El sexto invitado

DAVID SANZ REQUENA

El sexto invitado

En aquella ocasión éramos seis las personas sentadas alrededor de la mesa. Nunca habíamos sido más de cinco, número de contertulios ideal, según mi amigo, para disfrutar de una buena sobremesa sin que nadie perdiera detalle de la conversación por formarse corrillos que se desviasen del tema.

Mi amigo tenía la costumbre una vez al mes, de organizar una gran comida en su casa de campo. A ésta asistíamos siempre el mismo grupo de amigos, aunque yo, aparte del anfitrión, los consideraba más como conocidos que como amigos. Realmente sólo los veía en estas comidas, y nunca había tenido ningún tipo de relación con ninguno de ellos fuera del ambiente de estas reuniones. Podríamos decir que mi amigo era el nexo de unión entre yo y los demás invitados, y me atrevería a decir que lo mismo sucedía con ellos.

Siempre he sabido, y creo que todos los demás también, que el verdadero sentido de juntarnos, aparte del hecho de disfrutar de una gran comilona, era el debate que se generaba a continuación. En el intervalo de tiempo que transcurría desde los postres hasta bien entrada la noche, los temas de conversación más cotidianos acababan desembocando en auténticos debates filosóficos sobre la existencia humana. Podíamos empezar charlando amigablemente sobre lo que acabábamos de comer, pasarnos a los deportes, la economía, la política y acabar intentado arreglar el mundo. Era un auténtico repaso a la actualidad, todo lo que había acontecido desde la anterior reunión daba para debatir un buen rato.

Nuestro anfitrión tenía una gran habilidad para enlazar unos temas con otros y no hacer que decayera el ritmo de la conversación, aunque también contábamos con la inestimable ayuda del alcohol, a las copas de vino de la comida les seguían incontables copas de licor que íbamos consumiendo durante la charla, haciéndola más fluida y también más acalorado el debate.

Había pasado más tiempo del habitual entre esta comida y la última que celebramos, y aunque yo no había perdido el contacto con mi amigo llegué a sospechar que algo le ocurría. Cuando me dispuse a llamarle para hablar sobre el tema me llegó su invitación por correo, su forma habitual para llamarnos, ni emails ni mensajes.

Como he comentado antes, ese día íbamos a disfrutar de la compañía de un sexto invitado. Llegué el primero a la casa y como era costumbre estaba la puerta abierta, entré sin llamar y me dirigí directamente al comedor, allí vi la misma mesa de siempre donde nos sentábamos a comer pero dispuesta para seis comensales. Me quedé un poco sorprendido, dudando si nuestro amigo se habría confundido o si por el contrario esta vez íbamos a tener nueva compañía. Al poco fueron llegando los demás invitados y también sorprendidos lo íbamos comentando entre nosotros, nadie sabía nada sobre el asunto. Cuando al fin apareció nuestro anfitrión lo hizo acompañado del misterioso nuevo invitado. Era un hombre bastante normal, aparentemente de nuestra misma edad, sin ningún rasgo peculiar que destacara por encima de los demás. Me pareció que podría pasar desapercibido en cualquier sitio, por su vestimenta, por sus gestos, todo muy normal, desconcertantemente normal.

Tras los saludos y las presentaciones nos sentamos a la mesa. Por lo poco que pude ver y saber de nuestro nuevo conocido, percibí que no participaría mucho en el debate de hoy, no parecía muy hablador ni interesado en ningún tema en particular. A lo mejor está mal decirlo, pero por mi parte lo prefería así, cuando te acostumbras a un mismo grupo de gente, a veces es molesto cuando entra alguien nuevo, sobre todo si interviene demasiado. Pero era posible que me equivocara y sucediera lo contrario, contaríamos entonces con un buen grupo de discusión. Pronto lo descubriríamos.

Empezamos a comer. La conversación era la habitual, sobre cómo nos había ido a cada uno desde la última vez que nos vimos, el tiempo, lo que estábamos comiendo y ese tipo de cosas. He de reconocer que nuestro colega tenía una excelente mano para la cocina, siempre acertaba con los platos y también con el vino y los postres, y nos parecía que cada vez se superaba más. Lo peculiar del asunto era que ninguno de nosotros nunca lo había visto cocinar, siempre se comentaban los platos durante y después de la comida pero él nunca hablaba de cómo los había preparado, ni habíamos visto nunca a ningún cocinero entrar o salir de la cocina. Siempre había estado todo perfectamente preparado para ser engullido. Entre nosotros bromeábamos sobre si tendría algún chef secuestrado y que sólo utilizaba para cocinar en estas ocasiones.

