Al fondo del río

ANDRÉS UGUERUAGA

Al fondo del río

Increíble que hoy día persistan organizaciones secretas obsesionadas en perfeccionar la vida de los ciudadanos, venidas encima de otros mundos. Afirman algunos columnistas de la prensa amarilla, que la idea es perfeccionar y copiar vidas terrestres, exportar seguidillas de vivencias a otros planetas. Se trata de planetas de otras galaxias, desconocidos por los terrícolas. Aquellos extraños seres alienígenos iniciaron un proyecto de mejorar las fuertes tormentas solares, paisajes pedregosos y anaranjados de sus planetas, para cambiarlos por otros más verdes y benévolos, parecidos a los de la Tierra. Los especialistas, a veces osados en sus hipótesis, afirman que estas organizaciones secretas en nuestro planeta son comandadas desde el espacio exterior. Domingo Santos Nilsson aseguró que la orden es enviada desde el espacio exterior, una nave nodriza gira alrededor de la Tierra. La orden es recibida por aliens que viven entre nosotros. Ahora, se preguntaba Santos Nilsson mordiendo la punta de la patilla de sus lentes: ¿cómo hicieron para llegar a ciertas personas, las cuales formaron estas novedosas organizaciones?

Ahí reside el meollo. Fueron a su auxilio especialistas de otras latitudes del mundo: Arturo Raimonda del Perú, habló de la telepatía; Jurgen Wilko, de Copenhague, habló de raptos de familias en auto, en medio de la ruta (siempre por la noche); desde Yemen, Jovino Al Farik enfatizó en la usurpación de conciencias humanas. “¡Muchas son sus técnicas!” Completó un especialista judío de New York, antes de ubicar un ladrillo más a sus teorías, las cuales la comunidad científica juzgó como endebles. Aunque mayormente intangibles e improbables a la razón humana, la existencia de estos seres extraplanetarios, era de una inteligencia superior a la nuestra, sus modos superaban por lejos nuestro preciado pensamiento científico. Lo cierto es que en los pasillos de aquel recinto –y desde hace tiempo– empleados en mangas de camisa circulan como hormigas ideando paraderos, destinos y hogares para gente que no nació. Ocupaciones, estatus y familia; obstáculos, amistades y enemigos…La labor exige una dedicación integral y detallista.

A las tres de la tarde en una tarde lluviosa de mayo de 1968, el secretario, un joven rubio de patillas y bigotes, fue al despacho del presidente de la organización. Bajó de la cámara de consultas que quedaba en el segundo piso, traía consigo cien legajos que seis profesionales diseñaban. Dio dos golpecitos a la puerta diciendo: “Jefe, aquí traigo los expedientes”. El jefe lo recibió con su mejor sonrisa. Ni bien dejó los papeles al lado de un mapamundi en el escritorio, el joven giró sobre sus pies y se retiró. Tenía mucho trabajo aquel día. Afuera, una multitud llena de pancartas y gritos les arrojaba piedras a soldados con escudos y camiones hidrantes.

Sin mirar al joven y muy contento, el jefe se puso los anteojos y leyó a vuelo de pájaro los cuatro primeros que habían allí: Xiao Chang-Ho, de la China septentrional; Leticia Calinski/Espósito, de Uruguay; Néstor Guevara y Sebastián Orrego, ambos de Argentina.¡Aquel era un día distinto! se sacó los lentes, su índice y su mayor sobrevolaron el plástico del mapamundi y dijo “¡sí!”. ¿Había alguna sorpresa en ello? ¿Saldría de allí algún Napoleón, algún presidente, alguien que inventara el antídoto contra las caries? La idea principal era la libertad para estos ciudadanos. A las siete de la tarde ya estaban aprobados estos cuatro primeros: una firma en la base de las caratulas lo confirmaba –. Apenas una tachadura en el apellido en la carpeta de Leticia, con la posterior aclaración al margen de la hoja.

