Al fondo del río

ANDRÉS UGUERUAGA

Al fondo del río

Increíble que hoy día persistan organizaciones secretas obsesionadas en perfeccionar la vida de los ciudadanos, venidas encima de otros mundos. Afirman algunos columnistas de la prensa amarilla, que la idea es perfeccionar y copiar vidas terrestres, exportar seguidillas de vivencias a otros planetas. Se trata de planetas de otras galaxias, desconocidos por los terrícolas. Aquellos extraños seres alienígenos iniciaron un proyecto de mejorar las fuertes tormentas solares, paisajes pedregosos y anaranjados de sus planetas, para cambiarlos por otros más verdes y benévolos, parecidos a los de la Tierra. Los especialistas, a veces osados en sus hipótesis, afirman que estas organizaciones secretas en nuestro planeta son comandadas desde el espacio exterior. Domingo Santos Nilsson aseguró que la orden es enviada desde el espacio exterior, una nave nodriza gira alrededor de la Tierra. La orden es recibida por aliens que viven entre nosotros. Ahora, se preguntaba Santos Nilsson mordiendo la punta de la patilla de sus lentes: ¿cómo hicieron para llegar a ciertas personas, las cuales formaron estas novedosas organizaciones?

Ahí reside el meollo. Fueron a su auxilio especialistas de otras latitudes del mundo: Arturo Raimonda del Perú, habló de la telepatía; Jurgen Wilko, de Copenhague, habló de raptos de familias en auto, en medio de la ruta (siempre por la noche); desde Yemen, Jovino Al Farik enfatizó en la usurpación de conciencias humanas. “¡Muchas son sus técnicas!” Completó un especialista judío de New York, antes de ubicar un ladrillo más a sus teorías, las cuales la comunidad científica juzgó como endebles. Aunque mayormente intangibles e improbables a la razón humana, la existencia de estos seres extraplanetarios, era de una inteligencia superior a la nuestra, sus modos superaban por lejos nuestro preciado pensamiento científico. Lo cierto es que en los pasillos de aquel recinto –y desde hace tiempo– empleados en mangas de camisa circulan como hormigas ideando paraderos, destinos y hogares para gente que no nació. Ocupaciones, estatus y familia; obstáculos, amistades y enemigos…La labor exige una dedicación integral y detallista.

A las tres de la tarde en una tarde lluviosa de mayo de 1968, el secretario, un joven rubio de patillas y bigotes, fue al despacho del presidente de la organización. Bajó de la cámara de consultas que quedaba en el segundo piso, traía consigo cien legajos que seis profesionales diseñaban. Dio dos golpecitos a la puerta diciendo: “Jefe, aquí traigo los expedientes”. El jefe lo recibió con su mejor sonrisa. Ni bien dejó los papeles al lado de un mapamundi en el escritorio, el joven giró sobre sus pies y se retiró. Tenía mucho trabajo aquel día. Afuera, una multitud llena de pancartas y gritos les arrojaba piedras a soldados con escudos y camiones hidrantes.

Sin mirar al joven y muy contento, el jefe se puso los anteojos y leyó a vuelo de pájaro los cuatro primeros que habían allí: Xiao Chang-Ho, de la China septentrional; Leticia Calinski/Espósito, de Uruguay; Néstor Guevara y Sebastián Orrego, ambos de Argentina.¡Aquel era un día distinto! se sacó los lentes, su índice y su mayor sobrevolaron el plástico del mapamundi y dijo “¡sí!”. ¿Había alguna sorpresa en ello? ¿Saldría de allí algún Napoleón, algún presidente, alguien que inventara el antídoto contra las caries? La idea principal era la libertad para estos ciudadanos. A las siete de la tarde ya estaban aprobados estos cuatro primeros: una firma en la base de las caratulas lo confirmaba –. Apenas una tachadura en el apellido en la carpeta de Leticia, con la posterior aclaración al margen de la hoja.

(A las ocho, y como fue costumbre desde 1880 hasta el 2000, un practicante pasaba a buscarlos por el despacho. Los ordenaba de la A a la Z en una destartalada estantería de caoba, en la planta baja de aquello que parece hoy una casona gris y embrujada, cuyo rasgo distintivo es una cigüeña de bronce que corona el frente de la misma. De allí, aprendices entraban y salían, llevando las carpetas a distintas oficinas y registros civiles del mundo. Es ahí cuando el plan comenzaba con sus puntos y comas.)

Orrego nació el 6 de mayo de 1968 en Santa Fe, en un barrio suburbano de obreros lleno de calles tierra, casas bajas y caballos que pastaban en los baldíos. En el día de su nacimiento, su vecino, un presidente comunal que desapareció misteriosamente, apareció en la página central del diario, comentando sobre extraños círculos en el césped de una cancha de futbol, justo enfrente a la casa de Orrego.

Orrego, como hijo no reconocido, no las tuvo todas a favor pero esto no lo acongojó. Era flacucho, usaba anteojos de mucho aumento debido a una gran miopía que heredó de su padre. En la secundaria jamás se destacó en nada. Se la pasó sin pena ni gloria trabajando como lavacopas, cadete de albañil o conserje de algún motel. Si bien le gustaba juntarse con sus pocos amigos en la plaza, su madre desde muy temprano le inculcó el valor del trabajo, y “a fuerza de sudar la frente” como ella siempre le decía, las cosas una tras otra se le fueron dando.

En 1989, el muchacho vendía telas en su propio bazar que quedaba a quince cuadras de la popular avenida Freyre. A pesar de su juventud, era poseedor de la mitad de una manzana, alguna casona, una verdulería, un quiosco, una pizzería, y un minimercado anexo pescadería. “¡Pero qué suerte que tiene este chico!” decían las señoras del barrio. “Tan joven y con tanto por gastar” Y tenían razón, porque la vida del muchacho era sencillamente increíble. Antes de cumplir los 17, y por consejo de un vecino, jugó la lotería de Navidad sacando el primer premio. Como aquello no era legal para un menor de edad, don Gregorio Piedrabuena, el dueño de la agencia, se presentó como el tutor. Cobró el dinero y se lo dio sin exigirle nada a cambio. Gordos mazos de billetes fueron a parar contantes y sonantes a sus bolsillos, los que guardaba debajo de su colchón ya que desconfiaba de los bancos. Esta gran fortuna fue malgastada en cabarets y cinco Fiat 147 (rojo, azul, blanco, verde y rosado) todos flamantes y prematuramente destrozados, porque Orrego amaba la velocidad pero también el vino tinto bien helado y el ron.

Sucede que una madrugada después de que su Fiat 147 blanco se quedara sin combustible en medio de un descampado y frente a una canchita de futbol, el chico-fortuna caminó distraído por Freyre y Mendoza. Desde un zaguán y a tientas, una mujer alta y gorda, maquillada y de corsette, salió hasta la vereda y lo tomó de los brazos y luego de las muñecas siempre por detrás. Quería seguramente meterlo allí dentro, para violarlo o robarle el dinero que llevaba consigo. Giró su cabeza como pudo y al verla quedó pálido por el tamaño y fuerza de esta mujer. Intentó de todas las formas liberarse de esas manos que le estrujaban las muñecas como dos prensas. Y cuando sus fuerzas ya se agotaban y la mujer estaba a punto de cumplir su cometido, apareció corriendo un linyera, gritando que por favor lo soltara.

La mujer abrió bien grande los ojos y obedeció. Orrego se quedó masajeando atónito las muñecas por un buen rato, testigo de esa rara escena. Le pareció que por el tono en que se hablaban eran conocidos desde hacía tiempo. Antes de terminar la discusión la mujer comenzó a llorar, tanto que el rimel de los ojos se le fue corriendo hasta mezclarse con el rouge de los labios. Conforme comenzaron a caminar, a Orrego el alma le volvió al cuerpo. A la media cuadra el linyera le pasó la mano y despues una botellita de Coca Cola con vino blanco adentro, “Me podés llamar Wiski” le dijo y una vez más estrecharon las manos como verdaderos caballeros. Caminaron 30 cuadras hablando de muchas cosas. A Wiski le gustaba hablar mucho, y mientras éste le decía su perorata como si se tratara de un verdadero favor, Orrego bostezaba dándole a entender que no daba más del sueño. ¡Ya iban más de 15 cuadras y no había parado! Decía en voz baja Orrego. Allá por la cuadra 20, siempre por la avenida Freyre y a la altura del estadio de Club Atlético Unión, el hombre de los harapos le confesó de unas organizaciones secretas. Después de la cuadra 25 Orrego suspiró, lo empujó, le recriminó que olía a lobo podrido, a perro mojado. El vagabundo lo miró ofendido y se alejó gruñendo para perderse en la niebla de la madrugada. Pero aquel mal momento no fue motivo para que el muchacho olvidase sus comentarios; quedaron girando en su cabeza versiones de clanes que cambiaban la vida de la gente sin que nadie lo supiera; de que  “podrías estar frente a una y no verla.” Esto lo llenó de miedos y anhelos. Se preguntaba si aquellas instituciones eran buenas o malas, si eran de Dios o del Diablo. Estos temas se esfumaron pronto, cuando conoció en un casamiento a Marisa, la chica enamorada y dispuesta a todo. Pero cuando ella tomó otro rumbo para perseguir a otro hombre, esta obsesión reapareció.

Al cumplir los 23, su imperio se desparramó como una mancha de tinta en el agua, teniendo la posibilidad de comprar más tiendas de telas y una concesionaria de autos usados y otro quiosco. Y como si fuera poco, a sólo cuadras de su modesta casa natal. Las cosas iban a toda vela para el muchacho. Las mujeres en aquella época se le regalaban y sencillamente no podía con todas. “¿Este chico no descansa!” se quejaba entre preocupada y sonriente su madre, y lo cierto es que ellas admiraban sus brazos delgados, sus hombros algo alzados. Ellas anhelaban su dinero, su estatus en aquel mundillo comercial retirado de las turbulencias del centro. No cabía duda de que el equilibrio de los planetas le hacían favores a Orrego: salud, dinero y amor iban en hilera hacia su persona, igual que las moscas a la miel.

