Intermente

JAIME B.

INTERMENTE

Estoy tumbado sobre un diván bauhaus junto a un psicoanalista japonés cuya mirada se pierde en la penumbra. Hay una lámpara giratoria que produce sombras que cambian y marean a las paredes de la salita; el atardecer es anaranjado e infernal y se cuela por los pequeños ojos entornados de una persiana. Un mantra electrónico se emite desde dos altavoces situados donde debería estar la cabeza de unos perros de escayola a tamaño real. Todo es complejamente geométrico; hay monitores y cables con ventosas que se enredan y se adhieren a unos brazos y un pecho que empiezo a identificar como míos. El doctor enciende una pantalla:

Aparecen mi padre y mi madre, muy jóvenes, en una habitación con una cálida iluminación. Mi padre (tiene un bigote) zarandea repetidas veces con su mano el glúteo de mi madre. Ambos están desnudos. Su postura es inverosímil: mi madre está de rodillas, le da la espalda a mi padre, agarrando con las dos manos el cabecero de la cama mientras mi padre, detrás de ella, la golpea violentamente con su pelvis emitiendo como un plac, plac, plac muy sonoro. Mi madre hace aspavientos con la cara y se le retuercen todos los músculos en un amplio catálogo de muecas dolorosas que acompaña de unos gritos del todo desproporcionados. En un momento dado, mi padre agarra un mechón rizado del pelo de mi madre y se lo enrolla en una mano, y después tira hacia atrás con energía. Como resultado, mi madre queda mirando hacia el techo, con el cuello tan estirado que puede verse un bulto a punto de romper la piel. Entonces, desde la visión subjetiva de la cámara –es decir, desde la mía– surge la voz de un niño que dice Papá, ¿qué haces?

–Señor Cash –el japo apaga el monitor aguantándose la risa–, ¿qué puede decirme de esto?

–Sepa usted –respondo–, que aunque alguno de los suyos haya inventado ese chisme horrible con el que graban los recuerdos de la gente, a mí el psicoanálisis me parece mierda pura; y que preferiría meterme a predicar en una iglesia evangélica antes que comentar con usted esas imágenes que pertenecen a mi estricta intimidad.

El mundo es de Asia. Cuando estos cabrones se hicieron con la mitad del globo lo trajeron todo en cajas, debajo del brazo. Trajeron las hipnocámaras y los malditos PBs, el Chip Babeliano para la Traducción Simultánea Google Babelian®, o el GPS integrado Google Aleph® y toda esa basura carísima. Su aportación fundamental fue incrustar quirúrgicamente la tecnología californiana en las molleras de la gente que podía pagarlo; pero de allí no salían superhombres sino inútiles, gente a la que ya le costaba manejarse con un cerebro simple y a la que lógicamente la omnisciencia les quedaba grande. A esto se le llamó el InterMind, o la Intermente. El Babelian, por ejemplo, es la versión integrada del antiguo traductor. Uno aprende su lengua madre y después se hace implantar esa especie de araña en el hemisferio izquierdo del cerebro que reconoce y traduce absolutamente cualquier idioma a tiempo real. Por eso ahora uno ni siquiera puede despotricar a gusto sobre los sayonaras sin temor a que le entiendan; se sabe que ellos lo van a escuchar todo en su idioma de mierda.

–Señor Cash –el doctor carraspea intentando recuperar la compostura–, debe saber que el contenido de Su Subconsciente está perfectamente a salvo por la Ley de Protección de Datos 7743-B así como por mi Juramento Hipocrático; y que un servidor solo intenta cumplir con su obligación, nada más.

He dedicado media vida a demostrar que la mayoría de nuestros problemas están ahí, flotando en el aire; que uno se pone alegre o triste en virtud de la mierda que respira. Soy físico atmosférico. El físico atmosférico que demostró cómo el impacto tecnológico había producido un desequilibrio eléctrico a escala global, y que había una enorme congestión de iones positivos en determinadas zonas del planeta; el que demostró cómo este tipo de atmósferas eran caldo de cultivo para el insomnio, la irritación, la angustia y la depresión; que todo eso tiene más que ver con la carga de los electrones que con la psicología. Y aquí estoy, en una tumbona que huele a cuero barato soportando las diatribas neo-freudianas al estilo Japan que el gobierno quiere meternos a todos en la cabeza.

–Muy bien. Son mis padres. Están haciendo el amor. Debía tener tres o cuatro años. ¿Hay algo importante que extraer de aquí? Usted no lo entiende, porque es asiático. ¿Sabe cómo follan los asiáticos? Primero miran en un catálogo de Ikea si la prefieren rubia o morena; después la encargan por internet y esperan que les llegue a casa en una caja plastificada; entonces pasan la tarde en camisa de tirantes, ensamblando piernas con caderas, sacando brillo a un globo ocular, o atornillando dientes; finalmente le introducen una batería de litio en el cogote y pulsan un botón; pero, para cuando el engendro Barbie despierta, están tan sudados y cansados que ya no se les levanta; así que vuelven a apagarla y la tiran con desprecio al armario de las escobas. ¿Es usted uno de esos? ¿Se la ponen tiesa los maniquíes de silicona? ¿Le va la droidefilia?

La borrachera tecnológica impidió que la gente viera lo que había en realidad detrás de la Intermente. En seguida me di cuenta de que los chismes que implantaban en los cerebros de la gente eran especialmente cargantes para la atmósfera. En las poblaciones más ricas donde la gente podía permitirse los implantes, detecté una presencia desmesurada de iones positivos. En cierto modo, era como si la gente portase una nube depresiva girando alrededor de la cabeza.

–Señor Cash, usted sabe por qué motivo está aquí y no lo está poniendo nada fácil.

Aprovechando los soportes cerebrales inventados por los sayonaras, ideé un modelo de ionizador integrado. Uno de esos chismes que bombardean la atmósfera con iones de signo opuesto para generar un ambiente agradable y fresco, pero transformado en un microscópico órgano artificial que se instalaba en la piel y aprovechaba las glándulas del sudor. Mi proyecto garantizaba una disminución de más del 70% en el índice de suicidios y depresión si en cada pack de Intermente se incluía uno de mis ionizadores. Los chicos del equipo lo llamaban El Desamargador, porque eso era básicamente lo que hacía: te desamargaba. Una facción importante de Google Intermind® se entusiasmó con el modelo. Estaban dispuestos a apostar por él y a darnos la financiación suficiente para desarrollar el prototipo. Cuando llevábamos ya casi un año en el laboratorio y el equipo de bio-ingeniería estaba a punto de concluir el primer diseño, de repente un directivo nos anunció que la compañía rechazaba absurdamente nuestro proyecto. Traté de explicarles sin éxito que era fundamental, que solucionaba una de las deficiencias básicas de su sistema, que salvaría vidas.

–Usted está acusado, por el momento, de más de treinta homicidios; tengo ahí fuera a doscientas personas en estado comatoso que, por su bien, espero que sobrevivan; y usted está aquí perdiendo nuestro tiempo con estúpidas bromas racistas.

–Caballero –le digo–, aquí los únicos que matan gente son ustedes. Ustedes saben perfectamente para qué está siendo utilizada la Intermente.

Uno de los accionistas menores de Google Intermind corrió el bulo de que tres cuartas partes de la empresa habían sido compradas por un conglomerado enorme de industrias farmacéuticas. Probablemente se trata de la multinacional económicamente más potente que jamás haya existido. Los casos de depresión, unidos a otras patologías de muy diferente rango y tipo aumentaron exponencialmente. Luché durante un año para abrir los ojos a la compañía, para mostrarles que ellos mismos estaban causando enfermedades psicológicas, que necesitaban tomar medidas contra el desajuste iónico que generaban sus productos. Mi error fue, por supuesto, pensar que aquello era una cuestión de ignorancia.

–Señor Cash, llevamos dos semanas utilizando la hipnocam con usted y no nos ha dado ni una regresión útil que permita corroborar su historia. Ya le hemos dado suficiente cancha.

La Intermente estaba siendo usada por las farmacéuticas para inducir en los usuarios las mismas depresiones para las que después vendían sus medicamentos. Mis chicos y yo estábamos a punto de demostrarlo cuando ocurrió El Desastre. Algo debió descontrolarse en el servidor central Google Intermind: los suicidios masivos en Turku y Reikiavik, el desfile de harakiris públicos en Tokio, los Atentados Por Diversión en Francia, la Razón replegándose a sí misma y dándose muerte sobre el charco de su propia molicie. La Intermente había sido pensada como uno de esos hongos que poseen a las hormigas a través de esporas y las llevan como zombies allí donde quieren; solo que esta vez las hormigas habían enloquecido. Yo mismo caí en coma durante un mes, hasta que me despertaron en este sitio. Al principio ni siquiera recordaba quién era.

–Ustedes no están buscando la verdad. Están buscando un cabeza de turco para limpiar sus conciencias.

–Señor Cash, ¿no es cierto que pertenece a la sección ciberterrorista del Frente Anti-Asiático? ¿No es cierto que es usted un informático racista con delirios mesiánicos que se sintió frustrado al ver que sus colegas los japos se adelantaban a su proyecto? ¿NO ES CIERTO QUE USTED Y SU EQUIPO INTRODUJERON UN VIRUS EN EL SERVIDOR CENTRAL DE LA INTERMENTE Y QUE HAN DESTROZADO LA VIDA DE CIENTOS DE PERSONAS?

–¡CÁLLESE! ¡Yo nunca haría algo así!

–Le diré una cosa. Desde que usted despertó de su coma no ha parado de inventar historias sobre usted mismo. Unos días es científico atmosférico y otros médico sin fronteras. Al principio estuve dispuesto a aceptar que usted no recordaba quién era, por eso le sometimos a la hipnocam. Pensábamos que si a través de la hipnosis lográbamos recuperar algunos de sus recuerdos y proyectárselos en vídeo usted recuperaría la identidad y entonces podríamos juzgarle. Ahora me doy cuenta de que usted se niega a recuperar su identidad, simplemente nos sigue el juego hasta donde quiere.

–Us…ustedes…ustedes no buscan la verdad.

–¿Sabe otra cosa, señor Cash? ¿Recuerda ese vídeo que ha visto hace diez minutos y que usted pensaba que se trataba de un recuerdo de sus padres?

–…

–Era una película porno.

De hombres y dioses

RODOLFO SANTAMARÍA

De hombres y dioses

– Necesito tiempo para calcular el salto.

– No nos queda tiempo, salta, adonde sea, moriremos abrasados por el sol sino saltamos. ¡¡SALTA!!

Sus voces resonaban por encima de las alarmas de la nave, obligandoles a hablar casi a gritos, acerco el dedo al teclado y miro al capitán, sudaba a mares en aquella pequeña cabina de pilotaje, allí afuera el sol se hacia cada vez mas grande, sin control del timón no quedaba mas remedio, el medidor de radiación estaba al limite, respiro hondo y apretó la confirmación del salto espacial.

Un crujido terrorífico recorrió la nave como si fuera a partirse en dos, cayo al suelo y se hizo la oscuridad.

El destello rojo de las pantallas lo despertó, las palabras se encontraban en todas las pantallas, “ALERTA, FALLO GENERAL”

– Por todas las galaxias, estamos prácticamente a la deriva, es un milagro que la nave aun no se haya desintegrado.- El capitán Bradoc se encontraba sentado mirando la pantalla mientras sus dedos y los datos volaban bajo sus ojos.