(A las ocho, y como fue costumbre desde 1880 hasta el 2000, un practicante pasaba a buscarlos por el despacho. Los ordenaba de la A a la Z en una destartalada estantería de caoba, en la planta baja de aquello que parece hoy una casona gris y embrujada, cuyo rasgo distintivo es una cigüeña de bronce que corona el frente de la misma. De allí, aprendices entraban y salían, llevando las carpetas a distintas oficinas y registros civiles del mundo. Es ahí cuando el plan comenzaba con sus puntos y comas.)

Orrego nació el 6 de mayo de 1968 en Santa Fe, en un barrio suburbano de obreros lleno de calles tierra, casas bajas y caballos que pastaban en los baldíos. En el día de su nacimiento, su vecino, un presidente comunal que desapareció misteriosamente, apareció en la página central del diario, comentando sobre extraños círculos en el césped de una cancha de futbol, justo enfrente a la casa de Orrego.

Orrego, como hijo no reconocido, no las tuvo todas a favor pero esto no lo acongojó. Era flacucho, usaba anteojos de mucho aumento debido a una gran miopía que heredó de su padre. En la secundaria jamás se destacó en nada. Se la pasó sin pena ni gloria trabajando como lavacopas, cadete de albañil o conserje de algún motel. Si bien le gustaba juntarse con sus pocos amigos en la plaza, su madre desde muy temprano le inculcó el valor del trabajo, y “a fuerza de sudar la frente” como ella siempre le decía, las cosas una tras otra se le fueron dando.

En 1989, el muchacho vendía telas en su propio bazar que quedaba a quince cuadras de la popular avenida Freyre. A pesar de su juventud, era poseedor de la mitad de una manzana, alguna casona, una verdulería, un quiosco, una pizzería, y un minimercado anexo pescadería. “¡Pero qué suerte que tiene este chico!” decían las señoras del barrio. “Tan joven y con tanto por gastar” Y tenían razón, porque la vida del muchacho era sencillamente increíble. Antes de cumplir los 17, y por consejo de un vecino, jugó la lotería de Navidad sacando el primer premio. Como aquello no era legal para un menor de edad, don Gregorio Piedrabuena, el dueño de la agencia, se presentó como el tutor. Cobró el dinero y se lo dio sin exigirle nada a cambio. Gordos mazos de billetes fueron a parar contantes y sonantes a sus bolsillos, los que guardaba debajo de su colchón ya que desconfiaba de los bancos. Esta gran fortuna fue malgastada en cabarets y cinco Fiat 147 (rojo, azul, blanco, verde y rosado) todos flamantes y prematuramente destrozados, porque Orrego amaba la velocidad pero también el vino tinto bien helado y el ron.

Sucede que una madrugada después de que su Fiat 147 blanco se quedara sin combustible en medio de un descampado y frente a una canchita de futbol, el chico-fortuna caminó distraído por Freyre y Mendoza. Desde un zaguán y a tientas, una mujer alta y gorda, maquillada y de corsette, salió hasta la vereda y lo tomó de los brazos y luego de las muñecas siempre por detrás. Quería seguramente meterlo allí dentro, para violarlo o robarle el dinero que llevaba consigo. Giró su cabeza como pudo y al verla quedó pálido por el tamaño y fuerza de esta mujer. Intentó de todas las formas liberarse de esas manos que le estrujaban las muñecas como dos prensas. Y cuando sus fuerzas ya se agotaban y la mujer estaba a punto de cumplir su cometido, apareció corriendo un linyera, gritando que por favor lo soltara.

