bailar y cantar todo lo que quisiera. Hasta inventarse pasos nuevos. Lo mejor es que no había nadie para interrumpirla ni obligarla a irse a la cama.

Después de haber bailado y cantado por varias horas seguidas Jenny estaba cansada, miró por la ventana fuera ya era de noche y las estrellas iluminaba en cielo que se asomaba por la ventanas. Por un momento se llenó miedo. ¿Qué podía hacer ahora? Casi nunca había dormido fuera de casa, excepto con los abuelos y alguna vez con los primos. Pero esto era diferente. Ahora estaba sola, no había ningún adulto que le ayudara, o que la consolara porque estaba asustada.

Entonces el estómago de Jenny empezó a gruñir. Se dio cuenta de que habían pasado muchas horas y tenía hambre. — Si tan solo mamá estuviera aquí, ella sabría cómo arreglar la situación. — Pero no estaba y ella tenía que comer— porque si uno no come se muere— pensó en voz alta.

Juntó todo su valor. No era tiempo de ser cobarde, cuando podía morir de hambre. Bajó con mucho cuidado las escaleras, evitando mirar las estatuas y buscando algo que comer y miró por todos lados, hasta que llegó a una gran cocina. En ella había de todo, huevos leche harina y frutas pero no había nada preparado. Jenny buscó por todos lados. Encontró ollas y un hermoso horno clásico, pero nada que se pudiera llevar inmediatamente a la boca.

—¿Que voy a hacer? se lamentó— Jenny ¿qué puedo comer? Si papá o mamá estuvieran aquí, habrían tomado los ingredientes y cocinado una deliciosa cena. — Pero no estaban y Jenny nunca había cocinado sola. Cómo tenía mucha hambre tomó un vaso de leche y mordió una manzana para al menos llevarse algo a su estómago que no paraba de protestar.

Tenía mucho frío, al bajar había olvidado ponerse un suéter. Esa era responsabilidad de mamá, ella siempre se ocupaba de llevarle el suéter y de ponérselo cuando tenía frío. Además estaba muy cansada. Había bailado tanto que le dolían los pies y las cosas no pintaban bien. Si al menos mamá estuviera allí todo sería diferente pensó. Ella la habría llevado a la cama, la habría arropado y solo con que ella estuviera allí, se le habría quitado el miedo.

En ese momento sintió un cosquilleo en la nariz y estornudó, Claro, tenía el cabello húmedo todavía y hacía frío. Estaba tan cansada que lo único que quería era llegar a la habitación dónde había estado antes y dormirse. Pero no lograba encontrar el camino de vuelta hasta la puerta dorada. Estaba perdida en la sombras de una castillo tenebroso. Entonces llegó a una gran galería coronada con un domo transparente que dejaba entrar la luz de la luna y las estrellas. En una pared había una pintura muy grande que abarcaba todo el muro de arriba abajo. En ella había una mujer. Jenny la miró con atención, se veía una hermosa hechicera, vestida de negro con un traje elegante y complicado, lleno de encajes y crinolinas. Detrás de ella había un paisaje de tormenta, daba un poco de miedo. Pero Jen casi se va de espaldas cuando la mujer de la pintura comenzó a moverse y a hablarle.

—Bienvenida a mi mundo Jenny.

—Hola— dijo ella un poco tímida— quisiera volver a casa. —lo dijo cómo si fuera algo lógico; si la magia o algo similar, la había llevado a donde estaba, una hechicera mágica de una pintura podía seguro devolverla a su casa.

—Pero no puedes volver— dijo riendo la hechicera con una risa irónica.

—Porque ¿Qué he hecho?

—Tu deseabas irte ¿recuerdas? Si mal no recuerdo desaseabas vivir en un castillo, ser una princesa y tener un armario lleno de vestidos. Ahora tienes todo eso. Luego cambiado de tono Nunca entiendo a los niños. Siempre vienen con sus deseos, se los cumplo y luego no se quieren quedar.

—Pero no lo deseaba realmente— dijo la pequeña entre lágrimas

—Pues hay que tener cuidado con lo que se desea porque a veces se puede volver realidad. Cómo te pasó a ti.

—Y ahora ¿qué?, ¿qué puedo hacer para volver a mi casa con mi familia?

