Discurso inaugural del Seminario en Honor de la doctora Martina Ridding por el Profesor Phideas Meganus

J. M. CRUZ

Discurso inaugural del Seminario en Honor de la doctora Martina Ridding
por el Profesor Phideas Meganus

“Estimado Canciller, Señores Ministros, Alcalde Mayor de Gordon Prímula, Presidenta de la Academia, damas y caballeros: muchas gracias por su asistencia a este Seminario.

Como todos ustedes saben, durante el primer milenio de nuestra era los viajes en el espacio se vieron condicionados por los conocimientos científicos y físicos de nuestros antepasados. Disponían de una tecnología muy avanzada para la época: telecomunicaciones, energía solar, tecnología nuclear de fisión, etcétera. Existían, sin embargo, otros elementos que contrarrestaban los avances en el campo de la navegación espacial. No se había desarrollado aún el conocimiento que permitirá la elaboración de mapas cartográficos astrales, y tampoco se conocía la energía antimateria, además del uso de una tecnología de fisión nuclear, sucia y peligrosa, y que era utilizada únicamente con fines energéticos eléctricos en las superficies planetarias. Esto era debido a que, para desarrollar este tipo de energía, se requerían enormes centrales cuyo único objetivo era controlar y explotar unos pocos reactores nucleares. La primitiva tecnología, unida a los peligros de la fisión nuclear, nos hace pensar en que tal vez pudieran existir horribles accidentes nucleares en el remoto pasado, teoría que no resulta del todo descabellada y que ha sido defendida por Arqueólogos y Físicohistoriadores como Arnold Hritik y Emilly Z. Monterrey, o el Profesor Asano Zao.

La tecnología espacial daría un importante salto cualitativo hacia adelante con la aplicación del recurso energético de fusión para las naves de viajes interplanetarios, avance que debemos al científico Wolfang Chang Montgomery en el primer tercio del siglo II antes de nuestra era. Hasta ese momento, el principal recurso utilizado por las naves era la combustión de hidrocarburos derivados de algún tipo de materia fósil. A todo ello debemos sumar la escasa adecuación de los materiales empleados en la construcción de las naves y la necesidad de constante reparación y cuidado que aquellos necesitaban, tal como parecen demostrar diferentes yacimientos arqueológicos como los de Monte Culsworth, en el sistema Beta Chara, y el reciente descubrimiento del sistema Ohme. No debemos atribuir toda la culpa a los conocimientos técnicos existentes en la época, que eran comparativamente muy avanzados, sino más bien al desconocimiento e inexistencia de mucha de la tecnología y de los materiales que actualmente conocemos. El viaje por el espacio, en aquella época tan remota de la era prenauta, era una verdadera aventura sólo apta para personas llenas de abnegación, fuerza de voluntad y una gran valentía.

El principal avance para el desarrollo de la navegación espacial viene de la mano de los avances en Astrofísica y Filosofía del Cálculo. Conceptos como hipervelocidad, saltos espaciales y espacio-tiempo eran desconocidos durante el primer milenio de nuestra era. El desarrollo de la tecnología se vio siempre supeditado al de la Física, y avances como los del motor antimateria, la tecnología de fusión y la antigravedad supusieron, en todo caso, un avance cuantitativo, y no cualitativo. Las teorías del gabinete Hawking acerca de la cuarta dimensión y las velocidades sublumínicas eran impensables en una época en el que la relación espacio-tiempo estaba sujeta al falso dogma científico de que no existe velocidad mayor que la de la luz. Solo los avances en Filosofía del Cálculo y el estudio de los Agujeros Negros permitieron dilucidar la existencia de la misentropía, que nos permite ubicarnos dentro de las fuerzas que fluyen en el interior de los Agujeros Negros, expresadas por la fórmula de Contigüidad de Suceso.

