Finalista Concurso de Relato Corto 2014

DANIELA CADAVID LIBREROS

El guardián de hombres invisibles

Todo ocurrió a mediados de abril.

Cuando Azucena se topó con aquel pequeño pájaro azul en el jardín, nadie nunca se imaginaría, que el peso de una pluma, pudiera inclinar la balanza y descubrir la luz de aquellos que se ocultan en el susurro del viento.

Siempre son necesarias las presentaciones y por eso, he de decir que Azucena es mi gata. Sufre de ataques inesperados de furia hacia el mundo, en los cuales dedica más o menos la mayor parte de su energía a exterminar todo ser que tenga (O aparente) tener plumas. Por ello, en más de una ocasión tuve que enfrentarme a las frenéticas zarpas de una gata cegatona que veía agitar en mi cuello un colibrí, cuando no era más que una sutil bufanda con jirones de tela colgando.

¿Qué? ¿Azucena no era por quien precisabas información? Ahora también quieres… ¿Saber quién soy…? Bueno, eso no tiene mucha importancia. Podría ser un burgo maestre, un cazador de animales o hasta un médico enloquecido a causa de innumerables horas frente a pacientes quejumbrosos; o quizás cabe la remota posibilidad de que sea uno de los pocos iluminados con la capacidad de ver cosas inimaginables que aún deambulan por la tierra. Pero bueno, no me hagan mucho caso. Por ahora lo único relevante que diré es que me llamo Simón, y vivo en la calle de las Valquirias: un pequeño pedazo del mundo en donde nada ocurre. Podría decirse que estamos tan alejados de todo, que hasta la madre naturaleza nos ha olvidado. Tanto hombres como mujeres, se dedican a la labor de construir y reconstruir terrenos más estables para sus casas, arreglar coches, servir de boticarios o vender alimentos cultivados en sus propios huertos; pero aparte de eso: nada.

Como mi madre pasa casi todo el día en la botica con mi padre, y las clases solo son en la mañana; la tarde (Casi del todo libre) es el refugio que tengo para mis aventuras. ¡No estoy solo! eso sería muy triste. Tengo compañeras para mi odisea: Samanta, mi vecina, y Azucena (Mi gata. ¿Qué? Se han podido olvidar los muy desconsiderados).

Después del colegio suelo ir con ellas a los castillos aledaños que han sido en su mayoría abandonados por viejos reyes (A ver, ya sé que estarán pensando. La respuesta es sí. Me movilizo entre chicas. ¿Qué puedo decir? Soy un hombrecillo con buenas cualidades, pero no me hagan desviar de la historia. Luego responderé a las inquietudes) que fueron en busca de un espacio más grande. Pienso que querían la posibilidad de encontrarlo en un mapa. No lo encuentro muy sensato, pues un lugar privado y recóndito: siempre será más emocionante. En fin: saltamos de arriba abajo por los largos pasillos e inventamos obras de teatro hasta que llega la hora de nuestro refrigerio.

Justo a las cinco de la tarde, cruzamos el pueblo y entramos en mi casa. Asaltamos la nevera como buenos piratas que somos y nos subimos al árbol que hay en mi jardín a narrar historias sobre vidas lejanas, sobre mundos adversos que podemos encontrar sepultados bajo tierra o en el espacio exterior. Aún recuerdo cuando el primer hombre puso un pie en la Luna: Samanta y yo habíamos fabricado nuestros propios cascos espaciales con los que recorreríamos las estrellas y mi gata tenía una placa que la representaba como nuestro contacto en la Tierra, a la que llamaríamos a decirle: “Houston, tenemos problemas”.

Pero todo pareció dar un giro a finales de Abril.

Eran días normales y repetitivos en nuestro amable y tranquilo pueblo. Como era costumbre cada sábado, Samanta y yo salimos con nuestras improvisadas redes de pesca al hombro y nos fuimos al estanque en busca de una nueva mascota para su pecera. Ella había revisado cuatro veces nuestra caja de anzuelos y empacado y desempacado la comida para el picnic hasta quedar cien por ciento segura de que llevaba la mermelada que nos había preparado su mamá el día anterior. Algo la tenía nerviosa, aunque en realidad no podía asegurar que era. Empezaba a creer que había algo en toda esa forma de actuar que me hipnotizaba: como si ella y su timidez cambiaran algo en la forma en que la veía todos los días (Y no es sólo cuestión de la pubertad. Créanme. Ya lo había considerado). Así, con la prisa y la alegría que conforma a los aventureros, salimos cantando colina arriba acompañados por el canto de los canarios, recorriendo los amplios senderos verdes que notaban la proximidad del verano.

Pasamos horas junto al estanque sin tener mucha suerte, parecía como si los pececillos de colores hubieran previsto con anterioridad nuestra llegada y se habían refugiado en los recovecos que formaban las rocas. Esperamos durante dos horas a que algo picara, pero fue en vano, así que aceptamos la derrota que traía la mañana y nos preparamos para darnos un fabuloso festín con la mermelada, un queso de cabra con hierbas que había llevado como regalo de agradecimiento la señora Estefan por cuidarle su rebaño de ovejas el mes pasado, un par de sodas de limón, un paquete de galletas saladas y por supuesto, unas cuantas lonchas de jamón.