—No puedes hacer nada, serás mi prisionera para siempre, jajajaja— rió la bruja

Jenny estaba tan asustada que no podía parar de llorar. En eso vio una lucecita

—Hola Jenny —dijo una melodiosa vocecita que venía de la luz que flotaba

—¿Quién eres? —se asustó la nena

—Soy Ivi, y ella es mi hermana Eboni somos las guardianas del castillo.

—Vete de aquí hermanita— dijo Eboni y sonaron rayos y centellas dentro de la pintura. La otra no le hizo caso

—¿Por qué estoy aquí? —Volvió a preguntar Jenny

—Porque lo deseabas. Lo dijiste cuando te sentaste a la orilla de la fuente, en el centro comercial. —dijo Ivi.

—Si, es verdad, yo quería ser una princesa en un castillo encantado, pero extraño a mis padres y a mi hermana. Quisiera volver a casa.

—Sólo hay una manera de que puedas volver a casa. —dijo casualmente Ivi con su melodiosa vocecita.

—¿Sí?, dime haré lo que sea— dijo Jenny que ya empezaba a sentirse resfriada, por haber permanecido con el pelo húmedo tanto tiempo.

—Regla número uno, no puedes volver a casa vestida de esa manera, tienes que volver exactamente igual que cómo llegaste. Regla número dos, tienes que dejar todo exactamente igual que cómo lo encontraste.

—Exactamente—recalcó Eboni.

—Regla número tres y la más difícil de las todas, tienes que encontrar a alguien que tome tu lugar.

—¿Y cómo conseguiré todo eso?

—¡Ah!— dijo Eboni— Tu misma, nosotras no te ayudaremos.

—Estoy segura que lo lograrás— dijo Ivi

—Calla Ivi, —dijo la otra

— Todos lo han logrado hasta ahora. —dijo Ivi con simpatía.

— Algunos afortunadamente tardan más que otros. Jajajajajaja. Rió Eboni a la vez que se quedaba fija en la pintura y la lucecita desaparecía. El domo transparente por el cual entraba luz se cubrió con una nube que lo oscureció todo.

Cómo pudo, Jenny salió de la estancia que ahora estaba completamente oscura. Un trueno, la hizo estremecerse corrió sin saber a dónde se dirigía y por suerte, llegó hasta la hermosa habitación donde había bailado tanto. Estaba asustada, cansada y extrañaba mucho su casa y a sus padres. Se deslizó hasta la cama y a pesar del miedo que tenía, lo mal que se encontraba y lo sucia que estaba pudo más el cansancio y se quedó dormida.

Durmió muchas, muchas horas y cuando despertó por fin, el sol brillaba en lo más alto.

—Pensaba que había sido un sueño— dijo lamentándose de que aún estaba en la bella habitación, dónde se había dormido la noche anterior. Tenía hambre, pero sabía que si bajaba a la cocina únicamente encontraría alimentos sin preparar. Sí únicamente mamá pudiera estar allí para darle un buen desayuno, lleno de vitaminas. Aún así bajó hasta la gran cocina. En realidad había todo lo que mamá utilizaría para hacer el desayuno, ¿pero cómo? Si tan solo la hubiera ayudado más. —Pensó— mamá siempre dice que las naranjas son buenas para el resfriado. Pero ella sabría cómo hacer un delicioso zumo y yo no tengo ni idea —se lamentó Jenny.

La cáscara de las naranjas era muy gruesa cuando por fin logró pelarla con los dedos estaba toda batida de zumo. Qué lío pensó. Se comió lo que pudo, tenía tanta hambre que aunque no estuviera puesto en un vaso, no le importó. Pero sin querer se tocó el ojo con la mano pringada de naranja y le dolió hasta el alma. Por desgracia, no estaba ninguno de sus padres para lavarle la cara y las manos y decirle que todo estaría bien. Lloró y tuvo que ir sola hasta el lavabo y limpiarse la cara.

Cuando se le hubo pasado el dolor busco algo más que llevarse a la boca y encontró un saco lleno de trigo. Cómo no tenía otra cosa que comer esto le pareció apropiado y comestible. Lo masticó hasta que estuvo blando y fue lo que pudo comer además de un pedazo de queso que estaba por allí.

Tenía que salir de ese lugar pronto. Tenía que encontrar la manera de volver a casa con sus padres. Pero las mujeres de la sala de las pinturas lo habían dicho muy claro. Tenía que volver con la misma ropa con la que había llegado. Fue a buscarla y la encontró amontonada. Aún estaba húmeda y sucia. No me importa pensó si puedo volver a casa que importa que esté sucia ya la lavará y la secará mamá. Fue así vestida, con los zapatos ensopados, hasta la sala donde estaba la pintura y la lucecita que hablaba y les se plantó delante de la pintura. Era la misma que la noche anterior, pero esta vez no se movía y la lucecita tampoco estaba por allí.