Se sentó en su asiento y empezó a verificar los sistemas de la nave, solo el soporto vital estaba intacto, del interior de la nave no se veía nada, del motín tampoco, aquella nave transportaba los peores criminales de la galaxia a Septus I, el planeta-prisión.

– ¡¡NOOO!!, los motores han explotado – los datos aparecían con tal velocidad que apenas le daba tiempo a analizarlo – toda la sección de maquinas a estallado, el sistema de emergencia no ha logrado sellar todas las compuertas de seguridad, estamos muertos, ¡estamos muertos!.

– Estamos atravesando un sistema solar tal vez alguno de sus cuerpos pueda servirnos como puerto.- A pesar de la seguridad de la voz del capitán no pudo evitar responderle – Capitán no tenemos motores ni timón.

– Tenemos los motores gravitatorios, pasaremos toda la energía al motor de estribor, creo que ya he localizado un planeta donde podemos aterrizar.

– Pero capitán, sin la energía gravitatoria de los motores no podremos volver a despegar, tal vez ni tendremos suficiente para aterrizar, estaremos condenados de por vida en esa roca.

– No tenemos otra solución, enciende los motores gravitatorios a toda potencia.

Dos minutos después el planeta ya abarcaba casi todo su vista, la nave temblaba de la fuerza de los motores gravitatorios, una pequeña señal de alerta de comunicación exterior se activo en los paneles para su sorpresa.

– Capitán hay vida en este planeta, no logro identificar el mensaje, pero esta claro que han contactado con nosotros.

Justo cuando el capitán se dirigía a contestarle la nave entro en la pesada atmósfera de aquel extraño planeta y el infierno golpeo la nave.

Lo único que recordaba de aquellos terribles segundos es que gritaba de dolor, la nave temblaba como si algo la retorciera, como si una enorme mano intentara apretarla, el sonido y la presión eran tan fuerte que poco le falto para perder el conocimiento, agarro los mandos con fuerza y se hizo fuerte en un solo pensamiento, tenia que aterrizar, pocos segundos le bastaron para elegir un sitio adecuado, el morro de la nave golpeo violentamente lo que era una enorme duna de arena, se levanto y volvió a caer ya sin remedio.

Su siguiente visión era borrosa, era llevado en brazos por un largo pasillo, y de pronto una luz cegadora impactaba en sus ojos, sintió aquella luz y su calor en su piel y su traje, resultaba ser hasta embriagador aquel calor, hasta que lo tumbaron en la ardiente arena y finalizo su aturdimiento.

Allí a su lado estaba el capitán, muerto, la mitad de su frente se encontraba hundida y amoratada, alrededor había docenas de muertos y heridos, prisioneros y guardias mezclados por igual, también encontró entre ellos miembros de su tripulación, entre aquel aparente caos encontró un preocupante orden, en ambos lados de aquel campamento y hospital de urgencia se encontraban las bases de ambos antagónicos grupos, los prisioneros y los guardias.

Mientras se dirigía aun tambaleante hacia los guardias no pudo evitar mirar a su alrededor, allí en aquel elevado promontorio donde la nave aun humeaba, observo aquel mundo, docenas de pequeños lagos y pequeñas arboledas rodeados de una dorada arena llenaban toda su visión, y en el horizonte se dislumbraba un gran rio, cientos de aves de todas las clases revoloteaban por aquel pequeño paraíso. Dando la espalda a aquella visión volvió la vista a la destruida nave, mas de un kilometro de rastro había dejado la nave en aquel desierto, como una enorme herida que poco a poco el viento y la arena iban cerrando, el casco estaba negro, achicharrado por la violenta entrada en la atmósfera, pequeñas humaredas salían despedidos hacia el cielo, sin motores ni energía en los motores gravitatorios era imposible levantar a aquel enorme titan hacia el cielo.

Se sentó y pensó en su situación, aquel salto de emergencia a ciegas tan cerca de una estrella podía haberles enviado casi a cualquier lugar del espacio. Podría pasar mucho tiempo hasta que alguien reciba la señal de socorro, tal vez aquella leve señal que provenía del planeta podría ayudarles.

Minutos después se levanto con una mala sensación al ver como un pequeño grupo de presos y de guardias discutían apartados del resto y se acerco ellos, sus sensaciones se vieron refutadas al descubrir al jefe de los guardias en aquel grupo y oír algo sobre condiciones de un pacto, no lo podía permitir, ahora era el capitán, no permitiría mas motines ni insubordinaciones, saco su arma e interrumpió a gritos en aquella reunión.

– Sargento Charos, que esta haciendo, la ley espacial me convierte en el máximo dirigente tras la muerte del capitán, arreste inmediatamente a estos presos y ponga al resto bajo custodia de los guardias.- Las miradas de aquellos hombres le causo un grave desconcierto, Charos le miro de forma dura como estudiandole.

– Creo Teniente que ha llegado tarde, estos hombres ya han elegido su destino. – Aquel hombre que hablaba era uno de los presos, ante su sorpresa lo reconoció en apenas unos segundos, era el capitán pirata Arkan, uno de los criminales mas buscados de la galaxia.

No fue lo suficiente rápido, a pesar de que por el rabillo del ojo se percato de un leve movimiento, no pudo evitar que aquel rayo rompiera el silencio, todos aquellos que podían moverse miraron hacia aquel lugar, el fuerte ruido había salido del arma del sargento Charos, el cuerpo del teniente se desplomo en la arena con media cabeza desintegrada.

– Querías una prueba de fe, aquí la tienes.- Trono Charos mirando al capitán Arkan con desprecio.

– Si, creo que me vale.- Sonrió Arkan mientras se daba la vuelta y se alejaba de aquel cuerpo muerto.

Charos Chronos se quedo observando el cadáver del teniente unos segundos, aquel pobre desgraciado no entendió que los guardias destinados a aquella prisión eran también en cierta forma prisioneros, casi todos habían sido obligados a servir en ese funesto planeta por culpa de errores en el servicio o insubordinaciones, en su caso había insultado a un superior, ocho años no parecía mucho, sino fuera por que según las estadísticas casi la mitad de los guardias que servían en aquel planeta-prisión moría antes de cumplir su contrato. Ya no era joven, pero no pensaba morir en alguna pelea absurda o algún motín de prisioneros en aquella horrible prisión, este perdido planeta era su segunda oportunidad de vivir sus últimos años con cierta paz y libertad, casi todos sus compañeros pensaban lo mismo.

Finalmente terminaron de sacar a todos los muertos y heridos de la nave, y todo aquel material que podía ser útil, armas, comida, e incluso varias plataformas de desplazamiento. La tarde terminaba y aquel ardiente sol empezaba a perder fuerza, el capitán Arkan llamo a los presos y empezó a transportarlos a los puntos acordados por todo el planeta, los problemas quedaron barridos cuando se descubrió que en aquel planeta habitaban humanos como ellos, mas bajos y menos corpulentos, pero sobre todo tecnológicamente inferiores y vivían en la edad de piedra, aquellos presos destinados a morir en una prisión, con sus conocimientos eran lobos entre ovejas, o peor aun dioses entre hombres.

Los primeros en irse fueron los mas peligrosos, los violadores, los asesinos y demás escorias, fueron enviados lo mas lejos posible, al otro lado del mar. Los últimos fueron la extensa familia Rag-a-rok, sus misticismos y sus extrañas leyes los habían convertido en una peligrosa secta a la que la estricta sociedad galáctica tenia que destruir, entre ellos el padre y líder de aquella organizacion, de nombre Oidin, caminaba con una fuerte venda sobre la cabeza empapada en sangre, detrás de el sus dos hijos, Thor y Loki, junto con ellos les seguía mas de 30 de sus miembros entre hombres y mujeres, su destino era muy al norte, fue deseo expreso de Oidin, le gustaba el hielo, le gustaba el frío.

Los siguientes fueron los guardias con Charos Chronos a la cabeza, Arkan los amenazo, no podrían pisar aquella tierra ni acercarse a la nave, cuando también se fueron reunió a los suyos, tenían que olvidarse de sus nombres, ya no eran piratas, e incluso el mismo tenia que desaparecer, a partir de ahora se le conocería por su nombre de pila, Anubis, ya de noche se dirigieron a aquel lejano río al que los nativos de aquel planeta llamaban Niilo.

Virus

MARLY SANTANA GARCIA

Virus

Vida en otros mundos, en los mundos que habitan dentro del mundo, mundos de dolor y de muerte; en donde la vida no es una opción. Mundos donde la sangre llueve, mundos ficticios, donde se viven vidas de teatro, un teatro del absurdo donde las verdades son mudas y las mentiras sinfonías, donde cada uno asume su papel. El personaje más difícil es de los que luchan por poder vivir todos en un único y real mundo, por acabar con la tribuna de espectadores que nos introducen en estos mundos a su antojo, sumergiéndonos inexorablemente en la destrucción.

La vida en estos mundos antes no fue así, en tiempos remotos lo invadió un mal. Este mal que lo aqueja es un virus mortal, pero tiene una ventaja; el virus tiene cura, pues se destruye así mismo, se ataca y finalmente muere. Solo es cuestión de tiempo. Este virus se llama: humanidad.

Señal extraterrestre

NÉSTOR QUADRI

Señal extraterrestre

Si bien trabajaba como modesto empleado haciendo guardia durante las noches en el observatorio, realmente era un experto en informática, que había decidido pasar su vida en soledad, gozando en silencio de la contemplación del universo. Sin embargo, en el fondo de su alma, tenía la ilusión de ser el primer hombre del mundo que lograra descubrir el misterio de la existencia de vida en otros mundos. Esa loca esperanza lo mantenía ansioso y expectante, aunque todos sus esfuerzos siempre habían sido en vano.

Mientras ascendía al observatorio de rastreo espacial, ese día no había podido dormir bien y atacado de un bajón anímico se preguntaba: “¿Y si a pesar de todos esos esfuerzos que está haciendo la humanidad, realmente no había civilizaciones extraterrestres?” Todo era posible, por lo que debía aceptar lo peor y suponer que podían terminar finalmente por no obtener ninguna señal reconocible.

Sin embargo, al acercarse al radiotelescopio óptico fue recuperando algo de ánimo, mientras pensaba si realmente se habría desperdiciado tanto dinero, porque era seguro que más se gastaba en fabricar inútilmente armamentos cada vez más sofisticados, que generaban odio y destrucción. Además, se estaba aumentando constantemente las probabilidades de que las naciones de la tierra se aniquilaran entre sí y tal vez, destruyeran a toda la humanidad.

Al llegar a su lugar de trabajo, reemplazó a su antecesor y se instaló en el centro de control, para la rutinaria vigía de todas las noches. Al iniciar su tarea se quedó durante unos minutos dedicado a la observación del universo, delante de los complejos sistemas de seguimiento del radiotelescopio óptico. En un tiempo físicamente incalculable su angustia se disipó por completo, embargándolo el éxtasis de la belleza del eterno cielo, génesis de toda grandeza, que ahora escudriñaba muy atento, para que apareciera en él alguna señal o imagen de vida.

Sabía que era un ser solitario e insignificante encadenado a este mundo, pero percibía en la paz que lo rodeaba, el inmenso placer de buscar en ese universo majestuoso, algún indicio de vida inteligente.

Si bien esa soledad de su vida alcanzaba durante el día su punto extremo, por las noches, el observatorio era el gran alivio para su desasosiego, mientras era testigo del espectáculo impresionante del esplendor de las constelaciones. Cuando observaba como las estrellas se abrían y cerraban, se agrandaban y achicaban, saltaban y se sumergían como pequeñas luces brillantes sosteniendo el cielo oscuro, sentía que tanta grandeza le conmovía el alma.

