El insólito sueño del señor Natas

J. DONADÍN ÁLVAREZ

El insólito sueño del señor Natas

El término insólito no es, a mi juicio, valorado en su plena dimensión por la mayoría de los lingüistas. La condensación semántica de este vocablo implica necesariamente la desautomatización de cualquier percepción simplista que de él se tenga. No creo, en absoluto, que exista un sinónimo idóneo para reemplazarlo en su significado con la autoridad que reviste, ningún verbo en capacidad total para animarlo, ni tampoco un adjetivo exacto para describirlo.

Como sé que algunas personas probablemente desconocerán las exigencias básicas de la gramática no intentaré seguir enunciando y denunciando ciertas palabras cuyo significado considero ha sido tergiversado. Por otra parte, evitaré enfatizar algunos detalles que entorpezcan la interpretación psicológica del lector sobre la insólita experiencia extrasomática que vivió una de las pocas personas que mejor le hubiera sido no haber existido nunca.

No niego cierta incertidumbre, consciente de que los más devotos a la racionalización pueden desechar la narración que sigue ante la falta de una comprobación formal. Debo admitir que yo también, antes de haber estado al tanto del acontecimiento que hoy me ocupo en relatar, me había dejado dominar por una propensión intelectualista y que siempre había mutilado todo intento de mi mente por acariciar explicaciones sobrenaturales. Para mí, la apropiación del conocimiento de manera racional implicaba la búsqueda de la objetividad, el divorcio de las emociones, la ausencia de todo lo que prive la neutralidad en la interpretación de la realidad. En cambio, la interpretación de los fenómenos derivada de la emotividad, de la subjetividad y todo aquello tendente hacia lo fantasioso, no me significaba más que desidia intelectual, endeblez moral y derroche de ideas nada prometedoras en la ruta hacia el saber. Tarea ímproba, ya que desconocía que cuando la racionalidad es destinada a la errancia perenne por un mundo inhóspito, carente de toda sensibilidad, sus mecanismos para interpretar la realidad resultan incoherentes. Por su parte, ante la privación de buenos resultados,el pensamiento sin apenas visos de raciocinio puede constituirse en una cascada de interpretaciones y resonancias afectivas, que en su disposición para colaborar en el proceso exegético se torna más eficiente.

Aclarado lo anterior, no intentaré, pues, despojarme de mi asombro ante lo insólito. Podrá parecer poco creíble mi relato, pero un fuerte deseo de instruir me impulsa a contarlo a quienes no se niegan el aprendizaje, independientemente de la reputación del que enseña.

Conviene destacar, asimismo, que lo ocurrido al protagonista de esta historia no tendría nada nuevo ni tampoco interesante si toda la trama que protagonizó no hubiese acontecido fuera del sustrato corporal y si yo siguiese desconociendo la causa del fatal desenlace.

En el pueblo era más conocido como el soñador y no como el Señor Natas. Su estatura era de casi dos metros, su pelo muy negro como el carbón, con ojos inquietos y enormes dientes amarillentos que en nada sugerían una correcta higiene bucal. No tenía familia, pero de día siempre estaba acompañado. Los niños le temían debido a su corpulencia y rasgos fenotípicos nada atrayentes. Los adultos, sin embargo, respetaban su retraimiento y lo compadecían por una extraña enfermedad que lo azotaba y que continuamente lo obligaba a sueños prolongados e insólitos. (De ahí su seudónimo). Algunos, disfrutaban pasar las tardes con él pues disfrutaban la imaginación que destilaba en cada uno de los relatos que muy solemnemente les contaba y en los que siempre era el personaje principal. Sin duda, su imaginación era estimulada por los constantes sueños en los que lo hundía su enfermedad y por las no pocas lecturas que formaban parte de su diario vivir.
Como en la región no existía ningún médico, jamás había sido asesorado con respecto a su onirismo. “No es nada de muerte”, aseguraba él, con un aire cuasi-complaciente. El párroco del lugar aseguraba que el pobre existía bajo maldición y que tendría que sobrellevar aquel padecimiento hasta su tumba. Como evidencia de su afirmación se remitía al nombre del Señor Natas. “Natas -decía-, si se lee a la inversa es Satán”.

A pesar de ser una persona completamente normal –exceptuando sus sueños insólitos, desde luego- muchos habían hecho de él una leyenda viviente. El toque sobrenatural que con evidente maestría sabía imprimirle a sus relatos orales le había agenciado una devoción colindante con el fanatismo de parte de los rasos pueblerinos.

Pero las sospechas de algunas personas, de que el Señor Natas estaba condenado a vivir experiencias extrañas por su condición de soñador, no eran del todo injustificadas. Sus vecinos recordaban haberlo encontrado por las mañanas en diversas condiciones; unas veces feliz y amoroso. En otras ocasiones cansado, triste, llorando, sangrando, con moretones…, y en el peor de los casos en estado de inconsciencia. Su estado anímico para cada día acataba órdenes emanadas desde el desenlace onírico de la noche anterior.

Él había leído sobre una teoría que proponía que cuando una persona sueña y sospecha que está soñando ése es el momento en que se despierta inmediatamente. Pero en él, eso no era cierto. Aunque supiera dentro del sueño que tan sólo soñaba su cuerpo siempre seguía aletargado. En consecuencia, había experimentado las más terribles pesadillas y jamás despertaba en el punto álgido, sino hasta que la trama concluía.