—Estoy lista para volver a casa. —dijo impaciente, pero la pintura no se movió.

—Que dije que ya estoy lista para volver—repitió Jenny invocando a la pintura pero otra vez no hubo respuesta. ¿Habría sido un sueño? —pensó Jenny—pero era tan real ¿Cómo podía haber sido un sueño? Tenía que ser verdad. En eso estaba cuando la pintura le respondió.

—A mi me parece que no. —Dijimos que se tenían que cumplir tres cosas para que volvieras— dijo Eboni. A Jenny le daba bastante respeto verla porque al fin y al cabo era una bruja, atrapada en una pintura sí, pero una bruja. Jenny no estaba segura si podría salir de la pintura o no pero no quería averiguarlo.

—Sí, tenía que dejar todo en su lugar. Respondió haciéndole frente.

—¿Y todo está en su lugar?

—Bueno más o menos— dijo Jenny

—Pues a mí no me lo parece— dijo fríamente la mujer de la pintura

—Te mostraré— dijo Ivi con ligereza haciéndose presente con su dulce y melodiosa vocecita y proyectó una imagen ante los ojos de Jenny que mostraba cómo la habitación estaba en perfecto estado a su llegada y cómo había quedado después.

—Además tu ropa está sucia y tú cabello también. —dijo Eboni.

—¿Qué pensaría tu madre sí te viera? No estaría contenta ¿verdad?

—No— negó Jenny con la cabeza —pero es que yo no sé lavar.

—Y supongo que tampoco sabes barrer limpiar ni fregar ¿verdad?

—No—dijo tímidamente Jenny

—¡Ah! pues que pena, entonces jamás podrás volver a tu casa. —dijo Eboni

—¡No!, está bien aprenderé— dijo ella decidida. — En fin tengo unos cuantos problemas— pensó ¿Pero recoger? Si siempre era papá el que anunciaba que era hora de recoger y era él el que ayudaba a guardar los juguetes. Ahora no estaba él para ayudarla a hacerlo. Pero qué remedio, tenía que hacerlo sola. Se cambió de ropa, pues no valía la pena estar mojada para recoger. Ya volvería a lo de lavar más tarde. Comenzó a guardar todos los vestidos que se había probado. Y a poner el orden la habitación. Suerte que mamá le había enseñado a hacer camas y aluna vez había barrido.

Cuando hubo terminado, la habitación se veía tan reluciente cómo el primer instante en el que la había pisado. Jenny estaba agotada pero bastante satisfecha con su trabajo.

—Ahora falta la cocina dijo Ivi apareciendo de repente.

—Noooo ¿la cocina también? —protestó Jenny

Había un montón de cosas fuera de lugar en la cocina, platos sucios y semillas por el suelo.

Cuando hubo recogido todo, otra vez tenía hambre. Esta vez mordió unas ciruelas. Las naranjas eran demasiado complicadas y se tuvo que conformar con un puñado de avena. Pero esta vez tuvo cuidado de no ensuciar más de lo necesario y lo que iba usando lo limpiaba inmediatamente después de usarlo, porque la bruja de la pintura y la dulce vocecita eran muy exigentes, todo tenía que estar perfecto y si no lo estaba no la dejarían volver a casa.

Cuando hubo terminado, ya era de noche, sabía que aún le quedaba lo más difícil; lavar ropa y encontrar a alguien que la sustituyera. Eso era lo que más le preocupaba. No quería meter a ningún otro niño en los problemas que estaba en ese momento. Pero quería irse a casa.

Esa noche tuvo pesadillas y se despertó asustada, le habría gustado tener a sus padres a su lado, pero otra vez estaba en el famoso castillo, del que no podía salir.

Al día siguiente se levantó y cuidó cada detalle, para que todo quedara limpio y recogido. La habitación y la cocina estaban impecables pero varios vestidos estaban manchados, sobre todo su ropa, que estaba enfangada y las sábanas también estaban bastante sucias. Jenny sabía que tendría que lavar tarde o temprano y lo postergaba porque nunca había lavado ropa en toda su vida y se le hacía que sería muy complicado. Mamá se encargaba de ello desde que tenía memoria. No tenía ni la más remota idea de cómo se hacía.

