Exilio

MARIANA DUCROS

Exilio

Lo más humillante de volver golpeado del colegio es enfrentarte a las personas a las que desilusionaste nuevamente. Como si no fuera suficiente la decepción propia, hay que ver la cara de tus padres y darle explicaciones al analista. Ni hablar de escuchar por centésima vez que tengo que defenderme y no permitir que me traten de ese modo. ¿Acaso piensan que me dejo atacar por diversión? ¿No ven mi tamaño, mi estado físico en comparación con el suyo? ¿Mi cojera crónica?

Y lo más irritante no es tener que caminar quince cuadras con la cara marcada, sino escuchar la manera en que justifican a los matones que te la dejan de ese modo. Claro que me gustaría tener su contextura, aunque sea solamente por un día, para poder escudarme yo solo. Pero a veces, más que a los bravucones, preferiría apuñalar a quienes me dan consejos y nunca estuvieron en mi lugar. Pareciera que, a fin de cuentas, nadie en este planeta estuviera dispuesto a defenderme.

Por eso, ese día decidí no ir directo a mi casa, sino desviarme del camino. Fueron unas cuadras nada más, cuando me crucé con Acuña y Lamas, los responsables de mi ojo morado, que al parecer, se habían quedado con ganas de marcarme el otro ojo también.

Estaban comprando cigarrillos en un kiosco, pero apenas me vieron, tiraron el dinero al mostrador y corrieron a mi encuentro. Les llevaba media cuadra de ventaja, lo que no iba a ser suficiente, así que giré en la esquina de la gomería y seguí en dirección a la plaza, donde están las canchas de fútbol del barrio, seguidas por varios kilómetros de terreno descampado.

No logré desorientarlos, sino incentivarlos aún más en su carrera, pero me perdieron de vista en cuanto llegué a la zona de árboles y me eché cuerpo a tierra. Arrastrándome, conseguí, al menos, pasar desapercibido.

No es lo más agradable del mundo estar a la altura de la tierra, deslizándose como un lagarto, pero al menos me aseguraba la protección que en el plano humano no tenía.

Avanzaba lentamente. Pasaron minutos que parecieron horas. Cada tanto me asomaba para ver si seguían ahí. Para decepción mía, no se rendían. En un momento desaparecieron, y supe que era la oportunidad para correr por mi vida y lidiar con mis problemas en casa. Tuve que disminuir la velocidad cuando vi a Acuña contra el piso, escondido detrás de un tanque de agua, que debía ser una novedad en el pueblo, ya que nunca antes lo había visto. No podía entender de dónde había sacado la vara metálica que tenía junto a sí, pero estaba casi completamente seguro de que iba a torturarme con eso.

Atacarlo por la espalda hubiese sido una venganza equitativa, ya que él lo había hecho miles de veces conmigo. También, una decisión cobarde, pero no era eso lo que tenía pensado hacer. Tan solo quería acercarme despacio y arrebatarle la lanza. Así, al menos, no tendría con qué lastimarme, y se limitaría a sus músculos y su estupidez. A eso, ya estaba acostumbrado.

Me eché nuevamente al piso y me aproximé. Habré tardado veinte minutos en reptar esos cincuenta metros, pero preferí ser cauteloso y mantenerme a salvo.

Juntando las pocas fuerzas que el temor me había dejado, logré el acto más heroico de mi vida: en un segundo me paré, tomé la lanza y me preparé para la pelea. Me cubrí la cara con la mano que tenía libre y extendí el brazo que cargaba el arma para protegerme del golpe que me esperaba.

No hubo riña.

La vara resultó mucho más liviana de lo que me imaginaba, ya que ni siquiera tuve que quitársela a Acuña de las manos: no la estaba agarrando. Ni siquiera le pertenecía. Simplemente, había sido abandonada allí por su dueño luego de haberla utilizado. Y mi enemigo no se levantó a atacarme. Yacía en el pasto. Muerto.

Me quedé unos instantes admirando el instrumento. Parecía inofensiva, pero en la punta tenía una hoja afilada que, supuse, había necesitado de una sola pasada para quitarle la vida a mi rival. La observé detenidamente, hasta que un gemido me sobresaltó.

Levanté la vista y me encontré frente a Lamas. Con los pocos reflejos que el agotamiento de ese día me habían dejado, apunté el arma hacia él, pero no me fue necesario utilizarla. Lamas dio dos pasos en mi dirección, y se derrumbó en el piso, dejando a la vista al ser extraño que se encontraba detrás de él.

Una criatura flaca y ligamentosa dirigió su mirada hacia mí. Yo hubiera podido contra ella, ya que le excedía en tamaño y, aparentemente, había robado su artefacto de destrucción. Pero no despertó en mí ira ni miedo, sino simplemente curiosidad.

Nos miramos durante unos intensos minutos, hasta que sus ojos cambiaron levemente de forma. No necesitaba reconocer los movimientos de su rostro para saber lo que significaba: estaba sonriendo. Me extendió una de sus extremidades al mismo tiempo en que la puerta del tanque se abría y una escalera mecánica descendía de éste, invitándonos a abordar.

Avancé. Ni siquiera miré para atrás cuando me iba.

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