En el Horizonte de Suceso, o campo exterior de un Agujero Negro, la velocidad de la materia es igual a la de la luz, de forma que toda materia traída por el Agujero queda atrapada en su campo gravitatorio, y finalmente engullida por él. Pero la teoría de la misentropía, deshaciéndose de la teoría entrópica que nos habla de la imposibilidad de que exista una velocidad superior a la luz, nos explica que en la Contigüidad de Suceso la operación se invierte, es decir, que la entropía se convierte en positiva, de forma que el valor de infinito se reduce a un número menor que el valor mismo del peso de la materia. Ello conlleva una consecuencia trascendente: si la materia se trasforma en un valor menor que la velocidad de la luz, esta materia así transformada podría presentarse, en un lapsus temporal mínimo, en cualquier otro lugar del Universo.

Así es, señores. La teoría de la misentropía demuestra que, en el interior de un Agujero Negro, la materia es capaz de viajar a una velocidad con un valor infinito más rápida que la luz. La Filosofía del Cálculo define esta paradoja matemática como Universo Cero. Dicha actividad solo es posible en el interior de un Agujero Negro, allí donde la energía se invierte. Un salto espacial requiere la posibilidad de invertir esta energía, esta entropía, o factor negativo, a misantropía, o factor positivo, de forma que es capaz de generar un Agujero de Gusano que sólo puede encontrarse en los lugares de origen y destino y durante ese preciso instante de la Existencia. De esta manera, un objeto puede transportarse entre esos dos puntos de forma inmediata. Pero la inmensa cantidad de kilojulios necesaria para crear un Agujero Negro resultaba impensable para los tiempos antiguos: las formas de obtención de energía de aquella época lo impedían. El descubrimiento de la tecnología de fusión de Chang Montgomery, del que ya hemos hablado, proporcionó la clave para la adquisición de ese medio energético tan necesario.
La tecnología de fusión del deuterio-tritio es limpia y proporciona energía medible en millones de kilojulios. La invención de los motores de fusión de Chang Montgomery proporcionó la capacidad de desarrollar este tipo de explosión energética en los motores de las naves espaciales. La tecnología espacial resultante permitió a las primeras astronaves alcanzar la velocidad de la luz, con lo que el principio de Dilatación del Tiempo permitió acortar de forma considerable el tiempo de las misiones espaciales, imperativo ineludible hasta entonces. Es el momento del nacimiento de la Animación Suspendida y de las primitivas naves-colonia generacionales, que preveían el nacimiento y muerte de varias generaciones de tripulantes antes de la llegada al punto de destino, ya que, aún a la velocidad de la luz, las misiones tardaban siglos en finalizar su trayecto. Aunque aptas para la colonización de estaciones y sistemas lejanos, muchas tripulaciones fueron enviadas a una muerte segura o a un futuro incierto. La Arqueología se ocupa de estudiar estas misiones desaparecidas, mártires involuntarios en aras de la exploración y de la memoria, lo que nos ha proporcionado importantes datos a la hora de reconstruir la historia de la exploración espacial. Pero sería necesaria aún una tecnología superior que permitiera realizar viajes sublumínicos, más allá de la velocidad de la luz, imprescindibles para desarrollar los viajes por el espacio y convertir a éstos no en un viaje sin retorno, sino en una comunicación entre las estrellas. Es en este momento donde la teoría de la misantropía entra en juego siguiendo los razonamientos que ya hemos explicado.