—Ivi yo no sé lavar— dijo angustiada, pero Ivi no estaba y no pudo encontrarla por ninguna parte. Eboni le daba miedo por lo cual decidió que haría lo que pudiera al respecto. Quería volver a casa esa era la única idea que tenía en la cabeza.

Recogió en un bulto toda la ropa sucia que se encontró y se dispuso a buscar un sitio dónde lavarla. Le costó bajar con toda su carga, la ropa se le caía y no podía sostenerla junta. Cuando llegó abajo buscó por todos lados pero no encontró ningún lugar donde lavarla. Vagó durante mucho tiempo, por varias habitaciones. Hasta que al final encontró un sitio que le pareció apropiado para lavar. Había una pila de agua, jabón, agua limpia en una tina y un fregadero. En casa tenían lavadora, aún así no sabía cómo se encendía. Todo apuntaba a que tendría que hacerlo a mano.

Puso la ropa sobre el fregadero y comenzó a tirarle agua la ropa quedó mojada. Ahora le pondré jabón y listo—pensó Jenny. Puso un poco de jabón sobre el montón de ropa y le volvió a tirar agua por encima.

—Ya he lavado la ropa, ¿puedo volver a casa ahora?

Entonces se apareció Ivi.

—Creo que tendrás que frotar la ropa para que se le quiten las manchas— le dijo

—¿Frotar?

—Sí, si lo haces una por una será más fácil.

—Si lo hago una por una, nunca terminaré— pensó Jenny pero se daba cuenta que si la ropa no quedaba perfecta cómo la habitación y la cocina. No la dejarían marcharse.

—Debes poner el jabón sobre las manchas difíciles y restregarlas hasta que quede limpio.

De mala gana empezó a frotar y restregar su ropa primero, cuando hubo terminado la tendió al sol para que se secara. Luego siguió con los vestidos que había ensuciado y por último las sábanas que eran largas y difíciles de lavar.

Cuando toda la ropa estuvo tendida. Jenny estaba agotada. Le dolían la manos de tanto restregar.

Pero recordó las palabras de la bruja “tu cabello y tu ropa exactamente cómo estaban antes de que llegaras”

Quería irse ese mismo día pero su cabello estaba enmarañado y sucio. Tendría que lavarlo. Así que emocionada por haberse dado cuenta, antes de que se lo dijera se fue a lavar el cabello. Fue toda una hazaña el lograrlo pues estaba tan sucio y enredado que le costó mucha paciencia el que quedara exactamente cómo mamá solía dejarlo. Cuando hubo acabado bajó pero la ropa aún no estaba seca.

Tuvo que esperar con paciencia a que estuviera seca y mientras cortó algo de frutas y queso de la cocina porque una vez más tenía hambre. No era la comida elaborada que habría hecho mamá pero al menos era algo más. Después recogió y limpió perfectamente todo hasta que las cosas quedaron exactamente cómo estaban.

Para entonces su ropa ya estaba seca y se cambió. El vestido que llevaba puesto lo colgó en su sitio con los demás vestidos, cerró con cuidado las puertas del armario. Ya no necesitaba todos esos vestidos bonitos. No eran nada, si no estaba mamá para disfrutarlos con ella. Ahora sí estaba convencida de que cada cosa estaba en su lugar su cabello y su ropa estaban exactamente igual que cuando había llegado. Revisó rápidamente la habitación por si había cualquier cosa fuera de lugar, pero todo estaba cómo cuando había llegado.

Después dio una mirada al espejo y revisó su peinado y que la ropa estuviera exactamente igual que cuando había llegado y todo coincidía, hasta el pequeño broche de clip del lado izquierdo, cómo se lo solía poner mamá.

Cuando bajó, revisó antes de ir a la sala de pinturas, la cocina y sí, todo estaba en su sitio, correctamente colocado.

Esta vez la bruja e Ivi, la lucecita la esperaban.

—Aun no, no está todo en su lugar. —dijo la bruja.

Pero esta vez Jenny estaba segura de que todo estaba recogido y limpio.

—Es que es muy difícil, no sé que me falta. Lo he limpiado todo, mi ropa está impecable y seca mi pelo también y la habitación y la cocina están perfectamente recogidas.

—No pensarías que sería fácil ¿verdad?

