De hombres y dioses

RODOLFO SANTAMARÍA

De hombres y dioses

– Necesito tiempo para calcular el salto.

– No nos queda tiempo, salta, adonde sea, moriremos abrasados por el sol sino saltamos. ¡¡SALTA!!

Sus voces resonaban por encima de las alarmas de la nave, obligandoles a hablar casi a gritos, acerco el dedo al teclado y miro al capitán, sudaba a mares en aquella pequeña cabina de pilotaje, allí afuera el sol se hacia cada vez mas grande, sin control del timón no quedaba mas remedio, el medidor de radiación estaba al limite, respiro hondo y apretó la confirmación del salto espacial.

Un crujido terrorífico recorrió la nave como si fuera a partirse en dos, cayo al suelo y se hizo la oscuridad.

El destello rojo de las pantallas lo despertó, las palabras se encontraban en todas las pantallas, “ALERTA, FALLO GENERAL”

– Por todas las galaxias, estamos prácticamente a la deriva, es un milagro que la nave aun no se haya desintegrado.- El capitán Bradoc se encontraba sentado mirando la pantalla mientras sus dedos y los datos volaban bajo sus ojos.

Se sentó en su asiento y empezó a verificar los sistemas de la nave, solo el soporto vital estaba intacto, del interior de la nave no se veía nada, del motín tampoco, aquella nave transportaba los peores criminales de la galaxia a Septus I, el planeta-prisión.

– ¡¡NOOO!!, los motores han explotado – los datos aparecían con tal velocidad que apenas le daba tiempo a analizarlo – toda la sección de maquinas a estallado, el sistema de emergencia no ha logrado sellar todas las compuertas de seguridad, estamos muertos, ¡estamos muertos!.

– Estamos atravesando un sistema solar tal vez alguno de sus cuerpos pueda servirnos como puerto.- A pesar de la seguridad de la voz del capitán no pudo evitar responderle – Capitán no tenemos motores ni timón.

– Tenemos los motores gravitatorios, pasaremos toda la energía al motor de estribor, creo que ya he localizado un planeta donde podemos aterrizar.

– Pero capitán, sin la energía gravitatoria de los motores no podremos volver a despegar, tal vez ni tendremos suficiente para aterrizar, estaremos condenados de por vida en esa roca.

– No tenemos otra solución, enciende los motores gravitatorios a toda potencia.

Dos minutos después el planeta ya abarcaba casi todo su vista, la nave temblaba de la fuerza de los motores gravitatorios, una pequeña señal de alerta de comunicación exterior se activo en los paneles para su sorpresa.

– Capitán hay vida en este planeta, no logro identificar el mensaje, pero esta claro que han contactado con nosotros.

Justo cuando el capitán se dirigía a contestarle la nave entro en la pesada atmósfera de aquel extraño planeta y el infierno golpeo la nave.

Lo único que recordaba de aquellos terribles segundos es que gritaba de dolor, la nave temblaba como si algo la retorciera, como si una enorme mano intentara apretarla, el sonido y la presión eran tan fuerte que poco le falto para perder el conocimiento, agarro los mandos con fuerza y se hizo fuerte en un solo pensamiento, tenia que aterrizar, pocos segundos le bastaron para elegir un sitio adecuado, el morro de la nave golpeo violentamente lo que era una enorme duna de arena, se levanto y volvió a caer ya sin remedio.

Su siguiente visión era borrosa, era llevado en brazos por un largo pasillo, y de pronto una luz cegadora impactaba en sus ojos, sintió aquella luz y su calor en su piel y su traje, resultaba ser hasta embriagador aquel calor, hasta que lo tumbaron en la ardiente arena y finalizo su aturdimiento.

Allí a su lado estaba el capitán, muerto, la mitad de su frente se encontraba hundida y amoratada, alrededor había docenas de muertos y heridos, prisioneros y guardias mezclados por igual, también encontró entre ellos miembros de su tripulación, entre aquel aparente caos encontró un preocupante orden, en ambos lados de aquel campamento y hospital de urgencia se encontraban las bases de ambos antagónicos grupos, los prisioneros y los guardias.

Mientras se dirigía aun tambaleante hacia los guardias no pudo evitar mirar a su alrededor, allí en aquel elevado promontorio donde la nave aun humeaba, observo aquel mundo, docenas de pequeños lagos y pequeñas arboledas rodeados de una dorada arena llenaban toda su visión, y en el horizonte se dislumbraba un gran rio, cientos de aves de todas las clases revoloteaban por aquel pequeño paraíso. Dando la espalda a aquella visión volvió la vista a la destruida nave, mas de un kilometro de rastro había dejado la nave en aquel desierto, como una enorme herida que poco a poco el viento y la arena iban cerrando, el casco estaba negro, achicharrado por la violenta entrada en la atmósfera, pequeñas humaredas salían despedidos hacia el cielo, sin motores ni energía en los motores gravitatorios era imposible levantar a aquel enorme titan hacia el cielo.

