Virgilio, el poeta romano de los héroes griegos

virgilio_obras_completasVirgilio dio una nueva forma al gusto, a las pasiones, a la sensibilidad. El adivinó en una hora decisiva del mundo aquello que amaría el porvenir. Él enseñó la ternura profunda, el suave y noble lenguaje. Abrió los anchos y claros raudales de la palabra bella en obras como las Bucólicas, las Geórgicas y la Eneida.Nacido en el siglo I a.C. en Italia, fue un hombre de educación refinada que pronto destacó por sus cualidades poéticas. Convivió con uno de los momentos más intensos de la Historia de Roma, el asesinato de Julio César, acontecimiento que marcó en gran medida su obra, así como el origen campesino de sus padres. Entre su obra hay un título que destaca sobre los demás: La Eneida.

Virgilio le dedicó los diez últimos años de su vida. Con ella quiso otorgar a Roma y su pueblo un origen épico que descendiera directamente de los griegos. De ahí que tomara la figura de Eneas, el héroe que logró sobrevivir a la caída de Troya, en un viaje extraordinario en busca de un nuevo hogar. Y esa tierra prometida será Italia, donde fundará una ciudad que terminará tomando el nombre de Roma y se convertirá en el faro del mundo occidental durante siglos.

Se cuenta que quiso Virgilio que se destruyera la Eneida en el momento de su muerte, pero su gran amigo Octavio Augusto, emperador de Roma, se negó a hacerlo. El mismo Dante homenajeó a Vorgilio al tenerle de guía en gran parte del recorrido de su Divina Comedia.

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Tutankhamón, el faraón niño

tumba_perdidaEn 1922 se descubrió en el Valle de los Reyes, en Egipto, una de las tumbas más importantes de la arqueología. Se le dió el nombre de KV62. ¿Quién dormía el sueño eterno en su interior? Aquella era la tumba de Tutankhamón. Con poco menos de diez años fue coronado faraón y su reinado duró tan poco tiempo como su vida, pues murió en torno a los dieciocho años. Realmente no fue un faraón decisivo en la historia de Egipto. Vivió en la primera mitad del siglo XIV a.C. Pero tiene una importancia vital en el siglo XX de nuestra era porque fue y sigue siendo la primera tumba que se encontró sin saquear, con el tesoro completo, con todas las piezas, el ajuar funerario completo y la momia del propio faraón. Es cierto que los ladrones la abrieron en la antigüedad, pero no les dio tiempo a robar y la tumba de nuevo fue sellada, esta vez hasta 1922.

Existen incontables libros sobre la figura de Tutankhamón y sobre el descubrimiento de su tumba, pero en España también se hace buena egiptología. Un ensayo sobre el descubrimiento de la tumba del faraón niño, Tutakhamon, el último hijo del sol, nos introduce de lleno, con sencillez y con naturalidad en el apasionante descubrimiento que Howard Carter realizó en el Valle de los Reyes, “oro, el brillo del oro por todas partes”, el primer ser humano que tuvo el privilegio de ver “cosas maravillosas” como no se habían visto desde hacía 3.500 años.

Pero la ficción también tiene sello español en La tumba perdida, una intensa novela que nos lleva a un viaje en paralelo al verdadero descubrimiento de Carter. ¿Y si hubiera una tumba sin descubrir aún más fabulosa que la del propio Tutankhamón?

Y los dos libros nacen de la tinta del mismo autor, Nacho Ares, uno de los estudiosos de la egiptología que mejor conoce el mundo de los faraones y que es capaz de desvelar algunos de sus más complejos secretos.

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La Guía Michelin en la Guerra Civil

guia_michelin_1936Es curioso cómo la Historia, con mayúsculas, trastabilla la vida de cosas que nada tienen que ver con la disputa. Eso le ocurrió a la Guía Michelin en España durante la Guerra Civil. La legendaria guía comenzó en 1910 a publicar España y Portugal, con informaciones para el turista automovilístico que deseara recorrer la Península Ibérica. Hoteles, restaurantes, rutas, carreteras e incluso mantenimiento y mecánica del coche.

A finales de 1935 se terminó la guía para el siguiente trienio. Pero en 1936 estalló la Guerra Civil en España y la guía de 1936-1938 fue la última que se pubicó de España hasta que en 1952, quince años después, los automovilistas españoles pudieron recuperar este elemento fundamental de los viajeros en una época en la que no existían navegadores, ni GPS, ni una amable señorita que te habla desde tu teléfono para indicarte que te has equivocado por no seguir sus indicaciones.

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Garfield, el gato con nombre de presidente

garfieldEn 1978 nació uno de los personajes más conocidos del mundo del cómic. Con tres recuadros en cada tira, el gato Garfield se ha llegado a publicar en más de 2.500 periódicos de todo el mundo. Un verdadero éxito para un animal vago y perezoso, amante de la lasaña, odiador de los lunes y las arañas, perseguidor infatigable de carteros y pesadilla de su compañero perruno, Odie. Jon Arbuckle, su dueño o esclavo, depende de cómo se mire, es un exponente extremo de lo que conocemos por santa paciencia, ya que debe mantener la paz y el equilibro en una casa en la que el perro sufre accidentes inverosímiles provocados por Garfield, los ratones campan a sus anchas gracias al acuerdo de no persecución al que llegan con Garfield porque el gato no quiere esforzarse en correr tras ellos, el cartero termina con el uniforme hecho jirones gracias al meticuloso uso de las uñas que hace Garfield o donde la comida desaparece y termina, sin remedio, en las patas del gato.

Series de televisión, especiales y dos películas avalan la trayectoria de estrella mediática de un gato pelirrojo que representa con deliciosa precisión la relación de un dueño como Jon (Bonachón es su apellido en español) con el rey de la casa, el gato Garfield, y el resto de seres vivos que, sin duda, siempre son inferiores a él.

Su creador, Jim Davis, decidió darle el segundo nombre de su abuelo, James Garfield Davis, que a su vez recibió el nombre del presidente de los Estados Unidos, James A. Garfield.

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Los números y los de letras

Reconozco que soy de letras; si no puras, sí de letras mixtas. Sin embargo, me fascina la ciencia, me produce un vuelco en la mente descubrir sus entresijos en las explicaciones de quienes la conocen.El DRAE define el número como la “expresión de una cantidad con relación a su unidad”. Todo lo demás puede considerarse ciencia. Y es muy difícil explicar a un lego en materia científica y, como es mi caso, torpe intelectual en la comprensión matemática, qué importancia tienen los números. Sé que sirven para contar, hasta ahí mi conocimiento alcanza, pero la complejidad de un concepto tan cotidiano como el cero no es una cuestión superficial. Porque el cero no se utilizó como se conoce hoy hasta principios del siglo IX, en la India. Martin Rees publicó un interesantísimo libro, Seis números nada más, donde refleja el delicado equilibrio del Universo basado en seis números; por ejemplo, si la constante de la gravedad fuera un poco menos de lo que es, la atracción entre los astros sería tan distinta que no reconoceríamos el cosmos.

