Espejos y paralelos

ALEJANDRO ÁLVAREZ

Espejos y paralelos

Otra vez escucho ese molesto sonido: tik, tik, tik. No me deja dormir y ya pasaron más de cuatro horas desde que me acosté. Creo que es una canilla goteando, pero hace solo un rato, cuando me levanté a cerrarla, el sonido se detuvo y no pude encontrar de dónde provenía. Miro mi reloj, son más de las tres y media de la mañana. Me siento en el borde de la cama, dispuesto a ir al baño para cerrar la canilla que no me deja dormir. Y el sonido no se detiene esta vez. Mejor así, me facilita las cosas. Voy a buscar cuál es la maldita canilla que no deja de gotear y si es necesario le voy a poner un tapón y lo voy a cubrir con sellador.

Me pongo mis viejas y desteñidas pantuflas azules en los pies y me levanto. Me mareo un poco al pararme tan de prisa, o eso creo. Es que me ha parecido ver como se movía la puerta, como si hubiera ondulado. Me siento un momento y luego vuelvo a ponerme de pie. Me abrigo con un viejo camisón largo, pues la noche está fría, y salgo de la habitación. Al pasar toco con la punta de los dedos la puerta de madera, firme al tacto.

Entro al baño y busco la canilla que gotea, pero el sonido no proviene de allí. Sigo el molesto repiqueteo directo hacia la cocina. Puedo oírle, estoy de espaldas a él. Me volteo, me dirijo hacia el interruptor de la luz y lo presiono. La abrumadora fosforescencia de la lámpara me enceguece por un momento, pero el ruido definitivamente pertenece a la bacha de lavar los platos. Cuando puedo ver nuevamente me acerco y busco las irritantes gotas que caen incesantemente. Pero no están allí. Por la canilla no cae ni una sola gota de agua y la loza se encuentra completamente seca. Pero el sonido está allí. Acerco el oído y escucho con mucha atención. Puedo oír claramente las gotas golpear contra el metal. Una vez. Y otra vez. Y así hasta el infinito. Pero al abrir los ojos no puedo ver ni una simple gota descender, sólo el sonido que no debería existir.

Algo incrédulo, coloco mi mano un momento bajo la canilla, con mi palma hacia abajo. Espero dos interminables segundos hasta que siento una gota de agua caer contra mi mano. Una gota que jamás recorrió el espacio entre la canilla y el dorso de mi mano. Rápidamente saco mi mano de allí y doy un paso hacia atrás de manera inconsciente. Levanto mi mano y la miro. Una gota de agua la recorre atravesando mi mano lentamente, siguiendo las líneas que forman los huesos en mi piel.

La canilla que gotea (pero no lo hace) comienza a ponerme muy nervioso, por lo que decido dejar de pensar en ella al menos hasta mañana. Rápidamente pongo una esponja de lavado bajo la canilla, eso extingue los repiqueteos. Estiro la mano y apago la luz mientras veo a la esponja mojarse por el inexistente agua que cae.

Camino lentamente hacia mi habitación en medio de la oscuridad, pensando si a la mañana siguiente debería llamar a un plomero o a un físico. Pero al llegar a la puerta junto al baño, la luz de la cocina se enciende repentinamente.

Regreso sobre mis pasos y observo el foco de la cocina, iluminando la habitación. Intento apagarla, pero por muchas veces que presiono el interruptor, la luz continúa encendida. Pienso que el interruptor debe estar roto. Me acerco a la lámpara y la golpeo suavemente con el dedo. En ese mismo instante todo se apaga.

Me refiero a que todo lo eléctrico en mi casa se apaga de inmediato, quedo completamente a oscuras. Me mantengo inmóvil en el lugar en que estoy mientras insulto en voz baja a la empresa de energía y a la madre de cada uno de sus empleados. En cuanto mis ojos se adaptan a la oscuridad y vuelvo a ser capaz de ver lo que tengo en frente de mí, me doy la vuelta y busco las velas en el cajón junto a los cubiertos. Encuentro rápidamente la vela que buscaba pero no hay allí un encendedor ni cerillas. Deben haber quedado sobre la mesa, pues las compré tarde en el supermercado, antes de irme a dormir. Camino con cuidado por la cocina hasta que llego al comedor. Con la mano extendida y la vela en el bolsillo tanteo el camino hasta tocar la madera del borde de la mesa. El comedor está aún más oscuro que la cocina, ya que todas las ventanas se encuentran cerradas. No soy capaz de ver ni mi propia mano aquí, por lo que sigo tanteando con los dedos a través de la mesa tratando de encontrar la bolsa de supermercado. Toco con mis yemas la madera del borde de la mesa, luego el vidrio del centro, más allá un control remoto y junto a él algo me hace retirar la mano espantado.

