En la sala

AINHOA ESCARTI

En la sala

Hacía tiempo que ir al cine le hacía suspirar. Allí sentado en mitad de la sala con la amistad de la penumbra, miraba a las parejas. Carlos no era del todo consciente de su nuevo instinto voyeur. Algunas veces miraba tanto a los espectadores que siquiera se daba cuenta de qué director era la película. Cosa realmente rara para un joven que en plena adolescencia aprendió francés solamente para poder disfrutar de “Cahiers du Cinéma”. Él que siempre había defendido el cine de calidad, ese que era arte. Pero desde hacía unos meses la cinefilia de Carlos se estaba viendo turbada. Iba al cine de forma ritual, pero había cambiado los rituales. Antaño iba por el cine puro y duro, ahora se dejaba llevar por un extraño instinto. Todo empezó por una especie de clic que sintió justo detrás de la oreja derecha, al seguir ese clic distinguió una pareja que se cogía de la mano. Se quedó un rato mirándoles, ante la posibilidad de ser descubierto rápidamente dejo de mirarles. De forma sigilosa y paulatina, acabó por no enterarse ni quién era el director. Ya no iba al cine para mirar a la pantalla, su mirada se quedaba fija en las butacas ocupadas.

Una noche al acabar la película, salía tan campante cuando se cruzó con un amigo que se estaba viendo arrastrado por la novia a entrar en la misma sala de cine en la que había estado él. Carlos se quedó extrañado, conocía perfectamente los gustos (o más bien disgustos) cinéfilos de Luz. Extrañado, pensó que quizás ella estaba educando su paladar. Y se fue a casa.

Meses pasaron en los que pagó entrada por mirarles, sin saber que lo hacía. En una de sus charlas mensuales de cine acabó de darse cuenta que algo extraño pasaba. Todos hablaban de la última película del director iraní que a él tanto le fascinaba. No entendía cómo no lograba recordarla, él había ido al cine. Tras pasar una tarde-noche de plena vergüenza en su grupo de cinéfilos, fue directamente a la sesión golfa. Tenía que ver la película. Al acabar y encenderse las luces, despertó de una especie de hipnosis voyeur. No recordaba nada de la película pero sí a cada pareja de la sala. Al traspasar la puerta de salida, se sintió dubitativo. Echó la mirada atrás y vio el cartel. Al verlo casi se cae al suelo, no era la película iraní. Sin darse cuenta había estado en una sala pagando por todo lo que él no consideraba cine.

No sabía cómo había llegado a eso, pero tenía que cambiar. Dejo de ir al cine sólo o al menos lo intentó. Sus amigos casi nunca podían, sus padres siempre estaban liados con mil cosas, los compañeros de trabajo estaban ya en la fase niños. No sabía qué hacer, pero sin cine tenía un vacío dentro. Desde que había tenido uso de razón había visto películas, ya ni sabía cuantos cientos o a saber si miles habían pasado por sus ojos y su memoria. Ahora la relación más duradera y plena de su vida se estaba marchitando.

Pasaron meses y ocurrió algo que jamás había pensado, recurrió a una cita a ciegas para poder ir al cine. A él nunca le habían gustado las citas a ciegas, odiaba que sus amigas constantemente le buscaran novia. Él estaba bien, él era feliz, se sentía pleno. Pero allí se encontraba, esperando a no se sabe quién en la puerta del cine. Ella llegó tarde, a Carlos ni le importaba. Al fin tras meses de abstinencia, volvía a recuperar los lazos debilitados. Todo era perfecto, incluso la película era de esas grandiosas que te marcan el alma. Al apagarse las luces de la sala, él empezó a tener la necesidad de ver las vidas ajenas. Ella le notó extrañó. En un gesto de amabilidad le acarició la mano. Carlos regresó a su asiento, miró a la pantalla, miró a la chica que aún no tenía nombre para él y supo que quería más de esas caricias.

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