En castellano podemos encontrar un libro interesante de 1976. Agustín García Calvo publicó De los números, un texto cuando menos extraño para un autor especialista en literatura clásica griega y romana, filósofo, pensador, poeta y dramaturgo. Él mismo reconoce que se trata de un libro que surge de su propia ignorancia numérica, “quién sabe si, pese a sus errores y torpezas, no puede este discurso suscitar algún vislumbre que a otros más doctos y formales les impulse a formular una crítica rigurosa de las convenciones aritméticas vigentes…”, porque los que somos de letras también queremos entender de números.

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El misterio del cuento secreto de la biblioteca. El gato sin botas

LAURA DEL VAL CAMACHO

El misterio del cuento secreto de la biblioteca

El gato sin botas

Hace mucho tiempo, requetemucho tiempo, vivía un pequeñísimo gato en una biblioteca que un día descubrió un libro mágico que se titulaba El misterio del cuento secreto de la biblioteca. Este tenía tanta magia que… ¡el libro le llevó a un país fantástico!

Allí se encontró a una sirena que cantaba dulcemente una canción maravillosa:

“Érase el dulce amor entre las olas, y tú fuiste un gran rey con una caracola en la corona…” .

Y también se encontró un unicornio con un magnífico cuerno y dos alas. Y vio un diamante gigante. Dentro de aquel mundo había muchos más personajes. Blancanieves estaba junto a su príncipe, llamado Felipe. Peter Pan junto a Campanilla luchaba con un pirata llamado Garfio. Aurora estaba con sus queridísimas hadas… Y de pronto, el gato se metió en un lío:

¿¿¿¿Queréis que os cuente qué pasó????

Resulta que el libro mágico pasó una hoja mágica y allí el unicornio pinchó con su cuerno a Peter Pan. Cuando vio eso el gato, dijo: “Un momento, ¿el malo no era Garfio?” Y todos contestaron: “¡Sí!”

-Entonces ¿por qué ellos dos se están peleando?

-No, señor gato, ellos no se están peleando. Es Garfio que está manejando al unicornio.

-¡Para de manejarlo, Garfio! O, si no, te las verás conmigo –ordenó el gato, que tenía tanto frío en las patas que decidió calzarse unas botas del 43 que alguien había abandonado allí.

-Bahhhh –se burló Garfio-. Me las voy a ver contigo, a ver qué pasa.

Pero como el libro le había dado magia al gato, el gato venció a Garfio.

-¡Vale, vale! Tú has ganado, ya he aprendido la lección, tengo que ser bueno con todos vosotros –admitió Garfio.

Y tras mandarle a reflexionar, los demás pensaron cómo firmar la paz. Celebraron una fiesta de amistad a la que lo invitaron. En este caso el que debería comerse la tarta de pisos entera sin compartirla, según las normas de las fiestas de reconciliación, era Garfio. Pero no le dolió la barriga porque era muy pequeñita.

¿Queréis que os cuente qué cosas había en la fiesta y quiénes asistieron?

Fueron todos los de ese país y el gato, que sólo era un visitante. Había globos, piñatas, éstas sí las compartió, serpentinas, confeti, guirnaldas, silbatos, etcétera. Se lo pasaron muy bien, sobre todo con Garfio, porque a pesar de haber sido tan malo, resultó ser muy divertido en las distancias cortas y, ¿sabéis qué?, contaba chistes, hacía bromas y muchas cosas más. ¿Os cuento uno de sus chistes?

-¿Sabéis cuál es el chiste más corto del mundo????

-…

-Pan… No tiene mucha gracia, pero ¡tiene mucha miga!

Al terminar la juerga, aquellos maravillosos personajes, incluido Garfio, salieron del libro con el gato hasta la realidad, en donde desde entonces todos ellos viven juntos. Si estáis muy calladitos, cuando veáis a un gato maullar, os contará que los descendientes de todos estos personajes son ahora parte de su familia.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y colorín colorete por la chimenea sale un cohete. Y colorín coloreta te esperamos en la biblioteca.

Desierto helado

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Desierto helado

1

– Nunca debimos venir a este planeta.

Aliya miró a Reck con reprobación. Un segundo de abordo nunca dice eso al capitán delante de la tripulación. Pero lo cierto es que ella misma había experimentado esa sensación desde que pisaron ese planeta. No se podía explicar, pero ahí estaba.

Un inmenso desierto se extendía a su alrededor: una superficie helada salpicada de montañas de cristal.

– Segundo, comience los preparativos, que la nave esté dispuesta cuando antes. No estoy dispuesta a perder un minuto más del necesario.

– Sí capitana – sonrió Reck.

Aliya prefirió hacer caso omiso del sarcasmo. Desde que accedió al mando, su segundo no le había puesto las cosas fáciles. Pero era un buen soldado, de modo que se alejó con calma.

A pesar de la seguridad con la que había dado la orden de aterrizar, no sabía dónde estaban. Los sistemas de navegación estaban dañados y se habían alejado demasiado de la base. Vagar por el espacio sin sistemas de navegación era casi tan peligroso como aterrizar en un planeta desconocido. Y ella tenía que tomar esas decisiones.

Reck miró a su capitana de mal humor. Sólo a una novata se le ocurría aterrizar en un planeta desconocido. Los sistemas de navegación podían haberse arreglado en travesía, pero ella prefería no arriesgarse. Cierto que hasta ese momento les había mantenido con vida, pero tomar sin tierra sin conocer dónde… De todos modos era su capitana y hasta que no demostrase negligencia o incapacidad, él no desafiaría su autoridad. Observó que se detenía junto a una grieta y se acercó para comunicarle que las reparaciones tardarían y pasarían allí la noche. “Y no me gusta”, se decía, “hay algo en este planeta que no me gusta, hubiera preferido arriesgarnos con el espacio”.

– Capitana, los sistemas han sufrido fallos internos. Si esperamos a una reparación completa tendremos que hacer noche. Pero podríamos iniciar el vuelo una vez solventados los problemas estructurales. La programación puede reconfigurarse en vuelo.- Reck se dio cuenta de que Aliya no había atendido a sus palabras.- Capitana, ¿me ha escuchado?

 

Aliya seguía absorta y Reck tenía poca paciencia. Se encaró con ella, que le miró con recelo. Después volvió a clavar la vista en el fondo de la grieta. La oquedad no era muy profunda y en el fondo Reck creyó percibir un bulto.

– Eso parece un cuerpo.

– Eso ES un cuerpo- respondió la capitana.

– Hay que avisar a los hombres- Reck se dio la vuelta y Aliya le detuvo.

– No se comunicará nada a la tripulación. Descenderemos, comprobaremos lo sucedido y evaluaremos la situación. Después, veremos.

– Capitana, está loca.

Aliya, por segunda vez, fingió no haber oído a su segundo e inició la bajada. Las paredes eran bastante verticales y el hielo complicaba los movimientos. “Bajar será fácil”, pensó Reck observando a su capitana, “veremos cómo sube después”. Ella pareció haber escuchado su pensamiento y se detuvo.

– He dicho descenderemos. Eso incluye a alguien más. Y usted es el único que está por aquí.

Tras varios resbalones e imprecaciones del segundo de abordo, llegaron al fondo. Aliya le ordenó quedarse a su espalda mientras ella examinaba el cuerpo.