La mujer abrió bien grande los ojos y obedeció. Orrego se quedó masajeando atónito las muñecas por un buen rato, testigo de esa rara escena. Le pareció que por el tono en que se hablaban eran conocidos desde hacía tiempo. Antes de terminar la discusión la mujer comenzó a llorar, tanto que el rimel de los ojos se le fue corriendo hasta mezclarse con el rouge de los labios. Conforme comenzaron a caminar, a Orrego el alma le volvió al cuerpo. A la media cuadra el linyera le pasó la mano y despues una botellita de Coca Cola con vino blanco adentro, “Me podés llamar Wiski” le dijo y una vez más estrecharon las manos como verdaderos caballeros. Caminaron 30 cuadras hablando de muchas cosas. A Wiski le gustaba hablar mucho, y mientras éste le decía su perorata como si se tratara de un verdadero favor, Orrego bostezaba dándole a entender que no daba más del sueño. ¡Ya iban más de 15 cuadras y no había parado! Decía en voz baja Orrego. Allá por la cuadra 20, siempre por la avenida Freyre y a la altura del estadio de Club Atlético Unión, el hombre de los harapos le confesó de unas organizaciones secretas. Después de la cuadra 25 Orrego suspiró, lo empujó, le recriminó que olía a lobo podrido, a perro mojado. El vagabundo lo miró ofendido y se alejó gruñendo para perderse en la niebla de la madrugada. Pero aquel mal momento no fue motivo para que el muchacho olvidase sus comentarios; quedaron girando en su cabeza versiones de clanes que cambiaban la vida de la gente sin que nadie lo supiera; de que  “podrías estar frente a una y no verla.” Esto lo llenó de miedos y anhelos. Se preguntaba si aquellas instituciones eran buenas o malas, si eran de Dios o del Diablo. Estos temas se esfumaron pronto, cuando conoció en un casamiento a Marisa, la chica enamorada y dispuesta a todo. Pero cuando ella tomó otro rumbo para perseguir a otro hombre, esta obsesión reapareció.

Al cumplir los 23, su imperio se desparramó como una mancha de tinta en el agua, teniendo la posibilidad de comprar más tiendas de telas y una concesionaria de autos usados y otro quiosco. Y como si fuera poco, a sólo cuadras de su modesta casa natal. Las cosas iban a toda vela para el muchacho. Las mujeres en aquella época se le regalaban y sencillamente no podía con todas. “¿Este chico no descansa!” se quejaba entre preocupada y sonriente su madre, y lo cierto es que ellas admiraban sus brazos delgados, sus hombros algo alzados. Ellas anhelaban su dinero, su estatus en aquel mundillo comercial retirado de las turbulencias del centro. No cabía duda de que el equilibrio de los planetas le hacían favores a Orrego: salud, dinero y amor iban en hilera hacia su persona, igual que las moscas a la miel.

Un detalle importante es que Orrego además practicó boxeo desde muy pequeño, deporte en el que encontraría las primeras semillas de su gloria deportiva. Fue a los 23 cuando logró campeonar como peso pluma con 56 kgs. de fibra y nervio tras vencer al “Relámpago” Arce, el 12 de marzo de 1992. No existía rival que le presentara pelea porque era un ganador en la vida, y arriba del cuadrilátero tenía un excelente manejo de pies. Sus rivales caían uno tras otro, o bien abandonaban la pelea en el quinto o sexto round, rogando que el rincón tirara la toalla.

Los laureles llegaban y una tarde en el gym mientras saltaba la soga, su entrenador Joselo se sacó el escarbadientes de la boca y le comentó de una invitación para participar en las Olimpiadas de Barcelona. Finalmente no viajó. El chico de la suerte pensó que su entrenador mentía, porque esa carta dudosamente nunca llegó a sus manos. Ése fue uno de los pocos incisos pendientes en su vida.

A los 25 llegaron mujeres de mejor nivel y estatus, más dinero, más honores, medallas y viajes, como si Houdini hubiera puesto su toque de gracia. Pero no voy a decir que las tenía todas a favor, porque en un momento se vio en el cruel dilema de abandonar su carrera en los rings, o sus negocios de por sí exitosos, rentables y cómodos. Finalmente no se desprendió de ninguno de los dos. Continuó su vida libertina igual, con enérgicas dosis de trabajo en ambos ámbitos.En aquellos días locos, y por siempre fiel a su estilo, mantuvo su lugar predilecto: el bar “El Chango”, el bar del barrio de Orrego, en donde recibían al campeón con aplausos y palmadas cariñosas. Era común verlo allí pagando rondas de vino y nadie se lo reprochaba.  “El Chango” era propiedad de un chino que se acriolló y tomó todas las mañas. Era el lugar en donde Orrego se formó como persona, según sus propias palabras. Él mismo en una entrevista para un diario lo reconoció como su universidad, su lugar en el mundo. En esa ocasión confesó, como era su costumbre, que su trago favorito seguía siendo el vino tinto de la casa. Es más, después de cada pelea, se daba una ducha, se calzaba su gorra de visera azul que hacía juego con su saco azul Francia, y se metía en “El Chango” para entregarse a la loca fiesta de hombres divorciados y prostitutas venidas a menos.

