El ser humano nunca cambia

LUCÍA ESPEJO

El ser humano nunca cambia

–¿Agujero de qué? –pregunto a Jorge sin parar de reírme.

–De gusano, Alisa de gusano. Es la enésima vez que te lo explico.

–¿Tan pequeño es que le has puesto ese nombre?

–Alisa, yo no se lo he puesto, es la ciencia. También se le conoce como puente de EinsteinRosen.

–¿Y lo inventó Einstein? –digo en tono burlón.

Jorge me había llamado aquella noche emocionado. Decía que tenía que contarme algo muy importante, algo que cambiaría nuestras vidas, que nos daría un giro de 180 grados. Pero cuando llegué lo único que me hablaba era de su famoso experimento, ese con el que llevaba cinco años, ese experimento que le había consumido por completo en estos últimos años. Y además no paraba de hablar de esas típicas teorías que sólo se oyen en películas de ciencia ficción. Me hablaba de cosas tan inverosímiles como viajes en el tiempo o mundos paralelos. No tenía más remedio que intentar seguirle la corriente, al fin y al cabo era mi único amigo, nadie se junta con una orco empollona ni con un friki de la ciencia cuyo nivel intelectual supera al de Einstein. Así que respiro hondo y sigo escuchándole.

–A pesar de que existen dos tipos de agujero de gusano, que son el agujero de gusano del intra-universo, y el del inter-universo, lo único que he podido crear es este último.

Y así segue Jorge, con sus mil y una historias de ciencia ficción. Ya sé que son cosas que se han investigado y estudiado, pero en ningún momento de la vida se han podido comprobar porque es algo imposible. ¡Estoy a punto de acabar un máster de Psicología clínica, no creo en esas cosas que me cuenta! Pero sé que si le digo eso, empezará nuestra pelea de siempre, y no soportaría perderle. Él sabe que no creo en esas cosas y a pesar de todo, sigue empeñado en convencerme, es demasiado terco. Y yo sinceramente, creo que lo suyo es algo más bien psicológico.

–Vamos Alisa, dame un voto de confianza… –dijo suplicándome con su mirada. –No creas que no me he dado cuenta que piensas que no estoy bien de la cabeza. Sé que piensas que algo no va bien en mí, pero quiero demostrarte que no es así. Y hoy es el gran día, hoy dejarás de verme como el “científico loco” de Jorge, para descubrir al mejor científico de la historia.

Me encojo de hombros sin saber cómo seguirle el juego. Jorge lleva 6 meses sin acudir a terapia con su psicóloga. Ni tampoco se toma las pastillas que el psiquiatra le mandó. Y cada vez que intento sacarle el tema discutimos como si no hubiera un mañana. Así que simplemente asiento con la cabeza y dejo que un mechón rubio caiga sobre mis ojos haciéndome cosquillas.

–Dame esta oportunidad, Alisa. Si me equivoco, retomo la terapia y el tratamiento.

–Está bien, pero prométemelo –le digo dibujando una sonrisa en mi rostro.

–Te lo prometo, pequeña –me dice mientras me abraza fuertemente. –¿Estás preparada? –pregunta sin soltarme.

Vi que llevaba una especie de mando en la mano.

–¿Para ver una película? –ironizo y me besa la frente.

–No lo pongas más difícil, Ali. Cierra los ojos.

Entrecierro los ojos. Me siento fatal y estúpida. Cuando se dé cuenta de la realidad sé que lo va a pasar fatal, pero es la única forma que tengo de demostrarle que nada de eso va a ser real.

Con los ojos entrecerrados veo una especie de luz malva en la habitación. Es como si fuera un remolino, pero las ventanas están cerradas, y no hay viento.

–No abras los ojos o te marearás. Yo ya lo he probado varias veces, por eso lo digo. Ahora vamos a avanzar hacia el centro de la habitación.

Y así hicimos, avanzamos hacia lo que era el centro de la habitación, que era el lugar donde se encontraba esa especie de remolino.

–¿Qué es ese remolino malva? –le pregunté parándome en seco.

–Te he dicho que cierres los ojos, si no te marearás en el viaje.

–¡No! ¿Con que has hecho esa luz?