Una vez terminada la comida y con el cinturón del pantalón un poco más flojo pasamos a los licores. La conversación, aunque con temas bastantes triviales, había estado muy animada, y continuaba a buen ritmo. Esto confirmó mis sospechas sobre el sexto invitado, prácticamente no había hablado durante toda la comida, solamente cuando se le preguntaba directamente y con respuestas bastante escuetas por su parte, eso sí, de forma muy educada. A pesar de no haber abierto la boca había estado atento a todo cuanto se comentó, parecía por su forma de observar estar interesado en cualquier tema del que se estuviera hablando. También observé en él un voraz apetito, pues dio buena cuenta de todos los platos y de innumerables copas de vino, pues cuando no estaba masticando estaba bebiendo. Igual por eso no hablaba mucho, su boca no disponía del suficiente tiempo libre entre comer y beber para soltar palabra, pensé con un poco de ironía.

La mesa se llenó con multitud de licores, vasos, copas y hielo, y el ambiente con humo de habanos y cigarrillos. Si estas reuniones fueran más a menudo nuestra salud se vería seriamente perjudicada. Continuamos con nuestra charla, un tema dio paso a otro y otro a otro, como era habitual. Lo único distinto y ya comentado era nuestro nuevo colega, el cual y aunque parezca sorprendente, estaba completamente integrado, no ya en la conversación, pues continuó sin soltar palabra, sino en el ambiente mismo, era como si ese fuera su sitio y allí debiera estar. Y allí estuvo, asintiendo o negando según fuera el caso, y sin soltar la copa de su mano. Perdí la cuenta de las copas que se bebió, como también perdí la cuenta de la mías, pero la pasión por la bebida de este personaje parecía no tener fin, probó todos los licores y parece ser que al fin se decantó por el vodka, pues acabó con la botella. Y no teniendo suficiente arremetió también con las demás. Suerte de mi amigo que posee una buena bodega. Pero lo curioso del caso es que todo este alcohol no parecía estar causándole ningún efecto, al contrario que a los demás, pues su rostro y su pose permanecían igual de serenos e inmutables que antes de la primera copa.

Fuera estaba oscureciendo y se acercaba ya la hora de la cena, mi amigo comentó que tenía preparados unos bocadillos y canapés, para aguantar un rato más. Pero en el calor del debate no nos dimos cuenta de su comentario. En ese momento estábamos hablando sobre la vida extraterrestre. El tema había surgido a partir de la política, es curioso sí, pero como una cosa lleva a otra, la política lleva a los presupuestos, en que se gastan, en esto o en aquello, es imprescindible invertir en investigación, qué se debe investigar, se deberían enviar cohetes al espacio, buscar nuevos mundos, pero si estamos destruyendo el nuestro. ¿Es que hay otros mundos? ¿Y si los hay tendrán vida? ¿Serán inteligentes o como nosotros? Bueno, pues más o menos así se llegó al tema. El caso, y pese a mi disminuida habilidad para prestar atención a los detalles fuera de la conversación, es que me di cuenta de que algo le había ocurrido a nuestro sexto invitado. Cuando divagando ya en nuestra charla, llegamos a la parte de la posible vida en otros mundos, noté que empezó a moverse más de lo habitual en su silla, como si se sintiera inquieto o un poco incómodo, prestando todavía más atención a lo que se decía. Parecía por un instante que iba a intervenir haciendo la intención de hablar, como incorporándose para decir algo, pero al momento se arrepentía y volvía atrás.

Estuvimos largo rato con este tema de conversación, y varias fueron las veces en las que nuestro callado amigo hizo ademán de intervenir, pero las mismas se quedaron en intentos. Los puntos de vista sobre este tema fueron diversos, los había totalmente escépticos y otros más partidarios de que sin ninguna duda y por pura probabilidad, a la fuerza tendría que existir vida en otros planetas. Por mi parte yo era bastante reacio a creer que pudiera haber vida en otros mundos, todavía no los habíamos detectado con nuestra tecnología y si ellos no nos habían visitado aún era o bien porque no existían o estaban en un estadio de desarrollo muy inferior al nuestro, a lo mejor todavía eran bacterias o estaban en la edad de piedra. ¿Para qué queremos saber de bacterias o trogloditas que están a años luz de nosotros? Uno de nuestros habituales comensales me rebatía argumentando que bien podían encontrarse en un estadio de evolución similar al nuestro y no contar todavía con la tecnología suficiente, al igual que nosotros, para viajar en busca de nuevos mundos habitados.