Como de costumbre, una noche mientras dormía, se hundió en la profundidad de uno de sus tantos sueños insólitos donde lo que más anhelaba era despertar. En su sueño miraba cómo su cuerpo se elevaba, al mismo tiempo que se veía profundamente dormido en un sofá de seda. Parecía que una parte de su ser se había alzado y la restante quedaba en el otro cuerpo allá abajo. Desconocía si la conciencia con la que experimentaba aquella situación pertenecía al cuerpo flotante o al cuerpo durmiente. Como siempre, todo era tan extraño. En algún momento –siempre dentro del sueño- pensó que su experiencia en esa noche, era el resultado de su inclinación hacia cierta literatura macabra y se prometió abandonar su lectura. Lo tranquilizaba el hecho de estar seguro que únicamente estaba dentro de un sueño y que no estaba loco, aunque tampoco podía preciarse como el más cuerdo de los mortales.

Su cuerpo, como dije antes, se había duplicado. El cuerpo que nadaba en el aire salió de la habitación y la conciencia del Señor Natas se fue con él. En lo que respecta al cuerpo durmiente, éste quedó inerte, marginado de toda actividad. Para su comodidad mental, no hubo nada aterrador en su viaje. Los lugares visitados se ubicaban, aquí mismo, en la Tierra. El recorrido que recuerda lúcidamente es el que realizó por las empedradas calles de su pueblo cuya tradición colonial conservaba. Mientras sobrevolaba saludaba a sus paisanos, pero éstos no parecían contemplarlo. Probablemente el sol se los impedía. Cuando llegó al jardín de su casa, el color de las mariposas, el perfume de las flores y los pececitos azules y plateados del estanque lo hicieron sonreír. Un suspiro se escapó de su pecho cuando quiso abrazar a sus vecinos y se percató que nadie parecía percibir su presencia. Justo en el momento cuando su único amigo de lecturas macabras comenzaba a sentir un aire de invasión extraterrena, el soñador salió de ahí, movido por una fuerza desconocida. Era el momento de regresar al cuerpo que dormía en el sofá.

—ooo—

Me es imposible describir la tortura a la que fue sometido el Señor Natas una vez que el sueño lo devolvió a la realidad. Sucedió que al despertar ya no estaba en el mismo
sitio donde se había dormido. ¡No!, estaba a más de diez kilómetros de distancia.
Y para aumentar su desgracia, encerrado. ¿Qué había ocurrido? ¿Estaba en el manicomio? ¿Alguien lo había declarado demente mientras soñaba? ¡Imposible! Como resultado de su confusión una sensación de intemporalidad lo había poseído. Si bien las circunstancias de su sueño no habían sido del todo normales, el contenido del mismo no representaba ninguna amenaza para su estabilidad neuronal. Los había tenido peores.

El soñador no lograba entender cómo había sucedido todo. ¿Por qué la reclusión? ¿Acaso soñar era un delito? ¿Quién podría explicarle la razón por la que había sido tratado inhumanamente? En su minúsculo espacio todo era obscuridad, sin ventilación, sin derecho a alimentación… Lo que más pesaba sobre su espíritu era la soledad. Quizá por su raraenfermedad siempre había odiado estar solo. La soledad lo enfermaba más que cualquier mala compañía.

Como el encerrado Señor Natas no había cometido nada grave, estaba seguro que pronto recuperaría su libertad. Aunque padecía de extraña enfermedad, la amnesia nunca había sido parte de la sintomatología. Por eso, estaba convencido que era inocente. Tampoco le parecía probable que hubiese sido aislado por estar loco. Ni siquiera podría tratarse de demencia senil pues el elevador de sus años apenas rozaba el cuadragésimo piso.

No obstante, luego de haber deambulado varias horas por su universo interior dedujo con asombrosa suspicacia de que su libertad no estaba dentro de las probabilidades. Tal y como lo había sostenido, nunca había asesinado a nadie, ni estaba en la cárcel. Sin embargo, estaba encerrado. Ahora sí, todo se le había esclarecido pero… ¡demasiado tarde! La conclusión a la que lo llevaron sus deliberes fue el detonante para su desestabilización emocional. Su otrora lúcido monólogo paulatinamente se iba transformando en una sarta de desvaríos hasta que comenzó a convulsionar debido a la exigüidad de oxígeno donde permanecía. Resignado a su funesto destino lanzó un último lamento con las pocas fuerzas que almacenaba.

—ooo—

Amanecía un nuevo día mientras una vida se apagaba. En el pueblo se escucharon las tres campanadas del reloj de la catedral, mientras dos acobardados vigilantes huían despavoridos luego de escuchar los desesperados gritos de un prisionero.

Una precipitada corriente de aire frío me congeló hasta las entrañas cuando al salir el sol me apersoné a la escena de los hechos y se me permitió leer el informe de los médicos forenses, que destacaba los siguientes datos de mi amigo, el Señor Natas.

Edad del procesado: treinta y nueve años.
Centro de reclusión: cementerio.
Tipo de prisión: ataúd.
Delito: catalepsia.

 

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