El arte de la discordia

IKER PEDROSA UCERO

El arte de la discordia

Un ejemplar de “El príncipe” de Maquiavelo cayó no se sabe cómo en los tentáculos o pinzas de un alienígena y éste, gratamente sorprendido, lo mostró a su pueblo.

Tiempo después, seducidos más si cabe por una lectura mal digerida de Nietzsche, se embarcaron en la seguramente no tan colosal empresa de domeñar la Tierra, aun conociendo que el presidente de los USA suele ser un as de la aviación.

La Tierra se defiende a pesar de Lex Luthor, cuya ambición y rencor son conocidos y, no sin cuantiosas bajas, el agresor es repelido. (Superman, alias Clark Kent, estaba pasando una época introspectiva y recibía palizas en la América Profunda mientras dirimía sobre el sentido de su vida. Otra vez).

La primera pregunta es si volverán los cefalópodos cangrejoides. Pregunta ociosa si no se hubiese dado pábulo a los buenistas de las segundas oportunidades, y se hubiera aniquilado hasta al último de los invasores, como mandan las buenas costumbres de la historia y las enseñanzas de Don Vito.

La segunda pregunta es si Maquiavelo, en lo sucesivo, será considerado un héroe gafe en algún punto lejano de la galaxia, y un malévolo agitador, a la altura del autor del Mein Kampf, aquí en la Tierra que resiste ahora y siempre al invasor. Pero estas y otras preguntas serán obviadas por Hollywood no tardando, que ya prepara, de hecho, la segunda parte de “El arte de la guerra”, interpretado por un nonagenario – ¡quién lo diría! – Tom Cruise. El enemigo, amigos, está entre nosotros y somos nosotros mismos.

 

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