Borrados

ROSA Mª GUIJARRO PAREDES

Borrados

R. se despierta este mediodía con una resaca espesa. Enciende la  televisión en la cocina en un acto reflejo. No le hace mucho caso pero al menos tiene la sensación de no estar solo. En la televisión están emitiendo el telediario que tan poco le interesa. Piensa que no debería haber bebido tanto la noche anterior. Como viene siendo costumbre últimamente ha salido con M. y K. Fueron al “Belle” a escuchar buena música y a bailar. Empieza a estar cansado de realizar el mismo ritual los últimos meses. Desde que A. desapareció parece que es lo único que es capaz de hacer: salir, beber, salir, beber. Todo en un bucle de eterno retorno para no volver a pensar en ella. Pero por más que lo intenta todo parece recordársela. Debería haberse mudado de piso. De esta manera por más que hubiera realizado cambios en la casa, las cosas no le devolverían a A. a cada instante. Había cambiado la cama de sitio. Los muebles de la habitación estaban ahora orientados al sur en lugar de al norte. Se había exprimido los sesos en un esfuerzo por eliminar todo su rastro: las fotografías, su ropa, los libros, todo. Pero aun así no había manera de olvidarla. A. persistía en quedarse en el apartamento. Cinco años son muchos para borrarlos así como así y proporcionalmente R. pensaba que necesitaría el mismo número de años para olvidarla que los años que habían pasado juntos.

Lo peor de todo es que no hubo ningún motivo, simplemente se acabó porque sí. Pero eso no es suficiente para que R. deje de pensar en ello. Además las circunstancias en las que sucedió todo fueron muy extrañas. No hubo un porqué y como colofón, A. desapareció del mapa en el sentido literal del término. Se desvaneció un poco cada día hasta finalmente desaparecer.

Empezó todo con el silencio. A. dejó de hablar paulatinamente hasta dejar de emitir ni una sola palabra. Primero fue como una ligera afonía para luego comenzar a negarse a hablar por las mañanas, al mediodía y finalmente por las noches. El apartamento se sumió en un sepulcral silencio que casi consigue enloquecer a R. Por más que insistía en hablar con ella, A. no se dignaba a contestar. Era como si la desgana se hubiera apoderado de ella. Todo continuó de manera progresiva. Un día A. dejó de levantarse por las mañanas para ir a trabajar. En el trabajo la despidieron y empezó a vagar por la casa como alma errante, arrastrando los pies y perdiendo poco a poco el brillo en su mirada. Ni los libros, que siempre habían sido su refugio, parecían llamar ya su atención. R. insistió en que acudiera a un médico pero A. se negó mediante su silencio e indiferencia.

Por las mañanas comenzó abandonando el desayuno. Luego le llegó el turno a los almuerzos limitándose a beber un simple tazón de caldo. Las cenas se fueron convirtiendo cada vez más en inexistentes. Parecía que A. si se fuera apagando cada día un poco más. La delgadez era evidente, las ojeras se hicieron cada vez más oscuras y su tez se fue tornando cada vez más blanca.

A R. le hubiera gustado continuar insistiendo en que A. fuera al médico, pero algo se lo impedía. Era como si él también se fuera dejando vencer por aquella dejadez. Se fue acostumbrando a ver la imagen de  un fantasma en lugar de a su pareja.

Él comenzó a ausentarse cada vez más en un intento por evitar lo que parecía no tener remedio: ella se estaba comenzando a evaporar. Una mañana en la cama, al ir a abrazarla se dio cuenta de que estaba más lívida. Era como si fuera un poco transparente. Al acogerla entre sus brazos tuvo la sensación de que la podía atravesar como si fuera un holograma. R. pensó que era producto del sueño, pero al mirarla pudo comprobar que era cierto. A. estaba un poco traslúcida. Podía ver a través de ella la luz de la lamparita en la mesita. A pesar de lo asombroso que empezaba a ser todo aquello, tampoco se asustó. Fueron pasando los días y lo que había comenzado como una transparencia sutil parecía que empeoraba cada día un poco más. Cada vez era menos A. , como si estuviera en un proceso de borrado. Como los dibujos a lápiz cuando el paso del tiempo los desdibuja tenuemente. Luego le llegó el turno a los órganos: un lunes desaparecieron sus manos; el martes los brazos; el miércoles una oreja; el jueves su nariz. En dos semanas, A. fue prescindiendo poco a poco de todo su cuerpo. Se había borrado completamente de esa casa, de esa ciudad y de este mundo.

