Gwendoline

JÖIEL

Gwendoline

El planeta Willow estaba habitado por willowines, pequeños seres habitualmente de buen corazón, valientes y aguerridos cuando se trataba de defender las noblezas del honor, parte fundamental en la esencia de sus almas. La vida era sencilla, trabajaban durante el día y tocaban música y contaban historias en la noche, pero un ejército de esqueletos mefistofélicos trató de colonizarlos a sangre y fuego. Ayudados por las triquiñuelas de un grupo de demonios zombies mercenarios, lograron penetrar en lo más profundo del pequeño planeta suspendido en el aire, rindiéndolo tras una montaña de cadáveres que gimoteaba.

El planeta Willow se había regido por un espíritu femenino que hablaba a través la música, la poesía, las flores y el aroma a limón.

Sorprendido a la vez que entristecido, el alma de Willow escapó de la copa de zafiros donde residía en el interior de una cueva defendida por un viejo ermitaño ahora desaparecido y se alojó dentro de un anillo que por circunstancias la mar de curiosas pasó por muchas manos (algunas con dedos largos y finos, otras con dedos gruesos y duros) antes de caer en el interior de una caja de zapatos que era usada como almacén de tornillos por un artesano de un planeta lejano.

Gwendoline, el cuerpo del espíritu, no había perdido la esperanza de encontrar la última pareja de willowines en el mundo. Conocía catorce leyendas distintas que afirmaban la existencia de estos, y sin embargo ella sabía que el autoengaño era el único motor de su esperanza.
Gwendoline, nostálgica, recordó la vez en que soñó que poseía un cuerpo que tan solo había sido potencia una vez, cuando el planeta Willow nacía entre árboles colosales, explosiones de plantas y rugidos de una fauna curiosa. Fue un tiempo bonito antes de convertirse en la nave espacial cuya única tripulación consistía en un perro abandonado y Ser Fuego.

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