La Revolución Jaudu

LEMUEL LUNA

La Revolución Jaudu

El astro de luz asciende en el Valle de Ugadú y lo pinta de cálidos colores cada mañana. Ugadú es una de las 3 naciones del planeta Abumbú. Es un lugar donde abunda la flora y la fauna exótica en la galaxia AF19. Algunas de sus extravagantes razas son: las Ninulosas (plantas carnívoras gigantes), los Palindros (pulpos humanoides), las Platalias (plantas voladoras), los Tauronilos (toros cibernéticos), las Saurias (serpientes emplumadas con la capacidad de cambiar de color), los Tortos (tortugas dragón), los Makones (mitad león, mitad pez), entre otros.

Sin embargo, la criatura más extravagante son los llamados Jaudus. Es una especie humanoide, de piel parda, con pecas en todo el cuerpo. Dominan el valle por su velocidad e inteligencia.

Un aldeano Jaudu nunca revela su edad, pero se tiene idea de ella por la manera en que se visten. Los infantes se dan a notar por su tamaño y porque permanecen desnudos los primeros 15 años de vida. En esta etapa son seres asexuados.

A los 15 de un Jaudu se realiza la Ceremonia de Asignación Sexual. Es una costumbre que se lleva a cabo para sexualizar a los críos Jaudus, según las necesidades de esta sociedad, para que exista una equidad de género. La ceremonia la ofician un encargado de cada Orden de Poder: Abish (Rey de todos los Jaudus), Edra (Consejero Espiritual) e Iká (General militar).

Una vez que los órganos sexuales de los Jaudus aparecen, gracias a dicha ceremonia, empiezan a vestir a las hembras con las alas de las Platalias y a los machos con los dientes de las Ninulosas. Esta vestimenta la llevarán hasta los 100 años.

De los 100 a los 200 años, a las hembras las arroparan las plumas de las Saurias. Los machos por su parte, se cubren con la piel de los Palindros.

En la tercera edad Jaudu (de los 200 en adelante y hasta que mueran) machos y hembras llevaran el pelo de los Makones.

Otras características que hacen visible las diferencias entre Jaudus, son las que se relacionan con el poder:

La familia real (Rey, esposa e hijos) es la única que podrá usar coronas hechas de meteoros, durante toda su vida.

La comunidad espiritual (Consejero, sacerdotes y sacerdotisas) se maquillaran todo el cuerpo con polvo estelar, lo que hará que brillen en su cuerpo los mensajes divinos.

La comunidad militar (General y soldados) llevan armaduras hechas con el caparazón de los Tortos.

La gente de rango medio –comunidad general– no utiliza ningún distintivo.

Los pobladores de rango bajo -esclavos y criminales- usan objetos incrustados contra su voluntad en el cuerpo. A los esclavos les adhieren huesos de sus amos fallecidos en la vestimenta y la piel, como símbolo de honor y servicio eterno. Por otro lado, los criminales llevan perforaciones de metal en orejas, nariz, lengua, ceja, pezones o en sus órganos sexuales, dependiendo del delito.

Leona es una hembra Ugadú de aproximadamente 100 años, relativamente joven para un ser femenino del planeta Abumbú. Ya que la mayoría de las especies de este lugar viven mucho tiempo e incluso hay seres inmortales.

Ella trabajaba como sirvienta en el Palacio Real. Después de que su padre murió, hace unos cuantos días, tras el ataque de los Tauronilos a su comunidad. Vive con su madre, quien está embarazada y dos hermanos menores (gemelos).

Se rumoraba en la comunidad, que Abish abusaba de las empleadas domesticas, pero poco ha sido comprobado debido al gran poder de este.

Como siempre, Leona llegaba y limpiaba, hacía de comer, apoyaba a Artol (hijo del Rey) con las tareas para ganarse un dinero extra y cuando acababa todas sus actividades iba con Tara   (esposa de Abish) para que le pagara el día.

Justo cuando se cumplía 1 mes del fallecimiento del padre de Leona, la madre al despedirse sintió un mal presentimiento y le dijo a su hija que no fuera a trabajar. Sin embargo, Leona no hizo caso alguno.

Leona estaba en la parte final de su rutina de trabajo, apoyar a Artol con su tarea, cuando ambos escucharon los gritos de Tara y Abish. Se pudo ver como otra de las empleadas salió llorando del despacho donde ellos estaban. Fue tanto el disgusto de Tara con su marido que se llevó a su hijo a casa de su madre. Antes de irse le dijo a Leona que esa ocasión el Rey le pagaría el día.

Entonces Leona, con miedo y apenada por lo sucedido, fue al despacho del él para pedirle el pago, pero éste estaba bebiendo una copa de Sagen; una mezcla de licor y sangre de Palindro, que aparte de emborrachar, funcionaba como afrodisiaco. La ira y la pasión se mezclaron en el sorbo del Sagen, cuando Abish vio a Leona entrar al despacho.

– Disculpe las molestias… vengo por mi pago del día. Ya acabé las actividades de hoy – Dijo Leona.

– No te preocupes. Vamos a la habitación. En la cómoda de mi cama esta el pago que dejo mi mujer para ti – contestó Abish con lujuria.

– Prefiero esperarlo aquí –se podía sentir el miedo de Leona al hablar.

– Anda, que el jefe soy yo. Es más, toma esta copa y acompáñame, después de esto subimos por tu dinero y te llevo a casa.

Él tomó la copa y la puso con fuerza en la mano de Leona, abrió la botella y se puso detrás de ella para servir el trago. Mientras el liquido tinto caía en la copa, el aprovechó para oler el cuello de la hembra. En ese instante, ella se retiró asustada y derramó la copa sobre la alfombra del despacho.

– Mira lo que hiciste, corre por algo para limpiar –gritó el macho enojado.

Ella salió corriendo.

Al volver se agachó para limpiar. Él aprovechó para verle las nalgas. Se encendió, como el toro al ver el rojo, y embistió a la hembra.

La madre de Leona sintió un picotazo en el pecho. Fue tan grande su preocupación que decidió esperar a su hija en la puerta.

Pasaron minutos, horas y más horas. No hubo rastro de Leona.

Ya casi al amanecer del día siguiente apareció.

– ¿Dónde estabas señorita? me tenias con el pendiente –dijo la madre preocupada – ¿Pero qué te ha pasado mi niña? ¿Por qué vienes así?

Leona no dijo palabra alguna, simplemente empezó a llorar y abrazó a su madre con mucha fuerza.

Ese día Leona no se levantó de cama, durmió todo lo que pudo. Cuando despertó trato de olvidar las imágenes, de borrar olores y sensaciones. Le preocupaba lo que pudiera suceder, por su madre y sus hermanos. Lloró y pidió no haber quedado embarazada.

Los siguientes días parecía muerta. Su madre le dijo que denunciara al agresor. Que le avisara a la Señora para que no perdiera el trabajo. Ella a momentos sólo quería morir. Entonces reaccionó cuando sus hermanos le pidieron caramelos. Los miró a los ojos y les dijo que iba por ellos. Su madre le gritó, ella puso play, mentalmente, a su canción favorita.

Entró a la tienda de dulces, compró los que le recordaban su infancia, esos que su papá le compraba todas las tardes por haber terminado la tarea. Salió de la tienda, vio el cielo, corrió al campo y comió los dulces. Se quedo dormida. Anocheció.

Al despertar se asustó y anduvo como loca, se sintió perdida, perseguida. Cayó al suelo. Unas sombras se acercaron a ella. Gritó. Vio en su rostro la cara de su agresor. Se levantó. Las sombras la siguieron, le gritaron cosas en un lenguaje extraño, querían poseerla. La tiraron al suelo. La tocaron, la olieron, la besaron. Entonces una hembra armada con un falo entre sus piernas la ayudó. Disparó su escopeta al cielo. Las sombras salvajes corrieron al campo. La hembra fálica le dio la mano. Leona la observó de pies a cabeza y recordó una historia que le contó su padre cuando ella iba a cumplir 15 años.

Su padre le contó a Leona que los Jaudus nacen sin caracteres sexuales. Es durante la Ceremonia de Asignación Sexual que la orden de poder determina el género para los críos de 15 años, según lo que requiera la sociedad, para que exista una equidad. Pero a veces la naturaleza reacciona por sí sola y no le importan las leyes, ni las decisiones mortales. Es así como surge un tercer sexo. Hembras con órgano fálico. Se rumora que esto sólo les pasa a las familias que tuvieron relaciones impuras con esclavos. Los seres del tercer sexo son desterrados de la sociedad Jaudu, por considerarlos imanes del fin de los tiempos.

Leona entonces en ese momento estuvo frente a última señal de su vida, según las viejas creencias. Le extendió la mano y dijo:

– Me entrego a ti ser de muerte y que se haga tu voluntad –Luego se desmayó.

Cuando reaccionó estaba en un humilde cuarto. Afuera de éste, se escuchaba un gran alboroto. Abrió la puerta y bajó las escaleras. Vio a muchas hembras fálicas que bailaban y cantaban muy contentas. Algunas se deslizaban por tubos, bailando para otras. Unas más estaban en la barra, bebiendo sagen y fumando hierba santa. Le dio miedo al ver que todas tenían el miembro viril erecto.

– No temas, nosotras no te haremos daño. Me llamo Dalia –dijo la hembra que la rescató.

– ¿Qué es este lugar y quiénes son ustedes? –preguntó Leona.

– Bienvenida al Arca. Somos una comunidad de mujeres excluidas de la sociedad, por haber sido ultrajadas por machos salvajes o de un alto rango, pero vilmente ignoradas. Somos como tú –en ese momento Dalia se desnudó y cayó de entre sus piernas un cuerno de Tauronilo.

– ¿Qué es eso? –preguntó Leona asombrada.

– Un falo de mentira. Existe una leyenda que dice que un Jaudu de nombre Mael se rebeló contra las leyes impuestas porque quería ser hembra, pero no quería ser ultrajada como su madre, su abuela y todas las féminas de su familia. Entonces la castigó la divinidad con el crecimiento de un falo erecto entre sus piernas, lo que ocasionó que jamás un macho la tocase y por ende, no tuviera descendencia.

– Sí, algo llegué a escuchar de mi abuela, pero nunca supe la historia bien.

– Pues esa historia es real. Ven conmigo: te presentaré a Mael.

Ambas subieron al tercer piso de aquel lugar. Ahí conoció a la leyenda.

– Supongo que Dalia ya te contó de mí.

–Sí, un poco.

– Bien deja que te cuente mi historia completa. Desafié las leyes de nuestra nación y tuve un castigo. Mucho tiempo me sentí una basura, pero gracias a Dalia y a todas las hembras que ya viste, encontré mi destino. Rescaté a Dalia de machos salvajes que abusaron de ella, así juntas ideamos el plan de usar cuernos de Tauronilo en nuestra entrepierna para que las hembras violadas los usaran y que nunca más fueran abusadas. Es así como nace el Arca. Ahora que has llegado tú, nuestro destino está a un paso más de concluirse.

Durante varias noches Dalia y Mael le contaron el plan a Leona de invadir Ugadú para acabar con el Rey, sus absurdas leyes y su manera tan asquerosa de tratarse unos a otros.

Eligieron invadir Ugadú la noche en la que el Abish heredaría la corona a Artol, quien estaba por cumplir 15 años. Debido a la enfermedad del Rey. Éste tenía que ceder en vida la corona mayor a su primogénito, si no caería la extinción de todos los Jaudus. La ceremonia estaba por comenzar y toda la nación estaba presente.

El Rey se quitó la corona y la iba a poner en la cabeza de su primogénito cuando se escuchó una voz familiar.

– Alto padre. Si entregas la corona a manos equivocadas, nuestro pueblo también caerá en extinción. Esa misma por la que hace años me desterraste para proteger a tu pueblo o mejor dicho para protegerte a ti –dijo Mael, mientras ella y las mujeres fálicas caminaban hacia el Rey. Los pobladores se apartaron asustados.

