Dos mundos, un amor

JHUSUN

Dos mundos, un amor

¡Qué tremenda explosión de viajantes a Escocia! Ya en toda Europa, e incluso del otro lado del Atlántico se hablaba de Dundee y no precisamente por ser la primera ciudad en el mundo que tuvo su propio sistema de alumbrado público. Todos llegaban para hacer cola a las puertas de una pequeña librería al norte de la localidad, cada uno quería comprar y al mismo tiempo verificar lo que se hablaba de los libros que allí vendían.

—Déme cualquier novela de Agatha Cristhie —solicitó una muchacha rubia de pelo largo que pacientemente había esperado su turno.

De inmediato comenzó a hojear el libro buscando la página en blanco que, según todos anunciaban, te proporcionaba el «negocio» con la parca.

Ella quería «morir». Solo había pasado un mes del accidente de su novio y necesitaba verlo.Para eso era necesario pasar al otro mundo. ¡Ahí estaba la página sin letras! Antes de las tres de la tarde debía leer los dos últimos párrafos de la página anterior para, exactamente a esa hora ser insertada en el mundo de los muertos.

¿¡Miguel…, Miguel…?! —temerosamente llamaba la muchacha, arrepentida quizás de entrar e ese enigmático espacio del que nadie había regresado.

En realidad esperaba algo diferente: fantasmas moviéndose sin parar y ocultándose a la vista, ánimas elevándose del suelo, oscuridad paradójica, en fin, no lo que tenía frente a ella.

Se encontraba en el centro de un parque (sin árboles, solo con bancos, áreas de estar y precioso césped) donde jugaban decenas de niños. Ella comenzó a caminar entre los pequeños. La plaza se le hacía infinita cuando escuchó su nombre:

—¡Jennedit!

Al voltear la cabeza lo vio. Miguel se le acercaba con un tremendo regocijo que fue haciéndose más pequeño hasta desaparecer totalmente cuando la abrazó.

—¡Cómo pudo suceder mi amor! ¿Cómo es que estás muerta?

—¡No cariño, no lo estoy! Escúchame.

Caminaron lentamente hasta uno de los bancos mientras Jennedit le explicaba a su novio cómo había llegado al mundo de los muertos.

Él se resistía a creerle, pero ¿podía haber alguna cosa inverosímil allí? Entonces la tomó por los brazos y corrieron largo tiempo (si es que este puede medirse en ese lugar).

—Te llevo a conocer dónde vivo… —la frase sonó un tanto anómala para los dos pero no dejaron de correr.

—¿Estás cansada Dit? —así la llamaba él cuando compartían a solas momentos de amor—. Estamos tan lejos porque en ocasiones salgo a correr sin parar y de esa forma no pienso en nosotros, en mamá, en…

—¡Gracias a eso me encontraste en aquel parque de niños! —lo interrumpió ella que ya jadeaba un poco.

—En ese montículo nos detenemos para que veas mi casita desde lo alto.

Hermoso paisaje veía Jennedit abrazada de su novio, ¿estaba realmente en el mundo de los muertos? No dejaba de hacerse esa pregunta.

—Es aquella de allí, la del jardín amarillo. Son girasoles, que le gustan mucho a mi amigo.

—¿Vives con alguien?

—Sí, y nos está esperando.

Ella casi pregunta cómo le avisó a su amigo, pero recordó que estaba en el país de los muertos. Muy cansada entró a la casa.

—¡No puede ser Miguel! ¡Fue él…

Jennedit se encontraba delante del irresponsable que no había respetado la luz roja del semáforo provocando el accidente que la dejó sin su Miguel. Ese muchacho había estado en coma casi una semana y ella lo odió todo ese tiempo, imploró siempre porque no muriera para decirle algún día cuánto odio le tenía.

—¿Cómo puedes mi amor? Ese fue quien nos separó…, él te mató a ti…, y a mí… —los sollozos no cesaban.

—Siéntate cariño, siéntate. Ahora te lo aclaro todo.

