Adiós al silencio

VEXY PRENTISS

Adiós al silencio

En ese bello planeta rojo, las cosas no podían ser más fáciles para Xinia y sus congéneres. Todo aquel que quisiera asegurarse una existencia pacífica y honrada, únicamente tenía que preocuparse por levantarse temprano y obedecer a la autoridad sin atreverse jamás a protestar. Allí no había lugar para espíritus rebeldes que soñaran con derrocar al sistema. Los encargados de decidir el destino de los más jóvenes, eran los ancianos del planeta, y si alguien se atrevía a desafiar sus opiniones, esa persona automáticamente se transformaba en un ser odiado incluso por sus más allegados. Sí, la situación era terrible para los que anhelaban tener sueños propios, y Xinia, a pesar de ser la hija de una familia acomodaba, lo sabía, y le dolía profundamente en el alma. Quizás a otros seres del mismo planeta los lastimaba el control absoluto del gobierno, sin embargo, nadie se preocupaba por hacer algo ¿Qué importaba algo tan tonto como la individualidad, si todos los habitantes tenían su bienestar asegurado? Sintiéndose harta de la falsa serenidad de la gente de su pueblo, Xinia tomó prestada la nave de sus padres, y sin pedirle permiso a nadie, dejó por primera vez su planeta natal.

A lo largo de su largo viaje por el espacio ella se encontró con escenas casi idénticas a las de su planeta natal; seres hechos de polvo de estrellas deambulando por allí con máscaras de perfección sobre sus rostros. Todos ellos deambulaban por la vida con enormes sonrisas, pero no lo hacían porque sus corazones estuvieran llenos de luz, sino para acallar un asfixiante temor a ser perseguidos y rechazados por todo mundo si mostraban sus verdaderos sentimientos.

La joven extraterrestre se desanimó bastante al ver tanto conformismo, y con tristeza, decidió emprender el largo viaje de regreso a casa. A mitad del camino, Xinia se encontró con algo que le llamó poderosamente la atención: un pequeño planeta azul. ¡Vaya! Ella únicamente había leído acerca de ese lugar en la escuela, y honestamente, había tenido dudas de que un sitio así fuera real. ¿Quién puede vivir entre tanta agua?, y por aún, ¿qué clase de seres soportan vivir con temperaturas menores a los cien grados centígrados?

Sintiendo que una enorme curiosidad crecía dentro de su pecho, Xinia decidió a hacerle una pequeña visita a ese planeta azul. Lo que encontró ella al navegar discretamente entre las nubes de ese lugar, no tenía comparación con ninguna de las otras cosas que se topó en su viaje por el espacio. Los habitantes del planeta azul utilizaban una tecnología similar a la que se había usado mil años atrás en otros rincones del Sistema Solar. Y lo peor de todo era que ellos no utilizaban veloces naves para transportarse, sino horribles y lentos armatostes hechos de metal que desprendían humo tóxico por doquier. ¡Vaya terrible sitio para vivir! Al ver ese espectáculo tan grotesco, Xinia sintió ganas de regresar a su planeta, pero algo la detuvo. Sobre una pequeña ciudad caían nubes de fuego sobre los ciudadanos indefensos. La gente lloraba y maldecía en las calles, mientras sostenían los maltrechos cuerpos de sus seres queridos.

Desgarraba el alma tener que ver algo así, pero Xinia supo que allí, en medio de tanto dolor, era donde tenía que estar ella. Quizás los habitantes del planeta azul eran poco agraciados, y sobre todo, dueños de una inteligencia inferior, especialmente se les comparaba con los seres de otros planetas, pero por lo menos, ellos no tenían miedo de dejar anidar al dolor en sus corazones

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