– Capitana, eso es…

– Sí, eso parece.- Aliya se giró hacia su segundo y murmuró- bienvenido al Sistema Solar

2

Aliya recordó. Siglos atrás, la degradación del planeta Tierra aceleró la investigación espacial. Marte fue la primera conquista, donde crearon un hábitat similar al terrestre. Pero la próxima muerte del Sol les obligó a investigar planetas más lejanos. La expansión de la estrella amenazaba la vida de Marte y los humanos se lanzaron a unas colonias experimentales que aún no estaban asentadas ni preparadas para todas las posibles contingencias. Los planetas más cercanos fueron engullidos por la gigante roja. Las previsiones de los humanos se quedaron cortas y sólo se salvaron los tres planetas más lejanos. Ninguna colonia asentada en Urano sobrevivió más allá del tiempo que tardaron en consumirse sus reservas de oxígeno. Su atmósfera de hidrógeno, helio y metano impedía cualquier vida. En Neptuno ni siquiera probaron suerte, la superficie del planeta era una manta de gases calientes. La única posibilidad se la ofrecía el pequeño Plutón, cubierto de nitrógeno, metano y monóxido de carbono helados. Pero el calor derritió el hielo y ellos consiguieron sintetizar agua y oxígeno. A pesar de los problemas, la colonia salió adelante.

Mucho después, el Sol avanzó a su siguiente paso: comprimirse hasta convertirse en una enana blanca que se fue enfriando sin remedio. La carencia de luz suficiente y el descenso brusco de las temperaturas redujeron a Plutón a lo que había sido: un desierto helado.

Por lo que Aliya sabía, algunos humanos habían sobrevivido, los últimos de su especie. Siempre se preguntó, si era cierto que aún existían, cómo podían sobrevivir en un planeta desierto.

– Ha muerto devorado- murmuró con asco

Reck la observó, conteniendo a duras penas la idea que la propia capitana expresó.

– Vámonos. Lo que falte, que se termine en vuelo. No sabemos su número ni su equipación. Y el hambre es un acicate poderoso. Somos un bocado perfecto.

Su segundo asintió y comenzaron el ascenso. Tardaron más de lo que hubieran deseado y Aliya no dejaba de mirar atrás. Lo que no había dicho es que la sangre aún estaba caliente. Se dirigieron a la nave con calma, siempre vigilando el entorno.

– No quiero explicaciones a los hombres. Que recojan y se dispongan a partir inmediatamente. De las razones me encargaré yo cuando lo considere oportuno, ¿entendido?

– Perfectamente capitana.

Aliya observó que había perdido el tono irónico. “Será que la posibilidad de convertirse en comida de una especia primitiva no le hace gracia. Desde el momento en que descubrimos el cuerpo, dejó de ser el segundo de abordo impertinente para convertirse en el soldado”.

Cuando embarcaron y despegaron, Aliya se encerró en su camarote para redactar el informe, mientras Reck supervisaba las reparaciones. Mientras, entre las montañas de hielo, unos solitarios ojos observaban con envidia y desesperación el alejamiento de la nave.

Borrados

ROSA Mª GUIJARRO PAREDES

Borrados

R. se despierta este mediodía con una resaca espesa. Enciende la  televisión en la cocina en un acto reflejo. No le hace mucho caso pero al menos tiene la sensación de no estar solo. En la televisión están emitiendo el telediario que tan poco le interesa. Piensa que no debería haber bebido tanto la noche anterior. Como viene siendo costumbre últimamente ha salido con M. y K. Fueron al “Belle” a escuchar buena música y a bailar. Empieza a estar cansado de realizar el mismo ritual los últimos meses. Desde que A. desapareció parece que es lo único que es capaz de hacer: salir, beber, salir, beber. Todo en un bucle de eterno retorno para no volver a pensar en ella. Pero por más que lo intenta todo parece recordársela. Debería haberse mudado de piso. De esta manera por más que hubiera realizado cambios en la casa, las cosas no le devolverían a A. a cada instante. Había cambiado la cama de sitio. Los muebles de la habitación estaban ahora orientados al sur en lugar de al norte. Se había exprimido los sesos en un esfuerzo por eliminar todo su rastro: las fotografías, su ropa, los libros, todo. Pero aun así no había manera de olvidarla. A. persistía en quedarse en el apartamento. Cinco años son muchos para borrarlos así como así y proporcionalmente R. pensaba que necesitaría el mismo número de años para olvidarla que los años que habían pasado juntos.

Lo peor de todo es que no hubo ningún motivo, simplemente se acabó porque sí. Pero eso no es suficiente para que R. deje de pensar en ello. Además las circunstancias en las que sucedió todo fueron muy extrañas. No hubo un porqué y como colofón, A. desapareció del mapa en el sentido literal del término. Se desvaneció un poco cada día hasta finalmente desaparecer.

Empezó todo con el silencio. A. dejó de hablar paulatinamente hasta dejar de emitir ni una sola palabra. Primero fue como una ligera afonía para luego comenzar a negarse a hablar por las mañanas, al mediodía y finalmente por las noches. El apartamento se sumió en un sepulcral silencio que casi consigue enloquecer a R. Por más que insistía en hablar con ella, A. no se dignaba a contestar. Era como si la desgana se hubiera apoderado de ella. Todo continuó de manera progresiva. Un día A. dejó de levantarse por las mañanas para ir a trabajar. En el trabajo la despidieron y empezó a vagar por la casa como alma errante, arrastrando los pies y perdiendo poco a poco el brillo en su mirada. Ni los libros, que siempre habían sido su refugio, parecían llamar ya su atención. R. insistió en que acudiera a un médico pero A. se negó mediante su silencio e indiferencia.

Por las mañanas comenzó abandonando el desayuno. Luego le llegó el turno a los almuerzos limitándose a beber un simple tazón de caldo. Las cenas se fueron convirtiendo cada vez más en inexistentes. Parecía que A. si se fuera apagando cada día un poco más. La delgadez era evidente, las ojeras se hicieron cada vez más oscuras y su tez se fue tornando cada vez más blanca.

A R. le hubiera gustado continuar insistiendo en que A. fuera al médico, pero algo se lo impedía. Era como si él también se fuera dejando vencer por aquella dejadez. Se fue acostumbrando a ver la imagen de  un fantasma en lugar de a su pareja.

Él comenzó a ausentarse cada vez más en un intento por evitar lo que parecía no tener remedio: ella se estaba comenzando a evaporar. Una mañana en la cama, al ir a abrazarla se dio cuenta de que estaba más lívida. Era como si fuera un poco transparente. Al acogerla entre sus brazos tuvo la sensación de que la podía atravesar como si fuera un holograma. R. pensó que era producto del sueño, pero al mirarla pudo comprobar que era cierto. A. estaba un poco traslúcida. Podía ver a través de ella la luz de la lamparita en la mesita. A pesar de lo asombroso que empezaba a ser todo aquello, tampoco se asustó. Fueron pasando los días y lo que había comenzado como una transparencia sutil parecía que empeoraba cada día un poco más. Cada vez era menos A. , como si estuviera en un proceso de borrado. Como los dibujos a lápiz cuando el paso del tiempo los desdibuja tenuemente. Luego le llegó el turno a los órganos: un lunes desaparecieron sus manos; el martes los brazos; el miércoles una oreja; el jueves su nariz. En dos semanas, A. fue prescindiendo poco a poco de todo su cuerpo. Se había borrado completamente de esa casa, de esa ciudad y de este mundo.