Conteniendo la respiración, el corazón latiendo de manera desesperada. Con mi mano sosteniendo la otra como intentando protegerla de lo que había tocado. Así, quedo inmóvil en la oscuridad total. Algunos segundos después pestañeo un par de veces y vuelvo a mirar el lugar sobre el que estaban mis dedos. No logro ver nada, pero de apoco mi mente paralizada comienza a procesar lo que acaba de ocurrir. Junto al control remoto, yo pude tocar otra mano, es decir, toqué unos dedos. Allí, en medio de la oscuridad, en mi propia casa. Comienzo a retroceder lentamente y de manera inconsciente rodeo la mesa. Al chocar mis pies con una de las patas de madera, coloco una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio. Casualmente siento las bolsas de supermercado bajo mis dedos. Rápidamente busco dentro de ella y saco el encendedor. Con la otra mano saco la vela de mi bolsillo. Con dedos temblorosos enciendo la llama del encendedor. En un rápido flash de la primera chispa veo frente a mí un conjunto de letras y un tigre, todo estampado sobre un fondo verde. El encendedor cae de mis manos.

No sé cómo fue que no choqué con nada en el camino que corrí hasta mi habitación. Sé que apenas reaccioné, recogí el encendedor que había caído sobre la mesa y salí del comedor lo más rápidamente que pude. La vela no está más en mi mano, no sé si también se me habrá caído en el comedor o si la habré perdido mientras salía de allí, pero ahora solo tengo el encendedor para iluminarme. Al llegar me lanzo contra mi armario y lo abro de par en par. Saco todo de allí, pues lo que busco se encuentra en el fondo. Creo encontrarlo y lo saco de un solo tirón. Lo extiendo rápidamente sobre la cama y me alejo un paso. Enciendo la pequeña llama para poder verlo. Mis dedos aún tiemblan y me lleva algunos intentos poder lograrlo. Cuando por fin logro iluminar mi contorno, dirijo mi vista hacia la cama y allí está. Mi campera de futbol, la cual no uso hace años. Una abrigo de color verde con las iniciales de mi nombre estampadas en el centro y sobre ellas el símbolo que marcaba nuestro equipo: un tigre visto de frente. La misma campera que acababa de ver en mi comedor.

Aterrado, comienzo a caminar hacia atrás con la mente en blanco, incapaz de formular un pensamiento coherente. De pronto, choco con la puerta de la habitación. Pero no reboto contra la firme madera, la puerta me abraza en su interior como si hubiese caído sobre una cama de agua. Me hundo en ella, me cubre por completo y por un momento veo mi casa. Pero no es mi casa. Puede vérsele con otra luz y con otro espíritu. Es igual pero distinta, como verla a través de un espejo. Es tan solo un momento, en el que estoy dentro de la puerta. Y luego la puerta me escupe. Salgo de dentro de ella de golpe, casi cayendo al piso por perder el equilibrio. Y otra vez la casa en la que estoy es la mía. Las luces continúan todas apagadas y el encendedor sigue en mi mano.

Volteo y me dirijo a la puerta de la habitación. Extiendo lentamente la mano, sin estar seguro de lo que mis dedos van a tocar. Despacio avanzo hacia ella en la oscuridad. Creo sentirla pero aún no está allí. Doy un paso más y finalmente mis dedos tocan la fría madera. En el mismo instante en que toco la puerta las luces vuelven a encenderse. El blanco que inunda la casa me enceguece por un segundo y entrecierro los ojos intentando ver algo. Cuando logro ver lo que me rodea, dirijo de inmediato mi atención hacia la cocina, intentando ver a quien hace un rato me asustó de tal manera. Pero allí no veo a nadie. Salgo de la habitación caminando con pasos indecisos, temiendo encontrar en cualquier momento a un hombre usando mi campera. Aquella que yo no uso hace tantos años, aquella que se encuentra en este momento sobre mi cama. Pero no hay nadie en toda la casa.

Respiro profundamente con los ojos cerrados y siento mi corazón desacelerando. Me sostengo de la pared, no por temer perder el equilibrio, solo por temer perder la realidad. Los abro y todo se encuentra bien. Camino alrededor de la mesa, pasando la mano sobre ella. Luego compruebo el interruptor de la lámpara de la cocina. Funciona perfectamente.

Frente a la bacha me detengo. La esponja aún continúa allí, completamente mojada. Mientras la observo, escucho un lento crujir. La puerta del baño está abriéndose, luego la luz se enciende y la puerta se cierra cuidadosamente. Quedo petrificado mirando hacia allí. Demasiado ya ha pasado esta noche y mi mente se encuentra en blanco, evitando pensar en lo que acabo de ver.

Pero lentamente la natural curiosidad humana logra superar al miedo voy en dirección hacia la puerta cerrada del baño. La abro con cuidado, pero allí dentro no encuentro nada ni a nadie. La luz está encendida, como pude ver antes que la puerta se cerrara, pero allí dentro todo se encuentra tal como siempre suele estar. Indeciso, hago dos pasos y así entro en el cuarto. Al hacerlo nada cambia, pero siento algo extraño que no logro definir.

Doy media vuelta lentamente y me encuentro de frente al espejo. Allí, observándome con la misma estupefacción con que yo lo observo, se encuentra el hombre que lleva puesta mi campera, aquella que se encuentra sobre mi cama. Me acerco al espejo y distingo que el hombre que me mira soy yo mismo. Pero no soy yo. Puede vérseme con otra luz y con otro espíritu. Es igual a mí, pero distinto. Lentamente él se acerca al espejo y me pregunta “¿Quién eres?”. Y no sé que responderle.

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