Comadrejas

ALEGRÍA CUARTERO

Comadrejas del espacio

¿Existirá la felicidad completa en alguna parte del universo?

En el planeta Brécolix casi la consiguen.

El clima era suave en su mayor parte. Las estaciones no se alargaban tanto como para aburrir. El aire y el agua eran abundantes. La vegetación semejaba un inmenso bosque de brécol de un verde algo más claro.

Sus habitantes más civilizados -los colixianos-eran parecidos a las comadrejas, algo más grandes y sin apenas pelo.

Vivían en paz con el entorno y el resto de las especies, por tanto, el resto de las especies y el entorno les respetaban.

Solo conocían la guerra de oídas, pues su planeta quedaba lejos de las zonas conflictivas de la galaxia.

Mucho tiempo vivieron sin apenas problemas, hasta que ¡Ay! una terrible enfermedad apareció sin avisar, provocando la muerte prematura a muchos de ellos. Sus médicos estudiaron la enfermedad durante un tiempo antes de reconocerse incapaces de acabar con ella.

Entonces pidieron ayuda al Consejo Interestelar, al que estaban unidos como miembro pequeño pero con voz y voto entre los demás planetas. Llegaron los doctores de la Organización Interestelar de la Salud, consultaron sus archivos, realizaron montones de experimentos simulados y….llegaron a una sola conclusión. La cura seria posible creando una nueva medicina basada en un hongo del lejano planeta Tierra, llamado Pie de atleta.

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Los colixianos tenían un verdadero problema.

Necesitaban únicamente unas muestras del hongo para cultivarlo in vitro tranquilamente en sus laboratorios. Lo difícil era llegar a conseguirlo. Los viajes a la tierra estaban terminantemente prohibidos.

Sus habitantes más peligrosos, los humanos, no estaban lo bastante civilizados ni preparados para el contacto con otros vecinos del espacio. De manera que todas las civilizaciones conocidas se abstenían de acercarse siquiera. Eso no les impedía estudiar el planeta a fondo con sofisticados instrumentos capaces de observar y medir a distancia, además de las pequeñas naves invisibles y silenciosas capaces de hacer el viaje en un tiempo razonable.

Precisamente una de esas naves llevó a un trío de colixianos a la Tierra, pues preferían recoger el hongo de manera ilegal antes de ver morir a toda su raza. De todas maneras la Policía Interestelar hizo la vista gorda.

Los tres valientes colixianos tenían un buen plan: Sabían que el hongo Pie de atleta crecía en los pies de los humanos. Diseñaron unas zapatillas deportivas con unas plantillas super absorventes capaces de recoger los hongos, les añadieron un dispositivo que las encogía por dentro al contacto con el pie, de manera que resultaran incómodas para cualquiera que se las pusiera. Dejaron X pares de zapatillas al alcance de los humanos en sitios solitarios por la noche.

Solo tenían que sentarse a vigilar que alguien se las probara y las dejara abandonadas. Entonces los colixianos las recogían y las llevaban de vuelta a su nave camuflada. De esta manera obtuvieron las muestras necesarias. Todo salió a la perfección hasta que falló la maldita escotilla.

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Algunas naves habían demostrado tener iniciativa propia, esta en concreto, también tenía sentido del humor. Tooooodo el viaje había distraído/aburrido a los viajeros colixianos con sus chistes.

No era capaz de dejar el planeta prohibido de la Tierra sin gastarles una buena broma.

Cuando estaban a punto de marcharse, la nave abrió una escotilla y dejó caer un par de zapatillas a propósito. Inmediatamente sonó la alarma para consternación de los colixianos y gran gozo de la nave.

No muy lejos, en el suelo, había una casa con tejado y patio colindante. Las zapatillas fueron a parar al tejado con un ruido muy poco discreto.

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Un golpe en el tejado despertó a la mujer, dormida sobre sus brazos en la mesa de la cocina. Llevaba en la sangre el suficiente alcohol para considerarse borracha perdida. Por eso, y por lo inconsciente que era de por sí no se asustó lo más mínimo. Ni siquiera encendió una luz, con la de la luna era suficiente. Se levantó pesadamente, salió al patio dando tumbos y entre las brumas dobles de la noche y la intoxicación etílica miró hacia el tejado. Vió un par de zapatillas. Pensó que habrían caído de algún avión. Con la ayuda de una escoba consiguió bajarlas. Parecían nuevas flamantes. Las metió en casa y las dejó por ahí. Se colocó como antes, sobre la mesa con la cabeza apoyada en los brazos para continuar durmiendo la mona. Intentaba coger el sueño abriendo y cerrando los párpados unos milímetros cuando vio a dos criaturas parecidas a comadrejas peladas salir corriendo sobre sus patas traseras, cada una con una zapatilla a cuestas. La mujer tuvo un ataque de risa durante cinco minutos. Tardó otros diez en convencerse de que no estaba soñando. La conclusión para ella era clara; había sido una alucinación.

Sin rastro de sueño y con la mente más despejada abrió el armario donde guardaba el vodka y tiró el contenido íntegro de cuatro botellas y media al fregadero. Fue a la nevera y repitió la operación con el vino.

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Diez años despues la misma mujer seguía siendo abstemia y se había convertido en zoóloga, especialista en mustélidos.

Toda su vida fue una persona pragmática, pero a veces, en un rincón escondido de su mente se preguntaba si las figuras que vió aquella noche serían de verdad.

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