El coleccionista

MARÍA SOL COLLADO

El coleccionista

Se dedicaba a coleccionar y era lo que había hecho durante los últimos 30 años de su vida. Buscar en casas de empeño, en revistas, a través de redes de contactos armadas por otros coleccionistas e incluso por él mismo, era a lo que se dedicaba. Se encontraba en una constante búsqueda y para poder sostenerla, se veía obligado a manejar mucha información. No se trataba sólo de objetos, sino que además tenía una gran colección de recuerdos invaluables, éstos eran realmente su gran colección.

Una mañana húmeda y fría, se levantó antes de las 5. Tomó la primera taza de café antes de las 5:15, miró su reloj, muy antiguo y con la maquinaria que después de la guerra había armado su abuelo, vio que todavía tenía tiempo y se sirvió la segunda taza. Era indispensable estar bien despierto, ya lo sabía. Sacó del armario contiguo a la puerta su sobretodo negro, se envolvió en él y con paso firme, salió por primera vez en el día.

Mientras caminaba se repetía que pronto iba a terminar esa pesada serie de eventos desafortunados. Pronto se apartaría de él esa espesa niebla que lo seguía a todos lados y le nublaba hasta la razón.

– Me clavaron – dijo en voz alta al llegar a la esquina de Pairlament Street con High Street. Miró a ambos lados de la angosta calle y nada.

Pensó que tal vez por resignación se lo estaba tomando muy bien. Emprendió el paso como sí nunca se hubiera parado y se dirigió a comprar el pan. Comió y guardó un poco para luego, lo necesitaría. Observo el papel en el que estaba el pan envuelto y pudo ver una dirección. Lo doblo, lo metió en el bolsillo interior que estaba junto a su pecho y se dirigió hasta allí.

Al llegar, la puerta estaba entreabierta y entró en la casa. Esas personas debían conocerlo bien, pensó, porque sabían que iría a comprar el pan como todas las mañanas, aunque menudo dato, cualquier persona compraba pan, pero lo sorprendente había sido la dirección en el papel, ¿el panadero también estaría involucrado? También, era destacable la puerta entreabierta, ya que sí estaba cerrada él no habría llamado nunca pero, como buen coleccionista, no podía resistirse a la expectativa de los tesoros que encontraría dentro. Recorrió el pasillo observando con detenimiento los cuadros colgados en los lados y por tercera vez en el día, miro el reloj. Iban a dar las 8 y consideró que todavía estaba a tiempo. Se oyó que alguien tocaba la puerta. ¿Qué debía hacer? Huir o abrir la puerta eran las opciones, sin embargo, optó por ninguna.

Buscó por todos lados más indicaciones, y al no encontrar nada, se le vino a la mente la idea de una posible emboscada. Esas personas, que no conocía, y que estaban manejándolo como a una marioneta, lo tenían donde querían. Allí estaba, esperando un desenlace cuando tocó fondo. Había sido tan rápido que no había tenido tiempo de darse cuenta qué era lo que pasaba. Un agujero en la madera del suelo, tapado con una alfombra de lana y colores sucios, había cedido y se había abierto por completo cuando metió su pie sin darse cuenta, dejándolo caer quién sabe cuanto. Estaba oscuro y frío, pero no más que afuera. Pocos minutos después, ya había entrado en razón y su visión se había acostumbrado a la oscuridad, así que podía ver que estaba en un entrepiso, claramente abandonado. Se preguntó hace cuánto tiempo nadie entraba, no sólo al entrepiso, sino a toda la casa, aunque sí habían tocado la puerta era porque había algún motivo para que alguien esté del otro lado para abrirla. Alguien más sabía que estaba dentro, personas diferentes tal vez, ya que sí eran quienes habían dejado la dirección en el papel del pan, habrían entrado, pero no. ¿Habría sido ese golpe una advertencia? De más estaba, repetirse que no debía involucrarse con gente peligrosa y que se manejaba de esa manera. Había perdido la razón por minutos, ésta vez. Si su suerte habría sido otra, no habría caído a un entrepiso, habría caído aún más. En otras palabras, si no tomaba mejores decisiones podría no regresar a su casa y pese a ser consciente de esto, se arriesgaba lo mismo. Tal vez inútilmente, pero tal vez no.

Se puso de pie y logró regresar al pasillo con el agujero en la madera. Supo que nadie iba a ir al ver que el reloj marcaba las 9. Llevaba muchas horas fuera y quería regresar, pero no sin “rescatar” algo para sus colecciones. Capturó en su mente, para su colección de objetos, la imagen de cada cuadro, del pasillo e incluso del agujero, y luego se llevó un paraguas que estaba junto a la puerta al salir. Eso fue todo.