En aquel ya histórico bar, hay quién aseguró que trabó amistad con el ingeniero civil Eduardo Calinski, esto ocurrió en junio de 1992. Calinski era oriundo de Reconquista y padre de una bella hija llamada Leticia. Se trataba de un hombre espigado, canoso y de “ideas raras”. Se caracterizaba por usar camisas blancas y por una leve renguera en su pierna derecha. Eduardo desde el comienzo se sinceró con Orrego y le dijo que hubiera deseado tener un hijo como él. Desde aquel encuentro la amistad se extendió mediante llamadas telefónicas y con algún que otro encuentro en el campo de Calinski. Al joven boxeador le inquietaba su voz, porque en sus silencios siempre se remozaba alguna expectativa o espera. El paternal y desconocido hombre le proponía mejorar las ganancias con ciertas técnicas de venta y en más de una ocasión le insistió que abandonara sus peleas, y que no se explicaba cómo pudo ser campeón y llevar tan bien sus negocios, sin dejar de divertirse de jueves a domingo. Orrego sonrió, empinó el vaso de vino, los cubitos de hielo sonaron como campanillas. El ingeniero advirtió que el muchacho se ponía colorado de rabia, cambiaba de tema y le hablaba de negocios, venta de lanas, alpaca, telas, hilos, mantelería, remeras de poliéster.

 

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Una mañana de domingo de enero de 1995, volviendo de un casamiento y con su saco arrugado y pasado de copas, se cruzó a la parada de colectivos en donde estaba una chica llamada Leticia. Orrego se le acercó, le ofreció un cigarrillo y Leticia aceptó. Seguro de sí, le convidó fuego y aprovechó para acariciarle los labios. Ella hizo como si nada, miró a los costados y después directo a los ojos. Aspiró una larga pitada mirando los carteles luminosos de los comercios aún prendidos. Esperando el colectivo, hablaron del clima, de la playa de Paraná, del baile de “Los Palmeras.” Sin saberlo, esta relación cambiaría la vida de los dos.

Leticia vivía en Reconquista, 300 km al norte, igual que el ingeniero Calinski. Ella le contó entre risas que estaba de vacaciones en Santa Fe y que amaba tomar sol, le encantaba las palomas de la plaza del Palomar y la vida al aire libre, y le ofreció su cuello para que Orrego aprecie el perfume que estaba estrenando, un Carolina Herrera importado. Orrego en ese momento sintió el flechazo. Desentendida, insistió en que amaba el río y el Puente Colgante, pero retornaría a su pueblo el lunes. Intercambiaron comentarios frívolos y ella le dio el número telefónico del hotel, él lo anotó en su paquete de Marlboros. Al llamarla al anochecer de aquel domingo, lo atendió la voz impersonal del conserje. Al preguntarle por una tal Leticia, el empleado del hotel hizo un silencio, y dijo: “Si. Leticia Calinsky, habitación 15, ya le paso.” Entonces apretó el botón del conmutador, siguió un sonido puntuado, y de pronto el cielo se abrió: era la voz de Leticia.

Orrego estaba sorprendido y confundido como nunca, pero Leticia era más que hermosa y no quería perder el tiempo: largas piernas, vientre chato, ojos verdes y un largo, largo cabello negro que siempre llevaba en rodete. Aunque era dulce y cálida, la chica desconfiaba a muerte de los hombres. A todos los acusaba de hipócritas y capaces de cualquier cosa con tal de llevarse a la cama a una mujer.