El observatorio donde trabajaba, representaba uno de los proyectos de desarrollo pacífico más ambiciosos jamás realizados por la humanidad. Era un radiotelescopio óptico coordinado entre sí, dedicado exclusivamente a la búsqueda de vida extraterrestre. Apuntaba al cielo con una antena de radio y un espejo gigante, hurgando sistemáticamente señales de radio y luz de una civilización alienígena. Era apoyado por una supercomputadora inteligente, superior a todas las concebidas hasta ese momento en el mundo.

El radiotelescopio óptico lo acercaba a nuestra galaxia, con supernovas, púlsar, nebulosas y podía divisar objetos muy lejanos que se encontraban incluso más allá. Podía obtener datos de las galaxias externas como Andrómeda y también los quásares que constituían los misteriosos núcleos en los confines del Universo. En una escala extragaláctica, incluso lo llevaba atrás en el tiempo, hacia el resplandor de fondo del big-bang inicial.

Todo el universo estaba en orden y cada movimiento de los astros tenía un tiempo y un espacio, pero a él en esa sala de control le parecían cuerpos esbeltos que se encendían y apagaban danzando intermitentemente. Eran ya las tres de la madrugada y al ritmo del pequeño zumbido del reloj en la pared, se quedó pensando en el tiempo como dimensión extragaláctica, mientras observaba como el segundero giraba y giraba, sin prisa y sin pausa.

Fue allí, cuando de pronto, durante una vuelta completa del segundero, mágicamente vislumbró que el destino de su vida cambiaría, porque el radiotelescopio óptico captó y grabó durante un minuto, una extraña señal de luz láser.

Al tratar de observar esa luz grabada en el visor del aparato, al principio le apareció borrosa y que no se distinguía. Sin embargo, cuando fue ajustando los controles, la señal se fue haciendo más nítida y brillante. No lo podía creer: ¡Allí estaba! El inmenso radiotelescopio óptico había captado y grabado una débil pero compacta señal de luz, en una pequeña y oscura zona del espacio. Sin salir todavía de su increíble asombro se preguntaba si sería auténtica.

Muy entusiasmado trató de enfocar todos los sistemas de apoyo del radiotelescopio óptico específicamente hacia esa zona del universo, pero la señal ya no estaba allí. Había permanecido visible durante ese minuto y luego desapareció misteriosamente.

Su ánimo mezclaba intriga y emoción en un estado sublime, porque estaba claro que se encontraba ante uno de los acontecimientos más trascendentes de todos los tiempos y era justamente él, quien lo había descubierto.

“¿Qué lejana galaxia podría acunar aquella señal?” “¿Por qué sería tan corta?”, se preguntaba. Le apasionaba saber que en algún lugar de ese horizonte infinito, alguien nos estaba contemplando para que la humanidad no estuviera tan sola.

Sabía lo que debía hacer, se acomodó junto al panel de control y empezó el operativo ya programado, ante el eventual indicio de algún descubrimiento extraordinario. Comenzó a teclear la clave de la secuencia de alarma de urgencia, que había memorizado cuando empezó sus tareas varios años antes. Ese procedimiento pondría en marcha los dispositivos de alarma del observatorio y por otra parte, avisaría a los domicilios de todo el personal directivo y técnico especializado, para que concurriesen inmediatamente al lugar.

Rápidamente completó la clave, pero aún no se animaba a activarla para poner en marcha el sistema, pensando si sería una decisión acertada. Todos esos funcionarios comandarían la investigación y si bien él tenía muchos conocimientos informáticos, sería dejado de lado como un humilde empleado, como si fuera una endeble pieza de un engranaje. De esa manera, perdería esa ansiada posibilidad de ser reconocido y reverenciado en el mundo por dicho descubrimiento. Le invadieron las dudas y comenzó a replantearse si lo haría.

Sentía una necesidad imperiosa de averiguar por sí mismo, quién estaba tratando de atraer la atención o de decir algo al universo. Después de esos primeros instantes de indecisión, no pudo ya contenerse y tomó la determinación de cancelar la operación de emergencia.

Entonces, introduciendo el código secreto que había copiado subrepticiamente hacía algún tiempo, cargó en la supercomputadora toda la información de este descubrimiento. Luego, le impartió la orden para que estudiara cual era su significado y de donde había partido.

Sabía que esa información representaba un reto difícil de resolver para la supercomputadora. Podía ser que no pudiera interpretar esa señal y no lograra obtener más información que la de su existencia. Quizás nunca podría revelar las características del planeta que la enviaba, las que seguramente serían de gran interés y utilidad para los astrónomos “¿Habría realmente material rescatable en esa señal?”, se preguntaba.

De todos modos, aunque la supercomputadora no llegara a ninguna conclusión respecto a su contenido específico, estaba seguro que se podrían obtener ciertas generalizaciones concernientes a las comunicaciones extraterrestres.

En tanto la supercomputadora se debatía tratando de extraer la información, compilando cada una de las partículas de radiación que componían aquel minúsculo indicio de luz. Para ella, era como si fuera un inmenso rompecabezas que no terminaba nunca de armar. Evidentemente la tarea se le tornaba sumamente dificultosa y eran muchas las suposiciones que debía descartar.

Mientras esperaba impaciente la respuesta, pensaba que aunque se lograra una comprensión detallada del mensaje, quizás no se desentrañara lo suficiente como para deducir si la civilización que lo enviaba era pacífica o no. No tenía forma de predecir lo importante que resultarían esos datos, pero indudablemente no podrían ser de ninguna manera inútiles.

La incertidumbre de la espera le carcomía el alma y le asaltó el temor de lo que le pasaría por haber tomado aquella resolución, tratando de resolver el mensaje por su cuenta. Como había trasgredido todos los procedimientos y reglas de seguridad estipuladas, tenía la impresión de ser perseguido por una infinidad de sensaciones invisibles que incansablemente rondaban, acechaban y perturbaban su cerebro.

Para agravar su angustia, la supercomputadora se demoraba y como al amanecer terminaría su turno para ser reemplazado, sería descubierto. Por ello, le requirió que le adelantara la información disponible, pero la misma le contestó que necesitaba más tiempo. Era evidente que ella aún no contaba con los datos necesarios como para dar una respuesta adecuada a la consulta.

Si bien la espera se le hacía insoportable, tenía una enorme curiosidad por el resultado y se encontraba impaciente, porque estaba a punto de tener el orgullo de ser el primer hombre del mundo en descubrir la existencia de otras civilizaciones en el Universo.

Repentinamente, la supercomputadora le informó que todo el análisis realizado había llegado a su fin y estupefacto, vio como la máquina iba emitiendo en la pantalla su mensaje escrito de respuesta.Cuando lo leyó quedó petrificado, entre asombrado y decepcionado mientras se preguntaba: “¿Considerará la humanidad peligroso ese mensaje?” “¿La soberbia humana lo aceptará como verdadero?”. Realmente no lo sabía.

Era una señal emitida un minuto antes de haberse autodestruido, desde un planeta similar a la tierra, que giraba alrededor de la estrella 55Cancri emplazada en la constelación de Cáncer en la Vía Láctea, a una distancia de 41 años luz del Sol.

Contenía un mensaje desesperado, tratando de alertar al universo del peligro de la autodestrucción de cualquier civilización inteligente. Decía que ello era el resultado del proceso natural del desarrollo evolutivo, al avanzar más y más, los métodos y técnicas de confrontación.

Con una gran alegría decidió imprimir el informe, cuando notó que en el visor de la supercomputadora desapareció el mensaje y comenzó a emitir una extraña señal luminosa. De pronto, apareció una indicación diciendo que no encontraba el archivo.

Y por más que lo intentó, a pesar de sus conocimientos informáticos, no pudo localizarlo. Era como si se hubiera metido un virus que había borrado para siempre todo aquel informe.

“Y si realmente se hubieran perdido los datos, ¿le creerían a un transgresor como él?” pensaba. En ese momento de perplejidad, el total silencio que lo rodeaba era sólo remarcado por el minúsculo zumbido del reloj de la sala de control. Y mientras perseguía en su memoria la luz del discernimiento, comenzó a inquietarlo el paulatino incremento del zumbido del reloj.

De pronto, estremecido en lo hondo de su espíritu, comenzó a percibir en el subconsciente unos pasos, que al principio le parecieron bastante lejanos. Pero poco a poco, lo que había estado tan lejos, estuvo cada vez más cerca, hasta que sintió que lo tomaban del hombro y le decían: -¡Vamos, vamos!

Y ante la voz de su reemplazante abrió los ojos y al despertarse, vio nuevamente el reloj con el segundero que giraba, indicando que ya eran las seis de la mañana. Levantó la cabeza y como impulsado por un resorte se incorporó tambaleante, dirigiéndose prestamente a abrir una ventana. Buscaba aspirar un poco de aire fresco, como forma de recuperarse de los efectos del sueño que había tenido.

Como tenía la boca reseca y la sensación que le había dejado aquel sueño aún lo perturbaba, se dirigió luego al bebedero. Vertió una generosa cantidad de agua fresca en un vaso plástico y lo bebió casi de un trago.

Después de pasar unos minutos, poco a poco, su ritmo cardíaco comenzó a normalizarse y la conciencia de la realidad lo fue devolviendo al tiempo presente, que no era otro que el solitario escenario de su vida.

Sin embargo, cuando volvía de regreso a su casa, todavía sentía una cierta inquietud en su alma compungida. Resultaba que el texto de ese mensaje postrero dirigido a las vidas inteligentes del universo, en aquél agitado sueño en la noche del observatorio, le seguía pareciendo verdadero. Pensaba que podría constituir alguna forma desesperada de comunicación extrasensorial extraterrestre, alertando a nuestra humanidad del peligro de su autodestrucción.

Entonces, se hizo firme la promesa que desde la noche siguiente en su solitaria vida en el observatorio, con el radiotelescopio óptico se dedicaría con mucho más voluntad todavía, a verificar la aparición de alguna señal extraterrestre. Apuntaría directamente a la zona de los planetas que giraban alrededor de la estrella 55Cancri emplazada en la constelación de Cáncer en la Vía Láctea, a una distancia de 41 años luz del Sol.

Dos mundos, un amor

JHUSUN

Dos mundos, un amor

¡Qué tremenda explosión de viajantes a Escocia! Ya en toda Europa, e incluso del otro lado del Atlántico se hablaba de Dundee y no precisamente por ser la primera ciudad en el mundo que tuvo su propio sistema de alumbrado público. Todos llegaban para hacer cola a las puertas de una pequeña librería al norte de la localidad, cada uno quería comprar y al mismo tiempo verificar lo que se hablaba de los libros que allí vendían.

—Déme cualquier novela de Agatha Cristhie —solicitó una muchacha rubia de pelo largo que pacientemente había esperado su turno.

De inmediato comenzó a hojear el libro buscando la página en blanco que, según todos anunciaban, te proporcionaba el «negocio» con la parca.

Ella quería «morir». Solo había pasado un mes del accidente de su novio y necesitaba verlo.Para eso era necesario pasar al otro mundo. ¡Ahí estaba la página sin letras! Antes de las tres de la tarde debía leer los dos últimos párrafos de la página anterior para, exactamente a esa hora ser insertada en el mundo de los muertos.