Abish entró en pánico y negó nuevamente a su hija. Ordenó a los soldados a que mataran a las invasoras. Una guerra comenzó. El Rey, su hijo y su esposa escaparon. Mael y Dalia fueron tras ellos. Mientras tanto, Leona buscó a su familia, los observó y corrió a abrazarlos. Se dio cuenta que su madre ya había tenido a su nuevo hermano. Los besó y se despidió.

– ¿A dónde vas? –gritó la madre.

– A dar fin a nuestro sufrimiento –contestó Leona orgullosa.

Se marchó como Jaguar en caza para alcanzar a Mael y Dalia. Las tres se enfrentaron con los soldados, luego con los sacerdotes y al derrotarlos a todos, entraron al Palacio Real. Ahí los esperaba el macho mayor, en sus manos tenía una escopeta Jaudu con salvas de Sauria

– No creas que tu arma nos asusta –dijo Mael sin temor –En todo caso, no nos puedes disparar a las tres.

– Pruébenme –respondió Abish con gran seguridad

Todo pasó tan rápido, la ira, el miedo y un carrusel de emociones inundaron la habitación. Después de ese juego de luces, sonidos y velocidad se pudo observar el resultado del enfrentamiento.

Dos cuerpos sin vida, un corazón herido y un alma en paz.

Días después todo el pueblo se enteró de las noticias. El Rey fue asesinado por Mael, después de que éste matara a Dalia en un intento por proteger a Leona.

La primogénita de Abish fue trasladada a una prisión de máxima seguridad. Sin embargo, su fin se cumplió, los Jaudu de rango bajo y algunos de rango medio se unieron a las hembras fálicas y se desató la revolución. Toda Ugadú se volvió un caos.

Tiempo después se llegó a una tregua y se modificaron las leyes. Finalmente cada quién era libre de decidir su sexo, se eliminaron las etiquetas sociales, se castigaba lo justo y se elegía un Presidente. Los sacerdotes y los militares no interferían en las decisiones del pueblo. Todo se unifico, al menos por ahora.

Regresar del futuro

OSVALDO HUESO

Regresar del futuro

Queda muy poco de lo que fue mi casa, los árboles que la rodeaban, con un compacto enjambre de hojas verdes, hoy resumen tristeza, con apenas raquíticas ramas. Las plantas marchitas, que inútilmente se ocupa de cuidar Marisa, es lo que queda del jardín. El aire viciado, casi no permite la existencia de pájaros, solo algunos, han logrado mágicamente aclimatarse. Los pocos que quedamos vivos continuamos sin esperanzas. Zonas con menor contaminación que la nuestra, están sobreviviendo, pero no sabemos por cuanto tiempo.

El fatídico once de septiembre de dos mil uno, fue terrorífico. La guerra nuclear tan temida y deseada por algunos locos, finalmente se desencadenó. Casi todo el planeta desapareció. Lo poco que queda con vida, minuto a minuto, va sucumbiendo. Algunos sobrevivimos lastimosamente pero con la seguridad de que la muerte está en nosotros. Tomás está sentado desde hace rato, sumido en sus pensamientos. Elba, su esposa, intenta vanamente armar su peinado. Todas las mujeres han perdido gran parte de su pelo. Voy hacia el patio de mi casa, hace bastante calor y me cuesta respirar. Mi corazón late lento, cansado, desanimado. Me acuesto en la hamaca tendida entre dos troncos de lo que fueron árboles, buscando descanso. No estoy seguro que día es hoy, puede ser lunes, martes, viernes, domingo, no se, cualquiera. Ya nadie espera el viernes para disfrutar el fin de semana, para qué, el lunes será lo mismo. Le pido a Marisa que me traiga algo para beber. Me estiro lentamente en la hamaca, el cansancio y el sueño, me va venciendo, quiero dormir…

Estoy despertando, un raro sopor todavía me invade, veo llegar a Marisa con la bebida. La observo mas joven, irradia un halo a su alrededor, sus formas se han estilizado. Al incorporarme para tomar el vaso, noto que lo hago con agilidad que antes no tenía. Las manchas de las manos de ella, han desaparecido, tiene la piel suave y tersa. Es distinto el lugar que me rodea, los dos árboles donde estaba sostenida la hamaca, están reemplazados por dos columnas de un material parecido al vidrio, las plantas son magnificas, irradian un perfume que impregna el ambiente. Sorprendido la interrogo con la mirada.

-Claro -me dice y noto que no mueve los labios y me sorprende que pueda entender lo que me cuenta- Cuando traje la bebida, -continuó- te encontré profundamente dormido. Elba, no cesaba de llorar. De pronto, a nuestro lado, apareció una persona con aspecto extraño; alto, delgado, ojos celestes y profundos. Nos dijo que no nos preocupáramos, el se ocuparía de todo. Y fijó en nosotros una mirada piadosa. Ese fue mi último recuerdo de esa tarde. Desperté en este lugar, hace unas horas. Nos explicó, que su misión era trasladar gente elegida, de nuestra época, hacia la suya y que mutaríamos tomando el aspecto de nuestra juventud. Nos habló de la relatividad del tiempo y la distancia y de otras dimensiones en el espacio. Finalmente, fuimos transportadas hacia el futuro. Me despertaron antes porque las mujeres, al tener un espíritu más sensible, logramos adaptarnos más rápidamente y me preparó para esperar el momento de tu despertar. Elba fue reanimada junto conmigo, Tomas hace unos instantes que está con ella, escuchando su explicación.

Me costaba asimilar lo que Marisa me contaba, mirándome con su sonrisa juvenil. Mientras la escuchaba, recordaba a nuestro planeta destinado a desaparecer. El calentamiento global, producido por la avaricia de los más poderosos, lo predestinaba. De múltiples y variadas formas, lo íbamos destruyendo. El temporal mejoramiento, luego de largas negociaciones, era seguido cada vez más rápidamente por nuevas guerras, aumentadas por el tremendo poder de armas cada vez más sofisticadas, que nos impulsaban incomprensiblemente a destruirnos, hasta que llegó el holocausto nuclear.

-Seres de ésta dimensión, me explicó quien nos transportó –continuaba Marisa- intervinieron y reunieron a los líderes de los pocos países que aún sobrevivían guerreando sin sentido y les impusieron, para que no continuaran sufriendo inocentes, una solución: la existencia virtual. Fue el requisito para mantener vivos los pocos que quedaban, después del holocausto que producimos. Los malvados fueron destruidos. Nosotros fuimos elegidos para viajar al futuro de nuestro planeta –estamos en el año 3001 no informó el ser que nos trajo- y ver la dicha que la paz puede traernos. Los demás, están atomizados y permanecen en su forma virtual. Se acabaron las guerras. Las hormonas, en gran medida, parecían haber sido las simientes de la destrucción, el deseo de la carne impulsaba al poder, la posesión, la riqueza, la envidia, la vanidad. Ahora solo existe una sensación de infinita paz. La escuchaba, pero me seguía sorprendiendo que no moviera los labios y le entendiera. Ella se dio cuenta.

-Eso es otra cosa que debo decirte, -siguió- nos comunicamos telepáticamente.

Poco a poco voy asimilando lo que me comunica. Si bien estoy sintiendo esa paz que ella me dice, algo en mi mente, no está del todo claro, como si alguna partícula de mi cuerpo, no hubiera absorbido totalmente la mutación. Por el momento no quiero decirle nada.

Le pedí que me dejara descansar unos minutos. Se va con una sonrisa. No se porqué, no se produjo la transformación integral, y siento la necesidad de regresar a mi estado anterior y a mi mundo del pasado. Seguramente tendré todas sus mezquindades y no podría conectarme aquí. Debo tratar que nadie se de cuenta, hasta encontrar la forma de volver. No me importa que adquiera mi cuerpo de viejo y soportar mi enfermedad, me doy cuenta que no podría asimilar esta forma de vida.

Tomás y Elba se acercan. Al recibir su saludo, noto que aún conservo la función telepática. Dicen que están totalmente asimilados al nuevo estado y son felices. Un enviado nos invita a dar un paseo. Nuestra sorpresa mayor, es que con solo pensarlo, estamos en el lugar que deseamos. Viajamos a la misma velocidad del pensamiento. Sin rutas, sin vehículos, sin contaminación. Al ver los habitantes notamos que son similares a nuestro antiguo mundo, pero observamos que solo se ocupan de progresar y mejorar su calidad de vida. Han comprendido la necesidad de vivir en paz y de trabajar para el bien de todos.

Nos vamos enterando, que tienen un Jefe Supremo, al que llaman Gran Espíritu. Conviven todas las razas juntas, no tienen fronteras porque son un solo país. Son extraordinariamente activos, su capacidad mental es asombrosa, la cantidad de tareas que desarrollan los mantiene ocupados la mayor parte del día. Descansan 6 horas diarias en un mismo horario y en ese lapso desaparece todo movimiento. Robots con la misma apariencia de ellos, están programados para las tareas indispensables mientras descansan.

Me llama poderosamente la atención, al ver un niño recién nacido, que a diez centímetros aproximadamente desde el costado derecho de su ombligo, asoma algo que parece una mano. Una persona a mi lado me explica que, ante la necesidad de concretar la cantidad de tareas que mentalmente están capacitados para realizar, la evolución natural de las especies, les va confiriendo un tercer brazo, que seguramente en unos cientos de años mas habrá llegado a formarse totalmente y podrán disponer de él. Me imagino un niño zurdo y supongo que la mano le saldrá de ese lado. Me contesta que sí al leer mi pensamiento. Esto me preocupa y le pregunto a Marisa, si cualquier cosa que piense, será automáticamente leída por la persona que tenga al lado. Me dice siempre telepáticamente, que haciendo una pequeña presión, sobre el lado derecho de mi frente, mis pensamientos no son leídos. De esa forma si no quiero comunicarme con alguien puedo no hacerlo. Veo que toman una bebida casi transparente como el agua, que contiene todo lo necesario para alimentarse. También hay lugares muy lujosos, donde pueden disfrutar de comidas normales si desean hacerlo, más por la cantidad de tareas en que están dispuestos, no les interesa perder ese tiempo, lo dejan para algún acontecimiento importante.

En sus paseos pueden trasladarse a varios puntos del planeta con el pensamiento, se atomizan instantáneamente y se corporizan donde desean; así que cada día les resulta extraordinario. Pueden trasladarse de un punto a otro del planeta. Por ejemplo: haciendo una comparación con nuestro mundo del pasado, desayunar en la Argentina y en la China almorzar y luego tomar una merienda en Norteamérica.

Pueden también viajar a otros mundos, pero para eso, necesitan autorización del Jefe Supremo. Hay otros mundos atrasados donde aún no han llegado a su evolución y son visitados por el cuerpo de Ciudadanos Mayores, personas que tienen algunas hasta 200 años, aunque físicamente parecen de 50. Son los encargados de concientizar la conveniencia de vivir en paz. Lo hacen por intermedio de mensajes subliminales, no en cuerpo presente. Consideran que no deben interferir en ninguna Nación y que se debe respetar la autodeterminación. Pero es su misión convencerlos de que el estado de paz, es totalmente superior al estado de guerra.

Continuamente están en esta tarea y van lentamente logrando resultados. Mi mente me dice que no puedo soportar por mucho tiempo mi condición. O denuncio yo mismo mi situación o busco la forma de regresar. Averiguo que hay naves que realizan viajes, regresando a la tierra del pasado, con la misión de encontrar todavía algunos humanos escondidos en cavernas, luego de la última deflagración, para virtualizarlos.

A partir de ese descubrimiento, busco la forma de poder abordar una de esas naves sin que noten mi presencia. Se me ocurre la idea de que, si aún quedan sobrevivientes no virtualizados, puedo interiorizarlos de mi experiencia actual y convencerlos de formar tribus sanas de mente y deseos de vivir en paz, poblando nuevamente la tierra y no volver a cometer los errores que nos llevaron a la autodestrucción.