R. no explicó la verdad de lo sucedido a nadie. ¿Quién le hubiera creído?. Prefirió ofrecer la versión habitual: no éramos compatibles; nuestras vidas habían tomado caminos distintos; demasiado jóvenes cuando nos enamoramos y un largo etcétera de tópicos. Su familia y amigos se lo tragaron por completo. M. y K se volcaron en él como es habitual en estos casos. R. No soportaba que le tuvieran lástima y además, que sabían los demás sobre lo que había sucedido realmente. Pensó en acudir a un psicólogo, pero tenía miedo de que lo tomaran por loco. Así que guardó su secreto a la espera de encontrar alguien en quien confiar y poder desahogarse. Abandonó el trabajo, éste ya no le interesaba. Nada parecía tener sentido y solamente existía una cosa en su mente, entender lo sucedido.  Intentó encontrar respuesta en todas las fuentes que fue capaz de encontrar. Durante los primeros meses después del borrado de A. se convirtió en asiduo de las bibliotecas, intentando hallar alguna explicación en los libros o internet. La respuesta fue: Nada.

Había pasado un año desde la desaparición y R. no había encontrado todavía consuelo. La espiral de salir, beber, bailar, tampoco le convencía. Nadie le podía entender, nunca podría explicárselo a ninguna a persona y lo peor de todo es que parecía que tampoco encontraría ninguna respuesta. Así que esta mañana de resaca lo único que ronda en su cabeza es prepararse un delicioso batido. Prende la batidora e introduce los trozos de fruta que cortó ayer y que tiene en la nevera. Un poco de mango, unas rodajas de plátano, gajos de mandarinas, un poco de naranja, trocitos de melocotón, piña, un yogurt, hielo, mucho azúcar y todo el blíster de Orfidal. Ya que tiene que bajarse del barco que sea dulce piensa.

La batidora comienza a girar sus aspas creando un ruido ensordecedor en la cocina. Demasiada variedad de fruta piensa R. En la televisión siguen emitiendo el telediario, pero el ruido es tan estridente que R. no puede escuchar. Se oye la voz del presentador que está retransmitiendo una noticia de última hora: “Científicos del Instituto de Medicina genética de la Peking University han encontrado una extraña alteración de virus en la provincia de Hubei en China. La mutación que proviene de una especie de mariposa tropical rara en el país, parece que se está encontrando en otros animales base de la alimentación ordinaria en los humanos. Vacas, gallinas y otros animales de granja se están viendo infectados. Las consecuencias son nefastas para estos animales. Los síntomas iniciales son la pérdida de la función de las cuerdas vocales. Después van perdiendo fuerza progresivamente y dejan de comer poco a poco. Lo siguiente es el desinterés lógico por todo cuanto les rodea. Poco a poco van tornándose lívidos y transparentes para finalmente ir perdiendo poco a poco las extremidades y el resto de órganos. El final es la desaparición completa de los animales sin dejar rastro. Los científicos no encuentran respuesta ante este fenómeno en toda la historia de la humanidad. Temen que empiecen a aparecer mutaciones en humanos… “

El locutor continúa hablando a través del televisor cuando R. apaga la batidora. Observa un instante la pantalla y ve al presentador que tanta rabia le da en esa cadena. Apaga el televisor. Coge la jarra de cristal y vierte el delicioso batido en el vaso. Bebe hasta la última gota y se relame. Sonríe con una mueca de afirmación, sabe que está haciendo lo correcto, no hay otra salida.

El sexto invitado

DAVID SANZ REQUENA

El sexto invitado

En aquella ocasión éramos seis las personas sentadas alrededor de la mesa. Nunca habíamos sido más de cinco, número de contertulios ideal, según mi amigo, para disfrutar de una buena sobremesa sin que nadie perdiera detalle de la conversación por formarse corrillos que se desviasen del tema.

Mi amigo tenía la costumbre una vez al mes, de organizar una gran comida en su casa de campo. A ésta asistíamos siempre el mismo grupo de amigos, aunque yo, aparte del anfitrión, los consideraba más como conocidos que como amigos. Realmente sólo los veía en estas comidas, y nunca había tenido ningún tipo de relación con ninguno de ellos fuera del ambiente de estas reuniones. Podríamos decir que mi amigo era el nexo de unión entre yo y los demás invitados, y me atrevería a decir que lo mismo sucedía con ellos.

Siempre he sabido, y creo que todos los demás también, que el verdadero sentido de juntarnos, aparte del hecho de disfrutar de una gran comilona, era el debate que se generaba a continuación. En el intervalo de tiempo que transcurría desde los postres hasta bien entrada la noche, los temas de conversación más cotidianos acababan desembocando en auténticos debates filosóficos sobre la existencia humana. Podíamos empezar charlando amigablemente sobre lo que acabábamos de comer, pasarnos a los deportes, la economía, la política y acabar intentado arreglar el mundo. Era un auténtico repaso a la actualidad, todo lo que había acontecido desde la anterior reunión daba para debatir un buen rato.

Nuestro anfitrión tenía una gran habilidad para enlazar unos temas con otros y no hacer que decayera el ritmo de la conversación, aunque también contábamos con la inestimable ayuda del alcohol, a las copas de vino de la comida les seguían incontables copas de licor que íbamos consumiendo durante la charla, haciéndola más fluida y también más acalorado el debate.

Había pasado más tiempo del habitual entre esta comida y la última que celebramos, y aunque yo no había perdido el contacto con mi amigo llegué a sospechar que algo le ocurría. Cuando me dispuse a llamarle para hablar sobre el tema me llegó su invitación por correo, su forma habitual para llamarnos, ni emails ni mensajes.

Como he comentado antes, ese día íbamos a disfrutar de la compañía de un sexto invitado. Llegué el primero a la casa y como era costumbre estaba la puerta abierta, entré sin llamar y me dirigí directamente al comedor, allí vi la misma mesa de siempre donde nos sentábamos a comer pero dispuesta para seis comensales. Me quedé un poco sorprendido, dudando si nuestro amigo se habría confundido o si por el contrario esta vez íbamos a tener nueva compañía. Al poco fueron llegando los demás invitados y también sorprendidos lo íbamos comentando entre nosotros, nadie sabía nada sobre el asunto. Cuando al fin apareció nuestro anfitrión lo hizo acompañado del misterioso nuevo invitado. Era un hombre bastante normal, aparentemente de nuestra misma edad, sin ningún rasgo peculiar que destacara por encima de los demás. Me pareció que podría pasar desapercibido en cualquier sitio, por su vestimenta, por sus gestos, todo muy normal, desconcertantemente normal.

Tras los saludos y las presentaciones nos sentamos a la mesa. Por lo poco que pude ver y saber de nuestro nuevo conocido, percibí que no participaría mucho en el debate de hoy, no parecía muy hablador ni interesado en ningún tema en particular. A lo mejor está mal decirlo, pero por mi parte lo prefería así, cuando te acostumbras a un mismo grupo de gente, a veces es molesto cuando entra alguien nuevo, sobre todo si interviene demasiado. Pero era posible que me equivocara y sucediera lo contrario, contaríamos entonces con un buen grupo de discusión. Pronto lo descubriríamos.