La discusión continuó acaloradamente pasando del tema tecnológico y práctico, a la parte más filosófica y moral, sobre si esas civilizaciones serían pacíficas u hostiles, si valdría la pena entablar contacto con ellos o sería más conveniente que nunca nos descubrieran. Y en caso contrario, cómo les trataríamos nosotros si en verdad fuésemos superiores a ellos, ¿nos convertiríamos en sus aliados y les aportaríamos conocimientos y saber, o en cambio les colonizaríamos y esclavizaríamos? Buena parte de nuestra historia demuestra que tendemos a comportarnos así con los pueblos inferiores.

Poco a poco el ritmo de la conversación fue decayendo, era bien entrada la noche y el cansancio y el alcohol fueron haciendo mella en todos nosotros. Fue entonces cuando nuestro misterioso sexto compañero se quedó mirando al anfitrión, ambos asintieron ligeramente con miradas de complicidad, mi amigo carraspeó y empezó a hablar:

– Queridos amigos – en su voz se percibía el cansancio, como en todos nosotros, pero había un atisbo de alegría o emoción en ella – me temo que hoy no he sido del todo sincero con vosotros sobre el propósito de esta reunión y sobre nuestro nuevo compañero de mesa.

Todos nos quedamos sorprendidos con su intervención, todos a excepción el mencionado compañero que continuaba tan impasible como siempre, aunque se le podía adivinar una pequeña mueca de aprobación en su cara.

– Veréis, – continuó diciendo – poco después de nuestro último encuentro recibí la visita de este hombre – señaló a nuestro callado amigo con la mano – que hoy nos ha acompañado a la mesa y en nuestra habitual tertulia. Siempre hemos sido cinco pero la ocasión de hoy merecía esta nueva compañía. Antes de continuar quiero que sepáis ante todo que esta ha sido una de las mejores veladas que hemos tenido y con la que posiblemente más he disfrutado, y espero que a vosotros os haya pasado lo mismo que a mí – dijo mirándonos uno a uno, a lo que nosotros fuimos afirmando y asintiendo con la cabeza – y más teniendo en cuenta que ésta ha sido la última comida que vamos a celebrar todos juntos – el tono de su voz cambió.

Entonces nos pusimos a hablar todos a la vez, diciéndole que no dijera esas cosas, que todavía nos quedaban años por delante o que como broma estaba muy bien; continuando un poco con lo que creíamos que era una jugarreta suya para hacernos la puñeta.

– También os preguntaréis – continuó con tono serio, levantando las manos en señal de silencio y no haciendo caso a nuestras replicas – el por qué ha pasado tanto tiempo entre esta reunión y la última que tuvimos. El motivo, como os he dicho antes, fue la aparición un día en mi puerta de mi querido amigo, al que vosotros llamáis el sexto invitado. En verdad estoy seguro de que a él no le importa cómo le llaméis teniendo en cuenta que el nombre con el que se ha presentado tampoco es el suyo, ya que el suyo resulta impronunciable en nuestra lengua.

A mí ya desde el principio me pareció extranjero, por eso no había hablado prácticamente, el pobre no debía entender casi nada de lo que decíamos, aunque parecía lo contrario. Debería habernos advertido. Todo esto empezaba a parecerme bastante raro.

– Y tendréis que perdonarle por no ser más elocuente en la conversación, pues no ha llegado a dominar nuestra habla, aunque lo entiende todo a la perfección – dijo mirando al sexto hombre de la noche que asintió con una pequeña sonrisa. – Pues bien, a lo que íbamos, a su llegada a mi casa nuestro amigo se presentó como un habitante de otro planeta que había venido a visitarnos y quería aprender todo de nosotros – dijo, y lo dijo con total naturalidad.

En ese momento saltamos de nuestras sillas y empezamos a decirle que como broma ya bastaba, que había bebido demasiado, en fin, después de horas de conversaciones serias no podía venirnos con esas tonterías. Pero mi amigo continuó impasible:

– Claro, enseñarle todo sobre la raza humana lleva un tiempo, que le dediqué con gusto, pues a mi edad no hay muchas distracciones, y el hombre, bueno como quiera que se les llame en su planeta, me pareció de lo más curioso e interesante. Es por este motivo que he estado tan ocupado estos últimos meses.