A Tomás lo veo muy contento con su nueva condición y me parece que mas lo disfruta, porque ve a su mujer Elba, lejos de los problemas de salud que tenía y no me animo a comentarle mi idea. Si ellos son felices, es porque han cambiado totalmente su estado, lo que no aconteció conmigo. Así que tengo que ver, de qué forma puedo escabullirme solo, en alguna de esas naves y llevar adelante mi proyecto.

La solución la presenta un coordinador de viajes, proponiéndonos una visita al centro de experimentación interplanetaria, que aceptamos de inmediato; yo sobre todo, ya que puedo ir estudiando los movimientos del personal de las naves.

Nos muestran amablemente el funcionamiento de los poderosos vehículos interplanetarios. Enormes, casi pareciendo una ciudad en miniatura. Nos explican que el tiempo de transportarse es casi instantáneo, al pasar de una dimensión a otra, por la relatividad de tiempo y espacio. Demoran varios años en cada misión, hasta lograr lo que para ellos, resulte suficiente en cuanto al adoctrinamiento de los habitantes del planeta que escojan, así que las naves tienen todas las comodidades y cubren las necesidades de todo tipo, que puedan solicitar los tripulantes.

Se nos agrega un grupo de visitantes y formamos un grupo mayor, moviéndonos por los distintos compartimentos de la nave. Casi sin darme cuenta, me encuentro en un lugar solo, sin nadie a la vista. No puedo dejar escapar esta circunstancia y me introduzco en un pequeño cuarto, donde guardan elementos de limpieza. Pasan los minutos y nadie parece darse cuenta de mi desaparición.

En un momento que tuve aparte con Marisa, al comenzar la visita, me animé a confesarle mi situación; me llamó la atención que no le produjera la sorpresa que yo esperaba, me dijo que había notado en mí, algunas circunstancias distintas; que hiciera lo que mi conciencia me dictara y que ella estaría bien. Seguí adelante con mi plan y sentía que alguien, me había preparado para esta misión.

Estuve dos días escondido sin notar ningún movimiento, pude desplazarme dentro de la nave hacia otros compartimientos que necesité, sin que nadie notara mi presencia. Casi no quedaban guardias, al no estar la nave programada para viajar de inmediato.

Al tercer día algo ocurrió. Un rápido movimiento de personas y equipos, por lo que sentía desde mi escondite, me hizo suponer, que algún acontecimiento se produciría a la brevedad. Un zumbido seguido de un aroma dulce y pesado me invadió y me sumí en un profundo sueño.

Al despertar, esperé un tiempo, y al cesar los ruidos de lo que parecía un desembarco de equipos y personas, me deslicé buscando alguna salida. Al ver varios tripulantes vestidos con una ropa similar, a la que había visto en un placard de mi escondite, regresé a éste y vistiendo esas ropas, un casco y elementos de limpieza, me dirigí resueltamente hacia una puerta de salida junto con los demás. Al verme afuera, la orografía me resultó familiar; había visitado hacía unos años los cerros de los siete colores en Jujuy y a lo lejos, los distinguía. Estaba en la tierra del pasado. Me escondí en unos matorrales y al anochecer me alejé del lugar. Pronto sentí que mis rodillas no me respondían y al mirar mis manos rugosas, comprendí, que había vuelto a mi estado anterior terrenal. Mi misión, era encontrar sobrevivientes antes de ser descubiertos y virtualizados. Escondernos, al tiempo que les fuera contando mi increíble experiencia, e inculcando la idea de un mundo nuevo, sin guerras. Y lograr, con la ayuda de Dios, a quién no había oído nombrar, en ningún momento en el futuro visitado, formar una nueva tierra, con la cantidad de habitantes suficientes como para darnos a conocer y plantear a los visitantes del futuro, que seriamos capaz de vivir un presente en nuestra tierra… en paz…

Exilio

MARIANA DUCROS

Exilio

Lo más humillante de volver golpeado del colegio es enfrentarte a las personas a las que desilusionaste nuevamente. Como si no fuera suficiente la decepción propia, hay que ver la cara de tus padres y darle explicaciones al analista. Ni hablar de escuchar por centésima vez que tengo que defenderme y no permitir que me traten de ese modo. ¿Acaso piensan que me dejo atacar por diversión? ¿No ven mi tamaño, mi estado físico en comparación con el suyo? ¿Mi cojera crónica?

Y lo más irritante no es tener que caminar quince cuadras con la cara marcada, sino escuchar la manera en que justifican a los matones que te la dejan de ese modo. Claro que me gustaría tener su contextura, aunque sea solamente por un día, para poder escudarme yo solo. Pero a veces, más que a los bravucones, preferiría apuñalar a quienes me dan consejos y nunca estuvieron en mi lugar. Pareciera que, a fin de cuentas, nadie en este planeta estuviera dispuesto a defenderme.

Por eso, ese día decidí no ir directo a mi casa, sino desviarme del camino. Fueron unas cuadras nada más, cuando me crucé con Acuña y Lamas, los responsables de mi ojo morado, que al parecer, se habían quedado con ganas de marcarme el otro ojo también.

Estaban comprando cigarrillos en un kiosco, pero apenas me vieron, tiraron el dinero al mostrador y corrieron a mi encuentro. Les llevaba media cuadra de ventaja, lo que no iba a ser suficiente, así que giré en la esquina de la gomería y seguí en dirección a la plaza, donde están las canchas de fútbol del barrio, seguidas por varios kilómetros de terreno descampado.

No logré desorientarlos, sino incentivarlos aún más en su carrera, pero me perdieron de vista en cuanto llegué a la zona de árboles y me eché cuerpo a tierra. Arrastrándome, conseguí, al menos, pasar desapercibido.

No es lo más agradable del mundo estar a la altura de la tierra, deslizándose como un lagarto, pero al menos me aseguraba la protección que en el plano humano no tenía.

Avanzaba lentamente. Pasaron minutos que parecieron horas. Cada tanto me asomaba para ver si seguían ahí. Para decepción mía, no se rendían. En un momento desaparecieron, y supe que era la oportunidad para correr por mi vida y lidiar con mis problemas en casa. Tuve que disminuir la velocidad cuando vi a Acuña contra el piso, escondido detrás de un tanque de agua, que debía ser una novedad en el pueblo, ya que nunca antes lo había visto. No podía entender de dónde había sacado la vara metálica que tenía junto a sí, pero estaba casi completamente seguro de que iba a torturarme con eso.

Atacarlo por la espalda hubiese sido una venganza equitativa, ya que él lo había hecho miles de veces conmigo. También, una decisión cobarde, pero no era eso lo que tenía pensado hacer. Tan solo quería acercarme despacio y arrebatarle la lanza. Así, al menos, no tendría con qué lastimarme, y se limitaría a sus músculos y su estupidez. A eso, ya estaba acostumbrado.

Me eché nuevamente al piso y me aproximé. Habré tardado veinte minutos en reptar esos cincuenta metros, pero preferí ser cauteloso y mantenerme a salvo.

Juntando las pocas fuerzas que el temor me había dejado, logré el acto más heroico de mi vida: en un segundo me paré, tomé la lanza y me preparé para la pelea. Me cubrí la cara con la mano que tenía libre y extendí el brazo que cargaba el arma para protegerme del golpe que me esperaba.

No hubo riña.

La vara resultó mucho más liviana de lo que me imaginaba, ya que ni siquiera tuve que quitársela a Acuña de las manos: no la estaba agarrando. Ni siquiera le pertenecía. Simplemente, había sido abandonada allí por su dueño luego de haberla utilizado. Y mi enemigo no se levantó a atacarme. Yacía en el pasto. Muerto.

Me quedé unos instantes admirando el instrumento. Parecía inofensiva, pero en la punta tenía una hoja afilada que, supuse, había necesitado de una sola pasada para quitarle la vida a mi rival. La observé detenidamente, hasta que un gemido me sobresaltó.

Levanté la vista y me encontré frente a Lamas. Con los pocos reflejos que el agotamiento de ese día me habían dejado, apunté el arma hacia él, pero no me fue necesario utilizarla. Lamas dio dos pasos en mi dirección, y se derrumbó en el piso, dejando a la vista al ser extraño que se encontraba detrás de él.

Una criatura flaca y ligamentosa dirigió su mirada hacia mí. Yo hubiera podido contra ella, ya que le excedía en tamaño y, aparentemente, había robado su artefacto de destrucción. Pero no despertó en mí ira ni miedo, sino simplemente curiosidad.

Nos miramos durante unos intensos minutos, hasta que sus ojos cambiaron levemente de forma. No necesitaba reconocer los movimientos de su rostro para saber lo que significaba: estaba sonriendo. Me extendió una de sus extremidades al mismo tiempo en que la puerta del tanque se abría y una escalera mecánica descendía de éste, invitándonos a abordar.

Avancé. Ni siquiera miré para atrás cuando me iba.

Las Siete Tribus del Universo

LORENA CAMARILLO PULIDO

Las Siete Tribus del Universo

Mañana será mi cumpleaños número catorce y apenas una semana atrás descubrí algo que cambio todo lo que creía en la vida, la adolescencia de los mortales es ya de por sí difícil y esta información que me fue dada de golpe, de tal impacto que se equipararía a caer de una altura de 20 metros, de cara contra el concreto, con el pequeño detalle que ahora sé que si me llegara a suceder esto no moriría, solo seria recompuesto, por decirlo de alguna manera, y continuaría como si nada.

En la escuela nos hablan sobre las diferentes teorías del origen del hombre, ojala pudiera decirle a mi maestro de Ciencias lo que ahora se y restregarle en la cara ese cinco del examen, el cual con sus conocimientos errados no lograría ni un punto a su favor, ni la visión científica o la mística religiosa tienen idea de lo que sucedió hace tanto tiempo.

la teoría de la evolución de las especies por selección natural de Charles Darwin, la teoría genética de Gregor Mendel así como otros estudiosos del tema como Thomas Hunt MorganR. A. FisherTheodosius DobzhanskySewall WrightCyril DarlingtonJulian HuxleyErnst MayrGeorge Gaylord Simpson y G. Ledyard Stebbins realmente se sorprenderían ante el verdadero origen de la humanidad aquí en la tierra, bueno no todos, algunos de ellos la conocen, mas no la harán pública jamás, por lealtad al profeta Beelzebuben, otros creo más por temor a ser considerados locos.

Aun yo escribo con cierto recelo este diario, convencido que en algún momento más adelante abre de destruirlo, a no ser que tenga la fortuna de que en un futuro me convierta en padre y uno de mis hijos sea un Gluttieri, como lo somos mi padre y yo, estos escritos le serian de gran utilidad para conocer la verdad sobre su origen; Mis hermanos no han contado con esta suerte, soy el menor y mi padre ya con las esperanzas perdidas descubrió que yo desarrollaba ya los caracteres de un Gluttieri.

El entusiasmo de los últimos días de papa definitivamente contrastaban con su carácter frio, difícilmente recordaba haber visto una sonrisa en su rostro, cosa que actualmente es muy común, hoy difícilmente podía dejar de sonreír durante el desayuno, para ser un hombre tan acostumbrado a guardar las apariencias, su actuación últimamente a sido malísima por decir lo menos.

Ahora que ha podido hablar conmigo sobre nuestros orígenes, no solo de los Gluttieris, sino de toda la humanidad, me doy cuenta que no es tan complicada como parece, supongo que los estudiosos del tema debían hacer todo un entramado del asunto para que así las personas no tuvieran idea de su verdadero origen, la debilidad humana no permitiría aceptarla sin entrar en pánico, sobre todo para los mortales que serán dejados atrás, tal como lo describe entre líneas Darwin en su teoría de la evolución, donde solo los más aptos lograran pasar al siguiente nivel, o dejar este mundo al que hemos dado fin, algunos dirán que por ambición, otros simplemente reconocemos que se ha ido gastando para cubrir nuestras necesidades.