¿¡Miguel…, Miguel…?! —temerosamente llamaba la muchacha, arrepentida quizás de entrar e ese enigmático espacio del que nadie había regresado.

En realidad esperaba algo diferente: fantasmas moviéndose sin parar y ocultándose a la vista, ánimas elevándose del suelo, oscuridad paradójica, en fin, no lo que tenía frente a ella.

Se encontraba en el centro de un parque (sin árboles, solo con bancos, áreas de estar y precioso césped) donde jugaban decenas de niños. Ella comenzó a caminar entre los pequeños. La plaza se le hacía infinita cuando escuchó su nombre:

—¡Jennedit!

Al voltear la cabeza lo vio. Miguel se le acercaba con un tremendo regocijo que fue haciéndose más pequeño hasta desaparecer totalmente cuando la abrazó.

—¡Cómo pudo suceder mi amor! ¿Cómo es que estás muerta?

—¡No cariño, no lo estoy! Escúchame.

Caminaron lentamente hasta uno de los bancos mientras Jennedit le explicaba a su novio cómo había llegado al mundo de los muertos.

Él se resistía a creerle, pero ¿podía haber alguna cosa inverosímil allí? Entonces la tomó por los brazos y corrieron largo tiempo (si es que este puede medirse en ese lugar).

—Te llevo a conocer dónde vivo… —la frase sonó un tanto anómala para los dos pero no dejaron de correr.

—¿Estás cansada Dit? —así la llamaba él cuando compartían a solas momentos de amor—. Estamos tan lejos porque en ocasiones salgo a correr sin parar y de esa forma no pienso en nosotros, en mamá, en…

—¡Gracias a eso me encontraste en aquel parque de niños! —lo interrumpió ella que ya jadeaba un poco.

—En ese montículo nos detenemos para que veas mi casita desde lo alto.

Hermoso paisaje veía Jennedit abrazada de su novio, ¿estaba realmente en el mundo de los muertos? No dejaba de hacerse esa pregunta.

—Es aquella de allí, la del jardín amarillo. Son girasoles, que le gustan mucho a mi amigo.

—¿Vives con alguien?

—Sí, y nos está esperando.

Ella casi pregunta cómo le avisó a su amigo, pero recordó que estaba en el país de los muertos. Muy cansada entró a la casa.

—¡No puede ser Miguel! ¡Fue él…

Jennedit se encontraba delante del irresponsable que no había respetado la luz roja del semáforo provocando el accidente que la dejó sin su Miguel. Ese muchacho había estado en coma casi una semana y ella lo odió todo ese tiempo, imploró siempre porque no muriera para decirle algún día cuánto odio le tenía.

—¿Cómo puedes mi amor? Ese fue quien nos separó…, él te mató a ti…, y a mí… —los sollozos no cesaban.

—Siéntate cariño, siéntate. Ahora te lo aclaro todo.

Intentando transmitir tranquilidad Miguel le explicó que aquella era una comarca donde convivían los muertos por accidentes (de cualquier tipo), menos los niños y los ya muy ancianos. Se trataba de agruparlos por el motivo de la muerte; si la fatalidad múltiple la que los llevó allí, provocando muchas muertes, (un choque de trenes, la caída de un avión), entonces todos ellos se reunían en un barrio que bautizaban con el nombre del lugar donde esta ocurrió.

Ella intentó hablar pero un gesto de Miguel la detuvo.

—En un caso como el mío, donde solo perdimos la vida dos personas, pues hacemos esto, convivimos, nos perdonamos, nos hacemos amigos. En fin, ¿puedes decirme para qué odiarnos o enemistarnos en este lugar donde en realidad sí somos todos iguales?

Jennedit no dejaba de mirarlos, ni de llorar. Tenía que entender que Miguel decía la verdad. Allá, fuera del libro, de la página en blanco que la llevó hasta su novio, el odio se imponía. Entonces, ¿era mejor estar muerta? La confusión comenzó a mellar su mente, ¿regresaría?

—Por supuesto que vas a volver Dit —ante su asombro—. Recuerda que estoy muerto y puedo entrar en tu mente mi amor —la miró un momento—, y sí, hay mucho resentimiento allá, las personas se maltratan, se matan; pero también hay amor, ¿o no era amor lo que sentíamos?

—¡Pero aquí es tan bello! Tú y él de amigos mientras sus familias están irreconciliablemente enemistadas.

—Ellos irán llegando, y comprenderán —eso lo dijo el muchacho que por llegar temprano a una fiesta no respetó el semáforo—, yo iba rebuscando en mi mente qué decirle a Miriam para obtener un sí a mi propuesta de unirnos en la vida, y mira, ahora tengo que esperar que ella llegue acá —una pausa—, eso si no lo hace de abuela.

Los tres rieron y por fin Jennedit aceptó el té que había preparado Miguel mientras su amigo hablaba.

—¿Descansarás un rato Dit?

—¿Descansar? Para nada, en la librería dejan bien claro que solo podemos estar acá diez personas vivas. Y no sé cuántos habrán encontrado ya la página en blanco después que yo lo hice —un suspiro antes de continuar—. Cientos quieren hacerlo.

—Entonces no sabremos cuándo te irás.

—Por eso no podemos descansar. Quiero ver más de tu mundo.

En el otro, el de los vivos, todos se figuraban este de una manera diferente, pero ella estaba segura que nadie lo imaginaba así, tan bello.

Había animales; ellos también morían. Jennedit pudo acariciar un cocodrilo que daba muestras de sentir su mano, tal y como hacen los gatos y perros cuando son arrullados. No se asustó con las ranas y, ¡algunos dinosaurios comieron de su mano!

Deslumbrada estaba la joven al escuchar la pregunta de Miguel:

—¿Recuerdas adónde íbamos cuando chocamos con mi amigo?

Tardó un poco en responder, quizás no esperaba la pregunta.

—A tu casa…

—¿Y a qué?

De nuevo unos segundos.

—Busquemos un lugar hermoso mi amor.

Encontraron un manantial que brotaba pequeño y transparente junto a unos árboles y allí comenzaron a besarse. Para ambos fue un poco incómodo al principio; ella tenía que adaptarse a una energía, un aliento y él a la materia pura. Pero cada uno en su espacio existía y el amor pudo unir ambos mundos.

El suspiro de la muchacha morena llamó la atención de todos los que estaban en la cola.

—¡Por fin! —dijo la joven colocando el dinero sobre la mesa para inmediatamente solicitar un ejemplar de las Crónicas Marcianas de Bradbury.

Con el dedo recorrió las páginas buscando la que no estaba escrita y comenzó a leer casi en voz alta los dos últimos párrafos de la anterior; ella estaba muy feliz pero no imaginaba que al terminar su lectura separaría dos mundos y un gran amor.

Respuestas desde Venus

PABLO BATANERO HERAS

Respuestas desde Venus

Siempre de pequeño miraba las estrellas con fascinación, mi abuelo había sido un famoso astronauta que hizo un viaje a varios satélites con la misión de hacer pruebas sobre la vida vegetal y animal con gravedad cero, y me contaba lo fascinante que era ver la tierra desde el espacio y ver la inmensa bola azul en la que vivíamos todos.

A mí me fascinaba oír sus historias acerca de cómo iban rotando alrededor de la tierra, y de lo cerca que estaba de la luna y sus cráteres, y como veían pasar meteoritos en la lejanía, sus historias eran increíbles, y yo no paraba de imaginarme allí en una nave espacial haciendo el trabajo que él había hecho muchos años antes.

Con un abuelo con este trabajo, mi padre se hizo científico, no podía ser de otra manera, pero no un científico cualquiera, uno encargado de buscar explicación al misterio que representaba el espacio exterior.

Así que incitado por las historias de mi abuelo, y de relatos sobre naves espaciales y según él alucinaciones a causa de la gravedad cero, un día mi padre le pidió que le contase con todo detalle acerca de sus alucinaciones. Mi abuelo decía que cuando todo estaba en calma y habían realizado sus tareas y se dedicaban a observar a través de los cristales de la nave, les parecía ver naves que iban y venían y se quedaban observando la tierra, incluso les parecía ver sombras en los reflejos de la nave, como quien pasa por la ventana tomando notas, el abuelo siempre dijo que eso era a causa del oxígeno de la nave, de la mala alimentación y de la falta de la familia, pero mi padre no lo creía así, él era de la opinión que el universo era muy grande como para que solo estuviésemos nosotros en la tierra como única forma de vida inteligente.

Corría el año 2081 y yo acababa de nacer, mi padre con la alegría de su primer hijo y de las visiones del abuelo se lanzó en la carrera de hallar vida en el espacio exterior y de contactar con ellos.

Presentó sus ideas claramente a muchos gobiernos, y su carácter fuerte y seguro hizo que confiaran en él y recibiera una gran suma de muchas instituciones, lo que provocó que se hiciera con un magnífico grupo de científicos que durante los primeros diez años crearon las más sofisticadas máquinas de audición, visión y toma de contacto de nuestro planeta.

La siguiente década fue la más dura, ya que tras 15 años no obtuvieron apenas resultados y ciertos integrantes del grupo abandonaron desilusionados por el fracaso y lo peor de todo, muchas instituciones y gobiernos les abandonaros, solo quedaron los más optimistas y los Países que tenían dinero suficiente para seguir apoyándolos y el ideal de encontrar nueva tierra que conquistar ya que la Tierra se estaba comenzando en convertir en un sitio insostenible donde vivir.

El veinteavo año mi padre llegaba destrozado a casa y nos contaba todo a mi abuelo y a mí, buscando palabras amable que le ayudasen a seguir y yo con mis 20 años y estudiando varias carreras era un idealista y le dije a mi padre que si se le había ocurrido mirar en Venus y en Marte, mi padre con arrogancia me dijo que Marte y Venus ya habían sido estudiados hacía muchos años, que era una tontería, yo le contesté que era más difícil encontrar vida en la lejanía que en planetas más cercanos, y que no se debería fiar de los estudios que se hicieron hacía 100 años, que no tenían los mismos medios que nosotros, mi abuelo, ya muy mayor, le dijo que yo tenía razón, y que debería intentarlo inmediatamente, que iban a cerrar el proyecto y que esa era su única y última opción.

Mi padre me metió en el proyecto como joven en prácticas, a la vez que seguía cursando mis carreras, y a los dos meses de estar allí forzando la maquinaria para investigar Venus y Marte, se produjo el milagro…habíamos encontrado algo en Venus.

Los estudios anteriores no conseguían llegar a Venus con robots espaciales porque ardían por la cercanía al Sol, y por la misma razón no conseguían ver nada, pero se nos ocurrió escuchar con sondas e inventar unas lentes especiales, y vimos que sí que había vida.

Supusimos que serían seres con un aguante increíble al Sol y al calor, pero no era así, era seres que habían creado una gran protección a lo largo y ancho del planeta, como una capa de ozono, pero mucho más perfeccionada, casi como una cúpula protectora de lo que pudiera llegar desde el espacio exterior.

Corría el año 2107 cuando tras muchos mensajes en todo tipo de lenguas, con números, con música, con dibujos y al final se recibió la contestación de uno de ellos, lo contestaron en todos los idiomas que se lo habíamos enviado, parecía que con los mensajes habían aprendido nuestros idiomas, nos quedamos perplejos y fascinados, rápidamente dimos la noticia a las diferentes instituciones que nos financiaban, la noticia se filtró y ahora todos los Países querían aportar para poder pertenecer a este avance en la historia del Universo.

