Desierto helado

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Desierto helado

1

– Nunca debimos venir a este planeta.

Aliya miró a Reck con reprobación. Un segundo de abordo nunca dice eso al capitán delante de la tripulación. Pero lo cierto es que ella misma había experimentado esa sensación desde que pisaron ese planeta. No se podía explicar, pero ahí estaba.

Un inmenso desierto se extendía a su alrededor: una superficie helada salpicada de montañas de cristal.

– Segundo, comience los preparativos, que la nave esté dispuesta cuando antes. No estoy dispuesta a perder un minuto más del necesario.

– Sí capitana – sonrió Reck.

Aliya prefirió hacer caso omiso del sarcasmo. Desde que accedió al mando, su segundo no le había puesto las cosas fáciles. Pero era un buen soldado, de modo que se alejó con calma.

A pesar de la seguridad con la que había dado la orden de aterrizar, no sabía dónde estaban. Los sistemas de navegación estaban dañados y se habían alejado demasiado de la base. Vagar por el espacio sin sistemas de navegación era casi tan peligroso como aterrizar en un planeta desconocido. Y ella tenía que tomar esas decisiones.

Reck miró a su capitana de mal humor. Sólo a una novata se le ocurría aterrizar en un planeta desconocido. Los sistemas de navegación podían haberse arreglado en travesía, pero ella prefería no arriesgarse. Cierto que hasta ese momento les había mantenido con vida, pero tomar sin tierra sin conocer dónde… De todos modos era su capitana y hasta que no demostrase negligencia o incapacidad, él no desafiaría su autoridad. Observó que se detenía junto a una grieta y se acercó para comunicarle que las reparaciones tardarían y pasarían allí la noche. “Y no me gusta”, se decía, “hay algo en este planeta que no me gusta, hubiera preferido arriesgarnos con el espacio”.

– Capitana, los sistemas han sufrido fallos internos. Si esperamos a una reparación completa tendremos que hacer noche. Pero podríamos iniciar el vuelo una vez solventados los problemas estructurales. La programación puede reconfigurarse en vuelo.- Reck se dio cuenta de que Aliya no había atendido a sus palabras.- Capitana, ¿me ha escuchado?

 

Aliya seguía absorta y Reck tenía poca paciencia. Se encaró con ella, que le miró con recelo. Después volvió a clavar la vista en el fondo de la grieta. La oquedad no era muy profunda y en el fondo Reck creyó percibir un bulto.

– Eso parece un cuerpo.

– Eso ES un cuerpo- respondió la capitana.

– Hay que avisar a los hombres- Reck se dio la vuelta y Aliya le detuvo.

– No se comunicará nada a la tripulación. Descenderemos, comprobaremos lo sucedido y evaluaremos la situación. Después, veremos.

– Capitana, está loca.

Aliya, por segunda vez, fingió no haber oído a su segundo e inició la bajada. Las paredes eran bastante verticales y el hielo complicaba los movimientos. “Bajar será fácil”, pensó Reck observando a su capitana, “veremos cómo sube después”. Ella pareció haber escuchado su pensamiento y se detuvo.

– He dicho descenderemos. Eso incluye a alguien más. Y usted es el único que está por aquí.

Tras varios resbalones e imprecaciones del segundo de abordo, llegaron al fondo. Aliya le ordenó quedarse a su espalda mientras ella examinaba el cuerpo.

– Capitana, eso es…

– Sí, eso parece.- Aliya se giró hacia su segundo y murmuró- bienvenido al Sistema Solar

2

Aliya recordó. Siglos atrás, la degradación del planeta Tierra aceleró la investigación espacial. Marte fue la primera conquista, donde crearon un hábitat similar al terrestre. Pero la próxima muerte del Sol les obligó a investigar planetas más lejanos. La expansión de la estrella amenazaba la vida de Marte y los humanos se lanzaron a unas colonias experimentales que aún no estaban asentadas ni preparadas para todas las posibles contingencias. Los planetas más cercanos fueron engullidos por la gigante roja. Las previsiones de los humanos se quedaron cortas y sólo se salvaron los tres planetas más lejanos. Ninguna colonia asentada en Urano sobrevivió más allá del tiempo que tardaron en consumirse sus reservas de oxígeno. Su atmósfera de hidrógeno, helio y metano impedía cualquier vida. En Neptuno ni siquiera probaron suerte, la superficie del planeta era una manta de gases calientes. La única posibilidad se la ofrecía el pequeño Plutón, cubierto de nitrógeno, metano y monóxido de carbono helados. Pero el calor derritió el hielo y ellos consiguieron sintetizar agua y oxígeno. A pesar de los problemas, la colonia salió adelante.

Mucho después, el Sol avanzó a su siguiente paso: comprimirse hasta convertirse en una enana blanca que se fue enfriando sin remedio. La carencia de luz suficiente y el descenso brusco de las temperaturas redujeron a Plutón a lo que había sido: un desierto helado.

Por lo que Aliya sabía, algunos humanos habían sobrevivido, los últimos de su especie. Siempre se preguntó, si era cierto que aún existían, cómo podían sobrevivir en un planeta desierto.

– Ha muerto devorado- murmuró con asco

Reck la observó, conteniendo a duras penas la idea que la propia capitana expresó.

– Vámonos. Lo que falte, que se termine en vuelo. No sabemos su número ni su equipación. Y el hambre es un acicate poderoso. Somos un bocado perfecto.

Su segundo asintió y comenzaron el ascenso. Tardaron más de lo que hubieran deseado y Aliya no dejaba de mirar atrás. Lo que no había dicho es que la sangre aún estaba caliente. Se dirigieron a la nave con calma, siempre vigilando el entorno.

– No quiero explicaciones a los hombres. Que recojan y se dispongan a partir inmediatamente. De las razones me encargaré yo cuando lo considere oportuno, ¿entendido?

– Perfectamente capitana.

Aliya observó que había perdido el tono irónico. “Será que la posibilidad de convertirse en comida de una especia primitiva no le hace gracia. Desde el momento en que descubrimos el cuerpo, dejó de ser el segundo de abordo impertinente para convertirse en el soldado”.

Cuando embarcaron y despegaron, Aliya se encerró en su camarote para redactar el informe, mientras Reck supervisaba las reparaciones. Mientras, entre las montañas de hielo, unos solitarios ojos observaban con envidia y desesperación el alejamiento de la nave.

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