Nuestra civilización inicio en otra galaxia, que posiblemente ya no existe, hemos saltado de planeta en planeta, adaptando el medio a nuestras necesidades, una vez que deja de ser habitable nos retiramos, claro jamás hemos hecho esto con un planeta ya ocupado, a final de cuentas el universo es infinito y en el cohabitamos en paz las 7 tribus del universo, es curioso que entre tribus no tengamos diferencias, entre tanto los miembros de una misma tribu nos caractericemos por buscar el dominio y el poder sobre el otro a través del sometimiento y la guerra entre los iguales.

A solo unos pocos años de dejar este planeta para redirigir nuestra civilización a uno con mejores condiciones, pienso en todas las personas queridas que he de dejar atrás, no será fácil saber que mi madre y hermanos tendrán que permanecer aquí y ver lo que será el fin de la tierra.

Los Gluttieris somos una tribu que nació con el principio de los tiempos al igual que las otras seis, en un principio era solo uno, cada milenio nacen en promedio de cinco a siete miembros nuevos, con el paso de los siglos nos hemos convertido en una gran tribu, el resto son mortales que forman parte del ecosistema y son prescindibles, algo así como relleno. Generalmente las tribus se mantienen alejadas por varios años luz unas de otras, aunque ocasionalmente llegan a realizar visitas en planetas habitados por otras tribus por diferentes necesidades o para llegar a acuerdos, aunque nuestro aspecto es muy similar, estos al verse afectados por los viajes interestelares a tan altas velocidades llegan a presentar algunas anomalías en su cuerpo y color de piel, aunque sus visitas son sumamente sigilosas, algunos mortales han tenido la ocasión de verlos, esto ha pasado desde siempre y se les da bastante propaganda a los avistamientos Ovnis como son conocidos, afortunadamente se les considera como un mito o una historia de locos, a las que difícilmente se les toma en serio.

Los planetas son catalogados de acuerdo al estado en el que se encuentran, los primeros son aquellos que están actualmente habitados, los que están siendo preparados para ser habitables para una tribu, los que ya fueron habitados y que se encuentran en proceso de recuperación, para ser reciclados y rehabilitados para poblarlos en un futuro y claro los que por sus condiciones atmosféricas se consideran prácticamente imposibles de utilizar, afortunadamente de estos últimos hay muy pocos.

Pronto las siete tribus tendrán una muy importante reunión, hemos tenido visitas como nunca antes, será una ocasión especial en que los 7 líderes se reunirán aquí en la tierra para tratar un asunto de vital importancia, el salto a un nuevo planeta y es que se ha dado la extraña situación de que por primera vez las 7 tribus dejaran su planeta y se reubicaran en uno nuevo, esto al mismo tiempo.

Será una movilización de muchísimas personas, claro esto provocara trafico constante y deberá ser muy cuidadosos ya que un mal cálculo podría derivar en una tragedia, y tomando en cuenta que un accidente en el espacio si causaría la perdida de energía vital para nosotros, deberemos de asegurar no cruzarnos en el camino de las naves de los otros.

De tal suerte que el próximo 20 de febrero de 2020, seré testigo como dice mi padre de la reunión mas importante en el universo entero, aquí se encuentra ya Asmodeo, líder de los Luxuris, Belphegor, líder de los Acedianos, Satanás, líder de los Irialos, Leviatán de los Ínvidos. Están por llegar Mammon de los Avartos y Lucifer de los Superios, estos por encontrarse en galaxias bastante alejadas de la tierra, donde Beelebuben nuestro líder será el anfitrión.

En esta reunión no solo se decidirá donde y cuando será el momento de partir y dejar nuestros mundos, también se tomara una decisión bastante difícil y dolorosa para todos los Gluttieris: La extinción de la vida en la tierra, ya que al momento de dejarla, también será exterminada la humanidad y cualquier ser viviente para que la tierra sea puesta en proceso de recuperación y en un futuro lejano se convierta en el nuevo hogar de alguna de las 7 tribus del universo.

Finalista Concurso de Relato Corto Metrobook 2014

UNAI GRACI EIZAGUIRRE

La gota de Thru

Nurona. Palacio real.

Día Básico, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

La pesadumbre se había adueñado de Asfiz, el palacio real de Nurona. El ambiente que se respiraba en los aposentos de la reina era similar al de cuando un Observante informaba a una observada y a su clan de que había contraído la Oscuridad. La tristeza de aquellos días sólo era superada por el temor que sentían los habitantes del planeta después de Venus cuando llegaba un temporal. Y es que la reina de Nurona estaba en las últimas.

La alcoba de Cantderina albergaba con tristeza su lecho de muerte. El cuerpo se recostaba sobre el alféizar de la ventana que daba al patio de muskhas, las flores con las que se había decorado el perímetro que recogía a la casi inerte Cantderina. Los brotes en cambio no ayudaban a animar la estampa, pues su cualidad de empatizar con aquel nurense que se acercara las había marchitado nada más rozaron la grisácea tez de la moribunda.

La reina había sido un personaje muy querido durante su legado. Cumplió sus funciones de protectora del planeta a la perfección: su voz era capaz de amainar las terribles tormentas que tanto asustaban a los habitantes de sus tierras. El mayor pesar de aquel momento debía ser la partida de un ser tan querido, pero la corte se enfrentaba a un problema mayor:

–Mentora, ¿qué vamos a hacer? –preguntó Páspima, una de las consejeras de Cantderina una vez salieron de su rutinaria visita a la reina.

–Sabíamos que este momento llegaría desde que fuimos al observador con la reina, Páspima. Lo importante ahora es que Cantderina vea que estamos unidas, que no dejaremos a Nurona sin un reinado que la suceda.

Aquella situación había sobrepasado a Mentora. Sabía que Nurona necesitaba una nueva reina protectora; una que alejase la lluvia con su cantar y así los nurenses no se consumieran en un ataque de pánico. Pero el hecho de que Cantderina contrajera aquella maldita dolencia no hacía más que empeorar las cosas. La Oscuridad era un estado del alma de las nurenses que les impedía incubar una nueva generación. Aquella que se infectara, no vería la luz necesaria para gestar un nuevo habitante del planeta y su descendencia acabaría en ella misma. La reina Cantderina estaba contagiada por la Oscuridad.

Planeta Tierra. Madrid.

Lunes, 26 de abril de 2014.

Alba llegó casi sin aliento al museo. El cielo había se oscurecido notablemente y aquella tarde llovería sin duda. Compró en la taquilla principal su entrada para la nueva exposición, aunque antes echaría un vistazo a la colección permanente, Las estrellas de Madrid. Con ese nombre la exposición podría confundirse con una exhibición de fotografías de conciertos de los cantantes de éxito internacional madrileños. Pero no era el caso. Alba estaba en el Museo Astronómico de la ciudad española. Había visitado aquel lugar decenas de veces, pero daba igual: las estrellas eran su pasión.

Le gustaba mirar por la noche al cielo, con o sin su telescopio, daba igual, e imaginar qué era lo que pasaba allá arriba. A años luz. Aquel mundo, que parecía tan lejano, para la joven de veintitrés años quedaba a la misma distancia que una casa de veraneo. Le gustaba soñar con la vida en otros planetas, si es que la había. Sí, tenía que existir algo más que humanos en la infinidad del universo. ¿Cómo verían ellos la Tierra? ¿Cómo se imaginarían los extraterrestres a los humanos? Alba mentaba seres intergalácticos, que llamaban Planeta Azul a la tierra y que tendrían alguna habilidad como en las películas.

La nueva exposición del museo tenía como reclamo la exposición de la Gota de Thru: un colgante de un extraño material que había sido venerado por un sinfín de civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad. Algunos consideraban que hubiera sido más apropiado exhibir un objeto de tales características en el Museo de Arqueología. Pero el cariz, de una leyenda morbosa justificaba su presencia en aquel lugar. Estaba fabricado de un material desconocido hasta el momento, no humano, y había desatado todo tipo de rumores que afirmaban que aquel collar fue olvidado por una nave espacial proveniente de algún planeta como Marte o Venus en una expedición que los marcianos habían hecho en la Tierra. O Planeta Azul, como hubiera dicho Alba.

–¡Vamos! ¡Acérquense! No olviden encender sus dispositivos y ponérselos en los oídos para no perder detalle de la fascinante historia que les voy a contar –gritaba la mujer que llevaba un micrófono de mano y una carpeta con el logo del museo. Vestía una americana barata de un monótono azul marino y rayas grises, y en un lado llevaba cosida una placa en la que se leía: Joya Fernández-Guía Autorizada.

Alba odiaba las visitas guiadas. Sobre todo si la persona que explicaba los entresijos de las obras expuestas se calificaba como “Guía Autorizada”: normalmente se inventaban la mitad de lo que contaban. A pesar de ello, a la joven le fue imposible ver con claridad la vitrina que guardaba la Gota de Thru. Debía ser el primer día de la guía, porque se dirigía al grupo como si de escolares se tratasen y tapaba el enigmático objeto con el contorno de su cuerpo en un intento de crear suspense. Los abuelos del grupo que conformaba aquella visita empezaban a impacientarse. Alba decidió unirse a la explicación del grupo. Con un personaje como el que estaba viendo, la historia que iba a contar debía de tener el mismo grado de ficción que sus pómulos. Joya comenzó su discurso en la época anterior a Cristo.

Nurona. Prado Seco.

Intermedio, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

Thru estaba sentada en una de las rocas de silicato que había frente a su agujero. Vivía en el hogar que habían construido sus padres, no muy profundo ni grande, pero era uno de los más acogedores de Nurona. No hubo agujero en aquellas tierras que no llorase la partida de la reina. El suceso era muy reciente: Cantderina murió al término del Día Básico. Después empezó el Intermedio y el silencio y la tristeza se apoderaron de Nurona.

Contemplaba de soslayo Asfiz. El palacio real estaba triste, ya no relucía como en los momentos de la reina en vida. Se conocía, además, la situación de la corte y la ausencia de descendencia. Todos lo sabían, pero nadie podía imaginarse cómo iban a solucionar aquel problema. En el Prado Seco, donde estaba el agujero de Thru, empezaron las especulaciones. Su vecino y amigo Laizo, que vivía tres agujeros más hacia el sol que ella revindicaba una Nurona sin reina.

–Lo mejor sería que el reinado acabase con Cantderina. Así no tendrían que preocuparse si su sucesora resulta ser otra infectada por la Oscuridad. ¡O que busquen a un rey! –había dicho cuando se enteraron de la fatídica noticia.

–¡No seas bocazas, Laizo! -le contestó Réndero- ¿Quién iba a protegernos de los temporales sino una reina con una poderosa voz que los amaine?

Réndero vivía frente al agujero de Thru. Era el más sensato del Prado Seco, aunque su impertinencia muchas veces irritaba a los habitantes de aquel lado de Nurona.

–Thru sería una gran reina: su voz es capaz de hacer florecer a un campo de muskhas sin acercarse a ellas… ¡y no teme a la lluvia!– propuso Laizo con sorna.

–Claro, querido Laizo – empezó a agradecer Thru – Pero tal vez todavía no te hayas percatado de que para ser reina, hay que tener fluido real. ¿Has traído un poco para inyectármelo?

Thru tenía un gran sentido del humor. Su vida en Nurona había sido feliz, pero no fácil. Quizá por eso sabía sacar lo mejor de los peores momentos. Y Laizo tenía razón: ella no temía la lluvia. Se conocía, además, al dedillo la historia de toda la realeza de aquel planeta. Admiraba a todas y cada una de las reinas que con sus voces habían apaciguado lapso tras lapso los temporales que atemorizaban a los nurenses desde los tiempos antes de Venus. Cuando era menor, Thru soñaba con ser reina. Igual que lo hacían todas las de tiempo temprano, sí. Pero no por el mismo motivo. Las demás soñaban con vivir en Asfiz, envueltas en una vida de paredes de cristal, sentadas en el Uter, el trono real, y con la corona de la reina, conocida como Bísmarco, puesta en sus partes más altas. Thru en cambio soñaba con reinar para utilizar su voz en algo de provecho. Deseaba poder proteger a los nurenses con el instrumento que más apreciaba.