Tantos años buscando y ahora que sabíamos que había alguien al otro lado no sabíamos que preguntarles, así que yo propuse que porque no nos presentábamos, les contábamos quienes éramos, y como éramos, dije de hablar con ellos como quien va a una cita a ciegas, todos se echaron a reír, pero yo dije que si tenían otra idea y se produjo el silencio, de esta manera como quien está tomando un café, nos pusimos a hablar con los Venusianos y se descubrieron cosas increíbles.

Eran unos seres que respiraban un aire similar al nuestro, gracias a su cúpula protectora tenían un Planeta con unos grados centígrados similares a los nuestros, tenían fenómenos atmosféricos, tenían necesidades alimentarias, su especie era la dominante y tenían subespecies que utilizaban para su alimentación y vida, y llevaban gobernando su mundo 20.000 años, o sea que estaban más avanzados que nosotros, de hecho nos dijeron que ellos si conocían de nuestra existencia, pero que no creyeron recomendable hacía siglos darse a conocer por el revuelo que hubieran causado, no estábamos preparados.

En el 2108 ellos conocían muchísimos detalles de nosotros y nosotros de ellos, y nos enseñaron como arreglar la capa de ozono, como mejorar en aspectos científicos, subsanar el problema de la energía, pero nunca nos decían ni que armamento tenían, ni era su aspecto físico, esto empezó a disgustar a la población mundial porque comenzaron a tener miedo de si querrían atacarnos o si su forma física era aterradora.

Tres puntos comenzaron a obsesionarnos, como eran, de que armamento disponían, y porque no nos decían como poder hacer viajes en el espacio exterior de forma segura y si ellos eran capaces de hacerlos…y pasaba el tiempo y seguían sin decírnoslo, pero mientras nos ayudaban a mejorar en todos los demás aspectos de nuestro mundo.

Para el 2114 habían hecho de nuestro planeta un mundo mejor, sin problemas de energía, con mejoría del conocimiento en todos los aspectos, la comida ya no era un problema, no había pobreza, gracias a sus métodos aplicados a la sobrepoblación habían conseguido que viviésemos en paz, a nadie le importaba ya que armamento tenían, ya que eran conscientes que con todo lo que nos habían ayudado era imposible que ahora nos quisieran exterminar.

Los Venusianos se dieron cuenta que nuestra mentalidad había evolucionado, que habíamos mejorado y nos hicieron llegar una imagen de como era su aspecto físico. Fue algo revelador, increíble, fascinante, eran igual que nosotros, solo cambiaba su vestimenta, éramos iguales.

Nos empezamos a preguntar cómo podía suceder esto, no tenía lógica ninguna, habíamos evolucionado en lugares diferentes y eso debería haber provocado muchas diferencias, ellos eran humanos como nosotros con diferentes tipos como la raza negra, caucásicos, asiáticos…solo que ellos los llamaban de otra manera, negros, pálidos, amarillos, ellos no tenían el Cáucaso o Asia para hacerlos llamar así. Insistíamos en cómo podía ser esto de esta manera y entonces nos revelaron el mayor hallazgo de nuestro Planeta, y el texto relataba así:

“A vosotros no os creó Dios, esa teoría eran incierta, si es verdad que en los albores de la Humanidad se produjeron los hechos que conocéis, pero los primero humanos que llegaron aquí fue a través de unas naves que llegaron desde Venus, querían colonizar el Planeta Tierra, el problema fue que los primeros millones que llegaron sufrieron un severo shock debido al aire de la Tierra y se produjo un colapso masivo, donde olvidaron de dónde venían, quienes eran y todo lo que habían aprendido, o sea había unos humanos en la Tierra que eran totalmente primitivos.

Desde Venus esto lo vimos como un fracaso absoluto, no pensamos en que el aire podía producir tal hecho, y en vez de mandar nueva gente y eliminar a los que ya estaban, se decidió dejarlos vivir allí, que evolucionaran y ver que iba ocurriendo, pero antes metimos las especies de mamíferos que nosotros teníamos aquí, así como cierta flora que nosotros también teníamos, lo que si hemos de decir, que vosotros tenéis especies que nosotros no tenemos ya que han evolucionado adaptándose al medio del que disponían, pero hemos de aclarar que vosotros no descendisteis del mono en la Tierra, eso especie la introdujimos nosotros para tuvierais teorías de que no os creó Dios, para ver si no os pasaba como a nosotros que al principio de nuestra civilización nos matábamos por Dioses que nunca existieron, pero vosotros también os matasteis por Dioses similares, habéis crecido con muchas similitudes a nosotros, y tenéis ocio y costumbres casi iguales, sin que nosotros os hallamos dicho nada, esto es increíble ya que sin decir nada somos prácticamente idénticos”.

De pronto el mundo dio un vuelco de dimensiones titánicas, muchas teorías cayeron por su propio peso, y las pocas religiones que quedaban tuvieron que claudicar, solo algunos pocos obtusos se negaron hasta que nuestros padres los Venusianos nos mandaron las pruebas de estos hechos.

Ya solo quedaba un punto a solucionar, conocernos en persona, y desde Venus no querían venir aquí, pensaban que no sería bueno, podríamos sentirnos atacados cuando aparecieran con sus grandes naves, de tal manera que nos mandaron los planos de varias naves para viajes interestelares y nos pusimos manos a la obra en la construcción.

El año de gracias de 2116 sería recordado para la eternidad, ya que 100 personas viajamos a conocer a nuestros padres, y entre toda la tripulación viajaba un padre y su hijo, estábamos muy ilusionados con lo que íbamos a realizar, por fin podríamos realizar el sueño de viajar al espacio, al igual que hizo el abuelo, además de escribir con letras de oro en el libro de la humanidad.

Al poco del despegue de la nave, pude comprobar todo lo que me había contado mi abuelo y la Tierra era una gran bola azul preciosa, una vista increíble, dejábamos atrás un mundo mejorado, evolucionado, con paz y recursos, algo imposible de pensar en siglos anteriores, con la gran ilusión de que nos dirigíamos a un futuro mejor, nos íbamos a reunir con nuestros ancestros los Venusianos.

FIN

En la sala

AINHOA ESCARTI

En la sala

Hacía tiempo que ir al cine le hacía suspirar. Allí sentado en mitad de la sala con la amistad de la penumbra, miraba a las parejas. Carlos no era del todo consciente de su nuevo instinto voyeur. Algunas veces miraba tanto a los espectadores que siquiera se daba cuenta de qué director era la película. Cosa realmente rara para un joven que en plena adolescencia aprendió francés solamente para poder disfrutar de “Cahiers du Cinéma”. Él que siempre había defendido el cine de calidad, ese que era arte. Pero desde hacía unos meses la cinefilia de Carlos se estaba viendo turbada. Iba al cine de forma ritual, pero había cambiado los rituales. Antaño iba por el cine puro y duro, ahora se dejaba llevar por un extraño instinto. Todo empezó por una especie de clic que sintió justo detrás de la oreja derecha, al seguir ese clic distinguió una pareja que se cogía de la mano. Se quedó un rato mirándoles, ante la posibilidad de ser descubierto rápidamente dejo de mirarles. De forma sigilosa y paulatina, acabó por no enterarse ni quién era el director. Ya no iba al cine para mirar a la pantalla, su mirada se quedaba fija en las butacas ocupadas.

Una noche al acabar la película, salía tan campante cuando se cruzó con un amigo que se estaba viendo arrastrado por la novia a entrar en la misma sala de cine en la que había estado él. Carlos se quedó extrañado, conocía perfectamente los gustos (o más bien disgustos) cinéfilos de Luz. Extrañado, pensó que quizás ella estaba educando su paladar. Y se fue a casa.

Meses pasaron en los que pagó entrada por mirarles, sin saber que lo hacía. En una de sus charlas mensuales de cine acabó de darse cuenta que algo extraño pasaba. Todos hablaban de la última película del director iraní que a él tanto le fascinaba. No entendía cómo no lograba recordarla, él había ido al cine. Tras pasar una tarde-noche de plena vergüenza en su grupo de cinéfilos, fue directamente a la sesión golfa. Tenía que ver la película. Al acabar y encenderse las luces, despertó de una especie de hipnosis voyeur. No recordaba nada de la película pero sí a cada pareja de la sala. Al traspasar la puerta de salida, se sintió dubitativo. Echó la mirada atrás y vio el cartel. Al verlo casi se cae al suelo, no era la película iraní. Sin darse cuenta había estado en una sala pagando por todo lo que él no consideraba cine.

No sabía cómo había llegado a eso, pero tenía que cambiar. Dejo de ir al cine sólo o al menos lo intentó. Sus amigos casi nunca podían, sus padres siempre estaban liados con mil cosas, los compañeros de trabajo estaban ya en la fase niños. No sabía qué hacer, pero sin cine tenía un vacío dentro. Desde que había tenido uso de razón había visto películas, ya ni sabía cuantos cientos o a saber si miles habían pasado por sus ojos y su memoria. Ahora la relación más duradera y plena de su vida se estaba marchitando.

Pasaron meses y ocurrió algo que jamás había pensado, recurrió a una cita a ciegas para poder ir al cine. A él nunca le habían gustado las citas a ciegas, odiaba que sus amigas constantemente le buscaran novia. Él estaba bien, él era feliz, se sentía pleno. Pero allí se encontraba, esperando a no se sabe quién en la puerta del cine. Ella llegó tarde, a Carlos ni le importaba. Al fin tras meses de abstinencia, volvía a recuperar los lazos debilitados. Todo era perfecto, incluso la película era de esas grandiosas que te marcan el alma. Al apagarse las luces de la sala, él empezó a tener la necesidad de ver las vidas ajenas. Ella le notó extrañó. En un gesto de amabilidad le acarició la mano. Carlos regresó a su asiento, miró a la pantalla, miró a la chica que aún no tenía nombre para él y supo que quería más de esas caricias.

Mendigos y hombres

FRANCISCO BAUTISTA GUTIÉRREZ

Mendigos y hombres

Si yo te contara todo ocurrió rápidamente y sucedió cuando el cielo estaba nublado y hacía frío a causa del viento mientras no tan lejos, el mar, apenas roto por los retazos ennegrecidos de algunas nubes, mecía sus olas con rabia y desesperación.

-Eh…¿Qué haces?- grito con fuerza-

-Y a ti que te importa mendigo.

-Oye tu…-respondo de inmediato al hombre que está a punto de entrar en el agua- lo digo porque vas a coger un catarro de aúpa.

-¡Que más dá¡…

-Y además no quiero que manches el agua.

-Eso tiene gracia…-responde el hombre de color.

-Si te piensas ahogar mejor lo haces en otro sitio, vamos si es que quieres hacer esa estupidez.

El hombre gira sobre si y mira mis andrajos y mi rostro en el que se confunde la suciedad con la barba de varios días.

-No tiene sentido.

Y calla ante aquél silencio de Enero roto solo por el sonido de las monótonas olas.

-La vida siempre tiene sentido.

-Depende para quien y desde luego no para nosotros, en mi pais nos enfrentamos continuamente a la muerte, a la miseria y al dolor.

-Muy bonito.

-Tu no lo entiendes…vives bien….

-¿Tu crees?

-Si, claro que lo creo.

Guardo silencio y miro al hombre de color y pienso en su lucha que es la de todos y siento rabia y me embarga una piedad que acaba confundiéndose con la indignación. Una piedad sin saber debida a que, pero áspera y seca producida por el pudor a sentirme vivo sin que la indignación me impida sonreír, aunque sea una sonrisa sostenida, una mueca cruel que me hace sentir despreciable, anónimo ante el ser que ante mi se siente un desheredado de la tierra.