Ese día parecía tener la cantidad de nubes exactas: como para poder descubrir escondidas entre esos pequeños pedazos de algodón, criaturas mágicas, que nos observaban con recelo. La primera en descubrir una fue Samanta, que vislumbró una manada de gusantrópodos queriendo salir de un pequeño zapato. Luego, le siguió un ratondrilo que luchaba con un zebrante por un poco de carne de lagartija. Al poco rato pude sorprenderme con un pequeño peregrillo que asomaba su cabeza en medio de unos nenúfares. Y una apesadumbrada gallironte, que rebuscaba entre una sarta de sardinas.

Durante horas observamos las nubes que iban y venían con la brisa cálida que antecede al verano. Todo muy bonito y tranquilo.

Sentí ciertas ganas de tocar a Samanta. No sé cómo explicarme, era como de esos impulsos de idiotez que sientes, que tu cabeza dice: ¡No lo hagas! Y algo por allá, quién sabe dónde, te dice: Al carajo, hazlo, porque yolo.

Estaba empezando a entrar en una especie de trance Samántico, hasta que de pronto, el sol hizo su descenso, dejando a su paso pequeñas estelas de luz que se fundían con un cielo cada vez más oscuro. Fue entonces cuando le vimos por primera vez. Entre dos nubes teñidas de salmón, apareció un ojo centelleante (Apenas perceptible) bajo la tenue luz que se llevaba el astro. Era tan cristalino, que con esfuerzo se podía ver como su pupila iba de un lado para otro en busca de algo.

Nos quedamos completamente paralizados por ese ojo que escapaba de cualquier atentado imaginario que hubiésemos planeado. Miré a Samanta y por acto-reflejo, le tapé la boca justo cuando se preparaba para dejar escapar un grito. Fuese lo que fuese, no pretendía asustarlo. Lo más importante ahora era encontrar la forma de llamar su atención y de confirmar si realmente era algo (O alguien).

Buscamos en nuestras mochilas una linterna o algún aparato que pudiera servirnos, pero justo cuando alcanzamos una cerilla y volvimos nuestros rostros hacia el cielo, él se había esfumado y… también… todo rastro de luz que hubiese tenido el día.

Regresamos a casa en silencio, sin peces y sin monstruo que nos declararan los mejores exploradores de la historia. Entré a mi casa y corrí a mi cuarto. Había sido un día difícil para nuestro gremio, y no había nada en el mundo en forma de alimento que pudiera otorgarme la felicidad que se había llevado aquel destello de luz, chisporroteante e inquieto. Después de un par de minutos, mamá subió con un plato de comida lleno de puré de papa con salchichas -mi favorito- e hizo lo imposible: recuperar mi ánimo aventurero.

Después de la cena, mamá me contó un cuento y me quedé dormido. Esa noche soñé con los hombres del espacio que pisaban la luna, pero estos no eran como los que habían mostrado esa tarde en la tele, ¡No!, Estos tenían nuestros rostros y caminaban no sobre la luna, sino, sobre un extraño ojo transparente que flotaba en el espacio.

A la mañana siguiente no había mucho más que pensar al respecto: debíamos encontrarlo. Y pronto. De lo contrario, Samanta y yo (Incluso Azucena, que a pesar de su ceguera y su despiste, hace parte de nuestro combo) perderíamos toda nuestra fabulosa carrera de investigadores/ exploradores/ aventureros.

Después del desayuno pasé a casa de Samanta. Regresamos al estanque, donde repetimos la misma rutina del día anterior. Esperamos hasta pasado un poco más de mediodía recostados sobre el pasto. Pero no ocurrió nada. A lo mejor se debía a que no había suficientes nubes en el cielo o a que aún no atardecía. Así que decidimos regresar después del almuerzo. Cada uno almorzaría en su casa y volvería con una linterna y los binoculares a eso de las tres de la tarde.

Al llegar a casa, mis padres me esperaban con una fabulosa tarta de manzana y un lomo de cerdo envuelto en nueces. Había pasado la noche anterior tan sumergido en aquella aparición extraña, que había olvidado por completo el cumpleaños de Azucena.

A mi pequeña gatica le habían preparado un fabuloso pastel de pescado para ella sola, y todos la regodeamos con abrazos y caricias en su esponjosa panza. Comimos tanto que estuvimos a punto de reventar y quedar esparcidos a lo largo de la casa en miles de pequeños pedacitos, por lo cual después de consultar el reloj, decidí que lo mejor era dormir un par de minutos para no ceder ante el sueño mientras observaba el cielo con Samanta.