Empezamos a comer. La conversación era la habitual, sobre cómo nos había ido a cada uno desde la última vez que nos vimos, el tiempo, lo que estábamos comiendo y ese tipo de cosas. He de reconocer que nuestro colega tenía una excelente mano para la cocina, siempre acertaba con los platos y también con el vino y los postres, y nos parecía que cada vez se superaba más. Lo peculiar del asunto era que ninguno de nosotros nunca lo había visto cocinar, siempre se comentaban los platos durante y después de la comida pero él nunca hablaba de cómo los había preparado, ni habíamos visto nunca a ningún cocinero entrar o salir de la cocina. Siempre había estado todo perfectamente preparado para ser engullido. Entre nosotros bromeábamos sobre si tendría algún chef secuestrado y que sólo utilizaba para cocinar en estas ocasiones.

Una vez terminada la comida y con el cinturón del pantalón un poco más flojo pasamos a los licores. La conversación, aunque con temas bastantes triviales, había estado muy animada, y continuaba a buen ritmo. Esto confirmó mis sospechas sobre el sexto invitado, prácticamente no había hablado durante toda la comida, solamente cuando se le preguntaba directamente y con respuestas bastante escuetas por su parte, eso sí, de forma muy educada. A pesar de no haber abierto la boca había estado atento a todo cuanto se comentó, parecía por su forma de observar estar interesado en cualquier tema del que se estuviera hablando. También observé en él un voraz apetito, pues dio buena cuenta de todos los platos y de innumerables copas de vino, pues cuando no estaba masticando estaba bebiendo. Igual por eso no hablaba mucho, su boca no disponía del suficiente tiempo libre entre comer y beber para soltar palabra, pensé con un poco de ironía.

La mesa se llenó con multitud de licores, vasos, copas y hielo, y el ambiente con humo de habanos y cigarrillos. Si estas reuniones fueran más a menudo nuestra salud se vería seriamente perjudicada. Continuamos con nuestra charla, un tema dio paso a otro y otro a otro, como era habitual. Lo único distinto y ya comentado era nuestro nuevo colega, el cual y aunque parezca sorprendente, estaba completamente integrado, no ya en la conversación, pues continuó sin soltar palabra, sino en el ambiente mismo, era como si ese fuera su sitio y allí debiera estar. Y allí estuvo, asintiendo o negando según fuera el caso, y sin soltar la copa de su mano. Perdí la cuenta de las copas que se bebió, como también perdí la cuenta de la mías, pero la pasión por la bebida de este personaje parecía no tener fin, probó todos los licores y parece ser que al fin se decantó por el vodka, pues acabó con la botella. Y no teniendo suficiente arremetió también con las demás. Suerte de mi amigo que posee una buena bodega. Pero lo curioso del caso es que todo este alcohol no parecía estar causándole ningún efecto, al contrario que a los demás, pues su rostro y su pose permanecían igual de serenos e inmutables que antes de la primera copa.

Fuera estaba oscureciendo y se acercaba ya la hora de la cena, mi amigo comentó que tenía preparados unos bocadillos y canapés, para aguantar un rato más. Pero en el calor del debate no nos dimos cuenta de su comentario. En ese momento estábamos hablando sobre la vida extraterrestre. El tema había surgido a partir de la política, es curioso sí, pero como una cosa lleva a otra, la política lleva a los presupuestos, en que se gastan, en esto o en aquello, es imprescindible invertir en investigación, qué se debe investigar, se deberían enviar cohetes al espacio, buscar nuevos mundos, pero si estamos destruyendo el nuestro. ¿Es que hay otros mundos? ¿Y si los hay tendrán vida? ¿Serán inteligentes o como nosotros? Bueno, pues más o menos así se llegó al tema. El caso, y pese a mi disminuida habilidad para prestar atención a los detalles fuera de la conversación, es que me di cuenta de que algo le había ocurrido a nuestro sexto invitado. Cuando divagando ya en nuestra charla, llegamos a la parte de la posible vida en otros mundos, noté que empezó a moverse más de lo habitual en su silla, como si se sintiera inquieto o un poco incómodo, prestando todavía más atención a lo que se decía. Parecía por un instante que iba a intervenir haciendo la intención de hablar, como incorporándose para decir algo, pero al momento se arrepentía y volvía atrás.

Estuvimos largo rato con este tema de conversación, y varias fueron las veces en las que nuestro callado amigo hizo ademán de intervenir, pero las mismas se quedaron en intentos. Los puntos de vista sobre este tema fueron diversos, los había totalmente escépticos y otros más partidarios de que sin ninguna duda y por pura probabilidad, a la fuerza tendría que existir vida en otros planetas. Por mi parte yo era bastante reacio a creer que pudiera haber vida en otros mundos, todavía no los habíamos detectado con nuestra tecnología y si ellos no nos habían visitado aún era o bien porque no existían o estaban en un estadio de desarrollo muy inferior al nuestro, a lo mejor todavía eran bacterias o estaban en la edad de piedra. ¿Para qué queremos saber de bacterias o trogloditas que están a años luz de nosotros? Uno de nuestros habituales comensales me rebatía argumentando que bien podían encontrarse en un estadio de evolución similar al nuestro y no contar todavía con la tecnología suficiente, al igual que nosotros, para viajar en busca de nuevos mundos habitados.

La discusión continuó acaloradamente pasando del tema tecnológico y práctico, a la parte más filosófica y moral, sobre si esas civilizaciones serían pacíficas u hostiles, si valdría la pena entablar contacto con ellos o sería más conveniente que nunca nos descubrieran. Y en caso contrario, cómo les trataríamos nosotros si en verdad fuésemos superiores a ellos, ¿nos convertiríamos en sus aliados y les aportaríamos conocimientos y saber, o en cambio les colonizaríamos y esclavizaríamos? Buena parte de nuestra historia demuestra que tendemos a comportarnos así con los pueblos inferiores.

Poco a poco el ritmo de la conversación fue decayendo, era bien entrada la noche y el cansancio y el alcohol fueron haciendo mella en todos nosotros. Fue entonces cuando nuestro misterioso sexto compañero se quedó mirando al anfitrión, ambos asintieron ligeramente con miradas de complicidad, mi amigo carraspeó y empezó a hablar:

– Queridos amigos – en su voz se percibía el cansancio, como en todos nosotros, pero había un atisbo de alegría o emoción en ella – me temo que hoy no he sido del todo sincero con vosotros sobre el propósito de esta reunión y sobre nuestro nuevo compañero de mesa.

Todos nos quedamos sorprendidos con su intervención, todos a excepción el mencionado compañero que continuaba tan impasible como siempre, aunque se le podía adivinar una pequeña mueca de aprobación en su cara.

– Veréis, – continuó diciendo – poco después de nuestro último encuentro recibí la visita de este hombre – señaló a nuestro callado amigo con la mano – que hoy nos ha acompañado a la mesa y en nuestra habitual tertulia. Siempre hemos sido cinco pero la ocasión de hoy merecía esta nueva compañía. Antes de continuar quiero que sepáis ante todo que esta ha sido una de las mejores veladas que hemos tenido y con la que posiblemente más he disfrutado, y espero que a vosotros os haya pasado lo mismo que a mí – dijo mirándonos uno a uno, a lo que nosotros fuimos afirmando y asintiendo con la cabeza – y más teniendo en cuenta que ésta ha sido la última comida que vamos a celebrar todos juntos – el tono de su voz cambió.