¿Cómo conseguir la creación de motores que pudieran generar la energía necesaria para crear un Agujero Negro? El filósofo del cálculo Wedeus Ridding desarrolló una teoría que sugería una forma de conseguir el tipo de energía necesaria. Ridding propuso el uso de la fusión de quarks de neutrones, o Materia Extraña, en la tecnología antimateria. La fusión de la Materia Extraña proporciona una mayor energía que los átomos de deuterio-tritio, pero las temperaturas necesarias para la fusión de los quarks eran imposibles de contener, motivo que había impedido hasta ese momento la evolución de la ciencia en ese sentido. Wedeus Ridding y su hija Martina Ridding, a cuya memoria está dedicado este Seminario, supieron contener estos quarks dentro de campos magnéticos de origen eléctrico, originados a través de la radiación de rayos Omega, como primer paso para desarrollar un sistema energético superior. Ha sido objeto de mucha controversia si fueron los Ridding quienes crearon este sistema, o si la teoría del Campo Magnético de Fusión fue desarrollada en realidad por el ingeniero Olaus Kagemori, con casi un siglo de anterioridad. Personalmente, y sin querer extenderme en ello para no perder el hilo de mi discurso, considero que ambos fueron los creadores del Campo: Kagemori como aquel que lo ideó, y los Ridding como aquellos que supieron llevar sus ideas a la práctica.
Gracias al Campo Magnético de Fusión, o Fusión Magnética, los Ridding pudieron superar la barrera que impedía el desarrollo energético definitivo. La fusión de Materia Extraña supuso la respuesta al por qué no se podía avanzar, pero aún faltaba emitir la teoría que explicara cómo podía avanzarse. Tras la muerte de su padre, Martina Ridding desarrolló un extenso corpus bibliográfico a través del cual podemos seguir muy claramente la evolución de su pensamiento, en el cual quiso discutir las teorías teofísicas que impedían el uso de la antimateria. Estudiando su inmensa bibliografía podemos comprender mejor su trayectoria científica, desde que buscó como utilizar el nuevo tipo de energía de Fusión Magnética hasta que lo relacionó con el principio de la misentropía y el uso de motores de antimateria, aún por desarrollar. Desde entonces y hasta el final de su vida, Martina Ridding se dedicó a postular cómo ambas teorías podían unirse en la creación de un nuevo motor que permitiera los saltos espaciales y dejara expedito, de una vez y para siempre, el camino a los viajes por el espacio. La clave sería el uso del Motor Antimateria, para lo cual había que dejar atrás los prejuicios y dogmas filosófico-religiosos. Como todos ustedes saben, la teoría de la tecnología antimateria sugiere la creación de anti-átomos cuya composición está basada en la existencia de una partícula de carga inversa, con antiprotones de carga negativa y positrones de carga positiva. De esta forma, la fusión de una partícula y su antipartícula produce un estallido de energía que se manifiesta en radiaciones electromagnéticas de una potencia increíble, a la vez que produce nuevas partículas y antipartículas que permiten la repetición de la operación hasta el infinito.

La vasta cantidad de energía necesaria para generar partículas de antimateria es suplida por la energía generada por la fusión de la Materia Extraña. Las plantas de fusión habían comenzado a ser utilizadas mucho tiempo antes del nacimiento de Martina Ridding. Aprovechando esa energía, la doctora Ridding y su equipo crearon en Gordon Prímula una estación de aceleración de partículas para la creación de antipartículas de deuterio. En un primer paso, de las Plantas Químicas de Agua Pesada se extraen los isótopos de deuterio y tritio. Estas partículas puras de deuterio y tritio son procesadas en las Plantas Aceleradoras. Martina Ridding y su equipo dividieron el deuterio y el tritio en sus tres componentes básicos, un antiprotón, un positrón y un neutrón en el caso del deuterio y dos neutrones y un antiprotón en el caso del tritio. La forma de atrapar de forma autónoma a cada una de estas antipartículas se realizó a través de las llamadas Trampas Magnéticas, desarrolladas a partir de la tecnología del Campo Magnético de Fusión. Obtenidos cada uno de estos elementos en sendos campos de Éxtasis Magnético, las instalaron en el acelerador de partículas. A través de la aceleración uniforme de cada uno de los componentes y el choque con sus correspondientes materias inversas, esto es, con el choque de la materia y su antimateria, se consiguieron energías superiores en casi mil veces a la de la energía de fusión. El experimento resultó un éxito ya en su primera prueba.

