Intermente

JAIME B.

INTERMENTE

Estoy tumbado sobre un diván bauhaus junto a un psicoanalista japonés cuya mirada se pierde en la penumbra. Hay una lámpara giratoria que produce sombras que cambian y marean a las paredes de la salita; el atardecer es anaranjado e infernal y se cuela por los pequeños ojos entornados de una persiana. Un mantra electrónico se emite desde dos altavoces situados donde debería estar la cabeza de unos perros de escayola a tamaño real. Todo es complejamente geométrico; hay monitores y cables con ventosas que se enredan y se adhieren a unos brazos y un pecho que empiezo a identificar como míos. El doctor enciende una pantalla:

Aparecen mi padre y mi madre, muy jóvenes, en una habitación con una cálida iluminación. Mi padre (tiene un bigote) zarandea repetidas veces con su mano el glúteo de mi madre. Ambos están desnudos. Su postura es inverosímil: mi madre está de rodillas, le da la espalda a mi padre, agarrando con las dos manos el cabecero de la cama mientras mi padre, detrás de ella, la golpea violentamente con su pelvis emitiendo como un plac, plac, plac muy sonoro. Mi madre hace aspavientos con la cara y se le retuercen todos los músculos en un amplio catálogo de muecas dolorosas que acompaña de unos gritos del todo desproporcionados. En un momento dado, mi padre agarra un mechón rizado del pelo de mi madre y se lo enrolla en una mano, y después tira hacia atrás con energía. Como resultado, mi madre queda mirando hacia el techo, con el cuello tan estirado que puede verse un bulto a punto de romper la piel. Entonces, desde la visión subjetiva de la cámara –es decir, desde la mía– surge la voz de un niño que dice Papá, ¿qué haces?

–Señor Cash –el japo apaga el monitor aguantándose la risa–, ¿qué puede decirme de esto?

–Sepa usted –respondo–, que aunque alguno de los suyos haya inventado ese chisme horrible con el que graban los recuerdos de la gente, a mí el psicoanálisis me parece mierda pura; y que preferiría meterme a predicar en una iglesia evangélica antes que comentar con usted esas imágenes que pertenecen a mi estricta intimidad.

El mundo es de Asia. Cuando estos cabrones se hicieron con la mitad del globo lo trajeron todo en cajas, debajo del brazo. Trajeron las hipnocámaras y los malditos PBs, el Chip Babeliano para la Traducción Simultánea Google Babelian®, o el GPS integrado Google Aleph® y toda esa basura carísima. Su aportación fundamental fue incrustar quirúrgicamente la tecnología californiana en las molleras de la gente que podía pagarlo; pero de allí no salían superhombres sino inútiles, gente a la que ya le costaba manejarse con un cerebro simple y a la que lógicamente la omnisciencia les quedaba grande. A esto se le llamó el InterMind, o la Intermente. El Babelian, por ejemplo, es la versión integrada del antiguo traductor. Uno aprende su lengua madre y después se hace implantar esa especie de araña en el hemisferio izquierdo del cerebro que reconoce y traduce absolutamente cualquier idioma a tiempo real. Por eso ahora uno ni siquiera puede despotricar a gusto sobre los sayonaras sin temor a que le entiendan; se sabe que ellos lo van a escuchar todo en su idioma de mierda.

–Señor Cash –el doctor carraspea intentando recuperar la compostura–, debe saber que el contenido de Su Subconsciente está perfectamente a salvo por la Ley de Protección de Datos 7743-B así como por mi Juramento Hipocrático; y que un servidor solo intenta cumplir con su obligación, nada más.

He dedicado media vida a demostrar que la mayoría de nuestros problemas están ahí, flotando en el aire; que uno se pone alegre o triste en virtud de la mierda que respira. Soy físico atmosférico. El físico atmosférico que demostró cómo el impacto tecnológico había producido un desequilibrio eléctrico a escala global, y que había una enorme congestión de iones positivos en determinadas zonas del planeta; el que demostró cómo este tipo de atmósferas eran caldo de cultivo para el insomnio, la irritación, la angustia y la depresión; que todo eso tiene más que ver con la carga de los electrones que con la psicología. Y aquí estoy, en una tumbona que huele a cuero barato soportando las diatribas neo-freudianas al estilo Japan que el gobierno quiere meternos a todos en la cabeza.

–Muy bien. Son mis padres. Están haciendo el amor. Debía tener tres o cuatro años. ¿Hay algo importante que extraer de aquí? Usted no lo entiende, porque es asiático. ¿Sabe cómo follan los asiáticos? Primero miran en un catálogo de Ikea si la prefieren rubia o morena; después la encargan por internet y esperan que les llegue a casa en una caja plastificada; entonces pasan la tarde en camisa de tirantes, ensamblando piernas con caderas, sacando brillo a un globo ocular, o atornillando dientes; finalmente le introducen una batería de litio en el cogote y pulsan un botón; pero, para cuando el engendro Barbie despierta, están tan sudados y cansados que ya no se les levanta; así que vuelven a apagarla y la tiran con desprecio al armario de las escobas. ¿Es usted uno de esos? ¿Se la ponen tiesa los maniquíes de silicona? ¿Le va la droidefilia?