R. no explicó la verdad de lo sucedido a nadie. ¿Quién le hubiera creído?. Prefirió ofrecer la versión habitual: no éramos compatibles; nuestras vidas habían tomado caminos distintos; demasiado jóvenes cuando nos enamoramos y un largo etcétera de tópicos. Su familia y amigos se lo tragaron por completo. M. y K se volcaron en él como es habitual en estos casos. R. No soportaba que le tuvieran lástima y además, que sabían los demás sobre lo que había sucedido realmente. Pensó en acudir a un psicólogo, pero tenía miedo de que lo tomaran por loco. Así que guardó su secreto a la espera de encontrar alguien en quien confiar y poder desahogarse. Abandonó el trabajo, éste ya no le interesaba. Nada parecía tener sentido y solamente existía una cosa en su mente, entender lo sucedido.  Intentó encontrar respuesta en todas las fuentes que fue capaz de encontrar. Durante los primeros meses después del borrado de A. se convirtió en asiduo de las bibliotecas, intentando hallar alguna explicación en los libros o internet. La respuesta fue: Nada.

Había pasado un año desde la desaparición y R. no había encontrado todavía consuelo. La espiral de salir, beber, bailar, tampoco le convencía. Nadie le podía entender, nunca podría explicárselo a ninguna a persona y lo peor de todo es que parecía que tampoco encontraría ninguna respuesta. Así que esta mañana de resaca lo único que ronda en su cabeza es prepararse un delicioso batido. Prende la batidora e introduce los trozos de fruta que cortó ayer y que tiene en la nevera. Un poco de mango, unas rodajas de plátano, gajos de mandarinas, un poco de naranja, trocitos de melocotón, piña, un yogurt, hielo, mucho azúcar y todo el blíster de Orfidal. Ya que tiene que bajarse del barco que sea dulce piensa.

La batidora comienza a girar sus aspas creando un ruido ensordecedor en la cocina. Demasiada variedad de fruta piensa R. En la televisión siguen emitiendo el telediario, pero el ruido es tan estridente que R. no puede escuchar. Se oye la voz del presentador que está retransmitiendo una noticia de última hora: “Científicos del Instituto de Medicina genética de la Peking University han encontrado una extraña alteración de virus en la provincia de Hubei en China. La mutación que proviene de una especie de mariposa tropical rara en el país, parece que se está encontrando en otros animales base de la alimentación ordinaria en los humanos. Vacas, gallinas y otros animales de granja se están viendo infectados. Las consecuencias son nefastas para estos animales. Los síntomas iniciales son la pérdida de la función de las cuerdas vocales. Después van perdiendo fuerza progresivamente y dejan de comer poco a poco. Lo siguiente es el desinterés lógico por todo cuanto les rodea. Poco a poco van tornándose lívidos y transparentes para finalmente ir perdiendo poco a poco las extremidades y el resto de órganos. El final es la desaparición completa de los animales sin dejar rastro. Los científicos no encuentran respuesta ante este fenómeno en toda la historia de la humanidad. Temen que empiecen a aparecer mutaciones en humanos… “

El locutor continúa hablando a través del televisor cuando R. apaga la batidora. Observa un instante la pantalla y ve al presentador que tanta rabia le da en esa cadena. Apaga el televisor. Coge la jarra de cristal y vierte el delicioso batido en el vaso. Bebe hasta la última gota y se relame. Sonríe con una mueca de afirmación, sabe que está haciendo lo correcto, no hay otra salida.

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