Se sentó y pensó en su situación, aquel salto de emergencia a ciegas tan cerca de una estrella podía haberles enviado casi a cualquier lugar del espacio. Podría pasar mucho tiempo hasta que alguien reciba la señal de socorro, tal vez aquella leve señal que provenía del planeta podría ayudarles.

Minutos después se levanto con una mala sensación al ver como un pequeño grupo de presos y de guardias discutían apartados del resto y se acerco ellos, sus sensaciones se vieron refutadas al descubrir al jefe de los guardias en aquel grupo y oír algo sobre condiciones de un pacto, no lo podía permitir, ahora era el capitán, no permitiría mas motines ni insubordinaciones, saco su arma e interrumpió a gritos en aquella reunión.

– Sargento Charos, que esta haciendo, la ley espacial me convierte en el máximo dirigente tras la muerte del capitán, arreste inmediatamente a estos presos y ponga al resto bajo custodia de los guardias.- Las miradas de aquellos hombres le causo un grave desconcierto, Charos le miro de forma dura como estudiandole.

– Creo Teniente que ha llegado tarde, estos hombres ya han elegido su destino. – Aquel hombre que hablaba era uno de los presos, ante su sorpresa lo reconoció en apenas unos segundos, era el capitán pirata Arkan, uno de los criminales mas buscados de la galaxia.

No fue lo suficiente rápido, a pesar de que por el rabillo del ojo se percato de un leve movimiento, no pudo evitar que aquel rayo rompiera el silencio, todos aquellos que podían moverse miraron hacia aquel lugar, el fuerte ruido había salido del arma del sargento Charos, el cuerpo del teniente se desplomo en la arena con media cabeza desintegrada.

– Querías una prueba de fe, aquí la tienes.- Trono Charos mirando al capitán Arkan con desprecio.

– Si, creo que me vale.- Sonrió Arkan mientras se daba la vuelta y se alejaba de aquel cuerpo muerto.

Charos Chronos se quedo observando el cadáver del teniente unos segundos, aquel pobre desgraciado no entendió que los guardias destinados a aquella prisión eran también en cierta forma prisioneros, casi todos habían sido obligados a servir en ese funesto planeta por culpa de errores en el servicio o insubordinaciones, en su caso había insultado a un superior, ocho años no parecía mucho, sino fuera por que según las estadísticas casi la mitad de los guardias que servían en aquel planeta-prisión moría antes de cumplir su contrato. Ya no era joven, pero no pensaba morir en alguna pelea absurda o algún motín de prisioneros en aquella horrible prisión, este perdido planeta era su segunda oportunidad de vivir sus últimos años con cierta paz y libertad, casi todos sus compañeros pensaban lo mismo.

Finalmente terminaron de sacar a todos los muertos y heridos de la nave, y todo aquel material que podía ser útil, armas, comida, e incluso varias plataformas de desplazamiento. La tarde terminaba y aquel ardiente sol empezaba a perder fuerza, el capitán Arkan llamo a los presos y empezó a transportarlos a los puntos acordados por todo el planeta, los problemas quedaron barridos cuando se descubrió que en aquel planeta habitaban humanos como ellos, mas bajos y menos corpulentos, pero sobre todo tecnológicamente inferiores y vivían en la edad de piedra, aquellos presos destinados a morir en una prisión, con sus conocimientos eran lobos entre ovejas, o peor aun dioses entre hombres.

Los primeros en irse fueron los mas peligrosos, los violadores, los asesinos y demás escorias, fueron enviados lo mas lejos posible, al otro lado del mar. Los últimos fueron la extensa familia Rag-a-rok, sus misticismos y sus extrañas leyes los habían convertido en una peligrosa secta a la que la estricta sociedad galáctica tenia que destruir, entre ellos el padre y líder de aquella organizacion, de nombre Oidin, caminaba con una fuerte venda sobre la cabeza empapada en sangre, detrás de el sus dos hijos, Thor y Loki, junto con ellos les seguía mas de 30 de sus miembros entre hombres y mujeres, su destino era muy al norte, fue deseo expreso de Oidin, le gustaba el hielo, le gustaba el frío.

Los siguientes fueron los guardias con Charos Chronos a la cabeza, Arkan los amenazo, no podrían pisar aquella tierra ni acercarse a la nave, cuando también se fueron reunió a los suyos, tenían que olvidarse de sus nombres, ya no eran piratas, e incluso el mismo tenia que desaparecer, a partir de ahora se le conocería por su nombre de pila, Anubis, ya de noche se dirigieron a aquel lejano río al que los nativos de aquel planeta llamaban Niilo.

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