–Si te lo explico a nivel científico no lo entenderías, digamos que fue con el mando que llevo en la mano. Vamos a entrar ahí.

–Venga Jorge, esto no tiene gracia….

–Confía en mí…–susurró a mi oído. –¿No te gustaría ser respetada? ¿Qué la gente no te mirase como un bicho raro? ¡Al mundo que vamos los que son como nosotros son los que llevan el control! Si eres guapo o rico te marginan como lo han hecho durante toda la vida con nosotros. La ciencia tiene el mayor auge en el mundo, y ser feos no es ningún problema. ¡Todo son ventajas! Además, los científicos ganamos una pasta gansa.

Me río. No entiendo como habrá hecho aquella luz, pero sin duda su imaginación es increíble. Por un momento deseo que todo sea cierto, y que mi amigo no esté loco, que sea el mundo el que lo está. Avanzo con él y entramos en la espiral malva y…

Y volvemos a estar de nuevo en la habitación pero ahora tenemos la espiral detrás de nosotros. Le miro y le abrazo.

–Pediré cita con tu psicóloga, ¿vale?

–Mira a tu alrededor –me dice y le hago caso.

–¿Cuándo has cambiado la habitación? –Miro un estante lleno de trofeos–¿Y qué hace todo esto aquí?

–Es la habitación del Jorge de este mundo. Es guay el chaval, ahora mismo estará en nuestro mundo. Lo malo es que está colgado. Aquí lo malo que tienen los científicos es que se les sube a la cabeza y están colgados. Fiestas, drogas y alcohol. Un poco como algunos famosillos de nuestro mundo pero con gente que hace algo por la vida.

Me alejo un poco de él y me pellizco el brazo.

–Esto no puede ser real…Esto no existe…

–Claro que sí –dice abrazándome con fuerza. Te lo voy a mostrar.

Salimos a la calle, al principio parece todo normal, pero no, no lo es. A lo lejos veo a dos mujeres árabes pegándole una paliza a un joven.

–¡Hay que hacer algo! Van a matarlo, ¡Dios mío!

–No podemos hacer nada Alisa… En nuestro mundo pasa lo mismo continuamente pero al revés. Él es un ricachón, aquí no es nadie.

–¡Me da igual! No es justo… No quiero un mundo así, ni el mío ni este. ¿Es que el ser humano nunca cambia? Siempre tiene que existir un matón de pacotilla, un pobre inocente o alguien a quien se le suba la fama a la cabeza?

Un hombre pasó junto a nosotros y me miró de arriba abajo, sin contarse ni un pelo.

–¿Estás libre esta noche? –pregunta.

–¡No soy ningún taxi! –exclam enfurecida. –¡Quiero irme a casa, Jorge! –le suplico.

Jorge se encogió de hombros.

–Pensé que es lo que querrías… Lo siento, pero hasta dentro de una semana no podemos regresar. El mando debe recargarse. Te prometo que cuando acabe la semana nos iremos. Y cuando regresemos estudiaré la forma de viajar a otro mundo, a uno que te guste más, ¿vale?

Lo abrazo con fuerza y coloco mi cabeza sobre su hombro intentando evitar que vea como unas lágrimas recorren mis mejillas.

–¿Y si cuando volvamos hacemos una vida normal? Como buenos amigos, salimos, paseamos, vamos a tomar algo, nos emborrachamos y nos vamos de fiesta hasta que amanezca. O hacemos un viaje a la playa, o lo que sea, ¿qué me dices?

Me mira sorprendido pero sonríe.

–Está bien, haremos lo que dices, pero mientras tanto, tenemos que pasar una semana aquí, ¿qué te gustaría hacer ahora que eres la atracción de la mirada de todos los hombres?

–Pasar estos días contigo–digo acercándome a sus labios y besándole. –¿No ves que me da igual qué hacer? Lo que sea pero contigo.

Y empezamos a caminar juntos, viendo como aquel nuevo mundo no es tan diferente del que vinimos, de cómo la sociedad se sigue consumiendo así misma y como el ser humano no aprende que lo que uno quiere estar más cerca de lo que cree. Nos damos la mano, aún no sabemos que nos deparará esta semana, ni ningún día de nuestras vidas.

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