Un detalle importante es que Orrego además practicó boxeo desde muy pequeño, deporte en el que encontraría las primeras semillas de su gloria deportiva. Fue a los 23 cuando logró campeonar como peso pluma con 56 kgs. de fibra y nervio tras vencer al “Relámpago” Arce, el 12 de marzo de 1992. No existía rival que le presentara pelea porque era un ganador en la vida, y arriba del cuadrilátero tenía un excelente manejo de pies. Sus rivales caían uno tras otro, o bien abandonaban la pelea en el quinto o sexto round, rogando que el rincón tirara la toalla.

Los laureles llegaban y una tarde en el gym mientras saltaba la soga, su entrenador Joselo se sacó el escarbadientes de la boca y le comentó de una invitación para participar en las Olimpiadas de Barcelona. Finalmente no viajó. El chico de la suerte pensó que su entrenador mentía, porque esa carta dudosamente nunca llegó a sus manos. Ése fue uno de los pocos incisos pendientes en su vida.

A los 25 llegaron mujeres de mejor nivel y estatus, más dinero, más honores, medallas y viajes, como si Houdini hubiera puesto su toque de gracia. Pero no voy a decir que las tenía todas a favor, porque en un momento se vio en el cruel dilema de abandonar su carrera en los rings, o sus negocios de por sí exitosos, rentables y cómodos. Finalmente no se desprendió de ninguno de los dos. Continuó su vida libertina igual, con enérgicas dosis de trabajo en ambos ámbitos.En aquellos días locos, y por siempre fiel a su estilo, mantuvo su lugar predilecto: el bar “El Chango”, el bar del barrio de Orrego, en donde recibían al campeón con aplausos y palmadas cariñosas. Era común verlo allí pagando rondas de vino y nadie se lo reprochaba.  “El Chango” era propiedad de un chino que se acriolló y tomó todas las mañas. Era el lugar en donde Orrego se formó como persona, según sus propias palabras. Él mismo en una entrevista para un diario lo reconoció como su universidad, su lugar en el mundo. En esa ocasión confesó, como era su costumbre, que su trago favorito seguía siendo el vino tinto de la casa. Es más, después de cada pelea, se daba una ducha, se calzaba su gorra de visera azul que hacía juego con su saco azul Francia, y se metía en “El Chango” para entregarse a la loca fiesta de hombres divorciados y prostitutas venidas a menos.

En aquel ya histórico bar, hay quién aseguró que trabó amistad con el ingeniero civil Eduardo Calinski, esto ocurrió en junio de 1992. Calinski era oriundo de Reconquista y padre de una bella hija llamada Leticia. Se trataba de un hombre espigado, canoso y de “ideas raras”. Se caracterizaba por usar camisas blancas y por una leve renguera en su pierna derecha. Eduardo desde el comienzo se sinceró con Orrego y le dijo que hubiera deseado tener un hijo como él. Desde aquel encuentro la amistad se extendió mediante llamadas telefónicas y con algún que otro encuentro en el campo de Calinski. Al joven boxeador le inquietaba su voz, porque en sus silencios siempre se remozaba alguna expectativa o espera. El paternal y desconocido hombre le proponía mejorar las ganancias con ciertas técnicas de venta y en más de una ocasión le insistió que abandonara sus peleas, y que no se explicaba cómo pudo ser campeón y llevar tan bien sus negocios, sin dejar de divertirse de jueves a domingo. Orrego sonrió, empinó el vaso de vino, los cubitos de hielo sonaron como campanillas. El ingeniero advirtió que el muchacho se ponía colorado de rabia, cambiaba de tema y le hablaba de negocios, venta de lanas, alpaca, telas, hilos, mantelería, remeras de poliéster.

 

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Una mañana de domingo de enero de 1995, volviendo de un casamiento y con su saco arrugado y pasado de copas, se cruzó a la parada de colectivos en donde estaba una chica llamada Leticia. Orrego se le acercó, le ofreció un cigarrillo y Leticia aceptó. Seguro de sí, le convidó fuego y aprovechó para acariciarle los labios. Ella hizo como si nada, miró a los costados y después directo a los ojos. Aspiró una larga pitada mirando los carteles luminosos de los comercios aún prendidos. Esperando el colectivo, hablaron del clima, de la playa de Paraná, del baile de “Los Palmeras.” Sin saberlo, esta relación cambiaría la vida de los dos.

Leticia vivía en Reconquista, 300 km al norte, igual que el ingeniero Calinski. Ella le contó entre risas que estaba de vacaciones en Santa Fe y que amaba tomar sol, le encantaba las palomas de la plaza del Palomar y la vida al aire libre, y le ofreció su cuello para que Orrego aprecie el perfume que estaba estrenando, un Carolina Herrera importado. Orrego en ese momento sintió el flechazo. Desentendida, insistió en que amaba el río y el Puente Colgante, pero retornaría a su pueblo el lunes. Intercambiaron comentarios frívolos y ella le dio el número telefónico del hotel, él lo anotó en su paquete de Marlboros. Al llamarla al anochecer de aquel domingo, lo atendió la voz impersonal del conserje. Al preguntarle por una tal Leticia, el empleado del hotel hizo un silencio, y dijo: “Si. Leticia Calinsky, habitación 15, ya le paso.” Entonces apretó el botón del conmutador, siguió un sonido puntuado, y de pronto el cielo se abrió: era la voz de Leticia.

Orrego estaba sorprendido y confundido como nunca, pero Leticia era más que hermosa y no quería perder el tiempo: largas piernas, vientre chato, ojos verdes y un largo, largo cabello negro que siempre llevaba en rodete. Aunque era dulce y cálida, la chica desconfiaba a muerte de los hombres. A todos los acusaba de hipócritas y capaces de cualquier cosa con tal de llevarse a la cama a una mujer.

A los 26, Leticia continuaba virgen y era objeto de bromas por parte de sus amigas. Cuando ella les comentó de Orrego, ellas celebraron con dos botellas de champaña helada y le propusieron dar vueltas por el centro. “¡Por fin había algo que la cautivaba!” decían felices. Un no sé qué vivía en este hombre que se le acercó con los ojos rojizos como un tomate: la mirada le hacía recordar a la de su padre (ya por entonces fallecido), sus manos a un compañero de la secundaria que a ella le gustaba.

Revisando la vida de Orrego, algo mágico ocurrió el domingo siguiente a verla en aquella parada de colectivos, porque a las 7 de la mañana, Leticia y Orrego estaban en un hotel cuatro estrellas de Reconquista, en la suntuosa habitación 107. Amanecieron juntos para continuar haciendo el amor sin importarles nada. Extraño, maravilloso, único y notable. Muchas promesas surgieron entre esas 4 paredes lujosamente empapeladas, incluso hubo un humilde vino de la casa de por medio, que el conserje del hotel llevó a las 6:30 hs a pedido de Leticia.

Más besos y arrumacos, Orrego ofreció venir a vivir a Reconquista. Él echó las cartas sobre la mesa y esto hizo sonreír a Leticia, quien aceptó la oferta. Leticia ya no era la misma. Tenía que hacer mucho para llenar ese remolino de vacío que durante las noches  le quitaba el sueño y la paz. Entre más y más arrumacos y besos, adivinó que las luces negras de los viejos días se apagaban para siempre. A pesar de que cada uno continuó viviendo en sus respectivas ciudades, la relación prosperó y complicó los cálculos de la organización que vigilaba la relación a la vera de un famoso boulevard de París.

Ignorante de esto, Orrego continuó defendiendo cada 15 días su titulo como superligero, abultando su increíble record de 38 peleas sin perder, y apenas un empate registrado hacía años atrás. Leticia en cambio siguió su trabajo regenteando su propia rotisería, viviendo con su madre, a pesar de su bienestar económico. Era increíble porque madre e hija compartían una enorme casa de dos pisos con 5 dormitorios en la parte de arriba, dato que fascinaba a su prometido. Las dos se llevaban muy bien y eran muy amigas, al punto de salir los sábados por la noche a las mismas discoteques.

 

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La organización más que preocupada enviaba personas para que Orrego volviera a sus cauces normales. Pero nada ocurrió en vano: un domingo de marzo por la noche, y ante la sorpresa de madre e hija, el prometido pisó la ciudad con un enorme tráiler verde, acoplado a su Peugeot 504 blanco adornado con llamaradas anaranjadas y amarillas, pintadas en sus puertas. Allí lo tenían ante sus ojos azules y perplejos. Se bajó del auto con dos enormes ramos de rosas y abrió los brazos a modo de suplica. Quería vivir con ellas y lo logró en un santiamén. Ana, la madre de Leticia, era una mujer nada convencional. Se sintió agradecida de que un hombre como Orrego llegara a casa. Allí hacía falta un hombre, siempre les decía a sus amigos los domingos por la tarde. Desde el fatídico 12 de marzo de 1994, día en que su marido Eduardo Calinski falleció por causas poco claras) nunca más hubo un hombre en su vida, ni en su casa.

Aquella noche los tres cenaron en el living. Ana sirvió una fuente llena de sándwiches de cordero y salsa tártara, acompañados con enormes vasos de cerveza negra helada. Ella habló brevemente del marido muerto por intoxicación con arsénico, pero el peor veneno era la gente que hablaba, porque eso nunca fue comprobado. Y de repente la viuda se rió y a los segundos sus ojos lagrimearon estropeándole el maquillaje. Era un hecho demasiado reciente y las heridas debían curar, claro. Orrego miró al fondo de aquellas miradas necesitadas de un buen hombre. Ellas no tenían cara de ser asesinas ni malvivientes. Parecían a los ojos de Orrego victimas, mujeres desamparadas, hermosas y solas.