Planeta Tierra. Madrid.

Lunes 26 de abril de 2014.

–Como ven, desde los tiempos de Hammurabi hasta los mayas, pasando por los nómadas de américa del sur, y nosotros mismos, varias civilizaciones han venerado esta especie de reliquia sagrada.

Joya había relatado la historia existencial de la Gota de Thru, que ya aparecía en las tablillas de arcilla de la antigua Mesopotamia. Hititas, Hurritas, egipcios e incluso órdenes cristianas habían dejado alguna constancia de haber poseído el collar. El material que conforma la pieza principal del colgante, de forma de gota de agua o de lágrima fosilizada, era de un azul grisáceo muy peculiar. A mi parecer, todavía no se ha dado nombre a este color que combina azul eléctrico con el gris pardo, había dicho la guía al describir el objeto que se exponía en el museo.

–Hay ocasiones en las que la gota cambia de color, resplandece, como si de una luz de esperanza se tratase –puntualizó Joya–. Hubo quien asoció este cambio a la incidencia de la luminosidad del día. Aunque, a decir verdad, puedo asegurarles que el collar tornará en otro color esté dentro de una urna opaca o expuesta directamente al sol.

–De ahí que se especule con si su origen puede ser extraterrestre, ¿verdad?

Una de las señoras que con más atención había seguido las explicaciones de la guía levantaba su cabeza blanca desde una de las filas traseras. El grupo se movió inquieto, expectante e impaciente por escuchar la parte que, al fin y al cabo, todos los visitantes querían oír. ¿Era o no el collar un objeto de otro planeta?

–En realidad no hay nada probado –comenzó Joya–. Verán: mucha gente tiende a darle explicaciones morbosas a aquello que no puede comprender. Es cierto que esta pieza es absolutamente insólita. Se trata de una especie de Mandylion, de Lienzo de Edesa, de Sábana Santa. Desconocemos su origen: civilizaciones anteriores a nosotros, por sus inéditas características materiales, la han venerado como si de un regalo divino se tratase. Y al igual que ocurrió con el sudario santo, que contiene supuestamente el perfil la sangre de Cristo dibujado con su sangre, la Gota de Thru no ha pasado la prueba del carbono-14.

Las primeras gotas de la tormenta que Alba había vaticinado cuando entró en el museo rompieron el silencio que había ocupado la sala en la que se encontraban. Al igual que el resto del grupo, la historia de aquel misterioso objeto la había atrapado a la joven que no despegaba la vista de la joya. La cúpula que iluminaba aquella estancia recibía los impactos del aguacero, que oscureció la tarde y aquel ala del museo. Todos los presentes, Alba incluida, clavaron sus miradas en la vitrina que estaba a la derecha de Joya Fernández. Llovía, por lo que aquel objeto debería cambiar de color de un momento a otro. O tal vez no.

Nurona. Palacio Real.

Día de Resto, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

–Esto es absurdo, Mentora. Llevamos desde el Intermedio descartando candidatas que reemplacen a la buena de Cantderina –se quejó Páspima– No hay ningún pariente lejano que cumpla con lo que necesita ser una reina en Nurona.

La partida de la reina, sin dejar descendencia para su sucesión a causa de la Oscuridad, había convertido Asfiz en un caos existencial. Páspima y Mentora pasaron el Intermedio, el Día Hueco, el Día de Virgo, el Día Áspero, el Estrellicio y aquel principio del Día de Resto analizando los parentescos de la ya fallecida Cantderina. Además de no haber apenas féminas entre sus parientes, ninguna de las posibles candidatas tenía la capacidad vocal como para proteger a los nurenses de la lluvia.

–¿Qué pretendes que hagamos, Páspima? ¿Dejar a Nurona sin una reina? ¿Buscar a la sucesora de Cantderina en el Planeta Azul? –respondió Mentora mientras ojeaba en su mente la tablilla histórica del planeta.

Páspima guardo silencio el tiempo suficiente como para desatar el enfado de Mentora.

–¡Ni lo sueñes! ¿Qué pretendes? No podemos traer a una de las bestias de ese planeta. Sabes de sobra lo que dicen los Observadores: el Planeta Azul tiene los lapsos contados, está condenado a la autodestrucción por culpa de sus habitantes. No podemos permitir que ocurra lo mismo con Nurona. ¡Ninguno de esos seres ocupará estas tierras mientras yo siga aquí!

La irritación había hecho perder la tablilla en su mente. Tendría que volver a concentrarse para continuar con la búsqueda. Si tan sólo Páspima dejara los disparates a un lado…

–No, Mentora. No me refiero a eso. Escúchame: ¿y si buscásemos a la sucesora de Cantderina entre los nurenses? No serán de sangre real pero, al fin y al cabo, conocen este planeta tan bien como cualquier otro miembro del palacio… No tendríamos más que poner las candidatas a prueba: que canten frente a la lluvia. No encontraremos una tan buena como Cantderina pero, por lo menos, tendríamos reina hasta encontrar otra solución.

Mentora siguió concentrada, intentando aparentar que continuaba ojeando la tablilla real. No obstante, meditaba sobre aquello que Páspima acababa de decir. La segunda consejera podría tener razón. Sí, encontrarían una sustituta entre las nurenses y así ella tendría el tiempo suficiente para repasar todas las tablillas reales, buscar en otros planetas (exceptuando el Planeta Azul), o donde fuere, una reina digna para Nurona.

Así pues, esperaron a la llegada del Día Básico para convocar en Asfiz a todas aquellas nurenses que quisieran ocupar el Uter del Palacio Real. Esperaron a los lapsos con lluvia para poner a prueba a las candidatas. Y, para el pesar de Páspima y Mentora, aquella búsqueda resultó ser otro desastre. Las había quienes no sabían cantar y, aquellas que decían saber utilizar su voz, no hacían más que temblar de terror cuando se disponían a enfrentarse al temporal. Las consejeras de la corte entraron en un bucle de desesperación que no hacía más que ir en aumento. No parecía que la solución a su problema estuviese en Nurona, aunque decidieron acabar de probar suerte con las candidatas restantes.

Era entones el turno de aquella del Prado Seco llamada Thru. El encargado del campo real de muskhas, un tal Laizo, había insistido hasta la saciedad a Mentora con aquella candidata. La consejera, después de haber presenciado una catástrofe tras otra, prefirió no ilusionarse con la nurense del Prado Seco. Cumplía el perfil de todas las candidatas que habían llegado hasta el Palacio Real: había soñado con ser reina de Nurona y aseguraba saber cantar. Aunque el encargado de las muskhas insistía en lo magistral de aquella cualidad.

Planeta Tierra. Madrid.

26 de abril de 2014.

La gota del colgante pareció derretirse al aclarar su color hasta tornar en un color similar al amarillo verdoso, pero con un brillo singular. El grupo de jubilados, Joya y Alba no vieron un cambio instantáneo de tonalidad sino que se produjo como un degradado: parecía que a medida que la tormenta oscurecía la tarde en Madrid la Gota de Thru se encendía para dar la luminosidad que las nubes arrebataban al cielo terrestre.

–Ya lo han comprobado: tal y como les acabo de relatar, el colgante ha cambiado de color –explicó Joya observando la Gota de Thru con mirada triunfal– Como ven, la casualidad ha querido que esto ocurra en un día lluvioso.

La Alba más perpleja de la tarde miraba el objeto expuesto. ¡Había cambiado de color! La joven era una apasionada de la astronomía y de la astrología; era, con total seguridad, la persona que más sabía en su clase sobre las cuestiones cuyo límite estaba fuera de la atmósfera terrestre. Pero nunca había imaginado nada parecido. Y si lo había hecho, no se lo habría creído.

Comenzó a rodear la vitrina que contenía la Gota de Thru, intentando buscar alguna luz, un mecanismo humano que hubiera provocado aquel cambio. Pero fue inútil, no había nada sospechoso. Cuando dio un giro de trescientos sesenta grados en torno a la urna de cristal que guardaba el objeto y volvió a su posición inicial, fijó su mirada en el cartel que describía aquella pieza: GOTA DE THRU. Origen desconocido. ¿Por qué a nadie le llamaba la atención el nombre?

–Perdone –Alba se dirigía a la guía especializada–: creo que todavía no nos ha hablado sobre el nombre del collar. ¿Qué o quién es Thru? ¿Quién decidió llamarlo así?

–Buena pregunta –Joya abrió la carpeta con la que había entrado a la sala–. Como les he contado, esta pieza ha pasado por muchas manos antes de ser expuesta como un objeto de museo. Las tablas cuneiformes de la dinastía de Hammurabi hablan de un encuentro con una mujer de tierra lejana. Esta mujer debió ayudar de alguna manera que no está explicada a los habitantes de Mesopotamia de aquella época en sus cosechas, puesto que las escrituras de arcilla hablan de hambre y desgracia antes de su llegada y de momentos de bonanza en los campos tras su partida.

La guía autorizada del museo había sacado una fotocopia en la que aparecía una especie de tabla en forma de hexágono con hileras de símbolos similares a los caracteres de la escritura oriental. Una de las ancianas del grupo, que sólo tenía una mano, había asegurado al hombre de su lado entre susurros que ella había visto unas letras similares a las que Joya mostraba cuando cenó en un restaurante chino con sus amigas.

–En muchos de los restos que han dejado nuestros antepasados se habla de la bonanza que los dioses profesaban a los habitantes que les dedicaban ofrendas y sacrificios–siguió Joya–. En este caso sólo hace referencia a la visita de la mujer, a la lluvia y a la prosperidad de las cosechas. Pero parece ser que no fue un suceso aislado, pues civilizaciones posteriores dejaron constancia de encuentros similares con esta mujer de tierras lejanas.

Es en la antigua Grecia, en un pueblo ya extinto de la península del Peloponeso, donde se encontraron pergaminos donde se le ponía el nombre de ‘Thru’ a aquella visitante. Los historiadores pensaron en un principio que se trataría de alguna diosa local, puesto que los habitantes de este pequeño pueblo representaban su agradecimiento a la mujer con pinturas en las que primaba el tema celestial.

–¿Va a intentar decirnos ahora que este collar no es de los marcianos? –preguntó irritado uno de los hombres que posiblemente estarían allí por obligación de sus esposas.

–Lo único que hago es ceñirme la historia, señor –le dijo Joya–: ahora viene la parte que no le va a aburrir tanto, no pierda detalle. Y es que, como decía, los griegos representaron su agradecimiento a la supuesta diosa Thru con pinturas en las que aparecía el cielo de la noche, con unas estrellas resplandecientes y extrañas. Sí, he dicho extrañas. La forma de las estrellas que se encontraron en las vasijas de aquella zona del Peloponeso coincide con la forma de gota que tiene este collar.

»Es más, una orden cristiana pintó en uno de sus frescos la representación de Thru. Y es ahí donde comienza la leyenda extraterrestre: aquella pintura en la que aparecía la mujer de lejanas tierras visitando a los campesinos no tenía forma humana. Se le representó portando una especie de báculo y algo con forma de tentáculos en la parte más alta de su cuerpo que podría ser una corona. Y se le identificó también con el nombre de Thru.

Todos observaban a Joya con mucho interés. La historia de la Gota de Thru había alcanzado el máximo tono de morbosidad al que podía llegar: un extraterrestre había visitado el planeta Tierra.