A los 26, Leticia continuaba virgen y era objeto de bromas por parte de sus amigas. Cuando ella les comentó de Orrego, ellas celebraron con dos botellas de champaña helada y le propusieron dar vueltas por el centro. “¡Por fin había algo que la cautivaba!” decían felices. Un no sé qué vivía en este hombre que se le acercó con los ojos rojizos como un tomate: la mirada le hacía recordar a la de su padre (ya por entonces fallecido), sus manos a un compañero de la secundaria que a ella le gustaba.

Revisando la vida de Orrego, algo mágico ocurrió el domingo siguiente a verla en aquella parada de colectivos, porque a las 7 de la mañana, Leticia y Orrego estaban en un hotel cuatro estrellas de Reconquista, en la suntuosa habitación 107. Amanecieron juntos para continuar haciendo el amor sin importarles nada. Extraño, maravilloso, único y notable. Muchas promesas surgieron entre esas 4 paredes lujosamente empapeladas, incluso hubo un humilde vino de la casa de por medio, que el conserje del hotel llevó a las 6:30 hs a pedido de Leticia.

Más besos y arrumacos, Orrego ofreció venir a vivir a Reconquista. Él echó las cartas sobre la mesa y esto hizo sonreír a Leticia, quien aceptó la oferta. Leticia ya no era la misma. Tenía que hacer mucho para llenar ese remolino de vacío que durante las noches  le quitaba el sueño y la paz. Entre más y más arrumacos y besos, adivinó que las luces negras de los viejos días se apagaban para siempre. A pesar de que cada uno continuó viviendo en sus respectivas ciudades, la relación prosperó y complicó los cálculos de la organización que vigilaba la relación a la vera de un famoso boulevard de París.

Ignorante de esto, Orrego continuó defendiendo cada 15 días su titulo como superligero, abultando su increíble record de 38 peleas sin perder, y apenas un empate registrado hacía años atrás. Leticia en cambio siguió su trabajo regenteando su propia rotisería, viviendo con su madre, a pesar de su bienestar económico. Era increíble porque madre e hija compartían una enorme casa de dos pisos con 5 dormitorios en la parte de arriba, dato que fascinaba a su prometido. Las dos se llevaban muy bien y eran muy amigas, al punto de salir los sábados por la noche a las mismas discoteques.

 

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La organización más que preocupada enviaba personas para que Orrego volviera a sus cauces normales. Pero nada ocurrió en vano: un domingo de marzo por la noche, y ante la sorpresa de madre e hija, el prometido pisó la ciudad con un enorme tráiler verde, acoplado a su Peugeot 504 blanco adornado con llamaradas anaranjadas y amarillas, pintadas en sus puertas. Allí lo tenían ante sus ojos azules y perplejos. Se bajó del auto con dos enormes ramos de rosas y abrió los brazos a modo de suplica. Quería vivir con ellas y lo logró en un santiamén. Ana, la madre de Leticia, era una mujer nada convencional. Se sintió agradecida de que un hombre como Orrego llegara a casa. Allí hacía falta un hombre, siempre les decía a sus amigos los domingos por la tarde. Desde el fatídico 12 de marzo de 1994, día en que su marido Eduardo Calinski falleció por causas poco claras) nunca más hubo un hombre en su vida, ni en su casa.

Aquella noche los tres cenaron en el living. Ana sirvió una fuente llena de sándwiches de cordero y salsa tártara, acompañados con enormes vasos de cerveza negra helada. Ella habló brevemente del marido muerto por intoxicación con arsénico, pero el peor veneno era la gente que hablaba, porque eso nunca fue comprobado. Y de repente la viuda se rió y a los segundos sus ojos lagrimearon estropeándole el maquillaje. Era un hecho demasiado reciente y las heridas debían curar, claro. Orrego miró al fondo de aquellas miradas necesitadas de un buen hombre. Ellas no tenían cara de ser asesinas ni malvivientes. Parecían a los ojos de Orrego victimas, mujeres desamparadas, hermosas y solas.