Levantó el vaso diciendo “¡salud!” y dio un trago, las mujeres sonrieron. No tardó en contarle a Ana de sus actividades, de su título de campeón municipal, inflado de orgullo contó que iba a publicitar en las peleas para marcas más o menos reconocidas. No dio mayores detalles al respecto. Lejos y desentendida del deporte de las trompadas, la madre igualmente le guiñó el ojo derecho: “no te preocupes” le dijo, “es un viejo tic,” y los tres nuevamente rieron.

Esa noche y tantas otras, durmió en el dormitorio de la bella Leticia y por vez primera se sintió el hombre más feliz de la Tierra. Desde aquel momento, su vida dio un vuelco, y se volvió más hosco. Le gustaba Reconquista, sus calles y mujeres, el verde y las flores rosadas de los lapachos, pero se le había dado por desconfiar de la gente, de todo lo que la película de la vida le mostraba. Instaló su negocio en el alejado barrio La Loma, en un galpón que había servido de garaje para colectivos de larga distancia. La venta no fue la misma pero al menos le servía para mantenerse ocupado.

Quiroga, su nuevo e irrelevante entrenador en el Club San Manuel, le preparó para junio de 1996 otra defensa. Abril, mayo, junio, la fecha para la pelea llegó rápido. Se vendó en el baño para hombres del club, pensando en el físico del rival. Se calzó su pantalón violeta, ató los cordones de sus viejas Everlast, movió un poco los brazos, piernas, cuello.

Su retador venía de Banderas, Chaco. Orrego vio fotos suyas poco antes de salir: el físico poco nutrido y fuera de estado, la cara de haber recibido bastante, el tabique roto, la boca rota pero sonriente que mostraba dientes amarillentos como los de una hiena carroñera y cruel. En su pantalón blanco en la parte de adelante, estaba bordada una enorme N y una G, y detrás en letras bien grandes, el nombre “Néstor.”

Néstor Guevara ostentaba un record que según Orrego daba lástima y risa: 44 peleas, 26 ganadas, 10 empates y 8 perdidas. Ya casi camino al ring, ya con los guantes calzados y el torso embadurnado de vaselina, el organizador le habló de un boxeador dado al alcohol, algo desordenado y con poca tolerancia a los ganchos al hígado. Su mano más peligrosa era el recto de derecha. Le aconsejó que trabajara a la distancia. “Así que cuidado al largar tu izquierda. Lo mejor es trabajarlo al cuerpo.”

Subieron al ring. El réferi les habló de las reglas, chocaron los guantes y sonó la campana. Pelearon como hermanos, es decir a muerte. Pasó el primer round que no fue sencillamente de estudio, porque en sus miradas y puños había algo más. Orrego murió al instante y en el segundo round, producto de un cross de derecha directo a la quijada. Néstor, el retador, tenía entre las vendas un trozo de yeso igual que un tal Margarito, aquel polémico boxeador mexicano que podría haber matado a alguien.

Cuando la noticia le llegó como pan caliente al gerente de turno de la organización, a la vera de un impecable boulevard parisino, pidió entre resuellos de abortar estos planes de vida, ser tan impredecibles como costosos. Se comenzó a idear otras maneras más sutiles de manipular vidas.

Los restos del boxeador y empresario fueron cremados en los hornos de la morgue de Santa Fe. Leticia extrañamente no fue al último adiós.

Bajo el cielo gris, justo debajo del famoso Puente Colgante, y arriba de una lancha que no paraba de bambolearse, su anciana madre arrojó las cenizas y veinte rosas al agua marrón. El Paraná se mostraba revoltoso y sombrío en aquella neblinosa mañana del 18 de junio de 1996.  A unos doscientos metros, desde un pequeño muelle lleno de veleros blancos, un hombre vestido de negro sacaba fotos y miraba al fulgor tan común que hacen los platos voladores en medio del cielo.

Por descuido, la anciana miró hacia arriba, por casualidad, la urna se fue al fondo del río.

Se alquilan marcianos

GRAFITTI

¿Se alquilan marcianos?

— ¿Quieres ser libre? ¿Deseas pasear con tu novia terrícola sin stress? ¡No lo pienses más! Por solo cien Megayens tu sueño se hará realidad—promociona una y otra vez ¿La Verdad? canal de la PNCM (Policía Nacional Casiunida Marciana). W4000 apaga enojado el televisor y se pregunta: ¿El Estado es mi proxeneta?

 

La caída

CARLOS LÓPEZ RAMÍREZ

La caída

Quendor mostraba sus síntomas cuando no podía aguantar más. Para él no existía el mañana, todo era el ahora, todo se resumía al instante, por lo tanto solo había que pasarlo bien; y él sabía como, disfruta el momento, “Carpe Diem”, al igual que filósofos y griegos antiguos; ¿No?, ellos sí que sabían y no estos infelices y estúpidos que paseaban como almas errantes; ¡Bah!, ¿para qué seguir dándole vueltas a las cosas?

Y sin embargo, aún sentía temor al ver las paredes blancas y grises de su cuarto desnudo, por el agua de tuberías picadas, escondida en finas capas de ladrillo y cal. Siempre se sentía así cada vez que entraba en ese dormitorio, que por supuesto no era el suyo; aquel cubículo despojado de personalidad, siempre en penumbras, con el flexo en la mesilla de noche, junto a la pequeña cama del rincón, aislada; mero colchón y somier, con cuatro cortas patas y una tele, ahora apagada, en el otro extremo de la sala.

Allí sentado, mirando esa pared siempre resquebrajada, esas pequeñas grietas en la pintura, creciendo; horas viendo cómo se extendían, igual a raíces negras, ensanchándose y enseñando ese universo siniestro.

¡Ah!, aun podía acordarse de cuando no tenía limitaciones, ni debilidades, aunque la falta de fronteras y valores, que no de mezquindades, le hizo entregarse a toda clase de placeres. Y descubrió que no era tan fuerte como creía después de todo, y también, que la ecuación de vicios al cuadrado, por dudosas amistades, buscadas con prejuicios, partido entre poca moral, daba como resultado, un virgen nihilismo depurado, que llevaba a la destrucción de la persona.

Pero la verdad era su rendición. Había enseñado sus cartas demasiado pronto y no se había retirado a tiempo. La familia, los amigos, sus novias, meros objetos que debía utilizar. Aunque para Quendor las personas siempre fueron un poco cosas. Y claro, al final, a él también lo terminaron tratando como tal. Los más responsables se apartaron de su camino y los demás lo utilizaron como mejor sirviera a sus fines.

Siempre estaba esperando en la oscuridad, ese golpecito; un pequeño martilleo repetitivo de alguien intentando comunicarse, a su lado, justo bajo su oído. Miedo de alguien rasgando, arañando la negrura de su cuarto, y él mientras aguantando la respiración, para no ser descubierto, para huir, para que acabe. Y después a esperar el siguiente sonido. Allí un poco más lejos, ¿O un poco más cerca?

¡Bah!, ya había superado la etapa de miedo, estaba absorbido por el egoísmo y la codicia. Dentro de su círculo, degradándose, aunque lentamente gracias a su juventud. Él se encontraba bien, salvo, bueno, cuando le faltaba su heroína.

Inyectarse una dosis era algo instintivo, no se daba cuenta cuando lo hacía, era algo soberbio. Después, esa calor que no quema, procedente de dentro, como luz blanca entre un mar de llamas, y crecía, y lo aislaba. Él podía crear todo un mundo nuevo lleno de dicha. Esa calidez tibia aumentando con cada latido, placer imperecedero dentro y fuera de uno, sin existencia corpórea, por la anulación de los sentidos; ni conciencia, ni pensamientos o razón, sólo gozo. Él llegaba a la fuente del gusto, la tocaba, se zambullía y nadaba en ella. Tampoco sabía como salía del trance, solo recordaba su cuarto, un gran cansancio y estar concentrado para dormir.

¡Oh, Dios!, conseguir reducir a lo absurdo todos sus problemas, pero, ¿Qué preocupaciones tenía el Cloti?, ¿Cómo conseguir algo de parné, haciendo un trabajillo sucio aquí o allí? ¿Cómo conseguir más para ella? ¡Minucias!, aunque cuando su amiga no lo abrazaba, notaba la realidad con todo su peso, ese dolor en el pecho, justo en el esternón. Se sentía pequeño y famélico. Pobre Cloti, mote surgido en la evolución de un insulto, por algún desaprensivo. ¿Y qué?; eso a él no le hacía daño, solo la falta de su amante insaciable, de su voraz compañera, desprotegía al Cloti y lo asustaba, volviendo el mundo extraño, desconocido.

El mundo humano era un misterio para él, prefería los contenedores y la basura, donde conseguía algo de alimento, ropa y utensilios para sus miembros oscuros y enflaquecidos. El cuerpo del Cloti era pequeño y delgado, algo moreno, aunque su cara siempre permanecía pálida, con el pelo rasurado y una barba despuntando de hace tres días. La ropa, camisetas y calzonas, ya hiciera calor o frío, lloviera o no, y nunca contraía nada, nunca estaba enfermo, a pesar de que siempre tenía la nariz tapada, llena de mocos.

El Cloti estaba sentado en su astillada silla de madera, se había metido un chute, cuando algo comenzó a ir mal, notaba sudor frío recorriéndole la espalda y una sensación de incomodidad, y frío, mucho frío. Su momento de éxtasis no había llegado. Sentía sus pulmones pequeños y le costaba respirar. Vio una sombra por el rabillo del ojo que se movió a su izquierda, el flexo no alumbraba bien y mantenía muchos ángulos en penumbras, él estaba seguro que algo se movió. Giró con rapidez la cabeza hacia atrás y una mano increíblemente fuerte, se posó en sus ojos arrojándolo al suelo, dejándolo sin sentido.

