A través del agujero

CHRIS A. LETTERMAN

A través del agujero

Cuando te encuentras ante el descubrimiento más importante de la historia es difícil conciliar el sueño. Hacía rato que había dejado de intentarlo y ahora me encontraba sentada en mi cocina a las cuatro de la madrugada con una tila entre mis manos para intentar calmar los nervios y poder poner mis pensamientos en orden.

Llevaba años trabajando en el acelerador de partículas del CERN y aún no podía creer lo que estaba sucediendo. Aquello echaba por tierra cientos de teorías, abriendo un sinfín de posibilidades y cuestiones que a día de hoy era incapaz de contestar, ¡ni yo ni nadie podría hacerlo joder!

Se había hablado mucho en los medios de comunicación e internet sobre los riesgos que acarreaba la colisión de partículas, pero era todo puro sensacionalismo, teorías de conspiración de chalados que tenían demasiado tiempo libre. Cierto es que una gran parte de los resultados de los experimentos realizados no eran predecibles, pero no era ni mucho menos para tanto.

El sonido del teléfono me hizo saltar de la silla golpeando ligeramente la mesa, derramando parte del contenido de mi taza sobre el mantel de hule amarillo. Me dirigí hacia mi cuarto donde había dejado el móvil. Esperaba esa llamada, pero pensaba que no llegaría hasta la mañana siguiente.

Al coger el móvil vi en la pantalla el número del director del departamento. Él se había quedado allí esa noche y nos había obligado a los demás a que nos fuéramos a descansar a nuestra casa. Al contestar escuché su voz áspera y cansada, pero a la vez presa de una enorme emoción, “Ya había terminado”.

No necesitaba escuchar nada más. Le dije que me dirigía allí de inmediato y colgué.

Me maldije a mí misma por no estar vestida mientras cogía rápidamente la misma ropa que me había quitado no hacía mucho. Normalmente no me preocupaba demasiado por mi aspecto, aquel día iba como siempre: un vaquero desgastado y una camisa de cuadros. Posiblemente la camisa estuviera demasiado arrugada, pero no estaba para pensar en esos detalles. Cogí mis gafas, guardé el móvil y busqué las llaves del coche por la habitación, para luego recordar que aún las tenía en el bolsillo.

Salí de mi casa dando grandes zancadas y bajé corriendo por las escaleras hasta el parking, dos plantas más abajo. No me extrañaría que algún vecino se levantara asustado con todo el ruido que hacía al saltar los escalones de dos en dos pero, sinceramente, me daba todo igual.

Por suerte mi casa se encuentra muy próxima a una de las entradas de la E25, la autovía que rodeaba la ciudad de Ginebra y me permitía llegar a la sede central del CERN en cuestión de minutos. Al incorporarme a ella agradecí que me hubieran llamado a aquella hora, si hubiera sido en horario laboral me habría encontrado con cientos de conductores cabreados por el atasco y con la intención de ser el primero en pasar, lo que provocaba aún más atascos.

Aprovechando que no había muchos coches y que a esa hora la policía no estaría demasiado atenta a posibles infractores me permití el lujo de pisarle un poco más de lo normal al acelerador, no soportaba la idea de retrasarme más. Aun así el camino se me hacía eterno. Las señales pasaban veloces por los laterales de mi Volkswagen pero ninguna indicaba el camino que tomaba a diario.

Por fin, tras varios minutos eternos, veo el cartel indicador de la salida que debo tomar para coger la carretera de Meyrin, llevándome directamente al CERN.

Bruce, con su elegante uniforme azul, estaba en su cabina mirando un televisor que tenía a su izquierda con imágenes de una serie de televisión mientras que a su derecha unos 6 monitores más pequeños mostraban diferentes cámaras de seguridad que controlaban el perímetro. Cuando me acerqué con el coche levantó un poco la vista y me sonrió como siempre. Pulsó el botón para levantar la barrera y me invitó a pasar, indicándome que ya se encontraba el resto del equipo dentro y que debía de ser algo importante para citarnos a todos a esa hora. ¡Y tanto si lo era!