Levantó el vaso diciendo “¡salud!” y dio un trago, las mujeres sonrieron. No tardó en contarle a Ana de sus actividades, de su título de campeón municipal, inflado de orgullo contó que iba a publicitar en las peleas para marcas más o menos reconocidas. No dio mayores detalles al respecto. Lejos y desentendida del deporte de las trompadas, la madre igualmente le guiñó el ojo derecho: “no te preocupes” le dijo, “es un viejo tic,” y los tres nuevamente rieron.

Esa noche y tantas otras, durmió en el dormitorio de la bella Leticia y por vez primera se sintió el hombre más feliz de la Tierra. Desde aquel momento, su vida dio un vuelco, y se volvió más hosco. Le gustaba Reconquista, sus calles y mujeres, el verde y las flores rosadas de los lapachos, pero se le había dado por desconfiar de la gente, de todo lo que la película de la vida le mostraba. Instaló su negocio en el alejado barrio La Loma, en un galpón que había servido de garaje para colectivos de larga distancia. La venta no fue la misma pero al menos le servía para mantenerse ocupado.

Quiroga, su nuevo e irrelevante entrenador en el Club San Manuel, le preparó para junio de 1996 otra defensa. Abril, mayo, junio, la fecha para la pelea llegó rápido. Se vendó en el baño para hombres del club, pensando en el físico del rival. Se calzó su pantalón violeta, ató los cordones de sus viejas Everlast, movió un poco los brazos, piernas, cuello.

Su retador venía de Banderas, Chaco. Orrego vio fotos suyas poco antes de salir: el físico poco nutrido y fuera de estado, la cara de haber recibido bastante, el tabique roto, la boca rota pero sonriente que mostraba dientes amarillentos como los de una hiena carroñera y cruel. En su pantalón blanco en la parte de adelante, estaba bordada una enorme N y una G, y detrás en letras bien grandes, el nombre “Néstor.”

Néstor Guevara ostentaba un record que según Orrego daba lástima y risa: 44 peleas, 26 ganadas, 10 empates y 8 perdidas. Ya casi camino al ring, ya con los guantes calzados y el torso embadurnado de vaselina, el organizador le habló de un boxeador dado al alcohol, algo desordenado y con poca tolerancia a los ganchos al hígado. Su mano más peligrosa era el recto de derecha. Le aconsejó que trabajara a la distancia. “Así que cuidado al largar tu izquierda. Lo mejor es trabajarlo al cuerpo.”

Subieron al ring. El réferi les habló de las reglas, chocaron los guantes y sonó la campana. Pelearon como hermanos, es decir a muerte. Pasó el primer round que no fue sencillamente de estudio, porque en sus miradas y puños había algo más. Orrego murió al instante y en el segundo round, producto de un cross de derecha directo a la quijada. Néstor, el retador, tenía entre las vendas un trozo de yeso igual que un tal Margarito, aquel polémico boxeador mexicano que podría haber matado a alguien.

Cuando la noticia le llegó como pan caliente al gerente de turno de la organización, a la vera de un impecable boulevard parisino, pidió entre resuellos de abortar estos planes de vida, ser tan impredecibles como costosos. Se comenzó a idear otras maneras más sutiles de manipular vidas.

Los restos del boxeador y empresario fueron cremados en los hornos de la morgue de Santa Fe. Leticia extrañamente no fue al último adiós.

Bajo el cielo gris, justo debajo del famoso Puente Colgante, y arriba de una lancha que no paraba de bambolearse, su anciana madre arrojó las cenizas y veinte rosas al agua marrón. El Paraná se mostraba revoltoso y sombrío en aquella neblinosa mañana del 18 de junio de 1996.  A unos doscientos metros, desde un pequeño muelle lleno de veleros blancos, un hombre vestido de negro sacaba fotos y miraba al fulgor tan común que hacen los platos voladores en medio del cielo.

Por descuido, la anciana miró hacia arriba, por casualidad, la urna se fue al fondo del río.

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