Algo sucedió, no comprendía cómo se había caído de la silla; sí ya, se había caído muchas veces y no siempre recordaba cómo. Pero esta vez era diferente, era al contrario, recordaba lo ocurrido y ni siquiera le sirvió de nada la droga; “¡camello de mierda!, ¡le había vendío pura chusta!” Miraba el flexo tendido en el suelo con su silla al lado. Una polilla revoloteaba en la luz. El Cloti intentó incorporarse. Observó en la pared la sombra de la polilla, era enorme. Escuchaba un sonido de ondas, como aspas de helicóptero. Al mirar otra vez al insecto, observó cómo sus alas despedían unos polvos que brillaban en la oscuridad y se ennegrecían a la luz. El bicho parecía flotar entre estrellas. Podía ver las venas rojas y moradas, iluminadas por el flexo, que inyectaban sangre a sus alas en cada movimiento. Le impresionó su envergadura porque por un momento le pareció del mismo tamaño que la sombra.

Continuaba mareado, no respiraba con normalidad y empezaba a sentir claustrofobia de su propio cuarto. Fatigado, veía los filos de los objetos de un violeta luminiscente, separados cada uno, por esa luminosidad que pertenecía a ellos y a la vez al exterior.

Mirando asombrado la habitación comenzó a oler especias, sobre todo canela y pimienta, y de repente apareció ante él un personaje imposible.

Fue en este momento cuando tuvo un hecho importante, quizás el más importante de su vida, aunque él no le dio esa importancia, no le dio ninguna.

Observándole con ojos azabache, se perfilaba en la oscuridad una figura atlética, casi felina. Comenzó a sudar de nuevo, sentado con la espalda levemente inclinada hacia atrás, se apoyaba sobre sus manos y sus brazos formaban un triángulo agudo con el tronco. Las extremidades comenzaban a temblarle incontroladamente. El sujeto miraba a Quendor con curiosidad, después se echó a reír estrepitosamente.

Su vestimenta, si se le podía llamar así, era una armadura igual a la de gladiadores. Quendor intentaba concentrar la vista con la poca penumbra que su foco dejaba. Sin duda llevaba una armadura, tenía una coraza y muñequeras hasta los codos y también hasta las rodillas, pero no, no era de gladiador, ¡no!, se parecía más a los indígenas, sí, era parecida a las películas de aventuras y de piratas; cuando los colonizadores del nuevo mundo se encontraban por primera vez con los nativos de América. Pero aquella vestimenta era diferente, no tan pomposa y exagerada, a manera de disfraz de carnaval, sino que se ajustaba perfectamente a la musculatura del cuerpo, se veía robusta pero también flexible.

Quendor había desarrollado una gran capacidad de observación. La tienes que conseguir si quieres encontrar comida en las calles, además había visto muchas películas exóticas, eran las que más le gustaban, de países lejanos y extraños donde quizás él pudiera empezar. Las veía todas, en blanco y negro o en color; las mejores horas eran de madrugada, cuando las ponían en la 2, además, él no dormía demasiado, tenía tiempo de sobra.

Así el indio se cubría con una coraza ceñida al pecho con relieves abstractos de bocas y dientes, de caras gruñendo, todo mezclado con vivos colores; tobilleras y coderas, también con relieves, que le llegaba a las rodillas y a los codos respectivamente; una especie de trapo o falda roja por encima de las rodillas, y un casco o corona, con finas plumas verdes y largas, de la cola de algún desgraciado pájaro, formando una cresta desde la frente a la nuca. De ese extraño gorro le caía un largo pelo negro que le llegaba a la cintura. Y en su mano izquierda, observó luego, sujetaba un bastón, ¡no!, una lanza, también tallada de serpientes e insectos.

Estábamos en que aquel sujeto se reía y no precisamente de alegría, se reía de él, aquel tipejo salido de una película de indios, se descojonaba de risa a costa suya, pero no pudo decir nada, su miedo se lo prohibía.

Quendor no podía creerlo, aquel ser del pasado había aparecido en su cuarto sin más, y se reía de una manera salvaje y sin mesura. Tenía que ser una alucinación, ¡sí!, eso era, una alucinación, un espejismo, algún efecto segundario en su dosis adulterada, una mala respuesta, el golpe en la caída, cualquier cosa. De pronto el rostro del azteca se endureció, clavó sus ojos negros en una mirada punzante.

-¡No seas estúpido! –afirmó-, soy tan real como tú, por poco que tú puedas serlo.

-¿Quieres que te lo demuestre?

Sin esperar una respuesta, lo cogió por el cuello de la camiseta y lo alzó hasta el techo, colocó su cara muy cerca de la suya y sonrió. Para después dejarlo caer otra vez al suelo. Quendor sintió repugnancia y fatiga.

Quendor estaba aturdido, horrorizado, totalmente bloqueado, no sabía cómo reaccionar ante aquello. A punto del desmayo.

Aquel hombre, si se le podía llamar así, comenzó a pasearse por el habitáculo. Lo tenía intimidado y fascinado.

-¿No tienes nada que decir? –afirmó, agachándose frente a él-, cualquiera daría un segundo de su vida por estar un momento con un sabio tolteca y a ti, que me tienes aquí, no se te ocurre nada.

-¿Eres un brujo tolteca? –preguntó Quendor tímidamente.

-¿Eres un brujo?, ña, ña, ña,.. –remedó el azteca-. ¡Claro que sí!, ¿Cómo he podido llegar hasta aquí?, ¿Qué crees que soy, un extramundo? Soy como tú, mejor dicho, soy la otra cara de lo que tú eres. Somos el doble filo de una daga.

Entonces las facciones del brujo comenzaron a transformarse en las de Quendor, éste vomitó, porque ante él apareció un ser grotesco, ya que era el mismo Quendor pero con tez morena y pelo largo. Horrorizado, gritó y saltó hacia atrás. El azteca inició su risa atronadora, mientras la cara volvía a ser la suya.

-Quendor has cruzado tantas veces el umbral sin tener la preparación adecuada que tu mente comienza a divagar, quizás el que yo haya aparecido aquí complica aun más las cosas, estas haciendo un mal uso de ese poder. Pero todo esto a ti te importa una mierda. ¿Verdad? Bueno, sin duda, creo que no te hago ningún bien. Creo que debo marcharme.

-¿Qué, qué haces aquí?, ¿Por qué has venido? –preguntó Quendor.

-No lo sé. Acaso te sentí a través del espacio y del tiempo, y vine; de todas maneras he pasado un buen rato, ha merecido la pena, espero que tú también te hayas divertido. ¡Hasta nunca!

Y antes de que aquel brujo se marchase, Quendor le preguntó su nombre.

-Me llaman Quetzalcoatl, la serpiente emplumada.

Al decirlo, el Cloti se sumergió en un profundo sueño, con visiones de un pasado remoto, que no tenía orden ni continuidad, solo caía y se adentraba en aquel otro mundo, donde los animales y las personas no se diferenciaban, donde las leyes de los hombres podían distorsionarse, anularse o ser inventadas. Sitios controlados por fuerzas y energías abstractas, de creencias extrañas, de otro espectro diferente al hombre. Quendor lo soñó y despertó, y bajó al contenedor junto al portal, porque tenía hambre. No volvería a meterse esa mierda nunca más. Aunque comenzaba a sudar y a marearse, y sabía qué era aquello.

La puerta del alma

FERNANDO BETANCO

La puerta del alma

Mi maestro me llevo holográficamente al planeta RTW-247, lo que vi allí es algo que me perturbo por mucho tiempo.

Hicimos muchas excursiones, en las selvas que aun quedaban, en el ártico cada vez más reducido, en las ciudades… en una de estas observamos a un humano pidiendo auxilio. Lo hacía de una manera desesperada, angustiosa. Nadie le hizo caso. Al final cometió su propia autodestrucción.

Nunca entendí el porqué la gente actuaba de esa manera hasta que mi maestro me enseño que si bien es cierto hay muchos humanos que hacen daño, la mayoría son buenos. Le pregunte que entonces por qué no le habían ayudado a esta persona. Me contesto que simplemente esa persona no parecía necesitar ayuda. Le conteste que eso era imposible pues su alma estaba más triste que una flor marchita, a lo que él me respondió que los humanos no pueden ver el alma de las personas, no pueden ver más allá de lo material y el dolor de esa persona estaba en el interior. Ellos se engañaron por su aspecto pues creían que era “un respetable y feliz hombre de negocios”.

Concluí que los humanos, sobre todo los que viven en grandes ciudades son como maquinas egoístas, se interesan solo en el caparazón de sus cuerpos. Aunque en esencia sean buenos, esta cualidad es cortada desde pequeños por el anhelo de los bienes materiales.

Desde entonces no visito a los humanos del planeta RTW-247. No creo que las cosas sean diferentes, no creo que pueda sacar algún provecho de esa raza, no ahora que todavía estoy en formación.

Pero quizás en alguna ocasión pueda ir a visitarlos y enseñarles como abrir la puerta del alma.

El insólito sueño del señor Natas

J. DONADÍN ÁLVAREZ

El insólito sueño del señor Natas

El término insólito no es, a mi juicio, valorado en su plena dimensión por la mayoría de los lingüistas. La condensación semántica de este vocablo implica necesariamente la desautomatización de cualquier percepción simplista que de él se tenga. No creo, en absoluto, que exista un sinónimo idóneo para reemplazarlo en su significado con la autoridad que reviste, ningún verbo en capacidad total para animarlo, ni tampoco un adjetivo exacto para describirlo.

Como sé que algunas personas probablemente desconocerán las exigencias básicas de la gramática no intentaré seguir enunciando y denunciando ciertas palabras cuyo significado considero ha sido tergiversado. Por otra parte, evitaré enfatizar algunos detalles que entorpezcan la interpretación psicológica del lector sobre la insólita experiencia extrasomática que vivió una de las pocas personas que mejor le hubiera sido no haber existido nunca.