Alba intentaba procesar toda la información a la mayor velocidad que el relato de Joya Fernández le permitía. Bien: las civilizaciones hablaban de una supuesta diosa que ayudaba en las cosechas a los campesinos. Hasta ahí no había nada fuera de lo común. La historia se repite de milenio en milenio. Pero, ¿por qué? Tal vez era sólo una leyenda que había proliferado por el boca a boca. O tal vez aquella Thru había visitado el Planeta Azul, como a ella le gustaba llamar a la Tierra, en más de una ocasión. El bello de los brazos se le erizó. ¿Cabría la posibilidad de que aquello fuera cierto? Según había indicado la guía del museo, la viajera del espacio no tenía cuerpo humano. Y se le distinguían un báculo y una corona. Era una reina del espacio. ¿Habría monarquías en Marte o Júpiter?

–Espere un momento –cortó la joven a Joya–. ¿Hasta dónde llegan los indicios que se relacionan con este collar? O mejor dicho: ¿cuál es esa relación?

La guía se puso nerviosa. Estaba acostumbrada a las visitas de jubilados aburridos sin mejor quehacer que ir al museo en excursión para escuchar la historia del collar intergaláctico. Pero las preguntas con ese deje sabiondo le superaban.

–Como acabo de relatar, las estrellas de las pinturas son morfológicamente similares a la gota hoy estamos admirando –empezó Joya, no sin antes fulminar a la joven preguntona con la peor de sus miradas–. En el fresco cristiano que acabo de mencionar el cielo se representa de la misma manera. Es más: en este caso, los que lo han visto narran cómo se intenta escenificar una especie de lluvia de estrellas que cae sobre la gente. Y es que en este caso la supuesta Thru aparece en compañía de personas humanas, todas ellas mirando y señalando a lo que parece aproximarse sobre sus cabezas.

» El collar ha pasado por todos estos lugares. O eso, al menos, es lo que han constatado en los textos de los investigadores clásicos que le han seguido la pista. El problema es que la última prueba pictórica es la que acabo de mencionar: después del mural cristiano no se tiene constancia de más arte con las mismas características.

–¿Y qué explicación le da usted a eso?–el público estaba impaciente por saber.

–Podemos especular con dos posibilidades. La primera de ellas es que no se trate más que de una leyenda que ha ido de generación en generación para explicar el origen de esta especie de piedra preciosa y que haya muerto con la orden cristiana que representó a la tal viajera. O bien, si realmente se trata de un viajero intergaláctico… La única explicación que se me ocurre es el fallecimiento: aquella Thru murió y no pudo visitar nuestro planeta nunca más.

Nurona. Palacio Real.

Día de Resto, Amanecer, Décimo lapso después de Venus.

Y entonces, comenzó a llover en Nurona. El nerviosismo era estaba a flor de piel: incluso en la corte real temían la lluvia. Thru subió a uno de los balcones de cristal del palacio, estaba construido con el mismo material. Su inquietud no era resultado de aquel fenómeno meteorológico que tanto pánico provocaba en sus iguales: quería pasar aquella prueba con dignidad.

Las gotas de lluvia parecían haberse solidificado en piedras por la fiereza con la que golpeaban las paredes translucidas de Asfiz, que temblaba al compás de los que allí se habían congregado. Thru cerró los ojos y comenzó a cantar.

Su voz pareció solidificarse, al igual que la lluvia. La voz de aquella nurense que aspiraba a ser reina empezó a adentrarse por cada recóndito del palacio real. El efecto del cristal traslucido en el que estaba edificado el castillo provocaba un retorno en la dulzura de aquel canto que nadie esperaba. El pavor de la corte pareció desaparecer por un momento. Incluso Mentora y Páspima creyeron ver la luz al pensar que estaban ante la nueva reina de Nurona. Thru cantaba con todas sus fuerzas, intentaba disipar aquel temporal con la dulzura de su voz… Pero su empeño no conseguía paliar aquella lluvia infernal. La candidata a reina intento elevar el tono varias veces, pero no tuvo éxito alguno.

–Necesito salir –Thru no se había rendido–, estar más cerca de la lluvia. Este balcón está demasiado protegido para que surta efecto.

Las consejeras reales se miraron atónitas la una a la otra. Sí, habían entendido bien: quería salir al exterior en mitad del temporal. Constataron que su oído no las había traicionado cuando vieron a Thru adentrarse en el campo de muskhas real. Quizá por instinto de protección o tal vez por mera curiosidad, toda la corte se trasladó al patio que daba al campo de aquellas plantas de Nurona para observar lo que aquella demente quería demostrar. Thru volvió a cantar, con su cántico de paz volvió a envolver a los cortesanos, pero la lluvia no cesó.

Un último intento fallido fue suficiente para que la nurense se rindiera: no podría ser reina. Volvía decepcionada al atrio donde se encontraba su público, que todavía no podía creer lo que estaba viendo: Thru se había adentrado en el temporal, exponiéndose en un campo sin ninguna protección y su único pesar era el de no ser reina. ¡Ni siquiera se alegraba por seguir viva!

–Mentora, ¡no teme a la lluvia! ¡NO TEME A LA LLUVIA! –Páspima y las demás consejeras estaban tan nerviosas como excitadas por lo que acababan de ver.

Mentora fue la primera en percatarse de cómo había cambiado aquel campo de muskhas de su estado normal a un color azul eléctrico con tintes de gris pardo cuando tocaban a Thru. Ésta era observada por la corte como si de un terrestre explorador se tratase; sus rostros iban desde la estupefacción al pánico. Entonces, habló Mentora:

–Todos estamos de acuerdo en lo que acabamos de sentir. Probablemente tu voz no sea tan poderosa como para hacer que un temporal pase, pero nos has enseñado a no temer. Y aún más importante: tu voz nos ha dado paz.

En aquel momento, la lluvia comenzó a cesar y las últimas gotas que cayeron se solidificaron en una especie de piedras de un tono brillante, como esperanzador. La consejera que se dirigía a Thru sonrió.

–Creo que con estas brasmas que han caído alguien nos está enviando una señal de algún lugar en esta galaxia, sea donde sea que vamos los nurenses cuando nuestro propósito en Nurona finaliza. De momento, tú serás nuestra nueva reina.

Nurona. Agujero de La Iconista.

Día de Virgo, Quemazón, Décimo lapso después de Venus.

No había ser más solitario en Nurona que La Iconista. Sus servicios eran siempre por encargo de la corte de Asfiz. No obstante, vivía en un agujero apartado en el Prado Seco. En aquel momento había recibido el encargo más importante de su existencia: la reina necesitaba de sus dotes. A pesar de que su verdadero nombre era Minaida, en Nurona todos la conocían como La Iconista. Era un habitante muy reservado, por eso no se entrometía en sus encargos.

La Iconista era una simbiosis entre un joyero y un herrero de la Tierra. Ella había elaborado el Bismarco y el Uter del palacio real en Asfiz. Y ahora la reina Thru le había encargado una bisutería muy delicada: tenía que realizar unos amuletos protectores con las brasmas de lluvia solidificadas que cayeron en la época del Amanecer, el momento de su ascenso a la corona de Nurona.

Este trabajo le traía de cabeza. La reina Thru quería visitar el Planeta Azul para intentar ponerlo a salvo de la autodestrucción. Y para ello quería exponerse a los terrícolas y repartir aquellos collares entre los seres más poderosos. Qué innecesario, pensó.

–¡Minaida! –cuando se gritaba a sí misma utilizaba el nombre que le puso su madre– Eres La Iconista: tu trabajo no es pensar ni opinar. Sólo crea y construye. Cre-a y cons-tru-ye.

La Iconista era solitaria, sí. Pero en su mundo interior tenía más vida que en todo Marte.

Planeta Tierra. Madrid.

26 de abril de 2014.

Alba lamentó no haber cogido un paraguas. La lluvia había dado una pequeña tregua, pero de nuevo comenzaba a chispear.

La noche empezó a caer cuando la joven caminaba hacia su casa. Miró al cielo y observo cómo aparecieron las primeras estrellas del crepúsculo. Se imaginó que algunas tenían la forma de la Gota de Thru. Incluso soñó con ver alguna del mismo color en el que se había tornado aquel collar cuando comenzó la lluvia en el museo.

¿Qué estará sucediendo allá arriba? Estaba tan lejos y sin embargo lo sentía tan cerca. Quizás aquella Thru estaba en mitad de uno de sus viajes intergalácticos a su Planeta Azul. Pero no podía ser. Alba se había percatado de algo que se le escapó a Joya Fernández: los años luz entre la Tierra y el universo exterior hacían que desde la Tierra se viesen estrellas que ya se había apagado. ¿Era alguna de aquellas que veía en aquella noche el hogar de Thru? ¿Se habría apagado ya su estrella? Estaba convencida de que no.

No sabía por qué, pero quería creer la historia de aquel supuesto colgante extraterrestre. Volvió al mismo pensamiento. Definitivamente, no. Una estrella como Thru nunca podría apagarse.

Finalista Concurso de Relato Corto 2014

DANIELA CADAVID LIBREROS

El guardián de hombres invisibles

Todo ocurrió a mediados de abril.

Cuando Azucena se topó con aquel pequeño pájaro azul en el jardín, nadie nunca se imaginaría, que el peso de una pluma, pudiera inclinar la balanza y descubrir la luz de aquellos que se ocultan en el susurro del viento.

Siempre son necesarias las presentaciones y por eso, he de decir que Azucena es mi gata. Sufre de ataques inesperados de furia hacia el mundo, en los cuales dedica más o menos la mayor parte de su energía a exterminar todo ser que tenga (O aparente) tener plumas. Por ello, en más de una ocasión tuve que enfrentarme a las frenéticas zarpas de una gata cegatona que veía agitar en mi cuello un colibrí, cuando no era más que una sutil bufanda con jirones de tela colgando.

¿Qué? ¿Azucena no era por quien precisabas información? Ahora también quieres… ¿Saber quién soy…? Bueno, eso no tiene mucha importancia. Podría ser un burgo maestre, un cazador de animales o hasta un médico enloquecido a causa de innumerables horas frente a pacientes quejumbrosos; o quizás cabe la remota posibilidad de que sea uno de los pocos iluminados con la capacidad de ver cosas inimaginables que aún deambulan por la tierra. Pero bueno, no me hagan mucho caso. Por ahora lo único relevante que diré es que me llamo Simón, y vivo en la calle de las Valquirias: un pequeño pedazo del mundo en donde nada ocurre. Podría decirse que estamos tan alejados de todo, que hasta la madre naturaleza nos ha olvidado. Tanto hombres como mujeres, se dedican a la labor de construir y reconstruir terrenos más estables para sus casas, arreglar coches, servir de boticarios o vender alimentos cultivados en sus propios huertos; pero aparte de eso: nada.

Como mi madre pasa casi todo el día en la botica con mi padre, y las clases solo son en la mañana; la tarde (Casi del todo libre) es el refugio que tengo para mis aventuras. ¡No estoy solo! eso sería muy triste. Tengo compañeras para mi odisea: Samanta, mi vecina, y Azucena (Mi gata. ¿Qué? Se han podido olvidar los muy desconsiderados).

Después del colegio suelo ir con ellas a los castillos aledaños que han sido en su mayoría abandonados por viejos reyes (A ver, ya sé que estarán pensando. La respuesta es sí. Me movilizo entre chicas. ¿Qué puedo decir? Soy un hombrecillo con buenas cualidades, pero no me hagan desviar de la historia. Luego responderé a las inquietudes) que fueron en busca de un espacio más grande. Pienso que querían la posibilidad de encontrarlo en un mapa. No lo encuentro muy sensato, pues un lugar privado y recóndito: siempre será más emocionante. En fin: saltamos de arriba abajo por los largos pasillos e inventamos obras de teatro hasta que llega la hora de nuestro refrigerio.

Justo a las cinco de la tarde, cruzamos el pueblo y entramos en mi casa. Asaltamos la nevera como buenos piratas que somos y nos subimos al árbol que hay en mi jardín a narrar historias sobre vidas lejanas, sobre mundos adversos que podemos encontrar sepultados bajo tierra o en el espacio exterior. Aún recuerdo cuando el primer hombre puso un pie en la Luna: Samanta y yo habíamos fabricado nuestros propios cascos espaciales con los que recorreríamos las estrellas y mi gata tenía una placa que la representaba como nuestro contacto en la Tierra, a la que llamaríamos a decirle: “Houston, tenemos problemas”.