Me incorporo y miro hacia el interior de la ciudad, dirijo mis ojos al conglomerado de seres que pasan con indiferencia, que miran por el rabillo del ojo a aquellos despojos, miro sin ver al grupo de gente que camina, monjas silenciosas, travestidos impacientes, médicos con aspecto de dioses, punkis y adolescentes en patinete mezclados con un montón de seres de difícil identificación, robots anónimos que pasan por la vida vacíos, sin historias.

-Lo que no entiendo –me dice el hombre- es que tu estés contento.

-¿Lo dices por mi ropa?

-Si, eres un mendigo y un pobre.

-Sabes, la diferencia entre ser un mendigo y un pobre es que yo tengo una historia y un pobre no tiene nada.

-¡Que tontería¡…y yo escuchándote.

-Pues ahógate, pero si tu supieras contar tu vida, si se pudiera escribir una simple nota con tu historia, no tratarías de suicidarte, te agarrarías a ella.

Guardamos silencio cada uno de nosotros encerrados en nuestros pensamientos mientras a nuestro lado susurran los fantasmas del mar, los de los marinos que no llegaron a partir, el sonido de la ciudad en forma de aliento fresco mezclado con olor a rutina, a pescado, a los olores que desprende la gente de la mar.

-Yo no tengo nada …-responde el hombre- abandoné mi país en busca de una vida mejor que aquí no he encontrado, no me queda nada.

-Si tú lo dices.

-Yo he luchado pero mi alma está vacía y mi espíritu cansado, ya no me queda esperanza.

Cuando los ángeles bajan del cielo acaban convertidos en salvajes, como la gente que indiferente pasa por las calles sin preocuparse del hombre sin destino, saboreando una gloria con sabor a soledad, un amargo sabor que no pueden evitar de sus corazones.

-Y tu familia….

-Mis hijos están pasando hambre.

Extraña noche poblada de negras estrellas que bañan a un mendigo y a un hombre de color, que ennegrecen el agua invitando al hombre a que acabe sumergido, tratando de abrazarle.

-No tengo nada que mandarles…no me dan trabajo y yo no se robar..ni tengo dinero para volver a empezar y si me detienen acabo en la cárcel de mi país….en deshonra.

Me incorporo y sujeto el envase de vino que me acompaña tratando de que no se derrame, para caminar todo lo rápido que me permiten mis pies mirando hacia delante, clavando los ojos en los transeúntes que se cruzan conmigo, tratando de alejar la imagen del hombre pero sabiendo que se le aparecerá la muerte, el momento que hasta entonces ha permanecido ajeno a mi vida.

La suerte negra

ROSA DE MENA

La suerte negra

Nos conocimos en el verano de 2012, contemplando un óleo en la galería Artesur de Saõ Paulo. Escuché hablar a la mujer que estaba a mi lado, pero no la entendí. Me ocurría a menudo desde que llegué a Brasil. Mi portugués materno era diferente al que encontré en ese país en el que buscaba nuevas oportunidades.

La mujer me aclaró:

—Es un cuadro con una cuarta dimensión: Dios corrigió el caos con la vida y la belleza… Me llamo Rita Hazuk, soy marchante de arte.

—Mucho gusto, mi nombre es Andreia Duarte, soy artista de la aerografía —respondí animada.

La mujer tendió la mano y me dio su tarjeta.

—Ven a verme el lunes y trae una muestra de tus trabajos.

Observé la pintura a solas. Buscaba esa dimensión que traspasa los cinco sentidos: en primer término una muchacha se peina delante de un tocador y una ventana proyecta un trasluz. Nada fuera de lo normal, excepto porque en el espejo se ve reflejada a la joven y la atmósfera de la habitación es una tiniebla donde se iluminan formas humanas. Leí en la placa: «Luz en la faz del abismo, Génesis 1:3.». No comprendía su significado pero, al sentir la seducción de la pintura, formulé un deseo:

—Me gustaría conseguir ese efecto en mis pinturas.

El lunes siguiente paré a un taxista. Le mostré la tarjeta y él arrugó la cara en un gesto antes de ponerse en marcha.

Dejamos atrás la ciudad bordeando las favelas. Un olor agrio flotaba en aquel laberinto de calles sin nombre. Me pareció otro mundo. Dos niños daban puntapiés a un balón abollado con sus zapatillas atadas con cables. Un hombre hundió su mirada en mí.

Avanzamos rodeando la colina y apareció ante nosotros una mansión. El taxi se detuvo delante, y titubeé antes de salir.

Apenas había cerrado la puerta cuando el coche arrancó. Me quedé de pie, abrazaba el book de mis obras y llegué a oír mis propios latidos.

Golpeé la aldaba e insistí con los nudillos.

La puerta se abrió de par en par. Rita Hazuk estaba al otro lado, vestida con una túnica blanca y sonreía. Nos sentamos en un salón con muebles de roble, tapices y bodegones, donde flotaba un olor a incienso. Me ofreció una copa de cachaza.

—Veamos tus cuadros. —Rita paseó la mirada por las hojas y añadió:

—¿Encontraste la cuarta dimensión?

Sus ojos se clavaron en los míos. Me asomé a ellos como a un precipicio. Sentí vértigo mientras el salón giraba a mi alrededor hasta desintegrarse en una espiral.

En un instante, me vi caminando en un atardecer de verano, me envolvía un aroma a sándalo. Escuché la voz de Rita en la lejanía:

—Encuentra lo que buscas, sígueme.

Caminé hacia un espacio sin límites, donde mis propios cuadros flotaban y se descomponían en miles de partículas. Apareció ante mí el rostro del hombre de los arrabales, moviendo sus labios:

—No estás viendo mi cuerpo, sino mi alma.

Sentí terror, había atravesado el umbral de lo cotidiano. Quise huir y, de pronto, me vi en un retroceso hasta salir a través de los ojos de Rita.

—¿Encontraste lo que buscabas? —dijo ella, sonriendo. —Solo si dejas fluir tu interior alcanzarás otros niveles de conocimiento. Pinta lo excepcional, la vida en otros mundos… Pero, sobre todo, déjate llevar por la suerte negra que atrapa a los artistas.

Y apretó mi mano.

FIN

Treinta y un galac

S. H. LÓPEZ-PASTOR

Treinta y un galac

Paciente 31.

– Lo sé, y es que cada vez lo tengo más claro. Aunque no lo parezca vamos en la dirección correcta. La unión. Es la unión lo que nos hace conscientes. Muy conscientes, tanto quizá que nuestras imaginaciones aún son incapaces de llegarse hasta siquiera el límite más lejano del centro neurálgico. Con cada minuto que va pasando, lo veo más claro.

– Suponemos que será una buena teoría, pero al fin y al cabo no es más que eso, teoría. Pura teoría. Quimeras en las que te recreas pero sin llegar siquiera a un atisbo de solución. No vemos nada de lo que dices. Sí, todo eso de la unión, de la globalización de la consciencia de la humanidad sobre su función en el planeta, sistema solar, galaxia y en definitiva el cosmos. Ni siquiera hay una consciencia común hacia ese exterior del que tanto nos hablas. Cómo va a surgir semejante idea, disparatada a todas luces…

– Pero, ¿acaso no se dan cuenta ustedes de que seguimos un patrón? La naturaleza siempre se toma su tiempo. Es más, como este es relativo, no es cuestión de hacerlo ahora o más tarde, de ir rápido o más despacio. No, no se trata de eso. Tengo la certeza firme de que vamos en la buena dirección. Es más, no podemos hacer nada. Simplemente sucede y lo que va a ocurrir, créanme, ya ha ocurrido en otras partes.

Astrid se despertó perezosa de su letargo. Un breve tono en su tablet le indicaba que alguien le había enviado un mensaje. Estiró lo más que pudo su brazo con la firme intención de acceder al dispositivo que descansaba a varios centímetros del rincón del sofá que le acogía en esos momentos. No fue suficiente. Es más, se incorporó un poco. La distancia se acortó de nuevo para percatarse que por poco no logró asir su aparato. En su cabeza una creciente duda le impedía ser eficaz en sus propósitos. Al fin, desistió en sus intentos para dejarse llevar por el remoloneo de la siesta y olvidar un retozo esquivo y enemigo de su desidia.

Acaso sí pasaron dos minutos cuando un nuevo tono en su tablet volvió a reincidir. Lo obvió de nuevo. Entonces gimió satisfecha intentando recomponer sus sueños deshechos. Otro tono.

– Cansos… así no hay quién coño duerma la siesta- su cuerpo importunado se irguió al completo para acercarse al aparato. Lo cogió para comprobar quién era el artífice de tales incordios tecnológicos- otra vez – dijo- qué pesado que es.

Que sí que ya me acuerdo– escribió en la pantalla- en una hora estoy lista y en el sitio acordado- pulsó enviar.

Un tono volvió a sonar.

No esperaba menos 😉

Una sonrisa se dibujó en su cara.

Tras desperezarse de sus sueño vespertino, se deleitó con una buena ducha, se vistió con un pantalón de chándal, un niqui y un fino jersey de color añil. Entonces salió de casa sin apenas ofrecer un suspiro más.

A la hora y en el sitio convenido, Astrid divisó a Dani y se apeó de su pequeña motocicleta. Éste le sonrió complaciente.

– Creí que ya no venías.

– Claro que sí, tonto. Cómo me lo iba yo a perder.

Eran las once y cuarto de una calurosa noche de verano. El acantilado que se adivinaba en la oscuridad ofrecía negrura. Un lejano murmullo de las olas del mar, incitaba a pensar que éste lamía los pies del litoral. Lo hacía de manera calmosa. Astrid y Dani miraron el oscuro firmamento. En él, lejos, a varios kilómetros de la luminosidad que ofrece el alumbrado de la urbe más cercana, se atisbaban los innumerables puntos lucientes que clamaban por hacerse ver y tomar protagonismo. Antes siquiera de colocar las toallas sobre la hierba, con la intención de tumbarse en ellas y observar el amplio firmamento, Dani gritó:

– ¡¿La has visto?! ¡Yo ya he visto una!

– Por dónde…, donde ha sido- dijo la muchacha añadiendo pasión a las, ya de por sí, apasionadas impresiones del joven.

– Por ahí- exclamó éste deslizando su dedo por el cielo nocturno- pero tenía una estela pequeña- prosiguió con un mohín de tristeza.

Cuando se dispusieron a extender la primera de las toallas, cuatro ojos observaron el resplandor abrumador de la estrella fugaz más reluciente, veloz y asombrosa que hubieran visto en su vida. Sus manos dejaron la prenda caer sobre la mullida alfombra de yerba. Ni siquiera se dijeron nada. El guirigay de los grillos iba colmando los minutos. Sus ojos abiertos como platos y unas bocas impresionadas lo iban describiendo todo. A un lado de todo el escenario reinante, un diminuto gajo lunar les sonreía. Al rato, se miraron. Luego se sonrieron y se abalanzaron cual niños sobre una estera arrebujada. Una vez dispuestos en su jergón, sus cuerpos en posición supina y los ojos escudriñando el espacio exterior, experimentaron la visión de dos asteroides más que rozaban incandescentes la atmósfera del planeta. Tampoco dijeron nada en esa ocasión. Lo que surgió fue algo natural, sincero. Sus manos entrelazadas se estrecharon aún con más intensidad. Dos rostros se conformaban con el albur de unas miradas. Todo ello lo hacían para ser de nuevo partícipes de la visión anteriormente experimentada. Otra gran roca del espacio exterior debía de prenderse con el rozamiento de la entrada en la atmósfera. Estaba claro. Si una vez ocurrió, era probable que ocurriera de nuevo.