Durante la siesta reaparecieron los sueños en donde aquel ojo transparente dejaba vislumbrar una nariz y una boca que luego permitían entrever un rostro, una mano, un cuerpo y un millar de seres más camuflados con las nubes de tamaños descomunales, tan translúcidos, como aquel ojo. Poco a poco me acercaba y les susurraba mi nombre, les decía que sólo buscamos conocer su planeta y visitarlos como los grandes astronautas que seríamos; pero entonces, huían dando saltos hacia el espacio y desaparecían entre risas estruendosas.

En otro sueño lograba acercarme sin que huyeran y me mostraban sus afilados dientes, allá en lo alto, mientras me ofrecían sus manos para que subiera, pero me daba tanto miedo que prefería correr con tal de no ser devorado.

De repente sonó un estruendo, y una música de fondo, fue apagando las imágenes borrosas que quedaban en mi mente. Era mi amiga cantando nuestra canción secreta para que saliera. Eran más de las cuatro, ¡Seguro había ido al punto acordado y al no verme, se habría imaginado que algo había demorado mi llegada! me asomé en la ventana y le hice señas para que me esperara en el jardín.

Salí a toda prisa, arrastrando mi maleta por las escaleras y el césped. Azucena estaba escondida en un rincón del jardín y me acerqué a ella para despedirme, cuando de repente, en medio de un giro, se le escapó una pluma de colores vistosos de sus garritas.

Intenté atraparla para devolvérsela, pero la pluma danzaba por si sola entre un viento que apenas podía sentirse en mi rostro. Me giré buscando a Samanta y no podía creerme lo asustada que estaba, señalaba hacia todos lados mientras no podía dejar de mirar la pluma.

Retrocedí con cautela hacia ella y fue entonces cuando pude notar aquello que elevaba ese objeto tan liviano por los aires.

Justo a mitad del jardín, estaba el hombre invisible de mis sueños y era tan grande, que su rostro se perdía entre las nubes mientras su pie se entretenía con la pluma que había capturado Azucena. Tuve que pellizcarme varias veces para asegurarme que todo lo que estaba sucediendo era real, más no podía quitar los ojos de aquel gigante por miedo a que desapareciera al menor descuido.

Le pedí a Samanta que buscara de nuevo la linterna en mi mochila, mientras yo me quedaba vigilándolo para asegurarnos de que esta vez no se nos escaparía. Una vez tuvimos la linterna en la mano, intentamos todos los lenguajes y códigos secretos que conocíamos, más nada surtió efecto, era como si la luz no pudiese alcanzar sus ojos.

Fue en ese momento cuando otra idea me surcó la mente como un rayo. Corrí hacia el gigante y le arrebate la pluma luego mmm… bueno, para ser más preciso: salí corriendo como buen macho que se respeta, hacia el estanque.

No sé cómo describir lo que paso después, unos pasos que parecían hechos de brisa helada me siguieron sin el menor esfuerzo hacia el estanque y una vez allí, metros y metros de tela invisible descendieron sobre el pastizal, era como si las nubes se hubiesen condensado y lentamente se acercaran a mí con un mensaje incomprensible.

Fueron eternos los segundos que tardo aquel gigante invisible en llegar hasta mí y sonreírme con una larga hilera de estrellas perladas parecía que riese aunque a mí no me llegaba ni el menor ruido, hasta que su largo y regordete dedo me toco y todo se difuminó en una nube de vapor negra y fría que me lleno de noche y me transporto a lar raíces del mundo.

Todo comenzó hace años cuando el mundo era salvaje y libre, en aquella época los hombres se dedicaban a entablar una relación sensata con lo que les rodeaba. Noche tras noche salían a observar la luna y la alababan con hermosos canticos que serían recompensados con una buena cosecha o una llovizna en tiempos de sequía. Eso principalmente fue lo que los atrajo a este mundo, esa energía que rebosaba a más no poder sobre los pequeños cuerpos de los seres humanos y luego también se aliaron con los felinos.

Los felinos eran considerados seres superiores que manejaban el mundo a un tiempo que no se parecía en nada al suyo pero que se fusionaba en total armonía. Estaban hechos de curiosidad por los detalles y tenían la capacidad de ver lo que otros negaban, por ello los tomaron de aliados y los visitaron siglo tras siglo hasta que se convirtieron en su mayoría en mascotas y fueron relegados a tareas menos interesantes.

Fue cuando todo colapso, no había porque volver ni tenían razones para darnos a conocer sus secretos o sus identidades, ya nadie se fijaba en las nubes ni alababa el universo. En los hombres solo quedaba la capacidad para una sola cosa: adorarse a ellos mismos. Entonces empezaron a refugiarse en su invisibilidad, cada vez había menos hombres de aquel pequeño planeta en algún lugar distante al nuestro que se interesaban por venir a hacernos entrar en razón o simplemente a demostrarnos que no éramos los únicos. Con el pasar de los días fuimos borrados del mapa y abandonados por aquellos gigantes que ayudaron a nuestros ancestros a construir innumerables palacios, pirámides, grutas y refugios a cambio de una buena historia.

Hasta ahora, cuando uno se ha atrevido a depositar en Simón el pasado y el futuro que se avecina, Samanta y yo hemos dejado de ser niños y ahora tenemos una misión: regresar.

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