Pero todo pareció dar un giro a finales de Abril.

Eran días normales y repetitivos en nuestro amable y tranquilo pueblo. Como era costumbre cada sábado, Samanta y yo salimos con nuestras improvisadas redes de pesca al hombro y nos fuimos al estanque en busca de una nueva mascota para su pecera. Ella había revisado cuatro veces nuestra caja de anzuelos y empacado y desempacado la comida para el picnic hasta quedar cien por ciento segura de que llevaba la mermelada que nos había preparado su mamá el día anterior. Algo la tenía nerviosa, aunque en realidad no podía asegurar que era. Empezaba a creer que había algo en toda esa forma de actuar que me hipnotizaba: como si ella y su timidez cambiaran algo en la forma en que la veía todos los días (Y no es sólo cuestión de la pubertad. Créanme. Ya lo había considerado). Así, con la prisa y la alegría que conforma a los aventureros, salimos cantando colina arriba acompañados por el canto de los canarios, recorriendo los amplios senderos verdes que notaban la proximidad del verano.

Pasamos horas junto al estanque sin tener mucha suerte, parecía como si los pececillos de colores hubieran previsto con anterioridad nuestra llegada y se habían refugiado en los recovecos que formaban las rocas. Esperamos durante dos horas a que algo picara, pero fue en vano, así que aceptamos la derrota que traía la mañana y nos preparamos para darnos un fabuloso festín con la mermelada, un queso de cabra con hierbas que había llevado como regalo de agradecimiento la señora Estefan por cuidarle su rebaño de ovejas el mes pasado, un par de sodas de limón, un paquete de galletas saladas y por supuesto, unas cuantas lonchas de jamón.

Ese día parecía tener la cantidad de nubes exactas: como para poder descubrir escondidas entre esos pequeños pedazos de algodón, criaturas mágicas, que nos observaban con recelo. La primera en descubrir una fue Samanta, que vislumbró una manada de gusantrópodos queriendo salir de un pequeño zapato. Luego, le siguió un ratondrilo que luchaba con un zebrante por un poco de carne de lagartija. Al poco rato pude sorprenderme con un pequeño peregrillo que asomaba su cabeza en medio de unos nenúfares. Y una apesadumbrada gallironte, que rebuscaba entre una sarta de sardinas.

Durante horas observamos las nubes que iban y venían con la brisa cálida que antecede al verano. Todo muy bonito y tranquilo.

Sentí ciertas ganas de tocar a Samanta. No sé cómo explicarme, era como de esos impulsos de idiotez que sientes, que tu cabeza dice: ¡No lo hagas! Y algo por allá, quién sabe dónde, te dice: Al carajo, hazlo, porque yolo.

Estaba empezando a entrar en una especie de trance Samántico, hasta que de pronto, el sol hizo su descenso, dejando a su paso pequeñas estelas de luz que se fundían con un cielo cada vez más oscuro. Fue entonces cuando le vimos por primera vez. Entre dos nubes teñidas de salmón, apareció un ojo centelleante (Apenas perceptible) bajo la tenue luz que se llevaba el astro. Era tan cristalino, que con esfuerzo se podía ver como su pupila iba de un lado para otro en busca de algo.

Nos quedamos completamente paralizados por ese ojo que escapaba de cualquier atentado imaginario que hubiésemos planeado. Miré a Samanta y por acto-reflejo, le tapé la boca justo cuando se preparaba para dejar escapar un grito. Fuese lo que fuese, no pretendía asustarlo. Lo más importante ahora era encontrar la forma de llamar su atención y de confirmar si realmente era algo (O alguien).

Buscamos en nuestras mochilas una linterna o algún aparato que pudiera servirnos, pero justo cuando alcanzamos una cerilla y volvimos nuestros rostros hacia el cielo, él se había esfumado y… también… todo rastro de luz que hubiese tenido el día.

Regresamos a casa en silencio, sin peces y sin monstruo que nos declararan los mejores exploradores de la historia. Entré a mi casa y corrí a mi cuarto. Había sido un día difícil para nuestro gremio, y no había nada en el mundo en forma de alimento que pudiera otorgarme la felicidad que se había llevado aquel destello de luz, chisporroteante e inquieto. Después de un par de minutos, mamá subió con un plato de comida lleno de puré de papa con salchichas -mi favorito- e hizo lo imposible: recuperar mi ánimo aventurero.

Después de la cena, mamá me contó un cuento y me quedé dormido. Esa noche soñé con los hombres del espacio que pisaban la luna, pero estos no eran como los que habían mostrado esa tarde en la tele, ¡No!, Estos tenían nuestros rostros y caminaban no sobre la luna, sino, sobre un extraño ojo transparente que flotaba en el espacio.

A la mañana siguiente no había mucho más que pensar al respecto: debíamos encontrarlo. Y pronto. De lo contrario, Samanta y yo (Incluso Azucena, que a pesar de su ceguera y su despiste, hace parte de nuestro combo) perderíamos toda nuestra fabulosa carrera de investigadores/ exploradores/ aventureros.

Después del desayuno pasé a casa de Samanta. Regresamos al estanque, donde repetimos la misma rutina del día anterior. Esperamos hasta pasado un poco más de mediodía recostados sobre el pasto. Pero no ocurrió nada. A lo mejor se debía a que no había suficientes nubes en el cielo o a que aún no atardecía. Así que decidimos regresar después del almuerzo. Cada uno almorzaría en su casa y volvería con una linterna y los binoculares a eso de las tres de la tarde.

Al llegar a casa, mis padres me esperaban con una fabulosa tarta de manzana y un lomo de cerdo envuelto en nueces. Había pasado la noche anterior tan sumergido en aquella aparición extraña, que había olvidado por completo el cumpleaños de Azucena.

A mi pequeña gatica le habían preparado un fabuloso pastel de pescado para ella sola, y todos la regodeamos con abrazos y caricias en su esponjosa panza. Comimos tanto que estuvimos a punto de reventar y quedar esparcidos a lo largo de la casa en miles de pequeños pedacitos, por lo cual después de consultar el reloj, decidí que lo mejor era dormir un par de minutos para no ceder ante el sueño mientras observaba el cielo con Samanta.

Durante la siesta reaparecieron los sueños en donde aquel ojo transparente dejaba vislumbrar una nariz y una boca que luego permitían entrever un rostro, una mano, un cuerpo y un millar de seres más camuflados con las nubes de tamaños descomunales, tan translúcidos, como aquel ojo. Poco a poco me acercaba y les susurraba mi nombre, les decía que sólo buscamos conocer su planeta y visitarlos como los grandes astronautas que seríamos; pero entonces, huían dando saltos hacia el espacio y desaparecían entre risas estruendosas.

En otro sueño lograba acercarme sin que huyeran y me mostraban sus afilados dientes, allá en lo alto, mientras me ofrecían sus manos para que subiera, pero me daba tanto miedo que prefería correr con tal de no ser devorado.

De repente sonó un estruendo, y una música de fondo, fue apagando las imágenes borrosas que quedaban en mi mente. Era mi amiga cantando nuestra canción secreta para que saliera. Eran más de las cuatro, ¡Seguro había ido al punto acordado y al no verme, se habría imaginado que algo había demorado mi llegada! me asomé en la ventana y le hice señas para que me esperara en el jardín.

Salí a toda prisa, arrastrando mi maleta por las escaleras y el césped. Azucena estaba escondida en un rincón del jardín y me acerqué a ella para despedirme, cuando de repente, en medio de un giro, se le escapó una pluma de colores vistosos de sus garritas.

Intenté atraparla para devolvérsela, pero la pluma danzaba por si sola entre un viento que apenas podía sentirse en mi rostro. Me giré buscando a Samanta y no podía creerme lo asustada que estaba, señalaba hacia todos lados mientras no podía dejar de mirar la pluma.

Retrocedí con cautela hacia ella y fue entonces cuando pude notar aquello que elevaba ese objeto tan liviano por los aires.

Justo a mitad del jardín, estaba el hombre invisible de mis sueños y era tan grande, que su rostro se perdía entre las nubes mientras su pie se entretenía con la pluma que había capturado Azucena. Tuve que pellizcarme varias veces para asegurarme que todo lo que estaba sucediendo era real, más no podía quitar los ojos de aquel gigante por miedo a que desapareciera al menor descuido.

Le pedí a Samanta que buscara de nuevo la linterna en mi mochila, mientras yo me quedaba vigilándolo para asegurarnos de que esta vez no se nos escaparía. Una vez tuvimos la linterna en la mano, intentamos todos los lenguajes y códigos secretos que conocíamos, más nada surtió efecto, era como si la luz no pudiese alcanzar sus ojos.

Fue en ese momento cuando otra idea me surcó la mente como un rayo. Corrí hacia el gigante y le arrebate la pluma luego mmm… bueno, para ser más preciso: salí corriendo como buen macho que se respeta, hacia el estanque.

No sé cómo describir lo que paso después, unos pasos que parecían hechos de brisa helada me siguieron sin el menor esfuerzo hacia el estanque y una vez allí, metros y metros de tela invisible descendieron sobre el pastizal, era como si las nubes se hubiesen condensado y lentamente se acercaran a mí con un mensaje incomprensible.

Fueron eternos los segundos que tardo aquel gigante invisible en llegar hasta mí y sonreírme con una larga hilera de estrellas perladas parecía que riese aunque a mí no me llegaba ni el menor ruido, hasta que su largo y regordete dedo me toco y todo se difuminó en una nube de vapor negra y fría que me lleno de noche y me transporto a lar raíces del mundo.

Todo comenzó hace años cuando el mundo era salvaje y libre, en aquella época los hombres se dedicaban a entablar una relación sensata con lo que les rodeaba. Noche tras noche salían a observar la luna y la alababan con hermosos canticos que serían recompensados con una buena cosecha o una llovizna en tiempos de sequía. Eso principalmente fue lo que los atrajo a este mundo, esa energía que rebosaba a más no poder sobre los pequeños cuerpos de los seres humanos y luego también se aliaron con los felinos.

Los felinos eran considerados seres superiores que manejaban el mundo a un tiempo que no se parecía en nada al suyo pero que se fusionaba en total armonía. Estaban hechos de curiosidad por los detalles y tenían la capacidad de ver lo que otros negaban, por ello los tomaron de aliados y los visitaron siglo tras siglo hasta que se convirtieron en su mayoría en mascotas y fueron relegados a tareas menos interesantes.

Fue cuando todo colapso, no había porque volver ni tenían razones para darnos a conocer sus secretos o sus identidades, ya nadie se fijaba en las nubes ni alababa el universo. En los hombres solo quedaba la capacidad para una sola cosa: adorarse a ellos mismos. Entonces empezaron a refugiarse en su invisibilidad, cada vez había menos hombres de aquel pequeño planeta en algún lugar distante al nuestro que se interesaban por venir a hacernos entrar en razón o simplemente a demostrarnos que no éramos los únicos. Con el pasar de los días fuimos borrados del mapa y abandonados por aquellos gigantes que ayudaron a nuestros ancestros a construir innumerables palacios, pirámides, grutas y refugios a cambio de una buena historia.

Hasta ahora, cuando uno se ha atrevido a depositar en Simón el pasado y el futuro que se avecina, Samanta y yo hemos dejado de ser niños y ahora tenemos una misión: regresar.

1er Premio Concurso de Relato Corto metrobook 2014

ALICE

Estrellas y cajas

En mi mundo solo hay cajas.

Un mundo cuadrado lleno de cajas cuadradas.