Se encontraban solos. A varias decenas de metros sobre la pequeña cala descubierta semanas atrás, gracias a una visita inoportuna.

En aquella ocasión tras detenerse un instante a beber de su botella de agua. Astrid (todavía no era una experta ciclista) tuvo que posar sus pies en el camino para dejar de pedalear, mantener el equilibrio y, una vez segura en su posición, acercar su botellín de agua hasta unos labios sedientos por la fatiga y el cansancio que ofrecen los pocos kilómetros realizados en su salida campestre. Sus ojos vislumbraron en aquel entonces un destello impropio surgido de la maleza en el litoral. Dani avanzaba con cautela por la vereda que se descubría entre los zarzales próximos de dónde concluía la tierra. La muchacha soltó su vehículo y se aproximó al lugar que ofrecía el centelleo intermitente de luz. Pronto comprobó que se trataba de un agujero descubierto en la roca caliza. La maleza, los zarzales y demás flora silvestre, habían tapizado de manera concienzuda y acompañada con el incesante transcurso del tiempo. No obstante, ella, con sus manos desenmarañó el embrollo de hierbajos y descubrió no solamente una porción del vasto mar, sino, en la orilla, unos cuantos metros cuadrados de la arena más límpida jamás vislumbrada por sus bisoños ojos.

– ¡¡¡Dani!!!- gritó con fuerza.

El ciclista había decidido firmemente concluir con la empinada cuesta que se terminaba a unos cien metros de distancia. Estaba dispuesto a conseguir su propósito. Su tarea se le antojó ardua. Jadeaba insistentemente por el esfuerzo ejercido y sus oídos oyeron un grito que le alejaba con perfidia de su peculiar periplo. Al escucharlo, jadeó más. Sus pensamientos se alborotaron. No articuló palabra ninguna, no tenía siquiera hálito alguno para hacerlo. Entre sus elucubraciones exultantes unas palabras predominaban. << Qué querrá ahora>> se dijo.

– ¡¡¡Dani!!! He descubierto algo. Para. Ven. Acércate.

El esfuerzo de las pesadas pedaladas contribuyó a sentir un dolor en sus cuádriceps, los metros restantes no ayudaban en modo alguno y fueron las últimas palabras de la chica las que culminaron en su nunca pensado propósito de detener su fatigoso avance. Boqueaba anhelando sus pulmones un aire a cada instante más y más esquivo. Tuvo que pasar un buen rato para colmarlos y calmarlos a la vez que sus oídos escuchaban los lejanos reclamos de la muchacha. Sus labios aún eran incapaces de escupir palabra alguna. Ni tan siquiera sentía ninguna gana de descender por donde una vez hubo subido y descubrir la “tontería” que hubiera descubierto su pareja.

– Sube- logró decir, al fin éste, mientras levantaba su brazo.

– Baja- imploró la muchacha. Mira lo que hay aquí.

Derrotado, el muchacho descendió torpemente por la cerril vereda para colocarse a la vera de la chica. Sudaba a mares; el suave aire del descenso, por suerte, le había aliviado la frente. Estuvo a punto de soltar cualquier barbaridad. Empero, Astrid señaló a un lugar. Lo hizo con tal firmeza que su dedo índice logró acallar un incipiente improperio.

– Mira, aquí hay un agujero y se ve el mar. Además he descubierto un camino que desciende hasta esa playita.

Dani se deshizo de su bicicleta de montaña para aproximarse al lugar. Sus ojos le mostraron un paisaje idílico. Sin dudarlo, ocultaron sus vehículos entre los matojos y descendieron a través de los pedruscos y mampuestos que aún se adherían a la pared de aquella roca de mineral travertino.

La playa era pequeña, apenas veinticinco metros de larga por unos dos o tres de ancha. El agua salada del amplio mar lamía con suavidad aquella arena. Sin pensárselo dos veces, Dani se desprendió de su camiseta y no tardó, Astrid, mucho tiempo en hacer lo mismo.

Otra estrella en la noche sucumbió a través de la negrura haciéndose ver entre los destellos lejanos de las demás estrellas distantes. Astrid observaba el firmamento con la ayuda de unos prismáticos.

La pequeña playa se encontraba a pocos metros más abajo. Esta vez quisieron llegarse hasta lo más alto del acantilado con la finalidad de atisbar con más menudeo la lluvia de asteroides acontecida en aquel mes de agosto.

– Yo llevo catorce- dijo Astrid.

– Y yo diecisiete- puntualizó triunfal Dani- ese cacharro hará que veas mejor el meteorito pero te limita el campo de observación- puntualizó con una sonrisa.

La chica, sacando la lengua a modo de burla, rebuscó en su mochila. Esta vez buscaba la tablet. En ella, tras encender la pantalla descubrió asombrada que tenía varios mensajes no leídos.

– Ahí vaa…- exclamó- treinta y un mensajes.

– Qué es lo que ha pasado- dijo el muchacho- ¿Quién es?

– Pone desconocido.

Galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac.

– ¿Qué demonios quiere decir galac?

– Algún “frikie”- dijo- déjalo. Vamos a continuar con lo que hemos venido a hacer-prosiguió- además te voy ganando por tres.

Astrid lanzó su tablet a varios centímetros y la obvió para acurrucarse entre los brazos de su pareja. Desde esa posición se dispuso a contemplar el firmamento.

Pasaron varios largos minutos sin que sucediera nada en especial. El silencio de la noche les envolvía.

– Vaya, parece que se ha terminado el espectáculo- exclamó la chica.

En esa ocasión, un tono para nada convencional del dispositivo consiguió que dos cuerpos se alzaran. Cuatro ojos vislumbraron una vibración impetuosa de la tablet y una iluminación inusual en el aparato. Éste se movía convulso, un pitido agudo e ininterrumpido salía de sus altavoces a la vez que una luz se intensificaba como nunca, en la pantalla.

Astrid se acercó al aparato. Por su parte, Dani no podía apartar los ojos. Al tocar los dedos de la muchacha su dispositivo móvil, éstos rehuyeron súbitamente al recibir la mordedura inconfundible de los altísimos grados producidos por una improvista incandescencia. No supo más que alejarse.

– ¡Quema!- gritó.

Dani quiso acercarse pero la luz inminente se transformó en una fuente de calor imprevista. Tan ardiente que tuvieron que alejarse unos metros. El pitido agudo y la imparable vibración aumentaban en intensidad.

Tras armarse con una de cualesquiera de las largas estructuras secas de las ramas de coníferas que poblaran el suelo, el chico, con un movimiento circular, golpeó con contundencia el aparato diabólico, para hacerlo llegar lejos, a la base del litoral, al agua mansa de un mar tranquilo. Antes siquiera de caer, la muchacha, enloquecida, gritó:

– Pero ¡¿Qué haces?!

– Iba a explotar, es que no lo ves- se excusó el muchacho sosteniendo aún la vara entre sus manos.

– Me has jodido la tablet, imbe…

De pronto, en el cielo nocturno, algo se iluminó. Eso hizo que las palabras de Astrid sonaran ahogadas y que hasta los oídos del muchacho dirigieran la atención a cientos de kilómetros de distancia, allá en lo alto. Un refulgir intenso se adivinaba en el lugar en dónde hubo caído el dispositivo. En la lejanía, en lo alto, un rayo de luz se formaba. Los muchachos, aterrorizados por las circunstancias, no supieron más que abrazarse arrodillados en sus toallas en la cima del litoral, con la esperanza infinita de que toda esa suerte de incidencias extraordinarias concluyera de una vez.

Ocurrió que la estelar luz lejana y la que emitía el dispositivo abandonado a su suerte, se unieron en un haz de luz que iluminó todo el inconmensurable escenario. Tuvieron que colocar sus antebrazos ante sus ojos, a modo de parasoles, con el objetivo único de no dañar sus pupilas ante tanta intensidad lumínica.

Luego de ello, una estrepitosa sacudida sucedió a varias decenas de metros de donde sus horrorizados cuerpos se estrechaban asidos por una suerte a todas luces demencial.

La súbita claridad, la vibración impetuosa unida al empellón magistral y fortuito, concluyó en la insensatez de sentirse afortunados por el abrazo que les evadía de todo mal. Ese abrazo timorato, finalmente fue desligado a fuerza de los improperios acontecidos.

Habitación 201. Paciente 31.

– Se pondrán en contacto con nosotros. Así. Tan claro y tan sencillo. Tiene que suceder. La unión. Tal y como os lo llevo diciendo desde hace años acaso. No es más que una cuestión de tiempo, de espera. Es por ello que la tecnología punta, apunta maneras. Solo hay que esperar a que la señal nos llegue.

– Y, según tú, ¿cómo va a ser? La unión. ¿Esa unión de que tanto nos hablas?

– Este universo que tanto desconocemos, se comporta como un cerebro. La vida existe, claro que sí. Lo más increíble de todo es que nos creemos el centro. Siempre mirándonos a nuestro ombligo, intentando buscar nuevas formas de vida exteriores. No obstante, desde hace mucho tiempo nos buscan. La unión de planetas es una alegoría a nuestro cerebro. Todo se repite. Lanzarán sus redes para que la tierra se comporte como una neurona. Una vez unida, las sinapsis surgirán con el fin de establecer las comunicaciones. Todo es cuestión de tiempo y sin lugar a dudas nos tienen localizados. Sólo es cuestión de tiempo. Nos utilizan. Quizá no tengamos nada que hacer…

Astrid fue la primera en desligarse de sus sueños. Antes siquiera de abrir los ojos, sus oídos ya escuchaban el ronroneo del mar abalanzándose entre las rocas. En ocasiones oía el sonido inconfundible del agua al pasar con extrema inmediatez del estado líquido al gaseoso. Entre su borrosa visión adivinaba grandes columnas de vapor que provenían de la base del acantilado, desde la línea que formaban los límites del mar y de la tierra.

En el horizonte, el astro rey lanzaba premuroso sus rayos cual látigos que atizaban las sombras reinantes que habían gobernado en las extintas horas nocturnas.

Ninguna estrella más poblaba el cielo. Tras erguirse, comprobar que se encontraba bien y avanzar unos metros por la línea del acantilado, comenzó a buscar a Dani. Este no se hallaba por ningún recoveco de la orografía del promontorio. De pronto vislumbró la procedencia de aquellas nubes. Una roca ardiente, no más grande que un balón descansaba en la fina arena blanca que conformaba la cala descubierta días atrás. El ruido chispeante producido por el agua al tocar la piedra, se intensificaba para inmiscuirse en sus oídos. Ni rastro del muchacho. Al menos no se había despeñado por la pendiente- supuso-. Giró primeramente su cabeza, para luego hacerlo el resto del cuerpo y escudriñó el escenario de matorrales y diversas coníferas que eligieron como mirador para contemplar la lluvia de asteroides, la noche anterior.

Una deportiva que descansaba en la yerba, no vestía ya el pie del muchacho. Astrid se acercó temerosa, hasta ella y la cogió con sus manos. Luego de ello alzó su cabeza y se aproximó hasta unos espinos dispuestos de forma antinatural.