No niego cierta incertidumbre, consciente de que los más devotos a la racionalización pueden desechar la narración que sigue ante la falta de una comprobación formal. Debo admitir que yo también, antes de haber estado al tanto del acontecimiento que hoy me ocupo en relatar, me había dejado dominar por una propensión intelectualista y que siempre había mutilado todo intento de mi mente por acariciar explicaciones sobrenaturales. Para mí, la apropiación del conocimiento de manera racional implicaba la búsqueda de la objetividad, el divorcio de las emociones, la ausencia de todo lo que prive la neutralidad en la interpretación de la realidad. En cambio, la interpretación de los fenómenos derivada de la emotividad, de la subjetividad y todo aquello tendente hacia lo fantasioso, no me significaba más que desidia intelectual, endeblez moral y derroche de ideas nada prometedoras en la ruta hacia el saber. Tarea ímproba, ya que desconocía que cuando la racionalidad es destinada a la errancia perenne por un mundo inhóspito, carente de toda sensibilidad, sus mecanismos para interpretar la realidad resultan incoherentes. Por su parte, ante la privación de buenos resultados,el pensamiento sin apenas visos de raciocinio puede constituirse en una cascada de interpretaciones y resonancias afectivas, que en su disposición para colaborar en el proceso exegético se torna más eficiente.

Aclarado lo anterior, no intentaré, pues, despojarme de mi asombro ante lo insólito. Podrá parecer poco creíble mi relato, pero un fuerte deseo de instruir me impulsa a contarlo a quienes no se niegan el aprendizaje, independientemente de la reputación del que enseña.

Conviene destacar, asimismo, que lo ocurrido al protagonista de esta historia no tendría nada nuevo ni tampoco interesante si toda la trama que protagonizó no hubiese acontecido fuera del sustrato corporal y si yo siguiese desconociendo la causa del fatal desenlace.

En el pueblo era más conocido como el soñador y no como el Señor Natas. Su estatura era de casi dos metros, su pelo muy negro como el carbón, con ojos inquietos y enormes dientes amarillentos que en nada sugerían una correcta higiene bucal. No tenía familia, pero de día siempre estaba acompañado. Los niños le temían debido a su corpulencia y rasgos fenotípicos nada atrayentes. Los adultos, sin embargo, respetaban su retraimiento y lo compadecían por una extraña enfermedad que lo azotaba y que continuamente lo obligaba a sueños prolongados e insólitos. (De ahí su seudónimo). Algunos, disfrutaban pasar las tardes con él pues disfrutaban la imaginación que destilaba en cada uno de los relatos que muy solemnemente les contaba y en los que siempre era el personaje principal. Sin duda, su imaginación era estimulada por los constantes sueños en los que lo hundía su enfermedad y por las no pocas lecturas que formaban parte de su diario vivir.
Como en la región no existía ningún médico, jamás había sido asesorado con respecto a su onirismo. “No es nada de muerte”, aseguraba él, con un aire cuasi-complaciente. El párroco del lugar aseguraba que el pobre existía bajo maldición y que tendría que sobrellevar aquel padecimiento hasta su tumba. Como evidencia de su afirmación se remitía al nombre del Señor Natas. “Natas -decía-, si se lee a la inversa es Satán”.

A pesar de ser una persona completamente normal –exceptuando sus sueños insólitos, desde luego- muchos habían hecho de él una leyenda viviente. El toque sobrenatural que con evidente maestría sabía imprimirle a sus relatos orales le había agenciado una devoción colindante con el fanatismo de parte de los rasos pueblerinos.

Pero las sospechas de algunas personas, de que el Señor Natas estaba condenado a vivir experiencias extrañas por su condición de soñador, no eran del todo injustificadas. Sus vecinos recordaban haberlo encontrado por las mañanas en diversas condiciones; unas veces feliz y amoroso. En otras ocasiones cansado, triste, llorando, sangrando, con moretones…, y en el peor de los casos en estado de inconsciencia. Su estado anímico para cada día acataba órdenes emanadas desde el desenlace onírico de la noche anterior.

Él había leído sobre una teoría que proponía que cuando una persona sueña y sospecha que está soñando ése es el momento en que se despierta inmediatamente. Pero en él, eso no era cierto. Aunque supiera dentro del sueño que tan sólo soñaba su cuerpo siempre seguía aletargado. En consecuencia, había experimentado las más terribles pesadillas y jamás despertaba en el punto álgido, sino hasta que la trama concluía.

Como de costumbre, una noche mientras dormía, se hundió en la profundidad de uno de sus tantos sueños insólitos donde lo que más anhelaba era despertar. En su sueño miraba cómo su cuerpo se elevaba, al mismo tiempo que se veía profundamente dormido en un sofá de seda. Parecía que una parte de su ser se había alzado y la restante quedaba en el otro cuerpo allá abajo. Desconocía si la conciencia con la que experimentaba aquella situación pertenecía al cuerpo flotante o al cuerpo durmiente. Como siempre, todo era tan extraño. En algún momento –siempre dentro del sueño- pensó que su experiencia en esa noche, era el resultado de su inclinación hacia cierta literatura macabra y se prometió abandonar su lectura. Lo tranquilizaba el hecho de estar seguro que únicamente estaba dentro de un sueño y que no estaba loco, aunque tampoco podía preciarse como el más cuerdo de los mortales.

Su cuerpo, como dije antes, se había duplicado. El cuerpo que nadaba en el aire salió de la habitación y la conciencia del Señor Natas se fue con él. En lo que respecta al cuerpo durmiente, éste quedó inerte, marginado de toda actividad. Para su comodidad mental, no hubo nada aterrador en su viaje. Los lugares visitados se ubicaban, aquí mismo, en la Tierra. El recorrido que recuerda lúcidamente es el que realizó por las empedradas calles de su pueblo cuya tradición colonial conservaba. Mientras sobrevolaba saludaba a sus paisanos, pero éstos no parecían contemplarlo. Probablemente el sol se los impedía. Cuando llegó al jardín de su casa, el color de las mariposas, el perfume de las flores y los pececitos azules y plateados del estanque lo hicieron sonreír. Un suspiro se escapó de su pecho cuando quiso abrazar a sus vecinos y se percató que nadie parecía percibir su presencia. Justo en el momento cuando su único amigo de lecturas macabras comenzaba a sentir un aire de invasión extraterrena, el soñador salió de ahí, movido por una fuerza desconocida. Era el momento de regresar al cuerpo que dormía en el sofá.

—ooo—

Me es imposible describir la tortura a la que fue sometido el Señor Natas una vez que el sueño lo devolvió a la realidad. Sucedió que al despertar ya no estaba en el mismo
sitio donde se había dormido. ¡No!, estaba a más de diez kilómetros de distancia.
Y para aumentar su desgracia, encerrado. ¿Qué había ocurrido? ¿Estaba en el manicomio? ¿Alguien lo había declarado demente mientras soñaba? ¡Imposible! Como resultado de su confusión una sensación de intemporalidad lo había poseído. Si bien las circunstancias de su sueño no habían sido del todo normales, el contenido del mismo no representaba ninguna amenaza para su estabilidad neuronal. Los había tenido peores.

El soñador no lograba entender cómo había sucedido todo. ¿Por qué la reclusión? ¿Acaso soñar era un delito? ¿Quién podría explicarle la razón por la que había sido tratado inhumanamente? En su minúsculo espacio todo era obscuridad, sin ventilación, sin derecho a alimentación… Lo que más pesaba sobre su espíritu era la soledad. Quizá por su raraenfermedad siempre había odiado estar solo. La soledad lo enfermaba más que cualquier mala compañía.

Como el encerrado Señor Natas no había cometido nada grave, estaba seguro que pronto recuperaría su libertad. Aunque padecía de extraña enfermedad, la amnesia nunca había sido parte de la sintomatología. Por eso, estaba convencido que era inocente. Tampoco le parecía probable que hubiese sido aislado por estar loco. Ni siquiera podría tratarse de demencia senil pues el elevador de sus años apenas rozaba el cuadragésimo piso.

No obstante, luego de haber deambulado varias horas por su universo interior dedujo con asombrosa suspicacia de que su libertad no estaba dentro de las probabilidades. Tal y como lo había sostenido, nunca había asesinado a nadie, ni estaba en la cárcel. Sin embargo, estaba encerrado. Ahora sí, todo se le había esclarecido pero… ¡demasiado tarde! La conclusión a la que lo llevaron sus deliberes fue el detonante para su desestabilización emocional. Su otrora lúcido monólogo paulatinamente se iba transformando en una sarta de desvaríos hasta que comenzó a convulsionar debido a la exigüidad de oxígeno donde permanecía. Resignado a su funesto destino lanzó un último lamento con las pocas fuerzas que almacenaba.

—ooo—

Amanecía un nuevo día mientras una vida se apagaba. En el pueblo se escucharon las tres campanadas del reloj de la catedral, mientras dos acobardados vigilantes huían despavoridos luego de escuchar los desesperados gritos de un prisionero.

Una precipitada corriente de aire frío me congeló hasta las entrañas cuando al salir el sol me apersoné a la escena de los hechos y se me permitió leer el informe de los médicos forenses, que destacaba los siguientes datos de mi amigo, el Señor Natas.

Edad del procesado: treinta y nueve años.
Centro de reclusión: cementerio.
Tipo de prisión: ataúd.
Delito: catalepsia.

 

Lirio de reactor

ZORRO CHINO

Lirio de reactor

Los pasillos flanqueados por puertas desencajadas se sucedían en las entrañas de la mansión. Patrullar el ala oeste solía ser un paseo tranquilo con la linterna arrancándole sombras dentadas al papel levantado de las paredes. Pero cuando pasábamos por delante de una habitación anegada de escombros y el viento frío me lamía la cara no podía reprimir la necesidad de abrazarme a la cabeza de papá.

–Obstruyes mi campo de visión, Alma.

–¡Tengo miedo, jolín!

Papá giró sobre sí mismo haciendo un barrido perimetral con la linterna. Yo giré con sus hombros, temerosa de la oscuridad que dejábamos atrás.

–No detecto presencias hostiles –aseguró en tono monocorde–. Las estadísticas arrojan que no hay antecedentes de infiltración en este sector.

–Quiero volver –murmuré mohína.

–De acuerdo –zanjó empezando a deshacer lo andado.

No le quité las manos de la cara.