La borrachera tecnológica impidió que la gente viera lo que había en realidad detrás de la Intermente. En seguida me di cuenta de que los chismes que implantaban en los cerebros de la gente eran especialmente cargantes para la atmósfera. En las poblaciones más ricas donde la gente podía permitirse los implantes, detecté una presencia desmesurada de iones positivos. En cierto modo, era como si la gente portase una nube depresiva girando alrededor de la cabeza.

–Señor Cash, usted sabe por qué motivo está aquí y no lo está poniendo nada fácil.

Aprovechando los soportes cerebrales inventados por los sayonaras, ideé un modelo de ionizador integrado. Uno de esos chismes que bombardean la atmósfera con iones de signo opuesto para generar un ambiente agradable y fresco, pero transformado en un microscópico órgano artificial que se instalaba en la piel y aprovechaba las glándulas del sudor. Mi proyecto garantizaba una disminución de más del 70% en el índice de suicidios y depresión si en cada pack de Intermente se incluía uno de mis ionizadores. Los chicos del equipo lo llamaban El Desamargador, porque eso era básicamente lo que hacía: te desamargaba. Una facción importante de Google Intermind® se entusiasmó con el modelo. Estaban dispuestos a apostar por él y a darnos la financiación suficiente para desarrollar el prototipo. Cuando llevábamos ya casi un año en el laboratorio y el equipo de bio-ingeniería estaba a punto de concluir el primer diseño, de repente un directivo nos anunció que la compañía rechazaba absurdamente nuestro proyecto. Traté de explicarles sin éxito que era fundamental, que solucionaba una de las deficiencias básicas de su sistema, que salvaría vidas.

–Usted está acusado, por el momento, de más de treinta homicidios; tengo ahí fuera a doscientas personas en estado comatoso que, por su bien, espero que sobrevivan; y usted está aquí perdiendo nuestro tiempo con estúpidas bromas racistas.

–Caballero –le digo–, aquí los únicos que matan gente son ustedes. Ustedes saben perfectamente para qué está siendo utilizada la Intermente.

Uno de los accionistas menores de Google Intermind corrió el bulo de que tres cuartas partes de la empresa habían sido compradas por un conglomerado enorme de industrias farmacéuticas. Probablemente se trata de la multinacional económicamente más potente que jamás haya existido. Los casos de depresión, unidos a otras patologías de muy diferente rango y tipo aumentaron exponencialmente. Luché durante un año para abrir los ojos a la compañía, para mostrarles que ellos mismos estaban causando enfermedades psicológicas, que necesitaban tomar medidas contra el desajuste iónico que generaban sus productos. Mi error fue, por supuesto, pensar que aquello era una cuestión de ignorancia.

–Señor Cash, llevamos dos semanas utilizando la hipnocam con usted y no nos ha dado ni una regresión útil que permita corroborar su historia. Ya le hemos dado suficiente cancha.

La Intermente estaba siendo usada por las farmacéuticas para inducir en los usuarios las mismas depresiones para las que después vendían sus medicamentos. Mis chicos y yo estábamos a punto de demostrarlo cuando ocurrió El Desastre. Algo debió descontrolarse en el servidor central Google Intermind: los suicidios masivos en Turku y Reikiavik, el desfile de harakiris públicos en Tokio, los Atentados Por Diversión en Francia, la Razón replegándose a sí misma y dándose muerte sobre el charco de su propia molicie. La Intermente había sido pensada como uno de esos hongos que poseen a las hormigas a través de esporas y las llevan como zombies allí donde quieren; solo que esta vez las hormigas habían enloquecido. Yo mismo caí en coma durante un mes, hasta que me despertaron en este sitio. Al principio ni siquiera recordaba quién era.

–Ustedes no están buscando la verdad. Están buscando un cabeza de turco para limpiar sus conciencias.

–Señor Cash, ¿no es cierto que pertenece a la sección ciberterrorista del Frente Anti-Asiático? ¿No es cierto que es usted un informático racista con delirios mesiánicos que se sintió frustrado al ver que sus colegas los japos se adelantaban a su proyecto? ¿NO ES CIERTO QUE USTED Y SU EQUIPO INTRODUJERON UN VIRUS EN EL SERVIDOR CENTRAL DE LA INTERMENTE Y QUE HAN DESTROZADO LA VIDA DE CIENTOS DE PERSONAS?

–¡CÁLLESE! ¡Yo nunca haría algo así!

–Le diré una cosa. Desde que usted despertó de su coma no ha parado de inventar historias sobre usted mismo. Unos días es científico atmosférico y otros médico sin fronteras. Al principio estuve dispuesto a aceptar que usted no recordaba quién era, por eso le sometimos a la hipnocam. Pensábamos que si a través de la hipnosis lográbamos recuperar algunos de sus recuerdos y proyectárselos en vídeo usted recuperaría la identidad y entonces podríamos juzgarle. Ahora me doy cuenta de que usted se niega a recuperar su identidad, simplemente nos sigue el juego hasta donde quiere.

–Us…ustedes…ustedes no buscan la verdad.

–¿Sabe otra cosa, señor Cash? ¿Recuerda ese vídeo que ha visto hace diez minutos y que usted pensaba que se trataba de un recuerdo de sus padres?

–…

–Era una película porno.

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