En este mundo no hay nada en realidad. Un suelo blanco y un cielo negro. Mires donde mires solo hay eso. Colores uniformes. El suelo sin una sola fisura. A veces me pregunto si existe ese cielo negro o si solo es una bóveda que no puedo tocar porque está muy alta. Una gran bola de luz ilumina este mundo de monotonía: una luz blanca, pero vidriosa y fría que irrita mis ojos y me atonta el cerebro. Solo soy un sujeto de experimentación.

Mi caja es más grande que la del resto, pero es como todas. De un cristal de color oscuro, irrompible y con forma de un cubo perfecto, y aunque la parte superior de la caja está abierta, no puedo salir.

En mi pequeño mundo tengo un trabajo.

Cada mañana, cuando despierto, me encuentro en el centro de la caja una pila de folios blancos tan alta como yo y un bolígrafo de tinta negra. Mi trabajo es simple, tengo que escribir la letra A. Es así de sencillo:

A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A…

A veces me tomo la libertad de unir todas las letras.

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA…

Y cuando estoy realmente inspirada incluso escribo alguna minúscula.

A A A A A A A A A A A A A A A A A a A A A A A A a A A A A A A A A…

Yo soy uno de los especímenes más raros que hay aquí. En ocasiones puedo notar la mirada iracunda de los otros humanos que rodean mi caja a través del cristal ahumado. Sus ojos son como dos rejillas negras cubiertas de odio. Aunque no puedan tocarme les temo. Una vez se me ocurrió escribir todo minúsculas:

a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a…

Cuando lo hice, todos se volvieron locos. Se tiraban hacia su cristal con rabia, tratando de traspasarlo para llegar al mío y matarme. Pero su cristal no se agrieta, en cambio, de tanto chocarse su blanca piel empieza a mancharse. Estos momentos son terroríficos, pero a la vez, me llenan de curiosidad. El mundo blanco y negro toma otro color por unos segundos, el rojo. Cuando esto sucede la luz del cielo se apaga para mí. Todo se queda negro, y dejo de escuchar los gritos. Realmente no sé lo que dicen al gritar, ya que pronuncian sólo lo que todos conocemos: “¡A A A A A!” Las bestias gimen en sus jaulas. Y yo, a veces, aúllo con ellas. Al día siguiente mi caja es más pequeña, y la pila de folios para rellenar se triplica.

Una vez me planteé si, tal vez, podría sencillamente negarme a escribir “A” en los folios… Dejar de hacer mi trabajo, mi función. Pero uno de los humanos, que se encontraba a tres cajas de distancia con respecto a la mía, tuvo esa misma idea antes que yo. Al día siguiente sus folios también se triplicaron. Al segundo día esto volvió a suceder, y las tres pilas derivaron en nueve en una caja más pequeña. Al tercer día los folios derivaron en veintisiete, el espacio de la celda volvió a reducirse, y apareció un techo sobre ella para evitar que la criatura escapara utilizando los folios. Realmente no creo que fuera necesario, dudo que el humano pudiera haber pensado en esa opción… De hecho a mí solo se me ocurrió la posibilidad al tratar de entender por qué esa caja tenía un techo, pero pensar es demasiado difícil… En esta sección de cajas solo somos tres los sujetos pensantes, y ojalá yo no lo fuera. Los castigos por pensar o por hacer cosas diferentes son siempre severos. Al cuarto día la caja de este humano se redujo a tres metros cuadrados y las pilas de folios aumentaron hasta mezclarse, aplastándole. En el quinto día había una caja distinta con un humano distinto. Somos criaturas de memoria frágil, así que pronto todos lo olvidaron. Supongo que yo también lo olvidaré pronto.

Las estrellas asoman en la lona negra de la noche cuando mi bolígrafo se queda sin tinta, al tiempo que la última “A” cierra la segunda cara de la última de las páginas, perfectamente acumuladas en una esquina de la caja, esperando a ser recogidas por el carcelero. Nunca he visto su cara. Aparece solo cuando duermo y se lleva las hojas. Dormir es aburrido, pero si no duermo el día siguiente nunca llega. Aquí no hay tiempo ni espacio, solo matemáticas y lógica. Formas abstractas y ordenadas. Todo organizado y jerarquizado.

Todo falso.

Me tumbo en mi suelo blanco mirando los puntos de luz. Las estrellas son lo único que se sale de este molde… No tienen orden, no están colocadas; y cada noche las constelaciones se mueven… Pero la luz de la bombilla alógena a la que llamamos Sol destroza el único espectáculo espontáneo de nuestro mundo.

Vuelvo a mi tarea…

A A A A A A (no debo pensar) A A A A A A A A A A (no quiero que esos monstruos mueran por desear matarme a mí) A A A A A A A A A A A A A (¿pero qué mierda de mundo es este?) A A A A A A A A A A A (no debo desconcentrarme, o la siguiente “A” me saldrá torcida y seré castigada) A A A A A A A A A A A A A A A A (¡qué perfecta es nuestra comunidad!) A A A A A A A A A A A A A A (¡qué obra tan simétrica ha formado el carcelero con nuestras cajas!) A A A A A A A A A A A A A A (debo pensar sólo eso) A A A A A A A A A A A A A A (“A A A A A A A A A A…”).

Y de pronto se cae una estrella.

Miro delante de mí. Paro mi bolígrafo.

Un niño está en frente de mí, paseándose por mi caja.

Estoy completamente desconcertada. No puede haber dos humanos en una misma caja. ¿Qué debo hacer? No haré nada. A A A A A A A A A A A A A A A A… El niño mira un momento y yo le miro a él. Azul. Un color que nunca antes había visto. Quiero fundirme en ese color nuevo que tanta calma trasmite, pero el niño aparta la mirada y busca algo más interesante que mirar y hacer. Se acerca a un lateral de la caja y apoya su dedo índice en ella. Quiero preguntarle qué hace…

-¿A A A A A A? –Él me mira confundido. No entiende mi primitivo lenguaje. Vuelvo a intentarlo. -¿A A A A A A? –Sigue sin entenderme, pero obtengo mi respuesta al momento. Con el vaho de su respiración ha dibujado un amplio círculo en el cristal. ¿Un círculo? ¡Este mundo es cuadrado! El temor me invade. ¡¿Qué monstruosidad es esa figura geométrica?! El resto de los humanos también gimen desde sus cajas de cristal oscuro. Enloquecen y se golpean con los cristales aullando de temor y dolor. Las luces se apagan y todo vuelve a tener un único color.

Abro los ojos. Nueva pila de folios y nuevo bolígrafo negro, como cada mañana. ¿Habrá sido un sueño? No puede ser, los sueños aquí no existen. Me fijo un poco mejor y vuelvo a ver al niño de ojos azules, pero no está en mi caja, sino en la de un humano que está en frente de mí. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? Se pasea bailando sin preocupaciones, desordenando las pilas de papel. Él atraviesa las cajas… No puede ser. No puedo estar imaginándolo porque aquí no existe la imaginación.

Uno de los hombres, presa del pánico, se lanza hacia él con el bolígrafo en la mano con intención de herirle y yo grito para avisarle, pero el niño se muestra completamente indiferente ante él y ante mí. Cierro los ojos para no ver lo peor, pero cuando escucho el sonido de un cuerpo chocando contra el cristal no puedo evitar mirar. El humano ha chocado y ha quedado inconsciente. El niño sigue bailando sin preocupaciones y atraviesa el cuerpo del humano y el cristal como si estuvieran hechos de aire. Él es un Hijo de las Estrellas… no pertenece a este mundo, con lo cual lo que pase en él no le afecta.

Por un momento dejo escapar un largo suspiro… Me siento aliviada… Guau… así que esto es sentir algo. Hasta este momento lo único que podía sentir era miedo y aburrimiento, pero parece que este niño ha hecho que mi lista de sentimientos y emociones empiece a llenarse con algo más que “A A A A A”.

Pero aunque me encantaría seguir mirándole todo el día tengo que continuar con mi labor… A… A… A…

Pasa un día…

Vuelvo a despertar. Espero poder volver a ver al Hijo de las Estrellas…

No puede ser…

Dentro de mi caja hay una caja más pequeña. Un cubo de dos metros cuadrados herméticamente cerrado. El niño está dentro… Con una pequeña pila de hojas y un bolígrafo negro. Es increíble… Él era libre… ¿Cómo es posible que el carcelero haya logrado meterle aquí? O tal vez no fue el carcelero… ¿Tal vez fueron los monstruos? ¿Tal vez fue el propio mundo?

Caigo de rodillas. No. No escribiré. Carcelero, Dios, escucha lo que esta bestia podrida y estúpida que has creado te pide. Por favor, no metas a una criatura libre en este mundo de cajas. Toma mi vida si quieres, aunque no sea mucho, pero no apagues la luz de esta estrella de ojos azules…

Es tarde…

Veo como el niño coge el bolígrafo. No sé muy bien cómo sentirme… Por una parte encajará en este mundo, y por fin podré comprender su comportamiento. Tal vez alcance el estado de “Limbo emocional” del resto y se acople a nuestro modo de vida… Pero no sé si eso es bueno o malo…

Me siento en el suelo y agarro mi bolígrafo… Miro al niño, él aún no ha escrito. De repente coge uno de los folios y hace algo que nadie jamás ha hecho: lo dobla. Como acto instintivo me tapo los oídos, esperando oír a las bestias desgarrarse, pero para mi sorpresa, no oigo nada. Todos le miran con el desacuerdo grabado en el rostro, pero no hacen nada. Actúan más bien como si les diera lástima… Me levanto y tiro el bolígrafo. He descubierto un nuevo sentimiento: la ira.

-¡A A A A A A A A! –les grito. No me entienden, no les entiendo; y el niño tampoco me entiende.

Les odio. Bestias pútridas sin razón ni sentimientos que se abalanzan contra alguien que ven como un débil, cuando ha sido más capaz que ninguno de ellos, simplemente porque no le comprenden. Yo tampoco le comprendo, pero por eso casi le envidio. Pues es mejor no comprender algo irracional que comprender que la racionalidad consiste en ser un perfecto imbécil.

Cuando vuelvo a mirar en el pequeño cubo del niño, veo que con los papeles ha creado nuevos seres…

-Grullas de papel. –dice, pero no entiendo su idioma.

-A A A A A… -respondo. Él tampoco me comprende.

Observo cómo hace esas “Grullas de papel”… Son realmente bellas. Pero cuando termina de hacer lo propio con todos los folios, coge las pequeñas aves blancas y las destroza. Siento pena por ellas. ¿Por qué ha hecho eso? Le miro a los ojos… Qué difícil es pensar… Qué difícil es imaginar… Qué difícil es comprender a alguien cuya lógica no tiene nada que ver con la lógica del resto del mundo…

Entonces te levantas y, simplemente, sales de la caja… Te alejas bailando sin preocupación… Pero antes de salir de mi caja, me miras a los ojos y… sonríes.

Con que esto es la felicidad…

Así es mi hermano, autista. En un mundo coordinado por miles de reglas, responsabilidades y lógicas inútiles sin sentido él tiene su propia forma de verlo todo. Nadie le entiende y él no entiende a nadie… Ese es su don, y su maldición. Tal vez nunca pueda encajar en este mundo que han creado los humanos, pero tiene algo que el resto no tenemos: un potencial capaz de cambiar realmente el mundo, mientras que los demás sólo podemos limitarnos a mirar. Él puede decidir no hacer nada, ni por integrarse ni por desarrollarse; puede lograr auténticas maravillas, pero… también puede destruirlo todo.

Le miro y puedo ver el poder que oculta su mirada… que se pierde en su Mundo de Estrellas, intocable desde aquí… Mi pequeña estrellita, no debiste caer en este mundo, todo será más difícil si permaneces aquí… Pero aunque no te comprenda, aunque pueda temerte… Pienso protegerte. Tal vez nunca puedas ocupar tu lugar en tu mundo, en el firmamento… Pero tal vez Dios te haya hecho de forma diferente que al resto para que puedas ser tú quien decida qué camino seguir.

Yo seguiré en mi caja… Esperando para siempre poder verte brillar.