Por aquel entonces yo tenía cuatro años y no me cuestionaba la presencia de esqueletos en la cocina ruinosa en la que papá me servía las verduras de su huerto. Vestida como una princesita trepaba a mi trona y hamacaba los pies mientras observaba al muerto que ocupaba el rincón que tenía enfrente. Si papá no le daba importancia a su presencia, ¿por qué iba a hacerlo yo, que jugaba a embocarle los guisantes en las cuencas vacías del cráneo? Aunque nueve de diez lanzamientos eran interceptados por la mano de papá, que los devolvía a mi cuenco…

Con el tiempo, sin embargo, empecé a formular preguntas que papá rehusaba responder escudándose en un concepto abstracto llamado control parental. Pero mi machacona insistencia surtió efecto y transigió en resolverme dudas siempre y cuando estuviesen ligadas a temas que me afectasen personalmente.

–Vale, esto me afecta –afirmé con cinco años–. ¿Qué son los agujeros chiquitines que tienes en la camisa?

Papá procesó la información y concluyó que se ajustaba al ámbito personal.

–Perforaciones de bala. –Levantó la cabeza–. No todas pertenecen a la misma disputa.

–¿Las balas son esas cosas que se usan en la guerra?

–Según la RAE, la bala es un proyectil de forma esférica o cilíndrico-ojival, generalmente de plomo o hierro. –Me miró detenidamente–. Tiene la capacidad de matar o herir de gravedad dependiendo de la pericia del tirador y la potencia del arma.

–¿Y no te hace pupa?

–No.

–Chachi –dije más tranquila… Sí, papá enriquecía mi lenguaje con cuentos infantiles.

La escasez de agua no resultaba problemática para el consumo, pero a veces los baños se retrasaban semanas. Por ello papá me limpiaba como a un mueble pasándome un trapito apenas húmedo por el cuerpo. Yo levantaba los brazos en el atrio de la mansión imitando a la escalinata que se bifurcaba al llegar a la planta superior y paseaba la vista por los infinitos detalles del lugar: desde los querubines resquebrajados que decoraban las balaustradas hasta la tímida luz velada que nos alumbraba desde la claraboya del techo. Papá descorría la persiana acorazada de aquel acceso únicamente si era necesario. Si bien la mansión era impracticable desde fuera, decía que no había que correr riesgos juzgando a todos los merodeadores como simples vagabundos muertos de hambre.

–Abre más cosas. No pasará nada –añadí anticipándome a su respuesta.

–La mayoría de las ventanas están selladas desde hace tres años. Sus mecanismos están inoperativos. –Me pasó el trapito por el cuello–. El resto están ubicadas en zonas de riesgo, y no es conveniente abrirlas.

–¡Entonces abre la puerta, quiero ver el sol!

–No es posible, Alma.

Cogí tal rebote que salté de la palangana y salí disparada hacia mi cuarto a través de un penumbroso pasillo lateral. Con los ojos anegados por lágrimas de enfado, percibí en mis pies descalzos la transición de la madera que papá había pulido a los primeros mechones de césped que brotaban sobre imperceptibles desniveles de tierra. Los helechos me cosquilleaban los muslos, y las pequeñas bioluminiscencias que pendían de filamentos electrónicos se activaban con mi cercanía y descubrían con su tenue fulgor las plantas trepadoras que forraban las paredes y ganaban el techo… Que la zona habitable fuera un jardín salvaje me parecía tan normal como la existencia de restos humanos en las inmediaciones. Sabía que aquella explosión vegetal procedía del huerto, cuyo umbral guardaba sin estorbar un árbol joven que había comenzado a encorvarse bajo el dintel. También sabía que papá realizaba estudios sobre la tolerancia estructural del ala este cada vez que se proponía derribar a puñetazos la pared de una estancia adyacente para agrandar el huerto. Pero desconocía la suerte que tenía al entrar en mi habitación, ¡un sitio seguro!, pisando el pasto revuelto, y arrojarme al rincón de almohadones agitando la hojarasca…

Desconocía lo mucho que luego extrañaría aquella grabación de grillos en bucle.

Esa noche diluvió. Los truenos bramaron desde la lejanía en un aviso de advertencia. Cuesta imaginar el terror que se apoderaría de los vagabundos que de tanto en tanto se aventuraban por los límites de la mansión… Papá me explicó que las tormentas adquirían mayor magnitud año tras años, electrificándolo todo a su paso, y que la desesperación apremiaba a los que veían imposible alcanzar un refugio antes de que las planicies se transformaran en bosques de relámpagos… Luego efectuó una serie de mediciones con las primeras gotas que cayeron por el tubo que recogía la lluvia del tejado.

–No potable. No corrosiva. Proceso afirmativo –concluyó cuando el violáceo del agua en el tubo de ensayo reveló su nivel de pH–. Ve a la bañera, Alma. Aprovecharemos la coyuntura climatológica para finalizar tu higienización.

Recogí mis juguetes –cosas que flotaban– y aguardé desnuda de pie ante la bañera mientras papá calentaba el agua con las manos. Se le enrojecían creando un burbujeo que me hacía reír. La tormenta arreciaba y la mansión crujía como un galeón castigado por las olas. Papá levantó la vista al techo sin desatender su tarea.

–El viento alcanza los 127 kilómetros por hora –sentenció inexpresivo.

–Papá, me pican los pies –repliqué. El alicatado de las paredes se había ido desconchando y el suelo estaba repleto de trocitos de azulejo–. Pica muchísimo.

Papá desactivó el calor de sus manos y me introdujo en el agua cogiéndome por la cintura. La mugre que tenía adherida a las plantas de los pies salió a flote. De pronto una ráfaga de tempestad impactó contra la mansión aullando por todos sus intersticios en la furiosa búsqueda por resolver el conflicto de aquel obstáculo en medio del camino.

La linterna de papá parpadeó en la oscuridad. Yo seguí tirando al suelo los trocitos de azulejo que flotaban en el agua.

–Me llamo Alma –le espeté poco después mientras me secaba con un trozo de tela sobre los almohadones de mi habitación–. Tú eres papá. Pero en los cuentos papá no es un nombre. Los papás tienen más nombres que papá.

Él estaba arrodillado a los pies del lecho. Era su posición de vigía, la que mantendría hasta el amanecer.

–También puedes llamarme padre –dijo tras una breve reflexión.

–Padre y papá son lo mismo –refunfuñé–. Yo además de hija soy Alma. ¿Entiendes?

Se oyeron gritos y disparos frente a la mansión. La intensidad de los alaridos coincidía con la cercanía de los truenos. Papá salió a averiguar lo que ocurría. Yo estaba a punto de dormirme cuando regresó y adoptó la misma postura de antes.

–Tu curiosidad es lícita, Alma –determinó reanudando la conversación–. Soy un Atlus Urbano 42 rango Tau. La única identificación equivalente a un nombre personal es mi número de fabricación.

Se trataba de un código alfanumérico de siete minutos de duración. Empezaba por 42.

–Vale –solté soñolienta.

Y que perdiera un ojo en el altercado con los de afuera no era problema. En el subsuelo solía encontrar recambios… Vamos, que esta revelación no supuso un giro en mi vida. Atlus continuaba siendo el mismo papá que utilizaba la mano como una impresora láser cuando jugábamos a dibujar en las paredes. El mismo que me reparaba las muñecas hechas con tablas presionando los clavos con los dedos. El mismo al que le pedía un abrazo tras lastimarme y de su pecho sonaba una canción de cuna. El mismo que reclamaba mi presencia en la cocina a través de los altavoces de la mansión sin necesidad de micrófono cuando yo salía de excursión… El mismo que por fortuna sabía siempre dónde encontrarme, porque en una de esas excursiones hice contacto con el primer extraño.

Al principio oí pasos en una escalera que comunicaba con el subsuelo, punto del ala oeste al que papá me prohibía bajar terminantemente por cuestiones de seguridad. Ajena al peligro, fui a investigar el origen del sonido y el intruso se detuvo frente a mí sin saber cómo reaccionar. Tenía más miedo del que yo pudiera racionalizar.

–Hola –le dije apuntándole con la linterna. Era un anciano. No tenía dientes y respiraba con terrible esfuerzo.

–¡Bajo los pies tenéis el infierno! –exclamó con expresión delirante.

Yo no entendía el concepto de infierno, pero supe que se refería a algo malo. Ladeé la cabeza y observé la escalera, la luz que caía en cascada por los peldaños hasta el portón metálico entreabierto.

–Kilómetros de pasillos, laboratorios, salas y habitaciones… –susurró el viejo abstraído en el recuerdo de su pesadilla–. ¡Ese laberinto está repleto de sombras que se mueven solas!

–Papá dice que las sombras las proyectamos nosotros –aduje con tranquilidad.

–Eres la hija de la bestia, ¿eh? Pues ahí ya no queda nadie que las proyecte… Vagan por los túneles y a veces te atraviesan… No sé lo que quieren, pero he conseguido escapar… Chiquilla, te lo ruego, ¡dame algo de comer!

Posó sus zarpas en mis hombros y empezó a sacudirme sin fuerza. Estaba claro que había perdido cualquier atisbo de lucidez. Papá brotó como un misil de la oscuridad, desacelerando una milésima de segundo antes de cogerlo por la nuca. Lo soltó a buena distancia de mí.

–Su presencia implica una infracción en el protocolo de seguridad –le advirtió–. Márchese inmediatamente o procederé a expulsarlo por la fuerza.

–¡Si tenéis oxígeno de sobra! –gritó en cuanto desapareció el dolor que la mano de papá dejaba al apretar–. ¡Hasta puedo sentir la vibración de los motores purificadores en los tabiques!

–Señor, la utilización de la fuerza no es un recurso negociable. Tiene que irse.

–Incluso puedo… –rompió a llorar–, ¡puedo oler a tierra y humedad! ¡Tenían razón! ¡Ellos tenían razón!

Papá levantó al viejo por las solapas de la gabardina roñosa y, mientras éste se debatía enérgicamente, lo colocó en el primer peldaño de la escalera al subsuelo.