Intentando transmitir tranquilidad Miguel le explicó que aquella era una comarca donde convivían los muertos por accidentes (de cualquier tipo), menos los niños y los ya muy ancianos. Se trataba de agruparlos por el motivo de la muerte; si la fatalidad múltiple la que los llevó allí, provocando muchas muertes, (un choque de trenes, la caída de un avión), entonces todos ellos se reunían en un barrio que bautizaban con el nombre del lugar donde esta ocurrió.

Ella intentó hablar pero un gesto de Miguel la detuvo.

—En un caso como el mío, donde solo perdimos la vida dos personas, pues hacemos esto, convivimos, nos perdonamos, nos hacemos amigos. En fin, ¿puedes decirme para qué odiarnos o enemistarnos en este lugar donde en realidad sí somos todos iguales?

Jennedit no dejaba de mirarlos, ni de llorar. Tenía que entender que Miguel decía la verdad. Allá, fuera del libro, de la página en blanco que la llevó hasta su novio, el odio se imponía. Entonces, ¿era mejor estar muerta? La confusión comenzó a mellar su mente, ¿regresaría?

—Por supuesto que vas a volver Dit —ante su asombro—. Recuerda que estoy muerto y puedo entrar en tu mente mi amor —la miró un momento—, y sí, hay mucho resentimiento allá, las personas se maltratan, se matan; pero también hay amor, ¿o no era amor lo que sentíamos?

—¡Pero aquí es tan bello! Tú y él de amigos mientras sus familias están irreconciliablemente enemistadas.

—Ellos irán llegando, y comprenderán —eso lo dijo el muchacho que por llegar temprano a una fiesta no respetó el semáforo—, yo iba rebuscando en mi mente qué decirle a Miriam para obtener un sí a mi propuesta de unirnos en la vida, y mira, ahora tengo que esperar que ella llegue acá —una pausa—, eso si no lo hace de abuela.

Los tres rieron y por fin Jennedit aceptó el té que había preparado Miguel mientras su amigo hablaba.

—¿Descansarás un rato Dit?

—¿Descansar? Para nada, en la librería dejan bien claro que solo podemos estar acá diez personas vivas. Y no sé cuántos habrán encontrado ya la página en blanco después que yo lo hice —un suspiro antes de continuar—. Cientos quieren hacerlo.

—Entonces no sabremos cuándo te irás.

—Por eso no podemos descansar. Quiero ver más de tu mundo.

En el otro, el de los vivos, todos se figuraban este de una manera diferente, pero ella estaba segura que nadie lo imaginaba así, tan bello.

Había animales; ellos también morían. Jennedit pudo acariciar un cocodrilo que daba muestras de sentir su mano, tal y como hacen los gatos y perros cuando son arrullados. No se asustó con las ranas y, ¡algunos dinosaurios comieron de su mano!

Deslumbrada estaba la joven al escuchar la pregunta de Miguel:

—¿Recuerdas adónde íbamos cuando chocamos con mi amigo?

Tardó un poco en responder, quizás no esperaba la pregunta.

—A tu casa…

—¿Y a qué?

De nuevo unos segundos.

—Busquemos un lugar hermoso mi amor.

Encontraron un manantial que brotaba pequeño y transparente junto a unos árboles y allí comenzaron a besarse. Para ambos fue un poco incómodo al principio; ella tenía que adaptarse a una energía, un aliento y él a la materia pura. Pero cada uno en su espacio existía y el amor pudo unir ambos mundos.

El suspiro de la muchacha morena llamó la atención de todos los que estaban en la cola.

—¡Por fin! —dijo la joven colocando el dinero sobre la mesa para inmediatamente solicitar un ejemplar de las Crónicas Marcianas de Bradbury.

Con el dedo recorrió las páginas buscando la que no estaba escrita y comenzó a leer casi en voz alta los dos últimos párrafos de la anterior; ella estaba muy feliz pero no imaginaba que al terminar su lectura separaría dos mundos y un gran amor.

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