El espíritu concienzudo de la doctora Ridding, sin embargo, no podía detenerse ante este éxito tan sonado. La producción de los átomos de antimateria creaba, a su vez, una masa igual de átomos de materia, de forma que, de toda la energía utilizada, la mitad era desperdiciada en recrear de nuevo materia. Pero a la vez, cuando esta antimateria se aniquila, la energía resultante es el doble al de la masa antimateria, de forma que la energía de la antimateria presentaba una eficiencia del cien por cien. Pero la doctora Ridding quiso llegar más allá. Es en este momento cuando su vida dará un vuelco radical que la sitúa, para muchos de nosotros, desde el campo de la ciencia al de la leyenda. Mientras desarrollaba los trabajos en la Planta de Aceleración de Partículas, los médicos descubrieron un cáncer incipiente en fase terminal creado por la sobreexposición de la doctora a los rayos Omega.

Mientras luchaba contra su enfermedad con todas sus fuerzas, Martina Ridding desarrolló una teoría a través de la cual pretendía controlar el proceso de creación de la antimateria a través de una versión modificada de los Campos de Hëuler, utilizados para el desarrollo de los centros de Animación Suspendida. Consiguió suprimir de este modo la irradiación de materia en el proceso de creación de la antimateria, de forma que la eficiencia energética de la antimateria sobresaliera en un ciento cincuenta por cien, produciendo no el doble, sino tres veces más de la energía empleada en crear la antimateria. El descubrimiento supuso una revolución similar a la de la invención de la tecnología de fusión, y el éxito fue igual de absoluto. La doctora Ridding recibió ese mismo año el Orbe de Oro al Premio Ganímedes de Ciencias y una mención especial en la Escuela Galáctica de Premios de Físicas.
Pero poco pudo disfrutar de su éxito. El cáncer que la devoraba acabó con su vida apenas unas semanas después. Tras su muerte, sería uno de sus más allegados colaboradores, William Craddus, quien proseguiría con su obra, honrando así los esfuerzos de la doctora y cumpliendo uno de sus sueños. Siguiendo los cuadernos de notas y diarios de la doctora, Craddus pudo diseñar y experimentar un motor que utilizaba como combustible las Trampas Magnéticas de los átomos en suspensión. Los potentes motores creados por Craddus desarrollaban en su interior la tecnología de Antimateria sometida a los Campos de Hëuler. Dichos motores generaban una energía suficiente como para generar un Agujero Negro temporal y abrir el camino a los viajes interestelares. Esto daría lugar al prototipo de los Motores Antimateria de Heüler de Craddus-Ridding, o Motores HCR, que hoy todos nosotros conocemos.

Excede la intención de este pequeño ensayo el vislumbrar la Historia más allá de la vida de la doctora Ridding. La biografía de la doctora Martina Ridding supone uno de los hitos fundamentales y meta para el estudio de la exploración espacial y los viajes interestelares, y para la evolución de las Ciencias en general. Con una vida centrada en la investigación, sin hijos ni otra descendencia, la doctora Ridding quiso hacer un último gesto desinteresado a favor de la ciencia y el conocimiento. Legó la fortuna de los Ridding a la Universidad de Gordon Prímula, permitiendo con su dinero el formar la Academia que hoy se nos ofrece como anfitriona y mecenas. La vida de Martina Ridding es una vida de sacrificio, de abnegación frente al conocimiento, de generosidad humana y de fuerza resoluta frente a los avatares de la vida. La doctora Ridding se yergue como un modelo a seguir para toda la especie Humana, y un ejemplo y una inspiración para todos los hombres de Ciencias de hoy en día. Citando las palabras del gran filósofo Zuei McOnegal, las acciones de un hombre perviven en la memoria, preservando así y para siempre su alma inmortal. En atención a su vida y a su excelsa obra, se han celebrado ya, en esta Augusta Academia, siete seminarios multidisciplinares, y esperamos que se celebren muchos más. Muchas gracias”

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