–Sus enfermedades ponen en riesgo el equilibrio ambiental del refugio. Por favor, váyase antes de que me vea forzado a hacerle daño.

–¡Pero si aquí respiro bien! –exclamó lastimosamente. Jamás olvidaré sus estertores sibilantes–. ¡Esto es terapia para mis pulmones!

–El diagnóstico superficial –olfateó su aliento– indica que padece una neumonía química severa. El oxígeno no le sanará. Quizá le cronifique la dolencia. En cualquier caso, deberá marcharse. Aquí no ofrecemos servicios sanitarios.

–No pienso volver allí. ¡Está repleto de ecos!

–Sólo es energía atrapada –explicó forzándolo a bajar con su propio descenso–. Según los sensores de distancia, le aguarda un viaje de tres días hasta el sector colapsado por el que accedió al complejo.

–¡Pero por favor…! –fue lo último que imploró antes de que papá cerrara el portón y luego lo sellase con el calor que irradiaban sus manos. El llanto del viejo se fue alejando a través del acero de medio metro de grosor. Creo que murió ahí mismo, o tal vez avanzase un poco más. En cualquier caso, los sensores de distancia que papá consultaba a menudo no registraron ningún movimiento en meses.

Antes de abandonar aquel escenario sombrío, recogí del suelo una foto manoseada que se le había caído al intruso. En ella se podía ver una pradera que reverdecía bajo un sol que deslumbraba el ángulo superior derecho de la imagen. Con los dedos sucios toqué unas cositas blancas que papá identificó como ovejas. Iban juntas, en “hato de ganado lanar”, recorriendo una llanura que desaparecía abruptamente y volvía en forma de sierra alzándose a un inconcebible cielo azul. Inquieta ante la posibilidad de que papá me quitase la foto por las enfermedades del viejo, se la enseñé pidiéndole que me llevara a ver las ovejas.

Papá se detuvo y la estudió largamente.

–Está bien –sentenció. Yo abrí los ojos de sorpresa y comencé a saltar a su alrededor.

Aquella semana me cosió a exámenes. Para qué negarlo, recibí una formación excepcional. Papá me explicó que los Atlus disponían de una biblioteca interna que abarcaba en mayor o menor medida todas las disciplinas del saber humano. Recuerdo que una vez le pedí que me cuantificase la magnitud de su base de datos y tardó veinte minutos en procesar la petición. Millones de teras repartidos entre archivos de audio, texto y vídeo. Los rango Tau contaban además con la capacidad de jerarquizar su conocimiento en un sistema educacional adaptable a la edad del niño. Con las paredes de pizarra descubrí un mundo que ignoraba. Aprendí lo que eran los gobiernos, los embajadores y los escudos antimisiles, y por qué fallaron la noche que desde la Estación Espacial Internacional vieron la atmósfera de la Tierra llenarse de estelas cruzadas. Sí, fui buena alumna. Por ello, cuando saqué dieces en todos los exámenes, papá se me acercó con una máscara antigás y dijo:

–Será estimulante para tu aprendizaje que te recompense con algo que te prometí.

No cabía en mí de alegría. Sin embargo, la polvorienta máscara antigás no pasó desapercibida.

–¿Y eso para qué es? –pregunté cejijunta.

Tardé años en entender su vacilación. Y aún hoy sigo asombrándome con su humanidad.

–Necesitas protección –respondió–. Es posible que tus pulmones no estén preparados para asimilar el aire nuevo del exterior.

Tras apretarme las correas de la máscara, me cogió de la manita y me llevó hacia el atrio. Extrañada con la intensidad de mi respiración, lo observaba todo como a través del visor de un batiscafo. Y mientras la puerta principal al exterior se abría hacia arriba entre gruñidos metálicos, papá me miró fijamente. Yo le correspondí. Era su forma de sonreír.

Poco a poco una luz que a veces parpadeaba comenzó a subir por mis piernas hasta alcanzarme la cintura. Retuve el impulso de echar un vistazo. Quería que el impacto fuese total; de hecho, la sorpresa no pudo ser mayor. Tardé varios segundos en salir del asombro que suponía descubrir un mundo idéntico al de la foto que guardaba en el bolsillo.

Allí fuera reverdecía la pradera bajo un sol cegador. Bajo un cielo tan azul que dolía. Los árboles custodios solazaban a las ovejas con sus sombras donde la llanura rompía, desaparecía, y luego se alzaba al horizonte en picos de sierra. Era tan maravilloso, tan magnético, que cuando el paisaje entero parpadeó con un bajón energético que produjo chisporroteos en el atrio y el mundo se tornó gris parduzco y la pradera dejó de ser pradera para convertirse en dunas de basura que se extendían inconmensurables a través de un cementerio de aerogeneradores torcidos o vencidos que llegaba hasta donde se perdía la vista en aquel vertedero acribillado de fumarolas, no perdí la esperanza de haberme “equivocado”. Ni siquiera cuando el viento retiró un banco de bruma y en la lejanía comenzó a adivinarse la presencia monstruosa de un panorama urbano de factorías vivientes que rugían fuego al cielo nuclear. Ni siquiera… Porque papá, que había retrocedido sigilosamente al atrio, golpeó con la mano abierta un panel de control instalado en la pared y la foto del viejo regresó en el acto, abrumándome con su verdor.

En ese momento no lo entendí. Me quedaban por delante muchos años de creer que las ovejas aún existían.

La vida en una mina extraterrestre

JUAN MANUEL LABARTHE

La vida en una mina extraterrestre

La verdad sea dicha, la colonia minera Esperanza situada en Nébula 4B-X no es un lugar que impresione. A simple vista, lo único que se ve es un conjunto de edificios anodinos: bloques cuadrangulares, blancos y grisáceos, desperdigados en un radio de unos diez kilómetros. Los edificios están interconectados por pasajes lo que permite transitar por todo el complejo sin la necesidad de salir a la superficie. Esto es fundamental porque la vida afuera resulta insostenible para los humanos, las densas concentraciones de sulfuro y óxido en la atmósfera, las altas temperaturas, hacen que para una breve caminata por la superficie del planeta uno tenga que pertrecharse con gruesos trajes espaciales diseñados exprofeso.

Los edificios albergan las oficinas administrativas, las bodegas, las plantas procesadoras, los generadores de aire, los puertos para la embarcación del material, las viviendas de los humanos con todos sus servicios. Junto a este pequeño pueblo existe otro, invisible al ojo desnudo, pero que es en realidad mucho más grande y complejo que el que sí se puede ver. Se trata, claro está, de las minas, una intrincada red de túneles subterráneos, cientos de tentáculos de caprichosa forma que horadan el interior del planeta hasta llegar a los 3,000 metros.
En la parte superior de las minas, hay también viviendas y servicios, separados de los de la superficie. Ahí habitan los molios, los trabajadores de la mina. Las duras condiciones que imperan en las entrañas del planeta hacen imposible para los humanos sobrevivir ahí abajo más de unos cuantos minutos. Los molios en cambio, de apariencia humanoide pero cuya anatomía tiene una espectacular resistencia han sabido adaptarse.

Los molios son traídos por las naves desde Termack, un planeta de clase C que se encuentra en las profundidades de la galaxia. Termack apenas cuenta con tecnología, tiene que importar casi todos sus bienes y comodidades, la vida es allí pobre y dura: por ello es que el trabajo en las minas constituye para los molios una perfecta oportunidad de mejorar sus condiciones. No es fácil, claro está. Los contratos duran cinco años lo que es mucho tiempo para los grandes riesgos que implica la vida en la mina. Los derrumbamientos y los accidentes son comunes, pero para los que logran sobrevivir intactos es maravilloso regresar a Termack tras haber amasado una pequeña fortuna.

A pesar de los riesgos y de que siempre se necesitan trabajadores en las minas, la demanda supera con creces la oferta, cuando llegan las naves, irrumpiendo con su elegante figura plateada el fosforescente cielo de Termack, cientos de molios se apretujan en torno a sus puertas, con la esperanza de ser contratados.

En realidad los molios reciben apenas una ínfima parte de la riqueza que se genera en Esperanza. En las minas se hallan abundantes yacimientos de gran cantidad de materiales, entre ellos, níquel y tungsteno, pero la verdad es que nadie se preocupa por ellos: lo único que verdaderamente importa es el veridio. Este es el verdadero oro de la era interplanetaria, un metal cristalizado que se aplica en casi todos los ramos de la industria, pero especialmente en las construcciones de naves, en los sistemas de defensa y comunicación. Por alguna razón que los científicos todavía no han podido explicar, el veridio abunda en Nébula 4B-Xcomo en ningún otro planeta de los que se han explorado hasta ahora.
Su extracción no es fácil. Aun para los molios, en las minas el calor es infernal, las condiciones de trabajo extenuantes, con grandes taladros neumáticos extraen el material en grandes bloques que lo contienen apenas en un uno por ciento, de ahí se le transporta a la superficies donde pasa por varios cámaras y hornos, donde reciben procesos químicos, de cocción, filtración, fundición y electrorefinación, hasta que se obtiene el producto final. Este trabajo lo realizan exclusivamente los humanos, y en comparación al de los molios es un juego. De ahí el veridio pasa al almacén, donde no permanece mucho tiempo, pues las demandas son tan grandes que constantemente llegan las naves a proveerse del material.

Aunque el arriba y el abajo están en constante contacto son dos mundos totalmente aparte. Difícilmente hay algún diálogo entre sus habitantes. A los molios les está prohibido subir, los humanos jamás bajan. En la minas, los molios excavan, y duermen soñando con el día en que terminará su voluntaria esclavitud. Arriba los humanos tienden a olvidar que los grandes bloques que llegan en las cintas transportadoras, fueron extraídos por alguien. Los molios con sus ojos rojo-fuego, su apariencia de estatua estilizada, sin rasgos definidos, el cuerpo plano, les parecen todos iguales, un solo organismo, compuesto de una multitud de individuos. El rostro de los molios parece hierático, y representa un enigma pero es un enigma que a nadie le interesa descifrar.