El cuerpo de Dani los había alborotado para acomodarse sobre sus espinas. Astrid comprobó que el muchacho, tras perder la consciencia se había sumido en un profundo sueño del que aún no había despertado. El dolor de las púas al penetrar su piel no hacía mella en él tanto como pudiera hacerlo la condición de su experiencia onírica. Un faquir sobre su aposento, jamás podía haber estado tan imperturbable.

Después de que el chico volviera en sí y tras largo rato de comprobar las magulladuras aparecidas en sus cuerpos, los dos muchachos contemplaron en la línea del litoral, cómo el sol naciente de entre las aguas del vasto mar, surgía a través de las columnas de vapor que todavía con insistencia soltaba la misteriosa piedra caída del firmamento. La hermosa cala de fina arena blanca había sido desestructurada por el fuerte impacto. No obstante, luego de su constante observación se introdujeron por entre la maleza para hacerse llegar hasta los arrabales del meteorito. Desprendía todavía considerable calor. Sus pies descalzos experimentaban paradójicamente el frescor acumulado de la sílice blanquecina por los escasos grados reinantes en la noche anterior.

Fue Dani el primero que se acercó. Utilizó la estaca que usó la para golpear la tablet ardiente hacía ya unas cuantas horas.

El pedrusco ardía. Se encontraba agrietado. No obstante, pudo comprobar que en su interior se hallaban las piezas metálicas que siempre habían formado la estructura del dispositivo móvil de Astrid. Sin lugar a dudas, la piedra estelar había colisionado con el aparato.

– ¡Mira, sale un hilillo!- dijo la chica.

Los ojos de Dani también comprobaron que un fino hilo de luz radiante se alzaba ondulante hacia un cielo cada vez más azul. Aquella hebra de luz tenía kilómetros de distancia y se perdía en las alturas. Ni tan siquiera pensó en tocarla. Aquel fenómeno ofrecía un temor instintivo.

Dani notó, de pronto, una vibración en el bolsillo de su pantalón. Sacó con sus manos su “blackberry” y descubrió treinta y un mensajes de un número desconocido. Lo abrió:

galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac ,galac, galac, galac galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac. galac ,galac, galac, galac ,galac, galac, galac.

– Mira, el mismo mensaje que a ti- dijo asustado. Fue entonces cuando comprendió y, con decisión, depositó su dispositivo a varios metros de donde se encontraban. Con todo, sus ojos no querían perderlo de vista. Se hallaban horrorizados.

– ¡Vamos detrás de esas rocas!- gritó al descubrir la luz esotérica que hacía rilar el aparato. El mismo tono agudo, conocido por sus oídos, volvió a sonar. Tras las rocas pudieron observar que un brillante punto en el cielo se formaba sobre sus cabezas. Se acurrucaron aún más en sus escondrijos y otro impacto volvió a sacudir una cala cada vez menos paradisíaca.

Tras varios minutos y cuando la calma regresó, la pareja se aproximó al lugar donde se originó el segundo impacto. Otro mampuesto ardiente descansaba humeante junto a una piedra que ya se iba enfriando a cada instante. Sin dejar de asombrarse, Astrid y Dani descubrieron un nuevo filamento de luz que, ascendía cual voluta de humo, hacia el mismo punto del que procedía el primero.

El sol avanzaba glorioso alejándose de la línea del horizonte que dibujaban los dos planos azules del mar y del celeste cielo del nuevo día.

– Mira- exclamó la chica- si te fijas bien, hay otro hilo por allí. Y por allí- señaló su dedo índice.

En la lejanía, a varios kilómetros de la costa, diversas hebras incandescentes y casi imperceptibles a simple vista, ascendían hacia la misma zona en el firmamento. Inapreciables a simple vista, pero a todas luces existentes.

– Caen en los barcos- musitó el muchacho- ¡los meteoritos están cayendo hasta en los barcos!

Dani situó su palma en la frente a modo de visera para otear la distancia. Observó que columnas de humo negro surgían también por el destrozo causado en las enormes embarcaciones marítimas que navegaban en alta mar.

Subieron por la pendiente. Cruzaron el agujero que daba acceso a la cala y se acercaron al lugar donde hubieron contemplado la lluvia de estrellas la noche anterior. Tras observar un rato, Dani logró atisbar su mochila. Descansaba sobre la hierba. Deslizó la cremallera, buscó y sacó los prismáticos. Tras situarlos en sus ojos, comenzó a rular la ruedecilla con el objeto de conseguir una perfecta visión.

Estaba claro. Aquellas columnas de humo, pequeñas en la distancia en medio del mar, hablaban por sí mismas, empero, ahora lo veía todo con absoluta certeza. Observó lo que supuso que fuera un enorme trasatlántico bombardeado de manera inmisericorde por cientos de meteoritos similares a los que habían contactado con sus dispositivos móviles. El barco, irremediablemente, se iba a pique. Se hundía. Tras aguzar bien la visión, comprobó a su vez, que cientos de filamentos dorados refulgían con su vaivén hasta llegarse al punto al que accedían los dos que se encontraban en la pequeña cala. Allá en lo alto. Lejos aún del sol. Éste avanzaba como siempre para gobernar con esplendor en un cielo azul carente de algún cúmulo nuboso. Algunos esquifes ya flotaban también a la deriva.

– Vayámonos de aquí- susurraron sus labios a la vez que las lentes se separaban de sus ojos.

La pareja se introdujo en el automóvil de Dani. Astrid dejó su motocicleta bien aparcada. La recogería otro día.

– Mira, más hilos- La chica señaló tras el cristal.

Dani los veía, no sólo dónde señalaba Astrid sino en más puntos de la amplia orografía que se vislumbraba a medida en que se aproximaban hasta la ciudad por una carretera yerma, sin circulación.

De pronto descubrieron un accidente a varias decenas de metros. Una columna negra de humo se alzaba en el aire. Al acercarse se percataron de que la misteriosa hebra de luz surgía de entre la estructura de un vehículo carbonizado. Sin siquiera quererlo, la pareja entrevió en el interior del coche, un cuerpo que descansaba desmembrado y que se abrasaba gracias a las escasas llamas aún vivientes. Continuaron con su avance y en su trayecto a la ciudad descubrieron más y más vehículos bombardeados e innumerables hilos finos que refulgían con sus ondulantes movimientos ascendentes. Las estructuras de los altos edificios se tambaleaban dolidas, quejumbrosas e importunadas en su cotidianidad. La gente corría despavorida. Descubrieron a una mujer que se desangraba en la acera, al haber quedado amputada de su brazo derecho. Un hombre se aferraba a un cuerpo sin vida. Lloraba de impotencia. Cientos eran las piedras humeantes y ardientes que soltaban hebras finísimas en el aire.

Pitidos agudos de móviles agonizantes se escuchaban en la distancia. Un silbido aterrador se escuchaba al romper, con velocidad, la calma del aire. Luego de ello, un impacto brutal en las alturas de un edificio hacía volar por doquier innumerables cascotes que desde años daban fuerza a la estructura del inmueble. Estos cascotes caían impunemente en el suelo de la ciudad sin tener en cuenta a los transeúntes que gritaban por el temor inequívoco de poder ser alcanzados, no ya por los asteroides malditos sino por la metralla que desprendían de sus impactos colosales. Todo era caos.

Dani decidió salir de la ciudad para ponerse a salvo y atisbar desde sus arrabales, el desastre que se acontecía. El espectáculo luctuoso de la urbe les dejó casi sin palabras.

– Lejos de cualquier dispositivo móvil estaremos a salvo- dijo.

Astrid no supo más que abrazarle y llorar desconsolada.

Hospital siquiátrico. Habitación 201. Paciente 31

– Tienen que hacerme caso. Es inminente. La unión está por concluir. Nos va a tocar. ¿Es que no se dan cuenta? Llevo años diciéndoselo a ustedes, pero ustedes no hacen nada más que preguntas y más preguntas. Entiendo que existe un interés para con mis argumentos, pero para nada son fructíferos estos. Háganme de una vez caso. Os lo suplico. Tienen que hacer algo. A cada minuto están más cerca. ¡Nos van a localizar!

– No alce la voz- el doctor se mostró categórico.

De pronto, uno de los becarios sacó su móvil de uno de sus bolsillos y observó con desgana y disimulo la pantalla.

El paciente se percató al instante y su frente comenzó a perlarse a causa del sudor.

-Ustedes, con sus batas blancas, haciéndome toda clase de preguntas. Sin tenerme en cuenta. Dedíquense a hacer cosas que merezcan la pena. Suéltenme y haré llegar la información a poderes competentes- el paciente se alzó y con ello deslizó tras de sí la silla que había soportado todo su peso cayéndose ésta al pavimento y realizando un desagradable estruendo- suéltenme les digo. ¡Suéltenme! Y aléjenme de esos aparatos- escupió mientras señalaba al becario.

Tras una señal, dos hombres corpulentos entraron a la habitación y vistieron al paciente con la camisa de fuerza que le limitaba en movimientos, no así en alaridos desencadenantes de súplicas alternantes e improperios de toda naturaleza.

El doctor salió de la habitación ladeando la cabeza y los tres becarios le siguieron.

– Lleva así varias décadas ya. El sujeto está afianzado en un discurso insistente que le limita profundamente haciéndole incapaz de desenvolverse en el día a día- se excusó.

Los becarios atendían sus palabras mientras anotaban datos en sus portafolios.

– Les tengo dicho una y mil veces que se olviden de los móviles en horas de trabajo- gruñió tras fulminar con su mirada al becario que había observado su pantalla en la habitación- además, este paciente siente un pánico extraordinario e instintivo hacia estos dispositivos.

– ¿Qué tratamiento sigue?- inquirió una de las becarias con el propósito de cambiar de tercio la dinámica del discurso.

El doctor, con mirada inquisidora contestó de forma condescendiente:

– Tranquilizantes de todo tipo. Cada día que pasa va a peor. No tiene solución. Únicamente se calma cuando se siente escuchado. Y, ya lo habéis visto, si no se le sigue la corriente, salta cual resorte y la demencia se apodera de él. Así cada año durante más de treinta. Es más, sí, aquí lo pone, hoy hacen exactamente treinta y un años que se le dio el ingreso. Tampoco tiene familiares conocidos.

– Y eso de la unión… ¿siempre habla de lo mismo?- quiso saber otro becario.

– Desde décadas. Todas las veces con lo mismo. Sin embargo, en estos últimos meses, su insistencia en el tema va a mayores. Hay mayor intensidad en su discurso. Está al límite. Es capaz de cualquier cosa para ser escuchado. Y, ya lo habéis visto. Siente un temor instintivo hacia los móviles. Se trata de un caso curioso del que por supuesto no hay cura.

– ¿Se han propuesto, alguna vez, a tener en cuenta esa teoría? Una pregunta terció en la conversación.

– Ja, ja, ja, – soltó de pronto el experimentado siquiatra- miren, si tuviéramos en cuenta todos los discursos que oímos entre estas paredes, estaríamos incluso más locos que todos estos internos. Ja, ja, ja…- prosiguió- Ja, ja, ja tómense un descanso. A la tarde nos reuniremos de nuevo. Y, cuídense de traer sus móviles. No voy a ser más claro ante este respecto- espetó

El doctor se alejó del grupo perdiéndose por los pasillos del centro. De pronto notó una vibración en el bolsillo. Asió su móvil y pulsó el botón para descubrir los mensajes no leídos:

Galac ,galac, galac, galac, galac ,galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac, galac.