Entonces nos pusimos a hablar todos a la vez, diciéndole que no dijera esas cosas, que todavía nos quedaban años por delante o que como broma estaba muy bien; continuando un poco con lo que creíamos que era una jugarreta suya para hacernos la puñeta.

– También os preguntaréis – continuó con tono serio, levantando las manos en señal de silencio y no haciendo caso a nuestras replicas – el por qué ha pasado tanto tiempo entre esta reunión y la última que tuvimos. El motivo, como os he dicho antes, fue la aparición un día en mi puerta de mi querido amigo, al que vosotros llamáis el sexto invitado. En verdad estoy seguro de que a él no le importa cómo le llaméis teniendo en cuenta que el nombre con el que se ha presentado tampoco es el suyo, ya que el suyo resulta impronunciable en nuestra lengua.

A mí ya desde el principio me pareció extranjero, por eso no había hablado prácticamente, el pobre no debía entender casi nada de lo que decíamos, aunque parecía lo contrario. Debería habernos advertido. Todo esto empezaba a parecerme bastante raro.

– Y tendréis que perdonarle por no ser más elocuente en la conversación, pues no ha llegado a dominar nuestra habla, aunque lo entiende todo a la perfección – dijo mirando al sexto hombre de la noche que asintió con una pequeña sonrisa. – Pues bien, a lo que íbamos, a su llegada a mi casa nuestro amigo se presentó como un habitante de otro planeta que había venido a visitarnos y quería aprender todo de nosotros – dijo, y lo dijo con total naturalidad.

En ese momento saltamos de nuestras sillas y empezamos a decirle que como broma ya bastaba, que había bebido demasiado, en fin, después de horas de conversaciones serias no podía venirnos con esas tonterías. Pero mi amigo continuó impasible:

– Claro, enseñarle todo sobre la raza humana lleva un tiempo, que le dediqué con gusto, pues a mi edad no hay muchas distracciones, y el hombre, bueno como quiera que se les llame en su planeta, me pareció de lo más curioso e interesante. Es por este motivo que he estado tan ocupado estos últimos meses.

Nosotros no dábamos crédito a la situación, se le había ido completamente la cabeza, había que hacerle entrar en razón, no podía seguir con aquella broma, era demasiado incluso para él, y lo peor es que no tenía pinta de estar bromeando. Entonces intervine yo:

– Parece que estás realmente convencido de lo que nos estás contando, pero resulta bastante inverosímil, – intenté seguirle el juego a ver si podía hacerle ver las tonterías que estaba diciendo – vamos a ver, si dices que no puede hablar en nuestra lengua ¿cómo os comunicasteis?, ¿no te pareció un poco extraño que te diga que viene de otro planeta sin más señas ni datos, y cómo es que se parece tanto a nosotros? y ¿de verdad has perdido todo este tiempo enseñándole cómo somos?

– Mi querido amigo – me contestó con una amplia sonrisa – en primer lugar no le hace falta hablar para comunicarse, me lo contó todo con la mente, el pensamiento, telepatía, llámalo como quieras pero nos entendemos la mar de bien. En segundo lugar viene de un planeta que desde aquí no se puede detectar con nuestros telescopios, a muchos años luz de distancia, y viaja con una tecnología que no entenderíamos por mucho que nos lo explicara. Y lo mejor de todo es que en compensación por el tiempo que le he dedicado me ha prometido llevarme con él de vuelta a su planeta, ¿os dais cuenta? – exclamó eufórico.

– Sí, nos damos cuenta de que estás complemente loco, los dos lo estáis – dije mirándoles a ambos- ¿Y si a ti puede hablarte con la mente, por qué no nos habla a todos nosotros con la mente? ¿Y su aspecto? Para venir de otro planeta se parece bastante a los humanos.

– Parece ser que su mente solamente puede enlazar con la de otra persona y así quedan conectadas, y esa persona sirve de vínculo entre él y el resto, ¿no es así? – dijo mirando al supuesto ser de otro planeta, a lo que este asintió. – En lo referente a su aspecto lo percibimos como él quiere que lo veamos y no como realmente es, ¿no crees que llamaría demasiado la atención si se presentara en su forma original? Además, ¿has visto cómo bebe? ¿Conoces a algún humano capaz de tragar alcohol en esas cantidades? Casi me vacía la bodega, seguramente su cuerpo lo sintetizará de forma diferente al nuestro– dijo en tono divertido.

– Sé que os puede parecer una locura – continuó-. He organizado la comida de hoy para que mi amigo os pudiera conocer y también como despedida. Aunque no sabía si contároslo y despedirme de vosotros o irme sin más. Pero en la conversación de hoy hemos tocado el tema sobre la vida extraterrestre y al oír vuestros puntos de vista, hemos optado por deciros la verdad. Hemos creído que estarías preparados para oírlo.

No sé qué pensarían los demás pero yo empezaba a creer en lo que nos estaba contando, no ya por los hechos en sí, sino más bien por como sonaban las palabras de mi amigo, él estaba completamente convencido de lo que nos estaba contando, y me estaba convenciendo a mí, aunque mi sentido común me decía lo contrario.

– Ahora si me disculpáis un momento – dijo mi amigo levantándose – tengo que hablar un momento a solas con nuestro nuevo invitado – dicho esto salieron los dos por la puerta que daba a la cocina.

En ese momento los demás nos pusimos a hablar como locos de lo sucedido, que barbaridad, no nos lo podíamos creer, no podíamos permitir que ese tipo tan extraño influyera así en nuestro amigo, podría ser peligroso, le estaba haciendo perder la razón. Había que intervenir, ya habíamos tenido suficiente, nos disponíamos a hablar seriamente con él cuando de repente empezamos a escuchar un sonido metálico, como un silbido, entonces callamos todos. Provenía de la cocina y empezó a subir de tono hasta que empezó a ser molesto, nos levantamos corriendo a averiguar qué estaba pasando, pero de repente una explosión y una luz cegadora nos echó a todos al suelo. Durante unos instantes no supimos qué había pasado. Me levanté el primero y tras comprobar que los otros estaban bien me dirigí corriendo a la cocina, los demás me siguieron. Al abrir la puerta no vimos a nadie, no estaban, tampoco había rastro de ninguna explosión. La puerta de la cocina que daba al jardín estaba cerrada por dentro y las ventanas tenían rejas. Buscamos por toda la casa y por todo el jardín durante el resto de la noche y al día siguiente sin encontrar ni rastro de ellos.

Y hasta el día de hoy seguimos sin saber lo que realmente sucedió allí. De vez en cuando nos juntamos y siempre acabamos buscando algún tipo de explicación racional a lo que pudo haber pasado. Yo, sin embargo, a veces prefiero imaginar en cómo será el planeta donde vive ahora mi amigo.

Yocasta, reina a toda costa

LUIS ANTONIO BEAUXIS

Yocasta, reina a toda costa

– ¡Me cago en Sagitario “A”!

Semejante exclamación, completamente impropia en una dama, es una de las dos cosas que Yocasta ha conservado de su conflictiva relación con Wookie Jones, un robusto camionero espacial. La segunda es esa cicatriz de casi quince centímetros que le atraviesa el rostro, ya de por sí poco agraciado, desde la sien izquierda hasta el mentón.

Yocasta regresa a casa luego de convalecer, durante algún tiempo, en el Planeta Esculapio, donde ha sido sometida a una intervención quirúrgica.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – vuelve a exclamar, golpeando furiosa el tablero de mandos.