Adiós al silencio

VEXY PRENTISS

Adiós al silencio

En ese bello planeta rojo, las cosas no podían ser más fáciles para Xinia y sus congéneres. Todo aquel que quisiera asegurarse una existencia pacífica y honrada, únicamente tenía que preocuparse por levantarse temprano y obedecer a la autoridad sin atreverse jamás a protestar. Allí no había lugar para espíritus rebeldes que soñaran con derrocar al sistema. Los encargados de decidir el destino de los más jóvenes, eran los ancianos del planeta, y si alguien se atrevía a desafiar sus opiniones, esa persona automáticamente se transformaba en un ser odiado incluso por sus más allegados. Sí, la situación era terrible para los que anhelaban tener sueños propios, y Xinia, a pesar de ser la hija de una familia acomodaba, lo sabía, y le dolía profundamente en el alma. Quizás a otros seres del mismo planeta los lastimaba el control absoluto del gobierno, sin embargo, nadie se preocupaba por hacer algo ¿Qué importaba algo tan tonto como la individualidad, si todos los habitantes tenían su bienestar asegurado? Sintiéndose harta de la falsa serenidad de la gente de su pueblo, Xinia tomó prestada la nave de sus padres, y sin pedirle permiso a nadie, dejó por primera vez su planeta natal.

A lo largo de su largo viaje por el espacio ella se encontró con escenas casi idénticas a las de su planeta natal; seres hechos de polvo de estrellas deambulando por allí con máscaras de perfección sobre sus rostros. Todos ellos deambulaban por la vida con enormes sonrisas, pero no lo hacían porque sus corazones estuvieran llenos de luz, sino para acallar un asfixiante temor a ser perseguidos y rechazados por todo mundo si mostraban sus verdaderos sentimientos.

La joven extraterrestre se desanimó bastante al ver tanto conformismo, y con tristeza, decidió emprender el largo viaje de regreso a casa. A mitad del camino, Xinia se encontró con algo que le llamó poderosamente la atención: un pequeño planeta azul. ¡Vaya! Ella únicamente había leído acerca de ese lugar en la escuela, y honestamente, había tenido dudas de que un sitio así fuera real. ¿Quién puede vivir entre tanta agua?, y por aún, ¿qué clase de seres soportan vivir con temperaturas menores a los cien grados centígrados?

Sintiendo que una enorme curiosidad crecía dentro de su pecho, Xinia decidió a hacerle una pequeña visita a ese planeta azul. Lo que encontró ella al navegar discretamente entre las nubes de ese lugar, no tenía comparación con ninguna de las otras cosas que se topó en su viaje por el espacio. Los habitantes del planeta azul utilizaban una tecnología similar a la que se había usado mil años atrás en otros rincones del Sistema Solar. Y lo peor de todo era que ellos no utilizaban veloces naves para transportarse, sino horribles y lentos armatostes hechos de metal que desprendían humo tóxico por doquier. ¡Vaya terrible sitio para vivir! Al ver ese espectáculo tan grotesco, Xinia sintió ganas de regresar a su planeta, pero algo la detuvo. Sobre una pequeña ciudad caían nubes de fuego sobre los ciudadanos indefensos. La gente lloraba y maldecía en las calles, mientras sostenían los maltrechos cuerpos de sus seres queridos.

Desgarraba el alma tener que ver algo así, pero Xinia supo que allí, en medio de tanto dolor, era donde tenía que estar ella. Quizás los habitantes del planeta azul eran poco agraciados, y sobre todo, dueños de una inteligencia inferior, especialmente se les comparaba con los seres de otros planetas, pero por lo menos, ellos no tenían miedo de dejar anidar al dolor en sus corazones

Llanto

ENRIQUE BORST

Llanto

El tiempo le pasó indefectiblemente, al final nada se acordaba de lo reciente y poco de lo que había vivido. A veces se pensaba un juglar, un caballero, un campesino, otras veces se creía esclavo de un imperio, un rey del desierto, una odalisca y hasta un pirata.

Él no era nada de eso. Él iba de la cama a la sala, de la sala a la cocina y de vuelta a la cama. Se quejaba de los infinitos dolores físicos. Un día apareció preso en su cama. Una señorita de malos modales le repitió que lo cuidaba. Él ya ni siquiera sabía que tenía hijos y nietos, paradójicamente ellos se habían olvidado de él. Terminó sus años agónicos y delirantes en su cama de toda una vida, con olores feos y sábanas sucias.

Respiró las aguas del paraíso. Sintió una felicidad enorme que se terminó con la queja de su madre. Sintió un dolor agrio al respirar el aire y observó el mundo con desconfianza. Aprendió a caminar y aprendió un idioma. Él todo lo retenía, palabras, imágenes, formas. Todo quedaba registrado. Sonrió. El aire se hizo dulce y excitante. Su madre lo nombró y él nombró a su madre. Se inclinó por la religión y se destacó en sus estudios. Tuvo profesión, se creyó altruista y dio a todos cuanto pudo. Se casó, fue el marido fiel y perfecto, amó a sus hijos. Pregonó el respeto, el amor y el trabajo. Un día de invierno lo lloraron.

Abrió sus ojos y respiró. Amó el tacto y el aroma de su madre. Quiso abrazarla y estar todo el día pegado junto a ella. El calor de su sangre fue un escudo irrompible que terminó el día menos esperado. A él los años y las noches lo encerraron en un torpe pensamiento sobre el vacío. El mundo estaba lleno de enigmas y él era demasiado débil para enfrentarlo. Sin siquiera echar un vistazo se le antojó malo y egoísta. La tragedia marcó su vida y afloró, el día menos esperado llegó de golpe. Él no pudo solo. La angustia horrible lo carcomió, la vida era despreciable. Pensó en la mentira como una peste y se sintió acorralado. Una tarde luego de varias noches sin sueño decidió de irse abruptamente.

Nadó por aguas suaves de algodones, bebió la espesa leche materna y el azar le hizo un guiño. Él era bello y delicado. Leyó todos los poemas y se convirtió en un ser sediento de amor. Conoció princesas de países nórdicos y las amó, tuvo romances en la selva y en el llano. Él las amó a todas pero tanto amor un día colapsó. Sus días le fueron cortados mientras buscaba una musa en las cercanías de un bosque, se dice de una actriz, de una locura, de un amor imposible, de celos y de un disparo certero.

Nadó, volvió diminuto y anémico. Sin fuerzas y llorando sin razón. Fue alto y de contextura fuerte. Tuvo impulsos incontrolables. Se dedicó a la política y a la guerra, la combinación le resultó perfecta. Nada había después de la vida. Aborreció a sus padres y escupió a su mujer. Él despreció al hombre. Lo nombraron tirano, y en silencio algunos lo llamaron héroe. Su apetito nunca tuvo límites, se apropió de corazones, de tierras y tuvo sueños de sangre. Se creyó inmortal. La vejez misteriosa fue la única que pudo con él.

Nadó, respiró fuerte y lloró descontrolado. Es un angelito, dijo la partera y la madre sólo quiso abrazarlo…

Alteridad

FACUNDO JOEL ROITMAN

Alteridad

Un día soñó que soñaba y en ese sueño estaba despierto. En ese transe era un bípedo, cíclope como los demás, con sus piernas giratorias y con sus dos alas negras. Era muy triste ver cuando a otro le faltaba alguna parte del cuerpo o alguno de sus atributos. Generaba lástima ver a algún semejante que no podía volar por ejemplo, porque encontraba condiciones disímiles al resto. Él se encontraba estable, tenía una buena relación con sus “caglios”, una especie de familia pero mas amplia, conformada por varios individuos. Lo que más le satisfacía era ver el ambiente, las flores marrones le acariciaban la vista, y el cielo lo energizaba en aquellos momentos en los cuales se vislumbraba como caían ladrillos de cemento cuando el clima estaba desmejorado. El alimento no era un problema, cada individuo necesitaba imaginar la comida que iba a ingerir y con el poder de la mente aparecía la ración. Obviamente no se permitía, con este mecanismo, la existencia de la abundancia ( a raíz de la superproducción): quien solicitaba más de su necesidad era castigado con la quita temporal de la facultad de autoabastecerse.

Cuando durmió en este sueño, despertó del sueño alterno que soñaba, y al volver a soñar se despertó en el otro trance, pero como en todos los otros con la certeza de un continuo ininterrumpido en el que existía pasado y presente. Ahora era un armazón con extremidades que se trasladaba de un lugar a otro rebotando de aquí para allá. Proyectaba su futuro, hacía cálculos, multiplicaba, dividía y tenía la ambición de crecer en el mañana, mas no sabía que el mañana no existe, que al despertar el universo se iba a configurar nuevamente y que en el próximo sueño no se iba a acordar de lo que fue en este, ni en el anterior y por lo tanto nunca habrá sido un bípedo, ni un armazón.

Cuando despierte va a creer que su alrededor existe antes que él, cuando evidentemente él es anterior a su alrededor y no sabe que es quien lo configura.

Cuando durmió, despertó del sueño de su sueño. Al volver a soñar se encontró desperezándose en una cama, ahora parecía tener una cabeza con dos ojos, una nariz, una boca, un torso, dos brazos y dos piernas. Se desplazaba con sus dos piernas, primero apoyaba una, luego la otra. No lamentaba no saber volar, pues no se acordaba de haberlo hecho alguna vez. Tenía como una especie de familia que se limitaba a lazos sanguíneos. Se dirigía al trabajo, pensando que lo hacía como todos los días (día: factor arbitrario y subjetivo de medición del tiempo). El cielo era celeste y había una estrella luminosa a la que le proseguía un satélite que brillaba en la oscuridad, que se llamaba luna. Antes de irse a dormir le echó un vistazo silencioso a la luna, yo le quise advertir que se despidiera de ella, porque no la iba a volver a ver en su próximo sueño, pero finalmente me contuve y no dije nada, total no se va a dar cuenta.