Nosotros no dábamos crédito a la situación, se le había ido completamente la cabeza, había que hacerle entrar en razón, no podía seguir con aquella broma, era demasiado incluso para él, y lo peor es que no tenía pinta de estar bromeando. Entonces intervine yo:

– Parece que estás realmente convencido de lo que nos estás contando, pero resulta bastante inverosímil, – intenté seguirle el juego a ver si podía hacerle ver las tonterías que estaba diciendo – vamos a ver, si dices que no puede hablar en nuestra lengua ¿cómo os comunicasteis?, ¿no te pareció un poco extraño que te diga que viene de otro planeta sin más señas ni datos, y cómo es que se parece tanto a nosotros? y ¿de verdad has perdido todo este tiempo enseñándole cómo somos?

– Mi querido amigo – me contestó con una amplia sonrisa – en primer lugar no le hace falta hablar para comunicarse, me lo contó todo con la mente, el pensamiento, telepatía, llámalo como quieras pero nos entendemos la mar de bien. En segundo lugar viene de un planeta que desde aquí no se puede detectar con nuestros telescopios, a muchos años luz de distancia, y viaja con una tecnología que no entenderíamos por mucho que nos lo explicara. Y lo mejor de todo es que en compensación por el tiempo que le he dedicado me ha prometido llevarme con él de vuelta a su planeta, ¿os dais cuenta? – exclamó eufórico.

– Sí, nos damos cuenta de que estás complemente loco, los dos lo estáis – dije mirándoles a ambos- ¿Y si a ti puede hablarte con la mente, por qué no nos habla a todos nosotros con la mente? ¿Y su aspecto? Para venir de otro planeta se parece bastante a los humanos.

– Parece ser que su mente solamente puede enlazar con la de otra persona y así quedan conectadas, y esa persona sirve de vínculo entre él y el resto, ¿no es así? – dijo mirando al supuesto ser de otro planeta, a lo que este asintió. – En lo referente a su aspecto lo percibimos como él quiere que lo veamos y no como realmente es, ¿no crees que llamaría demasiado la atención si se presentara en su forma original? Además, ¿has visto cómo bebe? ¿Conoces a algún humano capaz de tragar alcohol en esas cantidades? Casi me vacía la bodega, seguramente su cuerpo lo sintetizará de forma diferente al nuestro– dijo en tono divertido.

– Sé que os puede parecer una locura – continuó-. He organizado la comida de hoy para que mi amigo os pudiera conocer y también como despedida. Aunque no sabía si contároslo y despedirme de vosotros o irme sin más. Pero en la conversación de hoy hemos tocado el tema sobre la vida extraterrestre y al oír vuestros puntos de vista, hemos optado por deciros la verdad. Hemos creído que estarías preparados para oírlo.

No sé qué pensarían los demás pero yo empezaba a creer en lo que nos estaba contando, no ya por los hechos en sí, sino más bien por como sonaban las palabras de mi amigo, él estaba completamente convencido de lo que nos estaba contando, y me estaba convenciendo a mí, aunque mi sentido común me decía lo contrario.

– Ahora si me disculpáis un momento – dijo mi amigo levantándose – tengo que hablar un momento a solas con nuestro nuevo invitado – dicho esto salieron los dos por la puerta que daba a la cocina.

En ese momento los demás nos pusimos a hablar como locos de lo sucedido, que barbaridad, no nos lo podíamos creer, no podíamos permitir que ese tipo tan extraño influyera así en nuestro amigo, podría ser peligroso, le estaba haciendo perder la razón. Había que intervenir, ya habíamos tenido suficiente, nos disponíamos a hablar seriamente con él cuando de repente empezamos a escuchar un sonido metálico, como un silbido, entonces callamos todos. Provenía de la cocina y empezó a subir de tono hasta que empezó a ser molesto, nos levantamos corriendo a averiguar qué estaba pasando, pero de repente una explosión y una luz cegadora nos echó a todos al suelo. Durante unos instantes no supimos qué había pasado. Me levanté el primero y tras comprobar que los otros estaban bien me dirigí corriendo a la cocina, los demás me siguieron. Al abrir la puerta no vimos a nadie, no estaban, tampoco había rastro de ninguna explosión. La puerta de la cocina que daba al jardín estaba cerrada por dentro y las ventanas tenían rejas. Buscamos por toda la casa y por todo el jardín durante el resto de la noche y al día siguiente sin encontrar ni rastro de ellos.

Y hasta el día de hoy seguimos sin saber lo que realmente sucedió allí. De vez en cuando nos juntamos y siempre acabamos buscando algún tipo de explicación racional a lo que pudo haber pasado. Yo, sin embargo, a veces prefiero imaginar en cómo será el planeta donde vive ahora mi amigo.

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