Los instrumentos demuestran fehacientemente su resistencia a los impactos y no modifican en lo más mínimo las cifras. Ya no puede caber duda alguna: el reactor de la nave se dispone a estallar, de un momento a otro.

Ante la perspectiva de transformarse en un sinfín de partículas ionizadas a ser esparcidas por el espacio sideral, el desolado Planeta Patusán relumbra ante sus ojos como un fresco oasis en medio del desierto de Deneb.

Ahalda, la Reina de las Guerreras de la Estepa, despierta al alba según su costumbre. Con ojos aún soñolientos descubre el cuerpo masculino que reposa a su lado en la chamandra. Está a punto de blandir la espada pero recuerda, justo a tiempo, que la Tribu se encuentra en medio de su período ritual de apareamiento. Ella misma ha capturado a ese cazador y lo ha traído hasta el campamento de la playa, cruzado sobre el lomo de su cameleopardo.

Sonriendo como un draugdûr que ha olfateado su presa, la Reina Ahalda se desliza bajo las pieles que recubren el jergón. Su lengua y labios se afanan hasta arrancar de su letargo al miembro viril del cazador.

La hembra desnuda arroja lejos de sí las pieles y se encarama sobre el compañero yacente, liberando ese mismo grito penetrante que suele lanzar al montar en su cameleopardo.

El cazador, aunque algo adormilado, responde adecuadamente. Por fortuna ha resultado ser un buen amante. “¡Ojalá que también sea fértil!” piensa la Reina mientras alcanza un nuevo orgasmo.

Ahalda se tiende boca arriba, siente crujir la arena bajo su espalda, coloca los puños bajo las caderas, eleva las rodillas y oprime los muslos uno contra otro, buscando retener hasta la última gota del precioso fluido seminal.

– ¡Qué sed tengo! – exclama al cabo de un rato – Dame ese frasco de allá ¡pronto!

El cazador obedece y le alcanza el recipiente de arcilla cocida que ella ha señalado. La Reina retira el zafirlázuli en bruto que hace las veces de tapón y escancia el contenido en una copa fabricada con un cráneo humano. La lleva a sus labios y bebe largamente, sin hesitar.

– Ahora tú – con ademán imperioso, tiende la copa al cazador.

Éste acata la orden real y vacía el resto del líquido, chasquea la lengua y se desmorona. La acción de la Poción Nupcial Regia es fulminante, no hay macho que sobreviva a sus efectos; ni siquiera los embriones, esto garantiza a la Reina que siempre parirá hembras.

Ahalda descansa, pronto vendrán sus guardias para deshacerse del cadáver con discreción, arrojándolo al Torbellino con sendas rocas atadas a los pies. Los ocasionales consortes de las demás Guerreras, que serán devueltos a sus respectivos poblados, no deben sospechar la suerte que ha corrido el padrillo real.

Los rayos del rojo sol patusano lamen la rizada superficie del Mar de Vilayet. Un par de musculosas Guerreras acaba de arrojar en el Torbellino el cuerpo del más reciente consorte de la Reina Ahalda. Desde lo alto del acantilado, las mujeres lo ven desaparecer entre las vertiginosas ondas. Cuando se disponen a regresar al campamento de la playa, una parábola de fuego enciende aún más el horizonte.

Los dos pares de ojos, desmesuradamente abiertos, siguen hipnotizados la curva trayectoria hasta que culmina con una explosión enceguecedora contra el Escollo del Dinoceronte.

Aunque aturdida por el violento ingreso en la atmósfera patusana, Yocasta ha conseguido abandonar la nave antes de su estrepitoso final. La frialdad de las aguas la ayuda a despabilarse lo suficiente como para comprender que una especie de remolino está intentando arrastrarla hacia las profundidades, tendrá que apelar a toda su potencia muscular si es que desea derrotar aquella ávida succión para alcanzar la costa salvadora.

Ambas Guerreras, desde el acantilado, son meras espectadoras que solamente pueden lanzar voces de aliento que se pierden en el aire marino sin llegar a los oídos de Yocasta. Cuando comprenden que ésta ha conseguido escapar del Torbellino, descienden corriendo hacia la pedregosa caleta para evitar que la resaca vuelva a arrastrar a la nadadora exhausta mar adentro

La ayudan a incorporarse, la colocan entre ambas y, una vez que todas han recuperado el aliento, emprenden juntas la marcha hacia la playa.

Otras Guerreras, atraídas por la explosión, han venido a su encuentro y contemplan admiradas a aquella mujer desconocida que camina apoyándose sobre los hombros de sus compañeras. Pese a que éstas son de las más altas de la Tribu (no en vano han sido seleccionadas para integrar la Guardia Real) la recién llegada las supera casi en media cabeza…

Su cuerpo está prácticamente desnudo, las ropas se han deshecho contra el fondo rocoso de la caleta, sólo la correa del bolso hermético (en el que guarda sus efectos personales) le cruza el torso en bandolera realzando unos pechos magníficos. El agua marina escurre aún desde lo más profundo de su sexo, corriendo por sus muslos como columnas. Los bíceps sangrantes, bajo el sol patusano, semejan dos masas de metal bruñido y esa imponente cicatriz, que campea en su faz, pregona a las claras que la desconocida es una mujer de armas tomar ¡digna huésped para la gloriosa Tribu de las heroicas Guerreras de la Estepa!

– Bienvenida – Ahalda se ha ceñido la diadema de oricalco y recibe a la heroína en las afueras del campamento.

Ha avanzado hacia ella todo cuanto su dignidad real le permite, de acuerdo con lo que prescribe el Ritual. Yocasta se hace cargo del honor que se le dispensa y, desprendiéndose de sus acompañantes, se adelanta sola al encuentro de la Reina que la estrecha en un abrazo, ante la algarabía de toda la Tribu, para conducirla luego a la chamandra de la Hechicera, que unge las heridas con bálsamos curativos mientras alguien procura algunas ropas con que cubrir la desnudez de Yocasta. Ésta se viste, recoge su enmarañada cabellera roja con una cinta de igual color que ha extraído del bolso hermético, pero no logra calzarse las sandalias: no hay ningún par lo suficientemente grande. Se encoge de hombros y sonríe, después de su penosa experiencia espacial está segura de que no le molestará sentir la arena suelta bajo sus pies durante una corta temporada.

 

 

Para desazón de Yocasta, que se había propuesto olvidar tantas penurias en una ardiente noche de placer, esa misma tarde parte un destacamento de Guerreras con la misión de conducir cada hombre al pueblo que pertenece.

La época ritual de apareamiento ha finalizado, se aproxima el momento de abandonar la costa y retornar al interior de las purpúreas estepas patusanas. Esto, ciertamente, no se encuentra en los planes de Yocasta. Hábilmente interroga a sus nuevas amigas hasta averiguar que, en algún lugar de la costa, existe un puerto al que arriban vapores de mercaderes para cargar zafirlázulis, oricalco, pieles de draugdûr y cameleopardo, cueros y cuernos de dinoceronte, productos que venderán al otro lado del mar en cierta ciudad conocida como la Capital. Tal vez en ella pueda encontrar un navío estelar que la transporte de regreso a su casa.