Me dirigí a mi plaza de aparcamiento y dejé el coche ocupando parte de la plaza de al lado. Me bajé y me dirigí al edificio donde sabía que estarían todos reunidos y esperando. El aire era fresco y en cualquier otra situación seguro que hubiera tenido que abrigarme más, pero en aquellos momentos unas gotas de sudor recorrían mi frente y comenzaba a respirar de forma acelerada, en parte debido a la emoción que me provocaba el hecho de ser una de las primeras personas en ver lo que iba a ocurrir y en parte debido a que estaba atravesando el parking corriendo a toda velocidad.

Atravesé el hall en dos zancadas y salté dentro del ascensor. Pulsé el botón para subir a la quinta planta y me desesperé mientras esperaba a que se cerraran las puertas y comenzara a subir. No podía creer que después de tantos días de espera por fin hubiera llegado el día.

Todo comenzó a partir de una simple coincidencia en el momento y el lugar adecuado mientras trabajaban con el agujero negro. Debíamos investigar sus propiedades y, sobre todo, estar alertas para destruirlo en el momento que viéramos que iba a escapar a nuestro control. Pero para asombro de todos descubrimos que era bastante estable. Aquello podía ser el principio de cientos de nuevas aplicaciones, entre ellas una que sólo existía en la imaginación de ciertos soñadores: los viajes temporales.

Eso era una de las propiedades entre muchas otras que tendríamos que comprobar. Se creía que los agujeros negros absorbían todo lo que pasara cerca de ellos, incluso el tiempo. Por supuesto no contemplábamos ni por un segundo que pudiéramos realizar viajes temporales, pero lo que hallamos nos pilló a todos completamente desprevenidos.

El agujero creado emitía unas señales eléctricas que seguían un patrón definido y constante que se repetían en un intervalo de tiempo bastante amplio. Al principio no lográbamos comprender de qué se trataban, no había ningún fenómeno en la naturaleza que produjera unas señales remotamente parecidas a las que estábamos midiendo allí. Hasta que caímos en la cuenta de que aquellas señales no eran naturales, no podían provenir de una fluctuación aleatoria del entorno, aquello era algo artificial, pero nada de lo que teníamos en laboratorio las estaba produciendo y, como comprobamos más tarde, tampoco provenía del exterior. Provenía del interior del mismo agujero negro. Se trataba sin lugar a dudas de un mensaje cifrado en binario, pero no sabíamos quién lo mandaba.

Por fin llego a la quinta planta, se abren las puertas del ascensor y veo que están todos mis compañeros esperándome.

Me acerco un poco asfixiada y creamos un semicírculo alrededor del ordenador principal mientras el director tecleaba los comandos adecuados. Se toma su tiempo mientras mueve los dedos sobre el teclado de forma ceremoniosa. Antes de pulsar por última vez ENTER para mostrar la información por pantalla hizo una pausa dramática, mirándonos uno a uno a los ojos, haciendo hincapié en la importancia de aquel momento. Cuando por fin pulsó, el silencio dominó la habitación. Nadie respiraba. En la pantalla del ordenador apareció el mensaje que durante días habíamos estado recibiendo.

Ante nosotros teníamos un mensaje de texto, breve, pero que rompía cualquiera de las miles de ideas que habían rondado por las cabezas de todos los allí presentes. Sin embargo, a pesar de su brevedad, había algo en particular que hacía que fuera aún más desconcertante, algo que al principio no le di demasiada importancia pero que poco a poco se me iba grabando a fuego en mi interior. Aquel signo de interrogación que cerraba el mensaje le daba un significado totalmente distinto.

En la pantalla sólo aparecía una palabra en letras blancas mayúsculas con fondo negro, una palabra seguida por un signo de interrogación, un signo que se les clavaría en la memoria y los atormentaría.

HUMANOS?

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