Por segunda vez en el día se sintió estafado. Salió a toda velocidad. En cada paso descubría nuevos dolores ocasionados por el golpe y volvió a la esquina de Pairlament Street, donde al fin lo estaban esperando. Se trataba de un hombre de mal aspecto, cubierto de harapos sucios, más bien un mendigo. Sin dudas, era sólo el mensajero. Éste al verlo, le extendió la mano y vio que lo que le estaba dando era una caja de música. La recibió y con discreción la guardó en el bolsillo. Se había equivocado, esos hombres sí estaban cumpliendo con su parte. La colección que más le importaba estaba completa ahora, no podía disimular la alegría, ya casi había acabado con todo.

Llegó a su casa cuando el reloj mostró las 10. Había hecho lo correcto al dejar encendida la estufa antes de irse, ya que ahora todo su espacio era acogedor e invitaba a quedarse. Sacó el poco de pan que le quedaba, lo puso en el horno y cuando estuvo tostado se sentó a comerlo mientras miraba la caja de música. Se limitó a observar por un rato, sabía que era suiza, de buena madera y lo que encontraría en ella. La abrió y Johann Strauss lo tranquilizó. Mientras escuchaba el Danubio Azul, se sirvió té y continuó observando y disfrutando de esos pequeños grandes momentos que le estaba dando la vida. Comprobó que la caja todavía conservaba los discos de metal, abrió uno de los compartimentos y encontró lo que había buscado toda la mañana y sin engañarse, durante 30 años. El anillo, para él, era todo. Era un gran anillo para una gran mujer. Había sido de la reina Isabel II y era una parte de la tiara de la madre del príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca. Lo habían reemplazado por otro unas mujeres encargadas de la limpieza, que eran de la mayor confianza de la reina. En un principio iban a devolverlo, pero no hubo tiempo, ya que se lo robaron a los días y fue vendido en una tienda de empeño sin saber el verdadero valor que tenía. Lo único que sabía era que lo tenía frente a él y que era el adecuado y el único que quería para que esa mujer lo llevara puesto.

No quiso esperar más, había sido mucho tiempo, y se fue a buscarla. Puso el anillo otra vez en la caja de música y la envolvió con el papel del pan. Con la respiración cortada, las manos mojadas de transpiración y el temblor que le invadía el cuerpo, llegó a la cafetería en donde ella lo estaba esperando. Eran los únicos clientes. A sus ojos, ella era la mujer más hermosa, estaba radiante y pensó que nunca lo había mirado de esa manera, con esa mirada tierna que decía muchas cosas a su entender. Ella se puso el anillo y con una sonrisa, comenzó a bailar sola la melodía que les daba la caja abierta. Bailaron los dos sin sentir que el tiempo pasaba. Esa mujer no podía darle tanta alegría. Giraron y giraron, solos, amándose y comenzó a ver que ya no estaban en el bar y que todo giraba, y sintió por segunda vez en el día que se caía de espaldas hacia un entrepiso, por un pequeño agujero que tampoco había visto hasta entonces. Mientras caía, vio que ella seguía bailando, sonriéndole y él solo se iba para más abajo. La vio tan bien, que decidió dejarse caer, sólo para no interrumpir su baile.

Abrió los ojos y ya no la veía bailar, sólo escuchaba la música y le pesó que haya existido ese agujero. Escuchó unos pasos familiares acercarse y entró vestida de blanco una corpulenta mujer que se quedó observando.

-Silvio, ¿su esposa estuvo visitándolo otra vez? Pensaba que ya no era frecuente.

-Tal vez – contestó mirando para otro lado, cansado de que no fuera la primera vez de que se lo diga.

-Ella lo observa constantemente desde donde está, y está con usted mucho más que antes. Espero que no haya jugado a los gánster porque no quiero que esté cansado.

-No lo hice Isabel, sólo fui a comprar el pan y llegué puntual.

-Confío en usted. Son las 12, es hora de su medicación. Tómela y no deje que se lo lleve.

Se sentó en la cama observando esas pastillas que Isabel le daba. Esas pastillas que lo obligaban a estar en un solo lugar, en esa habitación donde las horas no parecían pasar y prefería estar en otro lugar, con otra persona y ser feliz. Se acomodó en la cama y sintió que todavía tenía en una mano el papel del pan, con esa dirección que antes había llenado su colección y tanto lo hizo viajar y aún así se tomó las pastillas eligiendo permanecer en un mundo, sabía que pronto estaría con ella en el otro.

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