– Imposible – responde Ahalda, frunciendo el ceño, cuando Yocasta solicita ser conducida hasta el puerto mercante – Las Guerreras no nos mezclamos con esa gentuza, lo prohíbe el Ritual.

– Pero no es necesario que se mezclen con ellos – insiste la otra – Sería suficiente con que me condujeran hasta algún lugar cercano al puerto desde donde yo pueda alcanzarlo sin extraviarme…

– No puedo darte una escolta. Necesito a todas mis Guerreras conmigo – replica la Reina – Muy pronto volveremos a la Estepa, también lo harán las manadas de dinoceronte. Cada brazo, cada pica, cada cameleopardo deben ser son sagrados a la caza.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – estalla Yocasta, extrayendo de su bolso hermético un puñado de billetes de diez mil centonios – ¡Yo puedo pagarles!

Ahalda sacude su cabeza coronada de oricalco.

– Eso aquí no vale nada, vuelve a guardarlo ¡te lo ordeno! Todo lo que cuenta entre nosotras es el coraje, la fuerza y la destreza; tú has demostrado tenerlos – la Reina sonríe como un draugdûr – ¿Te atreverías a desafiarme, Yocasta?

– ¡Por supuesto!

– Bien – aprueba Ahalda – Si me vences, serás Reina hasta el mismo

día de tu partida, tienes mi palabra.

– Pues… ¡adelante, luchemos! – la desafía Yocasta, poniéndose en guardia.

– No, no – se ríe la Reina – El Ritual no permite que una Guerrera pelee con

otra cuerpo a cuerpo, ambas podrían ocasionarse un gran daño que sería doblemente malo para toda la Tribu. Sígueme, tenemos Cinco Pruebas por delante.

– Las Cinco Pruebas que el Ritual prescribe son: tiro con arco, lanzamiento de la pica, carreras a pie, en cameleopardo y nadando – enumera la Hechicera – La que triunfe por lo menos en tres de ellas será la vencedora.

Para el evento de tiro con arco las Guerreras disponen, en un extremo de la playa, dos gruesos cueros de dinoceronte con otros tantos blancos pintados. Ahalda derrota a Yocasta con suma facilidad, pero ésta se toma cumplido desquite con la pica y pasa al frente en la carrera pedestre, de reñidísimo final.

La competencia en cameleopardo permite que la Reina iguale la línea de su retadora (poco familiarizada con semejante cabalgadura) para regocijo de toda la Tribu.

La prueba de natación definirá el desafío.

– Tendrán que nadar hasta el promontorio – explica la Hechicera – La primera que regrese a la playa ganará las Cinco Pruebas y la diadema real.

Una de las guardias hace sonar su cuerno dando la señal de partida.

Yocasta y Ahalda corren por la arena húmeda y se zambullen en el Mar de Vilayet. Las Guerreras, expectantes, contienen la respiración.

En un principio van muy parejas, pero el recorrido es largo. La Reina conoce las corrientes y, poco a poco, va cobrando una ventaja más que apreciable. Es la primera en alcanzar el promontorio.

Al emprender la vuelta se cruza con Yocasta. En ese preciso instante la acomete un feroz calambre en pleno vientre que la obliga a doblarse en dos, lejos de cualquier probable intento de socorro por parte de las guardias que la contemplan impotentes desde la costa.

Yocasta no puede creer tanta buena suerte: ¡la perra se ahoga! ¡La corona ya es suya! Sólo tiene que regresar a la playa y retirarla del trípode sobre el cual ha sido colocada.

– ¡Me cago en Sagitario “A”! – una duda ha germinado en su mente – ¿Y si estas yeguas pretenden que siga siendo su Reina para siempre?

Uniendo la acción al pensamiento, con su brazo izquierdo toma a Ahalda por el cuello y, a duras penas, consigue trasladarla hasta la orilla donde las guardias reales las asisten a ambas.

Todas las Guerreras aclaman a Yocasta. La Hechicera brinda los primeros auxilios a Ahalda y es ésta misma la que, una vez recuperada, se encarga personalmente de ceñir la diadema de oricalco en las sienes de Yocasta Reina.

– ¡Atención! – reclama la nueva soberana – Esta es mi primera orden: tráiganme un hombre, hecho y derecho. ¡Rápido! Lo quiero para esta misma noche.

Las guardias obedecen con presteza, después de todo, la flamante Reina no ha podido disfrutar todavía del ritual de apareamiento. Capturan un fornido cazador en el poblado más cercano y lo conducen, sin tardanza, hasta la chamandra real que Ahalda ha cedido a Yocasta junto con todas sus pertenencias.

La Reina Yocasta se despierta al alba, después de una larga noche de pasión. Estima que tiene tiempo suficiente, para hacer el amor al menos una vez más, antes de que las guardias vengan a llevarse a su compañero, según instituye el Ritual.

– ¡Estúpido ritual! – exclama mientras monta al cazador, sepultándolo bajo su físico imponente.

“A propósito de rituales estúpidos – piensa retirándose, al comprobar que el miembro viril de su compañero ya no es más que un gusano fláccido – todavía tengo que cumplir con ese otro de la Poción Mágica. No sea cosa que, por haber faltado al Ritual, estas bárbaras supersticiosas dejen de obedecerme. ¡Cuánta mierda!”

Toma el recipiente de arcilla cocida que contiene la Poción Nupcial Regia, retira el tapón de zafirlázuli y busca un vaso en medio de la confusión imperante dentro de la chamandra. Sólo encuentra la copa de cráneo humano. Le repugna profundamente tener que beber en ella, lamenta no haber incluido un vaso entre los efectos personales que guarda en su bolso hermético. Escancia apenas la mitad del líquido dentro del cráneo, ella prefiere beber directamente del pote de arcilla.

– ¡Eh, tú, fortachón! – sacude al cazador, que ha tornado a dormir, y le tiende la craneocopa – Toma, brindemos por nuestro futuro.

Chocan los recipientes. La Reina y su compañero trasiegan al unísono la Poción Nupcial Regia, contraviniendo la recomendación de Ahalda:

– Bebe tú primero, para que él no sospeche – había dicho – No temas, la Poción Nupcial Regia no puede causarte ningún daño.

– No está nada mal – comenta Yocasta, chasqueando la lengua aprobatoriamente.

Cuál no habrá sido el estupor de Ahalda y las guardias reales cuando, al acudir en busca del cadáver del cazador para precipitarlo en el Torbellino, encuentran tendido junto a él el cuerpo sin vida de la propia Reina Yocasta.

Sin que sus mentes simples intenten analizar las probables causas de aquel deceso tan deplorable como inesperado, las Guerreras tributan a Yocasta las honras fúnebres que el Ritual establece para la soberana de la Tribu.

Ahalda, reasumida ya su condición de Reina, hereda el bolso hermético que perteneciera a la difunta. Entre los efectos personales de ésta encuentra un par de documentos que, naturalmente, ninguna de las integrantes de la Tribu está en condiciones de leer. Uno de ellos es un Pasaporte de la Comunidad de Estados Unidos e Independientes, cuya foto holografía presenta una muy vaga semejanza con Yocasta, expedido a nombre de John Castorp Palmer (YQ645740334). El segundo es una factura por un millón y medio de centonios, de un prestigioso cirujano del Planeta Esculapio, por concepto de honorarios profesionales en una operación de cambio de sexo.