—¡Bah! Esto es demasiado —dijo Jenny y se fue a sentar en un rincón enfadada. Comenzó a llorar, porque de verdad quería volver a ver a sus padres y a su hermana. Quería volver a casa.

Cuando se hubo tranquilizado, de pronto comprendió haciendo memoria recordó que había sacado unos objetos del lago. Corrió con todas sus fuerzas y los encontró en la orilla un chupete, un cochecito y un osito de peluche. Los devolvió al lago. Ahora sí que todo estaba exactamente cómo cuando había llegado. Corrió con alegría hasta la galería dónde estaba Eboni.

—De acuerdo —dijo ella, cuando entró por la puerta—lo has conseguido. Ahora únicamente te queda encontrar a alguien que te sustituya.

Jenny inmediatamente pensó en el lago y corrió hasta llegar a él pero por más que miró, siguió mirando y deseó con todas sus fuerzas, no logró ver el centro comercial y mucho menos a otro niño o niña que tomara su lugar. Ya atardecía cuando empezó a llover y a las primeras gotas Jenny decidió que era mejor entrar al castillo, que mojarse de nuevo y tener que volver a lavar la ropa.

—Mañana lo volveré a intentarlo— pensó— estaré todo el día a la orilla del lago esperando a que alguien desee estar en este lugar y yo pueda irme a casa. No le gustaba nada la idea de que pasara otro día sin su familia, pero no iba a darse por vencida.

Decaída, recorrió los pasillos del castillo para llegar a la cocina, porque empezaba otra vez a tener hambre. Ya se había acostumbrado a comer lo que se encontraba, sobre todo fruta y semillas. Pero cuando llegó a la cocina la mesa estaba puesta y había todo tipo de pasteles y golosinas sobre ella. Jenny no podía creer lo que veían sus ojos. Entonces una luz extraña llamó su atención. Delate de ella había un gran espejo. Siempre pasaba delante de él pero nunca se había fijado, entonces vio reflejado en él a otra niña, era algo mayor que ella y se veía triste. La niña, del otro lado del espejo, también la miró. Entonces Jenny comprendió que esa era su oportunidad. Aquella niña deseaba ir al castillo igual que ella lo había deseado. La niña del otro lado estiró su mano y Jenny sin pensarlo dos veces tomó su mano y tiró de ella cómo el pequeño niño lo había hecho en la fuente el primer día.

En unos instantes más estaba en el centro comercial de pie junto a un gran espejo de una de las tiendas. Completamente seca y feliz. Ahora tenía que encontrar a…

—Jennifer Martinez— oyó una voz familiar detrás de ella —¿dónde estabas?

—¡Mamá!

—Te dije que me esperaras en la fuente. Ya es tarde y papá debe de estar preocupado. Vamos a casa.

—Mamá— lloraba Jenny— te quiero mucho. Pensé que nunca volvería a verte.

—¿Pero por qué lloras? No es para tanto. Si querías verme sólo tenías que entrar a la tienda de al lado y yo estaba en la cola. Ya he comprado todo lo que necesitábamos.

Pero Jenny no podía parar de llorar de alegría y no quería soltar a su mamá. No obstante se daba cuenta que por alguna extraña razón, aunque para ella habían pasado tres días, para su madre únicamente habían pasado unos instantes.

—Es que me hiciste mucha falta, tuve mucho miedo y creí que jamás volvería a abrazarte.

—Que exagerada que eres Jenny, si estaba en la cola de al lado. ¿Te perdiste en el centro comercial cielo?

—Bueno más o menos— dijo Jenny. —Había un castillo y una pintura de una bruja y un niño tiró de mi brazo y caí en la fuente y no había nada que comer y estaba enferma y te extrañaba mucho. Todo estaba oscuro y…

—¡Venga ya! que imaginación tan grande que tienes. —Sonrió mamá

Jenny comprendió que lo que había vivido era tan fantástico que jamás se lo creerían. Al menos estaba de vuelta en casa. Se preguntaba qué habría pasado si se hubiera quedado más tiempo en el castillo sin resolver los enigmas para volver a casa. Afortunadamente todo había acabado y ahora tenía la oportunidad de aprender a hacer las cosas poco a poco y sin tener a la bruja delante. Esta noche dormiría en su cama y mamá haría la cena. Jenny estaba muy feliz de haber vuelto. Porque todos los vestidos del mundo no eran nada comparados con la seguridad, la protección y el amor de su hogar.

 

…FIN…

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